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Las manos de la Semana Santa

Carlos Navarro Antolín | 14 de febrero de 2016 a las 5:00

Manuel Palomino
PARA que un pregonero pueda tallar cornucopias con el lenguaje y proclamar que los doce varales de la Virgen de las Aguas son juncos cincelados, alguien tiene que pagar primero la factura del orfebre. Aquí no hay dudas sobre si fue antes el huevo o la gallina. Antes de la metáfora de atril está el soltador de billetes. Siempre. Y en medio de esa hermosa cadena de producción, las manos que lo hacen todo posible. La Semana Santa tiene financiadores, como tiene manos y tiene cantores. La arquitectura del edificio de la Semana Santa no se sostiene sólo en el pilar de los rapsodas de pelaje variado, ni en los teóricos de la pureza, ni en los analistas del cualquier tiempo pasado fue mejor, más romántico y menos sofisticado. La Semana Santa tiene manos hermosas, inmaculadas y que la tratan con la donosura del que nada espera a cambio. Alguien tiene que elaborar el incienso, limpiar la plata, fundir la cera, vestir a la Virgen, sacar las joyas de la caja fuerte, enumerar las dalmáticas, preparar las flores, contar si faltan canastos de celadores, hacer el inventario de las varas, etcétera. Muchos son los que consagran su tiempo libre para que el templo amanezca limpio y en orden el día de la salida de la cofradía, para garantizar el deleite de miles de personas, las evocaciones de la infancia, las metáforas alambicadas, las lágrimas más sinceras. Muchos son, sí;pero pocos los que crean escuela en ese ejercicio de amor.

Sin Manuel Palomino (Sevilla, 1951) no se entiende gran parte de la estética de los altares de culto ni de la Semana Santa de las últimas décadas. Hace lustros que José Joaquín León lo elevó a la categoría de maestro de priostes con toda justicia. Hombre de discurso conciso, sentencias profundas, que marca las distancias con el interlocutor en los primeros encuentros haciendo honor al perfil de malaje del sevillano más ejemplar. Cada Semana de Pasión se marcha fuera de Sevilla para revestirse de druida del incienso, desempolvar la antigua y secreta receta y elaborar los más de 25 kilos que habrá de usar su querida Hermandad del Silencio durante la Madrugada y el resto del año. Elabora también el incienso de algunas otras cofradías, pero con variantes en la receta de la Primitiva Hermandad. Para el Silencio hay dos fórmulas que quedaron escritas en los años veinte del pasado siglo, cuando la Casa Ybarra traía todas las esencias necesarias: la vaticana y la de Jerusalén. Hay un ingrediente que está ya fuera del mercado: el bálsamo de tolú. Y con el paso de los años se ha sustituido el perclorato potásico a la hora de acelerar la combustión por las pastillas de encendido rápido. En ese ritual secreto hay hasta una liturgia de hormigonera para garantizar el máximo grado de mezcla en todos los ingredientes.

Palomino es mucho más que un maestro de priostes y que un creador de un estilo en una parcela donde existe sólo el filo de una cuchilla afeitar entre lo sublime y lo ridículo. Palomino es el cofrade total, el que posee una visión de conjunto de la Semana Santa, una vasta cultura litúrgica, un interés por investigar y rescatar estéticas pasadas sin invenciones concebidas para adornar tabernas cofradieras donde los costaleros se dan besos y llaman “papá” y “mamá” a su Cristo y a su Virgen. Ha sido secretario en una junta de gobierno, autor de artículos en compendios sobre la Semana Santa, costalero, florista, vestidor, etcétera. Y sí, ha sido y es el prioste de mayor prestigio del momento, capaz de hacer equipos que sirven para reclutar jóvenes que ya para siempre quedarán enganchados a la vida cotidiana de la hermandad.

Minucioso, perfeccionista y exigente. Si el personal se entretiene en charlas durante la limpieza de la plata, Palomino es una suerte de cómitre marcando la boga de trabajo. Hay una fórmula general:“Quillo, no pararse”. Y una específica en el caso del Valle:“Os recuerdo que esta cofradía sale el Jueves Santo”. El descanso del guerrero es un coronel en el Rinconcillo. La estética, un atuendo un punto desaliñado, descuidado, que revela escasas horas de sueño por una vida consagrada a las cofradías como un sacerdocio de sólida vocación.

La vida son recuerdos de ver junto a su padre la entrada triunfal de la Estrella por la antigua Puerta de Sevilla. Es un nazarenito de San Bernardo que también fue paje en el Cristo de Burgos. Es aprender el oficio de la priostía de José García Espina y Miguel Román en aquellos años sesenta en que los nazarenos del Silencio podían aguardar sentados en los bancos del atrio la lectura de la nómina de la cofradía. La vida es una priostía donde reina un hermoso caos, la pura imagen de un campo después de una batalla, donde se combinan los cepillos, las bayetas, los botes del limpiaplata Tarni Shield, las batas con lamparones, los tableros para apoyar los respiraderos, los restos de bicarbonato y un radiocassete donde hay una cinta de la casa Pasarela que se ha quedado parada en Nuestro Padre Jesús. Si fuera cocinero, sería de esos cheffs que sacan perfectas las recetas a costa de dejar la cocina hecha un lodazal. La vida es el retiro en Silos, donde se halla el monje que gracias a su mediación talló sin cobrar los preciosos esmaltes de Limoges de la corona de la Virgen del Valle.

Palomino es a la Semana Santa lo que la Academia a la lengua: limpia, fija y da esplendor. Que se lo digan a la Hermandad del Valle, donde baste un botón (ramo cónico) de muestra. Que se lo digan al Cabildo Catedral, donde lleva décadas exornando la Custodia de Arfe junto a Miguel Ángel García Osorno, ramos de uvas de la familia Góngora de Villanueva del Ariscal y magnolios del Parque de María Luisa. Que se lo digan a la Hermandad del Silencio, para la que recuperó los ramos cónicos y bicónicos en el paso de la Inmaculada en la mañana de juncia, romero y carráncanos.

Este cofrade sin alharacas, que no derrocha adjetivos, guarda un supersticioso de tomo y lomo en su interior. Jamás lo verán mirando cara a cara a la Canina. Si por obligaciones del cargo le toca estar en la puerta de San Antonio Abad para cumplimentar al Santo Entierro, se parapeta detrás del estandarte. Si hace la lectura en la misa del 8 de diciembre, cruza los dedos cuando llega el momento de aludir a la bicha.

Nunca ha sido un cateto de Sevilla. Los Viernes Santos acude a Córdoba para estar con su Hermandad del Santo Sepulcro, de la que ha sido fiscal de cruz con derecho a entrar en la mezquita; en el Corpus tiene su corazón dividido entre Sevilla y Toledo; es devoto de la Virgen de la Victoria de Málaga, y sabe paladear el buen gusto que hay en muchas hermandades de la provincia.

Los altares son siempre de cera alta. Palomino es un cofrade barroco, abonado al horror vacui, una apuesta continua por la cantidad y la calidad, por combinar la candelería con jarras, candelabros, bandejas y todo tipo de enseres de alta calidad. Los pasos de palio, también de cera alta, de tal forma que sólo las horas de recorrido ahorman la perspectiva de la cara de la Virgen. Las Dolorosas deben ser vestidas en la estricta intimidad. En Semana Santa se puede ir con ciertas compañías, pero ir sólo es la mejor garantía de llegar a tiempo a todos los sitios. Un Viernes Santo se quedó dormido en la calle Castelar al paso de Montserrat, tal era la falta de sueño acumulada desde la cuaresma, en los muchos años que alternó su responsabilidad como gerente con sus compromisos en sus numerosas hermandades.

La Madrugada es un capirote de más de un metro de largo. Es un diputado de Monumento que da los chasquidos precisos para que los nazarenos del Silencio rindan culto al Santísimo. Es un incensario de dalmática oscura y reflejos de oro que perfuma el camino de la Concepción con el incienso fabricado con sus manos.

Quizás lo mejor de este cofrade total sea que atesora algo perdido y denostado en el mundo actual de la Semana Santa: el criterio. Lo verán en pocas fotografías, porque se suele esconder entre las nubes de su propio incienso, con la cara de sueño de quien se pasa la vida despierto en un eterno coqueteo con la inspiración, soñando altares, rescatando gallardetes, pensando dónde estarán aquellas viejas colgaduras, pasando noches en vela para que la plata luzca y alguien pueda hacer la metáfora más perfecta mientras sus ojos buscan un merecido descanso. La Semana Santa es la única que puede darle a él un chasquido fuerte, rotundo y autoritario para mantenerlo en guardia. “Manolo, te recuerdo que el 20 de marzo es Domingo de Ramos. No te pares”. Y las manos de la Semana Santa volteando la hormigonera en la que se mezcla ese incienso cuyo olor queda impregnado el resto del año en las túnicas, en los vestidos de los pajecillos y en la memoria de quienes saben esperar a que el reloj de la cera alta permita intuir el rostro de nácar y los ojos almendrados de la Concepción de Palomino.

El tesorero de Dios

Carlos Navarro Antolín | 21 de septiembre de 2014 a las 5:00

CURA MIGUEL CASTILLEJO
DE tanto decir amén la misa no sale bien. Lo ha tenido muy claro este sacerdote que siempre ha ido más allá del altar y el coro, ajeno al qué dirán por las amistades peligrosas y que ha navegado con soltura por las aguas del poder económico y su pariente más próximo: el poder político. Miguel Castillejo Gorráiz (Fuente Obejuna, 1930) se ha hartado de dar créditos como presidente de Cajasur, se ha hartado de colocar en plantilla a familiares de curas y amigos y se ha hartado de poner dinero para causas sociales, benéficas y de conservación del patrimonio, pero también para la revitalización del sector industrial en Córdoba (la naranja, los cárnicos, el cobre, el mueble). Su problema, quizás, fue verse superado por los tiempos. La sociedad, y con ella la Iglesia, pasaron página en muchos usos y costumbres que dejaron al cura Castillejo convertido en una silueta en blanco y negro. Su estilo como presbítero estaba más ligado a Pío XII que a Juan Pablo II, con formas majestuosas de celebración y con homilías en un tono más propio de tribunal de tesis doctoral que de púlpito para llegar a todas las capas de la grey. Sus obsequios a políticos y grandes clientes de la entidad dibujaban un perfil dadivoso que no encajaba en la condición de clérigo. Hoy ni siquiera encajaría en la de presidente de una entidad financiera en una España en la que toda familia tiene uno o más miembros en el paro. Aplicaba a la perfección el viejo dicho:Al amigo, todo. Al enemigo, nada. Y al indiferente, la legislación vigente. Si el amigo le pedía veinte libros, aparecía un mensajero con dos cajas de veinte cada una.
“Espero no perder aquí la fe”, susurró un alto directivo a los pocos meses de estar en los despachos de Cajasur. Don Miguel cultivaba el buen yantar. En una primera etapa, si el cliente que había sido recibido sobre la hora del Ángelus era un VIP, el mismo don Miguel lo invitaba a almorzar a la recoleta sucursal de El Caballo Rojo. Si no era VIP, lo hacía un directivo. En una etapa posterior, las comidas fueron casi siempre en su despacho, en una mesa noble que sólo era cubierta parcialmente con manteles individuales. El camarero, de batín blanco, servía aperitivos de chacinas y un menú de tres platos: crema de verduras, un pescado y una carne. Todo rematado con postres y café. Y al término de cualquier reunión con don Miguel, se podía salir por donde se había entrado o por una puerta trasera. Ironía del destino, presagio de la arquitectura, la presidencia siempre tenía conexión directa con la calle.
Este tesorero de Dios vio a los indios cercando el fuerte de Cajasur cuando el atentado del 11-M desalojó al PP de la Moncloa. En su despacho le preguntaron: “¿Qué va a ser de Cajasur, don Miguel? Tenemos a Magdalena [Álvarez] cada día más encima y ahora…”Y Castillejo comenzó una larga respuesta que empezaba en 1864 con la narración de la fundación de aquel Monte de Piedad donde Cajasur tenía sus raíces. Y siempre, siempre, hablaba en primera persona del plural, aun refiriéndose a tiempos en los que él ni siquiera había nacido. Lo mejor fue el final, con don Miguel de visionario: “…Yen el año 2235 habrá un canónigo de Córdoba que estudiará nuestros legajos. La Junta de Andalucía no existirá. Pero la Iglesia, sí. Yla Caja será otra vez de la Iglesia”.
En los peores tiempos de confrontación con la Junta de Andalucía, don Miguel siempre encontró consuelo en el hombro del cardenal Amigo. Poca gente sabía que el presidente de Cajasur pasaba temporadas hospedado en el Palacio Arzobispal de Sevilla, en una suerte de retiro lejos de los focos. El cardenal siempre lo tuvo en alta estima. El dadivoso don Miguel pagó la millonaria restauración de una veintena de campanas de la Giralda que hubo que trasladar a un taller especializado en Alemania, como pagaba no pocas obras para la conservación de bienes inmuebles de la diócesis hispalense. Fue distinguido por el Cabildo hispalense, cómo no, con el título de canónigo honorario. Días antes de las grandes celebraciones, alguien se encargaba de telefonear a la Catedral de Sevilla para rogar que don Miguel fuera sentado “junto a los obispos”. Y siempre se le explicaba al intermediario que si don Miguel quería destacar, era mucho mejor que fuera sentado como canónigo honorario, porque entre las decenas de obispos con mitra quedaría eclipsado. Este canónigo penitenciario de la Catedral de Córdoba –un puesto que ganó con todo mérito por oposición– siempre se ha quedado con la pena de no ser obispo, pese a que ha mandado mucho más que la gran mayoría de obispos y hasta envió a paseo a cierto prelado de Córdoba con el aval de Roma. En la Ciudad Eterna se solía hospedar con su estado mayor en la distinguida Hostería del Sol. En octubre de 2003, en la celebración del cardenalato de monseñor Amigo en el Colegio Español de Roma, se pensó dos veces si concelebrar o no la eucaristía dada la gran cantidad de presbíteros. La bulla nunca fue de su agrado. En ellla se destaca menos.
Acostumbrado a mandar, a saltarse las comisiones de evaluación de riesgo para dar créditos a quien consideraba oportuno, a la tapicería de los Audi y a la fría compañía de los escoltas, no faltaba a la cena de inauguración de la caseta de Cajasur en la Feria de Córdoba, una caseta con las dimensiones de un estadio. Un año se produjo una situación esperpéntica. El concesionario de la caseta, al que se le había pedido algún espectáculo especial para esa primera noche, contrató a bailarinas para animar los postres. Un cañón de niebla fría se activó para anunciar la salida de las señoritas, ataviadas como gogós, de las que se adivinaban entre el humo los destellos de las lentejuelas de los bikinis. Don Miguel y los canónigos del consejo de administración pusieron cara de circunstancias, algunos se levantaron, pero todos aguantaron con templanza ante la rápida intervención de algunos directivos con ganas de correr a gorrazos al concesionario en presencia de cientos de trabajadores con sus familias.
–¡Por favor, sáquelas de aquí! ¡Y mientras eche más niebla, más niebla, que se vean lo menos posible! ¡Déle, déle al cañón!
Cómo no recordar las largas colas el día de San Miguel para felicitar al presidente en una ceremonia propia del salón del trono. Ola cena de cada verano en Marbella con decenas de profesionales de la caja. Don Miguel lucía igual el bonete en las celebraciones litúrgicas que el traje y la corbata para entenderse con socialistas y comunistas la mar de bien en ese estilo que alguien bautizó como la “hipocresía institucional”.
Se hizo con el precioso Palacio de Viana para el patrimonio de la caja de ahorros, convertido en un Castelgandolfo particular, donde recibir a las visitas más especiales entre los destellos de suntuosas vajillas envitrinadas. En los reposabrazos de aquellos sillones descansaban unas manos con dedos tan gruesos como morcones. “¡Don Carlos es un cardenal propio del Renacimiento!”, le dijo al periodista sevillano en una entrevista. A su término, llamó a solas al responsable de prensa de Cajasur, al que cuchicheó instrucciones.
–Don Miguel quiere que te dé un paseo en coche por Córdoba y te invite a merendar antes de que cojas el AVE de regreso.
Hoy preside la fundación que lleva su nombre. Se comunica por correo electrónico con viejas amistades y antiguos colaboradores, sobre todo para felicitarles la onomástica con puntualidad y enviar algunos libros de regalo con dedicatoria: “Espero que te guste”.
Don Miguel ha salido limpio de las desagradables cuitas que dejó la muerte de la caja, cuyo cadáver envolvió cual José de Arimatea un cura que hoy es obispo auxiliar de Sevilla: Santiago Gómez Sierra. Don Miguel no ha sufrido ni un roce. Y algunos de sus enemigos entran y salen hoy de los juzgados entre alcachofas de la prensa. Su mayor problema fue que no supo irse a tiempo, que no aceptó la llegada de la jubilación. Pero nadie puede discutirle que recibió una caja de zapatos que convirtió en una de las grandes cajas de ahorro de España. Al final, técnicamente, lo echó la Iglesia al reformar el estatuto del Cabildo. Y no el PSOE. Siempre te echan los tuyos. Los adorables compañeros de canonjía. De altar y coro. Y ahora es el tesorero emérito de Dios, viendo en el telediario cómo se sientan en el banquillo algunos de sus viejos conocidos.