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La taberna mínima

Carlos Navarro Antolín | 13 de noviembre de 2016 a las 5:00

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EN Sevilla se producen extraños fenómenos con mucha frecuencia. A veces un cliente entra en un bar y su saludo –buenas tardes– queda huérfano de respuesta. Un camarero recoge los vasos mientras el otro retira con desgana los platos sucios de un velador del interior. Ninguno de los dos hace el mínimo gesto de bienvenida. El cliente parece que no existe, queda relegado a la condición de ser invisible. Los platos, los vasos, la narración por la radio, las imágenes del televisor o el pitido que avisa del final del runrún del lavavajillas son más importantes que el cliente. Cuando uno de los dos camareros concede una mirada al recién llegado lo hace con condescendencia, oteando por encima del hombro, con el desdén del que hace un favor queriendo acabar rápido porque tiene tareas más importantes. Así está demasiadas veces la hostelería en la ciudad que vive de ella. Así se pudre lentamente el sector terciario. Así se pervierte el mal llamado sector servicios, que hace tiempo que dejó de servir, hace tiempo que no sabe atender y en no pocas ocasiones se limita a despachar como un proveedor despersonalizado. En Sevilla hace tiempo que los mejores camareros son las máquinas, más amables que muchos de los llamados profesionales. Cuántas cartas gastronómicas se vienen abajo porque no tienen quien sepa venderlas a la voz, cuántos diseños carísimos y acogedores de nuevos negocios se van por el sumidero de un camarero mal pagado, quemado y sin oficio, cuántas publicidades se van al traste porque no se tiene presente que lo principal es el cliente.

Se llama Álvaro Pérez Medina (Sevilla, 1973) pero todo el mundo lo conoce por Peregil, el tabernero que tiene claro que el motor del negocio es el cliente, el combustible es el botellín y los accesorios de lujo son una carta limitada de montaditos y platos de cuchareo. Este Alvarito lleva en la sangre el oficio de atender detrás de una barra y ha heredado la memoria prodigiosa de su padre. No hay mejor libreta para hacer las cuentas que la cabeza, por muchas horas que los clientes se hayan pasado en esa taberna mínima que es La Goleta de Mateos Gago, un local que tiene los mismos metros cuadrados que una garita del Palacio del Pardo: caben dos guardias moros en el interior, uno dentro del urinario (“No corred por los pasillos”) y todo un regimiento en la puerta. Perejil sabe que a Sevilla le gusta estar en la calle. Sevilla es de exteriores, de dejarse ver, de la intemperie, del relente que da nombre hasta a una peña sevillista. Las grandes tabernas cerveceras son recoletas, de bulla organizada, de camarero sagaz con la vista alta, de cliente que trinca la cerveza y paso atrás, como el Tremendo, el Jota, el Cateca, Blanco Cerrillo, o esta Goleta de Mateos Gago, que es la calle que siempre tiene aspecto de carga y descarga. Qué casualidad que los bares populares son los más pequeños y tienen los camareros más rápidos.

Si los clientes se han pasado de hora, Perejil echa la cuenta calculando la “ocupación de la vía pública y el tiempo empleado” y siempre, siempre, se equivoca a favor del cliente. Aguanta detrás de la barra más que un costalero de Los Caballos de vuelta por la Cuesta del Rosario. Solo le sacan de quicio los caraduras, que en Sevilla hay suficientes para llenar el Prado de San Sebastián, ponerse a repartir cirios y acabar con las existencias de la cerería del Salvador. Él decide cuándo invita a una ronda, nunca el cliente. Se permite el lujo de hacerse el despistado en su negocio, como el que no vigila nunca cuando, en realidad, tiene las orejas altas y los retrovisores reglados. De vez en cuando rompe en un cante, momento en el que hay alguien que destaca lo bien que Álvaro se sabe la letra de las coplas… Porque nadie duda de que se sabe la letra.

Tiene memoria para saber a las 11:35 el número de botellines que lleva pedidos el tío de la esquina desde las 09:45. Y para recordar con precisión los pasajes de la Biblia. Este tabernero, hijo de célebre tabernero, es un lector constante de textos sagrados. Su cultura bíblica es meritoria. Católico practicante, cumple con rigor el precepto dominical, es hermano de la Cena, el Museo, Los Caballos y Los Gitanos. Es proveedor de sus hermandades cuando le piden de todo, que ya se sabe que las cofradías están siempre pidiendo. “Ahí tenéis los guisos para la cruz de mayo. ¿El cazo? ¿Tampoco tenéis cazo? Mecagoenlamá, no tenéis de ná. Ahora me llego con la moto a La Goleta a por un cazo”.

La vida son recuerdos de las aulas del San Francisco de Paula, de donde no sólo salieron científicos, políticos, rectores de universidad o alcaldes de Sevilla, también ilustres taberneros que mantienen vivo el mejor concepto del oficio. La vida es una boda en Los Terceros donde al novio, de chaqué azul, se le pone el rostro del color del Viernes Santo por la mañana cuando mete la mano en los bolsillos y no están las alianzas. Se tuvo que casar con el anillo del cura y con el de su amigo Benito Ponce. La vida es salir de costalero en Los Panaderos hasta que un día prescindieron de sus servicios “por estética”, según le comunicaron.

–Ah, que me echan por feo.
–No, por altura, Eres demasiado alto.
–No, tú has dicho por estética, no por altura.

La vida son algunos pinitos en estudios sanitarios antes de tener claro que lo suyo era heredar el oficio paterno. Siempre al servicio del cliente con el mandil blanco, las camisas lisas o a cuadros, los chalecos con cuello de pico y el pantalón de pinza gris marengo que acumula trienios: “Hay que ver lo buenos que me han salido estos pantalones”. La vida son evocaciones de la Manzanilla paterna y de la Puerta Real materna. Es tener claro que la clientela busca a Peregil, su marca personal. Él mismo es el valor añadido de sus tabernas, más allá de los garbanzos, las espinacas y los bacalaos. Le encanta la cuchara a todas horas. Si llega a casa de madrugada y hay un guiso en la nevera, este Peregil se consagra al abordaje con cuchara en mano. La vida sabe a vino de naranja y moscatel y deja escarcha en las manos del botellín fresquito. Y cuando puede se va a Tierra Santa o a Praga, se escapa por el mundo.

Cual tabernero antiguo, en La Goleta no hay trago largo. Sólo esporádicamente y para clientes muy selectos. Tiene carné del Betis que no usa. Es devoto del beato Álvaro de Córdoba, como su amigo Álvaro Enríquez, el de la Cena, tres pasos. Un sevillista del Sagrario presumió de victoria ante el Fenerbache cuyos jugadores lucen camisetas con franjas negras y amarillas: “¡Viva el Sevilla!”, gritó en la puerta de su taberna aquella noche. Y Alvarito, detrás de la barra reaccionó: “¡Anda ya, si le habéis ganado al San Roque de Lepe, quillo!”. Destila la gracia seria del mejor sevillano cuando los guiris preguntan por la ventanilla del coche cómo aparcar para entrar en La Goleta: “El párking lo tengo abajo, es subterráneo”. En el negocio de Ponce de León, el Quitapesares que regentó su padre, aguarda con paciencia a que terminen los ensayos de la cuadrilla de costaleros de La Amargura para dar de beber y comer a los hombres de Alejandro Ollero. Jamás ha apretado la vara en una cuenta. Ni en las mañanas de 15 de agosto o de Corpus, cuando hay público en segunda y tercera fila desde bien temprano y la calle huele a aguardiente.

El cliente siempre es lo más importante por mucho que haya vasos sin recoger. Si acaso se recogen al mismo tiempo que se pregunta cuántos botellines hay que ir abriendo, con ese gerundio que hace que quien acaba de entrar se sienta atendido. Peregil ha visto erigir un monumento a su padre en tiempo récord gracias a la autenticidad de ciertas amistades. En La Goleta siempre hay un ayayayayay que irrumpe en el ambiente, una cuchara y un tabernero chapado a la antigua que lleva las cuentas en la cabeza mientras se limpia las manos en el mandil antes de coger las cazuelitas de los guisos. Peregil es un tipo sano en un gremio reventado. La taberna mínima de Mateos Gago es el pequeño paraíso de este hombre que rebosa la alegría propia de la humildad. Y el Quitapesares, el mejor monumento cotidiano al padre que cantó una saeta en privado para los Reyes de España en la Madrugada de 1984. Del buen hijo sale el buen tabernero. En la vida hay que agarrar bien la cuchara y nunca correr por los pasillos. Hay espinacas para todos.

Sin derecho al perdón

Carlos Navarro Antolín | 18 de septiembre de 2016 a las 5:00

FRANCISCO RIVERA ORDOÑEZ
EN Sevilla el perdón del éxito se cotiza muy alto. Triunfar genera patentes de corso para ser tiroteado. Lograr ciertos objetivos equivale a someterse al pimpampún de las barras (bravas) y al juicio sumarísimo de los veredictos del desahogo. El que está arriba nunca tiene derecho a indulgencias. ¿Cuándo se considera en Sevilla que alguien está en la cima? Depende. ¿Cuándo merece el que ha triunfado una caricia de lomo, un gesto de condescendencia, un guiño de afecto? Cuando se queda calvo o tiene una enfermedad. Una vez había dos pájaros de la avifauna local pasando revista con el codo en una barra de aluminio, postura del pensador de Rodin en clave sevillana. Uno de ellos espetó: “A tu amigo sí que le van a perdonar ahora los éxitos de su imparable carrera, porque el médico le ha encontrado un bichito y se ha puesto regular… Con lo que largó la gente de él cuando se fotografió junto al Rey, fue hermano mayor y apoyó los antebrazos en la barrera de la plaza de toros….¿Recuerdas?”.

Francisco Rivera Ordóñez (Madrid, 1974) es un vecino de Sevilla con una trayectoria personal en la que se combinan las luces y la sombras en igual medida, las puertas grandes y la enfermería, las reseñas que dudan de su concepto del toreo en el Aplausos y las referencias almibaradas del Hola, el blanco y negro de las desgracias que le han sobrevenido y el color de los días de rosas que quedan en el álbum de la intimidad familiar, las chisteras de relumbrón y los torniquetes de emergencia, las palmadas de los agradaores y las puntillas de los envidiosos.

Rivera Ordóñez pertenece al selecto club de los que nunca han merecido el perdón, ni parece que se lo vayan a conceder. Si se hubiera presentado en solitario a hermano mayor de la Esperanza de Triana, hubiera arrasado en las urnas por esa afición de Sevilla a acudir en auxilio del claro vencedor, pero como tuvo un rival en liza, perdió las elecciones como era previsible. Si hay dos opciones, Sevilla ejerce ese morbo indescriptible de votar contra el triunfador oficial, contra el guapo oficial, contra el rico oficial. Leña al pijo aunque sus 42 años de existencia estén lastrados por desgracias que a otros los mandarían al diván del psiquiatra, o los dejarían acostados para el resto de sus vidas.

Una marca de la casa civil de este torero es hacerse acompañar siempre por el séquito, la pandilla, el grupo de amigos de toda la vida, herencia quizás de haberse criado en una casa de puertas abiertas. Dicen que en eso se nota que es Ordóñez y Dominguín, en que necesita el ruido de la compañía y en que mantiene las mismas relaciones de la infancia, cuando era Picúo para su abuelo, un niño con cuerpo de alambre que ponía pegas para comer y era perseguido por una tata que llevaba la croqueta pinchada en el tenedor. El niño creció y también desarrolló la afición familiar por colocar apodos y motes a la gente con gran destreza. Carlos Telmo, criado junto a los Ordóñez, es y será siempre el cateto.

Este matador de toros es friolero de temporada larga, aficionado al blindaje de los jerseys, brazos cubiertos nueve meses al año, combinados con esos plumíferos sin mangas que otorgan ese aire de gallito de corral que Sevilla castiga cada vez que puede con las sentencias de las tabernas, que son la primer instancia de los tribunales condenatorios de la ciudad. Tal vez de forma inconsciente esté buscando el efecto del chaleco antibalas, un mecanismo de defensa frente a quienes no disculpan que sea hijo y nieto de famosos, quienes no perdonan el orgullo de los Ordóñez de sentirse una casta superior. Este cuarentón al que media España ha visto crecer se ha hecho distante a la fuerza, por instinto de supervivencia, siempre pendiente del pitón rosa, aunque en ese complejo mundillo, cargado de cristales rotos y cables pelados, tenga amistades íntimas y poderosas como Álvaro García Pelayo.

Tan listo para los negocios como ortodoxo a la hora de vestir. Estilo sevillita, lo llaman. Compra el negocio, lo hace rentable y dicen que pega el pase mucho mejor que en la plaza de toros. Por eso aseguran que se parece más a su abuelo en la sagacidad para hacer dinero que como matador de toros. Cuentan que de la madre tiene la espontaneidad, reservada ya para los círculos privados, el manejo de los idiomas y la finura en las relaciones sociales. Del padre, la capacidad de sacrificio y entrenamiento.

Es un torero al que no oirán dar la barrila con el campo. Es más bien un urbanita. No tiene ninguna predilección por Marruecos, todo lo contrario que su madre, gran aficionada al exilio más allá del Estrecho. Rivera Ordóñez no quiere ver más turbantes que los de los beduinos de la cabalgata.

La vida es la finca El Recreo, la casa de Ronda donde las noches de goyesca hay fiesta tras el cóctel oficial que ofrece la Real Maestranza que preside Rafael Atienza. La vida son días en un piso privilegiado de Sevilla, a la vera de los Jardines de Murillo, donde tras el almuerzo en la mesa grande del comedor hay tiempo para ver grabaciones de Semana Santa, cual friki de bulla todo el año. La vida es portar las cruces del destino, madrugar poco y preferir la horizontalidad de la cama antes que la del sofá. La vida es templar al toro, tanto como la tendencia a coger kilos, ser desconfiando de los rostros nuevos y un punto caprichoso con los relojes. La vida son los recuerdos de los días de corrida en los que las Ordóñez, madre y tía, cosas del destino y de las supersticiones, no se tocaban nunca las uñas.

Dejar entrever cierta vehemencia en el carácter tiene sus consecuencias. El presidente de la plaza de La Coruña le negó la segunda oreja una tarde de faena importante. Francisco se hizo el remolón a la hora de recibir el único trofeo concedido, que acabó tirando con evidente desprecio, por lo que la Xunta de Galicia abrió un expediente con propuesta de sanción de 60.000 euros y seis meses de inhabilitación. Al final, con la ayuda de un perito convenció al juez instructor de que se deshizo de la oreja porque contenía garrapatas… De verdadera vuelta al ruedo.

El Domingo de Pasión de 2015 debutó como asistente a un pregón de la Semana Santa.El orador, el poeta Lutgardo García, se hizo acompañar por la banda Sinfónica Municipal en el tramo final del pregón. Alguien le comentó a Rivera Ordóñez a la salida, con el tradicional desdén con que la mayoría habla de los pregoneros una vez terminado el acto: “Maestro, este pregonero ha terminado ayudado por la música, como los ayudados por alto en las faenas”. Y el diestro zanjó: “Oiga, hay ayudados que son muy difíciles de dar, se lo digo yo. Los ayudados tienen su mérito”.

Quiso ser hermano mayor de la Esperanza de Triana, como su abuelo Antonio, quien, por cierto, fue fiscal de la Soledad de San Lorenzo. Quiso ser anunciado como Paquirri en los carteles, pero nadie lo conoce como Paquirri, sino como simplemente Fran o Riveraordóñez, dicho así todo junto. Quiso aupar a su hija mientras toreaba en un tentadero, pero se topó con que los tiempos han virado hacia lo absurdo, hay fiscalías que son torretas para disparar contra lo políticamente incorrecto, y también hay defensores del pueblo alejados de los púlpitos que carecen del más mínimo sentido del ridículo.

El torero con barniz altivo goza de cuadrilla que lo defiende más allá de los ruedos, como tiene esa legión que no perdona sus éxitos. O lo que consideran sus éxitos. Y ya se sabe que en Sevilla hay que ganarse ciertos perdones cada día. Quedarse calvo o estar postrado en el lecho del dolor. Quizás sea porque aún no se ha desprendido del cliché del más ligón de la pandilla (“Niña, con tu cuerpo y mis ganas, la que íbamos a liar”) pese a haber matado más de mil corridas y haber tomado decisiones complejas como un cambio de apoderado.

Ordóñez fue fiscal de la Soledad. Su nieto nunca está solo. Y eso es virtud o riesgo, según se mire. Lo importante es que el mirón nunca sea el toro. Aunque haya miradas de humanos tan aviesas como las de un burel.

Un icono de la radio

Carlos Navarro Antolín | 10 de julio de 2016 a las 5:00

Charo Padilla (1)
LA imagen de un pueblo la construyen sus narradores, la enaltecen los poetas, la distorsionan sus tópicos y la destrozan los resentidos. Se puede usted quedar con la Sevilla de postal, como iba a hacer hoy Obama, o recrear la que relatan los viajeros franceses del XIX. Con las fiestas del pueblo, con sus señas de identidad, ocurre exactamente lo mismo. Se puede usted limitar a la Semana Santa chabacanizada, fagocitada por los movimientos del neocostalerismo, donde Dios es la coartada y hasta se graban los ensayos de pasos sin vírgenes, o dejarse llevar por los momentos de emoción interior y de autenticidad a prueba de esnobismos. La elección es libre. La Semana Santa tiene manos que la cuidan y hacen posible, como las de Manuel Palomino. Tiene escritores que la acariciaron en el pasado, como Peyré. O incluso que la desnudaron como Núñez de Herrera.

La Semana Santa tiene hoy sevillanos que la retratan con amor como Martín Cartaya, el último mohicano de la Leica, fogonazo, abrigo azul, cuello cerrado y siempre en la posición idónea para mirar sin ser visto, para disparar sin ser oído. Y tiene reporteros capitalinos de tres minutos de telediario que equivocan los rótulos y sacan con la alcachofa estereotipos ceceantes para ahondar en la vieja e injusta vinculación de la religiosidad popular con el bajo nivel cultural. La Semana Santa, quizás como el periodismo en general, está necesitada de profesionales que la sepa tratar a pie de calle sin edulcorantes, que hagan crónicas en vez de pláticas, que sepan emplear el bisturí imprescindible para diseccionar lo cutre de lo auténtico, lo nuevo y pasajero de lo que siempre permanece, lo popular de lo chabacano, la elegancia que conocieron varias generaciones de lo fabricado hace un cuarto de hora.

Si la Semana Santa, la ciudad misma, tiene manos, fotógrafos y escritores, también tiene voces. Se llama Rosario Padilla de la Hoyuela (Sevilla, 1962) y es conocida como ‘Charopadilla’, dicho todo junto, de una sola chicotá y pararse ahí. Para muchos, muchísimos, es la voz de la Semana Santa, la profesional que tiene ese bisturí tan necesario en tiempos de cochambre y misticismo. Muchos, muchísimos, no entendemos la retransmisión de la salida del Cerro sin su trabajo, por esa capacidad para escrutar el público de las primeras filas, el de las vecinas de toda la vida que esperan a la Virgen de los Dolores, y tener claro en unos instantes quién es la que da juego por antena, cuál es la que tendrá capacidad para expresar con su testimonio la vida, el torrente de emociones, la alegría de terciopelo burdeos, que brota en esa calle Afán de Ribera cada mañana de Martes Santo, alicatados de las casas, comercios de toda la vida mezclados con los chinos de nueva hornada, júbilo en la barra de Los Balcones, eco de tambores que se pierden en el océano de asfalto de Ramón y Cajal, Paquili hecho un puro nervio, Adolfo el ginecólogo ajustándose la capa… Oficio se llama el saber escoger el testimonio adecuado sin incurrir en el papafritismo, sin dejar jamás en evidencia a la entrevistada, sino, muy al contrario, convertirla en ejemplo de esa popularidad elegante sin la cual no se entiende la fiesta más hermosa de la ciudad, el día más bonito del barrio… Charo no entrevista los Martes Santo. Confiesa a las vecinas cada Martes Santo, que no es lo mismo. Y ellas le cuentan a toda Andalucía, por la celosía de confesionario que es su micrófono, cómo ha sido el año vivido. La nieta que se estrena, el hermano que falta, la deuda que por fin se tapó, la tristeza de las Navidades, la playa que pudieron disfrutar gracias a las excursiones de la parroquia, la manita que tiene que echar de nuevo la Virgen por un problemilla de salud que tiene un ahijado, el empleo que falta a un sobrino… Periodismo, reporterismo. Llámenlo como quieran. Su voz está ligada a la mejor Semana Santa, a la más auténtica por más popular, alejada de la oficialidad, el compadreo, el frikismo, las modas con caducidad, el almíbar y el elitismo de cabildo.

Carlos Herrera la llamaba ‘Sharon’ Padilla cuando trabajaban juntos a principios de los noventa, cuando la Stone estaba en pleno apogeo por Instinto básico. A Herrera se le pregunta por ella en un café en la barra del Candelaria, mientras Carmen Laffón sueña paisajes sanluqueños en el velador de al lado, y responde con la brevedad y contundencia casi de un tuit: “Charo es seria, pero no aburrida. Metódica, pero no cuadriculada. Cariñosa, pero no empalagosa. Y tiene un sentido de la fidelidad a prueba de bombas”. Pues por eso a veces no parece sevillana, querido Carlos. Pues por eso no responde al estereotipo de andaluz. Y de andaluza, que diría el tonto del género. Pues por eso dice las verdades mechadas tal vez de cierta brusquedad. Pero no gasta en agrados estériles.

Siempre el usted por delante en cualquier entrevista. Lo tiene como una máxima, ya sea al dirigirse al cardenal en la salida del Cerro o al tío de la pértiga en la entrada de la Redención, al alcalde tras presentar un proyecto urbanístico o al portavoz de un colectivo que se manifiesta en la Plaza Nueva. Tiene aversión por ese tuteo de la falsa confianza que no sólo no relaja el ambiente, sino que degrada al periodismo. Charo Padilla es mucho más que una periodista con capacidad para narrar la Semana Santa verdadera, que suele estar detrás de las vallas. En su currículum hay muchos años de trasteo en los pasillos del Ayuntamiento. Los concejales se cuentan entre ellos si han merecido o no el saludo de la reportera de Canal Sur Radio. “¿Te ha saludado la Padilla? Pues eso es que le caes bien”. A ciertas alturas de la carrera profesional, Padilla no está para hacer concesiones al niñaterío de nuevo cuño que invade la política.

Ostenta el privilegio, tal vez poco conocido, de haber realizado la última entrevista a Miguel de Molina (1908-1993), uno de los exponentes de la copla durante la República y los primeros años del franquismo, aunque hay quien le resta mérito como cantante y atribuye parte de su fama a sus dolorosas vicisitudes. Molina atendió a Charo por teléfono desde Argentina, donde vivía en el exilio desde que se tuvo que ir de España tras haber recibido una paliza de manos de falangistas por ser rojo y homosexual.

La vida es retransmitir sus tribulaciones cotidianas a Manuel Marvizón, el afamado músico que fue a por su corazón una noche de bajada de la Esperanza en la que Charo tuvo el privilegio de retransmitir un acto tradicionalmente cerrado a las cámaras. Marvizón, entonces en condición de pretendiente, hizo aquella noche de diciembre de ayudante de la reportera con tal de ganarse su favor. De meritorio en el atrio, aguantaba la bobina y se agachaba para soltar más cable cada que vez Charo lo pedía: “¡Tira cable, Manolo!”. Una señora, extrañada ante la escena, lo reconoció en plenas labores ajenas a las corcheas: “¿Pero usted no es Marvizón, el músico?”. Y Marvizón respondió un tanto apurado, mientras se peleaba con la bobina para desenredar el cable y complacer a su pretendida: “Sí, señora, lo soy, pero ahora estoy tirando cable, ¿no me ve?”.

La vida es obsesión por cuidar un cuerpo estilizado, de farola fernandina, exento de grasa y curtido en el gimnasio, pese a la afición por el queso y la cocina. La vida es un vestidor muy variado, de donde sale un estilo personal de formas simples y originales, carente de barroquismos. La vida es rechazar prácticamente todas las invitaciones en horario extralaboral. Ni pregones, ni mesas redondas, ni cuchipandas para profesionales de la captura de la pavía a partir de las ocho y media. La vida es recordar los comienzos en Antena Médica, donde la jornada laboral duraba lo que la estación de penitencia de Santa Genoveva. Es reñir con Sánchez Araujo porque su voz tronante para los oyentes de la SER se cuela por el micrófono de Canal Sur Radio durante la retransmisión de la Macarena. La vida son caracoles y cabrillas de la Alfalfa, un rato de distensión con Pepa, Arancha y Carmela, un arroz con Herrera el domingo de Feria.

Cuarta de nueve hermanos, nieta del fundador de la sombrerería Padilla Crespo, hija de un empresario inquieto cuyo último negocio fue un exquisito restaurante en Benahavís donde Herrera dio cuenta de selectas carnes asturianas y gallegas. Padilla devora literatura gastronómica con la perseverancia y el metodismo que imprime a todas sus acciones. Orden y limpieza. Método y disciplina. Duerme lo que dura el Silencio en la calle. La cama le quema. Arriba el corazón cada día a las 04:30, cuando aún suena el eco de los manguerazos de Lipasam por las calles del centro. La Padilla es un icono de la radio pública andaluza que no vive de la marca. Confiesa cada Martes Santo a las mejores vecinas del Cerro, que le abren su corazón porque se sienten bien tratadas, porque les da el mismo respeto que si fuera Don Carlos con la vara o el alcalde con el chaqué. Esa voz es patrimonio inmaterial de la Semana Santa de las últimas décadas. Tira cable, Manolo, más cable, mucho más, que en aquel balcón he visto un rostro que tiene que tener toda una vida que contar.

La fuerza del tirador

Carlos Navarro Antolín | 29 de mayo de 2016 a las 5:00

JULIO CUESTA
EN las vísperas de la mayoría absoluta de Rajoy que mandó al PSOE a un largo y oscuro tardozapaterismo, varios políticos del PP de segunda fila soñaban en la barra de Trifón con el reparto de los cargos del inmenso organigrama del Estado. Uno aspiraba a despacho de secretario de Estado, otro a la presidencia de una sociedad estatal con sede en Andalucía, de las que dan brillo y generan poco riesgo. No faltó quien dijo la boutade de soñar con ser subdelegado del Gobierno en Alicante “con derecho a las playas de Benidorm todo el año”. E incluso hubo quien sentenció con el codo derecho apoyado en la barra, que es como se dictan los veredictos de taberna de los viernes a mediodía, que son siempre firmes, sin derecho a recurso: “No os equivoquéis, el mejor puesto es el de presidente de los paradores de turismo. Trincas presupuesto para rehabilitar doce o quince y te pasas los cuatro años visitando obras por toda España”. Y de pronto, alguien que estaba callado irrumpió y provocó un giro en el debate: “Pues yo a lo que aspiro es a quedarme en Sevilla… Y ser Julio Cuesta”. Y en ese preciso momento alguien pidió otra ronda de anchoas con leche condensada.

Julio Cuesta (Sevilla, 1946) forma parte de esa minoría de sevillanos que está en el momento adecuado en el sitio preciso. Cuando en esta ciudad cabían en un taxi los sevillanos que hablaban inglés, que eran Eduardo Osborne, el padre Antonio Garnica y dos más, apareció en la escena de la ciudad –para quedarse para siempre– un señor apellidado Cuesta con un dominio del mencionado idioma y una facilidad para las relaciones públicas que en la Sevilla de los años previos a la Expo lo convirtieron en un personaje muy cotizado para Manuel Olivencia, que lo fichó cuando Cuesta estaba vinculado nada menos que al Consulado de los Estados Unidos en Sevilla.

En Sevilla están las flores de un día, los personajes que duran cuatro años, los ejecutivos que desaparecen tras la jubilación y, después, la eternidad y la versatilidad representada por Julio Cuesta. La Expo’92 y Cruzcampo han sido los pilares de su dilatado pontificado por lo civil. Quien maneja el tirador (de la Cruzcampo) maneja la fiesta. Es como el gordito dueño del balón. O se le deja jugar de delantero aunque sea un patán… o simplemente no hay partido. Cuesta ha sido un perfecto cultivador del puesto soñado por una ingente cantidad de sevillanos de a pie, el de repartir casi lo único imprescindible para el riego sanguíneo de la ciudad: la cerveza. En la Sevilla de principios del siglo XX le pedías a Julio Cuesta cuatro barriles de beneficiencia para la velá del barrio, la cruz de mayo de la hermandad o la tómbola de la asociación de vecinos, y aparecía un camioncito con los cuatro barriles reclamados, más un preciado complemento de dos mostradores, cuatro parasoles y una cajita de la shandy que por entonces estaba de promoción. El tío de la carretilla bajaba la mercancía y saludaba: “¿Dónde dejo todo esto? Es de parte de don Julio”.

Julio Cuesta ha sido un rey mago de 365 días al año. De recibir visitas ilustres en la Exposición Universal, a controlar nada menos que el combustible del motor de la vida social de la ciudad. Sin cerveza no hay paraíso. Y las llaves del paraíso son de este vecino del centro que está en las cofradías, pero que nadie, por cierto, sabe cuál es de verdad su cofradía.

–¿Julio Cuesta? Si acaso, del Baratillo, ¿no? Pero ahora que lo dices, tampoco veo yo que tenga una hermandad muy clara…

Cuando la Cruzcampo tras la Expo proyectó su fundación, cuentan que alguien le espetó a Julio: “¿Cuántos litros venderemos gracias a la fundación?”. Cuesta contestó: “Ninguno. La pregunta es cúanto valor añadido va a aportar a la compañía”. Y ahí, en principio, acertó. Nació el poder del tirador, el gran poder del tirador. ¿Cuantísima gente no se va a su casa cenada y contenta gracias a los actos de la Fundación Cruzcampo que dan derecho a cerveza tirada por camareros con batines blancos y a numerosas diócesis de tortilla de patatas de dos plantas y ático retranqueado? Cuesta tiene en plantilla muchos sevillanos anónimos que acuden a todos los actos de la fundación exclusivamente para el ágape de válvula.

Ejerció cuatro años de tesorero del Consejo de Cofradías, un período que endureció su carácter, pues repartir entradas del pregón y sillas no es tan fácil como dar cerveza. No fue un tesorero de supervisar el montaje de la carrera oficial, ni de llamar a las puertas de bancos o empresas para buscar ayudas y patrocinios. No, no, no. Su lema fue: “Yo me dedico a los números enteros. Los demás, a los decimales”. Y claro, afrontó con éxito el duro reto de sacar adelante la gestión integral de la carrera oficial, un negocio del que salió definitivamente el último sillero, pero no llamó a todas las puertas de instituciones y entidades que se esperaba para conseguir convenios de colaboración y más recursos económicos.

De ortodoxia exquisita en las formas, de una oratoria fluida y de una estética muy a lo Florentino Pérez, elegancia sin concesiones ni alharacas, Julio Cuesta parece que siempre lleva un farol junto a la custodia del Corpus. Cuenta la leyenda que alguna vez ha sido visto sin corbata y con un chaleco negro de cuello vuelto en los días de invierno por su hábitat natural de Canalejas y San Pablo. Quiso ser presidente del Consejo, pero a lo grande, como gran hombre de consenso, por mucho que no lo reconozca. Pero no resultó. La verdad es que, tal vez sin pretenderlo, Cuesta siempre ha aparecido como fijo en determinadas quinielas de la ciudad. Pero, o la cosa era un bulo alimentado por su coro de aduladores, o él mismo no se ha atrevido nunca a hacer el paseíllo en un proceso electoral en el que hubiera otros matadores… Y las cofradías ya no eligen a nadie por aclamación. Hablando de cofradías, Cuesta fue capaz de arrimar el hombro en los tiempos difíciles de los preparativos de la Expo’92, pero no de formar hace unos meses una simple junta de gobierno en su queridísima Archicofradía Sacramental del Sagrario, a cuya parroquia está vinculado desde hace décadas. Será porque en Sevilla no se cumple el aserto de que quien puede lo más, puede lo menos.

Está jubilado, sí. Pero sigue siendo el faro de la Cruzcampo para muchos sevillanos. La luz que aún irradia Cuesta ha de ser tenida en cuenta por Jorge Paradela, el director de las relaciones institucionales de Heineken España, quien lleva en su currículum el ADN de la compañía. Cuesta y Paradela son hermanos del Silencio, pero Paradela se incorporó a Cruzcampo con mucha menos edad que Cuesta.

Dicen quienes bien lo conocen que Cuesta aún conserva un corazoncito andalucista. “Vamos a darle unos votitos al PA que os harán falta para gobernar”, cuentan que le comentó a Zoido antes de las municipales de 2011. Forma parte de esa cofradía minoritaria de la ciudad cuyos miembros son conocidos por el nombre de pila. “A Julio hay que llamarlo para el acto”, dice el sevillano de siempre. Si Cuesta no está en el acto, el acto no vale tanto. “Yo soy amigo de Julio”, afirma el sevillano peligroso”.

La vida es contemplar el mar desde una cafetería de la Playa de La Antilla. Tener claro que la formación académica de los jóvenes con valía debe ser completada en el extranjero. La vida es cambiar en marzo la cerveza por el gazpacho en el bar Las Piletas. Y charlar en el ascensor con el vecino catedrático. La vida es soprender al cofraderío mediocre con frases bien aprendidas: “Vamos a aplicar un sistema DAFO”. Y tener muy claro que la cerveza es el mejor lubricante de las relaciones sociales. En Sevilla, quien maneja la Cruzcampo no es que tenga el equivalente a la Alcaldía, pero sí la Gerencia de Urbanismo. Y eso es mejor que la presidencia de los paradores de turismo. Sobre todo porque los paradores ya no son como en época de don Manuel Fraga. En tiempos de Fraga, en Sevilla sólo parlaban inglés cuatro gatos.

El martillo y la ducha

Carlos Navarro Antolín | 6 de marzo de 2016 a las 5:00

ANTONIO SANTIAGO
SEVILLA es la ciudad de los misterios de la vida cotidiana donde nadie se pregunta por las causas de determinados fenómenos, o lo hace sólo en su fuero interno. Primer misterio. ¿Por qué el carril del túnel de la calle Arjona no es recto y presenta un peligroso quiebro modelo zig-zag justo en el tramo central? La respuesta estará en el viento. ¿Por qué la Patrona está sentada? La respuesta estará en las antífonas de las tres esquinas del corto recorrido del 15 de agosto. ¿Sigue siendo el cura Chamizo un cura con todas sus facultades de cura? Pregúntenle a él, que no muerde. ¿Por qué siempre llueve la tarde del Viernes Santo? Porque así está escrito. ¿Cuándo gobernará el PP en Dos Hermanas? Activen el lobo: ¡Auuuuuuuuu! Y la más actual de todas: ¿De dónde obtiene las fuerzas Antonio Santiago para sacar once cofradías seguidas entre el Viernes de Dolores y el Domingo de Resurrección? De las duchas. Debe ser que el agua de Emasesa tiene propiedades, tantas que el visionario Marchena la vendió embotellada como si fuera Tío Pepe.

–Hay que tener arte para vender el agua del grifo en botella.
–Tela. Yque encima haya turistas que te la compren en la tienda del aeropuerto.

Antonio Santiago (Sevilla, 1957) es el Zidane del martillo, el capataz técnicamente perfecto al que jamás se le descuadra un paso, que iguala con escuadra y cartabón para evitar las más mínima descompensación. El tiempo se detiene cuando Santiago iguala la cuadrilla tanto en los ensayos como el día de salida.

–Antonio, ¿otra vez me va a igualar? Que no he crecido.
–A callar.

Santiago, corpulento, serio como un servidor de la Mortaja sin farol en mano, no tiene jamás prisa. Pueden darle las tres o cuatro de la madrugada, que no termina un ensayo hasta que ha alcanzado la perfección.
–Antonio vámonos ya por Dios, que mañana trabajo.
–Aquí el primero que se levanta mañana a la seis soy yo. Y tengo colaboradores que van y vienen de Huelva todos los días durmiendo tres horas tras cada ensayo. Y le recuerdo que esto es voluntario.

Las igualás son tan de tiralíneas que en cuanto el pavimento es firme, como ocurre en la Catedral, los pasos parece que van por la cinta transportadora del aeropuerto de Barcelona. Ni un bote, ni un saltito, ni un brinco aislado.

Dicen que la Junta de Andalucía es el mayor colectivo de trabajadores de Andalucía. Al paso que va Abengoa, uno de los colectivos mayores va a ser el de los costaleros de Antonio Santiago, que andan por los 2.200. Echen la cuenta: La Misión, San José Obrero, La Paz, Las Penas, Los Estudiantes, el Cristo de Burgos, Los Negritos, La Macarena, La Mortaja, el Santo Entierro de Dos Hermanas y la Resurrección.

Dicen que una madrugada de Domingo de Pascua hubo que ir a buscarlo a su casa porque el héroe se había echado a dormir y tenía que sacar la última cofradía. Antonio Santiago, como tantos sevillanos, se exilian en su mundo interior cada Semana Santa. Qué sevillano es eso de no ver un telediario en toda la Semana Santa, ni interesarse por los resultados del fútbol, ni cumplir otros hábitos de la vida cotidiana durante siete días, ni, por supuesto, soportar ciertas compañías que se aguantan mal el resto del año. Santiago come, duerme y saca pasos del Viernes de Dolores al Domingo de Resurrección. Y hasta le da tiempo a ver otras cofradías.

Aprendió el oficio de su padre, Manolo Santiago, homenajeado en el nomenclátor de la ciudad, y de Salvador Dorado El Penitente. Si a su padre se le caía un paso, levantaba el faldón, metía la cabeza, arengaba a los costaleros y el paso se levantaba. Era todo fuerza y poesía al mismo tiempo. A su hijo Antonio nunca se le cae un paso por ese trabajo previo, meticuloso, que podría denominarse como la ingeniería de la igualá y los relevos bien medidos.

Sevillano serio, sin concesiones a la guasa. Se dirige de usted a la gran mayoría de los costaleros. Hay quienes a la desesperada acuden a la igualá del día de salida de la cofradía por ver si hay huecos de última hora en la cuadrilla por alguna enfermedad o indisposición, gente dispuesta a hacer unas oposiciones para estar bajo sus órdenes debajo de un paso. Y así llevan años.

Lo mejor es presenciar cómo trinca al costalero que se alivia, que no mete los riñones y que, al ser negligente, está sobrecargando al compañero de palo. A este capataz le gusta mandar desde los sitios más raros: pegado a una manigueta, junto a un costero, detrás del paso. Así controla todas las perspectivas. Echa el paso abajo, saca a un aparte al costalero en cuestión y lo llama al orden. Nadie puede oír la reprimenda, pero todos saben que el capataz ha señalado al que no hace bien su trabajo como costero, patero, fijador…

Tiene claro que los costaleros con sobrepeso son un riesgo y una incomodidad para todos los que van debajo. El sobrepeso sumado al esfuerzo dispara la probabilidad de infarto. Y, además, el costalero orondo ocupa más espacio, amén de tener verdaderos problemas para acceder a la trabajadera. Casos hay de costaleros que no pueden entrar sorteando por encima de la zambrana y tienen que entrar por debajo, reptando y con ayuda de los compañeros. Nunca expulsa de una cuadrilla a los pasados de báscula, pero siempre advierte en la primera igualá del año que se necesitan hermanos costaleros en “plenitud de condiciones físicas”.

La vida es eso que ocurre desde que entra la Aurora, la Virgen sin lágrimas y con seises en la orfebrería de plata, hasta que se recoge la carroza de Baltasar, una cuaresma larga, tan hermosa como sacrificada. La vida es comenzar la Semana Santa bien temprano en Santa Marina, ante la tumba de su padre, para estar después antes de las 10:30 igualando en el Porvenir. La vida es que se te caiga un costalero de la lista a última hora, pero por un motivo feliz. Yel tío ha acudido a la igualá a dar la cara y a explicar el motivo: “Antonio, he encontrado trabajo de camarero en el Alfonso XIII y empiezo hoy mismo, Domingo de Ramos”. La vida es almorzar el Domingo de Resurrección con todo el equipo en el Rinconcillo, cuando se van pegando pellizcos unos a otros para no derrumbarse de sueño. La vida es conservar las corbatas de capataz de su padre.

¿Qué se toma Antonio Santiago para aguantar semejante paliza? Duchas y más duchas. El martillo y la ducha, el rito y regla. Llama por su nombre a casi todos los costaleros, se conoce a la perfección las marchas de palio. Macarena de Cebrián ya la controlaba antes de que se pusiera de moda. Tiene su punto de soberbia al sevillano modo. Sabe que hay cofradías donde puede desplegar las alas de pavo real en toda su plenitud y tomarse determinadas licencias (como en la Paz), y otras donde se vería con mal ojo que se excediera de las funciones propias de capataz (como la Macarena). Un capataz está, o debe estar, bajo las órdenes del fiscal. Si un hermano mayor le pide expresamente que evite, por ejemplo, parar el paso en algún sitio concreto, lo cumple a rajatabla. Pero ese mismo día se excede, digámoslo así, en otro terreno para dejar clara su posición de fuerza. El personaje es el personaje. Y el personaje es consciente de su perfección técnica y la hace valer. Y en una Semana Santa donde algunos capataces tienen más notoriedad que la mayoría de los hermanos mayores, ancha es Castilla para Antonio Santiago y estrecha Imagen para tanto autobús de Tussam.

No cobra un duro por sacar un paso a la calle. Sólo pide que después de cada ensayo haya un bocadillo y una bebida para cada costalero, una costumbre antigua, un uso quizás heredado de los tiempos en que los hombres del muelle sacaban varias cofradías sin ducharse, sin consejos de nutricionista y, por supuesto, con menos relevos que claveles lleva el monte de la Canina.

Santiago tiene diez auxiliares que lo admiran. En los programas de mano de Semana Santa, en el epígrafe de capataz debería poner:Antonio Santiago y sus apóstoles. Han sacado todos los pasos menos los de cebra. Y eso en Sevilla genera envidias. Ymisterios (sin romanos). ¿Cómo aguanta Santiago tanta paliza durante tres largos meses? Con la misma tenacidad que Chamizo soporta los comentarios sobre si sigue siendo o no cura. Algún día esas grandes verdades nos serán reveladas. Pero el PP no gobernará en Dos Hermanas. Eso fijo.

Maestro del instante

Carlos Navarro Antolín | 11 de octubre de 2015 a las 5:00

Jesús Martín Cartaya
DICE el sabio que apoya su sabiduría en la barra de la taberna que hay amigos de dar y amigos de recibir. Bajo los efectos del moyate y con la gesticulación alocada y un punto brusca que generan los taninos, distingue entre la gente que siempre está pidiendo favores de aquellos que te dejan la ofrenda de su amistad cada día sin hacer ruido, sin llamar al timbre, sin anunciarse en las vísperas para no forzar compromiso alguno. En Sevilla hay dos formas de ganarse el respeto: generando cierto temor, o sabiendo estar en segunda fila donde hay que estar en cada momento preciso y hacerlo en silencio durante décadas.

Jesús Martín Cartaya (Sevilla, 1938) es el último mohicano de la Leica, la cámara fotográfica alemana que requiere algo más que destreza para su manejo. Es el testigo prudente, discreto y que pasa desapercibido en un sinfín de actos y hechos noticiosos. Es en sí mismo el notario gráfico de la ciudad, sobre todo de la Sevilla de los 60, 70 y 80 del pasado siglo. Corporaciones municipales desde los tiempos del frac a los trajes desestructurados, de las cofradías pobres a los años de dispendio de coronaciones, de las corridas de toros donde era preceptivo el permiso facultativo para lidiar con el estoque simulado, a la plaza remodelada con la nueva puerta del despeje; de la vida cotidiana de una urbe con personajes como el Mudo de Triana, a estampas insólitas como el atrio de una puerta de la Catedral convertida en aparcamiento; del humo del avión estrellado de la Operación Clavel a un Viernes Santo trianero con la Torre Pelli de testigo, de la Feria de los puestos de lechuga a la de la crisis con la gente llegando ya comida de casa, de las peregrinaciones rocieras con personajes de la realeza a las de los famosos de Triana, de cabalgatas en sepia con Antonio Ordoñez de Rey Mago a la que hoy sale de la antigua Fábrica de Tabacos… Martín Cartaya sigue revelando en papel los negativos en el Fotosupra de la calle Sierpes. Y de la tienda van directamente a los sobres que reparte entre sus amistades, dejándolos en silencio en los mostradores de las empresas, en los buzones de las casas, o en los bares que frecuentan quienes han sido retratados sin saberlo. Un sevillano que recibió por primera vez un sobre de Martín Cartaya con una foto firmada por el reverso, no sabía cómo reaccionar y telefoneó a Antonio Silva de Pablos, que comparte devociones cofradieras con Jesús.

–¿A este señor cuánto se le paga? Porque habrá que pagarle semejante detallazo…
–Nada. Él lo hace así por vocación. Su gran afición es la fotografía y hacer retratos sin que la gente se de cuenta.

Sobres blancos o sobre marrones comprados en la papelería de la calle Harinas. Martín Cartaya lleva décadas sembrando los periódicos, las hermandades y las casas de sus allegados de unos sobres que utiliza como el pabilo del celador que siempre está listo para mantener encendido el tramo de sus amistades. Tal vez no lo sepa, pero Martín Cartaya tiene el toisón de oro que está ciudad concede a muy pocos de sus vecinos. Ese toisón lleva como complemento una pensión vitalicia con derecho a que nadie, nunca, hable mal de este sevillano que nació en la espartería de su padre de la calle Reyes Católicos.

Ha disparado fotos en momentos muy delicados en la vida de la ciudad. Cuando el torero Joaquín Camino volvió en un avión con los pies por delante tras dejarse la vida en la Monumental de Barcelona, Martín Cartaya estaba en San Pablo esperando la llegada del féretro. Como sabe estar y nunca incordia, acabó llegando a Camas en el mismo coche fúnebre, sentado junto al chófer. Nunca ha conducido, pero siempre ha llegado a todos los sitios. Su gran clave es la de estar en los sitios donde otros no han estado para captar el instante. Y aplica la máxima del duro y el cambio: quien tiene la foto puede publicarla.

Mucho antes de que los políticos de plantilla inventaran el pretencioso concepto de la Gran Sevilla para potenciar las relaciones entre la urbe y los municipios del área metropolitana, Martín Cartaya llevaba ya años yendo y viniendo de Castilleja de la Cuesta hasta el centro de la ciudad a todas las horas del día. Él en sí mismo era ya un modelo de sevillano que pernoctaba en el Aljarafe y trabajaba y desarrollaba su pasión (la fotografía) en la capital, antes incluso de la constitución del Consorcio Metropolitano de Transportes. Que ya podía el consorcio declararlo usuario de honor.

Martín Cartaya es un fotógrafo de ruán, tal vez porque su primer contacto con la Semana Santa vino por los cinturones de esparto que se elaboraban en el taller de su padre. Tiene el don de saber estar, del buen árbitro de fútbol que pasa desapercibido. Pocos, por no decir nadie, pueden presumir de haber estado dentro de San Antonio Abad durante la salida del Silencio, un momento vedado incluso a monarcas para los que se había solicitado ese privilegio. Martín Cartaya estuvo allí con su Leica una Madrugada, siendo hermano mayor Juan Delgado Alba, que cuando lo sorprendió lo mandó a taparse en el coro. ¿Cómo entró aquella noche en la iglesia? Por la puerta. Le preguntaron la contraseña y Martín Cartaya, con su gabardina, traje y corbata, la acertó.

–¡Capilla!
–Adelante, buenas noches.

Dicen que ha destruido su archivo secreto, del que jamás ha salido una fotografía, pese a que Interviú le ofreció veinte mil duros a finales de los setenta por las imágenes nunca vistas de la Semana Santa de Sevilla. Nunca haría daño a la Semana Santa, a la que ama con la incondicionalidad de un niño, como si fuera Inmaculada, la mujer que nunca ha sentido celos de esa señora alemana que es Leica. En esa colección secreta había fotos comprometidas, nazarenos y personajes muy conocidos en actitudes bochornosas o que hoy no serían entendidas. Tenía las fotos de una Semana Santa de alcantarilla e indisciplina, una Semana Santa pasada por el vidrio gordo y la chacota. Hizo las fotos para su uso personal. Y no hace muchos días que las pasó por la tijera.

La vida es una riada de los años cincuenta en que el joven Jesús se fue a hacer fotografías arriesgadas del Guadalquivir marineando por la zapata trianera. Su madre, Doña Reyes, se enteró de la osadía de su hijo por un vecino y le dio un merecido sopapo. La vida son las tertulias de su padre con Serrano y Arenas, donde el niño ponía el oído y nació la vocación por la fotografía, la obsesión por la captación del instante. La vida son cuatro madrugadas como último cirial del Gran Poder para cumplir una promesa en los años en que estaba mal visto salir de acólito, unas noches en que Jesús se camuflaba como podía en el alzacuellos cuando era reconocido por el público. La vida es una charla con Álvaro Pastor, catalogando fotografías en la Alfalfa y recreando una ciudad que ya sólo existe en la bolsa de plástico Kodak que contiene esos sobres que son las ofrendas que este señor bondadoso tiene para con sus amistades.

Las juntas de gobierno de las hermandades no toman posesión cuando son sancionadas por la autoridad eclesiástica, sino cuando son retratadas por Martín Cartaya, que sin saberlo ha compuesto los mejores anuncios de Cortefiel y Dustin que jamás hayan soñado las marcas comerciales. ¿Quién tiene fotos de las juntas de gobierno de los años setenta? ¿Quién de la basílica del Rocío en construcción? ¿Quién de un cardenal de la Iglesia por las calles de la Feria? ¿Quién de las primeras turistas en biquini en los tendidos de la plaza de toros? ¿Quién de Antonio Burgos en el palquillo? ¿Quién de don Antonio Colón en sus diálogos con Jesús Nazareno con la Concepción como testigo? ¿Quién de Enrique El Cojo y la duquesa de Alba en Las Dueñas? ¿Quién de los toros abiertos en canal en el desolladero de la plaza? ¿Quién del doctor Vila salvando vidas con el bisturí en la enfermería de la plaza? ¿Quién de los Reyes de España en el coro de la Catedral? ¿Quién del Peregil cantando una saeta en privado a la Familia Real en las dependencias nobles de la Macarena? ¿Quién del entierro de Bandarán, Bueno Monreal o Paquirri? ¿Quién de las corporaciones municipales bajo maza yendo a desayunar al Alcázar tras una procesión del Corpus o de la Virgen? ¿Quién de Su Divina Majestad entrando en el Corral del Conde? ¿Quién de los antiguos costaleros del muelle, rendidos por el esfuerzo de sacar a la Esperanza de Triana, tirados junto al río minutos antes de sacar a La O? ¿Quién del coche fúnebre con los restos mortales de la viuda del maestro Tejera y el paso de palio de la Macarena yéndose por Feria? Nadie como él ha retratado a esos capataces y costaleros del ayer, en unas fotos que huelen a mezcla de sudor fuerte y vino de garrafa. Nadie ha sacado la personalidad del Mudo de Triana, ramillete de llaves de Santa Ana colgadas del cinturón y los surcos del paso del tiempo en el rostro.

El gran mérito de Martín Cartaya no es el uso del obturador, ni la elección del zoom, ni siquiera ser un aliado del blanco y negro, sino ser un maestro en la primera regla suprema de todo fotógrafo apasionado de la actualidad: ser el único que está en los sitios y capta instantes valiosos. Cuando la era digital ni se intuía, Martín Cartaya disparaba con generosidad la Leica sin importarle el coste de los carretes ni de los revelados. Castilleja de la Cuesta le dedicó una plaza. Sevilla, tal vez sin ser consciente, el toisón de oro de hablar siempre bien de su persona. Y eso más que mérito de Sevilla, es mérito de este sevillano, maestro del instante preciado, señor con bastón y cámara, el último mohicano de la Leica al que un día regalaron una cámara digital.

El retorno a los orígenes

Carlos Navarro Antolín | 12 de julio de 2015 a las 5:00

José Moya Sanabrioa
OCURRIÓ el pasado Martes Santo. Los primeros tramos de la cofradía de Los Estudiantes estaban formados, encendidos los cirios y puestos los antifaces. Por megafonía se dirigía una oración. Y de fondo sonaba un runrún muy lejano de nazarenos que respondían a la lectura de la lista por parte de los diputados. La cruz de guía miraba hacia la puerta aún cerrada de la vieja fábrica de tabacos, escoltada por cuatro nazarenos rectos, dispuestos ya para recibir el fuego de la tarde. Un nazareno aún descubierto se acerca a uno de esos hiératicos y silenciosos nazarenos escoltas.

–¿Eres Pepe, verdad? El nuevo Rey visitó ayer tu empresa, vaya pelotazo. Hace poco te vi de cena en la misma mesa que Felipe González, protagonizas foros de opinión y los resultados económicos de tu compañía salen en el papel salmón… ¿Qué te falta ya en Sevilla, Pepe?
Y aquel nazareno mudo, que no movía la cabeza, que no desviaba la mirada del frente y que mantenía esa figura recta que es sello de toda silueta de negro, acertó a musitar:

–Me falta que me embista un toro en la Maestranza.

José Moya Sanabria (Sevilla, 1953) es presidente de Persán y ganadero de vocación tardía. De chico le debieron preguntar qué quería hacer con su vida:“Montar un imperio para volver a ser un niño”. Y Persán es hoy ese imperio que creó de la ceniza. La inmensa mayoría de sevillanos ignora la proeza empresarial de Pepe Moya, que antes de reflotar la compañía fue jefe de personal del Ayuntamiento del socialista Manuel del Valle. Tenía que montar el imperio para cumplir su sueño. El camino era largo, pero todo buen sevillano sabe que en las bullas de la vida, como en las de Semana Santa, se tarda menos cogiendo la curva que tratando de tomar la recta.

Tiene la habilidad de no darse nunca un martillazo en los dedos, ni de pegarse un tiro en el pie. Calculador y organizado, no gasta ojana. De voz tronante, capaz de escrutar a todos los asistentes a un acto con un barrido de mirada, y con un punto de vehemencia, sobre todo si toca hablar de los problemas del Betis. Tiene una fuerza de voluntad certera a la hora de controlar la ansiedad que lleva en el ADN. A Pepe Moya le gusta comer desde que era niño. Es de la Cofradía del Acordeón, que pierde y gana peso según períodos, por lo que debe tener dos armarios en función de si el cuerpo tiende a ser de picador o de banderillero.

Criado en la disciplina y la austeridad, con un físico más corpulento que espigado por ser más Sanabria que Moya, se colocaba enfrente de la despensa de la casa familiar al término del almuerzo para forzar que su madre –que jamás revelaba su edad– le diera más de comer. Al ver un día que su demanda no era satisfecha, el niño José se hizo con el DNI de su madre, que tuvo que ceder para que no revelara el dato más celosamente guardado.

Levantó un imperio a base de tesón y de convertir la ansiedad en fuerza productiva. Cada vez que un español pone el lavavajillas o conecta la lavadora, usa un producto fabricado en sus dominios en un 90% de los casos. Si otros sevillanos hubieran hecho la mitad que Pepe Moya, estarían en la cola del Palacio de San Telmo y de la Plaza Nueva reclamando una calle en el nomenclátor, medallas y homenajes, andarían subidos en los enganches de la vanidad y estarían mirando por encima del hombro al resto de los mortales.

El verdadero lujo que se permite quien ha triunfado en la vida es la crianza de toros bravos en El Parralejo (Zufre), donde hay un ventanal privilegiado desde el que se otea media Sierra de Huelva. Los toros son su lujo, porque los toros al fin y al cabo comen en la dehesa, pero también se comen parte de los beneficios de los detergentes y suavizantes. Los toros se llevan ahora los mimos de un empresario que ha dado un paso atrás en Persán para retornar poco a poco a los orígenes, para retomar sin decirlo la senda de su padre, don Juan Moya García, maestro de abogados y persona de máxima confianza y prestigio en la curia y en las cofradías. Ahora, este sevillano de ojos claros y gesticulación elocuente, deja asomar el perfil más intimista, desprovisto ya de la coraza de acero de la que se revistió para crear un imperio empresarial del sector químico. Ha logrado vivir en la casa donde nació, donde ha habilitado su despacho en el mismo sitio que lo tenía su padre. Se ha hecho hermano de la Caridad, donde cumple con sus obligaciones asistenciales con los acogidos de Miguel Mañara, como hacía su padre. Vuelve a citarse con la memoria cada Martes Santo como nazareno en la Lonja de la Universidad, la cofradía a la que tantas horas de trabajo entregó su padre. Y hasta buscó en Portugal la tela apropiada para hacerse un traje de mil rayas en O´Kean, como el que tenía su padre.

Uno de sus lemas es que Sevilla debe cultivar sus valores tradicionales, adaptados a la modernidad, la innovación y el progreso. No tiene complejos en defender la Semana Santa en reuniones hostiles donde se emiten jucios desde la frivolidad y el prejuicio. Se rebela muchas veces contra la indolencia de los sevillanos, incapaces de organizar un homenaje al Cardenal Amigo, cuyo pontificado duró casi treinta años.

Hubo un tiempo en que los cantos de sirena de la presidencia del Betis sonaron fuertes en los oídos de este empresario. Muy fuertes. Fue elevado a la condición de esperanza blanca de un club que entonces sufría los estertores del loperismo. Era el hombre de consenso. Pero cuentan que quien bien lo quiere se opuso con firmeza a la aventura.

Puede vivir en palacios, pero prefiere el dormitorio de la infancia. Presume mucho menos de lo que podría hacerlo. Dicen que si pidiera una nota simple de todos sus inmuebles, habría que cambiar el tóner de la impresora del Registro de la Propiedad.

Cuentan que ante una mesa cargada del mejor marisco, trufada con cestillas de patatas fritas y cuencos con aceitunas, se tira hacia las patatas con pasión indisimulada. Son su perdición, el punto débil de quien es capaz de frenar la ansiedad de fumar hasta dejarlo, y de reprimirse al comerse las uñas, pero que pierde los estribos ante un buen paquete de patatas fritas.

Fabrica suavizantes pero no tiene nada de suavón. Cuando España se metía en el túnel de la crisis económica y pisaba la raya del rescate, Persán seguía recogiendo los frutos de la cosecha de años de trabajo de quien entiende la condición de empresario como un sacerdocio.

La vida es disfrutar de un aperitivo en el entorno de la Puerta Jerez, de un almuerzo en una sociedad gastronómica de Bilbao con un menú a base de cabrito, cocochas, merluza, pimientos del piquillo sin relleno y chipirones; de una tertulia bética con Gerardo Martínez Retamero; de una carroza de Gaspar desde la que lanzar caramelos a su hermano Juan, y de la melodía de una canción de Serrat.

Ahora hay que criar toros que embistan en la Maestranza y hay que cumplir con los ritos de la memoria. Ahora hay que disfrutar del azul Contratación que tiene el cielo de la plaza cada noche de Martes Santo para hacer el fondo de lienzo perfecto del Cristo menos divino por más humano. Ahora hay que clavar cada día los lirios morados en el monte del recuerdo de una fotografía sepia donde aparece un simpático monaguillo regordete junto a un nazareno adulto. Ahora que el imperio tiene cimientos fuertes, los clarineros de la vida cambian el tercio y disponen disfrutar de todas esas cosas pequeñas que suponen el retorno a los felices orígenes. Y quién sabe si un día hasta hay un toro que mete la cara en la Maestranza y este sevillano tenaz forma otro lío gordo.

El último traje de mil rayas

Carlos Navarro Antolín | 31 de mayo de 2015 a las 5:00

Otto  Moeckel
El verano es la coartada perfecta para relajar las buenas maneras, los usos sociales que son el lubricante de la convivencia. El verano en Sevilla empieza mucho antes que el día de San Luis. Comienza prácticamente en abril con los primeros sofocos que derriten la cera, inauguran prematuramente la venta de helados y pueblan las casetas feriales de armatostes de refrigeración con zumbido de bombarderos de la Segunda Guerra Mundial. Hasta hay curas que recortan las homilías en días de calor para no ahuyentar a la feligresía. Existen las misas light al igual que los programas de redifusión en la parrilla de televisión. La Semana Santa de la intimidad de muchos sevillanos comienza con el primer nazareno. Yel verano de un tiempo a esta parte arranca cuando se ven las primeras chanclas. El símbolo del verano hace mucho que no son las bicicletas, son las chanclas por las que asoman uñas largas y negruzcas, como son los pantalones de pirata en sus diversas modalidades:ceñidos con elástico a la pantorrilla, con tirillas sueltas, con bolsillos exteriores, con un único bolsillo trasero, etcétera. La chancla y el pantalón son los símbolos de la heráldica de los meses tórridos en una ciudad con la sombra tan en retirada como un ejército vencido.

Hay una minoría de sevillanos que resisten, como los galos de la aldea de Astérix, a la invasión de camisetas de tirantas y pelambreras al viento que se ven, por ejemplo, en la cola de turistas de la Catedral, subidos en la segunda planta del autobús panorámico, o sentados en una terraza del barrio de Santa Cruz tomando paellas recalentadas en el microondas. Y muchísimas veces son los sevillanos quienes han hecho suya la estética del turista desharrapado en riesgo de deshidratación. Entre los sevillanos que resisten la oleada del desaliño figura Otto Moeckel von Friess (Sevilla, 1929), siempre trajeado llueve, ventee o nieve; siempre con el cuello cerrado con corbata, siempre en perfecto de estado de revista. Quizás sea de los últimos sevillanos en tener trajes de invierno y de verano, ternos gruesos para el frío y el mil rayas para la canícula. Es un fin de raza de la estética elegante del verano, como en tantas otras cosas. Ver a un señor con un traje de mil rayas por la Avenida de la Constitución es más difícil que toparse con un turista en pantalones de pinza, con un cura con sotana o con un concejal de Podemos entrando en O´Kean. Don Otto es probablemente el último traje de mil rayas que se puede admirar por esa jurisdicción en la que hace su vida:el barrio del Arenal y sus zonas de influencia.

Desciende de los alemanes que vinieron a electrificar la ciudad y muchísimos pueblos de la provincia. Hágase la luz en Sevilla, dijo Dios. Y llegaron los Moeckel para quedarse en la ciudad para siempre. Hijo único, su familia paterna era de Sajonia y la materna de Baviera. Criado en los valores del esfuerzo, el orden y la disciplina. En caso de que el niño Otto cometiera las trastadas propias de la edad, su madre era el juzgado de primera instancia y su padre el Tribunal Supremo. Los abuelos encarnaban una suerte de Defensor del Pueblo.

Mucho antes de que Felipe González inventara el “mire usted” como arma letal en un debate, don Otto ya había puesto firme a más de un desahogado con el “mire usted” en la ciudad del compadreo. Lo ha sido todo en el Baratillo, donde fue inscrito en 1938. Personajes muy conocidos le han pedido ayuda para ser hermano mayor, pero siempre ha distinguido el carril de los afectos del carril de la responsabilidad de un cargo. Por mucha influencia que el pretendiente de la vara dorada tuviera sobre don Otto, si este sevillano con sangre teutona creía que no valía, se lo decía con toda contundencia. Y estaba dispuesto a pagar el coste del no. Para pasteleos ya están Los Angelitos de la calle Adriano.

Un agradaor le comentó un día lo orgulloso que debía estar al trascender que su hijo se presentaba a hermano mayor de la cofradía familiar. Encogió los hombros, marcó distancia y respondió:“Mire usted, si lo hace bien, doble alegría por mi hermandad y porque es mi hijo. Si lo hace mal, pues doble disgusto”. Años hubo que el Domingo de Resurrección aún le asomaban las hebillas en el calzado:“Me las quitaré cuando visite el último templo de las cofradías que no he podido ver en la calle”.

Al Baratillo se lo ha dado todo. Nadie ha mandado como él en esa cofradía. Su autoridad no sólo estaba basada en el sinfín de ayudas económicas que ha prestado, sino en la auctoritas ganada a pulso con las horas invertidas. Ni el mayor cicatero puede negar que la vida de este sevillano es un derroche de generosidad sin límites con una cofradía que ama como a su familia. Tiene la medalla de oro de la hermandad, la de plata de la Real Maestranza y la Pro Ecclessia et Pontífice concedida por Benedicto XVI a petición del cardenal Amigo, además de otros numerosos reconocimientos y homenajes. Nunca habla mal de nadie. Se sabe escurrir con elegancia cuando le ponen en el aprieto de ofrecer una opinión comprometida. Un circunloquio de don Otto agota a cualquiera que pretenda ponerle en un renuncio. Es imposible que diga lo que no quiere decir.

Nunca lleva tabaco encima, pero siempre se las arregla para tener un cigarrillo cuando apetece. En su opinión, los curas deben vestir de curas y no alargar su presencia en los ágapes de la casa de hermandad. ¿Cómo se le dice al sacerdote que su presencia ya es inconveniente? Muy fácil. Don Otto se acerca al corrillo y espeta:
–Don […]. Le voy pidiendo el taxi si le parece. Y yo mismo le acompaño a cogerlo.

Las hermandades son asociaciones privadas de la Iglesia Católica por mucho que la normativa diocesana de 1997 dijera lo contrario. No le insistan porque no admite cesiones en este debate, donde coincide con la corriente de opinión de eminentes juristas de la ciudad.

Para don Otto no existe el cansancio. Ni la jubilación tiene el significado etimológico de júbilo. Es hiperactivo al moeckeliano modo. El trabajo, la actividad cotidiana y las idas y venidas del barrio del Arenal son la combinación que mantienen con vitalidad a este vecino único, de exquisitas formas y costumbres arraigadas y, sobre todo, de una oratoria antigua y ordenada que pareciera que está escribiendo cuando está hablando. Sus discursos pueden ser editados directamente en papel.

El primer año que no pudo salir en el Baratillo estaba viendo la cofradía desde un palco de la plaza. De pie desde que llegó la cruz hasta que se fue el palio, como hacía don Antonio Delgado Roig con el Silencio en las sillas del Laredo. Llegaba la Santa Cruz y se levantaba, como esos cofrades que se levantan al paso de la Bandera Pontificia. En una Semana Santa de roedores de pipas a la espera de los pasos, de sillas plegables o de un público echado directamente sobre las aceras, queda aún el testimonio de quienes se forjaron en un respeto que no se explica más que desde el conocimiento profundo de la hermandad. Porque sólo lo que se conoce puede ser valorado.

Siempre ha hecho gala de un concepto de orden que distingue con precisión de tiralíneas la familia, la hermandad, los vecinos y los trabajadores. Llegó a tener 70 empleados. Si uno le invitaba a la primera comunión de un hijo, don Otto no faltaba, pero de su asistencia jamás se podría deducir ninguna suerte de favoritismo posterior sobre ese empleado. A la hora de marcar las distancias, no ha hecho excepciones. Su propio hijo, siendo hermano mayor, ha visto cómo su padre se pronunciaba en contra de algunas de sus decisiones. La objetividad en los planteamientos es uno de los estandartes de su vida.

Sufrió las interpretaciones interesadas que algunos hicieron de las directrices del Concilio Vaticano II. Siempre ha defendido que aquel concilio fue el de la renovación, pero desde la conservación de lo que había, no de la supresión. Un cura de aquellos años le exigió que quitara la mesa de altar que formaba parte del retablo y que pusiera unos taburetes con unas tablas encima como nuevo altar. “¿Pero usted comprende que yo me puedo cargar un retablo artístico de esa manera?”. Suya es una frase que pide mármol: “Ser cofrade es la forma de ser católico en Sevilla”.

Un día pidió a unos amigos que lo acercaran en coche a un barrio alejado del centro de la ciudad. Al llegar al destino, antes de bajarse, consultó al conductor: “¿Me puedes esperar cinco minutos?”. Ylos cinco minutos de un alemán son cinco minutos de reloj, no los cinco minutos del sevillano que te hace esperar veinte en la Plaza Nueva, te llama por la calle San Fernando para decirte que va por la Avenida y te endiña al final una demora de treinta. A los cinco minutos de reloj, se montó en el vehículo y ordenó rumbo al Arenal. Se sintió obligado a dar una explicación que ningún ocupante del coche le había pedido: “Muchas gracias, era necesaria mi intervención para poner orden. A los nietos hay que enseñarles el valor de la disciplina”.

La vida es aquello que ocurre en el Arenal, aquello que sucede en la institución de la familia. Es el cariño de hijos y nietos que adoran una conducta recta y ejemplar.La vida es el cumplimiento de las obligaciones antes que las devociones; es ayudar al cura en la misa de esos domingos de mirada baja de la Piedad y de sillas de enea apretadas; es hincharse los pulmones de ese olor a Baratillo que vuela por la cúpula, es visitar cualquier día la tienda de Trifón, los viernes del Silencio o los lunes del Santo Entierro. La vida es un café con doble azucarillo, una charla interminable en tantas noches de cuaresma, una gesticulación que es marca de la casa y un porte señorial donde el bastón contribuye a realzar ese señorío.

La voz de la cultura y la fe

Carlos Navarro Antolín | 1 de febrero de 2015 a las 5:00

Juan del Río -arzobispo castrense
MUY pocos años antes de su ordenación episcopal en 2000, se lo anunciaron en una mesa del restaurante Barbiana. “Lo veo a usted de obispo”. Ysu reacción fue de negación absoluta, mechada con algo de brusquedad y alguna referencia vaga a que ya estaba pasado de edad para tan altos menesteres. Tal vez ya sabía algo por sus estrechas relaciones con los nuncios de Su Santidad en España, primero con el italiano Tagliaferri y después con el portugués Monteiro, porque Juan del Río (Ayamonte, 1947) siempre ha gozado de hilo directo, directísimo, con Roma. Cardenales ha habido que subían la escalera de la sede de la Nunciatura en Madrid que se han encontrado con Juan del Río bajándola cuando era un simple sacerdote de la diócesis sevillana.

Juan del Río es el arzobispo castrense, el que tiene la archidiócesis más grande: toda España. Yha sido obispo de Jerez. Pero para muchos sevillanos sigue siendo el cura de la Universidad, el que logró abrir un servicio religioso (Sarus) en la antigua Fábrica de Tabacos siendo rector Javier Pérez Royo, gran amigo de Felipe González y autor de un magnífico manual de Derecho Constitucional, y también el que le negó cobijo a la Hermandad de Las Aguas en el Rectorado y que se presentaba en botines las mañanas de Martes Santo en el vestíbulo de la Universidad donde están preparados los dos pasos para hacer estación a la Catedral. A Pérez Royo la cofradía le importaba muy poco, tan poco que amenazó con dejarla sin espacio en la Universidad, pero un hermano mayor como Juan Moya Sanabria le habló muy claro: “Si la hermandad es obligada a salir de aquí, el señor rector sale detrás de ella”. Y ocurrió lo que decían de Paco Ojeda en el toreo: rectores vienen, rectores van, pero la hermandad siempre está.

Pérez Royo sólo bajaba del despacho las mañanas de Martes Santo si le chivaban que Pepote Rodríguez de la Borbolla había acudido como presidente de la Junta a cumplimentar a la hermandad de los Estudiantes.

Juan del Río, hijo de un trabajador del astillero de su Ayamonte natal y de una madre fundamental en su carrera, es el cura que mejor representa la alianza de la cultura y la fe, es la voz que reza el rosario mientras los penitentes van cargando las cruces por los pasillos de la Universidad las tardes de interiores de rejas, ruán y monaguillos. Aquel Sarus se convirtió en una buena cantera del seminario sevillano, donde fue vicerrector, un puesto que le costó algunas discrepancias con el cardenal Amigo. Algunos recuerdan una conversación algo airada entre ambos por los Jardines del Cristina. Don Carlos y sus más allegados colaboradores, entre ellos el cura Benigno García Vázquez, conocido como el capellán del PSOE, eran partidarios de flexibilizar los criterios de admisión en el seminario. El caso es que muchos curas ortodoxos y muchos laicos de hoy se forjaron en aquellas dependencias de la Universidad, muchas veces convertidas en salas de estudio;  en las misas que a diario oficiaba a la una del mediodía a los pies de la Buena Muerte, y en las mil y una charlas que dirigía. Aquellos eran los niños del cura, en ellos dejó huella. Hoy vuelve a la Universidad y son muchos los profesores, administrativos y limpiadoras quienes se acercan a saludarle. En aquellos años consiguió que el servicio religioso quedara consagrado en los estatutos de la Universidad, como uno más. Muchos recuerdan que las puertas del Sarus estaban abiertas a todo el que quisiera entrar. Y entraba gente muy variopinta –algunos de aquellos nombres sorprenderían hoy– buscando una respuesta a esas dudas propias de una edad en la que el futuro es difuso.

Juan del Río fue un niño de Bueno Monreal, el cardenal bizcochable, como lo ha sido del canónigo Antonio Hiraldo, uno de sus grandes mentores que le ha abierto puertas importantes junto a José María Piñero Carrión. Hiraldo bien pudo haber sido obispo de no ser por sus graves problemas de vista. El cura Castillejo, poderoso presidente de Cajasur, publicó la tesis doctoral de Juan del Río sobre la eclesiología en el pensamiento reformador de San Juan de Ávila por la Universidad Gregoriana, en cuyas aulas tuvo el privilegio de formarse.

Llegó a obispo Juan del Río en el año 2000 con muchos apoyos, entre ellos el de monseñor Cañizares, pero sin el aval del entonces arzobispo Amigo, que asistió a su ordenación pero no como ordenante principal, porque a Jerez se desplazó con tal motivo el mismísimo nuncio de Su Santidad.

Una de sus virtudes es que sabe revestir de solemnidad los cargos, hacerlos importantes y que adquieran peso específico. Con Juan del Río y los cargos que ocupa pasa como con esos hermanos mayores con carisma que cuando dejan la vara dorada ya nadie habla de sus sucesores. No es un cura que pase desapercibido, quizás porque en Roma aprendió de Juan Pablo II a perder los complejos, a no tener miedo y a vivir la fe en ambientes hostiles. Así explican algunos que negociara con éxito con Pérez Royo. Al Sarus supo darle prestigio como se lo ha dado al Arzobispado Castrense. Nunca se ha encasillado en ningún movimiento específico de la Iglesia, aunque conoce de primera mano a los neocatecumenales, de su etapa juvenil en la parroquia de la Sagrada Familia del Retiro Obrero, donde pudo coincidir hasta con Felipe González cuando éste acudía a las Juventudes Obreras de Acción Católica, y por supuesto conoce las cofradías andaluzas y todas las manifestaciones de religiosidad popular.

No lo dice, pero todos saben que el sueño de este cura rociero y matalascañero es ser arzobispo de Sevilla, la ciudad a la que nunca deja de venir y por donde se le puede ver paseando cualquier noche, como si todavía fuera el director del Sarus, acompañado por decenas de jóvenes, como si aún estuviera consagrado a la forja del brillante Pabellón de la Santa Sede de la Expo´92, como si se hubiera citado a almorzar con Ángel Gómez Guillén y el equipo del semanario diocesano de información, como si fuera camino de la Capilla de la Universidad cualquier tarde de cuaresma a oficiar el quinario y en la puerta estuvieran esperándolo Juan Moya Sanabria, Carlos Rossell, Antonio Gutiérrez de la Peña o Antonio Piñero. Tiene un pectoral con la cabeza del Cristo de la Buena Muerte, regalo de la Universidad de Sevilla en su ordenación episcopal; es aficionado a las camisas de doble puño y es notorio su porte de cura elegantón. Su destreza con los medios de comunicación es evidente, fruto de su innegable capacidad para las relaciones sociales. Es miembro de la comisión ejecutiva de la Conferencia Episcopal y es la voz enérgica de las homilías en los funerales de los militares muertos que retransmite en directo el Canal 24 horas de Televisión Española.

Hay quien dice que tuvo el coraje de formarse en San Telmo cuando en Sevilla había una tendencia a emigrar a las aulas del seminario toledano. Cuando fue nombrado obispo, su Hermandad de los Estudiantes le regaló todas las vestimentas propias de un prelado. Cuando lo llamaron para felicitarle por su condición de arzobispo castrense, aludió con humor a que la cofradía estudiantil pasaba a tener “dos generales”: Antonio Gutiérrez de la Peña, que ha sido hermano mayor, y él mismo, que tiene la consideración de general de división por decreto del Jefe del Estado en virtud de los Acuerdos de la Iglesia con la Santa Sede.

Algunos lo sitúan ya en un nuevo destino: la archidiócesis de Granada. Sería su retorno a Andalucía, a pie de la A-92 que conecta con la Plaza de la Virgen de los Reyes. Una A-92 llena de curvas que obligan a bajar la velocidad continuamente, ese freno motor que siempre ha manejado a la perfección. No le pregunten por Sevilla, donde dio una homilía de puerta grande el pasado mayo ante la Virgen de la Esperanza en el Altar del Jubileo. Dirá como a finales de los noventa en aquel almuerzo entre amigos: que se le ha pasado la edad. Al fin y al cabo, son designios de la Nunciatura, esa casa cuyas escaleras bajaba con toda soltura mientras aquel cardenal las subía con toda solemnidad.