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La gerente del susanismo

Carlos Navarro Antolín | 9 de octubre de 2016 a las 5:00

Verónica Pérez
EXTENDÍAN los antiguos romanos sus dominios a la velocidad que se expanden las urbanizaciones del Aljarafe en tiempos de eclosión inmobiliaria. Se expandían en tiempos de la República y en tiempos del Imperio. Cada territorio conquistado era dejado en manos de un procónsul, una suerte de gobernador de provincia con mando militar y con facultades de administración civil y de justicia. Los procónsules eran los elegidos, responsables de llevar a cabo el ineludible proceso de romanización que garantizaría la integración de los bárbaros en las costumbres y modos de Roma. Toda integración augura la estabilidad soñada por quien ejerce el poder.

Pocos se acuerdan, pero Susana Díaz se pasó cuatro años de diputada rasa en el Congreso de los Diputados. Cuatro años metida en la bulla de las Cortes, alejada de los focos tras una etapa de cinco años como concejal en el Ayuntamiento de Sevilla donde de 1999 a 2004 gestionó Juventud, Recursos Humanos y, por unos meses, su amado Distrito Triana. Cuatro años fueron demasiado tiempo para pensar, demasiados días para soñar la gestación de su particular imperio. Quienes la castigaron en 2004 al destierro capitalino (Caballos y Monteseirín) no calcularon que lo peor que podían hacer fue concederle tiempo para maquinar, especialidad de la casa civil de todo político que no conoce otro destino profesional que la política. Díaz se procuró esos años su escalada al aparato orgánico del PSOE andaluz. Una chica tan trabajadora, dedicada las 24 horas a los asuntos del PSOE, era un caramelo para cualquier dirigente ávido de tener brazos ejecutores a su servicio. Susana siempre estaba operativa para la causa mientras otros se desconectaban los viernes a mediodía. Se ganó poco a poco la confianza del entonces emergente Viera y de un peso pesado como Griñán al igual que en su día se había ganado la de Caballos. Todos fueron cayendo por diversas causas con los años. Todos menos ella. Se acabó haciendo con la secretaría de Organización del PSOE de Sevilla, después con la Secretaría General, posteriormente con la consejería de Presidencia y finalmente con la Presidencia de la Junta. Hasta se metió con éxito en asuntos del gobierno municipal desde su despacho del PSOE provincial. ¿No recuerdan cómo solucionó aquella huelga de autobuses en plena Feria después de que los conductores la hicieran llorar a las puertas de una caseta?

Todo poder que se extiende necesita de vicarios territoriales. De procónsules que decían los romanos. De gerentes que ejecuten el ideario del que manda, que sepan guardar la viña, que sean eficaces en el respeto a los principios generales. Verónica Pérez (San Juan de Aznalfarache, Sevilla, 1978) es la actual gerente del susanismo en Sevilla. Fue una precoz concejal de Hacienda de su pueblo natal (a. S., antes de Susana). Todo lo que ha sido y es posteriormente se lo debe a su mentora. Verónica es esa amiga fiel que se tira a la piscina sin agua si Susana Díaz se lo pide. Es la fiel compañera de aquella pandilla juvenil integrada por Javier Fernández, hoy consejero de Turismo; Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, en la reserva por ser el último mohicano del pedrismo andaluz; Miguel Ángel Millán, ex gerente de Urbanismo; Rafael Pineda, ex gerente de Lipasam, y la ex edil Encarnación Martínez, y el analista político David Hijón, entre otros muchachos de aquellas Juventudes Socialistas de la primera mitad de los años 90, cuando las noches de Feria eran largas, se profesaba admiración por un profesor llamado Emilio Carrillo y todo eran fotografías de papel de rostros risueños y largas cabelleras.

Verónica era la militante de San Juan de Aznalfarache entre la muchachada capitalina, la chica de menor edad de la pandilla en aquellos encuentros marcados por las pizzas en las noches de sede y por las barbacoas sabatinas en el jardín trasero de la casa de Encarnación Martínez en Valencina de la Concepción. Verónica ya participaba por aquel entonces en las maquinaciones para ganar los congresos de las juventudes del partido.

Un hito clave ocurrió cuando Gómez de Celis y Susana Díaz, los cabecillas del grupo, se retiraron mutuamente los embajadores en 1999 tras la confección de la primera lista municipal encabezada por Monteseirín. Susana, que en la facultad se hartó de perder elecciones a delegada de curso, comenzó una sucesión de victorias hasta hoy. Entró en la candidatura de Monteseirín en puesto de salida. Celis resultó orillado. La pandilla juvenil quedó fracturada. Celis se quedó con Hijón, Millán y Hernández (Los posteriormente conocidos como Celis boys) y Susana con Verónica Pérez, Javier Fernández y, posteriormente, Alberto Moriña. Verónica ejerce desde entonces un perfecto papel secundario. Ningún político con vocación de liderazgo, caso de Susana, ficha a colaboradores que le hagan sombra. La fidelidad de Verónica a Susana es absoluta. Susana, siempre ambiciosa y expansiva, la ha premiado cada vez que ha podido. En el reparto de tierras conquistadas para la causa susanista, Verónica Pérez es la procónsul del PSOE de Sevilla, la que ha recibido las riendas de la joya de la corona del socialismo español. Verónica es la que administra los principios del Movimiento Susanista en la tierra de la gran jefa. Con Verónica está asegurado el susanismo hispalense. A Mario Jiménez, por ejemplo, lo ha mandado a representar al susanismo en los despachos de la actual gestora del partido en Madrid, lo cual es también una forma de evitar que el onubense esté en una futura ejecutiva.

Que Verónica es la escudera fiel de Susana lo sabíamos en Sevilla. Pero desde hace una semana lo sabe toda España desde que La Que Manda en el PSOE le pidió que se sacrificara en la causa contra Pedro Sánchez con todas las cámaras de televisión como testigos. Susana la mandó entrar en la sede como presidenta del Comité Federal. Ella, en una sobreactuación evidente, se presentó a la hora del Ángelus como “máxima autoridad” del partido, no pasó del vestíbulo de la sede de Ferraz y acabó repelida por los seguratas a la hora del telediario. Todo un metisaca trufado con un lenguaje que recordaba a cierto señor con tricornio que una tarde de febrero instó a unos cuantos a esperar a la “autoridad, militar por supuesto”. En el márquetin que tiene secuestrada a la política, Susana había logrado su objetivo: que toda España viera la sede de Ferraz como la aldea de los locos galos. Los peones están para eso: para ser sacrificados mientras la dama queda protegida por las torres.

Aquella hija de cartero que siempre citaba a Franco en sus primeros mítines y que fue madurando su discurso, aquella chica que logró entrar en el Parlamento Andaluz en 2004, la misma que tiene capacidad para administrar información interna del partido y ejecutarla con éxito, se achicharró por sorpresa en un plisplás. Un minuto de gloria a un precio muy elevado. Y lo hizo la mar de a gusto porque su amiga del alma, su protectora, la causa de su alegría, así se lo pidió. Susana quería evidenciar la acritud de un secretario general decadente y debilitado cuya fuerza se reducía a retener las llaves de los despachos. Lo consiguió. Pero pagó el precio de mostrar de qué son capaces los políticos de hoy cuando se trata de mantener el cargo porque, sencillamente -no nos engañemos- no conocen otro medio de vida ni otra forma de vivir.

No se pregunta si la piscina tiene agua, no se cuestiona la profundidad del pozo. Si hay que prestar el testimonio a favor de Susana Díaz en un reportaje almibarado sobre la vida y obra de la trianera, se presta. Si hay que cargar contra los gigantes del comité federal, que en realidad ya son molinos averiados, se carga.

Verónica es muy joven aún, pese a lo cual puede afirmar que hace 16 años que ingresó en su primera ejecutiva del PSOE de Sevilla y que ha sido concejal de pueblo y diputada provincial antes de ser parlamentaria andaluza. Influye en Susana Díaz, pero Susana Díaz es la que manda. Verónica es la gerente del susanismo en la plaza principal de Sevilla. El susanismo es esa corriente que fluye bajo las estancadas aguas del socialismo español. El día que Caballos y Monteseirín orillaron a Madrid a aquella edil de Juventud que quiso montar un botellódromo en la Cartuja, Susana Díaz tuvo cuatro años para diseñar su imperio mientras apretaba el botón para votar en las plúmbeas sesiones del Congreso. Una leona entre leones. Siempre tuvo claro quién administraría la conquista de Sevilla: la procónsul Verónica. La “máxima autoridad” del PSOE que, en realidad, pareció una vendedora de claveles reventones a la que un segurata sin afeitar y falto de sueño frenó en la puerta de la caseta del PSOE.

El lepero alcaide

Carlos Navarro Antolín | 25 de octubre de 2015 a las 5:00

Bernardo Bueno
HAY gente que dice hasta aquí he llegado, me voy y no quiero ni recoger medallas ni asistir a cenas de homenaje con derecho a placa y discurso almibarado anunciado con golpecitos de cucharilla en la taza de café. Hay gente que se corta la coleta de la lidia laboral de cada día y aplica el ya estoy yo en mi casa, hundido en el mullido sofá o acariciándome la planta de los pies en la alfombra mientras la grasa del vientre va cogiendo forma de bolsa de caramelos del rey Baltasar. Y hay gente que simplemente cambia de actividad cuando se jubila, se busca habas propias que seguir enterneciendo al fuego de la lumbre cotidiana, o incluso las circunstancias lo premian con un sobrero noble y con embestida que alarga el lucimiento de los días laborables.

Bernardo Bueno (Lepe, Huelva, 1948) estaba recogiendo el material, guardando el marco de la foto familiar en la caja de cartón, cuando Juan Espadas, alcalde de Sevilla, lo llamó para regalarle uno de los escasos títulos nobiliarios de la política local: alcaide del Real Alcázar. O de los Reales Alcázares, como prefiere decir con todo rigor, al ser una suma de palacios de diferentes etapas históricas. Estaba Bueno sellando una trayectoria política con origen en 1977 y cargos públicos hasta en La Rioja, cuando sonó el teléfono otra vez. Y no era Guerra para que lo recogiera al pie de la escalerilla el viernes por la tarde. Y no era Manuel del Valle para encargarle la cultura municipal pisando la raya de picadores de lo políticamente correcto con aquella inolvidable Cita en Sevilla. Y no era Chaves para llevarlo como dócil parlamentario por Sevilla. Ni Griñán para asignarle una delegación provincial, grada de sol alto en el reparto de cargos de la Junta. Era Juan Espadas, representante del susanismo en la Plaza Nueva, el que llamaba para concederle una suerte de ducado con grandeza local en nombre de la reina del socialismo andaluz, en nombre de la La Que Manda Tela. Porque si los jueces imparten justicia en nombre del Rey, todo lo que haga un socialista en Sevilla es hecho (o perpetrado) en nombre de esa fuerza roja, rojísima, que el laicismo de paellador exprés de Ferraz va a terminar convirtiendo en la reserva espiritual del PSOE.

La teoría de los parecidos razonables y evocadores demuestra que existen niños con cara antigua, sacados de fotos de tonalidad sepia con faldones de bautismo de larga encajería, que piden ser expuestos en la vitrina de Luis Crux, en Martín Villa; existen sevillanos de perfil antiguo, de abrigos cruzados en invierno, como sacados del rodaje de Amar en tiempos revueltos, y por supuesto, existen cofrades que parecen criogenizados a lo Walt Disney, conservados en el frío de trajes de los años 70, con una sola abertura en el faldón de la chaqueta y un tono ala de mosca en las hombreras gastadas. Existen curas con cara de Domund como existen curas con cara de concilio. Bernardo Bueno tiene rostro de la Transición, como escapado de la magnífica serie dirigida por Victoria Prego. Este lepero evoca a Suresnes, a los últimos años de los señores procuradores con bigotito y retórica pregoneril. Uno ve a Bernardo Bueno por Doña María Coronel, con esa barba modelo Junta de Andalucía (imparable), con esa chaqueta un punto holgada y con esa camisa estilo Puente y Pellón fashion, y antes que saludarle dan ganas de decirle: “¡Hay que ser socialistas antes que marxistas!”

Bueno ha sido guerrista. Le ha ido bien con Chaves y Griñán. Y cuando a la playa del socialismo llegaba esa ola roja de espuma blanca y rumor de caracolas, el tito Bueno, como le dicen con todo cariño muchos socialistas, trincó el premio extraordinaro de jubilación con derecho a Patio de la Montería. Alguna mala lengua dice que Bueno es el mejor producto de la industria del corcho del socialismo sevillano, la veleta que indica hacia dónde va a soplar el viento cuando el guerrismo busca las tablas, el oráculo que predice la patada hacia arriba del chavismo aquel Domingo de Ramos de tambores destemplados, el mejor oído del cascabeleo de las mulillas que van a arrastrar el griñanismo sobre el albero manchado de los ERE y, por supuesto, el druida que intuye la formación de ese huracán Susana que arranca de cuajo cualquier posible rival en las filas del PSOE, andaluz por supuesto. A la hora de la verdad, lo cierto es que todos los dirigentes del socialismo sevillano han contado con su participación, tal vez porque no sólo no resta nunca, sino suma. Quizás porque la ciudad siempre le deberá el haber innovado en política cultural con aquella Cita en Sevilla que trajo a la ciudad mucho más que unos conciertos en el Prado o en el solar del Maestranza. Sevilla tuvo su propia movida cultural gracias a este político austero que supo gestionar con imaginación un programa cultural de máxima innovación cuando las administraciones locales eran aún un mecano por montar. Este amante de la Feria, con caseta propia en la umbría Gitanillo de Triana 125, se trajo a Sevilla voces extranjeras como B.B. King, Miles Davis, Nina Hagen, The Kings, Georges Moustaki, Ian Dury, James Brown, Leonard Cohen, Frank Zappa… Un concejal joven llamado Javier Arenas, por cierto, ya arqueaba la ceja al arremeter contra las cuentas del festival en los plenos, pero pedía entradas para los conciertos en privado.

El tito Bernardo tenía rasgos en común con el alcalde Manuel del Valle: cierto sentido del humor inglés (“Vamos a ser malos, Bernardo…”, como entradilla a algún chascarrillo), cierto refinamiento, ausencia absoluta de guasa o una de sus derivadas, que es la ojana; y un trato exquisito con los grupos de la oposición. Monteseirín receló de algunos de los movimientos de Bueno en la Delegación Provincial de Cultura, cuando ponía algunas piedrecillas en el camino de las Setas, del tranvía o la recalificación de la sede provincial del PSOE. Bueno era visto desde la Plaza Nueva como el fuego amigo, como el mascarón de proa del susanismo emergente, dispuesto a soltar marrones para recrearse después en el yoyaísmo que aseguran que es marca de la casa de Bueno: “Yo ya te lo advertí, yo ya te lo dije, yo ya te lo avisé”.

La vida es pasión por el teatro. Es una clase de alumnos del Instituto Macarena que aplauden al profesor Bueno la mañana siguiente a su elección como parlamentario andaluz. Un profesor, por cierto, que no concebía cómo a un discípulo se le puede indigestar una ecuación. La vida es tomar la palabra en el almuerzo de despedida como concejal y pedir públicamente disculpas a un asesor, del que había dudado injustamente al inicio del mandato por atender a comentarios intoxicadores. La vida es viajar en el Damas para dar clases en el edificio del Seminario de Pilas, es ser miembro destacado de la apócrifa congregación de peatones del centro de Sevilla, es hacer las veces de embajador de su tierra y obsequiar a los amigos con cajitas de fresa. La vida es dar por terminada la trayectoria pública y apuntarse a una academia de inglés sin imaginar que el premio gordo del Alcázar aún estaba en el bombo. Es una declaración de bienes de los cargos públicos en la que este lepero, fiel a la playa de la Antilla, es de los que más capacidad de ahorro demuestran. La vida es una sonrisa, sincera y afable para muchos, suavona para otros, que cada cual cuenta su Feria.

Aficionado a los dulces tanto como a los conciertos del Maestranza, sobre todo si la entrada a la función es de válvula. En el PSOE sevillano es respetado. Y podría decirse que muy querido, cosa rara en la política, más aún en la actual de cuchillo en boca y ventilador listo para el lanzamiento de heces sobre el prójimo. Dicen que llegó a la política por pura ideología, no por hacer carrera, ni por razones terapéuticas. Jamás se metió con las cofradías para pasar por moderno. Ni tuvo que excluir ningún sector para que la ciudad avanzara por nuevas sendas. Muchos sevillanos oyeron en directo el Hay cuatro rosas para ti de Gabinete Caligari en el Prado de San Sebastián. O cumplieron el sueño de estar con Miguel Ríos. El lepero feriante tal vez soñaba con perderse en paseos hacia El Terrón cuando se encontró sentado en un despacho del Alcázar, el sobrero noble que permite una faena con adornos a un socialista moderado del que nadie podrá decir que no le coge el teléfono sin necesidad de secretarias, gabinetes, ni otros filtros.

El buen vasallo

Carlos Navarro Antolín | 1 de marzo de 2015 a las 5:00

Carlos Bourrellier
EN Sevilla hay gafes, gente ceniza que trae la desgracia con su sola presencia, como hay gente con la cara estreñida desde que los padres eran novios, que hasta existe una clasificación de los señores y señoras con el rostro todo el día oliendo a letrina. También hay gente con suerte, que son la versión hispalense del lotero de La Bruja de Sort, gente a la que habría que pasarle el décimo por la espalda, al igual que se pasan por las vestimentas de santos, gente a la que habría que parar por la Avenida, entre velador y velador, y entregarle papelitos con los deseos escritos para que los lleven en el bolsillo de la americana de Vilima.
Carlos Bourrellier (Sevilla, 1951) es el presidente del Consejo de Cofradías que nos ha obligado a todos los periodistas a agregar su apellido al corrector ortográfico y que resulta un ejemplo sólido de cómo lo interino muta en permanente en esta ciudad. Bourrellier, un hombre con suerte, llegó a la presidencia como Susana Díaz. Se fue Adolfo Arenas y se puso él. Se fue Griñán y se puso ella. Ninguno de los dos goza por ahora de la legitimidad directa de las urnas. Bourrellier, un tipo sin enemigos, el vecino idóneo para echar una charla sobre el clima en el ascensor, estaba allí cuando se produjo el hueco. Él lo tapó como el albañil de urgencia que sella una gotera, y ahí sigue para escozor de los cobardones que largan por detrás pero que no se atreven a salir del burladero y discutirle el puesto.

Fue hermano mayor de una cofradía, la franciscana del Buen Fin, un período en el que vivió una coronación canónica y la salida de su Cristo en el vía crucis de las cofradías. Y ha sido Rey Melchor de la Cabalgata. ¿Se puede ser más en el cursus honorum hispalense? Lo tiene todo para generar la envidia de esos señores (y señoras)estreñidos. Es el compañero del colegio tocado con la gracia de la potra.

Nacido en la calle Azafrán, desciende de maestros tintoreros: bisnieto, nieto e hijo de emprendedores en el sector. Se formó en el Colegio Alfonso X El Sabio y en las aulas del Santo Tomás de Aquino, donde dicen que iban los regulares, pero no precisamente los de Ceuta. Poca gente sabe que fue un pelotero de cierto nivel en sus años mozos, aunque hoy ya no practica ni fútbol ni ningún deporte, tan sólo el palquing, cuando salta de palco en palco del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección, asegurando siempre la pax romana al emperador en caso de revueltas en las tropas cofradieras. Ha ejercido de mercader de éxito en su vida profesional sin sufrir la expulsión de ningún templo, sino todo lo contrario. Sin estar doctorado en Derecho Canónico y sin haber peloteado previamente al alto clero calentando el asiento en cursos vespertinos de formación, su gran mérito es ser el niño bonito de la actual autoridad eclesiástica, el ejemplo de hombre de Iglesia, el modelo preclaro de superávit de eclesialidad. Bourrellier no se cansa de decir “pastor” como el ministro Piqué no se cansaba de inclinar el espinazo ante Bush. Y eso a los curas les encanta. Sabe tratar a los ministros de Dios como nadie, desde aquellos maravillosos veranos en que los invitaba a comer en El Paraíso, en El Portil. El Paraíso vive hoy un auténtico infierno, precintado por las deudas, mientras la oveja más destacada del rebaño cofradiero de la archidiócesis bala con fuerza y alegría. Dimitió el presidente y él estaba allí. Se quiso ir, pero, ay, el arzobispo le pidió que se quedara y él se quedó haciendo bueno el lema de los cofrades con cargos sacrificados:Nolebat, sed petiverunt. Yo no quería, pero me lo pidieron… Bourrellier es la solución provisional, interina, recurrente; la fórmula perfecta para salir del paso que tantas veces se busca en Sevilla. Por eso erigirse en provisional es abonarse al triunfo en esta ciudad. Todo lo provisional tiene vocación de perpetuidad. Ytodo lo oficialmente permanente puede durar menos que un cardenal presentando la renuncia a los 75 años. Ojú, qué poco duró…

No se le conocen más aficiones cultivadas que las cofradías y el buen yantar, que no es mala combinación. El recorrido –corto recorrido– de la sede del Consejo al Palacio Arzobispal no sirve para reducir el colesterol de las manitas de cerdo y otras exquisitas viandas caracterizadas por la pringue, por muchos saltos que haya que dar para sortear las cacas de los caballos que perfuman tan cotizada senda, cuyo aroma forma parte del patrimonio inmaterial de Sevilla, anda que no.

La mejor virtud de Bourrellier es quizás su ausencia de complejos. Habla con devoción del arzobispo, que parece su particular primo de Zumosol. Y el arzobispo le premia con susurros al oído, con la mano apretándole con afecto el antebrazo, con mensajes de voz meliflua y muestras de admiración pública. Ahí ha surgido una UTE de las buenas, de las que duran porque ambos se sostienen, ambos se ayudan y a ambos les viene de dulce llevarse bonito. Distinto será si esta UTE hace alguna gran obra. El tiempo, supremo juez contra el que no cabe recurso, lo dirá.

Bourrellier es genial cuando hace declaraciones a los medios o emplea el lenguaje coloquial en algunas reuniones a puerta cerrada. Tiene la espontaneidad y la frescura de quien no está contaminado por asesores a sueldo. Le meten la alcachofa tras la homilía del señor arzobispo en la Plaza de España ante el paso de la Virgen de la Esperanza y suelta una de las mejores perlas que se han soltado en la historia de la diócesis: “El arzobispo ha estado muy bien, pero que muy bien. ¡Ha hablado a calzón quitado!”. Nada de sotana, sino directamente calzón… Qué cosas dice este Bourrellier. Otro día habló de los “pistoleros” del Consejo en referencia a los consejeros que él cree que le hacen la pajarraca. Y otro más de la necesidad de dar un “puñetazo” en la mesa para arreglar los problemas, ¡oh problemas!, de los horarios de la Madrugada, donde sólo cabe decir sobre el cofraderío lo que aquel cubano trincón de fama fácil: “La noche me confunde”.

La suerte del alto clero que hoy puebla los despachos del Palacio Arzobispal es que Bourrellier habla con el corazón, está orgulloso de cumplir con el sacrificio que le pidió su dilecto pastor en aquellos minutos de zozobra, una encomienda que lo convierte en legionario de la diócesis, con el pecho al descubierto y el valor por bandera, con el arcabuz dispuesto siempre a defender a su mentor. La verdad es que a un mundillo cargado de pestiños, con tanto cuello duro de camisa y tantos demonios removiendo la cola en tardes de ocio, este presidente del Consejo trae una bocanada de aire fresco en no pocos momentos, por lo sencillo y natural que resulta, por lo poco artificial, por lo exento de eso que ahora llaman postureo. Habla como es, como un vecino simpático de la Alfalfa, de riguroso traje oscuro y bigote perfectamente cortado, amigo de la concordia y de la buena ensaladilla, cuyos problemas quizás son querer quedar bien con todo el mundo, y que está dispuesto a pedir perdón si sus palabras han podido ofender. Pídanle unas entradas para el pregón que hará lo imposible por conseguirlas. Pero después le mandan como agradecimiento un táper de arroz con perdiz, que le gusta más que la Amargura por Cuna a uno que yo me sé. O lo invitan a una cerveza en El Tremendo, del que su señor padre era un cliente distinguido.

Pásenle el décimo de lotería por la espalda. Este hombre tiene estrella, además de sentido del humor, que es el lubricante de la vida cotidiana. Hay veces que uno ve a Bourrellier con esa fidelidad en grado supino al pastor, con esa conducta que es modelo preclaro de eclesialidad, con su asistencia a funerales hasta en el tórrido agosto, con esa disponibilidad absoluta a subir la escalera palaciega de Leonardo de Figueroa cada vez que es llamado por el secretario de Su Excelencia, con esas doce horas al día que le dedica a la presidencia, y tiene que recordar aquellos versos del Cantar de Mio Cid que se estudiaban en el extinto COU: “Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor”.

La ocupación de los nichos

Carlos Navarro Antolín | 14 de diciembre de 2014 a las 5:00

Sastrería 14 dic
EN aquella Facultad de Derecho de los años posteriores a la Exposición Universal era usual verla por aulas y pasillos. Por la antigua Fábrica de Tabacos, o su sucursal de las caracolas del Lope de Vega, también se veía a alumnos como Beltrán Pérez, hoy teniente de alcalde en el Ayuntamiento; Miguel Ángel Millán, ex gerente de Urbanismo, y Pedro Molina de los Santos y David Antequera, actuales directores de los distritos Norte y Los Remedios, respectivamente. De las aulas habían desaparecido los crucifijos con las réplicas de la Buena Muerte, preciosidades de Juan Miguel Sánchez, Francisco Maireles, Ricardo Comas y hasta de Alfonso Grosso. Muchos acabaron en despachos de catedráticos y, por supuesto, en bastantes casas particulares. Durante años sólo quedó el crucifijo del Aula Magna. Por aquella Facultad andaba Susana Díaz (Sevilla, 1974), que ya por aquel entonces tenía afición por coger el micrófono y dirigirse a sus compañeros. Cuando un festivo caía en martes, ella era una de las que se encargaban de poner de acuerdo a todos los compañeros para no acudir el lunes y hacer puente. Pero, ojo, porque había un catedrático de Derecho Civil, el jesuita Antonio Gordillo Cañas, duro y exigente como sólo lo son los grandes maestros que verdaderamente dejan huella en sus discípulos, que no transigía con las componendas de los alumnos. Si la jornada era lectiva, había que dar clase. Si no había alumnos, la lección se daba por impartida y pasaba a ser materia de examen. Se dio el caso de un reducido grupo de alumnas que acudieron a la clase de don Antonio, rompiendo el llamamiento a secundar el puente apócrifo. Enterada de la existencia de esquiroles, la alumna Díaz se enojó, tomó el micro y espetó: “¡Habemos aquí más de cien que quedamos en no venir y ha habido un grupito que ha venido!”.

Aquellos primeros años en Derecho se veía ya la forja del animal político que es hoy. Poco tardó en darse de alta en las Juventudes Socialistas con un aval de dos firmas, una de ellas la de Rafael Pineda, ex concejal y ex gerente de Lipasam. Aquellos maravillosos años participaba en las barbacoas de fin de semana en casa de Encarnación Martínez, en Valencina de la Concepción, en la pandilla que lideraba Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. Encarni, Verónica Pérez y ella eran de las escasas mujeres activas en las Juventudes Socialistas. La armonía era total, años de camaradería y dolce vita. El reparto de tareas estaba definido. Susana y David Hijón se centraban en las Juventudes en Sevilla. Miguel Ángel Millán, en las Juventudes de Madrid. Celis, consagrado a la Agrupación de Nervión-San Pablo y Rafa Pineda a la Agrupación de Triana. Los chicos de Celis vivían felices y comían perdices a la brasa hasta que se rompió la barbacoa de tanto usarla. La lista electoral al Ayuntamiento de 1999 dinamitó las sinergias. El entonces factótum del PSOE sevillano, José Caballos, eligió a Susana Díaz para un puesto de salida y orilló al que siempre se refiere como “Alfonsito”. Díaz fue concejal de Triana, una de sus grandes ilusiones, y del área de Juventud, donde fue la primera en hablar de un posible botellódromo. Es notorio que con el alcalde Monteseirín jamás se entendió. En los albores del segundo mandato, Caballos la sacó del Ayuntamiento castigándola en el puesto octavo de la lista al Congreso de los Diputados. El castigo se tornó en premio, porque el PP se hundió tras el atentado del 11-M y los socialistas sevillanos, que aspiraban sólo a siete escaños en el mejor de los casos, lograron nada menos que ocho. Ya estaba Díaz moviéndose por la Carrera de San Jerónimo sin perder el contacto ni con Sevilla ni con sus principales amigos y partidarios: Alberto Moriña, que la había apremiado siempre a terminar los estudios de Derecho; Javier Fernández y Verónica Pérez.

Un político gris como José Antonio Viera se hizo con la secretaría general del PSOE sevillano. Contó con ella como secretaria de Organización. Díaz acabó haciéndose con todo el partido, como siempre ocurre, porque siempre está dispuesta a ocupar los nichos vacíos, ya sea de jefa en la capital o de turronera por los pueblos los fines de semana cuando los demás están clavando alcayatas o con el chándal. Esa capacidad de estar literalmente consagrada a la actividad política se traduce en poder. Mientras Viera andaba de cacerías con los empresarios y Caballos comenzaba el declive, Díaz se estaba haciendo con el control del poderoso PSOE sevillano. “Tú no te preocupes que yo me encargo de todo”. El embrión de las barbacoas de Encarni estaba evolucionando hacia un verdadero modelo de éxito en la política actual, donde el control orgánico prevalece en el currículum sobre cualquier brillo en la gestión institucional. El dominio que ejerce sobre cualquier parcela de poder recién conquistada es absoluto. Los espacios se susanizan como los territorios se romanizaban. Abarca todo, acapara todo y lo sacrifica todo por la política. Y sus enemigos, que la califican de maniobrera y conspiradora, de dura e inflexible, reconocen que entiende la política como un sacerdocio y que jamás la pillarán metiendo la mano en la caja.

Guarda las distancias con los periodistas hasta en el horario de máxima animación de la Feria de Abril. Las orejas siempre altas. Si tiene que llamar a un colaborador en Nochebuena para un asunto de trabajo, lo hace sin mayores cautelas. Ytambién es verdad que si a ella la llaman en plena celebración del cumpleaños de una de sus hermanas, responde con celeridad.

Su perfil menos conocido es el de una persona muy sentimental. Se derrumba con cierta facilidad cuando entiende que ha sido herida. Una Feria de Abril, vestida de flamenca, acabó con las lágrimas saltadas ante las protestas airadas de los conductores de Tussam. Los citó en la sede del PSOE, fue a casa a cambiarse de ropa, se reunió con los enlaces sindicales y la huelga quedó desconvocada. Ella, que no era concejal, arregló el problema desde su cargo orgánico, lo cual levantó ampollas entre sus adorables compañeros de partido en la Plaza Nueva.

Ha ocupado tantos nichos que, con ayuda de las circunstancias, ha ido recortando el espacio de quienes estaban directa o indirectamente por encima de ella en el organigrama. La lista de caídos, las cuentas del rosario, es extensa. Monteseirín, Caballos, Viera, Chaves, Griñán… Tiene al Todo Madrid y al Todo Barcelona echado a sus brazos con la inestimable aportación de una ejecutiva federal a la deriva. Siempre que alguien le ha dado poder, ella lo ha ejercido y ampliado hasta el punto de acabar teniendo más competencias que su poderdante, hasta el punto de que el poderdante, por una causa o por otra, ha terminado menoscabado o directamente fuera del mapa.
Aquella chica de Presidencia, que dijo el Cura Chamizo, es de facto el principal estandarte del PSOE en España. Se entiende con reyes y arzobispos, y con financieros y cofrades. Dicen que la garra que tuvo de joven para sacarse sus primeras perras dando clases particulares, la ha aumentado y enriquecido. Aquella cabecilla del grupo que en las noches de fin de semana, a la intemperie y junto al Monumento a la Tolerancia, quería afiliar a todos los presentes a las Juventudes Socialistas, es hoy la que embelesa a esa sociedad civil de los desayunos profesionales en suntuosos hoteles de la capital donde siempre se quedan los zumos a la mitad y los platos de pastas vuelven completos a las cocinas.

El viento de la política actual favorece a quien más tiempo dedica a la causa y más rápido aprende. Los que se van de cacería son camarones en la corriente. Ydejan espacios que otros ocupan. Haber, haber… Habemos muy pocos. Yen el PSOE sólo hay una.

Una dama en el PSOE

Carlos Navarro Antolín | 14 de septiembre de 2014 a las 5:00

ROSAMAR PRIETO
En los entierros se conoce gente. Sobre todo en una ciudad que acentúa el componente social de todo encuentro y donde se publican hasta pobladas galerías de rostros a la salida y entrada de los sepelios. En un entierro conocí a Rosamar Prieto-Castro, en el romántico cementerio de San Fernando, donde están empadronados en horizontal esa gran cantidad de sevillanos que nunca te dan una puñalá, que el yuyu lo provocan siempre los vivos. Los muertos no molestan nunca en su soledad becqueriana. Rosamar Prieto-Castro es una granadina del 47 que vive en Sevilla con el alma puesta en la almeriense Garrucha, la población que tiene musiquilla de administración de lotería premiada en el Sorteo de Navidad. “El segundo premio ha sido vendido en la tres de Tarrasa, la uno de Sabadell, la cinco, 24 y 47 de Madrid y la dos de Garrucha”. Ea, premio repartido.

–¿Te ha tocado, Rosamar?
–Nada, prenda.

A Rosamar la sacaron un día del Consejo Económico y Social de Andalucía, donde estaba más a gusto que un arbusto antes de ser podado por Zoido, para colocarla en el potro de tortura del Ayuntamiento tras haber sido gobernadora civil de Huelva y jefa de gabinete de una delegada del Gobierno en Andalucía llamada Amparo Rubiales. Pertenece a la jet del PSOE de los grandes años, aquel partido centrado que logró el voto de tantísima gente de derechas y al que nunca se le ocurrían majaderías como suspender el concordato con la Iglesia, un mérito debido a Manuel Benigno García Vázquez, el capellán del partido del puño y la rosa que daba clases de Religión en el San Francisco de Paula y que instruyó a Felipe en el respeto a la Iglesia, “una institución en la que se puede creer o no, pero que asegura un orden en valores. Y a todo gobernante le interesa mucho una sociedad en orden”. Una de las virtudes de Rosamar es que todos la sitúan en la acera de enfrente. Para la gente de derechas, de aperitivo dominical y tres vueltas del collar de perlas, Rosamar es la oveja descarriada del rebaño. Para su correligionarios, esos siempre adorables compañeros de partido, Rosamar es el ala conservadora, la que se entiende con empresarios, curas y cofrades.

A punto estuvo de ser alcaldesa interina de la ciudad en el tardoalfredismo de obras faraónicas pasadas de frenada en el presupuesto. Un Lunes Santo acudió a los palcos de la Plaza de San Francisco una chica llamada Susana Díaz, por aquel entonces secretaria general del partido en Andalucía. Hizo maripandi con ella en las sillas de Quidiello. Susana le susurró al oído que se pusiera el chándal y calentara la banda porque todo estaba preparado para relevar a Monteseirín un año antes del final del mandato. Rosamar se puso nerviosa varios meses, emergió ese genio que lleva dentro semejante figura y algunos hasta padecimos tirones de orejas de los que dejan colorado el lóbulo. Alfredo no se quiso marchar sin la seguridad de un nuevo destino bajo el ala protectora del partido y hubo concejales que no estaban dispuestos a que no se respetara el sacrosanto orden de la lista electoral. Entre unos y otros, y con el partido desangrándose en los nefastos últimos años de ZP, se esfumó la posibilidad de que toda una señora ocupara el mullido sillón de la Alcaldía.

El mayor mérito de Rosamar no es haber hecho una oposición antes de desembarcar en la política para tener siempre los garbanzos (de Escacena) asegurados. Ni siquiera haberle correspondido en suerte la lidia de la Delegación de Fiestas Mayores con unas cofradías que acabaron despidiéndola con una ovación cerrada en el Teatro de la Maestranza, que ya se sabe el cariño infinito que esta ciudad le ofrece a quien se marcha para ponérselo imposible al que llega. Su mayor mérito es haber sobrevivido a los homenajes, sobre todo porque a Rosamar, escrito sea con trazo grueso, le organizaron un bonito homenaje sus enemigos, que así son los verdaderos homenajes, que las cosas hay que hacerlas bien, como Dios manda. Quien no alimenta bien al canario enemigo con su ración de alpiste cada mañana ya sabe que se queda sin homenaje al final de sus días laborales. Un homenaje sin enemigos ni es homenaje ni es ná. Aquel canapé fue una de las ceremonias que evidencian el Maquiavelo que el sevillano lleva dentro. “Mira, ha venido aquella de allí. Y eso que nunca me ha podido ni ver”. Y Rosamar pega el pase de la firma con esos cuatro golpes de risa monocorde separadas por leves pausas profundas, muy profundas: “Ja, ja ja, ja”. “Y aquel otro… Con lo que se movió para que yo no fuera alcaldesa”. Y otra vez: “Ja, ja, ja, ja”. Cuando sí le salió la mejor sonrisa fue al llegar su admirado Manolo Chaves. Ay, aquellas tardes de domingo en el cine junto a Chaves y Griñán, rematadas en los veladores del Antonio Romero de la calle Antonia Díaz. Aquellas tardes no volverán…
Un día de Feria la invitaron a la caseta del gremio de los notarios de la calle Juan Belmonte. Como es de vista larga y retrovisores bien reglados, se dio cuenta de que alguna, pasada ya de trago largo y con los lunares caídos, la recibió con cuchicheos de censura. “¿Quién ha traído aquí a una roja?” Y Rosamar, que se hizo la sorda, templó la escena para no incomodar a sus anfitriones: “Esa muchacha no conducirá ahora, ¿no?” Y se puso a narrar sus vivencias en la caseta de los notarios del Prado de San Sebastián, en la que era una de las pocas mujeres que entraba por razones familiares en los años del Nodo. En el haber de esta señora figura que siempre se ha movido con facilidad en territorios aparentemente hostiles y ha sido una gran defensora de los derechos de la mujer sin necesidad de carnés o etiquetas especiales. Por sus obras la conoceréis. Y por la alta y fina joyería que ha lucido los Jueves Santos de mantilla en los oficios, que pasarán varias corporaciones antes de que se vuelvan a ver en los palcos municipales oros y gemas antiguos.

Una noche asistió a una tertulia como delegada de Fiestas Mayores a la entrega de un premio al catedrático Manuel Marchena, entonces consejero delegado de Emasesa. Todos los asistentes acudieron de rigurosa chaqueta y corbata, en un restaurante de maitre elegante y mantel gordo. Sentados ya y con la servilleta de tela planchada sobre las piernas, a Marchena le preguntaron al oído:

–Manolo, ¿de esta reunión quién vota el PSOE?
–Los camareros, yo… Y creo que Rosamar.

Ave nocturna sin complejos que no camufla sus aficiones ni sus ganas de vivir. La vida le ha puesto en su camino baches en los que a otros se les hubieran reventado los neumáticos. Es una suerte de ciudadana coraje a la que el trianero Rosco regaló un crucifijo del Cachorro cuando más lo necesitaba: “Jefa, aquí tienes al único Dios verdadero”. Y aquel crucificado expirante comenzó a lucir en la Dirección General de Comercio de la Junta y después en los despachos que ocupó en el Ayuntamiento.

Carente de complejos y libre de poses convencionales, un día que presidía un almuerzo profesional pidió la carta de postres en un restaurante con vistas a la Torre del Oro, se puso las gafas para leer con detenimiento, pasaron varios minutos, toda la mesa quedó expectante y cuando volvió el maitre con la libretilla para tomar nota, no se cortó un pelo: “Estos postres deben estar riquísimos, pero las calorías que llevan me las va a sustituir usted por una copita de ron con coca-cola”. Y, cómo no, hubo pase de la firma: “Ja, ja, ja. ¿Vosotros nos animáis, prendas? ¿O queréis un tiramisú de cerezas?”