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Sin techo de cristal

Carlos Navarro Antolín | 25 de septiembre de 2016 a las 5:00

Carmen Moya
HAY médicos que tienden al bisturí, policías que son raudos para la acción y abogados de gatillo fácil a la hora de provocar un pleito. Y también los hay que intentan que un tratamiento sustituya a la intervención quirúrgica, una amonestación verbal a la sanción económica y una mediación bien calculada evite el litigio. Tras la trágica muerte de Francisco Rivera Paquirri, las partes con intereses en la herencia (griegos y troyanos, perros y gatos) constituían un peligroso campo de minas, como recuerda media España que se lo ha contado a la otra media. El guiso tenía todos los ingredientes y los tiempos de cocción tan pasados como para salir quemado. Todo conducía cuesta abajo y sin frenos hacia un pleito desgarrado con retransmisión incluida de la emergente prensa rosa. Sólo la intervención decisiva de una joven letrada, de ojos claros y cuerpo menudo, logró inesperadamente poner de acuerdo a todos. Aquella chica, vecina del centro, amiga personal de Paquirri y que acudía a la misa dominical de la Capilla Real, supo hallar puntos de concordia donde todos esparcían cristales rotos por los caminos ajenos.

La mediación, todo por la mediación, ha sido el lema de su casa civil desde que se dio de alta en el Colegio de Abogados en 1972, cuando las mujeres que ejercían el oficio cabían en un tranvía. Carmen Moya Sanabria (Sevilla, 1948) es una de las dichosas ramas de un tronco bien conocido en la ciudad de intramuros. Sí, es la hija de don Juan, el “humilde alcalareño” que hizo de su pujante despacho una escuela de prácticas de Derecho. El nombre de esta Carmen, polvorilla de carácter, va unido a la precocidad en todos los sentidos. El carácter pionero ha coloreado su vida de luces y ciertas desgracias la han oscurecido con las sombras que el avieso destino tenía reservadas para ella. Se ha hecho un hueco allí donde ha llegado. Sin tutelas, sin ayudas añadidas, sin cuotas, sin reivindicar tratos de favor. Tal vez sea porque ha sabido entrar por primera vez en los sitios como el torero que debuta en la plaza, que hace el paseíllo desmonterado en señal de respeto. No ha conocido más cuotas que las que paga como hermana de Los Estudiantes. Su currículum demuestra que nunca ha tenido techo de cristal en ninguno de los colectivos donde ha ejercido por mucho que estuvieran tradicionalmente reservados a hombres.

Está curtida en la mediación, en la cultura del entendimiento, en el acercamiento de las partes. El pleito es la última vía, todo antes que escenificar el enfrentamiento. Le repele un pleito tanto como a Curro el tacto de las orejas cortadas al toro. De hecho, veteranos juristas recuerdan que a don Juan no le gustaba que su hija fuera a los juzgados. Está forjada en la capacidad negociadora, en el arbitraje, en el escrutinio de los posibles puntos de acuerdo. Fue de las primeras mujeres en estudiar Derecho en la sede de la Fábrica de Tabacos y aprender después el oficio en un despacho de abogados, la primera en ingresar en la Academia de Legislación y Jurisprudencia, la primera en ser vicedecana del Colegio de Abogados y la primera en formar parte de la Corte de Arbitraje. De familia conservadora y tradicional, recibió una educación moderna, basada en la inculcación de valores reales y no en igualitarismos de escaparate, lo que es notorio que le ha facilitado una rápida adaptación a todos los ambientes. Es una mujer de carácter y fortaleza, acostumbrada a abrirse camino ante adversidades tales como una precoz viudedad que la dejó sola con dos críos que sacar adelante. Suele conseguir su objetivo en todas las situaciones, pues en la conducción de las relaciones sociales sabe adaptar la velocidad a las condiciones de la calzada. Emplea apelativos cariñosos para ganarse el favor de una azafata de un avión si es preciso, con el tono melífluo que es marca de la casa. “Princesa, ¿podemos sentarnos en un sitio más cómodo?”. O para hablar de ella misma y de su familia: “Tú sabes cuánto te queremos los Moyitas”. Maneja los diminutivos con suma facilidad. Huguito es el catedrático de Medicina y muy bético Hugo Galera Davidson. Joselito es su hermano Pepe, de fuerza arrolladora y presidente de Persán. Juanito o Bosquito son dos de sus sobrinos. Hay excepciones, como la del notario Antonio Ojeda, al que llama directamente por su apellido: “Ojeda, vamos a tomarnos una cerveza y unas anchoas con leche condensada en Trifón”. Y a veces nunca llegan a casa de Rogelio porque ambos se paran más a corresponder saludos que un paso de palio: “¿Sabes algo del cardenal? En casa lo queremos mucho”.

Como abogada es como en el resto de las parcelas de la vida: aspira al control absoluto. Todo, absolutamente todo lo relacionado con sus expedientes queda guardado en carpetas. Si el expediente acaba con alguna intervención notarial, solicita una copia para su inclusión. Dicen que obra así porque su padre le dejó enseñado que para ser buen profesional hay que sentir como propios los problemas jurídicos y personales de los clientes. Cuenta alguna lengua afilada que no repitió como vicedecana del Colegio de Abogados porque José Joaquín Gallardo, el eterno decano, tenía celillos de que Carmen fuera más conocida. Eran los tiempos, por ejemplo, de Soledad Becerril como alcaldesa. En muchos actos, Soledad se iba directamente a saludarla repitiendo siempre cada expresión: “¡Carmen, Carmen! ¿Qué tal? ¿Qué tal?”. Y José Joaquín debía aguardar al segundo turno para recibir el saludo de la primera autoridad municipal. Otras lenguas menos precisas pero más afiladas dicen que lo que José Joaquín envidiaba realmente era cómo le quedaba la toga a Carmen en las fotos de juras de nuevos letrados que aparecían periódicamente en la prensa.

La vida es soportar las impertinencias autoritarias y de corte machista de aquel célebre catedrático de Derecho Romano que fue Pelsmaeker. Y disfrutar de las enseñanzas de los catedráticos Cossío, Clavero y Olivencia en las aulas de la Facultad y de Ángel Olavarría en su notaría. La vida son canciones de Serrat, láminas de Murillo y Antonio López, viajes con la abogada María Pérez Galván y otras compañeras de profesión, y aperitivos sabatinos con Carmen Diz. La vida es creer con firmeza en la igualdad de oportunidades y no en ideologías feministas. La vida son recuerdos de los hermanos prematuramente perdidos, como el inolvidable Juan en tantas tardes de toros en los abonos de Antonio Ojeda en el balconcillo del tendido 5, o en tantos Martes Santos en la casa de la Contratación. La vida es vestir en la intimidad a la Virgen de la Angustia, la de los Estudiantes. La vida es disfrutar de una copa del glamuroso Möet Chandon tanto como de la sencillez de un guiso de alcauciles rellenos de carne. La vida es genio, sobreactuar en cierta manera cuando la ocasión lo requiere, y usar las notas marginales en el bloc imaginario para dejar constancia de cuándo alguien ha hecho una trastada. Esta Carmen tiene memoria defensiva, digámoslo así. La vida es hacer reír al Rey Felipe con un piropo y dos comentarios espontáneos cuando visitó la fábrica de Persán. La vida es colocar cada día flores frescas en el altar de la memoria de Juan padre y Juan hijo. La vida son los ladridos de Roque, guau, y los paseos por el centro.

En su trayectoria más notoria hay intervenciones como letrada en pleitos muy conocidos, como el de la Basílica del Gran Poder, las impugnaciones de acuerdos sociales del hoy extinto Banco de Huelva, o la compra de empresas como el Horno de San Buenaventura y el Hospital Infanta Luisa. A sus clientes ha contado siempre una máxima: “Las personas y sus sentimientos deben tener cabida en el Derecho”. Dicen que el día que ingresó en la Academia de Legislación y Jurisprudencia llevaba un chaqué de mujer, con un lazo en vez de corbata, al que se le rascaba y aparecía la túnica de ruan de su padre, del que siempre repite un elogio en tiempos nada boyantes para la abogacía: “Gracias por dignificar la profesión”. La hija honra al padre. La discípula homenajea al maestro. La fuerza, el carácter, la memoria defensiva, el tono melífluo, la feminidad acicalada. Si hay que llorar, se llora. Si hay que reír, se ríe. Si hay que beber, se bebe. Y si hay que comer alcauciles, se comen. Pero lo último es litigar.

¿Eres compañero?

Carlos Navarro Antolín | 22 de febrero de 2015 a las 5:00

José Joaquín Gallardo
EN Sevilla siempre es bueno tener un amigo de altura. No piensen aviesamente. Un amigo de altura es muy útil. Los altos avisan de la proximidad del paso de palio en los días de bullas de Semana Santa. Cuando los bajitos se cabrean, hartos de ver espaldas de chaquetas y puntas de capirotes, el alto siempre impone la calma: “Aguanta, aguanta, que ya veo el bacalao”. En Sevilla hay altos que destacan como Gasoles en clave local, con esos chaqués como mantas zamoranas y esas caras de despiste que tienen muchos señores altos. Hay verdaderos ingenieros del despiste, gente que parece que no se entera de nada pero que, en realidad, tiene capacidad para estar oyendo dos emisoras a la vez y seguir el hilo de una conversación próxima. Hacerse el despistado es un arte que puede ser muy rentable. Cuando muchos se afanan en aparentar lo que no son, en darse importancia y en lanzarse a sí mismos una petalada cada mañana, también los hay que tienen la habilidad de taparse y hacer el ruido justo y preciso para estar en el machito años y años sin pisar demasiados callos.

José Joaquín Gallardo, decano del Colegio de Abogados de Sevilla, estaba junto a San Fernando cuando entró triunfante en la ciudad. El Rey Santo repartió tierras entre los caballeros veinticuatro y, acto seguido, realizó unos nombramientos de los que sólo hablan los manuales apócrifos de historia. San Fernando puso a Pepe Cañete en Aprocom por los siglos de los siglos. A Luis Miguel Martín Rubio le encargó la fundación de la Real Maestranza del Corcho Flotante en Todas las Aguas. Y a José Joaquín Gallardo lo hizo decano perpetuo del Colegio de Abogados, de tal forma que muchas generaciones de sevillanos conocen dos Papas de la Iglesia, tres presidentes de la Junta de Andalucía y un sólo, único y verdadero decano del Colegio de Abogados, cuyo archivo está cargado de legajos que se catalogan como a. JJ. (antes de José Joaquín) o d. JJ. (después de José Joaquín).

Gallardo ha ganado cinco elecciones al decanato de los letrados porque, entre otros motivos, es un relaciones públicas de innegable simpatía, tal vez acrecentada por esa apariencia de despistado que se hace acreedora al perdón de los éxitos, tal vez porque siempre coge el teléfono móvil, incluidos los domingos y fiestas de guardar. Gallardo tiene claro que toda llamada que recibe es de un abogado de Sevilla mientras no se demuestre lo contrario. Por eso emplea su arma letal, con el que se ha ido ganando a todos los letrados hispalenses día a día durante tantos años: “Hola, ¿eres compañero?”.

Nunca ha necesitado de un profesional de la información para diseñar sus estrategias de comunicación. Gallardo tiene su propio periódico, La Toga, que le han copiado hasta las cofradías. La Toga es el órgano oficial de expresión del gallardismo, que es una forma de ser y de concebir el oficio de la abogacía. La ratio de fotos en las que aparece el decano es elevadísima. Ríanse ustedes de esas ratios de las que habla la Junta de Andalucía en materia de educación para estimar los niños por aula. Para ratios, las de José Joaquín en La Toga. Y siempre que es posible aparece en grupos de tres o cinco personas, de manera que haya un centro de impacto visual, naturalmente reservado para el decano. Es como las cofradías cuando se hacen representar mediante estandarte y cuatro varas, siempre en cifra impar para que la insignia que preside ocupe el puesto preferente.

Gallardo ha creado estilo. Las cofradías han inventado los anuarios, donde en ocho de cada diez fotografías sale el hermano mayor con sus distintos modelos de trajes, chaquetas y tiradoras. ¿Quién no ha visto alguna vez una foto de una toma de posesión de nuevos letrados con Gallardo en el centro luciendo puñetas? En Sevilla se usa ya una vara de medir de lo jartible que resulta un tío: “Te repites más que Gallardo en La Toga”.

Su mérito no sólo está –que también– en ser un reconocido abogado en pleitos de lo contencioso administrativo; en lo satisfechos que están importantes laboratorios farmacéuticos de la dirección jurídica de sus asuntos, o en que forma parte del selecto grupo de abogados que trabaja los domingos por la tarde. Su mérito para ser decano perpetuo es que ya ha presidido la jura de muchos abogados cincuentones y de sus hijos. Unos hijos que dicen que en el colegio ya repetían la letanía de catecismos antiguos.

–Decid, niño, como os llamáis.
–[Responda su nombre, fulano, Pedro, Juan o Francisco, etcétera]
–Decid el nombre del decano del Colegio de Abogados.
–José Joaquín Gallardo por la gracia del “¿Eres compañero?”.

Gallardo conoce como pocos el funcionamiento de los medios de comunicación sin necesidad de tener contratado un asesor específico. Sabe que el mejor día para contar un tema a un periódico es la tarde del domingo, cuando las redacciones tienen menos asuntos frescos para la edición del lunes y, además, se consigue el altavoz de los programas radiofónicos de la primera mañana laborable de la semana. Hay quien se refería con humor a “los domingos de José Joaquín” para saludar la llamada dominical del decano.

Tampoco necesita un gabinete de asesores para llevar al día los enlaces matrimoniales de los compañeros y el fallecimiento de sus familiares. Tiene hecho con sobresaliente el curso de las bodas, bautizos y comuniones, la BBCque es clave en una ciudad con aspiraciones de pueblo como Sevilla. Gallardo es el Antonio Ríos de la abogacía. No se le pasa dar un pésame, como tampoco se le olvida interesarse por el embarazo de la camarera que le sirve cada día los mil y un cafés que ingiere este abstemio consagrado en el Café Avenida de Francisco Hermosilla. Porque Gallardo es uno de los grandes cafeteros de Sevilla al que, por cierto, nunca le sorprenderán en una fotografía con un catavino o un tanque de cerveza.

Forma parte de la que llaman la S. S. sevillana, por su condición de veterano soleano (de San Lorenzo) y de discreto sanluqueño (de Barrameda). A la hora de confeccionarle este traje dominical hay que tener en cuenta que le gusta lucir largo el bajo de los pantalones, para que descanse sobre el empeine del zapato, y la corbata ajustada con cierto desdén, para confirmar quizás ese aire de despistado al que no se le va un saludo en un canapé.

Arrasa en las elecciones al decanato, pero tiene sus críticos como todo personaje público que se precie. Su particular Tendido 7 le saca el pañuelo verde cuando es complaciente con el poder. Refieren un ejemplo reciente, cuando se hizo la foto con el consejero de Justicia, Emilio de Llera, para presumir de cobrar –por fin– los retrasos de los servicios del turno de oficio, pero aseguran que no se ha movido para que el Consejo Andaluz de la Abogacía reclame a la Junta de Andalucía los intereses que sí se han exigido en otras comunidades autónomas.

El día que Gallardo deje de ser el decano de los abogados sevillanos –para los que logró la rotulación de una calle– tendrá que donar su chaqué al Museo de Artes y Costumbres Populares. No hay político, ni magistrado, ni fiscal jefe, ni presidente de entidad ciudadana cuyos tiros largos cuenten más salidas en una procesión del Corpus que los de este ciudadano alto (nunca altivo) que se hace el despistado pero que siempre es el primero del grupo en ver venir el paso de palio… Y eso es una información muy útil para saber aguantar y no marcharse antes de tiempo.