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Es de Ronda y se apellida Telmo

Carlos Navarro Antolín | 15 de mayo de 2016 a las 5:00

CARLOS TELMO
CUESTA imaginar que existe gente que se gasta cien mil euros en carpas, cortinajes y decoración variada para revestir el recinto de celebración de una boda. El exceso de dinero suele tener dos consecuencias: Hacienda mete más el cucharón en el perol y la excentricidad se dispara. Se aprecia en muchos eventos. La palabra evento ha tenido dos momentos de claro apogeo en Sevilla. El primero fue la Exposición Universal, el evento por antonomasia de la Sevilla moderna. Todo el mundo se refería al evento de la Cartuja, incluso aderezado con el adjetivo magno por influencia de la magna hispalensis de Francisco Navarro, el canónigo que creó el modelo de visita turística de la Catedral que ha llegado a nuestros días. Hoy se diría de forma machacona que Navarro “puso en valor” el templo metropolitano. El segundo empuje a la palabra evento lo dio un rondeño afincado en Sevilla desde, precisamente, aquel año en que los sevillanos aprendieron a hacer cola y todavía no se les ha olvidado, de tal forma que un sevillano llega a la sucursal del banco, a las cajas de Supersol, a la oficina de renovación de sillas y palcos, y se coloca directamente en la cola más larga. Después del 92 todo fueron eventos. Carlos Telmo es especialista en la organización de todo tipo de actos sociales, desde una boda de tronío hasta la presentación de un libro, pasando por la inauguración de un comercio con alfombras rojas en la puerta o cualquier fiesta privada. Es un relaciones públicas, experto en protocolo de alto nivel y con un máster en la organización de eventos. El evento es el término baúl donde caben todos los saraos de la ciudad que se pirra por figurar en el mailing de este ciudadano hiperactivo para tener ocupación de cierto postín a partir de las ocho de la tarde.

La Exposición Iberoamericana trajo afamadas sagas de taberneros a Sevilla, procedentes de Cantabria o de la provincia de Huelva. El 92 nos dejó al comisario del pabellón de Canadá metido a costalero, Gary Bedell, y a Carlos Telmo, director de relaciones externas y servicios VIP de la Expo 92.

Telmo es la garantía de éxito tanto para el famoseo como para los particulares con aspiraciones (o ínfulas) que quieren controlar todos los detalles de sus celebraciones. ¿Usted quiere camareros con pelo para la inauguración de su negocio en el centro? Telmo tiene la lista de camareros sin alopecia. Conocemos uno que, siendo estudiante universitario, se hartó de servir en las citas más selectas. Siempre era convocado por Telmo en detrimento de los demás compañeros de la bolsa de trabajo, que eran relegados a otro tipo de actos.

–¿Todavía no te has enterado? Te llama siempre porque ese cliente no quieren calvos.

¿Acaso los necesita sin tatuajes? También los tiene. Pida sus deseos que Telmo le hará feliz. Eso sí, este relaciones públicas inquieto, un punto maniático y siempre perfeccionista, accede a las peticiones de los clientes, pero no se deja un gato en la barriga dentro. Si considera un disparate el gasto de cien mil euros en una decoración efímera, lo dice abiertamente con esa exquisitez que es marca de la casa. Telmo es un tipo de educación refinada, cuyo broche es que parla francés con notable fluidez.

Tiene verdadera obsesión por mantenerse en su peso ideal. Usa los colores oscuros para vestir, que alegra con tirantes, bufandas y pañuelos de seda coloridos, según la estación del año, sin olvidar las gafas de sol ovaladas. De vez en cuando se permite alguna extravagancia, como acudir a la plaza de toros con un pantalón de camuflaje en los días que Canal Plus le encomendó las relaciones públicas de su palco.

Siempre se ha cuidado mucho en no aceptar trabajos que no ve nada claros. Por mucho que sean rentables para el bolsillo, si no le gustan los compañeros de viaje, no acepta la empresa. Aprieta los dientes –otro de sus rasgos característicos– y dice mientras emite un sonido de rechazo:“Eso no es para mí, eso no es para mí”. Al fin y al cabo se puede proclamar que es un romántico de las relaciones públicas. Pudo haberse forrado de plató en plató contando sus décadas de convivencia e intimidad con la familia Ordóñez, pero jamás ha aceptado ninguno de esos ofrecimientos. Los Ordóñez lo han tratado siempre como uno más de la familia. Le dicen “cateto” con todo el cariño. Yél también los considera familia. “Belén Ordóñez es la hermana que no tuve”. Organizó las dos bodas de Francisco Rivera Ordóñez:la primera con Eugenia Martínez de Irujo, todo un reto al ser retransmitida por TVE, y la segunda con Lourdes Montes. Cuando coordina un acto social, Telmo es el típico manojo de nervios con pretensión (fijación) por controlar todos los detalles. Hasta tal punto quiso controlar aquella primera boda que expidió acreditaciones en función de los tres lugares claves:la Casa de las Dueñas, de donde salía la novia; el Hotel Colón, de donde salió el novio con su madre vestida con una llamativa mantilla azul en consonancia con el traje, y la Catedral, en cuyo trascoro se ofició la ceremonia.

Como siempre busca la originalidad, siendo relaciones públicas de Isla Mágica en los años noventa, apostó por difundir la nueva atracción del parque, basada en un náufrago abandonado a su suerte en una isla, enviando a las redacciones la nota de prensa dentro de una botella. A más de un redactor jefe se le oyó:

–¿Esto qué es? […] Las cosas de Telmo…

Cuando creía su carrera en un declive natural por razón del paso del tiempo y casi pensaba en crear un cáterin con su firma personal, fue requerido para trabajar en el pabellón de España en la Exposición Internacional de Shangai, donde estuvo más de seis meses y de donde se trajo información, contactos y material como para abrir un bazar pijo en la calle Regina, un comercio al que acudió varias veces la duquesa de Alba.

Hay quien afirma que este rondeño de cuerpo enjuto y piel blanquecina podía haber hecho carrera en Madrid, Nueva York o cualquier ciudad con mucha más proyección que Sevilla. Pero se quedó aquí, donde construyó su círculo de confort y donde sus ambiciones se encuentran satisfechas. En muchas ocasiones prima su bienestar personal antes que la rentabilidad de los negocios. Es tal vez demasiado pasional para los negocios y poco duro a la hora de exigir. No pocas veces hay quienes le previenen de la necesidad de ser más pragmático.

–Carlos, no pierdas tanto tiempo en tomar café con esa marquesa que ahí no hay negocio.
–Pero hay que estar, hay que estar.

Cada vez que llega la goyesca de Ronda, su teléfono echa humo. ¡Qué de amigos tiene Telmo así que llega septiembre! ¡Y cuántos se quieren colar a su vera en casa de los Ordóñez a pegar el mangazo de cena tras la corrida!.

La vida es perderse por San Lorenzo, en las barras de la antigua Casa Ovidio o del Eslava. Es recordar los días de Navidad en Ronda, cita con la memoria más entrañable. La vida es exhibir con orgullo y alegría su condición de usuario de Tussam cuando la vespa descansa. Es enviar ramos de flores a los jugadores de fútbol sevillanos que debutan en la selección española para cuidar la imagen de su agencia. Es mantener su papel de contertulio ameno en los medios de comunicación. La vida es pegarse un “chutazo” en la consulta de Carmen Sarmiento para tener el rostro más hidratado. ¡Cómo le espanta la sola idea de tener el rostro arrugado! Quien conversa habitualmente con Telmo sabe la de veces que cita a Sarmiento en su vida cotidiana. Y perderse en charlas de barrio en el estanco, la panadería o la farmacia de San Lorenzo. La vida es comer caracoles en un bulevar en compañía de un grupo de gente que no viste precisamente al sevillanito modo. La vida es cortarse el pelo en Bruno Pantoja, su peluquero de siempre de la calle Bailén. Telmo, además, forma parte de la gran cofradía de ilustres despistados de la ciudad, a los que hay que darles el adiós en voz alta por la calle para que deje de escrutar escaparates y salude al interlocutor que reclama su atención.

Quizás su mayor mérito no sea guardarle lealtad a la familia Ordóñez desde hace cuarenta años. Ni tener un mailing que valdría aún más fuera de Sevilla que en esta ciudad. Tampoco que tenga un gusto refinado, un sentido de la estética reconocido, y carácter emprendedor para abrir un hostel en la calle Calatrava. Ni siquiera que sea un vanguardista de la metrosexualidad. Su mayor mérito es que triunfó en Sevilla hace años y se ha ganado el perdón de la ciudad. El hacerse perdonar los éxitos en Sevilla es cosa que no se enseña en las universidades privadas ni en ningún instituto de empresa.

La pastoral de la jet

Carlos Navarro Antolín | 15 de noviembre de 2015 a las 5:00

Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp
COMO una relación precisa entre la causa y el efecto, muchos sevillanos tienen dentro no sólo gatos en la barriga como para montar una cofradía, sino un pedazo de perro de Paulov que ante determinados estímulos generan una rápida respuesta. Un poner. Cada vez que en los telediarios de la España de los años ochenta y noventa daban cuenta de un suceso bañado en sangre, de una buena cuchillada rebanando un cuello, de unas jóvenes perdidas en la noche oscura y aparecidas años después entre maleza, o de cualquier reyerta a lo Puerto Urraco, el sevillano generaba ya una inquietud interior, una curiosidad fatal propia de quien no encuentra la última pieza del puzzle. Buscaba, sin darse cuenta, la coletilla de rigor que siempre debía rematar esas informaciones: “El doctor Frontela ha sido requerido de inmediato para examinar los restos hallados”. “Desde Sevilla se desplaza ya el doctor Frontela, cuya aportación será clave para esclarecer el caso y dar las primeras pistas a la Policía”. “La familia de las asesinadas ha pedido un dictamen particular al doctor Frontela”. No había muerto sin esquela, ni crimen sin Frontela.

Otro poner. Ninguna corrida de toros de relumbrón debía carecer del Lele Colunga con los brazos descansados sobre la barrera. ¿Hay mayor símbolo de estatus social que posar los codos en la barrera del Coso del Baratillo, a ser posible con el vaso del café traído del bar Taquilla por el arenero a cambio de una generosa propina? Eso que hoy llaman postureo lo ejerció Colunga hace muchos años con toda naturalidad. Con tanta que alcanzaba pactos con los fotógrafos de la Puerta del Príncipe. Al Lele se le sacaba en los cromos del colorín cuando había escasez de famoseo. Era el comodín local a falta de rostros de la jet madrileña.

–Lele, hoy te hago la foto pero no creo que la saque mañana. Mejor el sábado, cuando ya nada más que haya catetos de los pueblos para ver al Litri y al Cordobés.

Y el Lele, con la almohadilla en una mano y la otra sobre el hombro del fotógrafo, daba todas las facilidades del mundo.

–Como tú quieras, tú sabes que yo no falto. Y cuento contigo para este año en mi casa del Rocío, como siempre, ¿eh?.

La ratio de apariciones del Lele en la galería de la Puerta del Príncipe de aquellos felices años era de una foto por cada 2,7 días, que diría el tonto de la estadística. Y sus apariciones o ausencias, motivo de charla y reprimenda familiar de mediodía.

–Pepe, esta mañana vi el periódico y no salía el Lele en los toros, ¿estará malo? Y en cambio salen otra vez retratados ese tal Luismi, el empresario de los aceites que da un potaje en su caseta al que, por cierto, nunca te invita, y ese señor madrileño tan espléndido, ¿Enrique Fernández se llama?, que aparecía junto a un jefazo de la Guardia Civil.

El perro de Paulov que muchos sevillanos llevan dentro comienza a segregar saliva cuando lee el reportaje de una boda entre famosos en la capilla de la Maestranza, en las Adoratrices, o en esa Caridad donde nadie acierta a leer el in ictu oculi. El sevillano sabe que para ser de verdad una ceremonia de tronío tiene que estar presidida por el sacerdote Ignacio Jiménez-Sánchez Dalp (Sevilla, 1973). Ni antiguas mantillas de madrina, ni trajes de Roberto Diz, ni flores de Búcaro hasta en la puerta del templo, ni haciendas del Aljarafe, ni camareros con guantes, ni sirvientes vestidos a la federica, ni canapés de diseño, ni merceditas para aliviar los pies de ellas en la barra libre con baile, ni puros traídos de Cuba para que ellos hagan la chimenea… La saliva se segrega y se sigue segregando hasta que no aparece citado el cura Ignacio.

Que se casa la hija de un maestrante, la oficia el cura Ignacio. Que se casa el hijo de la duquesa de Alba, lo casa el cura Ignacio. Que se casa la mismísima duquesa de Alba, preside la ceremonia el cura Ignacio. Que se casa el torero famoso con la presentadora de televisión, los casa el cura Ignacio. Que se casa el hijo del alcalde, en el altar está concelebrando el cura Ignacio junto al prelado. Que se casa Rafael Medina en el palacio toledano de Tavera, hasta allí se va el cura Ignacio con sus oropeles.

Se leen los ecos de sociedad de los bodorrios de tronío y no se queda uno espiritualmente en paz hasta que confirma que el cura es el que debe ser. Porque no puede ser otro. ¿No hay pastoral gitana, pastoral obrera, pastoral del turismo, pastoral de la enseñanza, pastoral de la salud, pastoral juvenil y pastorales de no sé cuántas cosas más? ¿No es Sevilla la capital del famoseo con sucursales coyunturales en Jerez y Ronda? Pues si Dios está en todos los lados, sus ministros hacen bien en servir a toda la población. Las ovejas azules tienen su pastor, la gente guapa tiene su capellán, la jet tiene su director espiritual.

El cura Ignacio también se vuelca con la gente sencilla de los pueblos donde ha ejercido su ministerio como párroco. Ay, cuánto hizo en Alcalá del Río y qué poco se lo reconocieron algunos… A cuántas puertas de casas palaciegas ha llamado para sacar perras con las que pagar la restauraciones de cubiertas, torres y campanarios. Gracias a la destreza con el sable, a lo Robin Hood con clériman y sin carcaj, ha sacado euros de los ricos para promover buenas obras en beneficio de los pobres.

Su oratoria es tan fluida y brillante, jugando con la gesticulación, los tonos y la mirada, que hay quien tiene claro que este cura risueño es una suerte de monseñor Camilo Olivares del siglo XXI, quien ejerció de capellán de Doña María de las Mercedes y cena los Sábados Santos en el Eslava con el actual duque de Alba, para irse después a ver la entrada de la Soledad de San Lorenzo.

Al cura Ignacio lo hemos visto toreando en una plaza de tientas, en el palco de convite de la Real Maestranza en tarde de farolillos, con derecho a prismático, almohadilla y horchata o destilado al doblar el tercero;entrando en el Pazo de Meirás, donde los Franco siguen celebrando sus fiestorros, y hasta oficiando el mismo día el funeral de Javier Medina Liniers y la boda de Cayetano Martínez de Irujo.

En Semana Santa es veloz gracias a la moto con la que se desplaza de los barrios al centro, y del centro a los barrios. Es usuario del clériman en los días de pasión e incienso, porque ya se sabe que da derecho a cangrejear con comodidad delante de los pasos de palio. Y en caso de bulla, el policía procedente de Soria no aprieta al cura.

Cuidadoso en el vestir y con la báscula, cuando dio el pregón de la Semana Santa se encargó en Ibáñez un precioso chalequillo eclesiástico, una prenda poco habitual en el clero sevillano. Se para por la calle más que un paso de palio. “Niño, ¿todavía no tienes hijos? Pero si llevas casado ya más de un año… Anda, date prisa”. “¿Que tu niño no da religión en condiciones? Eso te pasa por llevarlo a un colegio tan laico”.

Pocos saben que el cura Ignacio no hizo todos los estudios en el seminario de Sevilla. Los primeros años de su formación eclesiástica los cursó en el de Toledo, mucho más conservador que el hispalense. Toledo tenía estética de sotana y alzacuellos cuando Sevilla se movía en un ambiente más acorde con las enseñanzas del concilio. Dicen que de sus años toledanos queda la estética con la que reviste a los acólitos de la parroquia de las Flores:de sotana y con roquetes.

El cura Ignacio es muy envidiado por algunos de sus compañeros. El don de gentes, la oratoria y la agenda de contactos son innegables. Y eso a veces genera recelos. La notoriedad del pregón de Semana Santa resultó incómoda en algunas instancias. Su carácter desenfadado no es a veces bien digerido por sectores conservadores que tildan de histriónicas algunas muestras de naturalidad y que lo encajarían en el perfil del padre Estudillo, aquel cura currista, muy sevillista y de tapita en Trifón y en La Isla. Tiene hasta imitadores que han querido cogerle la vez, pero sin mucho éxito hasta ahora. Yhasta hay quienes presumen mucho de conocerlo, como Paloma Gómez Borrero, que lo citó malamente para reforzar una información. El día que murió la duquesa de Alba, afirmó la periodista en una televisión: “Conozco al capellán de la familia, el padre Sánchez Cal [sic]”.

La vida es presentarse a comer como uno más de la familia en la casa de los Siguero, en la Avenida de República Argentina. Es una misa del Gallo en el amplio y poblado salón familiar. La infancia es una foto de un niño con casulla jugando con toda inocencia a decir misa. Es recibir con humildad de oveja ciertas indicaciones del pastor. Es pronunciar un muy buen pregón de Semana Santa, porque el éxito de un pregón es hacer vibrar al público. Yel público vibró con el pregón de quien no podía ser otra cosa en la vida que cura.

Cuando hay una boda de famosos o una torre de campanario recién curada de las grietas y a la que por fin ha vuelto la cigüeña, segreguen saliva: ha sido el cura Ignacio, el de la moto.

La cara amable del ‘aparato’

Carlos Navarro Antolín | 8 de febrero de 2015 a las 5:00

JUAN BUENO
EN política hay estereotipos que funcionan. O que operan, como se dice ahora. Los ministros de Hacienda son los que mandan, como los mayordomos en las cofradías o los tesoreros de las entidades ciudadanas. Quien maneja el taco, maneja el cotarro. El presupuesto es el hilo maestro que sirve para manejar las marionetas del poder. Y los aparatos de los partidos son los que deciden cuánto dura la carrera de un político. Los aparatos son esas estructuras de presidentes y secretarios generales, provinciales o de medio pelo a los que cualquier crío retrataría con cara de malajes, un cuchillo en la boca y siempre dispuestos a coger un teléfono para decirle a un concejal o a un diputado el punto preciso de la diana al que debe lanzar el dardo. Los miembros del aparato son los malos de la película, señores terroríficos y sin escrúpulos. Un tío bien colocado en el aparato vive sus meses de gloria en los procesos de confección de las listas electorales, más feliz que un cardenal en vísperas de cónclave. Extra omnes. Hay tiempos en los que la política es de los buenos oradores, de célebres parlamentarios. Yhay otros tiempos en los que la política es de los aparatos, de quienes están forjados para conseguir el poder y perpetuarse en los cargos, quienes tienen aguante y vocación de permanencia, quienes gozan de la virtud de ser capaces de aguardar en la puerta de su casa, ese lugar donde siempre se espera contemplar el paso del cortejo fúnebre del enemigo.

Juan Bueno (Sevilla, 1963) es el presidente del PP de Sevilla y no sólo no tiene el perfil de Saturno con hambre de Carpanta, sino que goza de grandes protectores. Usted hace cualquier comentario de Juan Bueno o escribe cualquier anécdota sin mayor alcance político y es muy probable que reciba una amonestación de Javier Arenas o Ricardo Tarno, cariñosa y afectuosa, eso sí, “como amigos”. Javié es un padrino que ejerce como tal, le encanta seguir amamantando a sus criaturas. O presumir de que lo hace, que ya se sabe que la política es como el parchís:se avanza una casilla, pero se cuentan veinte. Dicen que la clave es que Arenas lleva mal haber quitado de la secretaría provincial del PP de Sevilla en su día a Juan Bueno para colocar en ese puesto a Lola Rodríguez, componente de la maripandi que entonces frecuentaba el campeón. Juan estaba con la brocha colocando carteles electorales en esos pueblos que nunca serán del PP,cuando Arenas le birló la escalera para ponérsela a su amiga, que ya se sabe que al amigo todo, al enemigo nada y al indiferente, la legislación vigente. Las pandillas son colectivos muy influyentes, sobre todo si en ellas estaban la duquesa de Alba, Curro Romero y otras hierbas en aquellas noches y mediodías que perdimos (a lo Romero Murube) en El Espigón o Portarrosa. Aquella fue una decisión equivocada. Y Arenas, como Julio Iglesias, lo sabe. Por eso no pierde oportunidad de congraciarse con Juan Bueno, Juanito para los selectos arenistas. Dicen que a Arenas le persigue desde entonces una psicofonía mucho peor que las confesiones de Bárcenas: “¡Javieeeeeé!, ¿qué hiciste con Juanitoooo?”. Juan Bueno es un niño de Arenas, pero de la segunda generación. De la primera son José Luis Sanz y Ricardo Tarno.

Tarno es un punto más vehemente en la defensa de Juan Bueno, su gran protegido. Quien ose tocar al presidente provincial recibe un sms como tarjeta amarilla del alcalde de Mairena del Aljarafe. Tarno es la versión gaviotera de Belén Esteban con su hija: “Por Juan Bueno ¡mato!”.

Juan Bueno se ha forjado en las cocinas del partido desde los puestos técnicos, cuando entró en el PP después de que Soledad Becerril encargara a Antonio Fontán que creara un grupo de jóvenes que asumieran funciones de agentes electorales en los pueblos. Destacó mucho en esa faceta. Pepe Torres lo hizo su jefe de gabinete en la sede de la Delegación del Gobierno en Andalucía. Y fue Ricardo Tarno quien lo sacó del ámbito técnico para meterlo en el político.

Cuando Arenas lo quitó de la secretaría provincial del PP sevillano, cualquiera hubiera dado un portazo. Pero aguantó. Y eso en política tiene costes, claro que los tiene, pero también genera beneficios, sobre todo porque en política prima el estar por encima de todo. Tanto aguantó, tanto estuvo, que volvió a ser secretario provincial y hoy es el presidente del PP en la provincia más difícil para este partido en toda España, a excepción de las circunscripciones del País Vasco.

De técnico a presidente, siempre sin generar problemas, sin hacer enemigos. ¿Que había que ir a pegar tiros al territorio hostil de la Diputación Provincial? Allí que se iba Juan Bueno a estudiar expedientes de gasto. Siempre con disciplina, siempre con buena cara. Por eso dicen que es la cara amable del aparato. Juan Bueno escucha, dedica un minuto a casi todo el mundo y sonríe con facilidad. Distinto es si ofrece o no soluciones. Dicen que es el más claro ejemplo del estilo Rajoy en Sevilla, porque si hay algún problema, Juan Bueno mira el reloj, deja pasar el tiempo y, como los antiguos obispos, musita aquello de “Dios proveerá”.

Cuando Zoido arrasó en las elecciones locales, Juan Bueno estuvo a punto de quedarse relegado a edil de distrito, pero alguien advirtió que un secretario provincial debía tener más peso en el gobierno. Y el alcalde le dio la portavocía del grupo. A la mitad del mandato, Zoido le pasó el marrón de la Delegación de Seguridad y Movilidad después de que una sentencia del TC obligara a prescindir del edil Demetrio Cabello. Y esa encomienda de Zoido equivalía a lidiar con el sindicato mayoritario de la Policía Local, el miura tobillero que siempre aguarda en los chiqueros de la gestión municipal.

Cuando el dedo de Rajoy señaló a Juan Manuel Moreno Bonilla para presidir el PP andaluz en lugar de a José Luis Sanz, Bueno se bebió uno de los cálices más amargos en su trayectoria política. En menos de 24 horas pasó de recoger las firmas que avalaban la candidatura de su amigo Sanz, a tener que echar los pliegos por la trituradora y recabar apoyos en favor del político malagueño. El fútbol es así, la política es así.

Su agenda siempre tiene señaladas en rojo las noches de los jueves. Si ustedes quieren fastidiar a Juan Bueno de verdad, no es necesario recordarle el error de Arenas ni preguntarle qué hay de lo mío, sólo tienen que invitarle a un acto o a una cena un jueves por la noche, pero tienen que hacerlo con mucho interés, como si a usted le fuera la vida en contar con su presencia, porque esa noche la tiene reservada desde hace años para sus amigos más íntimos, un sanedrín donde se relaja y no habla de política. La noche de los jueves es tan clave en su vida como Zahara de los Atunes, su particular paraíso donde frecuenta el restaurante Antonio. Allí se le puede ver alternando con el peperío del barrio de Salamanca.

Hay dos secretos poco conocidos de Juan Bueno. Sus hijos le pidieron vestirse de nazarenos. Se decidió por el Carmen Doloroso cuando esta cofradía hacía estación los Viernes de Dolores, lo que le permitía tener libre toda la Semana Santa para sus escapadas a Zahara. Pero su plan se fue al traste, porque el Carmen consiguió entrar en la nómina del Miércoles Santo. Y ahora, fiel a su disciplina y al principio de no generar problemas, se pone el chaqué y recibe a la cofradía carmelita en los palcos de la Plaza de San Francisco. El otro secreto es que también es padre de dos preciosos niños seises que danzan ante el Santísimo Sacramento de azul inmaculada.