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El rey Midas sevillano

Carlos Navarro Antolín | 17 de junio de 2018 a las 5:00

navarro.jpgNADIE con treinta y pocos años rechaza una oferta en firme para vender un negocio por más de 30 millones de euros. A esa edad se piensa en otras cosas, se está quizás a la búsqueda de un empleo estable, tal vez terminando de estudiar unas oposiciones, o sobreviviendo con un sueldo que roza los mil euros. Primero porque en la treintena no se manejan negocios de ese valor. Y segundo porque nadie rechazaría una oferta de ese importe. Cuando se repasan los listados publicados de alumnos célebres de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla –sobre todo ahora que cumple 500 años– siempre aparecen los mismos ilustres nombres. Políticos que han dormido en la Moncloa, ministros, alcaldes, etcétera. Figuran, sobre todo, licenciados que han alcanzado importantes cotas de poder en España. A la hora de elaborar esos cuadros de honor, el poder cotiza alto, el dinero menos y el prestigio nada. Derecho es esa carrera multiusos, ese robot de cocina de la Hispalense, del que lo mismo salen unas lentejas que un pastel de puerros, lo mismo gente que ha estado en la cárcel que personalidades de la vida pública española. En esta facultad se licenció Rosauro Varo (Sevilla, 1979). La verdad es que él mismo no oculta que acabó los estudios universitarios a trancas y barrancas. Terminó los estudios fundamentalmente por dar una alegría a sus padres: un médico cordobés y una política socialista extremeña.

Lo suyo en los años de estudiante era olfatear las posibilidades de negocio en cualquier actividad. De entrada siempre tuvo en la noche una oportunidad de negocio. En vez de divertirse en las fiestas, maquinaba organizándolas. La Nochevieja era un filón. La empresa de reparto de bebidas, otro filón. El ocio productivo se organizaba en la discoteca BOSS de la calle Betis, la marca de la oferta nocturna a la que muchos siguen vinculando hoy a Rosauro Varo. Cuando ahora lo ven en Madrid con gente de las altas esferas del Íbex 35, siempre hay quien suelta: “Mira, es Rosauro, el de la BOSS”.

No hay torero sin cuadrilla, ni triunfo individual. Varo tuvo un primer padrino fundamental: el empresario Gonzalo Madariaga, que le confió una suerte de embajada de su empresa en Madrid. En la capital de España hizo relaciones fundamentales para su trayectoria. En su vida ha sido clave también su relación con los Medina, los hijos del difunto duque de Feria y Nati Abascal, que le pusieron en contacto con un selecto grupo de amistades, como también lo ha sido su período de vinculación con la Casa de Alba. En Madrid conoció a Javier Hidalgo, hijo de Juan José Hidalgo, dueño de Globalia, el holding turístico español. Javier Hidalgo es ese señor que lo mismo aparece con frac y pajarita en las fotos que con estética del tío que recoge las fichas en una atracción de coches locos. Varo hace su primer gran negocio al intermediar en una operación financiera en el extranjero. Ese dinero lo invirtieron en comprar Pepe Phone al padre de Hidalgo, el negocio de telecomunicaciones destinado a la población juvenil con precios muy bajos y grandes facilidades. Las altas y bajas se hacían con gran rapidez gracias a que no ponían las cortapisas de las compañías tradicionales. El gran pelotazo posterior fue la venta a Más Móvil de la empresa Pepe Phone. Y no se vendió finalmente por esos más de 30 millones, sino por casi 160. La clave, como ahora se ve, fue su olfato para apostar aquellos años por el sector de las telecomunicaciones cuando se trataba de tiempos analógicos. El olfato, sí. Y el don para conocer gente, ser simpático, embaucar, persuadir, convencer… Y hacer de todas estas virtudes su modo de vida. Una simpatía productiva que esconde una capacidad para el riesgo y para el sufrimiento.

Cuentan que también ha sido muy productiva su gran relación con Jorge Moragas, muchos años jefe del gabinete de Mariano Rajoy y actual embajador ante la ONU. Ambos se ven mucho en Ibiza. Varo apostó por Cabify cuando era más arriesgado. Se alió con el presidente de la compañía cuando todavía no se había promulgado el marco regulatorio de los VTC. Compró licencias en Madrid, Barcelona y Valencia. Se aprobó esa normativa y ahí están los cabify circulando.

Uno de sus grandes éxitos ha sido la compra de cinco millones de acciones de Telefónica por valor de 45 millones de euros. La cantidad no le da para sentarse en el consejo de administración, pero sí para moverse como un hombre de referencia de la multinacional. A Varo no se le puede negar su capacidad para el riesgo ni su obsesión por el trabajo. No todos los negocios le han salido redondos. El restaurante en Castellana 8 no cuajó. Ahora está metido en una promoción inmobiliaria en Zahara de los Atunes, otra en Reyes Católicos junto a su amigo el torero José María Manzanares (en el edificio por el que se le pagan más de 25.000 euros mensuales a la Real Maestranza) y sigue con el club de playa de Estepona, el Puro Beach. También se está construyendo una casa en Guadalmina.

De codearse con Moragas ha pasado a correr maratones en Nueva York con el presidente de Telefónica, José María Álvarez-Pallete, o incluso a recibirle en alguna de sus fiestas en su casa de la urbanización La Finca de Madrid.

Es notorio que Rosauro Varo tiene la necesidad de ser alguien importante. Y quiere serlo en Sevilla, donde el reconocimiento o la apariencia de reconocimiento –si llega– se palpa cada día, en cada calle y a cada minuto. Porque Madrid es una selva, una nebulosa, una amalgama de gente donde resulta difícil brillar y, más aún, echar raíces. La prueba de que este joven millonario prefiere Sevilla es la compra de un casoplón en la calle Lope de Rueda, su reciente ingreso en el Aeroclub, su vinculación a la cofradía del Amor y su interés en formar parte de alguna otra entidad de vida social.

Ha demostrado capacidad para moverse en las filas socialistas tanto como para aproximarse (y mucho) a las del PP. Uno de sus principales protectores es hoy el empresario José María Pacheco, presidente de Konecta, con quien comparte relaciones sólidas con Juan Ignacio Zoido. Varo tiene la misma habilidad para codearse en el palco del Bernabéu que para coger sitio en la barra del Emilio de la Plaza de Cuba.

En Sevilla reside en una casa en el Porvenir mientras se prepara la de Santa Cruz. Se trabaja un barniz de intelectualidad dando clases en un máster de la UPO, donde revela datos de su meteórica carrera. Quienes lo tratan aseguran que es un tipo generoso, espléndido. A Varo le encanta explicar su carrera, tiene necesidad de justificar su éxito en foros especializados: el referido máster de banca y finanzas en la UPO, las asociaciones de directivos, los foros en Antares, etcétera. En algunas de estas citas se hace presentar por Luis Miguel Martín Rubio, que siempre refiere sus grandes habilidades para el fútbol.

Su hombre de confianza para las finanzas es Pablo Ferre, el director financiero que controla los números después de que Varo haya olisqueado el negocio. Varo apunta con el ojo y Ferre dispara con los números. Ferre, por cierto, también ha entrado en el Aero con el apoyo fundamental de destacados miembros de la nobleza sevillana.

Varo tiene un chófer que parece el primo de Zumosol. Por su corpulencia se intuye que tiene otras funciones encomendadas además de las de agarrar el volante. Se entiende la apuesta por los armarios empotrados si se tiene en cuenta la proyección social de Varo y que hace muchos años sufrió un ataque en la vía pública que trascendió a los medios de comunicación.

En su mérito está el saber que hubo un tiempo que no era querido por la Sevilla altiva de apellidos arraigados, o que quizás era visto como un niño pijo dedicado a la organización de fiestas con las que ganarse las perras. Tras 15 años de progresión, su presencia ahora es solicitada en todos los foros por mucho que la velocidad en el éxito pueda generar desconfianza. Sin ser ostentoso, es cierto que se ha venido arriba.

Es curioso que Varo no le tiene miedo a perder millones de euros en un negocio, pero tiene cautelas para asumir determinadas cuotas de protagonismo en Sevilla, una prueba quizás de ese temor que genera la ciudad en políticos y empresarios con intención de ser alguien en clave local. Cuando mira la hora en su Rolex, modelo Daitona, no ve el momento de dar por concluida su carrera de éxito en Sevilla. Varo necesita ser un triunfador en la capital de Andalucía casi tanto como vestir los pantalones de perniles estrechos, las chaquetas ajustadas y los zapatos de doble hebilla.

Viaja de Madrid a Sevilla en el AVE casi con la misma facilidad que luce barba o se la quita. Aquel jovenzuelo que pudo ser un gran extremo izquierdo en el fútbol, que se lesionó una rodilla, se convirtió en un empresario de éxito muy bien relacionado con la derecha. Si combina el PSOE con el PP con facilidad, también es capaz de pasarse una fiesta bebiendo coca-cola zero o una Feria a base de champán en su caseta de Feria de Joselito El Gallo, donde se reserva la mesa de la primera fila.

La vida son recuerdos de las aulas de Portaceli, de un negocio de ropa que no cuajó, como tampoco lo hizo la compra masiva de aparatos chinos de cassete justo antes de la irrupción del Cd. Son recuerdos también de una primera oficina de Airtel en 1999 con la ayuda del difunto Alberto Yarte. La vida es un año de estancia en Nueva York para estudiar inglés. Es generar suspicacias en algunos políticos temerosos de que el éxito prematuro pudiera generar problemas, como es provocar la envidia en muchos de los que, en el fondo, quisieran ser como él. La vida es vivir la Semana Santa en una casa alquilada de tres plantas en la esquina de Placentines con la Cuesta del Bacalao, donde se reúnen los cuatro jinetes del Apocalipsis: Varo, José María Pacheco, Miguel Báez Litri e Iván Bohórquez. La vida es tener siempre presente la terna de amigos con quienes hizo sus primeros pinitos como emprendedor: José Laguillo, Luis Morón y Pablo Alberca. La vida son viejas fotografías de aquellas fiestas en el loft de la calle Curtidurías. La vida es el culto al cuerpo en el gimnasio propio, los trajes cortados por un sastre de Madrid y disfrutar viajando en su Range Rover modelo Vogue.

Cuando mira por el ventanal de su despacho de la Castellana ve la sede del Ministerio de Interior. Todo aquello es inmensamente grande, inabarcable y hasta frío. Rosauro en Madrid es una gota en un océano de personajes, con riesgo de aparecer más en las páginas rosas que en las de color salmón. Rosauro en Sevilla es un personaje en sí mismo, el niño que se crió en los jesuitas, el empresario que te paga la convidá en Trifón porque es su cumpleaños. He ahí la diferencia entre Madrid y Sevilla. Le gusta cuidar el territorio como hacen los políticos astutos: no pierden nunca de vista la provincia de la que proceden por mucho que asciendan en Madrid. El dinero pasa, el territorio permanece. Todos los años sale La Borriquita. Y hay túnicas blancas que esperan envolver la inocencia.

 

El fuego sin humo

Carlos Navarro Antolín | 12 de febrero de 2017 a las 5:00

ELÍAS HERNÁNDEZ
PARA conocer al hijo hay que indagar en la figura del padre. Sin uno no se entiende al otro. A la moneda brillante le faltaría una cara. Al reloj suntuoso le faltaría una aguja. A toda una vida de impulso y fortaleza le faltaría su verdadero motor. Elías Hernández Barrera (Ólvega, Soria, 1937) combina el ser empresario reconocido con el ser poco conocido. Lo ha tenido y lo tiene todo para estar presente en los actos donde se reúnen los gerifaltes del Ibex 35, las recepciones reales, los organigramas de las organizaciones empresariales, los enganches de la Feria y toda esa ristra de escaparates de las vanidades que son, muchas veces, el rollo del bollo sin manteca. Su vida no se entiende sin su padre. Su vida es el arroz. Es un continuo llamamiento al trabajo, al alejamiento del chuflerío local: “Vamos al arroz”. Su padre, Antonio Hernández Villar (1894-1970), hizo casi de todo como emprendedor. Todos dicen que era eso: un emprendedor puro y duro que no necesitó jamás de cursos especializados en dirección de empresas, ni de un máster en institutos de rótulos impronunciables, ni de acudir a la ayuda de incubadoras de nuevas sociedades. Lo llevaba en la sangre. Y punto. Durante la Guerra Civil tuvo un negocio que abastecía al Ejército, organizó encierros taurinos en Pamplona, promovió la búsqueda de tesoros en el mar y cultivó arroz en Calahorra hasta que descubrió las enormes posibilidades de las marismas del Guadalquivir, un lugar al que envió a dos de sus doce hijos: Félix y Elías. Ellos debían explotar el que habría de ser un filón que dura ya más de 50 años, un verdadero imperio de ese grano oval rico en almidón que es el arroz, un imperio levantado por un soriano en el Sur de España. En aquellos años sesenta, el padre y sus dos hijos se dedicaron a comprar tierras, levantar fábricas, contratar trabajadores y producir. Todo un proceso que consiste en lo que hoy se conoce como crear riqueza.

Elías es el varón pequeño de los doce hermanos. Es formado en los jesuitas de Madrid. El primer año de la carrera universitaria de Empresariales se lo pasó con más alegría de la debida. Su padre lo sacó de las aulas y lo puso a trabajar. Su vida cambió para siempre. Castellano recio, austero y fuerte. Muy pronto aprendió de su padre que el secreto del empresario radica tanto en comprar bien y vender mejor, como en levantarse tras sufrir la zancadilla del fracaso, salir airoso del charco pisado y tratar de enmendar cuanto antes los errores propios. Ha pagado caros sus triunfos. Una vaquilla le pegó una voltereta que le dejó un hombro dislocado. No se limita a explotar las tierras, sino que viaja a los Estados Unidos y Japón para conocer otros tipos de cultivos y las maquinarias más modernas: “Creo que ya habré dado siete veces la vuelta al mundo”, comentó hace unos años. La empresa Herba (Hernández Barrera) despegó pronto. Su vida es un continuo homenaje a la figura de su padre. El caballo engorda gracias al ojo del amo. Elías es un modelo de I+D sin haber pasado por las clases de sesudos profesores en esos cursos que acaban con una foto de familia en una suntuosa escalinata. El Grupo Hisparroz se convertiría con el tiempo en el mayor agricultor arrocero de Europa y acabaría integrado en Ebro Foods, primer grupo alimentario español por facturación.

El soriano se integra en Sevilla, entre otras razones, por la vía del matrimonio y haciendo el ruido justo en sociedad. Pronto debió captar que quien irrumpe en Sevilla genera desconfianza. Y su estilo no es el de hacer ruido. La mejor forma de entrar en Sevilla es no tener interés en entrar. Elías se dedicó a cuidar del arroz. Y nunca se le pegó. Jamás se le ha oído una crítica al estereotipo andaluz, ni se le ha visto un gesto de desprecio hacia agricultores locales. Ni siente envidia ni le ha preocupado nunca si la genera.

A sus hijas ha enseñado a ir por la vida con el silenciador conectado: “Haced el fuego sin que se vea el humo”. Sabe que por el sumidero de la vanidad se van las aguas más bravas. “Para vender arroz no hacen falta ciertas cosas”, le han oído decir cuando ha rechazado agasajar a políticos o entrar en maniobras dudosas. “El arroz es el único cereal de España que nunca ha dado pérdidas”, sentencia para insistir en que no hay que mezclarse en asuntos raros, ni arrastrarse por una subvención, ni frecuentar compañías sospechosas en la aventura de ser empresario. “Ser honrado es también una buena forma de hacer negocio”. Enemigo del pelotazo, no cree en el triunfo exprés, sino en la parsimonia calculada como cuando juega una partida de dominó. Convencido de que no hay meterse en una sociedad cuyo capital no se controle en un porcentaje mayoritario, tiene claro que le gusta tener el control, coger las riendas con fuerza y marcar la velocidad. Depender del juicio de otros socios es estar sometido a la presión de un incómodo corsé.

Hoy ya no hace tratos de compraventa en el José Luis de la Plaza de Cuba, pero sigue exigiendo estar informado de todo cuanto ocurra en la compañía que ahora dirige su sobrino, sobe todo si se trata de algún problema. Aquel comprador fuerte de los años ochenta y noventa, que admiraba al rival que se hacía respetar en la mesa de negociación, no conoce hoy la jubilación como etapa de júbilo. El trabajo y la continua actividad son su fuente de vida.

La vida es usar relojes finos que no aprieten la muñeca. Ni Rolex ni Omega . Basta con un Swatch. ¿Cuánto dura un Mercedes? A este empresario del arroz le duran veinte años. La vida es una copita diaria de oloroso, es estar en los toros junto a su paisano Emiliano Revilla en el tendido 2 de la Real Maestranza y seguir a José Tomás por todas las plazas, es no hablar de dinero y es educar a los hijos en la austeridad. Los viajes en AVE, en clase turista cuando las hijas eran pequeñas para evitar confusiones. Y, cosa curiosa y reveladora, tiene claro que hay que conocer bien España antes de viajar a extraños destinos del extranjero. Los pequeños lujos, como algunos caldos de la Ribera del Duero, se disfrutan en privado. Sin focos. Al cine, una vez a la semana. Al golf, todo lo que se pueda. En una primera etapa, en Pineda. Después, en el club sevillano del que ha acabado siendo propietario. Es fijo en los espectáculos de la Bienal de Flamenco. Al teatro de la Maestranza, los jueves. A las hijas cuando eran jóvenes, un consejo: “Buscad novios que trabajen”. Elías cierra los ojos en el teatro, pues entiende poco de música, se aísla y dicen que se pone a pensar en sus cosas. La notoriedad le importa muy poco. Tiene casa en la urbanización de Vistahermosa, de las conocidas como cabos, para los veranos relajados, en esos días que dedica al dominó con un ojo puesto en el arroz.

Su hermana Carmen (1930-2016) fue la cofundadora de las comunidades neocatecumenales. Gran amiga de Juan Pablo II. La familia de Elías vivió el privilegio de disfrutar de una audiencia privada con el Santo Padre, en esa intimidad de las siete de la mañana que no es posible en el Aula Pablo VI. “Santidad, mi hermano Elías sólo piensa en el trabajo, todo el día con lo mismo”, dijo Carmen al Papa con cierto tono cómplice por la confianza que tenía con el pontífice. Aquel polaco de expresión tierna se quedó mirando al empresario fijamente durante unos instantes: “Carmen, tu hermano es una buena persona”. Dicen que aunque ha jugado el papel de “poli malo” años atrás, este Elías demuestra su bondad en los detalles. Durante el año guarda todas las cajitas de pelotas de golf que gana en las partidas con sus amigos. Le encanta ganar en todo. Cuando llega Navidad, abre el maletero del coche y las devuelve a sus anteriores dueños. No se queda con ninguna pese a haberlas ganado en buena lid.

La clave de este empresario es pensar a largo plazo, muy a largo plazo. Por eso tiene que claro que no se va a morir, ni se quiere morir. Hay mucho arroz por cultivar. En Sevilla se entra paso a paso, grano a grano y sin ventear el humo. Cuando menos te lo esperas, este oriundo de Ólvega no es que salga en las fotos, es que las fotos de Sevilla las está haciendo él con su cámara. Cuando Sevilla despertó, Elías estaba allí. Su padre se fijó en el río. Todas las grandezas de Sevilla han venido siempre por el río.

El mayor de catorce

Carlos Navarro Antolín | 16 de octubre de 2016 a las 5:00

Miguel Rus Palacios
CUANDO uno mira las ramas altas de su árbol genealógico, o se reconforta al comprobar cuántos de sus mayores están vivos o sufre un desgarro interior al enumerar las ausencias. El día que en Villamanrique murió don Pedro de Orleáns y Braganza, alguien recordó públicamente que el Rey se quedaba sin referencias por arriba, pues hacía ya años del fallecimiento de sus padres y sólo le quedaba aquel tío al que tanto le gustaban el Rocío y los paseos a caballo. En realidad aún le quedaría don Leandro durante un tiempo, el hijo bastardo de Alfonso XIII, pero ya se sabe que en cuanto el bastardo asomó el bigote por los platós, quedó orillado para la Familia Real. Como si no existiera. Por encima del rey emérito ya no queda nadie de la generación anterior. Cuando uno hace el ejercicio en otra dirección y mira quiénes y cuántos son sus colaterales en el árbol, puede encontrarse con que no hay nadie (la soledad del hijo único), con solo un hermano (el caso de la parejita) o con un verdadero fenómeno de superpoblación. Esto último le ocurre al presidente de los empresarios sevillanos, Miguel Rus Palacios (Sevilla, 1965). Cuando cumplió los 15 años contempló su árbol particular y tenía nada menos que trece hermanos, lo cual, como ciertos sacramentos, imprime carácter.

Es hijo de Antonio Miguel Rus, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y de Carmen Palacios, funcionaria de Hacienda. Desde chico fue conocido en el ámbito familiar como Miguelín, un apelativo que servía para dar nombre a la saga, Los Miguelines, y ser distinguidos de los demás primos. Rus Palacios pertenece a la hermandad de los sevillanos que combinan un tercio de timidez, un tercio de distanciamiento defensivo y un tercio de carácter jovial que sólo deja ver en ocasiones especiales.
Con sólo cinco años se puso a fregar platos subido en una banqueta para ayudar a su madre porque había fallado la asistenta. Puso a su hermano de cuatro años a enjuagar lo que él iba fregando.

La constructora que hoy dirige este Rus tiene sus orígenes en 1921. Miguel es nieto de Salvador Rus López, figura imprescindible para entender la trayectoria del hoy presidente de la Confederación de Empresarios de Sevilla (CES). El abuelo Salvador nació en Doña María (Almería), donde su padre trabajaba en la construcción de una estación de ferrocarril a cargo de una compañía inglesa, pues en esos tiempos en blanco y negro no había empresas españolas preparadas para obras de cieerta enjundia. El abuelo terminó por fundar en Sevilla la empresa Salvador Rus López Construcciones, que en 1997 pasa a denominarse Grupo Rus, ya con la segunda generación controlando el accionariado, y en el año 2003 pasa a denominarse Rusvel, en alusión a los herederos e hijo de Salvador Rus López, que se apellidaban Rus Velázquez. Al tomar el mando de la empresa la tercera generación, Miguel Rus Palacios alcanza la actual responsabilidad de consejero delegado.

Los veranos del quinceañero Miguel no eran para echarse en una hamaca a ver pasar las nubes. Su padre tenía una máxima:las vacaciones son para cambiar de ocupación, no para tirarse al palo hasta el comienzo de curso. Así es como empieza Miguel a ayudar en el polígono Isla Menor, en unas instalaciones que llamaban El Polo, donde se guardaban las máquinas de asfaltado y funcionaban varios talleres. El pequeño Miguel era el chico de los recados y las chapuzas que incluían los arreglos del jardín. Según pasan los años, tanto Miguel como sus hermanos varones van asumiendo tareas de mayor responsabilidad: interminables hora en la báscula de camiones, funciones diversas en las plantas de machaqueo y canteras, a pie de obra extendiendo el asfalto. Dicen que es entonces cuando destaca por su disposición para el trabajo, la celeridad en el aprendizaje de los distintos oficios y una notable facilidad para la integración en los colectivos.

Durante el curso escolar, los hermanos varones se turnaban por semanas, de modo uno se levantaba una hora antes para preparar el almuerzo que debían llevar ese día al colegio. Un total de 28 bocadillos, 14 de un relleno para media mañana y otros 14 de otro sabor para el almuerzo. El encargado tenía que ir por el pan a las 6:30 y acto seguido ponerse manos a la obra. Hoy sigue teniendo pasión por el bocadillo de filete empanado de su madre.

Un verano se lo pasó trabajando junto a sus hermanos en la construcción de un pequeño puente en una vereda particular en el término de Aznalcóllar, una obra que el cabeza de familia asumió en solitario. Miguel ejercía de encargado de obra y los demás hermanos eran los peones. Como es lógico en unos adolescentes, lo que menos les apetecía era levantarse temprano para ir a trabajar de sol a sol en los meses de vacaciones. El padre les enseñó a todos cómo se hacían los planos, la preparación de los hierros para el forjado, las cimentaciones, la colocación de las vigas. Entre los hermanos organizaron turnos:unos trabajaban a ratos, mientras otros cazaban ranas. Con el tiempo se sintieron sumamente orgullosos de haber hecho esa obra todos juntos y sin cobrar. El padre de Miguel destinó el dinero a afrontar los gastos de la gran familia.

Otra consecuencia de vivir en una familia de 14 hermanos era la inexistencia de paga semanal. El hambre agudiza el ingenio. El joven Miguel tenía que apañárselas para sacar algunas pesetas para los caprichos de la edad. Así arrancó su primera aventura empresarial y, de paso, que su nombre empezara a sonar en esa generación de sevillanos que hoy ronda la cincuentena: las fiestas de los Rus. Se celebraban en un local vacío que tenía la constructora en la avenida Padre García Tejero y que hoy sigue siendo sede de la empresa familiar. Se convocaban los fines de semana en los que el Claret no organizaba sus propias fiestas juveniles. Todos recuerdan que las fiestas de los Rus tenían un éxito rotundo con el cartel de no hay billetes en las primeras horas. De aquellos años queda una notoria capacidad para organizar fiestas. Se dice que Miguel Rus tiene uno de los mejores quit de juergas de Sevilla: equipo de música, bafles, micrófonos, bolasy luces colores para una perfecta ambientación… Hoy conserva la misma pandilla de amigos del colegio y del entorno de Heliópolis con citas fijas como el encuentro en las vísperas de Feria, los cumpleaños y santos y hasta el horripilante Halloween tan desgraciadamente emergente de los últimos años. Pero conocida es la máxima: “Hay gente pa tó”.

Miguel fue aficionado al futbito, con partido semanal hasta que los médicos le aconsejaron reducir la actividad tras varias lesiones en el tobillo. Ahora no perdona un día sin algo de actividad física: correr, pasear, ciclismo o natación. Es bético, pero nunca ha condicionado su agenda para ver un partido de fútbol.

La vida es una carpeta donde su madre va guardando los recortes de prensa en los que aparece su primogénito. La vida son recuerdos de los 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, cuando el niño Miguel organizaba una función de teatro en homenaje a su madre. Durante años repitió con sus hermanos y primos La Tierra de Jauja de Lope de Rueda con un argumento muy evocador para quienes se criaban en una familia numerosa: dos ladrones muertos de hambre planean asaltar a Mendrugo y comerse toda la comida de su olla. Para entretenerlo le hablan de un lugar llamado La Tierra de Jauja que es una especie de paraíso hecho de comida donde nadie sufre ni trabaja, y mientras uno habla el otro va comiendo hasta dejar a Mendrugo con la olla vacía. La vida es una familia organizada en dos mitades: los siete mayores y los siete pequeños. El despiste a la hora del almuerzo o de la cena se pagaba con una ración menor de rancho. La vida son recuerdos de paseos por Punta Umbría con un cartuchito de camarones en la mano o una tapa de mojama por delante y, ya de adulto, de visitas al mercadillo dominical de Manilva tras descubrir las bondades de la costa malagueña.

Al terminar la diplomatura universitaria comenzó a trabajar en la empresa familiar, entonces aún dirigida por su abuelo, quien siempre lo quiso a su lado para pilotar la sociedad al apreciarle capacidad para conciliar los intereses de las distintas ramas familiares. El abuelo marcó al nieto. El nieto hoy no quiere defraudar la confianza del abuelo y hace lo imposible por impedir que la empresa, con una antigüedad de 95 años, engrose la lista de sociedades familiares que se van al traste.

Miguel jamás olvidará la muerte de su abuelo. El día del funeral se produjo una anécdota reveladora. El velatorio fue en la casa familiar de la calle Tajo. Los nietos portaron el féretro hasta el templo. Al salir la comitiva del edificio, un grupo de trabajadores de la compañía, vestidos con los monos azules, esperaban en la acera de enfrente para portar también los restos mortales del patrón.

Hace pocas semanas envió un correo electrónico a todos los accionistas de la familia para comunicar el anuncio de adjudicación de las obras del gol sur del estadio del Betis a la empresa Heliopol, filial de la constructora Rus:“Una obra que, junto con otras que se están ejecutando, nos situará de nuevo entre las grandes constructoras andaluzas”.

En su entorno está considerado como un tipo especialmente cuidadoso con su cabello. Ahí le sale el perfil narcisista. Y también como un experto en comerse los “marrones”. Dicen que es el primero en dar un paso al frente si ve que nadie sale del burladero. No suele pelearse con nadie, ni responder a críticas o chismes. Es intransigente con la falta de profesionalidad. Suele ir al grano. A los problemas, solución. Le cuesta pedir ayuda, si acaso informa de que va a hacer algo y comenta que le vendría bien alguna asistencia. Tampoco hace reproches o recuerda favores realizados.

Es muy detallista. Pide el taxi para sus padres cuando deciden abandonar un sitio, le ofrece una cerveza al que se la está terminando, le busca una silla a la madre de un amigo, o deja pagado un desayuno a unos amigos sin decir nada. Se conoce cualquier bar nuevo y le encanta ejercer de cicerone. Se desplaza en moto los días de Semana Santa y Feria. Es hermano del Cristo de Burgos, donde suele salir de penitente, aunque como presidente de la CES suele ir con vara.

Uno de los días más aciagos de su vida fue el del fallecimiento de su hermana Rocío en 2005 al no superar una operación quirúrgica. Se pasó la noche escribiendo una carta especialmente emotiva que leyó en el funeral. Lejos de ser un texto lacrimógeno, Miguel ensalzó la gran familia en la que se habían criado todos los hermanos gracias a la generosidad de sus padres, lo que les permitió disfrutar de alguien como Rocío tantos años. Ydio gracias a Dios por tener fe como para sobrellevar la pérdida de una hermana.

Su llegada a la presidencia de la patronal sevillana supuso una ruptura con los perfiles anteriores. Rus no es un empresario en retirada o en el tramo final de su carrera. No es Fernando Guerrero o Antonio Galadí. Rus está muy activo, lo cual ha sido objeto de crítica desde instancias oficiales que han llamado la atención sobre una posible colisión de intereses que le restaría independencia. Lo que nadie duda es que a Rus le ha tocado dirigir una CES en crisis, por no decir en quiebra, que tuvo que marcharse de la sede noble de República Argentina por falta de recursos y que sufre la amenaza de la Cámara de Comercio, que preside Francisco Herrero, que aprovecha la debilidad de la patronal para ganar terreno como representante de facto del empresariado. La verdad es que Rus y Herrero no se llevan como para ir juntos al Rocío.

En algunos discursos se ha metido Rus en fregados gratuitos al echar flores en plena campaña electoral al entonces candidato del PSOE a la Alcaldía. Estos últimos años los ha pasado yendo y viniendo a Panamá, asumiendo personalmente la gestión de varias obras. No fue fácil participar en reuniones en las que algún interlocutor guardaba un arma debajo de la mesa, y donde las complicaciones de las obras eran habituales. Lejos de amedrentarse, aprovechó los días para conocer a fondo el país y traerse todo tipo de artilugios como altavoces, auriculares acuáticos o muestras de artesanía local.