Archivos para el tag ‘Emasesa’

Lady Diz en la Plaza Nueva

Carlos Navarro Antolín | 11 de diciembre de 2016 a las 5:00

CARMEN DIZ
CUANDO el grupo de cofrades eufóricos por la victoria electoral terminó con las existencias de pescadas y pedacitos fritos, bien regados por la pilsen de turno y el tinto cosechero, el primero de ellos en marcharse preguntó si se debía algo, dando por hecho que la nueva mayordomía se haría cargo de los gastos. ¡La ocasión era especial!, pensó alguno. “Claro que se debe, divide y se paga como en Bollullos, cada uno lo suyo”, respondió el hermano mayor. Nadie cuestionó si se refería al termino municipal del sevillano Bollullos de la Mitación o si se trataba de Bollullos Par del Condado. Eso era lo de menos, sobre todo porque lo mejor estaba por llegar. El candidato victorioso dio una buena nueva que a alguno le sentó como un jarro de agua fría en enero: “Aquí se ha acabado eso de dejarle las ronchas a la hermandad, entramos en un nuevo tiempo. Los mil cuatrocientos hermanos no tienen que pagar las cuchipandas de diez o doce”.

Carmen Diz García (Trujillo, Cáceres, 1954), funcionaria, fue una brillante concejal del PP, lo cual se puede decir de muy poquitos de los ediles que han pasado por la Plaza Nueva desde las primeras elecciones locales. Estuvo al frente de Medio Ambiente y de Parques y Jardines. Y ejerció también de vicepresidenta de Emasesa, lo que, en la práctica, suponía estar en la máquina de mandos de la joya de la corona de las empresas municipales.

Una vez que se escapó a Munich con su marido, Sebastián Herrero, la alcaldesa Soledad Becerril le puso deberes: “¡Qué bien, qué bien, Carmen…! Aprovecha el viaje para conocer las nuevas técnicas de limpieza del viario público, que me han dicho que hay unas máquinas que las pasan por la calle, hacen muy poco ruido [Soledad se esfuerza en una onomatopeya] y dejan todo estupendo. Me encargaré de que te reciban. Verás cómo a Sebastián le encantan las máquinas”. Y cuando en otra ocasión fue a París, la alcaldesa también le hizo encomiendas. Lo mejor de todo es que los viajes estaban pagados con la técnica de Bollullos, que no se sabe como la denominarán los sabuesos interventores municipales, ni los sesudos preceptos de la Ley de Haciendas Locales o de la Ley de Bases de Régimen Local. Pero la Diz se pagó de su bolsillo varios de aquellos viajes, ¿verdad Carmen?, y los aprovechaba para traerse la información de las barredoras de última generación. Y si el viaje era oficial, su marido se pagaba su plaza. Que le cuenten a cierto recepcionista de París, no muy diestro, por qué tenía que hacer dos facturas para que cada miembro del matrimonio pagara su mitad: una a nombre del Excelentísimo Ayuntamiento de Sevilla y otra al de don Sebastián Herrero. Enseguía ocurrió eso en los tiempos que vinieron después, cuando algunos concejales y sus asesores comían con la ansiedad de cierto notario ya desaparecido, el mismo que estaba un día poniéndose púo en un velador del centro y al que interpelaron:

–¡Vaya usted despacio, don […], que la comida no es robada!

Algunos comieron en las corporaciones posteriores a Soledad como si las viandas fueran eso: robadas. Criaturas. Y cómo viajaron, cuantísimo aspirante a Willy Fog en versión gañote. En el Ayuntamiento se pasó de Soledad y Carmen apagando las luces de la Casa Consistorial, a enviar escoltas al restaurante Casa Yebra para coger mesa con tiempo porque no se hacían reservas. Cierto escolta aún recuerda la de fantas que se bebió durante la espera.

A Diz le tocó literalmente cerrar el grifo de la ciudad antes de que otros lo abrieran en sentido figurado. Esta edil cortó el suministro de agua a los sevillanos en aquella sequía larga (1991-1994) regulada por bandos del alcalde Rojas-Marcos, aquellos años de carencia en los que los presidentes de las comunidades de vecinos eran responsables incluso si se usaba el agua de los aljibes privados en horario prohibido. Diz cerró bares de la movida y negocios ilegales. Puso a Sevilla tan limpia que nos dieron la escoba de oro y nunca se vieron tantas plantas bonitas en los lugares monumentales de la ciudad. Cuando el pasado julio adornaron la Plaza del Triunfo con motivo de la visita frustrada de Obama, muchos ya sabíamos hacía años por Carmen Diz cómo quedan de lustrosos los parterres de la Plaza del Triunfo sin necesidad de recibir a grandes personalidades que, encima, nos dejan con las croquetas servidas y el vino descorchado. Pregúntenle a Carmen por algún tipo de planta. Se las sabe todas, a lo padre Mundina pero con glamour.

Hija de extremeños. Su padre fue un ingeniero militar que acabó de director de la Fábrica de Artillería de Sevilla después de una etapa en Asturias. De hecho, cuando Carmen llega a la Facultad de Derecho de Sevilla es conocida como “la asturiana”, pese a que sus orígenes están en Trujillo. Es la mayor de seis hermanos, acostumbrada a mandar, a supervisarlo todo, tanto como a administrar. Dejó la política el 12 de diciembre de 2000. Soledad había renunciado a seguir de alcaldesa en 1999 al no ceder a las pretensiones abusivas de Rojas-Marcos. “Alejandro, ¿vas a pactar con ese que suda tanto?”, le dijo en alusión a Monteseirín.

Cuando Soledad dimitió, el tiempo en política de Carmen estaba finito. Ella lo sabía, pero siguió unos meses de líder de la oposición porque Soledad así se lo pidió antes de marcharse como vicepresidenta del Congreso de los Diputados. Los niños de Arenas empezaron a meter palos en la rueda de su portavocía. Y la Diz dijo eso tan de sevillano serio cuando en un banquete de boda comienza a sonar Paquito, el chocolatero: “Ya estoy yo en mi casa”. A los niños de Arenas que los aguante Javié, a muchos de los cuales, precisamente ahora, el de Olvera los está sufriendo en sus propias carnes.

–¡Críe cuervos, don Javié! Ahora lo quieren dejar a usted de florero en el PP sevillano los mismos a los que usted enseñó el arte de la guerra. Perdón, de la política.

Como esta Diz tenía una plaza ganada por oposición hacía muchos años sin necesidad de pegar codazos, se volvió a su puesto en el Ayuntamiento. El gobierno socialista, se dice pronto, le confió la jefatura de servicio de Gobierno Interior, donde muchos años más tarde, el gobierno del PP de Zoido –¡Al suelo que vienen los nuestros!– colocó a un anarquista de director general. Atrás quedaron unos años de camaradería con socialistas y comunistas. Adolfo Cuéllar, aquel portavoz de Izquierda Unida, aquel señor en toda regla, siempre le decía a Sebastián Herrero: “Tienes una mujer excepcional, cuídala”. La Diz era Lady Diz para los grupos políticos de la izquierda de aquellas corporaciones en las que las diferencias políticas se quedaban en los plenos.

La vida es obsesión por el rigor, la búsqueda de lo perfecto, el gusto por las cosas bien hechas. Son recuerdos de Antonio Fontán animándola a entrar en el Grupo Popular como asesora cualificada, y de Soledad convenciéndola años después para que aceptara ir con ella de concejal. La vida es pedir varios presupuestos para atender un almuerzo institucional del Ayuntamiento y no disparar a lo loco con la pólvora de los ciudadanos. Con muchos políticos en España con estos criterios, la crisis económica hubiera sido más llevadera. La vida es una noche de enero de 1998 cuando, ay, sonó el teléfono pasadas las tres de la madrugada: “Han matado a Alberto y Ascen”. Y Carmen y Sebastián se fueron para la Plaza Nueva siguiendo las instrucciones de seguridad: en un taxi, nada de vehículo particular. Días después, la alcaldesa le encomendó la parcela de gobierno de Alberto: la Hacienda local. “No puedes decirme que no”, le dijo Soledad. Se hizo el silencio. Carmen dijo que sí, llegó al despacho de Alberto y se encontró con que todo estaba en orden y al día. La vida son recuerdos de la finca de Gabriel Rojas donde pasar los días azules con Alberto y Ascensión y otros compañeros del gobierno. Apostó por la limpieza sin olvidar detalles como la recuperación de los nidos de cigüeñas en los campanarios del centro.

Esta funcionaria es una persona seria en el mejor sentido. A nadie extrañó que acabara siendo el brazo derecho de Soledad. Seria, pero nada de aburrida. Hacendosa y puro nervio. Sólo teme a los perros. Guau. Juvenil en el estilo. Cose, cocina, canta, baila, toca la guitarra y, sobre todo y por encima de todo, camina siempre a gran velocidad. Ver a Carmen Diz por la calle es el mejor anuncio sobre hábitos saludables. Siempre a paso de mudá, siempre a la dizvelocidad. Carmen hace camino al andar. Su vida es siempre volver del Ayuntamiento a casa. Por eso no le costó trabajo dejar el palomar en 2000. Dieciséis años después sigue haciendo lo mismo: trabajar en el Ayuntamiento. Otros, dieciséis años después, también siguen haciendo lo mismo: culebrear. Y nunca pasan por Bollullos, aunque al final, acaban pagando lo suyo.

El último virrey

Carlos Navarro Antolín | 11 de enero de 2015 a las 5:00

MANUEL MARCHENA
Hubo un tiempo nada corto en Sevilla en que funcionó con plena agilidad la ventanilla única, esa vía de gestión que siempre reclaman las patronales, las cámaras de comercio, las asociaciones de autónomos y todo aquel que se gana la vida con la agenda bajo el brazo pegando barzones de la Campana hasta la Puerta Jerez. La ventanilla única funcionó en los años de Monteseirín como alcalde. Llegaba un empresario quejándose a Alfredo de la lentitud de la licencia de primera ocupación en un negocio y su inquietud era rápidamente reconducida desde la Alcaldía hasta cierto despacho.

–Habladlo con Marchena.

Otro día eran unos extranjeros pidiendo facilidades administrativas para un centro comercial en un páramo que pretendían convertir en una nueva milla de oro.

–Estupendo, estupendo. Habladlo con Marchena.

Incluso algunos concejales de gobierno se quedaban tiesos para sus proyectos de obra, se presentaban en la Plaza Nueva con el director de área y el adjudicatario pegados a los talones, y el propio alcalde aplicaba la letanía.

–Habladlo con Marchena. Y que suban el aire acondicionado que no hago más que sudar.

Y toda Sevilla hablaba con Manuel Marchena Gómez (Brenes, 1959), que fue director de la Oficina del Plan Estratégico, gerente de Urbanismo y consejero delegado de Emasesa. Nadie ha acumulado tanto poder en el organigrama del Ayuntamiento de Sevilla desde la reinstauración de la democracia, creando una leyenda hasta el punto de que algún alto responsable del actual equipo del PP se mira al espejo cada mañana obsesionado aún por la figura de este último virrey hispalense.

–Espejito, espejito… Dime que sí, dímelo. ¿Mando yo tanto como Marchena?

Y se oye una voz profunda, rotunda, como salida de las entrañas de un paso subterráneo con desfase presupuestario y que hiere despiadadamente el agujero de las vanidades.

–¡Noooooooo! ¡Tú, noooo!

A la hora de hablar con Marchena había grados. Unos usaban su teléfono directo. Otros se tenían que conformar con los números fijos de las secretarias. Unos eran recibidos en el despacho, otros en el Rinconcillo. Y muchos otros debían esperar más que para hacerse una radiografía de boca en la Seguridad Social.

Marchena son unas gafas a lo Jonh Lennon de Brenes, un calzado de tonalidad pistacho que se cuela hasta en el suntuoso Salón del Trono del Palacio Arzobispal y una indumentaria que es un mapa mundi itinerante: pantalones comprados en Melilla, traje de alpaca de Perú, camisa de lino de la India y una chaqueta de tweed de Londres. Marchena, como los antiguos fenicios, compra telas a bajo precio en sus viajes por el mundo. Y luego se hace la ropa en Sevilla.

La acumulación de tanto poder durante tantos años genera dos cofradías: la de los agradaores y la de los censores. Monteseirín le ha hecho jugar en el área pequeña en no pocas ocasiones. Y meter el pie en esos terrenos dispara el riesgo de penalti. Hay quien dice que el león no tiene tanta zarpa y quien defiende que ha sido implacable al investigar filtraciones periodísticas o meter en cintura a subordinados reacios a seguir las indicaciones. En la Gerencia de Urbanismo tomaba café elaborado por la secretaria en una máquina de melitta. En Emasesa tenía cuatro secretarias controlando una agenda que en ocasiones tenía dos citas de mediodía en el mismo restaurante: una a las 14 horas en la barra y otra a las 15 horas sentado a la mesa.

Monteseirín le encargaba objetivos a las seis y media de la mañana o a la una de la madrugada. Si lo saludaba como “profesor”, buena noticia. Si en cambio le decía “Manolo”, mal augurio. Monteseirín era aficionado a “hacer cosas”, a tratar de cambiar la ciudad y a enfrascarse en proyectos sin hoja de ruta clara. Como los viejos canónigos, hacía lo que debía y dejaba a deber lo hecho. El brazo ejecutor era casi siempre Marchena, el cirineo perfecto, el Richelieu de la corte municipal, el ministro sin cartera y con todas las carteras a la vez, el concejal sin acta pero transversal, porque Marchena telefoneaba a cualquier delegación, a cualquier despacho y a cualquier hora.

Sufrió cuando en el verano de 1999 se publicaron las deudas de Monteseirín con la Hacienda local por los sellitos de coche y los recibos de IBI impagados. Era el inicio del primer mandato y el alcalde se revelaba ya como una figura aparentemente vulnerable. El escándalo le pilló en Pamplona, en los Sanfermines, y desde allí maldijo al periodista que firmaba la información, que hoy sigue por los lares del oficio cortando trajes aun sin tener ni pajolera idea de usar un dedal.

No es de derechas, aunque hay quien lo incluye en la derecha sociológica, ni militante del PSOE. Intentó la inscripción en la agrupación de Triana, pero hace años que una chica llamada Susana Díaz dejó congelada su solicitud, firmada por Alfredo Sánchez Monteseirín y Curro Rodríguez. La hoy presidenta andaluza y el hoy catedrático de Geografía compran las pizzas en el mismo establecimiento de la calle San Jacinto: Pane e vino.

Nunca oculta su gusto por el marisco, que el PP siempre le ha echado en cara. No hace mucho que sorprendió a varios dirigentes peperos recreándose ante un plato de percebes en un conocido bar muy próximo al Parlamento. Se acercó a saludar al grupo: “¿Cómo está esa ración de percebes? ¿Han salido buenos?”

Todavía no ha digerido que no se levantara la Biblioteca del Prado, tumbada por la Justicia cuando ya estaban edificados el párking subterráneo y los cimientos. Si para sacar adelante un proyecto urbanístico había que desviar el dinero de una empresa municipal, se hacía. Monteseirín siempre le reservaba la gestión de marrones. Cuentan que ha almorzado hasta con el diablo y hasta dicen que el diablo dejó el tridente en el guardarropa y se relajó tanto que acabó fumando un puro de los que un par de empresarios le siguen trayendo de La Habana. Tiene muchas chaquetas desgastadas por la espalda de la de abrazos que le han dado durante tantos años de millonarios convenios urbanísticos y de orondos presupuestos en Emasesa. Se lo avisaba Monteseirín: “Estás en el centro del ruedo de la ciudad más importante del mundo”. Y cuando arreciaban las polémicas: “Manolo, tápate”.

De alguien que no le gusta dice que es “más facha que el Tercio”. Si está en una charla de barra e irrumpe un tercero durante más minutos de la cuenta, le saca el pañuelo verde: “Perdona, estamos trabajando”. Y le indica la salida como el Pilatos de la Calzada.

En 1988 cambió el balonmano por la maratón. Las ha corrido en Roma, Madrid, Oporto, Amsterdam, Berlín, Nueva York, Montevideo, Marraquech, Florencia y Auckland. Inventó el urbanismo morado, por el que la Gerencia se hartó de repartir subvenciones en las cofradías. Ha salido en las presidencias del Museo y del Buen Fin. Y es nazareno guardamanto de la Virgen de la Angustia, de Los Estudiantes. Cuanto más restringida es una cita, más se pirra por estar presente. Por eso se ha sentado en el patio de butacas en el concierto de Año Nuevo de Viena y ha asistido a las carreras de caballos del Palio de Siena.

Como el Cid de las caracolas, aseguran que hace unos meses telefoneó al servicio de licencias para acelerar un permiso de obra en una casa catalogada del Porvenir. El afectado por el retraso la obtuvo en las 24 horas siguientes. Quizás por eso gente muy de derechas y de apellido rimbombante le exigía a Zoido antes de las elecciones de 2011 que cuando fuera alcalde “limpiara” el Ayuntamiento: “Pero a Manolito Marchena no me lo toques, que me lo resuelve todo”.

Hoy sigue muy presente en la vida social sevillana, todo lo contrario que Monteseirín. Ya no suena la letanía (“Habladlo con Marchena”) ni recibe tanto abrazo, pero algún jamón sigue llegando a su casa por Navidad.