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El balcón de los pasos perdidos

Carlos Navarro Antolín | 20 de marzo de 2016 a las 5:50

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DESDE el balcón se ve la Sevilla del 29, regionalismo que se mantiene en pie porque no hay mejor forma de mantener el patrimonio que garantizando su uso. Se admira el río y se aprecia la cuadrícula urbanística de Los Remedios, barrio de escuadra y cartabón que en muchos casos se ha quedado varado en los tiempos de Lauren Postigo, que no suena a Baratillo sino a Andaluz, éste no es tu referéndum. Gabriel Rojas acertó cuando apostó por construir en Los Remedios cuando allí sólo estaba el convento. Pensó que si desde la explanada de República Argentina se otea a la perfección la Puerta de Jerez, por qué no querría la gente vivir al otro lado del río. En el mismo balcón se pueden dar hasta 21 pasos y formar tres filas de público, más que en muchas capillitas, tabernas y despachos profesionales de la ciudad. Un buen balcón con unas buenas vistas dan para pensar mucho. La expresión del Estado es el vacío. Clavar la vista en el cielo infinito desde tu propia casa es la expresión de la libertad. Es como disfrutar de la lluvia sin mojarse. A Juan Pablo II le encantaba oír la lluvia desde la basílica de San Pedro. “La lluvia es una bendición de Dios”, proclamaba con el baldaquino de fondo. Hay vistas que también son una bendición. Dar 21 pasos al aire libre sin salir de casa y respirando el aire de la calle tiene que ser como ciertos sacramentos: imprime carácter. El 21 es un número bonito. Rima con el 151, el de la autonomía andaluza. Manuel Clavero Arévalo (Sevilla, 1926) se inventó el artículo 151 de la Constitución en su casa con Herrero de Miñón, aquel político que estaba llamado a ser el líder de la derecha del tardofranquismo. A Dios por la belleza. A la autonomía por el 151. El Congreso tiene su salón de los pasos perdidos. Y la casa sevillana de Clavero tiene un balcón de los pasos perdidos.

La casa está trufada de libros. Por los libros los conoceréis. Sevilla vista por Atín Aya. El boletín de la Hermandad de los Estudiantes. El tomo granate de las personalidades de la Universidad de Sevilla. Las revistas de Abengoa. Vocabulario andaluz. Historia de la Universidad de Valladolid. Una biografía de Adolfo Suárez, el presidente al que Clavero provocó fuertes dolores de cabeza. Rumbo a lo desconocido. Una obra en homenaje a José Luis Prats, alma máter de Emasesa. La Celestina. El Ideal Andaluz. El habla andaluza. Delfines y tiburones. Juan XXIII. Córdoba y su Cabildo Catedralicio. Mirando las dos orillas. José Bono, les voy contar. Mitos del pensamiento dominante. La Inquisición. Rusia no es culpable. 1934: el movimiento revolucionario de octubre. La ladrona de libros. Mis amigos muertos. Andalucía: cambio y encuentro con el nuevo milenio. Los lomos de los libros hablan, son voces. Cantan las pasiones, los cambios de régimen político, las aficiones, los regalos… Los libros hablan como hablan las ausencias de libros. Una casa hiperpoblada de libros es un jardín botánico, donde todo está por estudiar. Y cada planta, cada libro, tiene su valor.

Clavero es la Transición, el 23-F, la alta política, la dimisión por antonomasia, una idea de Andalucía, un símbolo, una leyenda viva. Clavero es la visita a la Zarzuela para despedirse del Rey: “Señor, vengo a comunicarle que hago una cosa que usted no puede: dimitir”. Y se fue a Barajas a coger un avión. Y llegó el avión y había una multitud esperándole cuando ya no era nada. Los pelotas de cámara del PSOE sevillana esperaban a Guerra cada viernes en San Pablo para hacerle la corte porque Guerra era el capataz del gobierno de Felipe. Pero Clavero se bajó del avión como ex ministro cuando en España no dimitía nadie. Y a pesar de que ya no portaba la cartera ministerial de Loewe, estaba también al pie de la escalerilla un gobernardor civil para anunciarle que sí tendría la condecoración propia de los ex ministros para acallar ciertos rumores que apuntaban a una supuesta cicatería de honores. Clavero llegó, vio y cogió un taxi. Se plantó en su casa, donde estaba el balcón de los 21 pasos, los libros y las raquetas de tenis.

Siempre ha jugado al tenis de blanco, pero sin sofisticaciones. Aún se recuerdan sus sencillas zapatillas blancas en las que pegaba unos cortes para que el pie estuviera más holgado. Jugaba con Pepe García de Tejada, que usaba alpargatas de costalero. Fueron campeones de Andalucía. Y en Valencia se quedaron sin ser campeones de España. Nunca dejó el tenis, ni siquiera siendo ministro, cuando tenía derecho a usar las pistas del club Puerta de Hierro de Madrid. Clavero, el del café para todos, ha jugado al tenis por casi toda España. Y en Sevilla, además, con el sastre José María O´Kean y el radiólogo Ángel Rodríguez de Quesada. De los 18 a los 82 años, siempre jugando al tenis. Dos dígitos más para una vida simbolizada en los números. Andar 21 pasos da para mucho: para evocar la Constitución de 1931 que sólo daba autonomía directa a Cataluña y el País Vasco, para evocar a Ortega y Gasset, precursor de la teoría del café; para añorar Punta Umbría, para rememorar los días agrios en los que tuvo que irse al grupo mixto de los diputados, orillado por voluntad propia ante la actitud cerril de la UCD con Andalucía, e incluso para recordar con afecto ciertos viajes junto a Sus Majestades los Reyes en el 77. “Menos mal que ganó el Betis la copa, si no se llena Madrid de banderas vascas”, le comentó Doña Sofía en Valencia algunos días después de aquel histórico partido en el Calderón: Iríbar, Esnaola, penaltis y la locura verdiblanca.

Desde el balcón se ve el río, sí. Y el restaurante Río Grande, donde Clavero se dirigió a Escuredo en el enésimo intento por desbloquear el proceso autonómico andaluz tras un referéndum que se quedó encasquillado en Almería: “Rafael, esto no puede quedar así”. Y Escuredo le propuso almorzar con Felipe y Guerra para iniciar el desbloqueo ante el gobierno de la UCD. La historia es conocida. Hoy, un paseo por ese balcón sirve para comprobar cómo Andalucía marcaba un debate nacional de altura, lejos aún de corruptelas de café y de largas listas de imputados por los ERE. El proceso quedó desbloqueado sin necesidad de repetir el referéndum en Almería. Para el acto donde quedó sellado el acuerdo político, el presidente Suárez hizo una petición a Felipe: “Que no esté Clavero”. La UCD hocicó, pero no quería tener delante a quien había sido clave. El niño criado en la Puerta Osario, junto a la fábrica de harinas de su padre, estaba ya en la historia. Y al pasar los años nunca miró con rencor a Suárez, todo lo contrario. Se hubiera mirado a sí mismo con rencor de no haber dado el paso que tenía claro que debía dar: levantarse del mullido sillón y coger un taxi antes de tragarse el sapo antiandaluz de la UCD, ese sapo que aún tiene atragantada a la derecha en Andalucía como una maldición.

La infancia son recuerdos de la Semana Santa en las sillas de Sierpes oyendo las saetas de Antonio Mairena y Fosforito. La juventud, de salir de nazareno junto a su padre en el Gran Poder, siempre a pie desde la casa familiar de la Plaza Padre Jerónimo de Córdoba hasta la vieja parroquia de San Lorenzo por el camino más corto.

La vida es un balcón. 21 pasos. Una devoción al Señor reflejada en un número muy bajo en la nómina de hermanos. Una vara de rector en la presidencia de la cofradía de la Universidad junto a un hermano mayor llamado Ricardo Mena-Bernal. Un cuadro de la Virgen de Guadalupe en la entrada de una casa acogedora. Una Universidad con crucifijos en las aulas. Un tono de voz estilizado, de los que no se da ninguna importancia. Un forma de ser tan natural como el público a pie de calle cuando se dirige al periodista de alcachofa: “Antolín, ¿esto cuándo sale?”

El último carismático

Carlos Navarro Antolín | 13 de septiembre de 2015 a las 5:00

Antonio Ríos Ramos
ENTRAR en Sevilla es la obsesión de muchos de los que a la ciudad llegan. Desde que San Fernando entró en Sevilla acompañado por José Joaquín Gallardo y Pepe Cañete, que ya eran decano de los abogados y representantes de los comerciantes, respectivamente, hay mucho forastero que se empeña en eso que se llama entrar en la capital andaluza. ¿Qué es entrar en Sevilla? Dicen que consiste en tener acceso a los círculos restringidos, trotar en el tío vivo de las fotos locales, donde siempre aparecen los mismos caballitos; y gozar de crédito social, del verdadero o del impostado. Entrar en Sevilla es para muchos poder estar donde se supone que hay que estar para parecer lo que uno pretende parecer. Entrar en Sevilla no es conocer la historia de la ciudad, leer a Chaves Nogales, apreciar la exquisitez densa de Cernuda y llorar cada vez que el urbanismo agresivo levanta un mamotreto modelo tanatorio en el casco histórico protegido. Eso es para las minorías. Hay profesionales que han contratado asesores para garantizarse esa entrada por la vía exprés. Así obró un arquitecto de fama pretérita. El hombre apareció de pronto en ciertos cargos de determinadas instituciones muy conocidas en la ciudad. Al poco tiempo, acabó dejando cada sillón como un ejército en retirada.

Antonio Ríos Ramos (Villarrasa, Huelva, 1930) llegó a Sevilla por el Patrocinio, en los tiempos en que la A-49 no soñaba con el tercer carril. Era sobrino del párroco de la O. Llegó por el Patrocinio y se quedó prendado del Cachorro, la cofradía en la que goza de mayor antigüedad. Nunca contrató a ningún asesor para cultivar los caminos que conducen a los círculos de confort de la ciudad. Cuando nació, traía ya hecho el máster en habilidad. La Sevilla de los años 90 no se concibe sin la figura menuda de este cofrade de trajes oscuros y un característico abrigo gris, una prenda que imprime carácter y que bien podría figurar algún día en el Museo de Artes y Costumbres Populares junto al traje cruzado Príncipe de Gales del macareno Manolo García. El chaqué de Antonio Ríos hace solo los recorridos del Corpus, la Virgen de la Reyes y la procesión de impedidos de la Archicofradía Sacramental del Sagrario.

Antonio Ríos es el último carismático de esta ciudad, una marca blanca que nadie rechaza en las estanterías de sus relaciones sociales, un símbolo que se asimila al de un santo varón tallado por Pedro Nieto. Tiene el don de la ubicuidad, la capacidad sólo reservada a algunos santos de estar en varios sitios al mismo tiempo, como demuestran algunos periódicos con fotos de tres actos del día anterior y en las tres informaciones aparece Ríos retratado: en la presentación del libro, en un funeral y en la cena de homenaje a un ex hermano mayor, pese a comenzar todos a la misma hora.

Se para con todo el mundo y todo el mundo lo para, busca el saludo y siempre tiene una pregunta adecuada con el repentino interlocutor.

–Papá, me he encontrado con Antoñito Ríos y me ha preguntado por ti, dice que hace varios viernes que no te ve junto al Señor.

Tal vez ese carisma le haya llegado por su devoción al Gran Poder. Hay sevillanos a los que el pueblo concede la facultad de hablar con las imágenes. Una sevillana de Los Estudiantes nos dijo hace años durante un viaje en autobús urbano: “En esta ciudad hay dos santos en vida, Eduardo Ybarra y Antonio Ríos”. La gente está convencida de que Antonio habla con el Gran Poder. Cuando Fernando Morillo regresaba al taller de su joyería en el 6 de la calle Pureza, después de haber estado horas vistiendo a la Virgen, siempre hablaba de su Esperanza como si fuera una persona: “Hoy estaba algo enfadada, le disgustan las broncas entre los hermanos… Hoy Ella no estaba, no estaba…”. Y se lamentaba mientras echaba la tranca de la puerta, señal de que acto seguido iba a sacar de la caja algunas joyas de oro para un posible comprador que había estado aguardando su llegada. Si Fernando hablaba con la Esperanza, Antonio Ríos es el confidente del Gran Poder desde que hace muchos años fue su prioste oficial. La gente le da papelitos con sus rogativas de salud o de trabajo para que él las coloque cerca de la peana. Cuando viste al Señor en la intimidad de la basílica tiene contados los pliegos de la túnica y las siete vueltas que debe tener el cíngulo. Nadie puede discutir su amor al Gran Poder, al que siempre ha dicho que jamás hay que pedirle cuentas, ni siquiera cuando la vida le pega la mayor andanada reservada a un ser humano: sobrevivirle a un ser al que se quiere como a un hijo. Un conocido cofrade le dijo un día en la intimidad: “Antonio, enséñame a rezarle al Gran Poder”.

El carisma no excluye el genio, ni el carácter, ni los caprichos. Ha sido hermano mayor del Gran Poder, de su hermandad de Villarrasa y presidente del Consejo de Cofradías, tres cargos que llegó a simultanear unos meses. Ha alcanzado cotas de notoriedad social muy elevadas, cuyo culmen fue la asistencia a la boda de la Infanta Elena como máximo representante de las cofradías. Cuando las cámaras de TVE, dirigidas por Pilar Miró, retransmitieron la llegada de los primeros invitados a la Catedral, aparecieron la duquesa de Alba con Jesús Aguirre y Antonio Ríos con su hermana Rosario.

No ha sido hombre de imponerse, sí lo ha sido de mandar con sutileza, dejando ver sus gustos para tratar de que los equipos que ha dirigido se amoldaran a ellos, lo que no siempre ha ocurrido. Si quería algo, iba exponiendo los detalles de su petición acompañados de golpecitos con los nudillos de la mano en la mesa. Lo peor era si desarrollaba previamente alguna teoría teológica con pretensiones de homilía, un discurso más pesado que el recorrido de vuelta del Cerro.

Su inteligencia quizás radique en que es perfectamente consciente de sus limitaciones. Hombre de lágrima fácil, con predilección por los apellidos que se escriben con tinta azul y gran usuario del transporte público. Ha trabajado de técnico agrícola en el Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario, supervisando caminos de la provincia de la Sevilla y sacudiéndose el traje a última hora del día: “Mira cómo traigo los pantalones de polvo, mira..”. A su jefe en el Instituto lo metió en una de sus juntas de gobierno del Gran Poder. Siempre ha invitado a la basílica a colectivos y personajes de lo más variopinto. Con Manuel Ruiz de Lopera tuvo debilidad. Y Lopera la tuvo con él. Siendo Ríos hermano mayor, Lopera pagó el manto azul, el nuevo casinillo y el pasado de los faldones del paso del Señor. El manto se pagó con cheques que periódicamente mandaba don Manuel con la particularidad de que estaban datados para que no se pudieran cobrar con antelación. Un hermano despreció la estética de los azulejos del casinillo (“¡Esto es una catetada!”) a lo cual Lopera reaccionó echando abajo los azulejos con una de las herramientas que los albañiles habían dejado en la estancia. El propio Lopera, yendo de nazareno con bocina junto al paso del Señor, reñía a los costaleros que sacaban las manos sudorosas y rozaban sus faldones. ¡Con lo que le habían costado!

Ríos alcanzó la presidencia del Consejo en unos tiempos en que se preguntaba por un fax y se oía: “Esos aparatos aquí no hacen falta”. Sus últimos años de presidente se vio quizás superado por la polémica del IVA impagado de sillas y palcos (finalmente exonerado) y por la reorganización de la carrera oficial, por la que tuvo que soportar la reacción airada de algunos abonados de la Campana. Esos años, el periodismo escrito sobre cofradías comenzaba ya a oler más a tinta de periódico que a incienso. Y tal vez eso le superó, pero sin menoscabo alguno de su carisma.

Jamás olvidará la Madrugada en que, siendo prioste, recogió de la alfombra de claveles rojos del paso un dedo desprendido del Señor, quebrado por efecto de una levantá. Aquel nazareno, con el pecho encogido por la emoción, portó amorosamente en sus enjutas manos aquel dedo hasta la recogida de la cofradía. Tampoco olvidará la Madrugada de 2000, cuando su capirote quedó prendido de una puerta por los tumultos y estuvo largo rato desaparecido de su lugar en la cofradía.

Algunos con cierta guasa dicen que en la profesión de su ficha personal debería rezar: “Sus funerales”. Con el Cardenal Amigo se llevó de cine. “Antoñito, ¿cómo estás?”, le saludaba don Carlos con todo afecto. Polémica fue su acción de arrodillarse en el Altar Mayor de la Catedral para recoger de manos del prelado los textos de las nuevas Normas Diocesanas para Hermandades. Ofreció una imagen de sumisión cuando pocos sabían que meses antes se había opuesto a varias disposiciones.

La vida es una copa de Tío Pepe con un hielo y unas cuñas de queso que limpia con una servilleta antes de comérselas. Mala cosa cuando la boca estrecha del catavino no deja entrar el hielo gordo… La vida es una merienda de té con leche y una torta de aceite. Mala cosa también cuando el camarero ha servido la leche por su cuenta en lugar de traerla en una jarrita aparte. La vida es estar el 18 de cada mes ante la Virgen de los Remedios y su precioso Niño Jesús. La vida son los talonarios de lotería del Gran Poder y de la hermandad de Villarasa, que es la doble contabilidad del amor a sus hermandades que Antonio empieza a trabajar así que pasa el verano. La vida es una charla con Camilo Olivares, una tarde de 15 de agosto de fervores exaltados en Villarrasa, donde es un verdadero virrey; un viaje en autobús urbano cualquier viernes del año camino de San Lorenzo, unas oraciones bisbiseadas mientras fija la cintura del Señor con siete vueltas de cíngulo con el amor de una vida consagrada a su devoción. Antonio Ríos entró en Sevilla sin más asesor que el Gran Poder.

El altavoz de Dios

Carlos Navarro Antolín | 7 de junio de 2015 a las 5:00

Camilo Olivares
HAY un tipo de sevillano que ronea de caballo como hay otro que presume de estar a caballo entre Sevilla y Madrid, avifauna que hace gala de pasar horas en el AVE como signo de distinción y timbre de gloria. La alta velocidad permite a Javier Arenas mandar en el PP andaluz sin perder comba de lo que pasa en la calle Génova, de ahí que recuerde con frecuencia en las entrevistas dominicales que casi está empadronado en el AVE que Felipe González regaló a los sevillanos para que el Sur no se quedara descolgado del resto de la piel de toro. Claro que el mérito, el verdadero mérito, era pasarse media vida entre Sevilla y Madrid antes de que existiera el AVE, como era meritorio recorrerse la Ruta de la Plata antes de que fuera una autovía. En Sevilla hay un cura que lleva décadas entre Sevilla y Madrid, entre Ochoa y Lhardy; entre las torrijas hispalenses de vino o miel, y las capitalinas con leche, azúcar y canela; entre la Catedral gótica, de pináculos, vencejos, gárgolas zoomórficas y desayunos en la Avenida tras los maitines, y esas iglesias frías de la capital de España, que ya se sabe que en Madrid no hay playa, pero tampoco iglesias donde entren ganas de rezar.

Camilo Olivares (Madrid, 1926) es un desconocido para muchos sevillanos que, como apuntaría el líder de Ciudadanos, han nacido con la Constitución Española bajo el brazo. Olivares simboliza esa Sevilla que para muchos es la de los años 50, 60 y 70. Es el cura monárquico por antonomasia. Es el eterno capellán de Doña María de las Mercedes, la madre del Rey que se murió en Lanzarote con los fríos del enero del año 2000. Es el cura que mejor se ha llevado siempre con la alta aristocracia, lo que algunos de sus compañeros envidiosos han denominado como la pastoral de la jet. Si Dios está hasta en los pucheros, también estará en los salones con luz generosa de arañas, tazas de porcelana fina, servilletas de hilo y decoración de lienzos de reyes y cornucopias, ¿o no?. Por algo dicen que la Iglesia ha de tener curas de todos los perfiles para no perder presencia en ningún rincón. En España ha habido miembros del alto clero que se han ido de cena con Zapatero. Yno ha pasado nada.

Este sacerdote recuerda al detalle la secuencia del 18 de julio de 1936 y sus horas posteriores, cuando los guardias de asalto entraron en su casa del barrio de San Lorenzo buscando a su padre, pero se sólo encontraron a su abuela y a las demás mujeres de la casa rezando el rosario. Hijo de padre sevillano y de madre madrileña, desde niño sabe lo que es estar entre Sevilla y Madrid muchísimo antes de que se pudiera elegir entre vagón de turista (con derecho a auriculares) y vagón de preferente (con derecho a toallita húmeda para las manos antes del condumio).

¿Quién recuerda hoy con toda precisión haber visto al Gran Poder expuesto en besamanos en lo alto del paso? Una estampa insólita:¡un paso con escalera de subida y con escalera de bajada! El niño Camilo estaba a la vera del Señor para limpiar los besos en aquellos cultos de los años treinta. Allí subido, en la nave de oro, angelotes y claveles rojos, presenció cómo un devoto rompió sin pretenderlo una de las espinas de la corona del Señor, que tuvo que ser repuesta con el pegamento de entonces, sindetikón, a falta del IAPH. Olivares asistió a los quinarios del Señor en la parroquia de San Lorenzo, cuando predicaban sacerdotes que eran grandes oradores. Se abrían las puertas del templo y se podían oír las pláticas desde la plaza. Tal vez esos días tuvo conciencia de la importancia que tiene para un sacerdote el dominio de la palabra. Sin la oratoria, el cura se aleja de los fieles. Con ella, mantiene la atención y el poder de persuasión. Quizás en su infancia, en un barrio de San Lorenzo de vecinos sentados a las puertas de su casa viendo la vida pasar, germinó una vocación orientada a la liturgia de la palabra.

Su casa era una de las pocas con radio. Como en una premonición del vídeo comunitario de los años ochenta, en su casa se ponía la radio en la ventana para que todos los vecinos pudieran oír el parte y las charlas del General, que no necesitaba de más nombre ni apellidos para saber que se trataba de Queipo de Llano. No es aficionado a remover el carbón quemado para evitar los rescoldos. “Sólo hablo de la memoria histórica para rezar”, suele decir a quienes le preguntan por más detalles de aquellos años.

Para acudir a los palcos de la plaza en Semana Santa se requería pantalón largo, en aquellos tiempos de respeto escrupuloso por la vigilia y de dispensas como vía de escape. Participó con un cirio en la procesión extraordinaria del Gran Poder de 1939 en acción de gracias por el final de la Guerra Civil.

Don Camilo, que es un cura que de cura tiene hasta el nombre, pertenece a la cofradía de los que nunca hablan mal de nadie. Y eso en Sevilla lo convierte en rara avis, que avis es pájaro y no oficina de venta de coches de alquiler en aeropuertos y estaciones. En su casa de Sevilla, que está en el barrio de Los Remedios donde un 10% ha dejado de votar al PP en las últimas elecciones, tiene capilla propia, preciosa y recoleta para la recogida de oraciones privadas. En Navidad monta un Nacimiento digno de visita. El que ha ido sabe que en casa de don Camilo se atiende a la antigua usanza, con copa de manzanilla fina y platito de jamón después de apreciar todos los detalles del portal. Cuando está en Madrid, no se pierde noticia de Sevilla, que para eso tiene a las seguidoras de su Obra de la Palabra de Dios.

El Papa lo hizo prelado de honor con derecho a tratamiento de monseñor. Sigue ejerciendo de director espiritual del Gran Poder y es capellán real de la Catedral. Es rara la hermandad sevillana que no lo haya invitado a predicar sus cultos. Suya es una frase que define su quehacer: “La gente le da mucha importancia a escuchar la palabra de Dios por muy torpe que sea el altavoz”. Sus homilías se han oído en Madrid, San Sebastián, Segovia, Vitoria, Lérida… Yen todas las ciudades ha palpado la importancia que tienen las cofradías sevillanas como movimiento laico de la Iglesia.

Si Olivares es un cura popular no ha sido por sus relaciones con la sangre azul, sino por sus predicaciones y su proximidad a la gente. Vivió muy de cerca los tiempos en que los párrocos reñían a las señoras que lucían faldas cortas, como vivió los años del cardenal Segura prohibiendo el Miserere en la Catedral por no responder al espíritu penitencial propio de la Semana Santa. Ha seguido siempre la enseñanza de su padre:“Hijo, en esta casa, el Papa, el Rey, el cardenal de Sevilla y el cura de San Lorenzo nunca se discuten. Sean quienes sean, amén”.

Don Juan de Borbón y Doña María de las Mercedes ejercieron de padrinos de honor en su primera misa. En cuanto fue ordenado sacerdote, su padre lo mandó viajar a Estoril y a Laussanne a cumplimentar al Rey y a la Reina Victoria. Y ahí empezó una relación mantenida hasta el fallecimiento de los condes de Barcelona. En alguna ocasión recibió recados del régimen de Franco para hacerle ver que no se veían con buenos ojos tantas peregrinaciones a Villa Giralda. Un día tuvo problemas en la frontera de los que tuvo conocimiento el cardenal Segura:“Para otra vez, diga usted que va de mi parte”.

Con Don Juan de Borbón vivió un momento de tensión en Fátima, cuando muchos españoles advirtieron su presencia y lo arrollaron con entusiasmo. Olivares se sintió obligado a pedirle disculpas por el berengenal en que había metido al padre del Rey, exiliado entonces en Estoril. DonJuan pidió calma e hizo ver que estaba encantado con la reacción popular: “Estoy muy agradecido porque precisamente aquí, en Fátima, pasé uno de los momentos más amargos de mi vida. Parece que Dios ha querido compensarme hoy”. Ocurrió aquel día que también un grupo de españoles que visitaba el lugar se acercó a saludar a Don Juan, pero el cura que guiaba la peregrinación les afeó la conducta en voz alta: “¿Qué hacéis con ese hombre que es masón?”. Y Don Juan se vio obligado a responder: “Padre, infórmese mejor, porque si yo fuese masón, posiblemente estaría ya en el trono”. Monseñor Olivares se sintió obligado entonces a advertirle de que media España pensaba que Don Juan era masón porque había una campaña orquestada con tal objetivo.

Cada vez que Doña María de las Mercedes visitaba Sevilla, el alto mando militar avisaba a Don Camilo para que acompañara a la señora. Pasión y el Gran Poder solían ser estaciones fijas en la ruta. Y el sacerdote debía ir vestido como tal, de lo contrario había riña. A la madre del Rey le gustaba ver a monseñor Olivares con sotana, manteo y esclavina.

La noche del último Sábado Santo se le vio junto al duque de Alba en la bulla de la entrada de la Soledad de San Lorenzo. Los Reyes y la vida pasan. Sólo permanece el Gran Poder. Al borde de los 90 años, sigue entre Madrid y Sevilla, entre la muchedumbre capitalina y la ciudad donde fue el niño que pasaba el purificador por las manos del Señor.