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El Rey y los guisos

Carlos Navarro Antolín | 19 de diciembre de 2016 a las 13:27

CONCHA YOLDI
LA sencillez es un lujo al alcance de pocos. Ser accesible es propio de la gente de verdad importante. Los despachos del poder están en las últimas plantas, hay que seguir recovecos para llegar a ellos, están defendidos por secretarias de tono monocorde, protocolo frío y miradas vigilantes; el firme es de moqueta para que se hunda el mocasín y el sujeto tenga clara esa sensación mullida de pisar un espacio de influencia, o de sentir el frío vacío de las estancias de mármol, que es el otro material preferido para representar el estatus. Cuantas más puertas haya que cruzar para llegar al despacho principal, mucho mejor. Lo inaccesible genera morbo. Sin embargo, ocurre muchas veces que cuanto mayor es el triunfo, menos importancia se da el protagonista. Es la diferencia entre el que está seguro de lo que es y el del inseguro, que necesita la cohorte de libreas, secretarias y abanicadores de plantilla.
Concepción Yoldi García (Sevilla, 1954) es un señora importante que vive en Sevilla cuando podía estar yendo y viniendo de las principales capitales europeas. El miércoles estuvo con Felipe VI en el Palacio Real y ayer cocinando patatas con tomate para una celebración familiar. En el fondo disfruta con esos contrastes. No deja de ser la hija de Conchita, que así es conocida su madre, y de don Francisco Yoldi Delgado, un químico que se forjó en la empresa familiar de Persán, fundada por el abuelo materno de Concha y la familia Santos.

Concha Yoldi es una VIP de la sociedad sevillana que jamás pone esa cara de siesa habitual en las señoras que pretenden poner cara de importantes. Cuando en un canapé esas señoras de catálogo aletean las fosas nasales y estriñen el rostro hablando del monotema del servicio doméstico, esta Yoldi sale en defensa de las limpiadoras y recuerda que la ley sólo ofrece contratos marcados por la falta de garantías y unas indemnizaciones muy pobres. Sabe de lo que habla. Entonces todos los loros emperifollados se quedan callados. Todas las cotorras enmudecen. Su fundación mueve un millón de euros para fines estrictamente sociales. La Yoldi no restaura cuadros ni campanarios, sino personas descarriadas. No regala pescados al parado, enseña a coger la caña y lanzarla en el caladero del empleo. El dinero se gana con la cabeza y se gasta con el corazón. ¿Para qué sirve el dinero? Para ser libre siempre que previamente se tenga una forma de ser libre, porque hay mucha gente con dinero que rema a diario en las galeras de sus debilidades. Esta Yoldi es libre porque necesita poco y porque ha vivido con intensidad desde que nació en la misma fábrica de Persán, donde sus padres tenían un chalé que hace pocos días, por cierto, se ha terminado de demoler. Sus aficiones son de bajo coste. Entre ellas, hacer punto por las noches mientras la televisión emite una serie, a veces de tiros, y en un vasito hay un dedito de destilado escocés, sin agua ni hielo, que mete el cuerpo en calor las noches en que el grajo no quiere saber de los azules altos de la Contratación. Hay quienes recuerdan la cantidad de ropita de punto que la Yoldi ha regalado a los hijos recién nacidos de los trabajadores de Persán. El chalequito de punto es la máxima condecoración que ella puede regalar, porque en ese obsequio se conjugan el tiempo personal dedicado y su creatividad, valores que no tienen precio y que son los que, precisamente, la gente se quiere ahorrar cuando tira de una lista de regalos predeterminada.

Fue testigo directo de uno de los acontecimientos más relevantes de la Semana Santa contemporánea, que figura en todos los libros y hasta en un cómic. Ocurrió el Viernes Santo de 1972, cuando su padre, criado en la calle Mateo Alemán, era hermano mayor de la Soledad de San Buenaventura. La cofradía comenzó a salir a la hora prevista, pero los costaleros no se presentaron. ¡Una huelga en toda regla! La Hermandad de Montserrat cedió los de su paso de misterio para que la Soledad pudiera salir. Desde entonces los Yoldi se hicieron de la cofradía de la Magdalena en testimonio de agradecimiento. Muchos fijan en esa huelga los orígenes de las cuadrillas de hermanos costaleros. Esta Yoldi, alta, de complexión fuerte y mirada escrutadora, era una niña cuando sus generosas trenzas sirvieron para colocarle pelo natural a la Dolorosa de la calle Carlos Cañal, una hermosa donación. La Virgen de la Soledad es la de los franciscanos, la del padre Patero, la del Horno de San Buenaventura y, sí, la del pelo de Concha Yoldi.

Cuando era la jefa de compras de Persán y tocaba recibir a un vendedor, Concha se maquillaba especialmente. Hay quien dice que, en realidad, se aplicaba “pinturas de guerra”. Aún se recuerdan sus dimes y diretes con Ramón Ybarra Llosent, que abastecía de botellas de plástico a la compañía por medio de la sociedad Cydeplas. A Concha no le convencían los envases. Aquella empresa fue comprada por catalanes y las funciones comerciales fueron asumidas por un directivo exento de seny que sacaba de quicio a esta sevillana. Hasta que un día fue el último: “Mire, ni Ramón Ybarra antes ni usted ahora me solucionan los problemas con las botellas. No nos entrevistaremos más. Pero al menos con Ramón, que es mucho más agradable que usted, me reía y me ponía al día de las cofradías, sobre todo, de la Candelaria”.

La única afición cara de esta empresaria hoy consagrada a las obras sociales son los corales que le regala su marido, José Moya, más conocido como Pepemoya el de Persán.

Hace los viajes en AVE como cargo de la Hispalense en clase turista, las comidas familiares se organizan en casa y las viandas de un tentadero de fin de semana de El Parralejo se preparan a mano. Nada de contratar un cáterin ni a camareros profesionales, sino patatas con chocos elaboradas por ella misma. Desde los toros a las vituallas son de casa, no se externaliza nada.

La vida son recuerdos de una joven ya casada cuando aún le quedaban seis asignaturas de Económicas por cursar. Es saber dirigir a trabajadores y también rendir cuentas a un ejecutivo de la compañía. Es tener claras las necesidades primarias que se han disparado por la crisis económica y que son las que debe abordar la Fundación Persán. Es delegar la gestión de las peticiones de ayuda de los curas en su marido, Pepe, que podría ser considerado como el patrono de las sotanas de la Fundación Persán. Cuántas veces sale Pepe de misa y el oficiante, que se ha percatado de su presencia, manda al capiller para que vaya a buscarlo rápido al término de la ceremonia: “¡Don José, don José! El párroco dice que si se puede acercar usted a la sacristía un momentito”. La vida es paladear una copa de tinto de Rioja: “El Ribera es peor y encima más caro”. Y aconsejar a su marido que no asuma la presidencia del Betis, un quite que muchos consideran providencial.

Esta Yoldi, fuerte y de carácter duro, conoce con rapidez al que tiene delante. Es lo que tiene estar curtida en la montaña rusa de un negocio, en las tribulaciones de la gestión del día a día. Tiene una relación fluida con el clero. Ella es muy del cardenal Amigo, con el que ha estado en Tierra Santa; como lo era de Manuel del Trigo, aquel inolvidable párroco del Salvador, y de Manuel Benigno García Vázquez, el cura que negoció la venta de San Telmo y que entraba y salía de la Moncloa con frecuencia en tiempos de Felipe. También conecta con los nuevos valores del sacerdocio local, como con José Miguel Verdugo, el Bergoglio del Plantinar.

Como presidenta del Consejo Social de la Universidad de Sevilla le asignaron un despacho. “¡Pero esto es enorme!”, dijo muy sorprendida. Y sólo ha pedido una atención desde que ocupa el cargo en la institución: que el coche de su madre pueda entrar en la lonja y llegar hasta la Capilla de la Universidad los domingos. La vida son caminos del Rocío de la mano de Javier Molina y Julia Candau, y de una organización con Gines en la que estaban Juan Moya, Antonio Ojeda, Jaime Artillo y Aurelio Verde, y por la que merodeaba un personaje singular, El Triana, que proclamaba la escasez de langostinos: “Aquí hay muchas cremas para pintarse las mujeres y muchas latitas de conservas, pero muy pocos bigotes”. Y la vida son recuerdos de dos cuñadas, Margarita y Joaquina, que fueron como dos hermanas.

Concha siempre ha estado a favor de la igualdad en el mundo de las cofradías, siempre ha defendido que haya nazarenas en todas las hermandades, y siempre ha tenido claro que ella jamás saldría en una cofradía, pero es partidaria de que la mujer decida en libertad. Con su ciudad y con las cofradías ejerce el espíritu critico de quien ama de verdad las cosas.

La gente verdaderamente importante es accesible y de estilo sencillo. Siempre. Porque saben decir que no si hay que decir que no, no le temen a la cofradía de los pedigüeños con corbata. Es lo que tiene la gente alta, que ve llegar los palios antes que nadie y saben si se mecen al compás del interés personal o de una justa causa. Y avisa al resto.

Concha Yoldi forma en la cofradía de las redes sociales como una más, sin intermediarios, sin asesores que le escriban los mensajes. Por delante hay muchas horas para hacer punto. Los jerseys de Concha Yoldi son el toisón de oro que concede su particular Casa Civil. En ellos va su mano de obra, su escaso tiempo libre, su dedicación, su gusto, todos esos valores que no caben en una hoja de Excel po’rque son esos valores añadidos que lo dicen todo de una persona. Regresa de sentarse con el Rey como patrona de la Fundación Princesa de Girona y se pone a cocinar. Otras se van a Pineda a contarlo mientras aletean las fosas nasales para darse un barniz de importancia por la vía de la altivez impostada. Y encima lucen corales falsos.

La horma de la ciudad

Carlos Navarro Antolín | 23 de octubre de 2016 a las 5:00

NURIA COBO
EMPEZABA el estudiante de Periodismo a hacer prácticas en la sección de Local cuando aprendió que para dar un barniz de protesta a cualquier información bastaba con pedir la valoración de asuntos de la actualidad a un líder vecinal, un sindicalista o un representante de los comerciantes. El vecino siempre echaba en falta más policías, el sindicalista nunca veía suficiente el número de las contrataciones y el comerciante culpaba de la bajada de las ventas –las ventas siempre son como la lluvia: evolucionan hacia abajo– a las obras programadas por el Ayuntamiento. Cuándo es la fecha idónea para un comerciante para levantar una calle es uno de los grandes misterios de la humanidad. Oídas las reacciones, el jefe de la sección, un veterano de la redacción que ya estaba de vuelta de todas las polémicas, siempre apostillaba: “¿Te das cuenta, jovencito? Nunca fallan, siempre están indignados. Son nuestros protestones de plantilla. Estos tíos nunca están contentos”.

Nuria Cobo (Murcia, 1970) tiene un comercio en el centro de la ciudad donde vende zapatos y complementos con su sello personal. Pese a su juventud, en breve hará veinte años en el sector. Cobo es la sonrisa del gremio hasta en las peores embestidas de la crisis. La calle Méndez Núñez la cortan cada dos por tres, la han levantado varias veces en los últimos años, las sucursales bancarias han sido sustituidas por bares de copas, los taxis sólo la cruzan tras acceder de mala gana por los recovecos de Zaragoza y por el único tramo semipeatonal de la Plaza Nueva… Pero esta comerciante siempre, siempre, sonríe cuando se le pregunta por las ventas. Dicen que el secreto ha estado en su adaptación a los tiempos por medio de la venta on-line y la potenciación de un estilo personal muy definido y del gusto de Sevilla en las redes sociales, todo lo cual ha generado una marca personal muy fuerte. En tiempos tuvo tres tiendas, ahora le basta con una: un local recoleto pero muy bien situado y, sobre todo, cuidado con un esmero poco habitual. Al cliente se le atiende, no se le hace un favor. Se le sonríe, no se le da ojana. Nuria, si es preciso, se prueba hasta los zapatos que usted desea regalar. Un pase de modelo privado se llama.

Los zapatos proceden del Levante español, pero reformados al gusto de Nuria Cobo, que le tiene cogida la horma a la ciudad. Una borla aquí, un tacón un punto más bajo allá, un ribete por este lado, un motivo dorado quizás para los que son de novia, una hebilla para aquellos rojos de fiesta, un lazo para los verdes, ay el verde preferido, que son adecuados para una madrina… Todos los zapatos están modificados según su criterio personal para satisfacer los gustos de una ciudad donde el personal se emperifolla para los actos sociales como si en todos hubiera fotocol.

Cobo ha logrado por mérito propio representar el status quo de la zapatería sevillana. Ahora mismo es la emperatriz local del zapato con una cartera de clientes cada día más importante en Madrid, Barcelona, Bilbao, varias localidades de Galicia, etcétera. A veces vienen a Sevilla a conocerla y la tienda aparece colapsada de madrileños o vascos que se entremezclan con ceceantes adinerados de los pueblos de Sevilla. Jubilada su admirada Pilar Burgos, que triunfó a lo grande cuando nadie lo hacía, mucho menos una mujer, Nuria se ha quedado con todo el camino expedito. A Nuria se acude en tiempos de bodas, bautizos, comuniones, la Semana Santa y hasta la Feria, porque ella se ha empeñado en recuperar el zapato de calidad y cómodo para las flamencas. Cuentan que sus zapatos son ya los Manolos del Sur de España, con capacidad de resistir las invasiones bárbaras de China y Taiwán. Ella vende su propio estilo, porque ella es el estilo en sí misma, como cuenta en sus video-blogs o en sus escritos en las redes sociales. Puede presumir de ser pionera en el uso de las redes sociales para vender sus productos. Hay quien mete la pata en las redes, se enreda y acaba siendo el peor enemigo de su producto, y quien sabe aprovechar el alcance que ofrecen para captar nuevos públicos.

La vida son los recuerdos del colegio Aljarafe, donde recibió clases de Dibujo nada menos que de Félix de Cárdenas y explicaciones de Religión de un grande de la Iglesia de Sevilla como Juan Garrido Mesa. La vida es empezar a trabajar con 18 años. Son horas leyendo a García Márquez cuando todos duermen, o paseando por las playas de Marbella o Cádiz. La vida es pensar en cómo mejorar la decoración del hogar, en constante evolución. Es perderse en el mundo sin fronteras que es la cocina de casa, concebida como espacio de creatividad y disfrute. La vida es un carácter alegre, un punto despistado, una mente ágil y una mirada ora perdida, ora ingenua, ora infantil. La vida es caminar detrás de la Virgen niña de Guadalupe, la que soñó Álvarez Duarte, las tardes y noches de Lunes Santo. Y la vida es estar en la caseta de Feria de la calle Espartero, frente a Los Remedios, el barrio donde creció soñando los primeros diseños.

Cobo cuida sus escaparates. No delega la elaboración de la principal tarjeta de presentación de su negocio. El ojo del amo coloca los zapatos. Un día acudió a un acto social con intelectuales del Arte. Con las prisas se equivocó al elegir el calzado, alguna talla mayor que el debido. Casi nadie se dio cuenta, salvo una persona. Desde ese día sabe que sus pies son su marca, su estilo es su mejor publicidad. Forma parte de un club de lectura y hasta presenta libros, como el último de Salvador Navarro (Huyendo de mí). Colabora con la diseñadora Ángeles Verano, sus zapatos son usados por famosas como María Teresa Campos o Carmen Tello, o amigas como la periodista Marina Bernal, sobre todo cuando le toca presentar galas. Y, sobre todo, cumple el proverbio chino de saber sonreír al estar detrás de un mostrador. De fina ironía y humor inteligente, nunca es malaje.

Cuando Monteseirín dejó la Plaza Nueva sin el flujo de los 70.000 viajeros de Tussam al día, esta empresaria alta y delgada apostó por la renovación, por interpretar la crisis como una oportunidad, no como una coartada para la cómoda instalación en la queja. Se replegó en el centro y se extendió por los mares de internet. Los autobuses ya no llegaban cargados de potenciales compradores, pero las redes sí. Como en la ley natural, siempre se salvan los que mejor se adaptan al ambiente. Y ella, nunca se olvide, se viste por los pies. Sabe que hay mil motivos para quejarse, pero no pierde el tiempo en lamentos. La clave es la adaptación, cogerle la horma a las situaciones. Y entrar en Sevilla sin calzador.