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La fuerza de la ilusión

Carlos Navarro Antolín | 24 de junio de 2018 a las 6:00

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EL que se ríe de uno mismo se puede reír de casi todo. El adulto que sigue siendo un niño mantiene intacta la capacidad de ilusionarse con las cosas pequeñas. El buen humor y la ilusión son un combinado que garantiza la felicidad y nunca deja resaca. Los pesimistas, los que tratan siempre de contagiar al prójimo su carácter avinagrado, desprecian a quienes son capaces de entusiasmarse con el sorteo de la Lotería Nacional de Navidad, con la iluminación de la portada de la Feria, con una convivencia en el Rocío o con una simple ronda de bares. El amargado busca siempre penitentes para su particular cofradía. El lubricante de la vida está, precisamente, en las ilusiones que caben en un cofre de tamaño pequeño, en las fechas especiales señaladas en el almanaque de las emociones, en los momentos de celebración improvisados y, sobre todo, en la capacidad de convertir el trabajo en una fuente de realización personal y estabilidad. Sentido cristiano se llama. Las personas que reúnen estas características son las especiales, las que no pierden un minuto en autocompadecerse cuando la vida les pone una zancadilla y se dan de bruces con un diagnóstico adverso.

Valentín García es un periodista de Canal Sur Radio que a sus 50 años se ilusiona con la riqueza sencilla de la vida cotidiana. Su vida es una lección de buen humor, que adoba en ocasiones con la acidez y la sagacidad de la que pocos son capaces, sólo aquellos que emplean un sacapuntas fino, finísimo, para gastar bromas sin riesgo de provocar reacciones airadas. Se ríe de sí mismo antes de reírse con cualquiera. Y eso es una virtud en una sociedad crispada como la actual y condicionada por la dictadura de la corrección política. Nadie puede dudar de su punto transgresor, el mejor lubricante de su existencia.

El año 2018 saludó a este madrileño de nacimiento y trianero de adopción con una enfermedad en los pulmones. Tenía que salir de cartero real en el arrabal y le dijeron que descansara. Se negó en rotundo. Quería salir y lo hizo. Se enloqueció repartiendo caramelos, como se enajena cada año en el Rocío con su grupo bautizado como Los desorganizados. El gran secreto de la romería tan particular está en el Land Rover que emplean Valentín y sus amigos: un vehículo viejo y ronco del que nadie sabe cómo pasa la ITV. Aseguran con guasa que el momento en que se adhiere la pegatina de la inspección superada al cristal delantero del automóvil es el de mayor emoción del año. Se dice que están compinchados con el técnico, al que darían su palabra de honor de que sólo usarán semejante cacharro con cuatro ruedas para avanzar por las arenas.

Con Valentín no se puede ir por la calle si se quiere llegar puntual a una cita. Se para más que el C-2. El periodista que vino a trabajar de becario en el 92 se ha hecho con un enorme círculo de amistades y conocidos. Todavía se recuerda la fiesta de su 50 cumpleaños el pasado noviembre. Y todavía se evoca en la redacción de Radio Sevilla la fotografía de Carlos Ferrer Salat con la antorcha encendida y Valentín a su lado corriendo y entrevistándolo al mismo tiempo. El primer programa que presentó en Sevilla lo hizo en la SER, junto a Sonsoles García en los tiempos de Radio Sevilla Dos. Estuvo en los comienzos del popular programa La Cámara de los balones con el maestro José Antonio Sánchez Araujo.

Nada arriesgado con la ropa, se cuenta que es gran cliente de Cortefiel porque todas las prendas de este establecimiento parecen hechas a su medida. Usa camisas y chalecos de su padre y de su cuñado. Gasta guasa con la ropa de sus compañeros. Es provocador. Exhibe el vientre a lo Cristiano Ronaldo tras marcar un gol si la ocasión lo requiere.

Su vida es la calle, la radio. Es bueno haciendo radio porque es natural, espontáneo, divertido y tiene esa capacidad para comunicar que provoca ser echado de menos por los oyentes. Su vida es una tertulia eterna, en antena con los oyentes junto a Tom Martín Benítez, o en cualquier bar de su amada calle Castilla. Entre sesión y sesión de quimioterapia, la calle Castilla es su hábitat preferido.

La Feria es esa fiesta donde es capaz de pasar catorce horas. Como buen niño grande es un polvorilla. Se deja ensimismar por el alumbrado. Mira la portada con los ojos extasiados del primer día. Esa capacidad de ilusionarse es quizás el rasgo principal de su carácter. Ilusión por todo: para jugar el cupón de los viernes, o para estar abonado al número 41010 de la Lotería Nacional por ser el número que se corresponde con el código postal de Triana.

Tiene manías muy peculiares. Valentín García, por ejemplo, no puede con los peces. No puede tener cerca ni acuarios, ni objetos de decoración que tengan peces. Una de sus rarezas es la de entrar siempre en la radio con el pie derecho, la cartera en la mano y usar el ascensor de la derecha. O tener siempre 24 botellines en la nevera. Si se bebe uno, lo repone rápidamente. La vida es pasión por su colección de sombreros. Cada viaje un tocado nuevo: hindú, chino, inglés… Y, por supuesto, un tricornio. No le gusta nada el fútbol por mucho que colaborara con Araujo. Francino lo entrevistó recientemente en la SER para toda España y le preguntó si el Betis se clasificaría para Europa. Se tiró al ruedo y dijo que sí sin tener ni pajolera idea de la marcha de la temporada del equipo verdiblanco. Sus afines saben su proclama cuando se trata del balompié: “Yo en asuntos de fútbol me quedé en Calderé”.

En las redes sociales retransmite la evolución de su enfermedad. Sin pretenderlo se ha convertido en la referencia de muchos pacientes con cáncer. Su vitalidad y su capacidad para la comunicación lo han llevado a platós de televisión y a estudios de radio. Por su carisma siempre ha ocupado el centro de las reuniones de forma natural y ahora, quién se lo iba a decir, es la esperanza de cientos de enfermos.

La vida son recuerdos de su estancia en Boston y Nueva York junto a sus padres, del barrio de Salamanca de Madrid donde pocos saben que se ha criado, del chalé de la sierra de la capital de España donde ahora se recupera. La vida es no quejarse casi de nada. ¿Quién ha visto a este Valentín enfadado alguna vez? Quizás cuando algo no se hace bien en la radio. La vida son recuerdos de juergas de juventud interminables, de presumir de las cicatrices, de provocar, exhibir, agitar. La vida es un paseo en la Vespa de color rojo que cuida como a un tercer hijo. La vida es hacer chiste de todo: “Me apunto a un gimnasio y me entra cáncer, ¿os habéis dado cuenta?”. La vida son camisetas de diseño propio que le hacen en un comercio de Vejer de la Frontera. Genial la que luce el lema Fajas Aurora que, por cierto, es el comienzo de la dirección de su correo electrónico particular. El buen humor, siempre el buen humor. La vida es afición por la música de Los Chunguitos, Nacha Pop y Tequila. Es ganar un concurso de cartas de amor convocado en Paradas en 1999. Es escaparse por Cádiz, el Palmar, Zahara de los Atunes o pueblos desconocidos de Portugal que ha descubierto recientemente. No hace mucho se alquiló una casita en un pequeño poblado desconocido y en dos días ya estaba publicando imágenes de una barbacoa de sardinas en la que participaba media localidad. No extraña que digan que es capaz de sacarle conversación al surtidor de la gasolinera: “Ha elegido diesel”. Y Valentín le suelta una de sus perlas a la máquina y ésta le responde…

Un don para la radio, un desastre para la cocina. En la calle no existe nunca el reloj. Y el Viernes Santo mucho menos. Sale a ver el Cachorro por la calle Castilla, se queda en los bares de la collación, ve pasar la O, va empalmando las tertulias y sigue en la misma calle Castilla cuando ya está El Cachorro de regreso. No tiene medida para nada cuando está en la calle. Es el gallo de todos los gallineros que se improvisan a su encuentro. Es feliz con su forma de ser, es un escándalo permanente, una charla continua. Un tipo vibrante. La radio misma. 24 horas conectado si pudiera. De hecho duerme poco, poquísimo. Porque al dormir no puede gastar bromas a sus amigos de la redacción, Jorge González y José María Humanes, no puede lanzar dardos con humor al prójimo, disfrutar con cualquiera de los escándalos que este terremoto arma en un plisplás y contarnos en las redes sociales que va ganando su particular batalla. Durmiendo no se coleccionan sombreros. Y lo sabe.

 

El verso libre de las ondas

Carlos Navarro Antolín | 4 de diciembre de 2016 a las 5:00

JESÚS VIGORRA
EN un restaurante tiene que haber manteles. Y en la carta no pueden faltar los guisos. Gastar tiempo y dinero en viajar al África romana sin haber pisado Itálica es de catetos. Pasar por la vida sin leer es para hacérselo mirar en un diván. Se debe desconfiar de quien rechaza el vino. Y a la gente, a la hora de la verdad, se le conoce por sus obras tanto comopor sus enemigos. Se trata de criterios elementales de quien tiene claro que en el ruedo de la vida hay que moverse con una cuadrilla tan leal como reducida.

Jesús Rodríguez Vigorra (Villanueva de Córdoba, 1960) no soporta que haya hilo musical en los restaurantes. Prefiere oír con exclusividad a su acompañante antes que esas melodías propias de la sala de espera de un dentista con pretensiones. Y se rebela cuando el servicio no tiene oficio. Se le nota que antes que periodista fue camarero en un hotel y maestro en una escuela.

Perfeccionista, se frustra cuando algo no sale bien. Un punto maniático. Es como la leyenda de las etiquetas de ciertos caldos de la Rioja:con genio, valiente y noble. No le faltan notas de rebeldía y algún trazo de vehemencia con un barniz de fino observador. Vigorra es un verso libre en Canal Sur, que no es lo mismo que ser un verso suelto. Se ha ganado su libertad a golpe de resultados. Cuanto mejores son los resultados, más son los enemigos.

Tiene ganada por oposición su plaza de redactor en la RTVA, por lo que recuerda a los antiguos canónigos, que cambian los obispos pero ellos siguen en maitines largando sobre lo mal que funciona la diócesis. Como los canónigos son ahora digitales, ninguno se atreve a decir ni pío.

Cuando muchos oímos los anuncios de La Nuestra en referencia a Canal Sur, pensamos en Vigorra y algunos pocos más, porque si no fuera por ciertas excepciones sería realmente La de Ellos. Vigorra en la RTVA recuerda a la aldea de los irreductibles galos, aquellos locos que resistían “ahora y siempre” al invasor. A Vigorra lo salva de ciertas presiones la poción mágica de las sucesivas olas del Estudio General de Medios (antes de que le recortaran los horarios) y las olas de la playa de Los Caños de Meca.

Para seleccionar con tino los programas de radio hay que aplicar criterios infalibles, como al elegir un buen restaurante de carretera. Sólo hay que pararse en una venta donde haya camiones aparcados. Y hay que sintonizar los programas que oyen los taxistas. A Vigorra le oyen un ejército de taxistas de cuatro a cinco de la tarde. La gente no quiere problemas, pero le pirra oír los problemas de los demás, le encanta cómo Vigorra, con la cuadrilla de banderilleros de Joaquín Moeckel y Francisco Arévalo, lidian por antena con el encargado golfete de un taller mecánico de Almería, el ayuntamiento de la provincia de Huelva que abusa a la hora de cobrar dos veces los recibos del IBI, o con el director cobardón del hotel de Sanlúcar de Barrameda que ocultó al cliente de movilidad reducida que el establecimiento carecía de ascensor.

La vida son recuerdos de la emisora de su tiera natal que impulsó este Vigorra criado entre los algodones de tres mujeres: su madre y sus dos hermanas. La vida es refugiarse en un restaurante de Valdezorras caracterizado por los platos de cuchara. Es escaparte al Corte Inglés, donde el dependiente de siempre, una suerte de asesor personal, guarda las ofertas más selectas para que este periodista siga cultivando el culto por las marcas. La vida es conducir un Mercedes e ir siempre a pie de casa a la radio y de la radio a casa, con la pausa gastronómica del telediario, rutina convertida en liturgia. La vida es sufrir la cornada de Ausbanc y comprobar, una vez más, que el tramo de las amistades es siempre reducido. La vida es vivir conectado a los orígenes, que están en Villanueva de Córdoba, de donde se trae los táper con platos guisados por sus hermanas. La vida son las charlas con Justo Molinero, los preparativos de última hora de cada programa con Esther Menacho y Yelu, las funciones de teatro donde se relaja, los miércoles de cine y las corbatas de Dolce & Gabbana. Y, sobre todo, la vida es leer, leer y leer. Vigorra disfruta más con un libro que con un viaje. Forma parte de esa minoría que prefiere estar en su casa, que le cuesta un mundo salir de su hábitat, de su particular orden establecido, de sus manías y ritos propios, entre los que está la lectura diaria de un poema.

Torpe con las nuevas tecnologías, es de los que las pasan canutas para hacer una transferencia bancaria vía internet, se pelea con el ordenador y acaba enredando por teléfono al del servicio de atención al cliente. Cuando Julio Iglesias canta hay quienes se acuerdan de este Vigorra que disfruta con las mujeres y el vino sin ser un truhán. Seductor con la palabra, interesante, más alegre que divertido. Bueno para conversar, menos bueno para una tarde de Feria o un camino del Rocío. Orgulloso de su alopecia total: “Los calvos no envejecemos”. Su fortaleza está en que sabe estar solo y es un improvisador nato. Cuentan que tiene pocos amigos porque, en realidad, se aburre con la mayoría de la gente. Tal vez sea porque se sacia con los libros.

Arturo Pérez Reverte lo trata de hermano en las veladas de asueto en Las Teresas, reuniones a las que en tiempos acudía el desaparecido Rafael de Cózar. Vigorra tiene adoración por el autor de Alatriste tanto como por Moeckel.

El cocinero antes que el fraile. Fue camarero antes que periodista. Fue maestro antes que presentador de El Público. Las coplas, coplas no son hasta que el pueblo las canta. Un programa no es programa hasta que los taxistas lo sintonizan. Un restaurante no es restaurante si no hay platos de cuchara. Una mesa no es mesa si no tiene mantel. Uno no es nadie si no tiene enemigos. Y a los enemigos, como a los canarios, hay que alimentarlos cada día: su puñadito de alpiste, su mijita de agua y algún silbido para que no sientan soledad. Ideas fijas, criterios claros. Si la ola del EGM pierde fuerza, la ola de los Caños de Meca viene cargada de espuma. Lo dijo el cura socarrón: “Yo soy canónigo por oposición, digo la misa por el rito que quiero”.

Un icono de la radio

Carlos Navarro Antolín | 10 de julio de 2016 a las 5:00

Charo Padilla (1)
LA imagen de un pueblo la construyen sus narradores, la enaltecen los poetas, la distorsionan sus tópicos y la destrozan los resentidos. Se puede usted quedar con la Sevilla de postal, como iba a hacer hoy Obama, o recrear la que relatan los viajeros franceses del XIX. Con las fiestas del pueblo, con sus señas de identidad, ocurre exactamente lo mismo. Se puede usted limitar a la Semana Santa chabacanizada, fagocitada por los movimientos del neocostalerismo, donde Dios es la coartada y hasta se graban los ensayos de pasos sin vírgenes, o dejarse llevar por los momentos de emoción interior y de autenticidad a prueba de esnobismos. La elección es libre. La Semana Santa tiene manos que la cuidan y hacen posible, como las de Manuel Palomino. Tiene escritores que la acariciaron en el pasado, como Peyré. O incluso que la desnudaron como Núñez de Herrera.

La Semana Santa tiene hoy sevillanos que la retratan con amor como Martín Cartaya, el último mohicano de la Leica, fogonazo, abrigo azul, cuello cerrado y siempre en la posición idónea para mirar sin ser visto, para disparar sin ser oído. Y tiene reporteros capitalinos de tres minutos de telediario que equivocan los rótulos y sacan con la alcachofa estereotipos ceceantes para ahondar en la vieja e injusta vinculación de la religiosidad popular con el bajo nivel cultural. La Semana Santa, quizás como el periodismo en general, está necesitada de profesionales que la sepa tratar a pie de calle sin edulcorantes, que hagan crónicas en vez de pláticas, que sepan emplear el bisturí imprescindible para diseccionar lo cutre de lo auténtico, lo nuevo y pasajero de lo que siempre permanece, lo popular de lo chabacano, la elegancia que conocieron varias generaciones de lo fabricado hace un cuarto de hora.

Si la Semana Santa, la ciudad misma, tiene manos, fotógrafos y escritores, también tiene voces. Se llama Rosario Padilla de la Hoyuela (Sevilla, 1962) y es conocida como Charopadilla, dicho todo junto, de una sola chicotá y pararse ahí. Para muchos, muchísimos, es la voz de la Semana Santa, la profesional que tiene ese bisturí tan necesario en tiempos de cochambre y misticismo. Muchos, muchísimos, no entendemos la retransmisión de la salida del Cerro sin su trabajo, por esa capacidad para escrutar el público de las primeras filas, el de las vecinas de toda la vida que esperan a la Virgen de los Dolores, y tener claro en unos instantes quién es la que da juego por antena, cuál es la que tendrá capacidad para expresar con su testimonio la vida, el torrente de emociones, la alegría de terciopelo burdeos, que brota en esa calle Afán de Ribera cada mañana de Martes Santo, alicatados de las casas, comercios de toda la vida mezclados con los chinos de nueva hornada, júbilo en la barra de Los Balcones, eco de tambores que se pierden en el océano de asfalto de Ramón y Cajal, Paquili hecho un puro nervio, Adolfo el ginecólogo ajustándose la capa…

Oficio se llama el saber escoger el testimonio adecuado sin incurrir en el papafritismo, sin dejar jamás en evidencia a la entrevistada, sino, muy al contrario, convertirla en ejemplo de esa popularidad elegante sin la cual no se entiende la fiesta más hermosa de la ciudad, el día más bonito del barrio… Charo no entrevista los Martes Santos. Confiesa a las vecinas cada Martes Santo, que no es lo mismo. Y ellas le cuentan a toda Andalucía, por la celosía de confesionario que es su micrófono, cómo ha sido el año vivido. La nieta que se estrena, el hermano que falta, la deuda que por fin se tapó, la tristeza de las Navidades, la playa que pudieron disfrutar gracias a las excursiones de la parroquia, la manita que tiene que echar de nuevo la Virgen por un problemilla de salud que tiene un ahijado, el empleo que falta a un sobrino… Periodismo, reporterismo. Llámenlo como quieran. Su voz está ligada a la mejor Semana Santa, a la más auténtica por más popular, alejada de la oficialidad, el compadreo, el frikismo, las modas con caducidad, el almíbar y el elitismo de cabildo.

Carlos Herrera la llamaba ‘Sharon’ Padilla cuando trabajaban juntos a principios de los noventa, cuando la Stone estaba en pleno apogeo por Instinto básico. A Herrera se le pregunta por ella en un café en la barra del Candelaria, mientras Carmen Laffón sueña paisajes sanluqueños en el velador de al lado, y responde con la brevedad y contundencia casi de un tuit: “Charo es seria, pero no aburrida. Metódica, pero no cuadriculada. Cariñosa, pero no empalagosa. Y tiene un sentido de la fidelidad a prueba de bombas”. Pues por eso a veces no parece sevillana, querido Carlos. Pues por eso no responde al estereotipo de andaluz. Y de andaluza, que diría el tonto del género. Pues por eso dice las verdades mechadas tal vez de cierta brusquedad. Pero no gasta en agrados estériles.

Siempre el usted por delante en cualquier entrevista. Lo tiene como una máxima, ya sea al dirigirse al cardenal en la salida del Cerro o al tío de la pértiga en la entrada de la Redención, al alcalde tras presentar un proyecto urbanístico o al portavoz de un colectivo que se manifiesta en la Plaza Nueva. Tiene aversión por ese tuteo de la falsa confianza que no sólo no relaja el ambiente, sino que degrada al periodismo. Charo Padilla es mucho más que una periodista con capacidad para narrar la Semana Santa verdadera, que suele estar detrás de las vallas. En su currículum hay muchos años de trasteo en los pasillos del Ayuntamiento. Los concejales se cuentan entre ellos si han merecido o no el saludo de la reportera de Canal Sur Radio. “¿Te ha saludado la Padilla? Pues eso es que le caes bien”. A ciertas alturas de la carrera profesional, Padilla no está para hacer concesiones al niñaterío de nuevo cuño que invade la política.

Ostenta el privilegio, tal vez poco conocido, de haber realizado la última entrevista a Miguel de Molina (1908-1993), uno de los exponentes de la copla durante la República y los primeros años del franquismo, aunque hay quien le resta mérito como cantante y atribuye parte de su fama a sus dolorosas vicisitudes. Molina atendió a Charo por teléfono desde Argentina, donde vivía en el exilio desde que se tuvo que ir de España tras haber recibido una paliza de manos de falangistas por ser rojo y homosexual.

La vida es retransmitir sus tribulaciones cotidianas a Manuel Marvizón, el afamado músico que fue a por su corazón. Marvizón, entonces en condición de pretendiente, hizo una noche de Semana Santa de ayudante de la reportera con tal de ganarse su favor. Aguantaba la bobina y se agachaba para soltar más cable cada que vez Charo lo pedía: “¡Tira cable, Manolo!”. Una señora, extrañada ante la escena, lo reconoció en plenas labores ajenas a las corcheas: “¿Pero usted no es Marvizón, el músico?”. Y Marvizón respondió un tanto apurado, mientras se peleaba con la bobina para desenredar el cable y complacer a su pretendida: “Sí, señora, lo soy, pero ahora estoy tirando cable, ¿no me ve?”.

La vida es obsesión por cuidar un cuerpo estilizado, de farola fernandina, exento de grasa y curtido en el gimnasio, pese a la afición por el queso y la cocina. La vida es un vestidor muy variado, de donde sale un estilo personal de formas simples y originales, carente de barroquismos. La vida es rechazar prácticamente todas las invitaciones en horario extralaboral. Ni pregones, ni mesas redondas, ni cuchipandas para profesionales de la captura de la pavía a partir de las ocho y media. La vida es recordar los comienzos en Antena Médica, donde la jornada laboral duraba lo que la estación de penitencia de Santa Genoveva. Es reñir con Sánchez Araujo porque su voz tronante para los oyentes de la SER se cuela por el micrófono de Canal Sur Radio durante la retransmisión de la Macarena. La vida son caracoles y cabrillas de la Alfalfa, un rato de distensión con Pepa, Arancha y Carmela, un arroz con Herrera el domingo de Feria.

Cuarta de nueve hermanos, nieta del fundador de la sombrerería Padilla Crespo, hija de un empresario inquieto cuyo último negocio fue un exquisito restaurante en Benahavís donde Herrera dio cuenta de selectas carnes asturianas y gallegas. Padilla devora literatura gastronómica con la perseverancia y el metodismo que imprime a todas sus acciones. Orden y limpieza. Método y disciplina. Duerme lo que dura el Silencio en la calle. La cama le quema. Arriba el corazón cada día a las 04:30, cuando aún suena el eco de los manguerazos de Lipasam por las calles del centro. La Padilla es un icono de la radio pública andaluza que no vive de la marca. Confiesa cada Martes Santo a las mejores vecinas del Cerro, que le abren su corazón porque se sienten bien tratadas, porque les da el mismo respeto que si fuera Don Carlos con la vara o el alcalde con el chaqué. Esa voz es patrimonio inmaterial de la Semana Santa de las últimas décadas. Tira cable, Manolo, más cable, mucho más, que en aquel balcón he visto un rostro que tiene que tener toda una vida que contar.

Un café a las 18:47

Carlos Navarro Antolín | 23 de noviembre de 2014 a las 5:00

CARLOS HERRERA
TODOS los días hacía sonar el claxon de la moto al pasar por la calle Feria, justo a la altura de la casa de Charo Padilla, una de las grandes redactoras de Canal Sur Radio. Cada día, a las seis de la mañana, sonaba aquel estruendo que ponía de los nervios a los vecinos. El motorista iba cargado de fuerzas para presentar el matinal de aquellos años noventa, aquel programa en el que inventó la sección del tema del día para explotar el gracejo andaluz de los oyentes que narraban situaciones tan cotidianas como esperpénticas. El secreto mejor guardado por la Padilla era la identidad de aquel motorista un punto faltón que debía andar en busca y captura por el vecindario de Ancha la Feria.

–Charo, ¿tú te has dado cuenta de que hay un cabrón en moto que pita todos los días sobre las seis? Porque hay que ser cabrón… ¡Es que el tío no falla ni una mañana!

Y Charo estuvo años sin revelar que su despertador de lujo era el mismísimo Carlos Herrera (Cuevas de Almanzora, Almería, 1956), poseedor de una virtud de la que pocos pueden presumir, pues no habiendo nacido en Sevilla ha conseguido que esta ciudad le perdone sus osadías, le consienta los cuellos abiertos cuando todo el mundo los lleva cerrados y le permita acudir en vaqueros cuando se impone el consabido pantalón de pinza. Herrera puede hacerlo, otros no. Herrera puede presumir de la belleza de su mujer en el Pregón de Semana Santa, pero a todos los demás los hubieran corrido a gorrazos a la salida del teatro por el Paseo de Colón y hasta el Alamillo, y hubieran sido achicharrados en la hoguera de la ortodoxia más plúmbea. Tal vez Sevilla se haya dado cuenta de que Herrera nunca le ha tenido temor a pesar de la merecida fama de la ciudad en cerrar puertas y generar recelos. Nacido en Almería y criado en Cataluña, no le teme a la Sevilla Eterna ni ha guardado nunca la distancia mínima de seguridad con las cofradías. Se mete en todo tipo de bullas. Tan pronto está tapeando con el presidente de La Caixa como charlando con el capiller de San Nicolás. Sabe que la mejor forma de no marearse entre las nubes es tener los pies bien clavados en la tierra, sin perder el cultivo, la referencia y el seguro carril de las amistades de hace treinta o cuarenta años.

A Herrera le gusta Sevilla desde que hizo el servicio militar con los ferroviarios de la Plaza de Armas y se enamoró de una sevillana que le enseñó a pasear por la ciudad. Quizás por eso sigue caminando a diario, sobre todo para eliminar la grasa del jamón y las morcillas que se jama, y en especial los domingos por la tarde, que es cuando aprovecha para despachar asuntos varios con su amigo Manuel Marvizón, que es una especie de Hermano Pablo sin consagrar. Marvizón es su alter ego y forma parte del núcleo duro de los herrerianos, donde están por supuesto sus principales colaboradores de la radio y compañeros de los gañotes en restaurantes varios de la península ibérica, antiguas colonias y resto del planeta. El teléfono de Marvizón suena cada día una docena de veces para requerir la presencia de Herrera en algún acto. Y Marvizón, camarlengo de la curia herreriana, se encarga de ir dando los lances oportunos. El Instituto Nacional de Estadística (INE) ya publicó un informe preciso: el 90% de las peticiones son denegadas, un 5% sometidas a estudio y otro 5% atendidas. La gran clave es burlar a los comedores de tiempo. Existen personas que transmiten energías positivas como existen las que hacen perder el tiempo. Esas guadañas de reloj ponen de los nervios al locutor de ustedes, que tiene el tiempo obsesivamente medido. Hace poco le pidieron cita y respondió por sms: “A las 18:47 en el bar La Candelaria”. Todo está tasado una vez que acaba el programa nacional a las 12:30: el aperitivo de sardinas marinadas, la pequeña cabezada, el tiempo del paseo vespertino, las paradas en las iglesias, la duración del café y el regreso a la casa por la que entra el mismo torrente de luz que baña el Guadalquivir. El timing de la radio lo exporta al resto de la jornada. Todo está tasado con precisión ferroviaria para quien tiene que estar en la cama a las 21:30 y en planta a las 04:30. Vive cada día en el sufrido horario del Calvario en la Madrugada. El orden es la seguridad. No lo llamen por teléfono a las once de la noche. El último que lo hizo aún sufre temblores y ha tenido que ir al psicólogo.

Quien sí lo llamó una vez estando en la ducha fue el Rey de España. El locutor vio en la pantalla de su móvil las iniciales S.M. Se salió chorreando, se lió la toalla como un capote de paseo y respondió con el debido respeto a la llamada (“Señor, dígame”), pero no se oía bien en el cuarto de baño ni en el resto de la casa. Tuvo que salirse al balcón. Cuando se dio cuenta estaba semidesnudo y hablando por teléfono con Don Juan Carlos a la vista de los viandantes. La verdad es que ahí fue un precursor, porque eso ocurrió muchos años antes de que el central Puyol recibiera a la Reina en toalla en el vestuario de un estadio de Sudáfrica. Al fin y al cabo, con el Rey y el jefe de su Casa ha cenado muchas veces, libando (o tumbando) un par de botellas de tinto en Oriza en una de las ocasiones más recientes. Y de Príncipes de la Iglesia tiene especial predilección y afecto personal por monseñor Amigo, al que propuso ser tertuliano habitual en las mañanas de Onda Cero.

Herrera da los primeros buenos días a España en pijama de cuadros y zapatillas de franela. Lo mismo está en Sevilla, Madrid o Nueva York. Las zapatillas de franela son muy importantes, incluso hasta para lucirlas en Nochevieja en una cena con amigos de punta en blanco. Herrera es así. Las zapatillas, modelo babuchas, son casi tan importantes como el bigote, que hasta lo usó postizo alguna vez en ciertos programas de televisión para no decepcionar a la audiencia. Esa televisión que no le gusta nada, porque no permite salir como uno es, con la barba de varios días ni, por supuesto, ir en zapatillas de andar por casa, como sí consiente su gran admirada y mimada:la radio.

Su concepto de libertad lo lleva hasta el límite. “Charo está embarazada, no se lo digas a nadie”, le comentó su amigo Marvizón en 2001. Y Herrera lo contó nada menos que en el Pregón de Semana Santa. Charo se quitó el auricular y miró a su marido:“¿Yo he oído lo que he oído?” Fue un embarazo literalmente pregonado del que nació un precioso hijo llamado Manuel. Herrera, por cierto, estaría encantado de poder dar otra vez el Pregón. De aquella experiencia quedó marcado. Disfrutó tanto que no le importó el ceremonial de besos y abrazos que se organiza después en los camerinos, que no hay en la ciudad una liturgia más falsa que esa. Sentados en un velador del barrio de Santa Cruz, le preguntamos en las vísperas del Pregón si era consciente de la gran hipocresía que se avecinaba.

–No me importa, quiero vivirlo. Forma parte del rito.

Tiene costumbres muy peculiares. Valgan varios ejemplos. Nunca falta un 22 de diciembre a su cita con Barcelona, que le gusta recorrer en moto. No se pierde un Corpus en las sillas de la Plaza de San Francisco o una Nochevieja en el Rocío con su madre, doña Blanca, con canelones cocinados al estilo Mataró. Ylos Domingos de Resurrección, tras ver el Resucitado en la Campana y desayunar calentitos, se da el primer paseo por la Feria, una fiesta por la que se compró una suerte de guarida cerca del real para tener una alcoba propia próxima a su caseta.

Tiene un punto de supersticioso que se acentuó en un viaje a Nueva York. Yendo por Madrid cargado con las maletas se encontró a un famoso cantante que es tenido por cenizo: “Un abrazo, Carlos. ¡Verás lo bien que lo vais a pasar en Nueva York!” Se le cambió la cara. El viaje fue, como se dice ahora, brutal: faltaban pasaportes al llegar a Barajas, el cajero automático se tragó varias tarjetas, una tormenta descomunal provocó la inundación de varias calles de Manhattan y perdieron el avión de vuelta.
Nunca olvidará el día que se montó en el ascensor de la sede de RNE portando una caja de puros que le había dado el vigilante de seguridad. Cuando la abrió y vio aquella masa plastificada rodeada de cables, el viaje se hizo eterno. ETA se lo quiso despachar. Aquel mediodía se fue a comer a Casa Rufino, en Umbrete, con varios inspectores de la Policía Nacional, entre ellos el ex edil Demetrio Cabello. El artefacto falló porque alguien había tirado previamente la caja con desdén y los cables habían quedado desconectados. Pero estando en el ascensor con la cajita en la mano, Herrera ignoraba si aquello era de explosión retardada. Para el hombre obsesivo por el timing, su hora aún no había llegado. Todavía tiene que dar el Pregón por segunda vez. Y seguir despertando a vecinos con el claxon.