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A la medida del Betis

Carlos Navarro Antolín | 9 de septiembre de 2018 a las 5:00

SERRA FERRER

LOS pies son una parte del cuerpo que conviene tener protegida. Por seguridad. Por higiene. También por ese concepto de decoro que no está precisamente al alza. En una sociedad de padres débiles por hiperprotectores y con profesores con pies de barro, muchos niños tienen la mala costumbre de quitarse los zapatos en cuanto llegan a una casa. Los pies desnudos simbolizaban la divinidad en tiempos muy antiguos. Muchos famosos se retratan en sus paradisíacos jardines con prendas blancas y los pinreles al aire… La ausencia de calzado se asocia a la comodidad, a cierta saludable transgresión de las normas y, por supuesto, a esa estación del año donde se impone hacer el indio: el verano. Había un entrenador de fútbol que obligaba a sus jugadores a acudir al comedor del hotel de concentración perfectamente calzados y con calcetines. Nada de chanclas. Explicaba que se podían lesionar en cualquier momento por efecto de un golpe. Daba la orden sin complejos, con esa energía propia de los caracteres exigentes, puntillosos y controladores que muchos profesionales proyectan en sus horas de trabajo. ¡Todos bien calzados! Y obedecían.

Lorenzo Serra Ferrer (Sa Pobla, Mallorca, 1953), hoy vicepresidente deportivo del Betis con funciones ejecutivas como director deportivo, era aquel entrenador que se negaba a permitir las chanclas en los restaurantes. Es curioso cómo la disciplina, un valor muy a la baja en la sociedad de hoy, se mantiene vigente en el Ejército y en el fútbol, dos oasis en el desierto de autoridad que lastra muchos ámbitos. Se dice que Serra Ferrer es de los que emite calambre en su trabajo. Su nivel de autoexigencia le lleva a ejercitarse en la bicicleta estática –con 65 años sigue haciendo una hora cada día– o a coordinar la labor hasta de las limpiadoras de acuerdo con el equipo de fútbol. Así lo ha demostrado en dos fases como entrenador del club verdiblanco.

Está obsesionado con la felicidad de los béticos. Se quedó impresionado de la reacción de la afición por el ascenso a Primera División alcanzado en Burgos en 1994. El Betis lo ha convertido en personaje por mucho que haya sido entrenador y director deportivo de F. C. Barcelona, entrenador del AEK de Atenas y hasta dueño del Mallorca, donde contrató como técnico al muy sevillista Caparrós. Todo lo importante se lo debe al Betis, sí. Pero es irrebatible también que el mallorquín le ha dado al club sus días de mayor gloria contemporánea.Lo suyo con el Betis es un matrimonio perfecto, tan perfecto que ha superado períodos de separación.

En Sevilla es también un personaje más allá del fútbol, una ciudad tildada de cerrada. Caminar a su lado es pararse continuamente para que el personal se haga fotos a su lado con el teléfono móvil, o para agradecer los saludos y vítores de los albañiles de una obra de la Gavidia cuando se dirige a la Plaza de San Lorenzo para ver al Gran Poder. Antes o después de la visita al Señor, siempre para en la bodeguita Dos de Mayo. Lorenzo tiene un perfil numismático, de calva brillante. Cuando lucía bigote parecía sacado de una de aquellas monedas en las que se podía leer: “Por la gracia de Dios”.

Se ha hecho con el tiempo, de forma natural, con un círculo de amistades fijo, ha cultivado la relación con grandes como Curro Romero, el cardenal Amigo o Carlos Herrera. Muy habituales han sido y son sus encuentros con Pepote Rodríguez de la Borbolla, Luis Carlos Peris, Manolo Rodríguez, Juan Salas Tornero y su hijo Juan Salas Rubio, Julio Jiménez Heras, los Cuéllar… Hace todo lo posible por evitar a los sevillistas en su tiempo de ocio para sentirse libre al emitir sus opiniones. Serra es un forofo bético (muy “talibán” del beticismo, en expresión de algunos). Es persona que combina la educación con un fuerte carácter. Todos recuerdan cuando un policía local muy sevillista y especialmente celoso en su tarea lo detuvo el Sábado Santo de 1996 en el aeropuerto de San Pablo cuando iba a recoger a su mujer por no retirar el coche de donde lo había estacionado un instante. La narración de aquel suceso ha sido magistralmente repetida más veces que Verano azul por el entonces concejal de Seguridad Ciudadana, Luis Miguel Martín Rubio. El trato lamentable que recibió en las dependencias policiales del Pabellón de México le provocaron ganas de dejar la ciudad.

Y también se recuerda la patada que le dio al delegado del Sevilla, Cristóbal Soria, en el año 2005 tras soportar insultos graves durante un derby. “Al finalizar el encuentro el entrenador del Real Betis propinó una patada al delegado de campo a la altura del tobillo, haciéndole caer. El entrenador fue retirado por las Fuerzas de Seguridad del Estado para evitar males mayores”.

Nunca olvidará el momento en que conoció a Curro Romero. El matador estaba liado con el capote de paseo antes de un paseíllo en la plaza de toros de Sevilla. Curro iba vestido con un terno negro azabache. En esos momentos de tensión fue presentado a Serra Ferrer, que acertó a preguntarle: “Maestro, me han dicho que es usted bético”. Y Romero respondió: “¿Yquién no?”. Y cómo no recordar su primer encuentro con uno de sus grandes amigos, el periodista Luis Carlos Peris, en una rueda de prensa posterior a un partido en el lejano septiembre de 1989. Era tardísimo, las preguntas no cesaban y había que enviar la crónica, cuando a Serra le plantearon una cuestión en mallorquín, lo que generó que el entrenador respondiera en la misma lengua. “¡La hemos jodido con la hora que es!”, exclamó un Peris disgustado por una nueva demora provocada por la necesidad de recurrir a un intérprete.

La vida son recuerdos de una familia de cinco hermanos donde el primero que metía el trozo de pan en la fuente se llevaba la salsa. Es sentir el orgullo de ser mallorquín, hablar el mallorquín en familia, pero pronunciando los nombres propios en castellano. La vida es estar arraigado en Sevilla. Amante de la Semana Santa, apasionado de los toros y feriante comedido. No le gusta nada el Rocío. Dicen que lo pasó mal cuando Lopera lo invitó a una jornada en la aldea. La vida es tener plena confianza en su gente, sobre todo en Alexis, principal referencia de su núcleo duro. La vida son momentos sentado a la mesa en La Isla o Bajo de Guía, donde siempre guarda una dieta frugal, pero selecta. La vida es vivir cerca del club para el que trabaja y soñar con una casa en la calle… Betis. La vida es coleccionar grandes obras de arte, como lienzos de Miró o Barceló. La vida es ejercer de empresario hotelero de éxito con dos establecimientos en las Islas Baleares.

Aseguran que es currelante como pocos y desconfiado como casi todos los entrenadores de fútbol. Los entrenadores son gente acostumbrada al equilibrismo, a vivir con la certeza de que la felicidad siempre es efímera, acaso dura una semana cuando se está al frente de un equipo.

En sus dos primeras etapas en el Betis, ambas como entrenador y con Manuel Ruiz de Lopera en la cúspide del club, fue víctima de los celos, que son la antesala de la envidia. Como dicen los psiquiatras, hay muchas ocasiones en que no se puede hacer absolutamente nada para no generar ni celos ni envidia. La afición del Betis reconoció pronto los éxitos del equipo en la figura de Serra Ferrer y no en el dueño del club. A Serra se debieron el mítico ascenso del 94 tras conseguir 22 de 24 puntos posibles, dos finales de copa del Rey,de las que ganó una en 2005; dos clasifiaciones para la UEFA y una para la Champions. Tras ganar la Copa del Rey y ofrecer el título al Gran Poder, Serra vivió una auténtica procesión de gloria desde la basílica hasta el autobús. Aquello no gustó nada a don Manuel. Serra pidió refuerzos de nivel tras clasificar al Betis en la Champions. No se los dieron, bien por cicatería del presidente, bien porque Lopera ya sentía el aliento de Hacienda en la nunca, bien porque no quería encumbrar más a Serra. El caso es que el entrenador, con manejo de la sutileza, pronunció una frase demoledora en una entrevista concedida a Peris en Diario de Sevilla: “El Betis será lo que quiera don Manuel”. Los focos iluminaron al dueño con claridad.

Es cierto que Lopera ha sido una circunstancia en su vida. Serra está hoy feliz en el club como director deportivo, sin los corsés y condicionantes de antaño. Tiene un Betis a su medida, el que muchas veces soñó, rodeado de profesionales de la gestión, sin personalismos, con un estilo de trabajo moderno donde no caben las alharacas. Serra sigue siempre con los pies protegidos. Las chanclas no paran ningún golpe. Y no son decorosas para el trabajo. La comodidad se paga. El decoro, en el fondo, es una suerte de blindaje.

El exceso como motivación

Carlos Navarro Antolín | 27 de mayo de 2018 a las 5:00

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RESULTA curioso, tremendamente llamativo, que en esta sociedad sin maestros, crispada y con una convivencia urbana degradada, el tratamiento del usted se mantenga en un mundillo como el del fútbol como cuando casi no se conserva en ningún otro círculo laboral. Los alumnos tutean al catedrático por esa igualación por abajo o, quién sabe, si porque los catedráticos de hoy son de pata blanca (por acreditación) y no de pata negra (por oposición). Hasta alguno hay que ha sacado la cátedra tras varios intentos de acreditación y anda queriendo quitarle el sillón a don Miguel Ángel Castro. Tenga usted cuidado, rector magnífico, que le vienen por derecho… Decíamos que los alumnos y profesores se tutean, como los curas tutean a los feligreses y éstos, claro, se toman la misma confianza con los presbíteros. Tutea el camarero, tutea el panadero, tutea el ordenanza, tuteaba el dependiente del Corte Inglés a todos bicho viviente hasta que se ha empezado a aplicar la encuesta exprés sobre el grado de amabilidad con el que (usted) ha sido atendido. Tutean los empleados de Paradores, tutean los médicos a los pacientes, tutean las enfermeras y los celadores al médico, con las correspondientes consecuencias a medio plazo que siempre provoca el no saber guardar las necesarias, saludables y recomendables distancias. Pero, fíjense ustedes, en el fútbol sigue siendo muy habitual que el entrenador se dirija a los futbolistas de usted. Hay más tratamiento de respeto en un entrenamiento de fútbol –“¡Chute! ¡Dispare! ¡Márquelo! ¡Muévase!”– que en el aula magna de cualquier universidad española.

Joaquín Caparrós Camino (Utrera, Sevilla, 1955) es un gran defensor del usted, ya sea para dirigirse a un tiarrón consagrado como defensa central, caso de Pablo Alfaro, ya sea para tratar a pipiolos de 16 años llamados José Antonio Reyes, Sergio Ramos (todavía limpio de tatuajes) o Jesús Navas. Veías a Caparrós hablarle de usted a Navas y ese usted tenía más cuerpo que el propio futbolista. El usted de Caparrós a Navas era como ver a Pau Gasol de chaqué, que los tiros largos parecían inmensos.
Caparrós fue el arquitecto que puso los cimientos del engrandecido Sevilla F. C. que ha llegado a nuestros días. Como los cimientos siempre son una estructura anclada al suelo, a los bajos, empezó la labor en Segunda División, cuando el Sevilla no es que no ganara nada, es que llevaba años sin levantar siquiera un Carranza. Y aquellos sevillistas de entonces se conformaban con ganar el Trofeo Estella o ver marcar goles al alcalareño Ramón Vázquez. El mayor trofeo era hincarle el diente a la salchicha roja que se vendía en los bares del interior del estadio, con esos botes de mostaza o ketchup de dudosa procedencia y que pasaban de mano en mano sin control alguno.

Su carácter de puro nervio y ese continuo papel de agitador, de estar mascando chicle, de provocar constantemente al interlocutor, le llevaron a Caparrós desde el principio a practicar esa labor intensa de motivación, ese aldabonazo permanente al estado de ánimo de los jugadores, toda esa estrategia que hoy se conoce como coaching. Caparrós ni ha estado en universidades especializadas de estimulación de la creatividad, ni en seminarios sobre explotación del rendimiento de trabajadores a su cargo, ni ha hecho ningún máster sobre la forja de habilidades directivas. Es así. Se enloquece en el autobús camino del estadio, parece que es víctima de un Siroco. En esa forma de ser encaja a la perfección una estética ligeramente desaliñada, con el cabello un tanto caótico, con aspecto de científico estresado. Algunos dicen que Caparrós no usa peine: se peina con la toalla. Malas lenguas se llaman.

Hay quienes conocieron bien su carácter en el Trofeo Carranza del año 2004, disputado en la localidad de San Fernando por obras en el estadio de la capital gaditana. Ganaba el Sevilla 2 a 1 al Valencia cuando el balón cayó causalmente en manos de Miguel Ángel Moreno, el periodista que retransmitía el partido desde la banda para la emisora oficial del club. Moreno se apresuró a devolver el esférico al terreno de juego, lo que provocó la reacción airada de Caparrós, que gritó para afearle la conducta al periodista, al que demandaba que fuera más lento, que contribuyera a perder tiempo de juego: “¡¡¡La radio del Sevilla no está metida en el partido!!! ¡¡¡No lo está!!!” Todos debían tener mentalidad de futbolista: desde los utilleros a los periodistas, pasando incluso por el cuerpo médico.

La motivación es fundamental para este entrenador con perfil de hincha, para este sevillano con el que es imposible hablar con calma. Siempre está nervioso, más aún cuando no se encuentra a gusto en un sitio. Si llega a una reunión y no le agrada el ambiente, rápidamente comienza a buscar la coartada para escaparse. Caparrós contagia sus nervios a los presentes.
La vida son recuerdos de la barriada de Pío XII, desde donde acudía andando con su padre hasta el estadio del Sevilla. La vida es acabar los partidos con victoria y mirar al cielo para dedicárselos a quien le inculcó la afición rojiblanca. La vida es repetir cualquier pauta si ha conducido al éxito. Ha lucido el mismo traje en los cuatro partidos que ha entrenado al Sevilla este final de temporada. Yel mismo reloj de la marca G-Shock, de color rojo y de gran tamaño. Ni siquiera se puso el chubasquero en el encuentro con el Alavés pese a la lluvia que estaba cayendo. Todo lo que sale bien debe ser repetido con solemnidad litúrgica. La vida es procurar que los futbolistas no se debiliten con los elogios, no le gustan las alabanzas a los jugadores: “Hay que evitar el azúcar”. La vida es una etapa feliz en Bilbao al frente del Atlhetic Club, donde descubrió a Llorente y a Javi Martínez. Y donde acabó conocido por los vascos como Jokin.

A Caparrós siempre le ha gustado tener controlados a los futbolistas y que éstos se encontraran cómodos. En su etapa como entrenador en el Sevilla promovía los jueves la organización de cenas. Él no asistía nunca a las veladas, pero le gustaba que los jóvenes salieran y trasnocharan –debidamente controlados– una vez a la semana. Para conseguir su objetivo se apoyaba en los veteranos Pablo Alfaro y Javi Navarro, a los que al día siguiente preguntaba por el número de asistentes, el ambiente general y las horas de recogida de todos y cada uno. Tenía claro que dos jugadores se entienden mejor en el terreno de juego si antes han compartido mesa y mantel, como tenía también muy presente la edad de los futbolistas: gente joven con ganas de vida nocturna.
Vehemente, puro nervio, transmite su inquietud a todos los que tiene próximos. Caparrós es de los que no se dejan un gato en la barriga, aunque en ocasiones pague el precio de soltar declaraciones que pisan la raya de picadores del mal gusto. El fútbol de hoy, no obstante, tiene la manga bastante ancha como para aceptar el estilo de este profesional que viene de vuelta. En las vísperas de derbi le gustaba empapelar el vestuario con declaraciones de jugadores béticos que tuvieran el efecto de provocar a los suyos:“Este año quedaremos por encima del Sevilla”, “El Sevilla nunca estará por encima del Betis”.

No quiere entrenar más. Es el sexto entrenador con más partidos en primera división de la historia: 499 encuentros. Caparrós es el tipo más parecido a Manolo Cardo, el célebre entrenador sevillista de los años ochenta al que se recurría en períodos delicados y que siempre salía en chandal en los informativos de mediodía de Telesur haciendo pequeñas flexiones.

De los días veraniegos de preparación de la temporada en Isla Canela, siempre se recuerda su afición por las paellas, que organizaba como convivencia entre jugadores y periodistas. A Caparrós siempre le ha gustado cuidar las relaciones entre ambas partes, y hacer de pararrayos para ser el centro de las broncas de las aficiones rivales para restarle así presión a sus jugadores.
Entrenador con perfil de forofo. Personaje que está a gusto cuando tiene los ojos desorbitados. Redescubrió para toda España que la sangre es roja. Y que puede hasta hervir, porque todo es posible cuando se trata de fútbol. Acuñó la cadencia de “partido a partido” para aludir a la necesidad de vivir la Liga a corto plazo antes de que se le atribuyera inmerecidamente al argentino Simeone. Aseguró –siempre provocando– fijarse en los genitales de sus jugadores y encontrarse con que son rojos y blancos. El exceso como motivación, el nervio productivo. Las malas lenguas dicen que no se sabe la letra del himno del centenario, como los hay que en misa no se saben la salve en latín. Pero nadie le discute la devoción, ni le pide prestado el peine.

El vaivén de las células

Carlos Navarro Antolín | 4 de febrero de 2018 a las 5:00

HUGO GALERA

HAY gente que se sabe guapa, con la fuerza de la energía y, sobre todo, con la capacidad de presumir y exhibir sin complejos los dones que la naturaleza le ha concedido. Este tipo de gente no pasa nunca desapercibida. Como las cosas parecen según el cristal con que se miran y se interpretan en función de los gatos que maúllan en el vientre de cada uno, hay quienes ven en estos tipos la arrogancia personificada, mientras otros afirman que se trata simplemente de personas seguras de sí mismas. La seguridad es una virtud propia de personas brillantes. Los destellos de ese brillo pueden fruncir ceños y generar juicios recelosos. Los ciudadanos brillantes son, muchas veces, diamantes tallados en las aulas del esfuerzo, forjados en las coyunturas nada favorables, curtidos en la adversidad de hacerse un hueco en una ciudad muy alejada de la que nacieron. Los guapos pagan el precio de serlo. Los guapos y brillantes no tiene derecho a casi nada, simbolizan el triunfo. Y a Sevilla le encanta ver subir a alguien a la cima del éxito para dejarlo caer mientras desparrama la vista hacia otro lado.

Hugo Galera Davidson (Tenerife, 1938) recaló en Sevilla con poco más de 30 años con los riñones cubiertos y el título de catedrático de Anatomía Patológica bajo el brazo. Llegó siendo ya catedrático en los tiempos en que las cátedras todavía estaban revestidas del velo del prestigio. Sus primeras señas de identidad eran los ojos claros, el acento melifluamente canario, un pelazo y un segundo apellido que al personal le evocaba, con razón, a los fabricantes de las legendarias motos. Rico de Cuna (esquina Laraña), este médico responde al perfil del trabajador nato, del que se pone en planta a las cinco de la mañana y termina por agotar a sus colaboradores. Se le atribuyen leyendas propias de Petronio, árbitro de la elegancia; anécdotas para un libro y algunas frases lapidarias con las que él mismo apunta, también con razón, a sus fuentes de ingresos propias y no heredadas: “Vivo exclusivamente de mi trabajo”. E incluso a su éxito como médico y empresario: “Tengo el mejor hospital privado de Despeñaperros hacia abajo”.

Su especialidad médica no genera proyección social. Se trata de una actividad basada en mucho de trabajo en laboratorio, mucho microscopio y horas de estudio e identificación de las células y la observación de su comportamiento. La Anatomía Patológica, fundamental para los diagnósticos médicos, no es una rampa de lanzamiento para quien necesita dar salida a la fuerza de su ego. Aquí radica quizás una de las claves de este personaje: la capacidad de elevar el grado de conocimiento de una especialidad o incluso de una institución por medio del tirón de su fuerza personal, ese valor añadido por el que, por ejemplo, la Academia de Medicina disparó su actividad en los años en que fue presidida por este catedrático. Nunca esta antigua institución había tenido secretaria y jefa de prensa hasta que Galera, aseguran que de su bolsillo, pagó los gastos de ambos trabajadores. Tampoco había tenido músicos para solemnizar las aperturas de curso y las ceremonias de ingreso de nuevos miembros, siendo presidente, además, la Academia perdió el convenio con la Junta de Andalucía por el que se solicitaban a la institución los dictámenes médicos que necesitaba el SAS para los litigios judiciales. Cada informe estaba valorado en 1.500 euros. ¿La causa de la ruptura de esta línea de colaboración? Cuentan que el comité de admisión de nuevos miembros de la Academia se negó a aceptar por falta de méritos el ingreso de la pareja sentimental de una importante dirigente política. Y aseguran que Galera respetó escrupulosamente la decisión de sus colaboradores. Criterio se llama.

Es innegable su espíritu de empresario, esa voluntad perenne de emprender, de asumir riesgo. En esta faceta ha sido fundamental su relación con Rafael Álvarez Colunga y el doctor Jesús Loscertales. Galera compró la clínica trianera de la Cruz Roja, invirtió una ingente cantidad de dinero en su modernización y terminó por venderla. Hoy mantiene el hospital de San Agustín de Dos Hermanas. Presume de que sus servicios médicos tienen más encargos al año (biopsias, citologías, etcétera) que el Hospital Virgen del Rocío. Lo suyo siempre ha sido la gestión más que el trato directo con el paciente. Necesita vivir con intensidad las horas, no tiene tal vez la paciencia suficiente para dar malas noticias a los enfermos. En la facultad, donde dejó el grupo de Anatomía Patológica hecho una piña, aún se recuerda cuando se negó a dar una clase porque los bedeles, que estaban de huelga, no habían transportado el carrito con el proyector de las diapositivas hasta el aula. Galera exclamó: “¡Esto es inadmisible!”. Y se marchó sin dar la clase sobre el tiroides con el rosco de las diapositivas en la mano. Otro día le rayaron el coche, un Mercedes, hasta dejarlo impresentable. Tardó muy poco en comprarse uno nuevo y anunciarlo a los alumnos al inicio de una clase: “Muchas gracias a los autores de la broma, porque así tengo coche nuevo”. Y no le rayaron el coche por segunda vez.

El Betis, todo el mundo lo sabe, es su pasión personal. Cuando quiso buscar la relevancia social, eligió el mundo del fútbol y no la presidencia del Colegio de Médicos. Hoy sigue comprando acciones del club del que fue presidente, de cuya junta directiva salió huyendo ante los modos y el estilo personal del entonces ya inquietante y emergente Manuel Ruiz de Lopera. Es notorio que por el vecino del Fontanal no siente el más mínimo aprecio. El odio que se profesan tiene un indudable color negro africano. Galera dio una fiesta en su chalé de Bormujos en el verano de 2013 para, supuestamente, celebrar la clasificación del Betis para la Liga Europa. Pero, en realidad, era para festejar que el poder judicial tenía acorralado a Lopera. Galera nunca ha disimulado ante nadie el placer que le produce ver a don Manuel arrinconado por las togas y gastándose una fortuna en recursos.

Vecino de la Avenida República Argentina, tuvo un contencioso muy singular hace muchísimos años, allá por los ochenta, con Luis Cuervas porque el empresario del juguete se quejó de que el hijo de Galera había provocado desperfectos en su Mercedes color mostaza. El pleito llegó hasta el juzgado de Menores. Los dos vecinos se retiraron los embajadores, continuaron viviendo en el mismo bloque de la acera impar de la gran avenida de Los Remedios y, con el tiempo, se enfrentaron también siendo presidentes de los dos principales clubes de la ciudad.

La vida es perderse en un barco por la mar, renunciar a seguir siendo presidente de la Academia de Medicina por considerar cumplidos los objetivos, entre ellos el de rejuvenecer la edad media de los académicos e incorporar a la primera mujer: Salud Borrego, experta en Genética. Es disfrutar de los momentos de diversión personal junto a Jesús Loscertales, tan distintos y tan afines ambos. La vida es pagar un café en el Oriza de los años noventa sacando (exhibiendo) un fajo de billetes del bolsillo. La vida es la gestión de terrenos de su propiedad en las Islas Canarias, algunos destinados a construcciones inmobiliarias, otros acabarían en playas para turistas. La vida es disponer de la asistencia de un conductor fiel y discreto, seguir dedicando horas al estudio de la Medicina, lucir camisas de manga corta bajo la chaqueta en los meses de verano, participar en monterías. Y, por supuesto, la vida es cuidarse, comer poco, estar siempre delgado. Y así se puede presumir de porte y de lo que se quiera, como de haber impulsado la fundación de la facultad de Medicina de la Universidad de la Laguna. Mantiene el acento canario tanto como el uso del pisacorbatas y el color moreno de piel todo el año, propio de los presumidos. Se ha hartado de viajar con motivo de los (divertidos) congresos médicos, hasta el punto de que un día le dijeron: “Hugo, tienes más congresos que el PSOE”.

La vida son los almuerzos en los reservados de Oriza para las conspiraciones béticas, o los recuerdos de las cervezas en el bar Duero de la calle San Jacinto en los tiempos en que estaba al frente de la clínica Infanta Luisa. Una de sus penas es no haber podido contar con un aparcamiento subterráneo en la plaza de San Martín de Porres, un equipamiento vital para el centro sanitario. La vida es criticar la ostentación y los comportamientos horteras, en especial del personaje que toda Sevilla sabe que está en el centro de la diana de Galera y del que dicen que le puso “Hugo” a uno de sus perros.

Un día de la florida primavera hispalense se celebraba un acto social multitudinario en Triana al que asistía el periodista Luis Carlos Peris, quien en un momento concreto anunció al doctor Galera que debía marcharse porque tenía que asistir a una corrida de toros en la Maestranza. Galera le pidió que aguardara, que le aseguraba que llegaría a tiempo la plaza. Peris se quedó. Al rato apareció el coche del médico de guardia de la clínica Infanta Luisa, un vehículo con su rótulo oficial y dotado de gálibo, y se llevó a Peris para dejarlo en la Puerta del Príncipe antes del comienzo del paseíllo.

Exquisito para unos, altivo para otros. El precio del éxito es la división de opiniones. La pura verdad es que Galera no vino a Sevilla a llevárselo calentito, como tantos otros que aparecen prometiendo crecepelos o usándonos como tablao de sus juergas. Teniendo los riñones a buen recaudo y, además, el blindaje de una nómina del Estado por enseñar cómo se miran las células, este canario se metió en la aventura de ser empresario en Andalucía. Ambición productiva se llama. Necesidad de proyección social se crítica. Todo depende del microscopio con el que se observa. Las células se mueven, se empujan unas a otras, cambian de forma. Como Galera. Catedrático, académico, bético, empresario.

El último mohicano

Carlos Navarro Antolín | 2 de abril de 2017 a las 5:00

LUIS CARLOS PERIS

EL corrector llegó a opinador con eco. El ciudadano se convirtió en personaje. El vecino del centro se fue a vivir a Triana y se volvió en cuanto pudo a intramuros. Cada pájaro a su árbol. Cada individuo a su hábitat. Hay que vivir a favor de querencia, nunca a contraestilo. Aunque haya que pagar un precio por ser como uno es. Luis Carlos Peris Zoffmann (Sevilla, 1944) ni escribe con erratas, ni entra en un bar malo, ni regala un saludo. Es fiel a su particular sota, caballo y rey. Paga gustoso la cuenta por su original modo de concebir la vida y las relaciones sociales. Como no se presenta a ningunas elecciones, las farolas se quedan sin sus abrazos como muchos de sus paisanos se quedan sin sus saludos. Un paseo a su vera por el eje de Sierpes y Tetuán es toda una experiencia. Peris no sólo no reparte ojana, sino que ejerce de malaje con gracia. Que en Sevilla te digan malaje es un elogio, como llegó a comprender con los años el obispo que vino de Tánger y se marchó como cardenal. Muchos amagos de saludos a Peris se quedan sin ser correspondidos.

–Te ha mirado ese directivo del Mercantil para saludarte
–(…)
–Y ahora aquel abogado tan conocido.
–(…)
–Ahí viene uno que por lo que veo te conoce, ¿cómo se llama?
–Ya, pequeño, ya. Pero yo no soy un saludador.

Peris tiene su particular estilo. Se puede afirmar que ha creado estilo. Su firma en la prensa es archiconocida. Lo que dice Peris de un tema tiene influencia. Por eso hasta tiene imitadores, algunos a sueldo como en ciertas tertulias de radio. Bienaventurados los imitadores. El estilo es el lenguaje. Las cuestiones delicadas son “procelosas”. El término baúl es la “cosa”. La cosa puede ser desde un elogio a la belleza femenina (“¡Cómo es la cosa!”) hasta la descripción de un menú copioso (“¡Cómo ha estado la cosa!”). Los enemigos son “imbéciles” o “cretinos”. Los indiferentes pueden llevar el antetítulo de “ciudadano” seguido de sus respectivos nombres. De aquellos que desconfía dice que son “taimados”. Y a los que están entrados en años los llama “provectos” de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia. Si un espontáneo crítico le pega la brasa hablando de fútbol dice que un “individuo se ha engorilado conmigo”. Si, en cambio, el interlocutor es un seguidor de sus crónicas y opiniones, se trata de un “partidario”. Si un amigo frecuenta muchas y muy distintas mujeres, asevera en voz baja que Fulanito es un “gran amador” o que “el tío sabe compaginar”. Si el amigo hace poco ejercicio físico, afirmará que “es un tipo feble”. Si en la barra del Cairo se ha disparado la cuenta, pega un trincherazo a la salida mientras se ajusta el abrigo: “Oye, pequeño, el Cairo ha sido hoy muy cairo, ¿no?”. Si llega a un bar y está poblado de gente con cargos, Peris dice que hay que buscar hueco “entre los próceres”. Si alguien lo somete a una conversación telefónica larga en la que el interlocutor no capta las ganas que tiene Peris por dar por terminada la conversación, dirá que “hay que ver lo que le cuesta a este tío dar el pase de pecho”. Si le pide reiteradamente la cuenta al camarero, pero éste sigue distraído, llega un momento en que Peris exclama entre la bulla de clientes: “¡Amigo! ¿Me facilita la huida?”.

Peris nunca ha dejado de llevar dentro el corrector de periódicos del Movimiento que un día fue, antes de convertirse en un escritor pulcro, sabio, enemigo de las erratas e imprecisiones. España ganó la Eurocopa del 64 con camiseta azul, las gambas no tienen pelo sino bigotes y a la una y media ya está preparado el sofrito en La Barbiana.

En el código de Peris hay que ir vestido al trabajo “como si fueras a entrevistar al cardenal a las doce”. Es tajante si dos hermanos no se parecen físicamente: “Son de la misma ganadería, pero de distinto encaste”. Bético ferviente, a veces hasta alcanzar límites difícilmente soportables, este veterano de la prensa es querido y respetado en el Sevilla F. C.. Su padre lo llevaba de niño a los dos estadios. El club de Nervión lo invita a sus principales actos sociales en el antepalco. Tiene amistad con José María del Nido, que un día lo invitó a su casa a una copa de periodistas y a su llegada le confesó al oído: “Eres el único que ha venido con corbata”. Don Manuel Clavero lo tiene en su despacho en una fotografía enmarcada en la que Peris posa junto a otras celebridades de la ciudad. Pocos como Peris, muy pocos, dominan tantos registros con tanta solvencia y con una memoria enciclopédica en la cabeza: fútbol, toros, Semana Santa, flamenco… Si Peris escribiera todo, absolutamente todo lo que sabe, si volcara en un libro todo lo que ha vivido en directo (pues no ejerce de ladrón de oído) se tambalearían tal vez los cimientos que sostienen otras firmas. Una de sus señas de identidad es que no disimula cuando alguien no encaja en sus cánones, o cuando algún comentario le toca los costados, sobre todo si se trata del tema con el que nunca se juega: el Betis. Peris es lo contrario a un agradaor. Otra seña de identidad es que busca la pureza en el lenguaje. ¿El vocablo ruan lleva tilde? “No, porque Juan no la lleva”. Y suelta unas respuestas de lógica aplastante de las que luego él mismo termina riéndose. Cierto compañero cobardón estaba un día justificando su inacción en un asunto a base de repetir que él no podía poner en peligro el “pan de sus hijos”. Tantas veces refirió el “pan de sus hijos” que Peris terció: “Deja ya lo de tanto pan que sólo tienes un hijo, joé”.

Debutó como nazareno de cirio en las Siete Palabras en 1958 en un tramo que tenía como diputado a un tal Juan Salas Tornero. Hacía 37 Miércoles Santos que no llovía. Ese día lo hizo. La cofradía se quedó en casa y el joven Peris retornó a la suya empapándose por Alfaqueque. “Niño, lo tuyo es la Virgen de los Reyes”, lo saludó su padre al verle. Algún año se vistió en Los Estudiantes, pero ha sido más de ver las cofradías que de salir en ellas.

La vida son recuerdos de la mano de su padre que lo guió por la Semana Santa. Es viajar en el Seat 124 de Ruesga Bono camino de la redacción de Suroeste, sita en un polígono. Son evocaciones de una sólida amistad con Juan Teba, Manuel Ramírez y Chano Amador, o con Joaquín Sierra ‘Quino’. La vida es escribir el enésimo artículo sobre el tráfico de la calle Baños, sobre el sentido litúrgico de la ceniza en el inicio de la cuaresma, sobre la silla vacía en Navidad, sobre los días de verano en las tierras cántabras de Trifón, sobre los bares (“abrevaderos”) que abren en agosto, o sobre aquellas camisas azules de los 20-N en blanco y negro. La vida es pasión por Barcelona, Santander, La Coruña, Vigo… Por Asturias, Madrid… La cultura geográfica de Peris es de nota. Controla con precisión dónde viajar, dónde comer y dónde dormir. Jamás verán a este parroquiano de la Puerta Real en un bar malo. Lo que tiene lo gasta en vivir bien, con intensidad y generosidad. Al cruce de La Flor de Toranzo, Enrique Becerra y Casa Moreno lo llama el “agujero negro” de la hostelería local, al que se sabe cuándo se entra, pero nunca cuándo se sale. La vida son tres actos sociales en un día, que se pueden resumir en la actividad del croquetaje.

La vida es un domingo por la mañana yendo a por el mazo de periódicos a la redacción. La vida son recuerdos de partidas de frontón y de visitas a un gimnasio del Porvenir donde compartía saludos y charlas con el entonces presidente Manuel Chaves. A Peris siempre le ha gustado hacer deporte tanto como redactar con precisión semántica y gramatical. La vida son tardes de Feria en la caseta de Enrique Fernández Asensio, el madrileño más espléndido que ha conocido Sevilla, y días del verano hispalense refugiado “bajo el Fujitsu”.

Peris es como una casa sevillana: con las puertas abiertas que dejan admirar un hermoso patio, pero que el propietario sólo abre en contadas ocasiones. En el fondo se recrea con el cultivo de ese halo personal de misterio, como Curro Romero en sus buenos tiempos, cuando no se prodigaba en saraos y concedía muy contadas entrevistas. Entonces Curro era más Curro. La influencia de Peris ha llegado a ser de tal intensidad que cierto periodista, entonces muy joven y sin bigote, jamás olvidará que la primera vez que entró en casa de su novia, hoy esposa, el hielo del ambiente se rompió cuando dijo que trabajaba en Diario 16. Su potencial suegro ya se relajó: “Ahí trabaja Luis Carlos Peris, ¿no?”. Y la charla se tornó distendida y se centró en los mil y un detalles del personaje. Si algo caracteriza a Peris es su capacidad para relacionarse con la gente joven y con las nuevas tecnologías. Paco Robles bautizó su artículo cotidiano en las páginas locales de Diario de Sevilla como la “media verónica del periodismo”. A un periodista que solía ir solo a los sitios porque su novia estudiaba oposiciones, le espetó un día: “¿Pero tú tienes novia de verdad, o es que ella sale menos que el Cachorro?”.

El desayuno es una tostada de aceite. La crónica de un partido es una labor de artesanía. Los libros que están bien escritos se leen “cuesta abajo”. En cuestiones de comer, tonterías las precisas. Y al escribir, florituras las justas. Firmó una serie titulada Sevillanos Gran Reserva en la que él mismo hubiera encajado como protagonista. El inolvidable Juan Moya Sanabria lo definió como “el último mohicano” de la prensa sevillana. Nacido el día del Desembarco de Normandía, pocos pueden presumir a su edad de seguir firmando artículos. Y hasta informaciones, como la de la reciente muerte de Manolo Cortés. Pocos pueden elegir a quién saludan y a quién no. La libertad, al final, no radica tanto en el dinero que cubre los riñones, sino en estar dispuesto a pagar el precio de tu particular forma de ser. Y Peris nunca ha tenido problemas en desenfundar para pagar: “Amigo, ¿me facilita la huida?”.

El Séneca hispalense

Carlos Navarro Antolín | 19 de marzo de 2017 a las 5:00

MANUEL RUESGA

EL camarero, de riguroso batín blanco, dejó sobre la mesa una bandejita de metal plateado donde reposaba la cuenta. En el hermoso exterior llovía sobre la impresionante Piazza Navona. Roma grisácea. La nota detallaba, entre otros precios, el consumo de tres cervezas con un precio total de 21 euros. Al veterano fotoperiodista se le cambió la cara, fatigada por los días de trabajo y prisas con motivo del Consistorio convocado por Juan Pablo II para hacer cardenal a don Carlos Amigo.

–¿Cuánto cuesta entonces cada birra? Mira bien el papel.

–Siete euros, Manolo. Siete euros cada cervecita.

–¿Siete euros cada una?

–Esto es el Tre Scalini, uno de los mejores restaurantes según nos dijo Juan Salas por teléfono. Y ten en cuenta que estamos sentados y hemos cenado bien.

–Con siete euros me tomo yo cuatro o cinco cervezas en Sevilla, en Le Tremendi mientras veo la fachada de Santa Catalina. Y me sobra dinero.

Manuel Ruesga Bono (Sevilla, 1945) es un fotógrafo de larga trayectoria que tiene bien claras las cuatro reglas que funcionan en la vida y, sobre todo, en qué consiste el sota, caballo y rey en el oficio del periodismo. Es un Séneca a lo hispalense. Clasifica a los profesionales en tres categorías: “Los que se enteran, los que no se enteran y los que no se van a enterar en la vida”. Cuando hay una emergencia y el fotógrafo no ha llegado a tiempo, reprende al redactor de sucesos con una de esas obviedades que caen como una losa de hormigón sobre el interlocutor: “Escucha… A los fotógrafos nos gusta llegar a los incendios cuando hay fuego”. Si se le pide la fotografía de un detenido entrando en el juzgado, advierte con el cigarro alzado en la mano derecha y abierto el compás de las piernas: “Escucha.. Nosotros no hacemos guardia, no somos paparazzis”. Si hay que ir a un pueblo de la provincia a cubrir un suceso de última hora o un acto programado, la primera reacción es tajante, una frase casi mítica: “No tenemos coche”. Y, al final, siempre se las apaña para que la foto sea hecha.

Ruesga es un fotógrafo que tiene mucho de sabio, como corresponde a todo el que sabe más por veterano que por su profesión. Goza de la autoridad que otorgan los años y de la vitola de haber creado cierta escuela. Cae bien. Sabe estar en una entrevista larga sin hacer ruido. No se limita a disparar y marcharse. Se queda oyendo las entrevistas, escrutando a los personajes con la serenidad de un testigo mudo. Hay quien dice que Ruesga Bono tiene el arte de convertirse en un mueble en los despachos del poder durante las entrevistas periodísticas. Esa discreción, ese modus operandi, le ha abierto muchas y privilegiadas puertas, al haber participado directamente como fotógrafo a la vera del cura Javierre en el proceso de beatificación de Sor Ángela, haber retratado en innumerables ocasiones al cardenal Amigo, del que hizo la fotografía oficial de su nombramiento como tal en Roma, o haber deambulado por la Moncloa con Ana Botella en los tiempos del presidente Aznar, al que trató desde que era líder de la oposición y acudía a la sala de fiestas de Melgarejo tras aquellos mítines cargados de público de Los Remedios.

Ruesga es de ideas fijas y ritos muy establecidos. El día de la coronación de su Virgen de la Estrella soltó otra de sus sentencias: “Yo ya he hecho la foto que me faltaba en mi carrera, ya me puedo jubilar”. No se jubiló. Aún le quedaban muchos carretes por gastar. Bebió de la fuente de Raúl Cancio, por lo que su gran aportación al periodismo gráfico deportivo en Sevilla fue apostar por las imágenes sin balón, por los gestos de los futbolistas. Su gran mérito es haber ido ganando años y, al mismo tiempo, haber sabido rodearse de colaboradores mucho más jóvenes, lo que le ha permitido enseñar, ejercer la autoridad moral y, sobre todo, no oxidarse.

En 1973 le dieron un soplo:el entrenador del Sevilla, Ernst Happel, estaba tomando café en un velador de la Campana en víspera del derbi mientras el equipo estaba concentrado en un hotel por orden suya. Aquellas fotos fueron un escándalo. El técnico fue cesado.

La infancia son recuerdos de las aulas de los Salesianos de Triana, de un padre tremendamente bético del que salió un hijo enormemente sevillista. La vida son recuerdos de La Casa sin Balcones, un comercio donde ejercía de responsable de la sección de fotografía. La vida es una larga trayectoria por diferentes periódicos hasta que en 1999 se incorporó a Diario de Sevilla. La vida son recuerdos del 8 de marzo de 1970 en San Jacinto, donde contrajo matrimonio a la misma hora que estaba ganando el Sevilla en el estadio Santiago Bernabéu con goles de Berruezo, Blanquito y Acosta. Durante toda la ceremonia estuvo al tanto del encuentro gracias a un primo hermano. La vida es conocer en la redacción de Suroeste a Peris, con quien inauguró la serie Tercer tiempo, basada en entrevistas personales a futbolistas. Con Peris forjó una sólida amistad. Juntos inaguran siempre la Feria en la caseta de la Prensa. Y juntos hicieron la primera entrevista a un novillero llamado Pepe Luis Vázquez Silva con motivo de su debut en Alburquerque (Badajoz) y la última entrevista a Rafael Montesinos en Madrid, publicada en Diario de Sevilla.

Persona de ideas fijas, nada pretencioso, Ruesga Bono tiene el don de caerle bien a todo el mundo. Es fiel a las rutas para ir y volver de su puesto de trabajo, con parada en El Tremendo (Le Tremendi en su particular italiano), donde tiene protocolo propio: la primera cerveza se bebe de dos tragos y con la escolta de un trozo de mojama. La segunda cerveza se toma a una velocidad mucho más lenta y con otra escolta de mojama. No se puede ni se debe entrar en ningúnbar sin tener información cierta sobre la calidad de su cerveza. La antigua bodega Mayorga, en San Hermenegildo, o el Bar Mariano, del Pumarejo, son dos de sus acudideros. Amante del menudo en Triana y de la manteca colorá que se elaboraba a diario en la carnicería de la calle Trajano, le encantan los chicharrones del Mercado de la Feria. El sofá de la tienda de fotografía que tuvo en la calle Trajano era una suerte de confesionario para futbolistas de ambos equipos de los años ochenta. Allí acudían a la búsqueda de sus retratos y se pasaban las horas hablando de lo divino y de lo humano. Biosca, Salva, Casado, Diego…

Dios creó el domingo para descansar pero se olvidó de los periodistas. La vida laboral de Ruesga Bono ha estado marcada por trabajar todos los domingos. En su etapa más intensa compaginaba los partidos de fútbol con las carreras de caballos en una misma jornada. Hoy ya no resiste ver un partido del Sevilla, prefiere saber el resultado con una simple consulta al teletexto. Cuando no le gusta alguien, corta en seco: “Es un desahogao”.

Fue miembro de la junta de gobierno de su hermandad del alma, la Estrella, y fundador del grupo joven, uno de los primeros en la ciudad. Ejerció de hermano mayor de la Sacramental de San Jacinto. Abuelo de seis nietos que cumplen con la estación de penitencia y participan en la vida de la cofradía. Yhay un séptimo al que este trianero de fe contempla cada día en el nácar de la cara de la Estrella.

El día que se jubiló tomó dos decisiones trascendentales para quien no se salta sus particulares liturgias:afeitarse el bigote y dejar de fumar. Es usuario habitual de la línea de autobuses Damas durante todo el año para vigilar su Castelgandolfo particular: una casa en Matalascañas tan próxima a la valla del coto que dicen que los linces posan para este maestro de la fotografía. Siempre le esperan los nietos, como siempre le espera el jardín de la playa para ser acicalado y preparado para la temporada alta, cuando disfruta de las sardinas, que merecen otra sentencia: “Las sardinas que sean siempre de Huelva, las de Málaga son muy chicas”.

Un Domingo de Ramos se llevó la sorpresa de ir de maniguetero de la Virgen de la Estrella, un regalo providencial tras unos días de especial dureza emocional por las embestidas que la vida suele tener reservada a los que están vivos. Ha fotografiado a Juan Pablo II en cinco lugares distintos: en el Prado de San Sebastián, donde fue recibido en 1982 por la Corporación municipal; en la Capilla Real, orando ante la Patrona, donde pudo besar su anillo; en el campo de la Feria de Los Remedios durante la ceremonia de beatificación de Sor Ángela; en la Plaza de San Pedro de Roma, en el Consistorio de 2003 donde fue nombrado cardenal el arzobispo Amigo, y en Madrid cuando la canonización de Sor Ángela.

Conoció la Matalascañas sin paseo marítimo, preciosa joya de la naturaleza marcada entonces por las dunas, con barrera para entrar en la urbanización y con un público muy reducido y selecto. Se hizo amigo de Pablo Blanco y Biri-Biri. Varios premios de fotografía llevan hoy su nombre. Tiene la medalla de oro de la ciudad. Ruesga Bono es cortés sin gastar ojana. La vida es eso que ocurre entre parada y parada en El Tremendo. La vida es muy sencilla: a los incendios hay que llegar cuando hay fuego, a las personas mayores se les habla de usted, el mejor fotógrafo es el que pasa desapercibido, con la marca de la cerveza no se juega, y todos los días hay que rezarle a la Estrella, de la que un día se le oyó decir: “Todo lo que soy es por la Virgen, hasta mi profesión de fotógrafo se la debo a Ella”.