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Dos disparan juntos

Carlos Navarro Antolín | 8 de abril de 2018 a las 5:00

salazarbajuelo

EN Sevilla hay dúos que forman parte del paisaje urbano y que generan afecto y simpatía. Personas que se llevan la mar de bien y a las que no se entiende por separado. Incluso tenemos un dúo histórico que sacamos en procesión el Jueves de Corpus: las Santas Justa y Rufina, mártires trianeras. ¿Usted se imagina al cardenal Amigo sin el hermano Pablo a su lado dispuesto a colocarle la mitra, pasarle las páginas de los textos sagrados durante la misa, o advertirle de que una señora está esperando con ilusión y paciencia su bendición detrás de una valla? Un dúo archiconocido en la vida social de la ciudad es el de las hermanas Cobo, ora en las butacas del teatro de la Maestranza, ora en la plaza de toros, ora en la salida de la Redención, la cofradía que atrae a los famosos en los últimos tiempos. Otros dúos actuales son los modistos Victorio y Lucchino, el ministro Zoido y Gregorio Serrano, los peperos locales Beltrán Pérez y Rafael Belmonte, el interventor y el secretario del Ayuntamiento, José Miguel Braojos y Luis Enrique Flores, el abogado Adolfo Arenas y el carpintero Andrés Martín. En la Sevilla de los 90, por ejemplo, eran muy conocidos el dúo del poeta Manuel Lozano y el pintor Francisco Maireles, y el del presidente del Consejo Antonio Ríos y su hermana doña Rosario.

El dúo que cuenta con mayor antigüedad en Sevilla es el de los fotógrafos Fernando Salazar y Ángel Bajuelo. En Sevilla están los sevillanos de la Cámara con mayúscula al igual que están los sevillanos de la cámara con minúscula. La Cámara con mayúscula es ese organismo que no se sabe muy bien para qué sirve en la actualidad, pero que le da ocupación cotidiana a gente muy respetable y querida. Gracias a la Cámara con su mayúscula tenemos a don Francisco Herrero en todos los saraos de la ciudad, que da gusto saludarlo, siempre maqueado, tan sonriente como el metre de Becerrita y dispuesto para la fotografía de rigor que habremos de ver en todos los papeles al día siguiente e incluso en sucesivas jornadas. Un hombre, un voto. Un acto, una foto. Un tinglado sin Paco Herrero es un pregón sin versos, un Martes Santo al revés, una Feria sin Calle del Infierno. Y entre los sevillanos de la cámara con minúscula están en lugar preferente dos de la quinta del 52, nacidos ambos en la Puerta Real. Salazar y Bajuelo, Bajuelo y Salazar. Comparten vocación por la fotografía, pero no la ocupación profesional. Salazar ha sido mayorista del gremio de la joyería hasta su reciente corte de coleta, que se produjo el pasado Sábado Santo. En España las cosas importantes suceden en Sábado Santo: la legalización del Partido Comunista, la salida de la Canina y la jubilación de Fernando Salazar, que deja de transportar oro en su maletín de alta seguridad como un Melchor de la vida cotidiana, de cliente en cliente, de joyería en joyería.

Bajuelo, en cambio, es un sevillano que hasta hace poco te vendía una moto. Literal. Se ha pasado más de cuarenta años vendiendo motocicletas en un comercio de la calle Torneo. Cuando Salazar terminaba de descargar el oro en los mostradores de las joyerías y Bajuelo había colocado ya todas las motos a los clientes de la jornada, ambos se dedicaban (y aún siguen) a patrullar la ciudad con la cámara de fotos. Antes usaban las de carrete y ahora emplean la Fuji o la Nikon. Antes trabajaban con las diapositivas y ahora se afanan en el tratamiento digital. Quizás la clave de la permanencia del dúo es que Salazar y Bajuelo son completamente distintos. Fernando es la gracia, la guasa y esa otra modalidad de humor llevado al extremo que aparece mechado de acidez. Bajuelo es la discreción, el paso atrás, el silencio, la observación, los párpados a media altura que protegen unos ojos que lo escrutan todo calladamente mientras los demás hablan. Unidos por la fidelidad a la cofradía del Museo y por la afición a lucir barba, pero separados por los caracteres. Salazar tiene mando en plaza en muchas cofradías gracias a su popularidad. ¿Cuántas veces no hemos visto a un capataz preguntarle en plena faena?: “Fernando, ¿te lo paro aquí para la foto?”. Y se oye el martillazo, los zancos se van al suelo y Salazar y Bajuelo preparan la escalera y la cámara y se ponen a disparar.

Fernando es el trabajo con los métodos tradicionales. Bajuelo es el innovador, el primero de los dos en usar el palo, las máquinas digitales y las composiciones angulares. Fernando es el relaciones públicas, dicharachero, siempre con el sacapuntas preparado para afilar cualquier situación. Y Bajuelo disfruta si se libra de ir a un acto que exija hablar en público o de tener que recoger un premio. Cuando Fernando suelta una gracia de las buenas, quizás lo mejor es comprobar cómo Bajuelo se ríe para adentro, esa risa de nazareno que se intuye por los ojos del antifaz.

Fernando es la fuerza física. Bajuelo es la capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías. A Salazar se le recuerda alzar victorioso los carretes tras un intenso día de Semana Santa, sabedor de que había conseguido las imágenes que buscaba: “¡Ocho, ocho orejas he cortado!”. Esos pasos de frente o de lado, con un encuadre perfecto, sin una farola, sin una banderola de comercio, sin un calvo estropeando la perspectiva.

Fernando ronea de sus fotos, exhibe al vuelo la capa brillante de sus triunfos. Le gustan los cielos celestones cuando la noche aún no es plena. Ángel es de ruan, la cola siempre recogida, y prefiere la luz potente del día. Cuando aparecieron los primeros teléfonos móviles con capacidad para hacer fotografías –aquellos Nokia muy básicos– ocurrió un hecho curioso en el retorno nocturno de San Roque. Salazar no aguantaba más y exclamó: “¡A ver los tontos con los móviles! ¡Ya está bien!”. Se esfumaron todos los usuarios de teléfonos y el dúo incombustible pudo entregarse a su afición.

Una singularidad de Salazar es que tiene un palco en la plaza donde es muy difícil sorprenderlo. Para Salazar, su amigo y socio Bajuelo es el “maestro”. Te lo encuentras solo, le preguntas por Ángel y te suelta una perla: “El maestro está en el puente con el palo”, en alusión a los nuevos artilugios que ofrece la técnica y que Salazar siempre ha mirado con recelo.

La vida son recuerdos comunes del colegio infantil de la calle Gravina y posteriormente del colegio San Luis Gonzaga de la calle Trajano. La vida es parar las tardes de Semana Santa para el avituallamiento en Martián, el comercio de Sierpes de Eduardo Martínez Angelina. La vida era levantar la diapositiva y disfrutar de la foto en ese formato, la vida es el ruido de las máquinas al disparar, la fundación del grupo de fotógrafos F-100 que tenía su sede en Jimios. La vida es encontrarse con monseñor Amigo hace unos años por la calle Tomás de Ybarra una tarde de Semana Santa:“Fernando, me debe usted la foto de cuando llegué a Sevilla”. Yya se sabe el lema general de Fernando, la leyenda de su escudo personal: “Mañana te llevo la foto”. Las fotos son siempre para un mañana que llega a la velocidad que dictan los autores de las imágenes. La vida es un dúo cuya heráldica bien podría basarse en tres elementos: el trípode, la escalera y la moto para los desplazamientos rápidos. La vida es beber de la fuente de Luis Arenas y tener discípulos predilectos como Javier Mejía, exquisito fotógrafo que suma lo mejor de cada uno de estos dos sevillanos.

Los sábados a mediodía son para la tertulia El Escapulario en el salón de Casa Ricardo, antigua Casa Ovidio, donde son fijos Juan Salas Tornero y su hijo, Joaquín Lopera, los Fernández Palacios, Antonio Escudero y Gabriel Camacho, entre otros.

Los tinglados que monta el personal para casarse en los últimos tiempos provocan que este dúo cada vez acepte menos los reportajes nupciales. ¿Ir a la playa a hacer fotos de los novios con el mar de fondo? No, gracias. ¿En los Jardines de Murillo? No, gracias. ¿En la Plaza de España? No, gracias. Y Salazar y Bajuelo van poniendo mesura y eso que cotiza cada vez menos en las celebraciones sociales: el criterio. Tonterías, las precisas. Y como dijo el tabernero de la calle Boteros cuando le pidieron con una pronunciación muy trabajada una copa de Marie Brizard: “Chucherías, al quiosco de la Alfalfa”.

Siempre vestidos con respeto para las cofradías, el Ateneo o cualquier acto social al que son reclamados. Siempre alejados de la estética de muchos fotógrafos de hoy que parecen yihadistas con cinturones de explosivos para trabajar. Siempre parcos en la palabra y con el tono de voz bajo. Son confundidos con asistentes al culto, a la procesión o a la conferencia de turno. Junto con Martín Cartaya ejecutan a la perfección la virtud de estar sin ser visto, trabajar sin molestar y acudir a los sitios sin hacerse notar.