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El poder de las ideas fijas

Carlos Navarro Antolín | 22 de enero de 2017 a las 5:00

MORANTE DE LA PUEBLA
HAY gente que no veranea donde no hayan estado antes los romanos, gente que no se sienta en un restaurante de mesas sin manteles, gente que desconfía de quien no bebe vino, gente que no puede entrar en un aseo de dos orinales si alguien está usando uno, gente que jamás acepta la tónica de sabores innovadores, que rechaza el asiento del tren si no es de ventana, o que prefiere dormir en la moqueta de una suite antes que en una cama ajena. Hay gente de ideas fijas, de pequeñas obsesiones o de criterios tremendamente claros, según se mire. Los psiquiatras les llaman pequeñas neuras, los antropólogos meros usos o costumbres, y los analistas de cuota emplean el término de frikis para los casos más extravagantes.

José Antonio Morante Camacho (La Puebla del Río, Sevilla, 1979), conocido como Morante de la Puebla, es un matador de toros que tiene pasión por las cosas antiguas y aversión por los firmes de los ruedos que no están completamente alisados. Se pirra, por ejemplo, por comprar un mueble a un anticuario si ha formado parte del despacho de Joselito El Gallo, o por recuperar el paseo a pie hasta la plaza de toros de la Real Maestranza los días de festejo porque así lo hacía Pepe Hillo en el siglo XVIII, o incluso se mete a reeditar y prologar un libro donde se defiende con pasión el toreo (El arte de birlibirloque, de Bergamín). Le encantaría recuperar su primer vestido de torear, prestado por Domingo Valderrama para una novillada en Montellano (Sevilla). El pasado trufa el presente de un torero de éxito que sabe lo que es encallar, buscar el refugio de una posada lejos de España, darle a la tecla f5 particular y volver a empezar. Morante hizo en 2003 unas Américas muy personales que jamás olvidará. En las desgracias se conoce a los amigos, decían los sabios clásicos.

Hoy es propietario de fincas arroceras, el sector donde precisamente trabajó su padre. La primera vez que vio un vestido de torear fue en un mercadillo. Nadie le ha encontrado antecedentes familiares relacionados con la tauromaquia. Su afición por el pasado, por los objetos rancios y los ritos atávicos contribuyen a forjar su leyenda de torero de época. Torero antiguo con gusto por las antigüedades, excéntrico, un punto histriónico y otro punto provocador. “Debo estar loco”, dice en ocasiones quien tiene claro que el toreo sin arte pierde toda la pureza. El toreo es arte o no es toreo. El toreo no es una profesión ni una técnica.

Este Morante inquieto, que parece un niño que se pregunta continuamente el por qué de las cosas, sigue al día la información política. Entre sus preferencias están las intervenciones del pensador republicano Antonio García Trevijano en la denominada Radio Libertad Constituyente.

Mucho más de Joselito que de Belmonte. Bético con residencia en la calle Betis de su pueblo. Consumidor de pipas. En Medellín estaba en un mano a mano sin suerte en los dos primeros toros, cuando, antes de que saliera el tercero, el público tuvo una reacción inusual: aplaudirle para animarle. Dicen que se quedó impresionado. Lástima que, ay, todos los días no se pueda pintar un cuadro, ni cuajar una faena de ensueño de las que colocan al toreo en el sector de la creatividad y lo sacan del de la factoría. Capaz de arreglar toda una feria en los últimos diez minutos, como ocurrió con la última de Sevilla. Perfeccionista y puntilloso. Capaz de meter la gubia en el moldeado de su propio monumento, de estar dos horas eligiendo la tela para un vestido de torear, o de echar una tarde para decidir el diseño de sus corbatas. Cuentan que fue interminable la sesión en la que decidió cómo serían las viseras que regaló al público de sol en Jerez, otra costumbre recuperada por esa afición a los hábitos del pasado. Como en España ya no se podían hacer viseras porque ya no se venden cartones de tabaco, las encargó a un amigo. Uso recuperado otra vez. Le interesa toda liturgia antigua, todo uso que haya seguido alguna ilustre figura del toreo por la que sienta admiración. Los ritos están para ser respetados. Aunque le perjudique ser cabeza de cartel por aquello del frío ambiental que sufre el primer actuante, Morante exige que se cumpla la norma. No quiere alteraciones. Ni hablar, por supuesto, de la introducción de extrañas modificaciones en la suerte del descabello. Siente horror por los ruedos con pendientes en el firme, preferidos por las empresas para reducir el riesgo de formación de charcos y, por lo tanto, idóneos para evitar la suspensión del festejo en días de lluvias. Morante quiere bien lisos los pisos de las plazas. Su concepto del toreo así lo exige. Si la Comunidad de Madrid no alisa el ruedo, no se anuncia en Madrid. Y así, además, se ahorra soportar la chacota del tendido 7, los maullidos de saludo, los pañuelos verdes a destiempo, el cabreo capitalino. Escrito está que la auténtica fiera ruge en el tendido.

Este vecino de La Puebla es un gran conservador, escaso amigo de los cambios, lo contrario a un revolucionario. Con su círculo de confort es generoso. Él lo justifica con tono de filósofo: “El toreo es grandeza”. El misterio de este torero radica en parte en no dejarse conocer con facilidad. Ser torero en los años cincuenta era ser un héroe. Serlo hoy es estar obligado a la cansina lucha de defender lo obvio. Y estar obligado también a cuidar y cultivar una imagen pública coherente con su personalidad, de guardián de las esencias del toreo, en una sociedad de medios que no existía en aquella España en sepia.

La vida son recuerdos de haber actuado en la conocida como “parte seria” del espectáculo del Bombero Torero, con aquellos hombrecitos que se consideraban a sí mismos “artistas diminutos”. La vida son los conocimientos adquiridos en las aulas de Formación Profesional en la rama del metal. La vida es ilusión por jugar todos los partidos del equipo de fútbol llamado Los Warriors, obsesión por los colores rojo y azul de la bandera de su pueblo, afición por los puros y hasta por hacer sus pinitos como boxeador. La vida es tomar el camino hacia el juzgado porque le han llamado asesino con la misma determinación que coge con celeridad el estoque de verdad si el toro no sirve para su toreo. La vida es decirle a los banderilleros que, si hay triunfo, corten un trozo mínimo de oreja, cuanto más pequeño mejor. Le horroriza dar la vuelta al ruedo con un orejón despeluchado y sanguinolento. La vida es un contraste donde en la misma semana recibe un premio y asiste al funeral de su tío carnal. Las fincas hablan de la personalidad del torero. En la de Malvaloca, en Las Cabezas de San Juan, hay una colección de fotos de grandes matadores de toros sobre la chimenea. Él no aparece en ninguna. Se ve a Pepe Luis Vázquez, Manuel Vázquez, Rafael de Paula, Curro Romero… En otro lugar de la estancia sí hay una de Morante, concretamente del día de su alternativa en Burgos apadrinado por el colombiano César Rincón con Fernando Cepeda de testigo. Pero nunca enmarca fotos suyas toreando porque, al final, le está sacando defectos al pase cada vez que las contempla. En la finca La Huerta de San Antonio, en La Puebla del Río, se concentran sus aficiones: el despacho de Joselito El Gallo, su perra, un azulejo de San Antonio recién adquirido, un escudo de los tiempos de Franco… Por cierto, en la plaza de tientas de esta finca hay dos árboles plantados en el ruedo. ¿Por qué? Las cosas del genio.

Maniático, metódico, obsesionado por la estética, temperamental que ha pagado el precio de algunos de sus impulsos. Sus ideas fijas le acompañan como su cuadrilla. “El toreo no es una factoría”. Acepta las broncas del público, pero no los ataques de los antitaurinos, con los que se acercó a hablar en Ronda mientras comía pipas. En la Puerta de Sol de Madrid se acercó a una manifestación en defensa de la memoria histórica: “¿Aquí también se recuerda a las víctimas de Paracuellos del Jarama?”. Y en Valladolid cenó con Vargas Llosa e Isabel Preysler tras un día de corrida. El escritor le confesó que nunca tiene tantos problemas como cuando escribe o hace declaraciones sobre los toros, ni siquiera recuerda tantas tensiones de su etapa como candidato a la presidencia de Perú. Morante es de los pocos que hoy llenan las plazas y, además, ha acercado a los toros a personalidades de la cultura como Andrés Calamaro.

Sabe que le comparan, sabe que le sacan las estadísticas de puertas grandes para restarle mérito a su trayectoria, sabe que le cuestionan por las tardes aciagas. Es el precio del éxito, el coste de ser leyenda viva desde hace lustros y tener aún menos de 40 años. Si Morante hubiera existido en los años 40 hubiera sido un héroe. Su mérito quizás es que genera hoy la misma expectación que un torero de éxito de entonces, pero teniendo que sufrir en la muleta las rachas de viento añadido del odio a todo lo que simboliza cierto concepto de España.

La cara amable del ‘aparato’

Carlos Navarro Antolín | 8 de febrero de 2015 a las 5:00

JUAN BUENO
EN política hay estereotipos que funcionan. O que operan, como se dice ahora. Los ministros de Hacienda son los que mandan, como los mayordomos en las cofradías o los tesoreros de las entidades ciudadanas. Quien maneja el taco, maneja el cotarro. El presupuesto es el hilo maestro que sirve para manejar las marionetas del poder. Y los aparatos de los partidos son los que deciden cuánto dura la carrera de un político. Los aparatos son esas estructuras de presidentes y secretarios generales, provinciales o de medio pelo a los que cualquier crío retrataría con cara de malajes, un cuchillo en la boca y siempre dispuestos a coger un teléfono para decirle a un concejal o a un diputado el punto preciso de la diana al que debe lanzar el dardo. Los miembros del aparato son los malos de la película, señores terroríficos y sin escrúpulos. Un tío bien colocado en el aparato vive sus meses de gloria en los procesos de confección de las listas electorales, más feliz que un cardenal en vísperas de cónclave. Extra omnes. Hay tiempos en los que la política es de los buenos oradores, de célebres parlamentarios. Yhay otros tiempos en los que la política es de los aparatos, de quienes están forjados para conseguir el poder y perpetuarse en los cargos, quienes tienen aguante y vocación de permanencia, quienes gozan de la virtud de ser capaces de aguardar en la puerta de su casa, ese lugar donde siempre se espera contemplar el paso del cortejo fúnebre del enemigo.

Juan Bueno (Sevilla, 1963) es el presidente del PP de Sevilla y no sólo no tiene el perfil de Saturno con hambre de Carpanta, sino que goza de grandes protectores. Usted hace cualquier comentario de Juan Bueno o escribe cualquier anécdota sin mayor alcance político y es muy probable que reciba una amonestación de Javier Arenas o Ricardo Tarno, cariñosa y afectuosa, eso sí, “como amigos”. Javié es un padrino que ejerce como tal, le encanta seguir amamantando a sus criaturas. O presumir de que lo hace, que ya se sabe que la política es como el parchís:se avanza una casilla, pero se cuentan veinte. Dicen que la clave es que Arenas lleva mal haber quitado de la secretaría provincial del PP de Sevilla en su día a Juan Bueno para colocar en ese puesto a Lola Rodríguez, componente de la maripandi que entonces frecuentaba el campeón. Juan estaba con la brocha colocando carteles electorales en esos pueblos que nunca serán del PP,cuando Arenas le birló la escalera para ponérsela a su amiga, que ya se sabe que al amigo todo, al enemigo nada y al indiferente, la legislación vigente. Las pandillas son colectivos muy influyentes, sobre todo si en ellas estaban la duquesa de Alba, Curro Romero y otras hierbas en aquellas noches y mediodías que perdimos (a lo Romero Murube) en El Espigón o Portarrosa. Aquella fue una decisión equivocada. Y Arenas, como Julio Iglesias, lo sabe. Por eso no pierde oportunidad de congraciarse con Juan Bueno, Juanito para los selectos arenistas. Dicen que a Arenas le persigue desde entonces una psicofonía mucho peor que las confesiones de Bárcenas: “¡Javieeeeeé!, ¿qué hiciste con Juanitoooo?”. Juan Bueno es un niño de Arenas, pero de la segunda generación. De la primera son José Luis Sanz y Ricardo Tarno.

Tarno es un punto más vehemente en la defensa de Juan Bueno, su gran protegido. Quien ose tocar al presidente provincial recibe un sms como tarjeta amarilla del alcalde de Mairena del Aljarafe. Tarno es la versión gaviotera de Belén Esteban con su hija: “Por Juan Bueno ¡mato!”.

Juan Bueno se ha forjado en las cocinas del partido desde los puestos técnicos, cuando entró en el PP después de que Soledad Becerril encargara a Antonio Fontán que creara un grupo de jóvenes que asumieran funciones de agentes electorales en los pueblos. Destacó mucho en esa faceta. Pepe Torres lo hizo su jefe de gabinete en la sede de la Delegación del Gobierno en Andalucía. Y fue Ricardo Tarno quien lo sacó del ámbito técnico para meterlo en el político.

Cuando Arenas lo quitó de la secretaría provincial del PP sevillano, cualquiera hubiera dado un portazo. Pero aguantó. Y eso en política tiene costes, claro que los tiene, pero también genera beneficios, sobre todo porque en política prima el estar por encima de todo. Tanto aguantó, tanto estuvo, que volvió a ser secretario provincial y hoy es el presidente del PP en la provincia más difícil para este partido en toda España, a excepción de las circunscripciones del País Vasco.

De técnico a presidente, siempre sin generar problemas, sin hacer enemigos. ¿Que había que ir a pegar tiros al territorio hostil de la Diputación Provincial? Allí que se iba Juan Bueno a estudiar expedientes de gasto. Siempre con disciplina, siempre con buena cara. Por eso dicen que es la cara amable del aparato. Juan Bueno escucha, dedica un minuto a casi todo el mundo y sonríe con facilidad. Distinto es si ofrece o no soluciones. Dicen que es el más claro ejemplo del estilo Rajoy en Sevilla, porque si hay algún problema, Juan Bueno mira el reloj, deja pasar el tiempo y, como los antiguos obispos, musita aquello de “Dios proveerá”.

Cuando Zoido arrasó en las elecciones locales, Juan Bueno estuvo a punto de quedarse relegado a edil de distrito, pero alguien advirtió que un secretario provincial debía tener más peso en el gobierno. Y el alcalde le dio la portavocía del grupo. A la mitad del mandato, Zoido le pasó el marrón de la Delegación de Seguridad y Movilidad después de que una sentencia del TC obligara a prescindir del edil Demetrio Cabello. Y esa encomienda de Zoido equivalía a lidiar con el sindicato mayoritario de la Policía Local, el miura tobillero que siempre aguarda en los chiqueros de la gestión municipal.

Cuando el dedo de Rajoy señaló a Juan Manuel Moreno Bonilla para presidir el PP andaluz en lugar de a José Luis Sanz, Bueno se bebió uno de los cálices más amargos en su trayectoria política. En menos de 24 horas pasó de recoger las firmas que avalaban la candidatura de su amigo Sanz, a tener que echar los pliegos por la trituradora y recabar apoyos en favor del político malagueño. El fútbol es así, la política es así.

Su agenda siempre tiene señaladas en rojo las noches de los jueves. Si ustedes quieren fastidiar a Juan Bueno de verdad, no es necesario recordarle el error de Arenas ni preguntarle qué hay de lo mío, sólo tienen que invitarle a un acto o a una cena un jueves por la noche, pero tienen que hacerlo con mucho interés, como si a usted le fuera la vida en contar con su presencia, porque esa noche la tiene reservada desde hace años para sus amigos más íntimos, un sanedrín donde se relaja y no habla de política. La noche de los jueves es tan clave en su vida como Zahara de los Atunes, su particular paraíso donde frecuenta el restaurante Antonio. Allí se le puede ver alternando con el peperío del barrio de Salamanca.

Hay dos secretos poco conocidos de Juan Bueno. Sus hijos le pidieron vestirse de nazarenos. Se decidió por el Carmen Doloroso cuando esta cofradía hacía estación los Viernes de Dolores, lo que le permitía tener libre toda la Semana Santa para sus escapadas a Zahara. Pero su plan se fue al traste, porque el Carmen consiguió entrar en la nómina del Miércoles Santo. Y ahora, fiel a su disciplina y al principio de no generar problemas, se pone el chaqué y recibe a la cofradía carmelita en los palcos de la Plaza de San Francisco. El otro secreto es que también es padre de dos preciosos niños seises que danzan ante el Santísimo Sacramento de azul inmaculada.