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El mayor de catorce

Carlos Navarro Antolín | 16 de octubre de 2016 a las 5:00

Miguel Rus Palacios
CUANDO uno mira las ramas altas de su árbol genealógico, o se reconforta al comprobar cuántos de sus mayores están vivos o sufre un desgarro interior al enumerar las ausencias. El día que en Villamanrique murió don Pedro de Orleáns y Braganza, alguien recordó públicamente que el Rey se quedaba sin referencias por arriba, pues hacía ya años del fallecimiento de sus padres y sólo le quedaba aquel tío al que tanto le gustaban el Rocío y los paseos a caballo. En realidad aún le quedaría don Leandro durante un tiempo, el hijo bastardo de Alfonso XIII, pero ya se sabe que en cuanto el bastardo asomó el bigote por los platós, quedó orillado para la Familia Real. Como si no existiera. Por encima del rey emérito ya no queda nadie de la generación anterior. Cuando uno hace el ejercicio en otra dirección y mira quiénes y cuántos son sus colaterales en el árbol, puede encontrarse con que no hay nadie (la soledad del hijo único), con solo un hermano (el caso de la parejita) o con un verdadero fenómeno de superpoblación. Esto último le ocurre al presidente de los empresarios sevillanos, Miguel Rus Palacios (Sevilla, 1965). Cuando cumplió los 15 años contempló su árbol particular y tenía nada menos que trece hermanos, lo cual, como ciertos sacramentos, imprime carácter.

Es hijo de Antonio Miguel Rus, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y de Carmen Palacios, funcionaria de Hacienda. Desde chico fue conocido en el ámbito familiar como Miguelín, un apelativo que servía para dar nombre a la saga, Los Miguelines, y ser distinguidos de los demás primos. Rus Palacios pertenece a la hermandad de los sevillanos que combinan un tercio de timidez, un tercio de distanciamiento defensivo y un tercio de carácter jovial que sólo deja ver en ocasiones especiales.
Con sólo cinco años se puso a fregar platos subido en una banqueta para ayudar a su madre porque había fallado la asistenta. Puso a su hermano de cuatro años a enjuagar lo que él iba fregando.

La constructora que hoy dirige este Rus tiene sus orígenes en 1921. Miguel es nieto de Salvador Rus López, figura imprescindible para entender la trayectoria del hoy presidente de la Confederación de Empresarios de Sevilla (CES). El abuelo Salvador nació en Doña María (Almería), donde su padre trabajaba en la construcción de una estación de ferrocarril a cargo de una compañía inglesa, pues en esos tiempos en blanco y negro no había empresas españolas preparadas para obras de cieerta enjundia. El abuelo terminó por fundar en Sevilla la empresa Salvador Rus López Construcciones, que en 1997 pasa a denominarse Grupo Rus, ya con la segunda generación controlando el accionariado, y en el año 2003 pasa a denominarse Rusvel, en alusión a los herederos e hijo de Salvador Rus López, que se apellidaban Rus Velázquez. Al tomar el mando de la empresa la tercera generación, Miguel Rus Palacios alcanza la actual responsabilidad de consejero delegado.

Los veranos del quinceañero Miguel no eran para echarse en una hamaca a ver pasar las nubes. Su padre tenía una máxima:las vacaciones son para cambiar de ocupación, no para tirarse al palo hasta el comienzo de curso. Así es como empieza Miguel a ayudar en el polígono Isla Menor, en unas instalaciones que llamaban El Polo, donde se guardaban las máquinas de asfaltado y funcionaban varios talleres. El pequeño Miguel era el chico de los recados y las chapuzas que incluían los arreglos del jardín. Según pasan los años, tanto Miguel como sus hermanos varones van asumiendo tareas de mayor responsabilidad: interminables hora en la báscula de camiones, funciones diversas en las plantas de machaqueo y canteras, a pie de obra extendiendo el asfalto. Dicen que es entonces cuando destaca por su disposición para el trabajo, la celeridad en el aprendizaje de los distintos oficios y una notable facilidad para la integración en los colectivos.

Durante el curso escolar, los hermanos varones se turnaban por semanas, de modo uno se levantaba una hora antes para preparar el almuerzo que debían llevar ese día al colegio. Un total de 28 bocadillos, 14 de un relleno para media mañana y otros 14 de otro sabor para el almuerzo. El encargado tenía que ir por el pan a las 6:30 y acto seguido ponerse manos a la obra. Hoy sigue teniendo pasión por el bocadillo de filete empanado de su madre.

Un verano se lo pasó trabajando junto a sus hermanos en la construcción de un pequeño puente en una vereda particular en el término de Aznalcóllar, una obra que el cabeza de familia asumió en solitario. Miguel ejercía de encargado de obra y los demás hermanos eran los peones. Como es lógico en unos adolescentes, lo que menos les apetecía era levantarse temprano para ir a trabajar de sol a sol en los meses de vacaciones. El padre les enseñó a todos cómo se hacían los planos, la preparación de los hierros para el forjado, las cimentaciones, la colocación de las vigas. Entre los hermanos organizaron turnos:unos trabajaban a ratos, mientras otros cazaban ranas. Con el tiempo se sintieron sumamente orgullosos de haber hecho esa obra todos juntos y sin cobrar. El padre de Miguel destinó el dinero a afrontar los gastos de la gran familia.

Otra consecuencia de vivir en una familia de 14 hermanos era la inexistencia de paga semanal. El hambre agudiza el ingenio. El joven Miguel tenía que apañárselas para sacar algunas pesetas para los caprichos de la edad. Así arrancó su primera aventura empresarial y, de paso, que su nombre empezara a sonar en esa generación de sevillanos que hoy ronda la cincuentena: las fiestas de los Rus. Se celebraban en un local vacío que tenía la constructora en la avenida Padre García Tejero y que hoy sigue siendo sede de la empresa familiar. Se convocaban los fines de semana en los que el Claret no organizaba sus propias fiestas juveniles. Todos recuerdan que las fiestas de los Rus tenían un éxito rotundo con el cartel de no hay billetes en las primeras horas. De aquellos años queda una notoria capacidad para organizar fiestas. Se dice que Miguel Rus tiene uno de los mejores quit de juergas de Sevilla: equipo de música, bafles, micrófonos, bolasy luces colores para una perfecta ambientación… Hoy conserva la misma pandilla de amigos del colegio y del entorno de Heliópolis con citas fijas como el encuentro en las vísperas de Feria, los cumpleaños y santos y hasta el horripilante Halloween tan desgraciadamente emergente de los últimos años. Pero conocida es la máxima: “Hay gente pa tó”.

Miguel fue aficionado al futbito, con partido semanal hasta que los médicos le aconsejaron reducir la actividad tras varias lesiones en el tobillo. Ahora no perdona un día sin algo de actividad física: correr, pasear, ciclismo o natación. Es bético, pero nunca ha condicionado su agenda para ver un partido de fútbol.

La vida es una carpeta donde su madre va guardando los recortes de prensa en los que aparece su primogénito. La vida son recuerdos de los 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, cuando el niño Miguel organizaba una función de teatro en homenaje a su madre. Durante años repitió con sus hermanos y primos La Tierra de Jauja de Lope de Rueda con un argumento muy evocador para quienes se criaban en una familia numerosa: dos ladrones muertos de hambre planean asaltar a Mendrugo y comerse toda la comida de su olla. Para entretenerlo le hablan de un lugar llamado La Tierra de Jauja que es una especie de paraíso hecho de comida donde nadie sufre ni trabaja, y mientras uno habla el otro va comiendo hasta dejar a Mendrugo con la olla vacía. La vida es una familia organizada en dos mitades: los siete mayores y los siete pequeños. El despiste a la hora del almuerzo o de la cena se pagaba con una ración menor de rancho. La vida son recuerdos de paseos por Punta Umbría con un cartuchito de camarones en la mano o una tapa de mojama por delante y, ya de adulto, de visitas al mercadillo dominical de Manilva tras descubrir las bondades de la costa malagueña.

Al terminar la diplomatura universitaria comenzó a trabajar en la empresa familiar, entonces aún dirigida por su abuelo, quien siempre lo quiso a su lado para pilotar la sociedad al apreciarle capacidad para conciliar los intereses de las distintas ramas familiares. El abuelo marcó al nieto. El nieto hoy no quiere defraudar la confianza del abuelo y hace lo imposible por impedir que la empresa, con una antigüedad de 95 años, engrose la lista de sociedades familiares que se van al traste.

Miguel jamás olvidará la muerte de su abuelo. El día del funeral se produjo una anécdota reveladora. El velatorio fue en la casa familiar de la calle Tajo. Los nietos portaron el féretro hasta el templo. Al salir la comitiva del edificio, un grupo de trabajadores de la compañía, vestidos con los monos azules, esperaban en la acera de enfrente para portar también los restos mortales del patrón.

Hace pocas semanas envió un correo electrónico a todos los accionistas de la familia para comunicar el anuncio de adjudicación de las obras del gol sur del estadio del Betis a la empresa Heliopol, filial de la constructora Rus:“Una obra que, junto con otras que se están ejecutando, nos situará de nuevo entre las grandes constructoras andaluzas”.

En su entorno está considerado como un tipo especialmente cuidadoso con su cabello. Ahí le sale el perfil narcisista. Y también como un experto en comerse los “marrones”. Dicen que es el primero en dar un paso al frente si ve que nadie sale del burladero. No suele pelearse con nadie, ni responder a críticas o chismes. Es intransigente con la falta de profesionalidad. Suele ir al grano. A los problemas, solución. Le cuesta pedir ayuda, si acaso informa de que va a hacer algo y comenta que le vendría bien alguna asistencia. Tampoco hace reproches o recuerda favores realizados.

Es muy detallista. Pide el taxi para sus padres cuando deciden abandonar un sitio, le ofrece una cerveza al que se la está terminando, le busca una silla a la madre de un amigo, o deja pagado un desayuno a unos amigos sin decir nada. Se conoce cualquier bar nuevo y le encanta ejercer de cicerone. Se desplaza en moto los días de Semana Santa y Feria. Es hermano del Cristo de Burgos, donde suele salir de penitente, aunque como presidente de la CES suele ir con vara.

Uno de los días más aciagos de su vida fue el del fallecimiento de su hermana Rocío en 2005 al no superar una operación quirúrgica. Se pasó la noche escribiendo una carta especialmente emotiva que leyó en el funeral. Lejos de ser un texto lacrimógeno, Miguel ensalzó la gran familia en la que se habían criado todos los hermanos gracias a la generosidad de sus padres, lo que les permitió disfrutar de alguien como Rocío tantos años. Ydio gracias a Dios por tener fe como para sobrellevar la pérdida de una hermana.

Su llegada a la presidencia de la patronal sevillana supuso una ruptura con los perfiles anteriores. Rus no es un empresario en retirada o en el tramo final de su carrera. No es Fernando Guerrero o Antonio Galadí. Rus está muy activo, lo cual ha sido objeto de crítica desde instancias oficiales que han llamado la atención sobre una posible colisión de intereses que le restaría independencia. Lo que nadie duda es que a Rus le ha tocado dirigir una CES en crisis, por no decir en quiebra, que tuvo que marcharse de la sede noble de República Argentina por falta de recursos y que sufre la amenaza de la Cámara de Comercio, que preside Francisco Herrero, que aprovecha la debilidad de la patronal para ganar terreno como representante de facto del empresariado. La verdad es que Rus y Herrero no se llevan como para ir juntos al Rocío.

En algunos discursos se ha metido Rus en fregados gratuitos al echar flores en plena campaña electoral al entonces candidato del PSOE a la Alcaldía. Estos últimos años los ha pasado yendo y viniendo a Panamá, asumiendo personalmente la gestión de varias obras. No fue fácil participar en reuniones en las que algún interlocutor guardaba un arma debajo de la mesa, y donde las complicaciones de las obras eran habituales. Lejos de amedrentarse, aprovechó los días para conocer a fondo el país y traerse todo tipo de artilugios como altavoces, auriculares acuáticos o muestras de artesanía local.

La hiperactividad hispalense

Carlos Navarro Antolín | 19 de octubre de 2014 a las 18:08

FRANCISCO HERRERO
Agosto bajo. Hotel recoleto de Vistahermosa, en el Puerto de Santa María. Aún no son las diez de la mañana. En el salón del desayuno hay un par de familias, una camarera reponiendo el zumo y un tío soñoliento esperando que el tostador le devuelva la rebanada. Los atuendos son los propios del verano. Al momento irrumpen unos señores bien vestidos, no son huéspedes del hotel. Buscan una mesa para un desayuno de trabajo. La consiguen en el jardín, separados de las familias que apuran plácidamente los días de sol y playa y de los guiris que embadurnan de grasa la primera ingesta del día. A los pocos minutos llegan más personas. Son asesores, se sientan todos juntos y comienza la sesión. La camarera los surte de café y tostadas. Las viandas se acaban, el trabajo sigue hasta casi la hora del aperitivo. Francisco Herrero León (Sevilla, 1942) ha hecho venir a su equipo hasta su lugar de vacaciones para que cuando sea el primero de septiembre todo el mundo conozca ya las coordenadas de trabajo. El objetivo es que el primer día no se pierda más tiempo que el que se tarda en el encendido de los ordenadores.

La clave está en un continuo movimiento, en tirar siempre hacia adelante, en el frenético ajetreo del ¡vamos, vamos, vamos!En no pararse, en mantener siempre la tensión, el zigzagueo del futbolista que espera rematar el córner. Todo lo demás puede ser hasta accesorio, secundario, prescindible. Pero el movimiento es fundamental. La acción es lo primero. ¿Hacia dónde se anda? ¿Hacia dónde se camina? Eso ya se analizará después. El fin es el movimiento. Dicen que Herrero es hiperactivo, capaz de acudir a cinco actos en un día, aunque después se le quede una idea difusa de cada uno de los sitios a los que le ha guiado su frenesí.

Es un fijo de las galerías gráficas hispalenses. Los observadores de la avifauna local nos sabemos todos sus trajes, su esmoquin en la noche de la cena de gala del club de enganches, las gafas de sol para los toros en localidad preferente y los tirantes que exhibe en ocasiones al echarse una mano al bolsillo. Herrero es muy de las Penas de San Vicente, lleva la cofradía en los genes y es nazareno de ruán que mantiene la antigua costumbre de saludar con una leve inclinación de cabeza. Pero también pertenece a la Congregación de los Eternos Invitados a una Boda, que son esos sevillanos que siempre están en perfectas condiciones de asistir a un enlace matrimonial. Ustedes se fijan bien en Paco Herrero, en Javier Arenas o en Antonio Pulido y dan ganas de darles la enhorabuena, con esos trajes, esa camisas monolocolores y esas corbatas ortodoxamente cañetianas, de Cañete, que están listos para hacer el paseíllo como padrinos. Lo mismo da que sea la firma de un convenio, un funeral o una entrega de premios: siempre como recién salidos de los Salones Osiris o del Salón de las Bodas que se organiza anualmente en Fibes. Dan ganas de preguntarles:

–¿Le han tirado mucho arroz a la novia, oiga?

Pues si ustedes ven en tantas fotos a Herrero es por esa envidiada hiperactividad y porque también tiene muy clara la importancia de conjugar el verbo estar al hispalense modo. Parece muy fácil, pero hay gente que no ha entendido esta clave en su vida. ¿Pues no que hubo un arquitecto que contrató a una consultora para que le facilitara eso de entrar en Sevilla? La consultora cobró y el tío aún anda probando las llaves en la cerradura. Herrero tal vez no tenga claro hacia dónde hay que moverse, pero sí dónde hay que estar. Y él está siempre dentro de esa Sevilla por la que muchos se pirran y que otros muchos denuestan. Para Herrero, ser es estar. Y lo hace a la perfección en esos ámbitos de la ciudad tan difíciles como complicados, donde lo importante no es brillar, sino estar; no es hacer cosas sustanciales, sino estar; no son los méritos, ni el currículum, ni la trayectoria profesional, sino estar. El fin es estar. En el palco, en la presidencia de la mesa, en la barrera, en la pomada, en el machito, en la foto, en la cofradía…

Para seguir estando tanto años es fundamental no tener grandes enemigos. Para no tener grandes enemigos conviene molestar lo justo. Si es posible, nada. No pelearse con nadie. Y, por encima de todo, cumplir la regla de oro del código del estar: pasar desapercibido en el terreno corto y lucir de la forma más notable a lo lejos. Que se vea quién está sentado en la presidencia, quién ocupa la localidad más importante, quién en definitiva está donde hay que estar, con esa precisión del buen administrador que siempre ha sido como consignatario de buques.

El entorno puede cambiar, los personajes se pueden jubilar, caer en desgracia o pedir manigueta en La Canina, pero Herrero siempre está, como decían del genio del toreo: unos vienen y otros van, Paco Ojeda (Herrero) siempre está. ¿Y por qué? Por su capacidad de adaptación al hábitat como buen personaje sevillano que ha llegado a ser. Cuentan que esta ciudad está hecha a su medida como un traje de O´Kean. Herrero maneja el santoral con precisión de bordador de oro fino. No se le va un detalle. Un poner:el día de San Carlos Borromeo, correo electrónico breve y cálido a todos los Carlos.

Lo peor que a uno puede ocurrirle con Herrero no es que se olvide de felicitarte la onomástica, sino que tras empezar a contarle una historia te interrumpa y te pida muy cortesmente que la película con la que estás machacándole los oídos se la mandes en un papelito. Es lo que se llama la larga cambiada al herreriano modo. ¡Óle! Es un equivalente a la respuesta del obispo cuando el párroco de pueblo le pide reformas en el tejado del templo porque se llueve, una paguita para el sacristán y permiso para una procesión extraordinaria porque le hace mucha ilusión a los feligreses. “Se estudiará”, dice el prelado rematando con toses de indiferencia. Pues en vez de estudiar, Herrero pega la media verónica que es marca de la casa: el papelito.

Lo mejor que puede ocurrirle con este personaje es disfrutar de su sentido del humor, de su carácter vivo y de sus ocurrencias. No han sido pocos los actos en los que ha intervenido en público y ha comenzado dando las gracias a su hermano Santiago y a Juan Salas Tornero por todo lo aprendido de ellos. A ambos se ha referido en esas ocasiones como sus “hermanos mayores”, cuando Herrero es el mayor de los tres.

Preside la Cámara de Comercio y se ha hecho con el control de Antares, por cuyo foro han pasado muchos empresarios, dirigentes políticos y vendedores de crecepelo de los que hoy ya no quedan más que las cenizas sociales. Es quizás el último mohicano de aquella sociedad emergente de los años de ladrillo y champán. Se mantiene vivo, bien conservado, con ese pelo armoniosamente encanecido. A Herrero le ponen una toga blanca, lo sueltan por Itálica y habría cola de turistas para hacerse una foto con la recreación perfecta del cuñado de Trajano. Es un patricio del siglo XXI al que cualquier día nos lo nombran presidente de la Asociación de Amigos de la Cuchipanda, porque aquel acto al que no acude Paco Herrero es una cita venida a menos, decadente, de medio pelo. Por mucho que usted presuma de tener en su acto al presidente de los empresarios andaluces, la CEA, eso ya no puntúa, porque al señor de Málaga que ahora preside la patronal lo conoce menos gente que a un tal Moreno Bonilla, otro de Málaga que es presidente del PP de toda Andalucía, menos de Sevilla, que se le resiste como la aldea de Astérix y Obélix se resistía a los romanos, por aquello de no salirnos del Imperio. Hoy una cuchipanda que se precie tiene que tener a Paco Herrero, con su ¡vamos, vamos, vamos!, sus saludos a todo quisqui y su cuarto y mitad de largas cambiadas para que los pesados de turno le manden un correíto.