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El lepero alcaide

Carlos Navarro Antolín | 25 de octubre de 2015 a las 5:00

Bernardo Bueno
HAY gente que dice hasta aquí he llegado, me voy y no quiero ni recoger medallas ni asistir a cenas de homenaje con derecho a placa y discurso almibarado anunciado con golpecitos de cucharilla en la taza de café. Hay gente que se corta la coleta de la lidia laboral de cada día y aplica el ya estoy yo en mi casa, hundido en el mullido sofá o acariciándome la planta de los pies en la alfombra mientras la grasa del vientre va cogiendo forma de bolsa de caramelos del rey Baltasar. Y hay gente que simplemente cambia de actividad cuando se jubila, se busca habas propias que seguir enterneciendo al fuego de la lumbre cotidiana, o incluso las circunstancias lo premian con un sobrero noble y con embestida que alarga el lucimiento de los días laborables.

Bernardo Bueno (Lepe, Huelva, 1948) estaba recogiendo el material, guardando el marco de la foto familiar en la caja de cartón, cuando Juan Espadas, alcalde de Sevilla, lo llamó para regalarle uno de los escasos títulos nobiliarios de la política local: alcaide del Real Alcázar. O de los Reales Alcázares, como prefiere decir con todo rigor, al ser una suma de palacios de diferentes etapas históricas. Estaba Bueno sellando una trayectoria política con origen en 1977 y cargos públicos hasta en La Rioja, cuando sonó el teléfono otra vez. Y no era Guerra para que lo recogiera al pie de la escalerilla el viernes por la tarde. Y no era Manuel del Valle para encargarle la cultura municipal pisando la raya de picadores de lo políticamente correcto con aquella inolvidable Cita en Sevilla. Y no era Chaves para llevarlo como dócil parlamentario por Sevilla. Ni Griñán para asignarle una delegación provincial, grada de sol alto en el reparto de cargos de la Junta. Era Juan Espadas, representante del susanismo en la Plaza Nueva, el que llamaba para concederle una suerte de ducado con grandeza local en nombre de la reina del socialismo andaluz, en nombre de la La Que Manda Tela. Porque si los jueces imparten justicia en nombre del Rey, todo lo que haga un socialista en Sevilla es hecho (o perpetrado) en nombre de esa fuerza roja, rojísima, que el laicismo de paellador exprés de Ferraz va a terminar convirtiendo en la reserva espiritual del PSOE.

La teoría de los parecidos razonables y evocadores demuestra que existen niños con cara antigua, sacados de fotos de tonalidad sepia con faldones de bautismo de larga encajería, que piden ser expuestos en la vitrina de Luis Crux, en Martín Villa; existen sevillanos de perfil antiguo, de abrigos cruzados en invierno, como sacados del rodaje de Amar en tiempos revueltos, y por supuesto, existen cofrades que parecen criogenizados a lo Walt Disney, conservados en el frío de trajes de los años 70, con una sola abertura en el faldón de la chaqueta y un tono ala de mosca en las hombreras gastadas. Existen curas con cara de Domund como existen curas con cara de concilio. Bernardo Bueno tiene rostro de la Transición, como escapado de la magnífica serie dirigida por Victoria Prego. Este lepero evoca a Suresnes, a los últimos años de los señores procuradores con bigotito y retórica pregoneril. Uno ve a Bernardo Bueno por Doña María Coronel, con esa barba modelo Junta de Andalucía (imparable), con esa chaqueta un punto holgada y con esa camisa estilo Puente y Pellón fashion, y antes que saludarle dan ganas de decirle: “¡Hay que ser socialistas antes que marxistas!”

Bueno ha sido guerrista. Le ha ido bien con Chaves y Griñán. Y cuando a la playa del socialismo llegaba esa ola roja de espuma blanca y rumor de caracolas, el tito Bueno, como le dicen con todo cariño muchos socialistas, trincó el premio extraordinaro de jubilación con derecho a Patio de la Montería. Alguna mala lengua dice que Bueno es el mejor producto de la industria del corcho del socialismo sevillano, la veleta que indica hacia dónde va a soplar el viento cuando el guerrismo busca las tablas, el oráculo que predice la patada hacia arriba del chavismo aquel Domingo de Ramos de tambores destemplados, el mejor oído del cascabeleo de las mulillas que van a arrastrar el griñanismo sobre el albero manchado de los ERE y, por supuesto, el druida que intuye la formación de ese huracán Susana que arranca de cuajo cualquier posible rival en las filas del PSOE, andaluz por supuesto. A la hora de la verdad, lo cierto es que todos los dirigentes del socialismo sevillano han contado con su participación, tal vez porque no sólo no resta nunca, sino suma. Quizás porque la ciudad siempre le deberá el haber innovado en política cultural con aquella Cita en Sevilla que trajo a la ciudad mucho más que unos conciertos en el Prado o en el solar del Maestranza. Sevilla tuvo su propia movida cultural gracias a este político austero que supo gestionar con imaginación un programa cultural de máxima innovación cuando las administraciones locales eran aún un mecano por montar. Este amante de la Feria, con caseta propia en la umbría Gitanillo de Triana 125, se trajo a Sevilla voces extranjeras como B.B. King, Miles Davis, Nina Hagen, The Kings, Georges Moustaki, Ian Dury, James Brown, Leonard Cohen, Frank Zappa… Un concejal joven llamado Javier Arenas, por cierto, ya arqueaba la ceja al arremeter contra las cuentas del festival en los plenos, pero pedía entradas para los conciertos en privado.

El tito Bernardo tenía rasgos en común con el alcalde Manuel del Valle: cierto sentido del humor inglés (“Vamos a ser malos, Bernardo…”, como entradilla a algún chascarrillo), cierto refinamiento, ausencia absoluta de guasa o una de sus derivadas, que es la ojana; y un trato exquisito con los grupos de la oposición. Monteseirín receló de algunos de los movimientos de Bueno en la Delegación Provincial de Cultura, cuando ponía algunas piedrecillas en el camino de las Setas, del tranvía o la recalificación de la sede provincial del PSOE. Bueno era visto desde la Plaza Nueva como el fuego amigo, como el mascarón de proa del susanismo emergente, dispuesto a soltar marrones para recrearse después en el yoyaísmo que aseguran que es marca de la casa de Bueno: “Yo ya te lo advertí, yo ya te lo dije, yo ya te lo avisé”.

La vida es pasión por el teatro. Es una clase de alumnos del Instituto Macarena que aplauden al profesor Bueno la mañana siguiente a su elección como parlamentario andaluz. Un profesor, por cierto, que no concebía cómo a un discípulo se le puede indigestar una ecuación. La vida es tomar la palabra en el almuerzo de despedida como concejal y pedir públicamente disculpas a un asesor, del que había dudado injustamente al inicio del mandato por atender a comentarios intoxicadores. La vida es viajar en el Damas para dar clases en el edificio del Seminario de Pilas, es ser miembro destacado de la apócrifa congregación de peatones del centro de Sevilla, es hacer las veces de embajador de su tierra y obsequiar a los amigos con cajitas de fresa. La vida es dar por terminada la trayectoria pública y apuntarse a una academia de inglés sin imaginar que el premio gordo del Alcázar aún estaba en el bombo. Es una declaración de bienes de los cargos públicos en la que este lepero, fiel a la playa de la Antilla, es de los que más capacidad de ahorro demuestran. La vida es una sonrisa, sincera y afable para muchos, suavona para otros, que cada cual cuenta su Feria.

Aficionado a los dulces tanto como a los conciertos del Maestranza, sobre todo si la entrada a la función es de válvula. En el PSOE sevillano es respetado. Y podría decirse que muy querido, cosa rara en la política, más aún en la actual de cuchillo en boca y ventilador listo para el lanzamiento de heces sobre el prójimo. Dicen que llegó a la política por pura ideología, no por hacer carrera, ni por razones terapéuticas. Jamás se metió con las cofradías para pasar por moderno. Ni tuvo que excluir ningún sector para que la ciudad avanzara por nuevas sendas. Muchos sevillanos oyeron en directo el Hay cuatro rosas para ti de Gabinete Caligari en el Prado de San Sebastián. O cumplieron el sueño de estar con Miguel Ríos. El lepero feriante tal vez soñaba con perderse en paseos hacia El Terrón cuando se encontró sentado en un despacho del Alcázar, el sobrero noble que permite una faena con adornos a un socialista moderado del que nadie podrá decir que no le coge el teléfono sin necesidad de secretarias, gabinetes, ni otros filtros.

El silabeo adormecedor

Carlos Navarro Antolín | 25 de enero de 2015 a las 5:00

ILUSTRACIÓN
EN su casa de Nervión de los años ochenta no había espíritus rebeldes por más que aquellos muchachos los invocaran con ingenuidad y osadía calculadas. Yeso que eran ritos de tardes de verano, cuando había que matar el tiempo a la sombra de cualquier casa. Nunca se movía el florero, ni se desplazaba el cenicero, ni levitaban las patas del sofá por más que los jovenzuelos se concentraran como pequeños budas. La primera y última psicofonía irrumpió de pronto desde otra habitación. Era una voz marcada por una parsimonia inaudita, que se recreaba en la pronunciación, con elevaciones progresivas del tono y con bajadas también progresivas, todo siempre con una cadencia estudiada: “¿Pero qué estáis haciendo, niños?” O mejor transcrito: “¿Pe-ro qué es-táis-ha-cien-do?” José Rodríguez de la Borbolla (Sevilla, 1947) apareció en la habitación en pantalón corto de estar por casa. No era la voz de ningún espíritu dispuesto a mover agujas o a tambalear las estanterías, era nada menos que el presidente de la Junta de Andalucía. Sí, Pepote disolvió la sesión. Dio un vaso de agua fría a cada uno para mitigar el calor y, hala, a jugar a la calle. Los muchachos se fueron contentos: no habían sentido ningún presencia del más allá, pero habían visto a ese señor que salía tantas veces en el Telesur de mediodía, en aquellos informativos con escasez de imágenes de documentación en los que siempre salía Pepote en las noticias de política y siempre aparecía Manolo Cardo en chándal en las de deportes, haciendo siempre la misma carrera corta y las mismas flexiones. Aquellos maravillosos años, nosotros y solo nosotros, habíamos conseguido entrar en aquella casa de la que hablaba medio barrio y el otro medio también.

Algunos no recordamos a Pepote con trajes de pana color albero y bigote dando mítines en los cines de los pueblos, pero sí que en el portal de su casa se evidenció el cambio de uniforme de la Policía Nacional: del marrón al azul. Los escoltas devolvían a los niños los balones que se escapaban del parque. Pepote sufrió en su vivienda –alquilada al padre de Felipe González– los primeros escraches, cuando entonces no se hablaba de escraches, sino de “caceroladas a las puertas del piso del presidente de la Junta en la periferia de Sevilla”, según la ignorancia de los telediarios de Madrid para los que el entorno de la entonces pujante Avenida de San Francisco Javier debía ser un lugar de fábricas, talleres mecánicos o incluso de pasto para el ganado.

Lo malo del silabeo tan calculado, marca de identidad del personaje como los abanicos o las camisas cubanas, ocurría en las entrevistas radiofónicas, cuando Pepote hablaba despacio, bajando el tono casi como un timbre de teléfono con la batería agotada e inducía al error. ¿En cuántas casas de la blanca y verde Andalucía no le han pegado un porrazo a la radio al creer que estaba mal sintonizada o falta de pilas?

–Niño, vete al quiosco por pilas de voltio y medio para el transistor que ya se oye malamente.
–Que no, que son nuevas. Es que están entrevistando al presidente de la Junta, al que va en moto y viste cubanas.

Pepote es de la cofradía de los que rajan tela y demandan concentración en el interlocutor; de los que, como se dice, echan el balón abajo e inician un discurso estructurado en presentación, nudo y desenlace, mechado con varias de esas pérdidas de batería en el tono que dificultan la captación de la narración. Algunos creen que esos altibajos son recursos de viejo profesor para mantener a los alumnos con los ojos abiertos como un emoticono. Otra corriente de opinión de esas hermanas de la caridad que pululan por Sevilla defienden que el silabeo es un arma letal que Pepote administra a la perfeccióncontra interlocutores no partidarios de su causa: los duerme, los despierta y los vuelve a dormir. Los cansa y se los lleva de calle. Victoria por puntos.

Una mañana de la pasada Feria estaba en un velador de la calle General Polavieja apurando un dedo de aguardiente mientras el limpiabotas lustraba sus zapatos, cuando alguien echó mano de la guasa:
–¡Pepe! Ten cuidao no te vayan a echar una foto y te pase como a Arenas en el Hotel Palace
–A mi me importa muy poco que me hagan la foto. Yo ya estoy… ju-bi-la-da. ¿Me has oído bien? Ju-bi-la-da. ¿Quieres sentarte y tomarte un anís?
Y miró al limpiabotas: “Siga, no se preocupe. Si-ga dán-do-le us-ted bri-llo, buen hombre”.

Pepote ha mandado mucho. Fue presidente de la Junta y secretario general del PSOE andaluz, pero de un PSOE fortísimo, no de un PSOE que busca las tablas y que sólo se sostiene por el puntal andaluz y alguna viga de medio calibre que ayuda en Asturias. A Pepote se lo cargó Guerra, como todo el mundo sabe y a él no le gusta recordar. Y lo quitó del sillón por eso: porque mandaba mucho. Guerra sólo quería a su vera subalternos que colocaran las banderillas y dieran el paso atrás. En vez de irse de inmediato de la política, Pepote prefirió probar en el ruedo municipal. Creía –ingenuo– que la Sevilla de derechas le votaría como alcalde al reconocerle como uno de los suyos, pero la política municipal, de muy corto alcance, tiene otras medidas. Y la gente de derechas, aunque lo aceptaba en la distancia corta, lo veía siempre con traje de pana a la hora de echar el voto. Para colmo, fue el presidente que inició las conversaciones para comprarle a la Iglesia el Palacio de San Telmo, una operación autorizada por Roma que provocó un conato de cisma en el clero local y que mucha de la Sevilla inmovilista mirara con recelo a un joven arzobispo que se sentaba con los rojos en la mesa de negociación.

Alguna lengua, debidamente afilada en las hemerotecas, asegura que lo peor del final de su etapa política regional fue que comenzó a escribir artículos periodísticos con una temática preferente:las películas del Oeste. Pese a que Pepote es un gran admirador de John Wayne, Guerra desenfundó primero. Mucho mejores eran los artículos que firmó cada Viernes de Dolores sobre Semana Santa introducido por Luis Carlos Peris.

Al perder las primarias del PSOE frente a Monteseirín para ser candidato a la Alcaldía en las elecciones de 1999, Pepote se fue ya definitivamente de la política activa. Comenzó una singladura por las aguas de la influencia, ora embravecidas, ora el mar plato. Hubo un tiempo en que funcionaron los bufetes encargados de defender los proyectos de los empresarios de la derecha en los despachos de los políticos de la izquierda. Igual que hay visitadores médicos, también existieron los visitadores de la Gerencia de Urbanismo. Muchas veces fue Pepote a las caracolas para desbloquear licencias de primera ocupación. Nunca pidió nada directamente. Pepote tiene estilo. Usa recursos elegantes, nada burdos. Incluso si hay que facilitar ante la Dirección General de Minas que una empresa pueda horadar la tierra.“Tengo una idea…” “Esto puede ser bueno”. Yembauca al interlocutor.

Su vida tiene un triple anclaje:el PSOE, el Calvario y el Betis. Una periodista de Madrid le preguntó si era creyente, a lo que respondió, cómo no, con silabeos estratégicamente intercalados: “Yo creo… en los cris-tos y vír-ge-nes de la Semana Santa de Se-vi-lla”. Siendo presidente, nunca dejó los partidos de fútbol de los jueves en el pabellón cubierto de Los Escolapios. Nadie podrá negarle tener los pies en la tierra –pasó de presidente de la Junta a líder de la oposición municipal– y ser bastante humilde. En las reuniones en algunas agrupaciones del partido se sienta en la escalera si hay mucha concurrencia: “Échate para un lado, Juan, que no veo”, le dijo a Juan Espadas en una reciente ocasión.