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La fuerza del tirador

Carlos Navarro Antolín | 29 de mayo de 2016 a las 5:00

JULIO CUESTA
EN las vísperas de la mayoría absoluta de Rajoy que mandó al PSOE a un largo y oscuro tardozapaterismo, varios políticos del PP de segunda fila soñaban en la barra de Trifón con el reparto de los cargos del inmenso organigrama del Estado. Uno aspiraba a despacho de secretario de Estado, otro a la presidencia de una sociedad estatal con sede en Andalucía, de las que dan brillo y generan poco riesgo. No faltó quien dijo la boutade de soñar con ser subdelegado del Gobierno en Alicante “con derecho a las playas de Benidorm todo el año”. E incluso hubo quien sentenció con el codo derecho apoyado en la barra, que es como se dictan los veredictos de taberna de los viernes a mediodía, que son siempre firmes, sin derecho a recurso: “No os equivoquéis, el mejor puesto es el de presidente de los paradores de turismo. Trincas presupuesto para rehabilitar doce o quince y te pasas los cuatro años visitando obras por toda España”. Y de pronto, alguien que estaba callado irrumpió y provocó un giro en el debate: “Pues yo a lo que aspiro es a quedarme en Sevilla… Y ser Julio Cuesta”. Y en ese preciso momento alguien pidió otra ronda de anchoas con leche condensada.

Julio Cuesta (Sevilla, 1946) forma parte de esa minoría de sevillanos que está en el momento adecuado en el sitio preciso. Cuando en esta ciudad cabían en un taxi los sevillanos que hablaban inglés, que eran Eduardo Osborne, el padre Antonio Garnica y dos más, apareció en la escena de la ciudad –para quedarse para siempre– un señor apellidado Cuesta con un dominio del mencionado idioma y una facilidad para las relaciones públicas que en la Sevilla de los años previos a la Expo lo convirtieron en un personaje muy cotizado para Manuel Olivencia, que lo fichó cuando Cuesta estaba vinculado nada menos que al Consulado de los Estados Unidos en Sevilla.

En Sevilla están las flores de un día, los personajes que duran cuatro años, los ejecutivos que desaparecen tras la jubilación y, después, la eternidad y la versatilidad representada por Julio Cuesta. La Expo’92 y Cruzcampo han sido los pilares de su dilatado pontificado por lo civil. Quien maneja el tirador (de la Cruzcampo) maneja la fiesta. Es como el gordito dueño del balón. O se le deja jugar de delantero aunque sea un patán… o simplemente no hay partido. Cuesta ha sido un perfecto cultivador del puesto soñado por una ingente cantidad de sevillanos de a pie, el de repartir casi lo único imprescindible para el riego sanguíneo de la ciudad: la cerveza. En la Sevilla de principios del siglo XX le pedías a Julio Cuesta cuatro barriles de beneficiencia para la velá del barrio, la cruz de mayo de la hermandad o la tómbola de la asociación de vecinos, y aparecía un camioncito con los cuatro barriles reclamados, más un preciado complemento de dos mostradores, cuatro parasoles y una cajita de la shandy que por entonces estaba de promoción. El tío de la carretilla bajaba la mercancía y saludaba: “¿Dónde dejo todo esto? Es de parte de don Julio”.

Julio Cuesta ha sido un rey mago de 365 días al año. De recibir visitas ilustres en la Exposición Universal, a controlar nada menos que el combustible del motor de la vida social de la ciudad. Sin cerveza no hay paraíso. Y las llaves del paraíso son de este vecino del centro que está en las cofradías, pero que nadie, por cierto, sabe cuál es de verdad su cofradía.

–¿Julio Cuesta? Si acaso, del Baratillo, ¿no? Pero ahora que lo dices, tampoco veo yo que tenga una hermandad muy clara…

Cuando la Cruzcampo tras la Expo proyectó su fundación, cuentan que alguien le espetó a Julio: “¿Cuántos litros venderemos gracias a la fundación?”. Cuesta contestó: “Ninguno. La pregunta es cúanto valor añadido va a aportar a la compañía”. Y ahí, en principio, acertó. Nació el poder del tirador, el gran poder del tirador. ¿Cuantísima gente no se va a su casa cenada y contenta gracias a los actos de la Fundación Cruzcampo que dan derecho a cerveza tirada por camareros con batines blancos y a numerosas diócesis de tortilla de patatas de dos plantas y ático retranqueado? Cuesta tiene en plantilla muchos sevillanos anónimos que acuden a todos los actos de la fundación exclusivamente para el ágape de válvula.

Ejerció cuatro años de tesorero del Consejo de Cofradías, un período que endureció su carácter, pues repartir entradas del pregón y sillas no es tan fácil como dar cerveza. No fue un tesorero de supervisar el montaje de la carrera oficial, ni de llamar a las puertas de bancos o empresas para buscar ayudas y patrocinios. No, no, no. Su lema fue: “Yo me dedico a los números enteros. Los demás, a los decimales”. Y claro, afrontó con éxito el duro reto de sacar adelante la gestión integral de la carrera oficial, un negocio del que salió definitivamente el último sillero, pero no llamó a todas las puertas de instituciones y entidades que se esperaba para conseguir convenios de colaboración y más recursos económicos.

De ortodoxia exquisita en las formas, de una oratoria fluida y de una estética muy a lo Florentino Pérez, elegancia sin concesiones ni alharacas, Julio Cuesta parece que siempre lleva un farol junto a la custodia del Corpus. Cuenta la leyenda que alguna vez ha sido visto sin corbata y con un chaleco negro de cuello vuelto en los días de invierno por su hábitat natural de Canalejas y San Pablo. Quiso ser presidente del Consejo, pero a lo grande, como gran hombre de consenso, por mucho que no lo reconozca. Pero no resultó. La verdad es que, tal vez sin pretenderlo, Cuesta siempre ha aparecido como fijo en determinadas quinielas de la ciudad. Pero, o la cosa era un bulo alimentado por su coro de aduladores, o él mismo no se ha atrevido nunca a hacer el paseíllo en un proceso electoral en el que hubiera otros matadores… Y las cofradías ya no eligen a nadie por aclamación. Hablando de cofradías, Cuesta fue capaz de arrimar el hombro en los tiempos difíciles de los preparativos de la Expo’92, pero no de formar hace unos meses una simple junta de gobierno en su queridísima Archicofradía Sacramental del Sagrario, a cuya parroquia está vinculado desde hace décadas. Será porque en Sevilla no se cumple el aserto de que quien puede lo más, puede lo menos.

Está jubilado, sí. Pero sigue siendo el faro de la Cruzcampo para muchos sevillanos. La luz que aún irradia Cuesta ha de ser tenida en cuenta por Jorge Paradela, el director de las relaciones institucionales de Heineken España, quien lleva en su currículum el ADN de la compañía. Cuesta y Paradela son hermanos del Silencio, pero Paradela se incorporó a Cruzcampo con mucha menos edad que Cuesta.

Dicen quienes bien lo conocen que Cuesta aún conserva un corazoncito andalucista. “Vamos a darle unos votitos al PA que os harán falta para gobernar”, cuentan que le comentó a Zoido antes de las municipales de 2011. Forma parte de esa cofradía minoritaria de la ciudad cuyos miembros son conocidos por el nombre de pila. “A Julio hay que llamarlo para el acto”, dice el sevillano de siempre. Si Cuesta no está en el acto, el acto no vale tanto. “Yo soy amigo de Julio”, afirma el sevillano peligroso”.

La vida es contemplar el mar desde una cafetería de la Playa de La Antilla. Tener claro que la formación académica de los jóvenes con valía debe ser completada en el extranjero. La vida es cambiar en marzo la cerveza por el gazpacho en el bar Las Piletas. Y charlar en el ascensor con el vecino catedrático. La vida es soprender al cofraderío mediocre con frases bien aprendidas: “Vamos a aplicar un sistema DAFO”. Y tener muy claro que la cerveza es el mejor lubricante de las relaciones sociales. En Sevilla, quien maneja la Cruzcampo no es que tenga el equivalente a la Alcaldía, pero sí la Gerencia de Urbanismo. Y eso es mejor que la presidencia de los paradores de turismo. Sobre todo porque los paradores ya no son como en época de don Manuel Fraga. En tiempos de Fraga, en Sevilla sólo parlaban inglés cuatro gatos.

El último carismático

Carlos Navarro Antolín | 13 de septiembre de 2015 a las 5:00

Antonio Ríos Ramos
ENTRAR en Sevilla es la obsesión de muchos de los que a la ciudad llegan. Desde que San Fernando entró en Sevilla acompañado por José Joaquín Gallardo y Pepe Cañete, que ya eran decano de los abogados y representantes de los comerciantes, respectivamente, hay mucho forastero que se empeña en eso que se llama entrar en la capital andaluza. ¿Qué es entrar en Sevilla? Dicen que consiste en tener acceso a los círculos restringidos, trotar en el tío vivo de las fotos locales, donde siempre aparecen los mismos caballitos; y gozar de crédito social, del verdadero o del impostado. Entrar en Sevilla es para muchos poder estar donde se supone que hay que estar para parecer lo que uno pretende parecer. Entrar en Sevilla no es conocer la historia de la ciudad, leer a Chaves Nogales, apreciar la exquisitez densa de Cernuda y llorar cada vez que el urbanismo agresivo levanta un mamotreto modelo tanatorio en el casco histórico protegido. Eso es para las minorías. Hay profesionales que han contratado asesores para garantizarse esa entrada por la vía exprés. Así obró un arquitecto de fama pretérita. El hombre apareció de pronto en ciertos cargos de determinadas instituciones muy conocidas en la ciudad. Al poco tiempo, acabó dejando cada sillón como un ejército en retirada.

Antonio Ríos Ramos (Villarrasa, Huelva, 1930) llegó a Sevilla por el Patrocinio, en los tiempos en que la A-49 no soñaba con el tercer carril. Era sobrino del párroco de la O. Llegó por el Patrocinio y se quedó prendado del Cachorro, la cofradía en la que goza de mayor antigüedad. Nunca contrató a ningún asesor para cultivar los caminos que conducen a los círculos de confort de la ciudad. Cuando nació, traía ya hecho el máster en habilidad. La Sevilla de los años 90 no se concibe sin la figura menuda de este cofrade de trajes oscuros y un característico abrigo gris, una prenda que imprime carácter y que bien podría figurar algún día en el Museo de Artes y Costumbres Populares junto al traje cruzado Príncipe de Gales del macareno Manolo García. El chaqué de Antonio Ríos hace solo los recorridos del Corpus, la Virgen de la Reyes y la procesión de impedidos de la Archicofradía Sacramental del Sagrario.

Antonio Ríos es el último carismático de esta ciudad, una marca blanca que nadie rechaza en las estanterías de sus relaciones sociales, un símbolo que se asimila al de un santo varón tallado por Pedro Nieto. Tiene el don de la ubicuidad, la capacidad sólo reservada a algunos santos de estar en varios sitios al mismo tiempo, como demuestran algunos periódicos con fotos de tres actos del día anterior y en las tres informaciones aparece Ríos retratado: en la presentación del libro, en un funeral y en la cena de homenaje a un ex hermano mayor, pese a comenzar todos a la misma hora.

Se para con todo el mundo y todo el mundo lo para, busca el saludo y siempre tiene una pregunta adecuada con el repentino interlocutor.

–Papá, me he encontrado con Antoñito Ríos y me ha preguntado por ti, dice que hace varios viernes que no te ve junto al Señor.

Tal vez ese carisma le haya llegado por su devoción al Gran Poder. Hay sevillanos a los que el pueblo concede la facultad de hablar con las imágenes. Una sevillana de Los Estudiantes nos dijo hace años durante un viaje en autobús urbano: “En esta ciudad hay dos santos en vida, Eduardo Ybarra y Antonio Ríos”. La gente está convencida de que Antonio habla con el Gran Poder. Cuando Fernando Morillo regresaba al taller de su joyería en el 6 de la calle Pureza, después de haber estado horas vistiendo a la Virgen, siempre hablaba de su Esperanza como si fuera una persona: “Hoy estaba algo enfadada, le disgustan las broncas entre los hermanos… Hoy Ella no estaba, no estaba…”. Y se lamentaba mientras echaba la tranca de la puerta, señal de que acto seguido iba a sacar de la caja algunas joyas de oro para un posible comprador que había estado aguardando su llegada. Si Fernando hablaba con la Esperanza, Antonio Ríos es el confidente del Gran Poder desde que hace muchos años fue su prioste oficial. La gente le da papelitos con sus rogativas de salud o de trabajo para que él las coloque cerca de la peana. Cuando viste al Señor en la intimidad de la basílica tiene contados los pliegos de la túnica y las siete vueltas que debe tener el cíngulo. Nadie puede discutir su amor al Gran Poder, al que siempre ha dicho que jamás hay que pedirle cuentas, ni siquiera cuando la vida le pega la mayor andanada reservada a un ser humano: sobrevivirle a un ser al que se quiere como a un hijo. Un conocido cofrade le dijo un día en la intimidad: “Antonio, enséñame a rezarle al Gran Poder”.

El carisma no excluye el genio, ni el carácter, ni los caprichos. Ha sido hermano mayor del Gran Poder, de su hermandad de Villarrasa y presidente del Consejo de Cofradías, tres cargos que llegó a simultanear unos meses. Ha alcanzado cotas de notoriedad social muy elevadas, cuyo culmen fue la asistencia a la boda de la Infanta Elena como máximo representante de las cofradías. Cuando las cámaras de TVE, dirigidas por Pilar Miró, retransmitieron la llegada de los primeros invitados a la Catedral, aparecieron la duquesa de Alba con Jesús Aguirre y Antonio Ríos con su hermana Rosario.

No ha sido hombre de imponerse, sí lo ha sido de mandar con sutileza, dejando ver sus gustos para tratar de que los equipos que ha dirigido se amoldaran a ellos, lo que no siempre ha ocurrido. Si quería algo, iba exponiendo los detalles de su petición acompañados de golpecitos con los nudillos de la mano en la mesa. Lo peor era si desarrollaba previamente alguna teoría teológica con pretensiones de homilía, un discurso más pesado que el recorrido de vuelta del Cerro.

Su inteligencia quizás radique en que es perfectamente consciente de sus limitaciones. Hombre de lágrima fácil, con predilección por los apellidos que se escriben con tinta azul y gran usuario del transporte público. Ha trabajado de técnico agrícola en el Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario, supervisando caminos de la provincia de la Sevilla y sacudiéndose el traje a última hora del día: “Mira cómo traigo los pantalones de polvo, mira..”. A su jefe en el Instituto lo metió en una de sus juntas de gobierno del Gran Poder. Siempre ha invitado a la basílica a colectivos y personajes de lo más variopinto. Con Manuel Ruiz de Lopera tuvo debilidad. Y Lopera la tuvo con él. Siendo Ríos hermano mayor, Lopera pagó el manto azul, el nuevo casinillo y el pasado de los faldones del paso del Señor. El manto se pagó con cheques que periódicamente mandaba don Manuel con la particularidad de que estaban datados para que no se pudieran cobrar con antelación. Un hermano despreció la estética de los azulejos del casinillo (“¡Esto es una catetada!”) a lo cual Lopera reaccionó echando abajo los azulejos con una de las herramientas que los albañiles habían dejado en la estancia. El propio Lopera, yendo de nazareno con bocina junto al paso del Señor, reñía a los costaleros que sacaban las manos sudorosas y rozaban sus faldones. ¡Con lo que le habían costado!

Ríos alcanzó la presidencia del Consejo en unos tiempos en que se preguntaba por un fax y se oía: “Esos aparatos aquí no hacen falta”. Sus últimos años de presidente se vio quizás superado por la polémica del IVA impagado de sillas y palcos (finalmente exonerado) y por la reorganización de la carrera oficial, por la que tuvo que soportar la reacción airada de algunos abonados de la Campana. Esos años, el periodismo escrito sobre cofradías comenzaba ya a oler más a tinta de periódico que a incienso. Y tal vez eso le superó, pero sin menoscabo alguno de su carisma.

Jamás olvidará la Madrugada en que, siendo prioste, recogió de la alfombra de claveles rojos del paso un dedo desprendido del Señor, quebrado por efecto de una levantá. Aquel nazareno, con el pecho encogido por la emoción, portó amorosamente en sus enjutas manos aquel dedo hasta la recogida de la cofradía. Tampoco olvidará la Madrugada de 2000, cuando su capirote quedó prendido de una puerta por los tumultos y estuvo largo rato desaparecido de su lugar en la cofradía.

Algunos con cierta guasa dicen que en la profesión de su ficha personal debería rezar: “Sus funerales”. Con el Cardenal Amigo se llevó de cine. “Antoñito, ¿cómo estás?”, le saludaba don Carlos con todo afecto. Polémica fue su acción de arrodillarse en el Altar Mayor de la Catedral para recoger de manos del prelado los textos de las nuevas Normas Diocesanas para Hermandades. Ofreció una imagen de sumisión cuando pocos sabían que meses antes se había opuesto a varias disposiciones.

La vida es una copa de Tío Pepe con un hielo y unas cuñas de queso que limpia con una servilleta antes de comérselas. Mala cosa cuando la boca estrecha del catavino no deja entrar el hielo gordo… La vida es una merienda de té con leche y una torta de aceite. Mala cosa también cuando el camarero ha servido la leche por su cuenta en lugar de traerla en una jarrita aparte. La vida es estar el 18 de cada mes ante la Virgen de los Remedios y su precioso Niño Jesús. La vida son los talonarios de lotería del Gran Poder y de la hermandad de Villarasa, que es la doble contabilidad del amor a sus hermandades que Antonio empieza a trabajar así que pasa el verano. La vida es una charla con Camilo Olivares, una tarde de 15 de agosto de fervores exaltados en Villarrasa, donde es un verdadero virrey; un viaje en autobús urbano cualquier viernes del año camino de San Lorenzo, unas oraciones bisbiseadas mientras fija la cintura del Señor con siete vueltas de cíngulo con el amor de una vida consagrada a su devoción. Antonio Ríos entró en Sevilla sin más asesor que el Gran Poder.

Caballero boticario

Carlos Navarro Antolín | 16 de agosto de 2015 a las 5:00

Manuel Roman.jpg
HAY sevillanos que llevan siempre la mañana de Viernes Santo en la cara, pálidos, blancos y metidos en malaje; como si fueran continuamente detrás de un camión de Lipasam, con la nariz olfateando el entorno en una calle estrecha a la espera del sube y baja del contenedor de carga lateral; con el rostro como si acabaran de ver la factura del Jaylu, o montados en un taxi en plena ola de calor con el aire acondicionado puesto a la mitad de potencia, esa velocidad de refrigeración que sólo alcanza al conductor y casi ni acaricia al viajero. Al estado continuo y natural de enfado del sevillano se le conoce como malaje. El malajismo es una actitud ante la vida que no implica ni mucho menos falta de diligencia en el trabajo, más bien al contrario, pues hay grandes defensores de los camareros malajes como profesionales eficaces en la atención al cliente, con quien saben guardar la distancia y que no admiten esas gracietas que en Sevilla se conocen como guasa mala. El malajismo es disciplina que tiene doctores, como el fino observador Eusebio León, que los tiene localizados en el centro, vestidos del negro sucio que está de moda, y en los barrios, donde se conserva la higiénica camisa blanca. En contraposición al sevillano malaje hay una especie reducida, casi en extinción, que es el sevillano fino, agradable de trato, exquisito y que emplea el genio como último recurso, tanto que casi necesita la declaración del estado de excepción de su particular forma de ser para dejar de ser como realmente es.

Manuel Román Silva (Sevilla, 1951) es un sevillano fino y cálido. No pontifica, no grita, no busca la victoria dialéctica, todo lo más el empate. Es como Induráin, si puede ganar, gana; pero deja que los demás se lleven trofeos a la combatividad, la montaña y las metas volantes. Farmacéutico de profesión. Cofrade que por tradición familiar arraigada en San Esteban llegó nada menos que a presidente del Consejo de Hermandades, pero el cofraderío ignoraba (e ignora) que antes presidió la Fundación Farmacéutica Avenzoar.

–¿Eso qué es? ¿Qué día de la Semana Santa sale?

Manolo Román no llegó a presidente del Consejo degenerando, pero sí estando. El verbo estar, en su gerundio, es la gran clave para alcanzar ciertas cotas en Sevilla. ¿Cómo ha llegado Fulanito a concejal? Estando todo el día en la puerta de la sede del partido, de modo que hicieron la lista electoral y como Fulanito estaba allí… Pues lo metieron. ¿Cómo ha llegado Mengano a maniguetero? Se puso malo Don José, que es el número siete de la nómina, y como Mengano se ha pasado todos los días de cuaresma estando a disposición del hermano mayor, pues se le ha premiado. ¿Cómo ha llegado Zutano a consejero de la Junta? Estando en la pandilla de la presidenta desde joven.

Pues Manuel Román ha estado nada menos que 16 años en la institución cofradiera, donde su gran colaborador ha sido siempre el historiador Joaquín de la Peña. Primero fue delegado de Gloria, después tesorero y finalmente presidente. Dicen que ha sido un Rey Midas en versión local. De consejero de Gloria a presidente. De beduino a Rey Melchor. Y de boticario en el Polígono de San Pablo a farmacia de relumbrón en la Puerta Carmona.

Román ha sido el presidente del Consejo menos capillita en la historia de un organismo reducido (casi caricaturizado) a su facultad de organizar las sillas de la carrera oficial e intentar cuadrar los horarios de las cofradías, tareas ambas en las que hay destacados ingenieros trabajando (estando) todo el año. Muchos estamos convencidos de que Manuel Román no es capillita y eso, lejos de ser una carencia, es un valor añadido. Es uno de sus grandes valores. No siendo capillita, pero estando, se ha visto en determinados puestos, pues la mediocridad de la jerarquía cofradiera ha valorado siempre su talla social sin percibirlo como una amenaza. Y en esta última cualidad radica una de sus grandes habilidades, pues Manolo es lo contrario a un malaje. Hasta cuida el tono de voz (melifluo muchas veces) para no molestar al interlocutor en una ciudad donde a la mínima oportunidad sale a relucir el sargento enojado que todo sevillano lleva dentro, ese conductor irritado en la carretera entre El Rocío y Matalascañas. La voz suave, en tono bajo y carente de beligerancia de Manolo debería ser patrimonio inmaterial de la ciudad de los gritos, del aquí estoy yo y usted me va a oír. Pertenece a la cofradía del buen gusto, minoritaria y al borde de la extinción, de los que llaman al camarero para que simplemente se lleve los vasos y platos sucios de la mesa.

Ha sido un presidente del Consejo atípico, con excelentes relaciones con los medios de comunicación, la jerarquía eclesiástica y los políticos, no así con los hermanos mayores. Monteseirín lo llamaba como consejero para llorar en su hombro por los dardos que recibía de la prensa y de algunos ultracofrades. Román lo mismo compartía horas con los mineros en huelga encerrados en la Catedral una víspera de Semana Santa, que mantenía una tensa discusión con el Cardenal Amigo, que alguna tuvo. Quizás por este atípico y saludable carácter no llegó a convencer a los hermanos mayores de tres proyectos claves: una acción social conjunta que no fuera sólo el soltar dinero sino basada en el compromiso, convertir el Consejo en un foro de discusión sobre los problemas del hombre y de la Iglesia en el mundo actual (Foro Santa María de Jesús), y conseguir que el Consejo fuera una institución con verdadera auctoritas ante las propias hermandades.

En Roma, adonde fue a acompañar a Don Carlos en su designación como cardenal en 2003, se levantaba a medianoche para velar el sueño de Antonio Ríos. Fue el hombre que arrumbó las puntillas mohosas y las maderas podridas de los palcos, modernizó la gestión de la carrera oficial, abrió las puertas del pregón a escritores políticamente incorrectos, colocó a las hermandades de Gloria en igualdad de condiciones que las de penitencia y organizó un Congreso Internacional de Hermandades absolutamente desaprovechado. Demasiadas margaritas para tanto… cofrade.

Siempre se ha caracterizado por la mesura, por creer que las cofradías tienen su importancia, pero no son tan importantes ni tan trascedentes en la ciudad; por tener claro que el Boletín del Consejo no es el BOE y por defender que la Semana Santa no dura todo el año. No lleva música cofradiera en el Volvo, sino los palos de jugar al golf en los verdes campos de Pineda, que le relajan tanto como las pinturas ribereñas de Ricardo Suárez. Cuando este periódico reveló que un agente de la Agencia Tributaria estaba tocándole los costados al Consejo con el levantamiento de actas fiscales por el IVA impagado de sillas y palcos, el tesorero del Consejo era Román, al que telefoneamos aquella tarde de febrero de 2000:

–¡Qué me dices! Estoy jugando al golf en Pineda, voy para el Consejo.

Aquel tesorero salió de aquella polémica sin un rasguño. Llegó a presidente y se empeñó en acabar con una leyenda de la ciudad, no sin polémicas internas de vetos y dossieres. Tenía claro que al escritor Antonio Burgos había que ofrecerle oficialmente –al menos una vez– el pregón de la Semana Santa, pues nadie como él ha creado escuela periodística y literaria sobre la fiesta más importante de la ciudad. Cuando lo cómodo para encargar el pregón hubiera sido tirar de la lista de abogados, de alguno de esos pro-hombres de Iglesia que ayudan al cura a colocarse la casulla, Román acudió junto a Julio Cuesta (la fuerza del tirador) a casa de Burgos a convencerle de que aceptara la designación. El día del Pregón ocurrieron dos anécdotas nunca reveladas. Como era costumbre, el presidente acudió a casa del pregonero a recogerlo en un coche del Ayuntamiento, todos ya de chaqué camino del teatro a hacer la prueba de sonido. Burgos quiso hacer también la de imagen, pidió que se colocara alguien en el atril para ver cómo resultaba. Pusieron a alguien del Consejo mientras el pregonero y el presidente se fueron a la unidad móvil de retransmisión para ver cómo quedaba la cosa en el monitor. Parques y Jardines había colocado unas quencias que daban justo detrás de la chorla del pregonero. Hacían el efecto de una selva. Y Burgos le dijo al presidente:

–Manolo, por favor, que quiten esas quencias, que va a parecer que estoy dando el pregón de la Semana Santa de San Juan de Puerto Rico y no el de Sevilla…

E inmediatamente mandó quitar las puñeteras quencias.

Luego Burgos se fue al atril, a hacer la prueba de sonido. Y en vez del “uno, dos, uno, dos, ¿me se oye?”, se le ocurrió soltar el trabalenguas del estribillo de Los Lilas del Tío de la Tiza (1903), y dijo muy solemnne y de corrido: “Piriquitúliqui, metúliqui, patúliqui, saca la paútica, patúliqui, mulática, piriquitúliqui, metúliqui, patúliqui, saca la pin, saca la pun, saca la pon…”. Las caras de los tíos del Consejo eran para verlas, de extrañas y de largas. Menos la de Manolo Román, que terminada la prueba preguntó:

–Antonio, ¿de qué agrupación es ese trabaluengas?

El Sábado de Pasión que se desconvocó la huelga de mineros, siempre agradeceremos que nos didera la primicia. Nos despertó con sobresalto: “¡Ya se van los mineros, Paco, ya se van! ¡Todo arreglado!”. Román creía estar hablando con Paco Navarro, canónigo y mayordomo de la Catedral. “Buenos días, Manolo, soy Navarro, pero Carlos. Muchas gracias, lo avanzo en la edición digital”.

La perspectiva demuestra que con los farmacéuticos tuvo más suerte que con los hermanos mayores. En su estilo fue más Sánchez Dubé que Antonio Ríos, más Luis Rodríguez-Caso que Adolfo Arenas. Manuel Román pertenece a un club que es mucho más exclusivo que Pineda, muchísimo más. Porque en ese club no entran ni los que tienen los cerca de 60.000 euros que cuesta hoy entrar en Pineda. Manuel Román forma parte del club de los escasos señores de Sevilla, que además nunca llevan cara de mañana de Viernes Santo. Y les gustan las mesas sin platos sucios.

El buen vasallo

Carlos Navarro Antolín | 1 de marzo de 2015 a las 5:00

Carlos Bourrellier
EN Sevilla hay gafes, gente ceniza que trae la desgracia con su sola presencia, como hay gente con la cara estreñida desde que los padres eran novios, que hasta existe una clasificación de los señores y señoras con el rostro todo el día oliendo a letrina. También hay gente con suerte, que son la versión hispalense del lotero de La Bruja de Sort, gente a la que habría que pasarle el décimo por la espalda, al igual que se pasan por las vestimentas de santos, gente a la que habría que parar por la Avenida, entre velador y velador, y entregarle papelitos con los deseos escritos para que los lleven en el bolsillo de la americana de Vilima.
Carlos Bourrellier (Sevilla, 1951) es el presidente del Consejo de Cofradías que nos ha obligado a todos los periodistas a agregar su apellido al corrector ortográfico y que resulta un ejemplo sólido de cómo lo interino muta en permanente en esta ciudad. Bourrellier, un hombre con suerte, llegó a la presidencia como Susana Díaz. Se fue Adolfo Arenas y se puso él. Se fue Griñán y se puso ella. Ninguno de los dos goza por ahora de la legitimidad directa de las urnas. Bourrellier, un tipo sin enemigos, el vecino idóneo para echar una charla sobre el clima en el ascensor, estaba allí cuando se produjo el hueco. Él lo tapó como el albañil de urgencia que sella una gotera, y ahí sigue para escozor de los cobardones que largan por detrás pero que no se atreven a salir del burladero y discutirle el puesto.

Fue hermano mayor de una cofradía, la franciscana del Buen Fin, un período en el que vivió una coronación canónica y la salida de su Cristo en el vía crucis de las cofradías. Y ha sido Rey Melchor de la Cabalgata. ¿Se puede ser más en el cursus honorum hispalense? Lo tiene todo para generar la envidia de esos señores (y señoras)estreñidos. Es el compañero del colegio tocado con la gracia de la potra.

Nacido en la calle Azafrán, desciende de maestros tintoreros: bisnieto, nieto e hijo de emprendedores en el sector. Se formó en el Colegio Alfonso X El Sabio y en las aulas del Santo Tomás de Aquino, donde dicen que iban los regulares, pero no precisamente los de Ceuta. Poca gente sabe que fue un pelotero de cierto nivel en sus años mozos, aunque hoy ya no practica ni fútbol ni ningún deporte, tan sólo el palquing, cuando salta de palco en palco del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección, asegurando siempre la pax romana al emperador en caso de revueltas en las tropas cofradieras. Ha ejercido de mercader de éxito en su vida profesional sin sufrir la expulsión de ningún templo, sino todo lo contrario. Sin estar doctorado en Derecho Canónico y sin haber peloteado previamente al alto clero calentando el asiento en cursos vespertinos de formación, su gran mérito es ser el niño bonito de la actual autoridad eclesiástica, el ejemplo de hombre de Iglesia, el modelo preclaro de superávit de eclesialidad. Bourrellier no se cansa de decir “pastor” como el ministro Piqué no se cansaba de inclinar el espinazo ante Bush. Y eso a los curas les encanta. Sabe tratar a los ministros de Dios como nadie, desde aquellos maravillosos veranos en que los invitaba a comer en El Paraíso, en El Portil. El Paraíso vive hoy un auténtico infierno, precintado por las deudas, mientras la oveja más destacada del rebaño cofradiero de la archidiócesis bala con fuerza y alegría. Dimitió el presidente y él estaba allí. Se quiso ir, pero, ay, el arzobispo le pidió que se quedara y él se quedó haciendo bueno el lema de los cofrades con cargos sacrificados:Nolebat, sed petiverunt. Yo no quería, pero me lo pidieron… Bourrellier es la solución provisional, interina, recurrente; la fórmula perfecta para salir del paso que tantas veces se busca en Sevilla. Por eso erigirse en provisional es abonarse al triunfo en esta ciudad. Todo lo provisional tiene vocación de perpetuidad. Ytodo lo oficialmente permanente puede durar menos que un cardenal presentando la renuncia a los 75 años. Ojú, qué poco duró…

No se le conocen más aficiones cultivadas que las cofradías y el buen yantar, que no es mala combinación. El recorrido –corto recorrido– de la sede del Consejo al Palacio Arzobispal no sirve para reducir el colesterol de las manitas de cerdo y otras exquisitas viandas caracterizadas por la pringue, por muchos saltos que haya que dar para sortear las cacas de los caballos que perfuman tan cotizada senda, cuyo aroma forma parte del patrimonio inmaterial de Sevilla, anda que no.

La mejor virtud de Bourrellier es quizás su ausencia de complejos. Habla con devoción del arzobispo, que parece su particular primo de Zumosol. Y el arzobispo le premia con susurros al oído, con la mano apretándole con afecto el antebrazo, con mensajes de voz meliflua y muestras de admiración pública. Ahí ha surgido una UTE de las buenas, de las que duran porque ambos se sostienen, ambos se ayudan y a ambos les viene de dulce llevarse bonito. Distinto será si esta UTE hace alguna gran obra. El tiempo, supremo juez contra el que no cabe recurso, lo dirá.

Bourrellier es genial cuando hace declaraciones a los medios o emplea el lenguaje coloquial en algunas reuniones a puerta cerrada. Tiene la espontaneidad y la frescura de quien no está contaminado por asesores a sueldo. Le meten la alcachofa tras la homilía del señor arzobispo en la Plaza de España ante el paso de la Virgen de la Esperanza y suelta una de las mejores perlas que se han soltado en la historia de la diócesis: “El arzobispo ha estado muy bien, pero que muy bien. ¡Ha hablado a calzón quitado!”. Nada de sotana, sino directamente calzón… Qué cosas dice este Bourrellier. Otro día habló de los “pistoleros” del Consejo en referencia a los consejeros que él cree que le hacen la pajarraca. Y otro más de la necesidad de dar un “puñetazo” en la mesa para arreglar los problemas, ¡oh problemas!, de los horarios de la Madrugada, donde sólo cabe decir sobre el cofraderío lo que aquel cubano trincón de fama fácil: “La noche me confunde”.

La suerte del alto clero que hoy puebla los despachos del Palacio Arzobispal es que Bourrellier habla con el corazón, está orgulloso de cumplir con el sacrificio que le pidió su dilecto pastor en aquellos minutos de zozobra, una encomienda que lo convierte en legionario de la diócesis, con el pecho al descubierto y el valor por bandera, con el arcabuz dispuesto siempre a defender a su mentor. La verdad es que a un mundillo cargado de pestiños, con tanto cuello duro de camisa y tantos demonios removiendo la cola en tardes de ocio, este presidente del Consejo trae una bocanada de aire fresco en no pocos momentos, por lo sencillo y natural que resulta, por lo poco artificial, por lo exento de eso que ahora llaman postureo. Habla como es, como un vecino simpático de la Alfalfa, de riguroso traje oscuro y bigote perfectamente cortado, amigo de la concordia y de la buena ensaladilla, cuyos problemas quizás son querer quedar bien con todo el mundo, y que está dispuesto a pedir perdón si sus palabras han podido ofender. Pídanle unas entradas para el pregón que hará lo imposible por conseguirlas. Pero después le mandan como agradecimiento un táper de arroz con perdiz, que le gusta más que la Amargura por Cuna a uno que yo me sé. O lo invitan a una cerveza en El Tremendo, del que su señor padre era un cliente distinguido.

Pásenle el décimo de lotería por la espalda. Este hombre tiene estrella, además de sentido del humor, que es el lubricante de la vida cotidiana. Hay veces que uno ve a Bourrellier con esa fidelidad en grado supino al pastor, con esa conducta que es modelo preclaro de eclesialidad, con su asistencia a funerales hasta en el tórrido agosto, con esa disponibilidad absoluta a subir la escalera palaciega de Leonardo de Figueroa cada vez que es llamado por el secretario de Su Excelencia, con esas doce horas al día que le dedica a la presidencia, y tiene que recordar aquellos versos del Cantar de Mio Cid que se estudiaban en el extinto COU: “Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor”.

El taxi no debe esperar

Carlos Navarro Antolín | 26 de octubre de 2014 a las 5:00

Adolfo Arenas 2
EL movimiento se demuestra en taxi. No hay que viajar a ningún sitio donde no hayan estado antes los romanos, ni a ningún rincón a cuya puerta no pueda llegar un taxi. El taxi es la vara de medir el estado de ánimo de muchos ilustres sevillanos que se mueven por la vida sin carné, en el sentido literal de la expresión: sin carnet de conducir. En un taxi llegó a su casa don Manuel Clavero después de presentar su dimisión como ministro. Yen un taxi se desplazó Juan Ignacio Zoido la mañana siguiente a sacar 20 concejales en las municipales de 2011. El ya estoy yo en mi casa tan socorrido es sustituido en clave local por el ya me está usted pidiendo un taxi si es tan amable. Y eso dijo Adolfo Arenas Castillo una tarde de otoño, cuando mandó el sillón de presidente del Consejo a la furgoneta del tapicero. A partir de ese día convivió con el silencio con que le obsequiaron los adorables compañeros de la institución. En el taxi cabían al menos tres más, justos los tres cargos que lo eran gracias a su dedo, pero ninguno se subió. Yeso que un taxi entre cuatro sale siempre más económico y es una fórmula de viaje mucho más ecológica. Se montó a solas, llegó a su casa y le dieron razón de varias llamadas telefónicas:
–Adolfo han llamado unos señores muy pesados de la Universidad de Pennsylvania porque quieren estudiar tu caso. Te pagan el viaje, la estancia y un abrigo Dustin para el frío. Se han empeñado en comprobar si hay vida más allá de la presidencia del Consejo. Quieren monitorizarte a partir de ahora, evaluar tus constantes vitales y comprobar si respiras bien a pesar del enorme vacío.
El hombre que viaja en taxi se convirtió entonces en el Adolfo Suárez de las cofradías, con un equipo de gobierno que aún perdura y cuya estabilidad recuerda a la UCD de los últimos días. ¿A qué se debió la única dimisión hasta ahora de un presidente del Consejo de Cofradías? A las filtraciones a la prensa de decisiones y planes de la institución y a que sólo aceptó las tutelas justas y precisas de la autoridad, eclesiástica por supuesto. Por no ser títere se cayó del escenario. Una de las tardes previas a la dimisión se presentó en su despacho el canónigo Manuel Soria, indignado con la publicación de las votaciones del pregonero de la Semana Santa, que dejaban entrever vetos soterrados y una apuesta clara por un perfil ortodoxo. “¡Adolfo, Adolfo, tienen que rodar cabezas!” Y Adolfo le dijo, esta vez sin perífrasis: “Pues aquí tienes la mía”.
La del Consejo no ha sido más que otra tribulación en la dilatada trayectoria de este abogado cuya boda presidió nada menos que el cardenal Bueno Monreal. Arenas es un zorro viejo de las cofradías, capaz de estar hablando horas y horas con un discurso trufado de citas bíblicas y mitológicas. Generoso en la oratoria y en las convidás, que algunos del Consejo no han vuelto a comer en Becerrita desde que él dejó la presidencia. Su despacho está en la Campana, agujero de la tormenta en que se ha convertido la Semana Santa. Sus balcones están a tanta altura que representan la metáfora perfecta de su relación con la actual clase cofradiera. Demasiada perífrasis entre tanto adobo.
Llegó unos años tarde a la presidencia del Consejo, cuando la mesocracia de lenguaje políticamente correcto, de las declaraciones de carril y del doblar el espinazo ante la jerarquía política y eclesiástica, se había extendido como una mancha de cera caliente imposible de quitar con papel de estraza. Quería hacer cosas en la ciudad más estática por excelencia. Quería agitar un mundillo cofradiero disipado como una gaseosa abierta. Invitó a Möet-Chandon a quien no merecía más que un tinto Las Meninas.
Hijo de prioste del Gran Poder, fue criado en unos tiempos en los que los principales puestos eran ocupados por personalidades con currículum. En su juventud vivió la Sevilla nocturna en el café Duque, acompañado por un amigo llamado Juan Salas Tornero. Allí alternaba con los músicos de la Banda Municipal que tocaban en el Patio Sevillano, con el limpiabotas y con el lotero que ingería calorías a base de copas de coñac. En la actividad profesional se inició con apenas veinte años años probando fortuna con dos negocios en apariencia contrapuestos: la chatarra y el marisco. Alguna lengua socarrona dice que la chatarra no fue mal, pero que el marisco, más que venderlo, se lo comían. Dejó los hierros viejos y los langostinos cocidos y abrazó por completo la abogacía, incluso con despacho en Marbella en los años de expansión urbanística.
Su bufete está adornado con frases en Latín. Verba volant, scripta manent. Y sus perífrasis lo embadurnan todo mientras habla por teléfono, con sus elevaciones de tono, con un timbre de voz potente, de operadora antigua de teléfono, con el barroquismo verbal de un locutor de Radio Nacional de antes de 1975, con pausas estratégicas para no perder saliva y con rodeos y más rodeos, circunloquios y más circunloquios, pero bien adornados, recreándose en la suerte antes de llegar hasta el final del relato, que para eso el recorrido lo elige el cliente y no el taxista. Adolfo Arenas es tan amante de la solemnidad y de las formas que bien podría haber sido ceremoniero en el Vaticano, para abrir las puertas de la Capilla Sixtina antes del cónclave y mandar salir a todos los que no son cardenales con la clásica exhortación: “¡Extra omnes!”
Galante con las señoras, de la escuela antigua. Por supuesto, siempre de traje y corbata, aunque sea agosto y se encuentre en Sevilla para no faltar en la Capilla de los Negritos a la misa por la festividad de la Virgen de los Ángeles. ¿A la playa? Si hay que ir se va en tren. Si está en la barra con Juan Salas o Balbino de Bernardo y ve a unos amigos sentados en el comedor, comunica al maitre su deseo de pagar el vino de aquellos señores que están allí sentados. Ysi es Protos, mucho mejor.
La verdad es que a cierta edad, con el Café Duque y el despacho de Marbella ya cerrados, con la comodidad de tener cerca el menú de lentejas de La Reja y una parada de taxis bien poblada en Martín Villa, no estaba ya para soportar muchas directrices de curas cuyo único objetivo era apaciguar al pastor. A cierta edad, uno no acepta que le digan quién puede y, sobre todo, quién no puede pronunciar un pregón, menos aún si para eso lo citan a primera hora de la mañana, que eso es una faena para quienes la gráfica del biorritmo se viene arriba a partir del Ángelus. A cierta edad uno puede ser condescendiente con el taxista que fuma o que lleva la radio a toda potencia, pero que le digan que corte cabezas… Ahí fue como Curro Romero, que soltaba cuanto antes las orejas de los toros para no mancharse las manos de sangre.
Ninguno de los suyos se subió en el taxi el día que dimitió. Ni siquiera le preguntaron desde la puerta del Consejo un clásico, un cumplido, mientras se acomodaba en el asiento de atrás sin arrugar en exceso el faldón de la chaqueta:“Adolfo, ¿quieres dinero?” Ni siquiera pudo responderles con la mirada limpia, huérfana de enojo y sin acritud: “No lo quiero yo, lo querrá el taxista…”
Al llegar a casa y bajarse del vehículo se ajustó el abrigo. Para no sentir el frío de Sevilla. Era otoño. Los árboles estaban pelados. A lo lejos se oía el eco del motor de un taxi a la búsqueda de nuevos destinos. Lástima que el Café Duque ya no despache. Los científicos de Pennsylvania pueden por fin confirmar que sí hay vida más allá del Consejo de Cofradías. Un gran paso para la humanidad.
Dicen que cuando arrecian nuevas polémicas cofradieras, se oyen unas risas socarronas, sostenidas y monocordes. ¿Tal vez una psicofonía? Yque se intuye la redondez perfecta de un emoticono feliz.