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El ciprés andaluz

Carlos Navarro Antolín | 28 de septiembre de 2014 a las 5:00

JAVIER ARENAS
NO es un señorito andaluz. Nunca lo ha sido. La verdad hay que decirla siempre, aunque sea a contracorriente de los hechos considerados probados. Javier Arenas (Sevilla, 1957) es preso de la foto del betunero del Palace, pero ni tiene apellidos de señorito, ni viste como un señorito, ni tiene hábitos de señorito. Los señoritos nunca llevarían esas camisas blancas de perenne invitado de boda. Nunca ha ido de monterías ni ha pasado fines de semana en las casas de campo de esos señores del empresariado andaluz que son como los moros de Queipo en la Puerta del Príncipe, en el Rastrillo o en la cena de los enganches en las vísperas de Feria. Siempre los mismos. Hasta sus enemigos del PP reconocen la injusticia de ese estigma, hábilmente labrado por los rivales del PSOE. Una mala fama alimentada también por la distancia que siempre ha mantenido con la ciudad de Sevilla, su gran lastre en todos los sentidos, que ha visto altanería y distanciamiento donde tal vez había simple timidez. Arenas tiene miedo a la Sevilla Eterna, nunca se ha sentido a gusto en ella. En el corto trayecto del coche blindado, aparcado junto al Oriza, hasta la puerta de la sede regional de la calle San Fernando ha podido sufrir las malas caras de muchos viandantes que no eran precisamente del 15-M.
Arenas cae mal en Sevilla. Sevilla y Arenas son la historia de un desencuentro. Quizás porque todo el que se esconde termina por generar desconfianza. YSevilla, como el can callejero, olisquea rápido los miedos y se comporta con la crueldad de los niños. A los pocos sitios que frecuenta acude siempre arropado, protegido, camuflado entre el séquito que siempre envuelve al poder establecido, por esa cuadrilla que con su sola presencia va voceando la timidez del matador. Manolo García siempre lo escolta en la Macarena para quitarle el frío del atrio. YCurro Romero y Carmen Tello, en los actos sociales muy contados o en cenas muy reducidas. Muy atrás quedan aquellas noches felices en el reservado del Espigón de Felipe II o los mediodías sabatinos del Portarrosa, tras bajarse del AVE procedente de Madrid como ministro andaluz de turno. Y, ay, aquellos cumpleaños en la preciosa Olvera con el tito Colunga. Amigos pocos, porque la política no es tierra de cultivo para las amistades. El roce en política no hace el cariño, sino la UTE. Distinto es que Arenas sea maestro en hacer como si fuéramos amigos, porque los dos sabemos que no lo somos, porque ya se sabe que cuando dos gitanos hablan es la mentira inocente: se engañan, pero no mienten. El problema en todo caso es de quien ignora las reglas de la política. Yen el PP andaluz el autor del manual de instrucciones se llama Javier Arenas.
Arenas cae mal en Sevilla, regular en Cádiz y Huelva y sus adeptos se disparan en todas las demás provincias, sobre todo en esa Almería que siempre le ha dado el calor que le ha negado Sevilla, donde –baste un clamoroso ejemplo– nunca ha pisado los palcos de Semana Santa desde que dejó de ser aquel concejal combativo de abundante mata de pelo. Arenas y Sevilla recelan el uno del otro. No se han entendido nunca. No se han perdido de vista como ciclistas a un kilómetro de la meta. Pero en el sprint final, Sevilla siempre, siempre, ha dejado a Arenas atrás, como en la antítesis perfecta de la madeja que es la heráldica de la ciudad.
Es un sacerdote de la política. No conoce otra actividad. Vive por y para la política, con todas sus consecuencias. Su gran hijo político, el gaditano Antonio Sanz, es el único que ha sabido estar siempre a la altura de su vertiginoso ritmo de trabajo (o de intrigas y maniobras, según las épocas). Sanz le aguanta hasta las bromas desde el atril del mitin, siempre aplaudidas por el veterano Juan Manuel Albendea.
–Antonio, estás más delgado.
La velocidad a la que vive es tal que los hábitos propios de cualquier mortal quedan orillados. Para algunos es una tradición encontrarse con Arenas comprando regalos en los grandes almacenes la misma tarde del 5 de enero. O a deshoras en los Opencor. Su consagración a la vida pública, en cambio, no suele aprovecharla para altas relaciones, como sí han hecho otros que también han tenido alcoba y despacho en la Moncloa. Muy raro ha sido ver a Arenas alternando con banqueros o trabajándose su futuro en la empresa privada, quizás porque su porvenir sólo lo ve ligado a la calle Génova, donde todavía –nunca se olvide– se sienta a la izquierda del Padre Rajoy, por mucho que haya acumulado tres derrotas y haya libado del amargo cáliz de la victoria sin mayoría absoluta en Andalucía.
Buena parte del éxito de Arenas en Madrid radica en su innegable capacidad negociadora (con los sindicatos en el Ministerio de Trabajo, con un bisoño Zapatero para firmar el Pacto por la Justicia o con el socialista Alfonso Perales para sacar adelante el Estatuto Andaluz), en representar el gracejo andaluz (siempre resultó un chico muy simpático para Ana Botella) y en ser el único, absoluto e incontestable referente del sur. Su identificación con el PP andaluz eclipsa a todos los sucesores. Arenas es el ciprés cuya sombra no deja margen de brillo para otras especies. Todos los dirigentes públicos del centro-derecha andaluz se han criado en sus pechos, lo admiran, mimetizan su estilo, con esa inconfundible repetición de la frase final; arquean la ceja izquierda para subrayar una idea, y abrazan con las dos manos a su interlocutor para ganar en proximidad. Llega a ser insoportable la falta de originalidad de algunos cargos públicos y cómo han interiorizado el estilo de Arenas a base de no tener otro ejemplo y guía durante lustros. Hay que rebuscar entre la vieja guardia pepera para hallar estilos y oratorias no contaminadas por Javié, como lo llaman cuando es ministro, para volver a ser el Arenas cuando se trata de censurar alguna de sus andanzas. Hay dos narrativas de los peperos en época de tam-tam electoral, dos formas de referirse al jefe según haya ido la tómbola de las listas.
–El Arenas me llamó el sábado por la tarde para decirme que iba en la lista más atrasado que los cojones [sic] de un galgo. Y encima me suelta que ya me buscará algo si la cosa va bien en las generales y las autonómicas…
Ydespués está la versión del que ha encontrado la tierra prometida, del que ha sido bendecido por una luz cegadora.
–Javié ya me ha llamado desde Antares para asegurarme que voy en puesto de salida. Me ha dicho que me quede muy tranquilo.
La afición a seguir maquinando los domingos suele ir acompañada de la definición de animal político. El sacrificio del fin de semana también tiene su recompensa con los treinta segundos en los telediarios nacionales. Arenas, como el socialista Gaspar Zarrías en sus buenos tiempos, se ha sentado a comer con miles de familias el día de precepto, con esa cazadora azul de Ralph Lauren con la cremallera cerrada levemente, dejando ver la camisa preferentemente alba.
Entre sus espinas están Carlos Rosado, de los tiempos del PDP, Manuel Pimentel, aquel ministro que dio el portazo un sábado, y Luis Miguel Martín Rubio, que fue presidente de Agesa y vicepresidente de Cajasur tras la debacle municipal de Soledad Becerril. Tres apuestas que no le salieron como el campeón esperaba. Dicen que la cuarta puede ser, o lo es ya, Juan Ignacio Zoido, simplemente “Juanito” en los tiempos de compartir pensión completa y acabar los almuerzos con un dedito de Cardhu en vaso bajo, por favor.