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Yo estudié en los Estados Unidos

Carlos Navarro Antolín | 22 de mayo de 2016 a las 5:00

Antonio Gutiérrez Limones BAJA
ESTUDIAR en los Estados Unidos imprime carácter. Es como ciertos sacramentos de la Iglesia Católica. Unos imprimen carácter y otros no, como se enseña en los manuales de Derecho Canónico. E incluso alguno, como el matrimonio, agria el carácter, según decía con su humor cargado de acidez el profesor Ribelot, todo un sabio a la hora de abordar en su tesis doctoral la mayor operación de enajenación de patrimonio eclesiástico de los últimos cincuenta años en Europa: la venta del Palacio de San Telmo. Ribelot, por cierto, era un firme defensor de las hermandades como asociaciones privadas de la Iglesia Católica, que para eso son erigidas por los cofrades y no por la autoridad eclesiástica por mucho que los juristas del cardenal Amigo endilgaran el carácter público por decreto a todas las hermandades de la diócesis sevillana para garantizarse así mayor poder de cara al futuro.

Hay gente que ha estudiado un año en el extranjero, o tan sólo unos meses, que se pasa la vida recordándotelo a la mínima oportunidad. Están los de la barrila de la primera comunión de su hijo, que te la venden como su segunda boda, dándote los detalles de la barra libre y del menú, y a quienes les importa un pimiento (de serranito) lo del estreno del niño en la eucaristía, como están los que tan dan la vara sin piedad con la mili, la magnífica casa rural de la sierra, el adosado o el mesecito en Irlanda. La de gente en Sevilla que te pega la monserga con el mes de Irlanda de su niño en cuanto te cogen desprevenidos es digna de estudio. Yo creo que hay gente en Sevilla que manda a su hijo a Irlanda el mesecito de verano para poder contarlo en las cenas de los viernes. Te cuentan hasta la transferencia inicial que hicieron en el banco para garantizar la plaza, te someten a la tortura de ver las fotos sonrientes de la familia de acogida y, cómo no, el reportaje de la visita que hicieron a mitad de mes, donde predominan los verdes prados y la estética de acantilados. Está visto que hay mesecitos que dan para toda una vida. Como ocurre con los españoles que estudiaron en los Estados Unidos después de que al Príncipe Felipe lo mandaran a hacer las Américas. Desde entonces se abrió la veda. En España ponemos verde a la monarquía, pero aquí todos se pirran por vivir como reyes.

Antonio Gutiérrez Limones (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1963) es un político socialista tan desenfadado como orgulloso de haberse formado en ultramar. Hay gente que te cuenta que ha almorzado con Limones y su recuerdo del personaje no es su indisimulada pasión por los teléfonos inteligentes y los ipad, ni siquiera por el deporte, que ha practicado en gimnasios de su pueblo. Tampoco su afición a asistir a los partidos de fútbol del equipo local. Lo que de verdad se les queda grabado a muchos es la de veces que este socialista refirió durante la comida que estudió en los Estados Unidos. Limones no te cuenta su hilo directo con Zapatero, como no te contaba el que mantenía con el gran editor José Manuel Lara, sino lo que aprendió en las aulas norteamericanas. Y eso que podía presumir de que Zapatero le pidió hacer footing por Alcalá de Guadaíra en los días que estuvo en Sevilla con motivo del congreso del PSOE en el que el de la cejita alta se despidió de la secretaría general, aquella cita que ganó Rubalcaba y perdió Chacón. Y desde entonces, por cierto, siguen perdidos tanto Zapatero como el PSOE.

Limones ha sido sobre todo y por encima de todo el alcalde de Alcalá de Guadaíra. Un alcalde obsesionado con las obras faraónicas, como la reforma del castillo, la biblioteca, el auditorio, el tranvía… Un alcalde que aprovechó, como todos los alcaldes de España, los años de vacas gordas para hacer sonar los mugidos de los grandes proyectos. Aficionado a telefonear a sus colaboradores a partir de las ocho de la mañana para ponerlos en guardia, cometió el pecado frívolo de encargar la decoración de su despacho a una empresa especializada. Quiso ser secretario general del PSOE de Sevilla, para lo que se enfrentó nada menos que con una militante llamada Susana Díaz. Costó un mundo convencerle para que encabezara una candidatura de alternativa a la trianera, pero finalmente lo hizo después de varios bandazos. Perdió aquel envite de julio de 2012 y pasó a integrar la cuota del derrotado, lo cual a veces sale muy rentable, porque el derrotado debe ser respetado para que el partido pueda presumir de integrar a todos (y a todas). La gran lideresa de la socialdemocracia en el sur de España, que ni estudió en los Estados Unidos ni falta que le hizo, exhibe en los comités federales que ella tiene altura de miras y es generosa con sus rivales, que para eso tiene a Limones sentado en un mullido escaño del Congreso de los Diputados. La verdad es que Limones y su gente jugaron limpio en aquel proceso contra la gran Susana. La ex consejera Evangelina Naranjo lo apoyó con tal intensidad que se decía que era la oposición cítrica a la emergente Díaz por aquello del chiste fácil de la unión de limones y naranjos. Limones quedó literalmente exprimido tras aquellos jornadas en las que vivió peligrosamente. Tras la derrota, este eterno crítico del PSOE se dio de baja de sí mismo. Dejó para siempre de conspirar contra el poder establecido. Renunció a la chispa que había sido siempre marca de su casa. Se rindió y se abonó al silencio. Entendió que todo se había consumado, que ya debía renunciar para siempre a su condición de eterno aspirante a todo, de impenitente crítico con el aparato del partido. Hay un Limones antes y después de aquel congreso provincial. Aquel Limones rebelde con el poder, sobre todo en años de hegemonía de Pepe Caballos, es ya una foto en sepia, es un recuerdo del militante romántico que quiso ser mucho más que alcalde de Alcalá de Guadaíra. Estuvo entre los alcaldes de la provincia de Sevilla (Antonia Hierro, Carmen Tovar, Francisco Toscano, Antonio Gutiérrez Lora, etcétera) que en 2000 apoyaron a Zapatero en lugar de a Bono en aquel congreso federal del tardofelipismo. Pero de poco le sirvió haber apostado al caballo ganador y hacerse aquel día la equivalente a la foto de la tortilla. Al final fue una foto… sin tortilla. El comité federal de perdió la memoria y se olvidó de sus apoyos en el Sur, pese a que Zapatero ganó por sólo nueve votos.

La vida es disfrutar de una cerveza en el bar Jota de Sevilla y de un gintonic en el Bliss de Alcalá. Es vivir cerca de Santa Justa, para tener un pie el territorio aforado de Atocha. La vida es procurar hablar más despacio y vocalizar con precisión para que los interlocutores entiendan el mensaje. Es aguantar la presión de la política local, en la que hay vecinos que no respetan ni la intimidad de los seres más queridos. Y procurar no tener que despedir a nadie, sino invitar a tomar la puerta de salida al asesor al que no quería ver más por los despachos del Ayuntamiento. Uno de sus grandes protegidos ha sido Luis Miguel Rivera, el jefe de protocolo que metió la pata el otro día al solicitar a las mujeres que lucieran falda en el pleno de toma de posesión de la nueva alcaldesa. La vida es sentir el calor de la hermandad del Soberano Poder, que es la de su barrio alcalareño, y el rechazo de los funcionarios cuando quiso recortar sus sueldos o el de los grupos de la oposición cuando no concedió a los portavoces los sueldos que había prometido. La vida es el brillo de un sello de oro en la mano, estética lolaila, de dominguero en Matalascañas con el loro tronando sobre un hombro. La vida es la amistad con Casimiro Gavira, el alcalde Mairena del Alcor que le presentó a José Manuel Lara.

Es cierto que fue el mentor de varias mujeres del PSOE alcalareño, entre ellas la nueva alcaldesa, pero también lo es que no escuchó a esas mismas que le advertían de las irregularidades en la sociedad ACM, por las que Limones está enganchado por la Justicia. El joven que estudió en los Estados Unidos, aquel que luego fue abogado de la UGT asesorando al comité de empresa de la base de Morón, vive pendiente de que los señores de la toga lo reclamen o no a su presencia antes del 26-J, día en que disfrutará de nuevo de su condición de aforado gracias a que el dedo magnánimo de La Que Manda en el PSOE andaluz lo ha incluido en puesto de salida. Limones es un romántico que no supo pasar página a tiempo. Se eternizó como alcalde de Alcalá de Guadaíra. Se eternizó como opositor a Caballos y a todo bicho viviente que controlara el aparato del partido. Y se eternizó contando su periplo estadounidense. Ni Caballos ni Susana han sido realmente sus enemigos, si acaso sus circunstancias. Su problema fue no haber cerrado a tiempo su dilatada etapa como alcalde de una gran ciudad y haberse dedicado a otras faenas, sin dejar por ello de contar sus batallitas norteamericanas mientras en una mano destella el sellito cani que lo devuelve de golpe a la ibérica realidad.

El balcón de los pasos perdidos

Carlos Navarro Antolín | 20 de marzo de 2016 a las 5:50

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DESDE el balcón se ve la Sevilla del 29, regionalismo que se mantiene en pie porque no hay mejor forma de mantener el patrimonio que garantizando su uso. Se admira el río y se aprecia la cuadrícula urbanística de Los Remedios, barrio de escuadra y cartabón que en muchos casos se ha quedado varado en los tiempos de Lauren Postigo, que no suena a Baratillo sino a Andaluz, éste no es tu referéndum. Gabriel Rojas acertó cuando apostó por construir en Los Remedios cuando allí sólo estaba el convento. Pensó que si desde la explanada de República Argentina se otea a la perfección la Puerta de Jerez, por qué no querría la gente vivir al otro lado del río. En el mismo balcón se pueden dar hasta 21 pasos y formar tres filas de público, más que en muchas capillitas, tabernas y despachos profesionales de la ciudad. Un buen balcón con unas buenas vistas dan para pensar mucho. La expresión del Estado es el vacío. Clavar la vista en el cielo infinito desde tu propia casa es la expresión de la libertad. Es como disfrutar de la lluvia sin mojarse. A Juan Pablo II le encantaba oír la lluvia desde la basílica de San Pedro. “La lluvia es una bendición de Dios”, proclamaba con el baldaquino de fondo. Hay vistas que también son una bendición. Dar 21 pasos al aire libre sin salir de casa y respirando el aire de la calle tiene que ser como ciertos sacramentos: imprime carácter. El 21 es un número bonito. Rima con el 151, el de la autonomía andaluza. Manuel Clavero Arévalo (Sevilla, 1926) se inventó el artículo 151 de la Constitución en su casa con Herrero de Miñón, aquel político que estaba llamado a ser el líder de la derecha del tardofranquismo. A Dios por la belleza. A la autonomía por el 151. El Congreso tiene su salón de los pasos perdidos. Y la casa sevillana de Clavero tiene un balcón de los pasos perdidos.

La casa está trufada de libros. Por los libros los conoceréis. Sevilla vista por Atín Aya. El boletín de la Hermandad de los Estudiantes. El tomo granate de las personalidades de la Universidad de Sevilla. Las revistas de Abengoa. Vocabulario andaluz. Historia de la Universidad de Valladolid. Una biografía de Adolfo Suárez, el presidente al que Clavero provocó fuertes dolores de cabeza. Rumbo a lo desconocido. Una obra en homenaje a José Luis Prats, alma máter de Emasesa. La Celestina. El Ideal Andaluz. El habla andaluza. Delfines y tiburones. Juan XXIII. Córdoba y su Cabildo Catedralicio. Mirando las dos orillas. José Bono, les voy contar. Mitos del pensamiento dominante. La Inquisición. Rusia no es culpable. 1934: el movimiento revolucionario de octubre. La ladrona de libros. Mis amigos muertos. Andalucía: cambio y encuentro con el nuevo milenio. Los lomos de los libros hablan, son voces. Cantan las pasiones, los cambios de régimen político, las aficiones, los regalos… Los libros hablan como hablan las ausencias de libros. Una casa hiperpoblada de libros es un jardín botánico, donde todo está por estudiar. Y cada planta, cada libro, tiene su valor.

Clavero es la Transición, el 23-F, la alta política, la dimisión por antonomasia, una idea de Andalucía, un símbolo, una leyenda viva. Clavero es la visita a la Zarzuela para despedirse del Rey: “Señor, vengo a comunicarle que hago una cosa que usted no puede: dimitir”. Y se fue a Barajas a coger un avión. Y llegó el avión y había una multitud esperándole cuando ya no era nada. Los pelotas de cámara del PSOE sevillana esperaban a Guerra cada viernes en San Pablo para hacerle la corte porque Guerra era el capataz del gobierno de Felipe. Pero Clavero se bajó del avión como ex ministro cuando en España no dimitía nadie. Y a pesar de que ya no portaba la cartera ministerial de Loewe, estaba también al pie de la escalerilla un gobernardor civil para anunciarle que sí tendría la condecoración propia de los ex ministros para acallar ciertos rumores que apuntaban a una supuesta cicatería de honores. Clavero llegó, vio y cogió un taxi. Se plantó en su casa, donde estaba el balcón de los 21 pasos, los libros y las raquetas de tenis.

Siempre ha jugado al tenis de blanco, pero sin sofisticaciones. Aún se recuerdan sus sencillas zapatillas blancas en las que pegaba unos cortes para que el pie estuviera más holgado. Jugaba con Pepe García de Tejada, que usaba alpargatas de costalero. Fueron campeones de Andalucía. Y en Valencia se quedaron sin ser campeones de España. Nunca dejó el tenis, ni siquiera siendo ministro, cuando tenía derecho a usar las pistas del club Puerta de Hierro de Madrid. Clavero, el del café para todos, ha jugado al tenis por casi toda España. Y en Sevilla, además, con el sastre José María O´Kean y el radiólogo Ángel Rodríguez de Quesada. De los 18 a los 82 años, siempre jugando al tenis. Dos dígitos más para una vida simbolizada en los números. Andar 21 pasos da para mucho: para evocar la Constitución de 1931 que sólo daba autonomía directa a Cataluña y el País Vasco, para evocar a Ortega y Gasset, precursor de la teoría del café; para añorar Punta Umbría, para rememorar los días agrios en los que tuvo que irse al grupo mixto de los diputados, orillado por voluntad propia ante la actitud cerril de la UCD con Andalucía, e incluso para recordar con afecto ciertos viajes junto a Sus Majestades los Reyes en el 77. “Menos mal que ganó el Betis la copa, si no se llena Madrid de banderas vascas”, le comentó Doña Sofía en Valencia algunos días después de aquel histórico partido en el Calderón: Iríbar, Esnaola, penaltis y la locura verdiblanca.

Desde el balcón se ve el río, sí. Y el restaurante Río Grande, donde Clavero se dirigió a Escuredo en el enésimo intento por desbloquear el proceso autonómico andaluz tras un referéndum que se quedó encasquillado en Almería: “Rafael, esto no puede quedar así”. Y Escuredo le propuso almorzar con Felipe y Guerra para iniciar el desbloqueo ante el gobierno de la UCD. La historia es conocida. Hoy, un paseo por ese balcón sirve para comprobar cómo Andalucía marcaba un debate nacional de altura, lejos aún de corruptelas de café y de largas listas de imputados por los ERE. El proceso quedó desbloqueado sin necesidad de repetir el referéndum en Almería. Para el acto donde quedó sellado el acuerdo político, el presidente Suárez hizo una petición a Felipe: “Que no esté Clavero”. La UCD hocicó, pero no quería tener delante a quien había sido clave. El niño criado en la Puerta Osario, junto a la fábrica de harinas de su padre, estaba ya en la historia. Y al pasar los años nunca miró con rencor a Suárez, todo lo contrario. Se hubiera mirado a sí mismo con rencor de no haber dado el paso que tenía claro que debía dar: levantarse del mullido sillón y coger un taxi antes de tragarse el sapo antiandaluz de la UCD, ese sapo que aún tiene atragantada a la derecha en Andalucía como una maldición.

La infancia son recuerdos de la Semana Santa en las sillas de Sierpes oyendo las saetas de Antonio Mairena y Fosforito. La juventud, de salir de nazareno junto a su padre en el Gran Poder, siempre a pie desde la casa familiar de la Plaza Padre Jerónimo de Córdoba hasta la vieja parroquia de San Lorenzo por el camino más corto.

La vida es un balcón. 21 pasos. Una devoción al Señor reflejada en un número muy bajo en la nómina de hermanos. Una vara de rector en la presidencia de la cofradía de la Universidad junto a un hermano mayor llamado Ricardo Mena-Bernal. Un cuadro de la Virgen de Guadalupe en la entrada de una casa acogedora. Una Universidad con crucifijos en las aulas. Un tono de voz estilizado, de los que no se da ninguna importancia. Un forma de ser tan natural como el público a pie de calle cuando se dirige al periodista de alcachofa: “Antolín, ¿esto cuándo sale?”