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El balcón de los pasos perdidos

Carlos Navarro Antolín | 20 de marzo de 2016 a las 5:50

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DESDE el balcón se ve la Sevilla del 29, regionalismo que se mantiene en pie porque no hay mejor forma de mantener el patrimonio que garantizando su uso. Se admira el río y se aprecia la cuadrícula urbanística de Los Remedios, barrio de escuadra y cartabón que en muchos casos se ha quedado varado en los tiempos de Lauren Postigo, que no suena a Baratillo sino a Andaluz, éste no es tu referéndum. Gabriel Rojas acertó cuando apostó por construir en Los Remedios cuando allí sólo estaba el convento. Pensó que si desde la explanada de República Argentina se otea a la perfección la Puerta de Jerez, por qué no querría la gente vivir al otro lado del río. En el mismo balcón se pueden dar hasta 21 pasos y formar tres filas de público, más que en muchas capillitas, tabernas y despachos profesionales de la ciudad. Un buen balcón con unas buenas vistas dan para pensar mucho. La expresión del Estado es el vacío. Clavar la vista en el cielo infinito desde tu propia casa es la expresión de la libertad. Es como disfrutar de la lluvia sin mojarse. A Juan Pablo II le encantaba oír la lluvia desde la basílica de San Pedro. “La lluvia es una bendición de Dios”, proclamaba con el baldaquino de fondo. Hay vistas que también son una bendición. Dar 21 pasos al aire libre sin salir de casa y respirando el aire de la calle tiene que ser como ciertos sacramentos: imprime carácter. El 21 es un número bonito. Rima con el 151, el de la autonomía andaluza. Manuel Clavero Arévalo (Sevilla, 1926) se inventó el artículo 151 de la Constitución en su casa con Herrero de Miñón, aquel político que estaba llamado a ser el líder de la derecha del tardofranquismo. A Dios por la belleza. A la autonomía por el 151. El Congreso tiene su salón de los pasos perdidos. Y la casa sevillana de Clavero tiene un balcón de los pasos perdidos.

La casa está trufada de libros. Por los libros los conoceréis. Sevilla vista por Atín Aya. El boletín de la Hermandad de los Estudiantes. El tomo granate de las personalidades de la Universidad de Sevilla. Las revistas de Abengoa. Vocabulario andaluz. Historia de la Universidad de Valladolid. Una biografía de Adolfo Suárez, el presidente al que Clavero provocó fuertes dolores de cabeza. Rumbo a lo desconocido. Una obra en homenaje a José Luis Prats, alma máter de Emasesa. La Celestina. El Ideal Andaluz. El habla andaluza. Delfines y tiburones. Juan XXIII. Córdoba y su Cabildo Catedralicio. Mirando las dos orillas. José Bono, les voy contar. Mitos del pensamiento dominante. La Inquisición. Rusia no es culpable. 1934: el movimiento revolucionario de octubre. La ladrona de libros. Mis amigos muertos. Andalucía: cambio y encuentro con el nuevo milenio. Los lomos de los libros hablan, son voces. Cantan las pasiones, los cambios de régimen político, las aficiones, los regalos… Los libros hablan como hablan las ausencias de libros. Una casa hiperpoblada de libros es un jardín botánico, donde todo está por estudiar. Y cada planta, cada libro, tiene su valor.

Clavero es la Transición, el 23-F, la alta política, la dimisión por antonomasia, una idea de Andalucía, un símbolo, una leyenda viva. Clavero es la visita a la Zarzuela para despedirse del Rey: “Señor, vengo a comunicarle que hago una cosa que usted no puede: dimitir”. Y se fue a Barajas a coger un avión. Y llegó el avión y había una multitud esperándole cuando ya no era nada. Los pelotas de cámara del PSOE sevillana esperaban a Guerra cada viernes en San Pablo para hacerle la corte porque Guerra era el capataz del gobierno de Felipe. Pero Clavero se bajó del avión como ex ministro cuando en España no dimitía nadie. Y a pesar de que ya no portaba la cartera ministerial de Loewe, estaba también al pie de la escalerilla un gobernardor civil para anunciarle que sí tendría la condecoración propia de los ex ministros para acallar ciertos rumores que apuntaban a una supuesta cicatería de honores. Clavero llegó, vio y cogió un taxi. Se plantó en su casa, donde estaba el balcón de los 21 pasos, los libros y las raquetas de tenis.

Siempre ha jugado al tenis de blanco, pero sin sofisticaciones. Aún se recuerdan sus sencillas zapatillas blancas en las que pegaba unos cortes para que el pie estuviera más holgado. Jugaba con Pepe García de Tejada, que usaba alpargatas de costalero. Fueron campeones de Andalucía. Y en Valencia se quedaron sin ser campeones de España. Nunca dejó el tenis, ni siquiera siendo ministro, cuando tenía derecho a usar las pistas del club Puerta de Hierro de Madrid. Clavero, el del café para todos, ha jugado al tenis por casi toda España. Y en Sevilla, además, con el sastre José María O´Kean y el radiólogo Ángel Rodríguez de Quesada. De los 18 a los 82 años, siempre jugando al tenis. Dos dígitos más para una vida simbolizada en los números. Andar 21 pasos da para mucho: para evocar la Constitución de 1931 que sólo daba autonomía directa a Cataluña y el País Vasco, para evocar a Ortega y Gasset, precursor de la teoría del café; para añorar Punta Umbría, para rememorar los días agrios en los que tuvo que irse al grupo mixto de los diputados, orillado por voluntad propia ante la actitud cerril de la UCD con Andalucía, e incluso para recordar con afecto ciertos viajes junto a Sus Majestades los Reyes en el 77. “Menos mal que ganó el Betis la copa, si no se llena Madrid de banderas vascas”, le comentó Doña Sofía en Valencia algunos días después de aquel histórico partido en el Calderón: Iríbar, Esnaola, penaltis y la locura verdiblanca.

Desde el balcón se ve el río, sí. Y el restaurante Río Grande, donde Clavero se dirigió a Escuredo en el enésimo intento por desbloquear el proceso autonómico andaluz tras un referéndum que se quedó encasquillado en Almería: “Rafael, esto no puede quedar así”. Y Escuredo le propuso almorzar con Felipe y Guerra para iniciar el desbloqueo ante el gobierno de la UCD. La historia es conocida. Hoy, un paseo por ese balcón sirve para comprobar cómo Andalucía marcaba un debate nacional de altura, lejos aún de corruptelas de café y de largas listas de imputados por los ERE. El proceso quedó desbloqueado sin necesidad de repetir el referéndum en Almería. Para el acto donde quedó sellado el acuerdo político, el presidente Suárez hizo una petición a Felipe: “Que no esté Clavero”. La UCD hocicó, pero no quería tener delante a quien había sido clave. El niño criado en la Puerta Osario, junto a la fábrica de harinas de su padre, estaba ya en la historia. Y al pasar los años nunca miró con rencor a Suárez, todo lo contrario. Se hubiera mirado a sí mismo con rencor de no haber dado el paso que tenía claro que debía dar: levantarse del mullido sillón y coger un taxi antes de tragarse el sapo antiandaluz de la UCD, ese sapo que aún tiene atragantada a la derecha en Andalucía como una maldición.

La infancia son recuerdos de la Semana Santa en las sillas de Sierpes oyendo las saetas de Antonio Mairena y Fosforito. La juventud, de salir de nazareno junto a su padre en el Gran Poder, siempre a pie desde la casa familiar de la Plaza Padre Jerónimo de Córdoba hasta la vieja parroquia de San Lorenzo por el camino más corto.

La vida es un balcón. 21 pasos. Una devoción al Señor reflejada en un número muy bajo en la nómina de hermanos. Una vara de rector en la presidencia de la cofradía de la Universidad junto a un hermano mayor llamado Ricardo Mena-Bernal. Un cuadro de la Virgen de Guadalupe en la entrada de una casa acogedora. Una Universidad con crucifijos en las aulas. Un tono de voz estilizado, de los que no se da ninguna importancia. Un forma de ser tan natural como el público a pie de calle cuando se dirige al periodista de alcachofa: “Antolín, ¿esto cuándo sale?”

¿Eres compañero?

Carlos Navarro Antolín | 22 de febrero de 2015 a las 5:00

José Joaquín Gallardo
EN Sevilla siempre es bueno tener un amigo de altura. No piensen aviesamente. Un amigo de altura es muy útil. Los altos avisan de la proximidad del paso de palio en los días de bullas de Semana Santa. Cuando los bajitos se cabrean, hartos de ver espaldas de chaquetas y puntas de capirotes, el alto siempre impone la calma: “Aguanta, aguanta, que ya veo el bacalao”. En Sevilla hay altos que destacan como Gasoles en clave local, con esos chaqués como mantas zamoranas y esas caras de despiste que tienen muchos señores altos. Hay verdaderos ingenieros del despiste, gente que parece que no se entera de nada pero que, en realidad, tiene capacidad para estar oyendo dos emisoras a la vez y seguir el hilo de una conversación próxima. Hacerse el despistado es un arte que puede ser muy rentable. Cuando muchos se afanan en aparentar lo que no son, en darse importancia y en lanzarse a sí mismos una petalada cada mañana, también los hay que tienen la habilidad de taparse y hacer el ruido justo y preciso para estar en el machito años y años sin pisar demasiados callos.

José Joaquín Gallardo, decano del Colegio de Abogados de Sevilla, estaba junto a San Fernando cuando entró triunfante en la ciudad. El Rey Santo repartió tierras entre los caballeros veinticuatro y, acto seguido, realizó unos nombramientos de los que sólo hablan los manuales apócrifos de historia. San Fernando puso a Pepe Cañete en Aprocom por los siglos de los siglos. A Luis Miguel Martín Rubio le encargó la fundación de la Real Maestranza del Corcho Flotante en Todas las Aguas. Y a José Joaquín Gallardo lo hizo decano perpetuo del Colegio de Abogados, de tal forma que muchas generaciones de sevillanos conocen dos Papas de la Iglesia, tres presidentes de la Junta de Andalucía y un sólo, único y verdadero decano del Colegio de Abogados, cuyo archivo está cargado de legajos que se catalogan como a. JJ. (antes de José Joaquín) o d. JJ. (después de José Joaquín).

Gallardo ha ganado cinco elecciones al decanato de los letrados porque, entre otros motivos, es un relaciones públicas de innegable simpatía, tal vez acrecentada por esa apariencia de despistado que se hace acreedora al perdón de los éxitos, tal vez porque siempre coge el teléfono móvil, incluidos los domingos y fiestas de guardar. Gallardo tiene claro que toda llamada que recibe es de un abogado de Sevilla mientras no se demuestre lo contrario. Por eso emplea su arma letal, con el que se ha ido ganando a todos los letrados hispalenses día a día durante tantos años: “Hola, ¿eres compañero?”.

Nunca ha necesitado de un profesional de la información para diseñar sus estrategias de comunicación. Gallardo tiene su propio periódico, La Toga, que le han copiado hasta las cofradías. La Toga es el órgano oficial de expresión del gallardismo, que es una forma de ser y de concebir el oficio de la abogacía. La ratio de fotos en las que aparece el decano es elevadísima. Ríanse ustedes de esas ratios de las que habla la Junta de Andalucía en materia de educación para estimar los niños por aula. Para ratios, las de José Joaquín en La Toga. Y siempre que es posible aparece en grupos de tres o cinco personas, de manera que haya un centro de impacto visual, naturalmente reservado para el decano. Es como las cofradías cuando se hacen representar mediante estandarte y cuatro varas, siempre en cifra impar para que la insignia que preside ocupe el puesto preferente.

Gallardo ha creado estilo. Las cofradías han inventado los anuarios, donde en ocho de cada diez fotografías sale el hermano mayor con sus distintos modelos de trajes, chaquetas y tiradoras. ¿Quién no ha visto alguna vez una foto de una toma de posesión de nuevos letrados con Gallardo en el centro luciendo puñetas? En Sevilla se usa ya una vara de medir de lo jartible que resulta un tío: “Te repites más que Gallardo en La Toga”.

Su mérito no sólo está –que también– en ser un reconocido abogado en pleitos de lo contencioso administrativo; en lo satisfechos que están importantes laboratorios farmacéuticos de la dirección jurídica de sus asuntos, o en que forma parte del selecto grupo de abogados que trabaja los domingos por la tarde. Su mérito para ser decano perpetuo es que ya ha presidido la jura de muchos abogados cincuentones y de sus hijos. Unos hijos que dicen que en el colegio ya repetían la letanía de catecismos antiguos.

–Decid, niño, como os llamáis.
–[Responda su nombre, fulano, Pedro, Juan o Francisco, etcétera]
–Decid el nombre del decano del Colegio de Abogados.
–José Joaquín Gallardo por la gracia del “¿Eres compañero?”.

Gallardo conoce como pocos el funcionamiento de los medios de comunicación sin necesidad de tener contratado un asesor específico. Sabe que el mejor día para contar un tema a un periódico es la tarde del domingo, cuando las redacciones tienen menos asuntos frescos para la edición del lunes y, además, se consigue el altavoz de los programas radiofónicos de la primera mañana laborable de la semana. Hay quien se refería con humor a “los domingos de José Joaquín” para saludar la llamada dominical del decano.

Tampoco necesita un gabinete de asesores para llevar al día los enlaces matrimoniales de los compañeros y el fallecimiento de sus familiares. Tiene hecho con sobresaliente el curso de las bodas, bautizos y comuniones, la BBCque es clave en una ciudad con aspiraciones de pueblo como Sevilla. Gallardo es el Antonio Ríos de la abogacía. No se le pasa dar un pésame, como tampoco se le olvida interesarse por el embarazo de la camarera que le sirve cada día los mil y un cafés que ingiere este abstemio consagrado en el Café Avenida de Francisco Hermosilla. Porque Gallardo es uno de los grandes cafeteros de Sevilla al que, por cierto, nunca le sorprenderán en una fotografía con un catavino o un tanque de cerveza.

Forma parte de la que llaman la S. S. sevillana, por su condición de veterano soleano (de San Lorenzo) y de discreto sanluqueño (de Barrameda). A la hora de confeccionarle este traje dominical hay que tener en cuenta que le gusta lucir largo el bajo de los pantalones, para que descanse sobre el empeine del zapato, y la corbata ajustada con cierto desdén, para confirmar quizás ese aire de despistado al que no se le va un saludo en un canapé.

Arrasa en las elecciones al decanato, pero tiene sus críticos como todo personaje público que se precie. Su particular Tendido 7 le saca el pañuelo verde cuando es complaciente con el poder. Refieren un ejemplo reciente, cuando se hizo la foto con el consejero de Justicia, Emilio de Llera, para presumir de cobrar –por fin– los retrasos de los servicios del turno de oficio, pero aseguran que no se ha movido para que el Consejo Andaluz de la Abogacía reclame a la Junta de Andalucía los intereses que sí se han exigido en otras comunidades autónomas.

El día que Gallardo deje de ser el decano de los abogados sevillanos –para los que logró la rotulación de una calle– tendrá que donar su chaqué al Museo de Artes y Costumbres Populares. No hay político, ni magistrado, ni fiscal jefe, ni presidente de entidad ciudadana cuyos tiros largos cuenten más salidas en una procesión del Corpus que los de este ciudadano alto (nunca altivo) que se hace el despistado pero que siempre es el primero del grupo en ver venir el paso de palio… Y eso es una información muy útil para saber aguantar y no marcharse antes de tiempo.