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Alta Velocidad de Huelva

Carlos Navarro Antolín | 11 de febrero de 2018 a las 5:00

GARCÍA PALACIOS

EL salón de actos de la Caja Rural estaba hasta las trancas de público aquella mañana de febrero de 2013. Se presentaba el cartel oficial de la Semana Santa, pintado por Nuria Barrera, por lo que una brisa de Quizás, perfume de Loewe, impregnaba buena parte de la estancia. El cofraderío oficial copaba las localidades de primera fila. La tropa se conformaba con las últimas, con el consuelo de estar más cerca de la salida que garantizaba un acceso rápido a las croquetas de rigor. Hacía tan sólo unos meses que había dimitido el presidente del Consejo de Cofradías, Adolfo Arenas. Las causas verdaderas de aquella renuncia nunca trascendieron, lo que siempre sirve en Sevilla para alimentar toda clase de leyendas. Y las leyendas son útiles, de alguna manera, para disfrutar de la condición de mito, rozar la inmortalidad y generar cierto morbo. Por ejemplo, Curro Romero era una leyenda, un personaje inalcanzable, misterioso, inaccesible, del que no conocíamos la voz, acaso tan sólo por la breve entrevista en el callejón que le hacía el periodista de TVE tras el segundo toro de su última tarde en el abono abrileño. Pero nada más. Ni Curro tenía cortijo, ni se vestía en el Hotel Colón, ni se prodigaba en las revistas de colores. Y todo ese estilo, esa discreción natural, hacía más grande su figura, más enigmática. Hasta que un día se rompió ese halo de misterio que hacía más grande al Faraón. Aquella dimisión de Adolfo Arenas –decíamos– nunca se explicó bien. Pasó a ser un asunto tabú. El día de la presentación del cartel de Nuria Barrera ninguno de los cofrades que tomaron la palabra tuvo un recuerdo hacia el anterior presidente, pese a que la designación de la artista se había hecho bajo su mandato y pese a que la dimisión estaba aún muy caliente. Esos silencios fueron una muestra más de la cobardía cofradiera, no fuera a molestarse la autoridad eclesiástica. Nadie de la que había sido su casa se acordó de Adolfo Arenas hasta que un señor que no es de Sevilla colocó al ausente en el sitio que le correspondía. Nada menos que el anfitrión, el presidente de la Caja Rural, José Luis García Palacios (Huelva, 1936), abrió su discurso con unas palabras hacia el presidente del Consejo con el que había colaborado durante varios años, cada uno desde su puesto. A Adolfo Arenas lo llamaron por teléfono en cuanto acabó el acto para darle el minuto y resultado de la cicatería cobardona cofradiera y del señorío onubense.

–Don Adolfo, los suyos ni le han mentado. Ha sido el señor de la Caja Rural, el que tiene todas las hechuras de Pepe Luis Vázquez, el que lo ha hecho con toda elegancia. Se han quedado los demás con la cara colorá.

Y Adolfo, abandonando su habitual prosopopeya y esa oratoria de cornucopia que es marca de su casa, acertó a sentenciar.

–Es que José Luis es un señor. El lunes lo llamaré para darle las gracias.

García Palacios ha sido durante décadas ese señor de Huelva, muy orgulloso de Huelva y que siempre vuelve a Huelva por muy tarde que se le haga en Sevilla, que forma parte de nuestro paisaje cotidiano. Es uno de los nuestros, que diría aquel. Hay quien lo imita, como Perico Rodríguez, que siendo alcalde de Huelva estaba todo el día en Antares, pero no ha llegado a alcanzar tanto grado de arraigo en Sevilla. Si la Dirección General de Tráfico tuviera la potestad de crear títulos nobiliarios, don José Luis tendría que tener, por lo menos, el marquesado de la A-49 (sin nieve, por supuesto). Personifica como nadie la alta velocidad de Huelva. Se ha pasado la tira de años en su despacho de presidente de la Caja Rural en Sevilla, el que tiene vistas a la hoy denominada plaza Josefa Reina Puerto, antiguamente conocida como el Callejón de los Pobres, una ironía del destino la mar de sevillana, porque en la primitiva plazuela de los pobres se ha pasado este onubense casi dos décadas generando créditos para ayudar al empresario agrícola.

García Palacios ha sido un presidente de la Caja Rural tan sencillo que cuando iba rodeado de colaboradores muy trajeados por la calle San Eloy, el viandante no acertaba a señalar de pronto quién era el que ostentaba el mando. Con un rostro de bondad y un estilo pausado, procura siempre no generar envidia, sabedor de que la envidia es como la hipertensión: el enemigo invisible. Nunca ha querido tener casa en Sevilla, es usuario de coches de segunda mano, fiel a Punta Umbría y con un reloj de alta gama de estilo añejo.

García Palacios tenía la vida resuelta desde pequeño. Hijo único, criado en una familia de empresarios palentinos relativamente acomodados, dedicados a los cueros, las pieles y las lanas, apostó por fabricarse su propio destino. Nació en Huelva porque sus abuelos habían elegido el Sur para su actividad empresarial, porque era donde más ovejas había. Desde muy pronto puso el ojo en las necesidades del mundo cooperativo, donde apreció graves carencias. Una de las pasiones de García Palacios son ciertos dulces, ay esos romanitos, pero con la misma intensidad figura una pasión quizás más árida: el cooperativismo agrario y de crédito. Empezó muy joven en la Cámara Agrícola de Huelva, de donde fue reclamado por la Caja Rural de la misma ciudad para acabar siendo el presidente de la entidad, primero en la propia Huelva y después en Sevilla. Su gran labor se resume en pocas palabras: haber contribuido a la transformación del sector agrario a través del crédito cooperativo. Y hasta tuvo tiempo para entrar en política en los años de la Transición. Entrar en ese mundillo, trabajar como senador en dos legislaturas y saber decir eso tan difícil del ya estoy yo en mi casa cuando Adolfo Suárez se fue y se evidenció que la UCD era un nido de víboras. García Palacios continó teniendo esa fachada de senador, de patricio romano feliz en su Huelva natal.

Si hay un objeto que define a García Palacios es una libreta donde apunta las peticiones de la gente. Cuando se está más de cuarenta años en puestos de relevancia, uno se acostumbra a que le pidan favores, ayudas diversas y cualquier tipo de prebendas. Todas son apuntadas en esa libreta donde sigue la tramitación de las peticiones: el empresario que pide una cita directa con el presidente de la Caja, el cura que necesita un patrocinio para el libro, el hijo del amigo del amigo de Huelva que clama por un traslado a una oficina de Sevilla… A sus 81 años se mantiene muy activo porque no deja de pensar en el futuro. Siempre ha sido obsesivamente previsor, tanto que el día de su boda llevaba papel higiénico en el bolsillo: “Por lo que pueda pasar”.

La vida son horas de relajación en labores de jardinería. Pantalón corto, manguera, tijeras de podar, arriates que piden un repaso… La vida es montar a caballo en el Rocío. Este onubense de pura cepa no disfrutó de verdad de la romería hasta que un año lo llevó la malagueña con la que se casó. Desde entonces no falta. Yse puede afirmar, sin margen de error, que la vida es lisa y llanamente Pilar. Una vez le ocurrió que la tarde previa a la salida de la hermandad fue a comprobar que el caballo y todos los arreos estaban a punto. El picadero estaba ubicado junto a una carpintería de ataúdes. Literal. Cuando García Palacios llegó, no había nadie, pero de pronto se abrió un féretro y salió un hombre del interior. Don José Luis se olvidó del caballo, de los atavíos y huyó rápido del lugar. Se trataba simplemente del final de la siesta del carpintero… La vida es disfrutar de los helados de La Ibense, incluso resguardado en el interior del coche para que los hijos no se los quiten. Le gustan los de sabores añejos: mantecado y tutti frutti. Ha habido años que ha acumulado helados del verano en el congelador para tener suministro todo el invierno. La vida es ser taurino, muy taurino, llevar a gala ser el promotor del monumento a Pepe Luis Vázquez. Y la vida, cómo no, es haber sufrido ingratitudes, desgracias que sólo se soportan con la alegría de la fe y hasta algunos intentos taimados de rebelión… en la granja.

El día que fue proclamado Sevillano del Año agradeció el título con humildad: “Nunca he tenido casa en Sevilla”. Jamás ha sentido que Sevilla fuera una ciudad difícil para el que viene de fuera. “Eso es cosa de los torpes”, dicen que alguna vez ha afirmado cuando oye teorías sobre los cerrados círculos hispalenses.

El decano del sistema financiero español, con casi 50 años en el sector, sigue hoy al frente de la fundación Caja Rural, con sede en Huelva, la ciudad donde hay sexagenarios que recuerdan cómo les atendió don José Luis en los años 70 cuando, siendo jovenzuelos, fueron a pedirle ayuda a su casa a una “hora impertinente” para fundar una hermandad. Una de sus máximas es que los problemas que se resuelven con dinero no son problemas. Y se le atribuye haber sido pionero en concebir la Feria de Sevilla como una fiesta de eso que ahora llaman formato largo. Desde hace muchos años la ha empezado por su cuenta desde el fin de semana previo. Esos días, solo esos días, se queda a dormir en un hotel en Sevilla. Y la A-49 espera siempre a este hombre pausado y parsimonioso que se pirra por los dulces tanto como por una charla sobre el cooperativismo de crédito.