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La fuerza de la ilusión

Carlos Navarro Antolín | 24 de junio de 2018 a las 6:00

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EL que se ríe de uno mismo se puede reír de casi todo. El adulto que sigue siendo un niño mantiene intacta la capacidad de ilusionarse con las cosas pequeñas. El buen humor y la ilusión son un combinado que garantiza la felicidad y nunca deja resaca. Los pesimistas, los que tratan siempre de contagiar al prójimo su carácter avinagrado, desprecian a quienes son capaces de entusiasmarse con el sorteo de la Lotería Nacional de Navidad, con la iluminación de la portada de la Feria, con una convivencia en el Rocío o con una simple ronda de bares. El amargado busca siempre penitentes para su particular cofradía. El lubricante de la vida está, precisamente, en las ilusiones que caben en un cofre de tamaño pequeño, en las fechas especiales señaladas en el almanaque de las emociones, en los momentos de celebración improvisados y, sobre todo, en la capacidad de convertir el trabajo en una fuente de realización personal y estabilidad. Sentido cristiano se llama. Las personas que reúnen estas características son las especiales, las que no pierden un minuto en autocompadecerse cuando la vida les pone una zancadilla y se dan de bruces con un diagnóstico adverso.

Valentín García es un periodista de Canal Sur Radio que a sus 50 años se ilusiona con la riqueza sencilla de la vida cotidiana. Su vida es una lección de buen humor, que adoba en ocasiones con la acidez y la sagacidad de la que pocos son capaces, sólo aquellos que emplean un sacapuntas fino, finísimo, para gastar bromas sin riesgo de provocar reacciones airadas. Se ríe de sí mismo antes de reírse con cualquiera. Y eso es una virtud en una sociedad crispada como la actual y condicionada por la dictadura de la corrección política. Nadie puede dudar de su punto transgresor, el mejor lubricante de su existencia.

El año 2018 saludó a este madrileño de nacimiento y trianero de adopción con una enfermedad en los pulmones. Tenía que salir de cartero real en el arrabal y le dijeron que descansara. Se negó en rotundo. Quería salir y lo hizo. Se enloqueció repartiendo caramelos, como se enajena cada año en el Rocío con su grupo bautizado como Los desorganizados. El gran secreto de la romería tan particular está en el Land Rover que emplean Valentín y sus amigos: un vehículo viejo y ronco del que nadie sabe cómo pasa la ITV. Aseguran con guasa que el momento en que se adhiere la pegatina de la inspección superada al cristal delantero del automóvil es el de mayor emoción del año. Se dice que están compinchados con el técnico, al que darían su palabra de honor de que sólo usarán semejante cacharro con cuatro ruedas para avanzar por las arenas.

Con Valentín no se puede ir por la calle si se quiere llegar puntual a una cita. Se para más que el C-2. El periodista que vino a trabajar de becario en el 92 se ha hecho con un enorme círculo de amistades y conocidos. Todavía se recuerda la fiesta de su 50 cumpleaños el pasado noviembre. Y todavía se evoca en la redacción de Radio Sevilla la fotografía de Carlos Ferrer Salat con la antorcha encendida y Valentín a su lado corriendo y entrevistándolo al mismo tiempo. El primer programa que presentó en Sevilla lo hizo en la SER, junto a Sonsoles García en los tiempos de Radio Sevilla Dos. Estuvo en los comienzos del popular programa La Cámara de los balones con el maestro José Antonio Sánchez Araujo.

Nada arriesgado con la ropa, se cuenta que es gran cliente de Cortefiel porque todas las prendas de este establecimiento parecen hechas a su medida. Usa camisas y chalecos de su padre y de su cuñado. Gasta guasa con la ropa de sus compañeros. Es provocador. Exhibe el vientre a lo Cristiano Ronaldo tras marcar un gol si la ocasión lo requiere.

Su vida es la calle, la radio. Es bueno haciendo radio porque es natural, espontáneo, divertido y tiene esa capacidad para comunicar que provoca ser echado de menos por los oyentes. Su vida es una tertulia eterna, en antena con los oyentes junto a Tom Martín Benítez, o en cualquier bar de su amada calle Castilla. Entre sesión y sesión de quimioterapia, la calle Castilla es su hábitat preferido.

La Feria es esa fiesta donde es capaz de pasar catorce horas. Como buen niño grande es un polvorilla. Se deja ensimismar por el alumbrado. Mira la portada con los ojos extasiados del primer día. Esa capacidad de ilusionarse es quizás el rasgo principal de su carácter. Ilusión por todo: para jugar el cupón de los viernes, o para estar abonado al número 41010 de la Lotería Nacional por ser el número que se corresponde con el código postal de Triana.

Tiene manías muy peculiares. Valentín García, por ejemplo, no puede con los peces. No puede tener cerca ni acuarios, ni objetos de decoración que tengan peces. Una de sus rarezas es la de entrar siempre en la radio con el pie derecho, la cartera en la mano y usar el ascensor de la derecha. O tener siempre 24 botellines en la nevera. Si se bebe uno, lo repone rápidamente. La vida es pasión por su colección de sombreros. Cada viaje un tocado nuevo: hindú, chino, inglés… Y, por supuesto, un tricornio. No le gusta nada el fútbol por mucho que colaborara con Araujo. Francino lo entrevistó recientemente en la SER para toda España y le preguntó si el Betis se clasificaría para Europa. Se tiró al ruedo y dijo que sí sin tener ni pajolera idea de la marcha de la temporada del equipo verdiblanco. Sus afines saben su proclama cuando se trata del balompié: “Yo en asuntos de fútbol me quedé en Calderé”.

En las redes sociales retransmite la evolución de su enfermedad. Sin pretenderlo se ha convertido en la referencia de muchos pacientes con cáncer. Su vitalidad y su capacidad para la comunicación lo han llevado a platós de televisión y a estudios de radio. Por su carisma siempre ha ocupado el centro de las reuniones de forma natural y ahora, quién se lo iba a decir, es la esperanza de cientos de enfermos.

La vida son recuerdos de su estancia en Boston y Nueva York junto a sus padres, del barrio de Salamanca de Madrid donde pocos saben que se ha criado, del chalé de la sierra de la capital de España donde ahora se recupera. La vida es no quejarse casi de nada. ¿Quién ha visto a este Valentín enfadado alguna vez? Quizás cuando algo no se hace bien en la radio. La vida son recuerdos de juergas de juventud interminables, de presumir de las cicatrices, de provocar, exhibir, agitar. La vida es un paseo en la Vespa de color rojo que cuida como a un tercer hijo. La vida es hacer chiste de todo: “Me apunto a un gimnasio y me entra cáncer, ¿os habéis dado cuenta?”. La vida son camisetas de diseño propio que le hacen en un comercio de Vejer de la Frontera. Genial la que luce el lema Fajas Aurora que, por cierto, es el comienzo de la dirección de su correo electrónico particular. El buen humor, siempre el buen humor. La vida es afición por la música de Los Chunguitos, Nacha Pop y Tequila. Es ganar un concurso de cartas de amor convocado en Paradas en 1999. Es escaparse por Cádiz, el Palmar, Zahara de los Atunes o pueblos desconocidos de Portugal que ha descubierto recientemente. No hace mucho se alquiló una casita en un pequeño poblado desconocido y en dos días ya estaba publicando imágenes de una barbacoa de sardinas en la que participaba media localidad. No extraña que digan que es capaz de sacarle conversación al surtidor de la gasolinera: “Ha elegido diesel”. Y Valentín le suelta una de sus perlas a la máquina y ésta le responde…

Un don para la radio, un desastre para la cocina. En la calle no existe nunca el reloj. Y el Viernes Santo mucho menos. Sale a ver el Cachorro por la calle Castilla, se queda en los bares de la collación, ve pasar la O, va empalmando las tertulias y sigue en la misma calle Castilla cuando ya está El Cachorro de regreso. No tiene medida para nada cuando está en la calle. Es el gallo de todos los gallineros que se improvisan a su encuentro. Es feliz con su forma de ser, es un escándalo permanente, una charla continua. Un tipo vibrante. La radio misma. 24 horas conectado si pudiera. De hecho duerme poco, poquísimo. Porque al dormir no puede gastar bromas a sus amigos de la redacción, Jorge González y José María Humanes, no puede lanzar dardos con humor al prójimo, disfrutar con cualquiera de los escándalos que este terremoto arma en un plisplás y contarnos en las redes sociales que va ganando su particular batalla. Durmiendo no se coleccionan sombreros. Y lo sabe.

 

Una vida al galope

Carlos Navarro Antolín | 6 de diciembre de 2015 a las 5:00

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ES la cantinela que sigue a la desgracia, la coletilla que confirma el grado elevado de la tragedia. A cada siniestro con un número considerable de víctimas, a cada atentado terrorista o catástrofe natural, siempre sigue la referencia al equipo de psicólogos que acuden a la zona cero para atender a los familiares, para prestar los primeros auxilios y amortiguar los fatales sopitipandos, para ayudar a digerir la mala nueva. Hay gente en cuyo currículum se combinan las mayores alegrías y las peores desgracias con especial intensidad. Será verdad lo que dice el cura Perico Ybarra cuando reza la Salve, que mete una hermosa morcilla cuando alude a que la vida es un valle de lágrimas. Es justo entonces cuando don Pedro irrumpe en los bisbiseos de los fieles: “…Y de alegrías”. Llanto y risa. El cura rebelde se niega a reconocer que sólo hay lágrimas.

María Luisa Guardiola Domínguez (Sevilla, 1940) es una de esas sevillanas que siempre ha llevado dentro un nazareno de ruan. No por el hieratismo ni por la seriedad, porque precisamente se caracteriza por la vitalidad y por tener siempre la sonrisa esculpida en el rostro, sino por mirar al frente en clara expresión de futuro. La vida le ha obligado a tomar curvas tan cerradas que hubieran sido la coartada perfecta para bajarse del vehículo, marcharse a casa y parasitar delante de la televisión. Nadie le hubiera podido reprochar nada. Décima de quince hermanos, responde al perfil de haber estado criada en la alegría y el encanto del ruido cotidiano de una familia numerosa. Dicen que a mayor población, mayores riesgos. Y bien que ella lo sabe. Muy joven sufrió la pérdida de tres hermanos: Joaquín, que murió en presencia de su padre durante un atraco; Ángela, en un accidente doméstico, y Salvador, el célebre rejoneador que perdió la vida en la plaza de toros de Palma de Mallorca. Tal vez estos tres sucesos, sumados a la fuerza que genera una crianza en el cariño de una familia estructurada, convirtieron a la niña María Luisa en una ciudadana marcada por una inusual fortaleza ante la adversidad. Y el destino aún la aguardaba a la vuelta de la esquina con la daga más afilada: el fallecimiento de una hija. La pequeña María Luisa murió de cáncer en 1975, en una Sevilla sin planta oncológica infantil, sin infraestructuras proyectadas para estos pequeños, sin subvenciones específicas para la investigación de estos males. Aquel viejo García Morato aún no recibía armaos de la Macarena la tarde del Jueves Santo para generar una sonrisa en esos ángeles pelones que son querubines que Dios coloca en las canastillas del dolor de sus padres. Esos mismos armaos se derrumban como torres de ajedrez ante la tierna mirada de alfil de estos santos inocentes de los hospitales. Nada había entonces, más que la tenacidad de una doctora y el coraje de unos padres dispuestos a todo.

De la enfermedad surgió la fuerza productiva que caracteriza a los verdaderos aristócratas, a los mejores ciudadanos. María Luisa Guardiola llevó a la doctora Álvarez Silván a París para que se pusiera al día en las técnicas de vanguardia en el tratamiento del cáncer infantil, que entonces se practicaban en el hospital francés Villa de los Judíos. Aquellos días estaba poniendo los cimientos de Andex, una de las grandes marcas blancas de la ciudad, uno de los estandartes que mayor prestigio y crédito tienen entre los ciudadanos, una prueba palmaria, quizás, de que es posible un mundo mejor. Andex, Cáritas y las Hermanas de la Cruz constituyen probablemente la tríada de la mejor Sevilla.

Al empuje de María Luisa Guardiola, a su perfecta conexión con aquella profesional de la Medicina, se debe el nacimiento de la ONG en 1987, de la planta oncológica infantil y del hospital de día del Virgen del Rocío, ambos servicios en el mismo edificio y gracias a un convenio modélico de una entidad privada con el Servicio Andaluz de Salud. Si Sor Ángela pedía para sus pobres pisándose el propio yo, esta aristócrata coraje pide para sus niños con cáncer, llama a las puertas de la Casa Real, a las de las administraciones, empresas y particulares que haga falta para que sus ángeles pelones tengan curación. Habilita sótanos, contrata maestros y resiste sinsabores. Transforma el dolor de su propia experiencia en una fuente de energía positiva que produce beneficios para los demás.

Andex es su vida. Su obsesión. Su afán. No hay día sin Andex. No hay día sin estar al día de los empleados, de los niños, de los voluntarios. Su amor propio le conduce a la búsqueda de la perfección. A la exigencia. Los niños son lo primero aunque haya que tragarse el recuerdo de estar a diario en el mismo hospital en el que vivió las peores horas de su vida, aunque haya que tropezar con dirigentes de la sanidad pública más preocupados por su propia proyección personal, por no perder un palmo de notoriedad, que por el objetivo fundamental:la curación y el bienestar de los pequeños pacientes.

Esta sevillana, que siempre luce un peinado perfecto, reliquia estética en las fotografías de ecos de sociedad, jamás ha ocultado su fe, pues probablemente sea el mástil firme al que se ha agarrado en tiempos de zozobras y rumbo incierto. Junto a su marido, Luis Manuel Halcón de la Lastra, conde de Peñaflor, constituyen la reserva espiritual de la sangre azul hispalense.

En la bendición de unas nuevas instalaciones de Andex, presenció cómo ciertos políticos socialistas tomaron las de Villadiego justo antes de que el sacerdote sacara el hisopo del acetre con el agua bendita. Ya eran los tiempos en que el PSOE, perdido el centro político de los años grandes de Felipe González, sacaba de la chistera el conejo del laicismo y proclamaba urbi et orbi la majadería de amagar con romper el concordato con la Santa Sede. Los dirigentes socialistas debían cuidarse de aparecer rezando en público. Aunque luego agarren las varas doradas de hermano mayor a la mínima oportunidad.

La vida es una medalla al pecho de Mater Admirabilis, que evoca a la Virgen del Colegio del Valle donde la niña María Luisa se formó en sus primeros años de vida. Después vinieron los años de estudios superiores para ser perito mercantil. La infancia es una casa de Guzmán el Bueno y, cómo no, de una casa catalogada de la Puerta Jerez donde hoy sigue presente la familia. La vida son labores de jardinería, de macetas cuidadas con primor en la casa familiar de la Palmera. La vida son recuerdos de una timidez superada en la primera ocasión que tuvo que aparecer en la Real Maestranza ataviada con la clásica mantilla blanca. Los veranos en El Puerto de Santa María se apuran hasta el 12 de septiembre, onomástica de esta sevillana que ha estado dos veces en la India y por naciones de medio mundo.
Mucha gente se arrastra por una condecoración. O la pide directamente. Incluso por escrito: por mí y para mí. Sin pudor. El alcalde Monteseirín quiso reconocer la labor de María Luisa Guardiola al frente de Andex con la medalla de oro de la ciudad. Decidido, Alfredo cogió el teléfono, la llamó y le anunció que la distinción sería aprobada con toda solemnidad en el siguiente Pleno. La sorpresa del socialista fue que María Luisa Guardiola dijo que no. “¡Me ha dicho que no! ¿Me oyes? ¡Que me ha dicho que no!”, le dijo a un asesor. Hubo que recurrir a mediadores para que la presidenta de Andex accediera finalmente a recibir el reconocimiento de la ciudad. Aquel 30 de mayo de 2010, cuando coincidió antes del acto con otros premiados en las dependencias del Teatro Lope de Vega, se le oyó decir:“Ustedes sí que merecen la medalla, yo no”. El teatro la premió con una ovación cerrada.

Cuando el tiempo lo permite, elimina el estrés a caballo. María Luisa Guardiola galopa por los campos de Carmona. Amante de la velocidad, le gusta ir rápido tanto a lomos de un jaco como en un coche. Es un rayo. Esta mujer pisa fuerte en todos los sentidos: para conducir, para sacar dinero para Andex, para negociar todo tipo de atenciones para sus niños enfermos, que incluso ha conseguido que camareros del Alfonso XIII sirvan la merienda a los niños en el hospital vestidos a la federica.

Como suele ocurrir con las buenas reposteras, mantiene la figura pese a su demostrada habilidad en la elaboración del tocino de cielo y de especialidades varias de chocolate. Son otros los que cogen los kilos. Su gran satisfacción es que Andex alcanza un 80% de curaciones en los niños que son atendidos en sus instalaciones. Es el mejor homenaje que cada día hace esta madre coraje a a aquella pequeña de seis años, cuya memoria ha servido para levantar una de las marcas que verdaderamente hacen mejor la sociedad y convierten una ciudad en un lugar mucho más habitable. Cuando todo se conjura para quedarse acostado y meter la cabeza debajo de la manta, cuando la vida hiere realmente con zarpa de fiera, hay quienes se levantan como legionarios y hasta galopan. Sin necesidad de equipos psicológicos, con la sola fuerza que nace del interior de quien ha sido forjada como una ciudadana coraje que sólo mira hacia atrás para seguir contribuyendo a la cura de más y más ángeles pelones. Muchos son hoy adultos, profesionales solventes que al reconocerla y saludarla le están concediendo el oro de la mejor medalla. Y en el cielo, las nubes esbozan una sonrisa de algodón.