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Catulo abrazó el atril

Carlos Navarro Antolín | 3 de mayo de 2015 a las 5:00

CARO ROMERO
EN Sevilla hay gente brillante que va por la calle con la mayor naturalidad, que comparte la barra del café matinal con el prójimo con toda soltura, que va asido a la misma barra del Tussam que usted con toda cotidianeidad. Pero Sevilla es tan ombliguista que, ironías del destino, de tanto mirarse el ombligo tiene herniadas las cervicales, no pide cita ni en la consulta de Trujillo ni en la de Narros, y ya no puede ni girar el cuello para contemplar el brillo que irradia alguno de sus vecinos. La gente brillante de verdad casi nunca sale en las fotografías, esas galerías donde siempre figuran los mismos de tres en tres, o de cuatro en cuatro. Una de las combinaciones más repetidas, según un estudio realizado gracias a un convenio firmado entre varios Departamentos de Antropología de universidades andaluzas, es la de Julio Cuesta (la fuerza del tirador), Juan Ignacio Zoido (el alcalde reina, los tecnócratas gobiernan), Alberto Máximo Pérez Calero (la sonrisa del Ateneo, dispuesto siempre a venderle la enciclopedia de títulos dorados en el lomo para presumir de sapiencia en el salón) y Luis Miguel Martín Rubio (teniente de hermano mayor de la Real Maestranza del Corcho que Siempre Flota).

En Sevilla hay tontos que se dan una importancia que no tienen a golpe de poses forzadas y de la seda pesante de las corbatas. Y en Sevilla hay gente brillante que gasta camisas de manga corta, calza sandalias por las que asoman los calcetines gordos y pasean al perro (guau) por las calles del centro. Joaquín Caro Romero (Sevilla, 1940) tiene un perro ladrador que se llama Kiki. Antes tuvo otro que se llamaba Nadie, como Ulises en La Odisea. Caro Romero es un poeta de los de antes: anárquico, libre, irónico, incisivo, carente de complejos y que porta con dignidad y discreción las cruces que la vida ha ido dejando caer sobre sus hombros. En casa de este verso libre de la ciudad se combinan las esmeraldas de la Virgen de la Esperanza con los dibujos eróticos que Rafael Alberti le mandaba en 1971 con un falso remite para salvar los controles de la censura: Padre Merry del Val. Y la censura ignoraba que ese sacerdote, que llegó a cardenal y secretario de Estado, estaba muerto desde 1930.

Un día hicieron pregonero a este poeta que de vez en cuando usa gafas gordas. Ese día lo llamaron a su trabajo, al periódico ABC de Sevilla donde firmaba crónicas taurinas de personalísimo estilo. El interlocutor cofradiero que pretendía darle la buena nueva no se identificaba ante el telefonista: “Dígale que le llama un amigo”. Y Caro Romero no aceptaba:“Si no se identifica, no me pases la llamada. No será mi amigo”. Al concluir la jornada laboral, dejó indicaciones en el mostrador: “Si vuelve a llamar ese amigo y sigue sin decir el nombre, le dice que estoy en Madrid”. Se marchó a pie desde la Cartuja hasta la calle Doña María Coronel con la noche ya caída y la impaciente ciudad huérfana de pregonero. “Te ha llamado Antonio Ríos. Te va a volver a llamar a las diez”, le saludó su mujer. “Querrá encargarme alguna conferencia para unos cursos que creo que está organizando. Me voy a pasear al perro”. Y su mujer, que se olería la tostada, le conminó a quedarse en casa. El can se quedó sin paseo. Ríos le comunicó el nombramiento y le anunció que toda la junta superior se disponía a ir a su casa a darle ese abrazo que en realidad es el mangazo de botellín y croqueta: “Yo acepto encantado, pero aquí no hay croquetas preparadas, Antonio”. Y tuvo que organizarse el ágape en El Rinconcillo.

La verdad es que el día que fundaron La Casa del Libro en Sevilla llegaron tarde. La de Caro Romero ya era una casa consagrada al libro desde hacía décadas. Hay dormitorios dedicados en exclusividad al almacenamiento y custodia de libros. Hasta la escalera tiene un trastero con libros. En una estantería hay colecciones completas, ordenadas y archivadas de los tebeos más célebres para varias generaciones de españoles: El Guerrero del Antifaz, El Coyote, Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno… El joven Caro Romero, en sus años de admiración por Rodríguez Buzón y el poeta cubano José Ángel Buesa, se bebía las historias de aquellas leyendas que están en el imaginario colectivo de toda una nación.
El poeta no tiene teléfono móvil. Tanto libro debe impedir la cobertura. En la puerta principal no hay timbre. El poeta vive en la casa donde nació. Desde ella acudía todos los días a las aulas de los Escolapios y después a las del instituto San Isidoro, donde un profesor de Latín, don Vicente García de Diego, nunca le aprobó, pero sí le hizo amar a los clásicos, sobre todo a Marcial y Catulo. Caro Romero acabó aprobando la asignatura gracias a un sistema de compensaciones en las que jugaban a su favor las más altas calificaciones en Literatura. Suspendido en Latín, sí; pero tan agradecido estaba a aquel maestro que sembró en su vida la semilla del amor por los grandes autores, que años después le pidió el prólogo para un libro: Vida del centauro Quirón. En el San Isidoro fue testigo de las correrías de Felipe González, que acabó expulsado por un catedrático de Literatura llamado don Alfredo Malo Zarco. Mientras el profesor escribía en la pizarra, Felipe abandonó la clase por la ventana para acudir a un encuentro sentimental, pero rompió el cristal y quedó en evidencia. Con el paso de los años, el ex presidente del Gobierno no le pidió el prólogo de ningún libro, pero siempre tuvo en consideración a aquel catedrático.

La buena literatura necesita combustible. El desayuno en la cama es la mejor forma de iniciar la jornada. Pantagruel tiene una buena sucursal junto a la Casa de las Dueñas. Si es cuaresma, Caro Romero saluda la mañana con una torrija de La Campana y un pestiño de Santa Inés, delicia de la clausura para quien vive en su propia clausura interior, soñando sonetos, creando décimas, tejiendo silvas… El noventa por ciento de la producción literaria de este ciudadano libre es poesía erótica de altísima calidad. Pero hay una gran Sevilla (no la Gran Sevilla del área metropolitana que nos vendieron en los años de humo y ladrillo) que se queda en el mejor de los casos con el pregón de Semana Santa de 2000. El cofraderío tuvo al mismísimo Catulo hispalense abrazando el atril del Maestranza. Y menos mal que muchos no se enteraron. Las lenguas afiladas aseguran que a Caro Romero lo hubieran hoy descabalgado del pregón con el oportuno dossier de sus poemas más tórridos. Será que los censores a los que temía Alberti siguen coleando. Lagarto, lagarto…

El campo de los poetas no acepta vallas. Catulo era capaz de los versos más tiernos, líricos y sensibles para cantarle al amor, y también de los más obscenos en aquella república romana donde había vía libre para la libertad de expresión. Caro Romero es capaz de dedicarle versos a una braga y de componer la bella y honda filigrana que es la letra del Himno de la Esperanza. Le puso edad a la Macarena y ensalza el cuerpo femenino o recrea un encuentro amatorio con toda precisión de adjetivos. Su trayectoria está marcada por algunos poemas cofradieros (concesiones a la religiosidad popular) y mucha, muchísima, poesía erótica.

Última pareja por antigüedad en el tramo de la muy tiesa Academia de Buenas Letras. Consumidor de papelones de calentitos. Fue cabo gastador de sanidad militar, desfilando un Corpus y un 15 de agosto. No necesitó del barniz universitario para brillar desde muy joven. Hace 50 años logró el premio Adonais. Hace quince dio el Pregón de la Semana Santa. Odi et amo. Un día le comentó a un amigo:“No hay cosa más falsa que esas dedicatorias de libro que aluden a la gran admiración y enorme cariño del autor por el lector. Eso es una gilipollez. Las dedicatorias hay que personalizarlas”. La moto Ducati duró 37 años. Ya no arranca, pero sigue conservada. Como un libro más. Como los ramos de flores secos que adornan el patio. La flor marchita pierde color, pero no su condición de flor.

El poeta sin móvil ni timbre en la puerta se queja de lo difícil que es hablar por teléfono con el periodista. El perro ladra. Y sueña con que ningún pregón más le prive de su paseo. Menos mal que el cofraderío no consume mucho Catulo. Guau, guau.