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Madrugada del 78

Carlos Navarro Antolín | 23 de septiembre de 2018 a las 5:00

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LA ciudad de Sevilla tiene fama de cerrada, de sociedad articulada en círculos herméticos. Los críticos dan la barrila con el carácter enclaustrado de las casetas de Feria, pero nadie explica que los socios de esas casetas están pagando las cuotas durante todo el año para disfrutar de una mesa y una silla (a veces ni eso) acaso un par de días de la fiesta. Nadie cuenta la gracia que hacen los recibos de la caseta cargados en la cuenta del banco en mayo, septiembre o noviembre. ¿Escuecen, verdad? Para que luego digan que los sevillanos no dejan (dejamos) entrar a la gente de fuera y colocan el guardia de seguridad por delante. Sucede a veces una excepción y nuestra fama de cerrados salta por los aires, porque hay quienes ejercen de arietes. Las puertas se derriban por el empuje de gente de fuera que acaba cruzando, nunca mejor dicho, por el arco… del triunfo.

José Antonio Fernández Cabrero es natural de San Felices de Buelna (Cantabria). No se le ha ido un ápice del acento cántabro. Se le oye hablar (¡no para de parlar!) y solo falta un paisaje verde, muy verde, con sosegadas vacas tudancas y un desayuno de sobaos pasiegos. Marino mercante de profesión, fue topógrafo en la empresa Huarte y Compañía, S.A., que un buen día tuvo que recalar en Sevilla, la provincia donde está el lugar de nacimiento de uno de sus personajes favoritos: el bandolero Curro Jiménez, que por aquel entonces triunfaba en la célebre serie de TVE. Un Jueves Santo, recién llegado a la ciudad, se propuso cumplir con una ilusión: ver a la Macarena. Era 1978. El cántabro se fue hasta la Campana, trató de hacerse paso entre la bulla, y logró contemplar a la Virgen de la Esperanza y todo el micromundo que rodea su paso. Con el tiempo se presentó en la hermandad con otro firme propósito: “Quiero ser costalero”. Y le explicaron que primero debía ser hermano.

Fue costalero con Luis León. Y oficial de junta de gobierno con varios hermanos mayores. ¡Cómo se le oye hablar de José Luis de Pablo-Romero! Y ahora él es el hermano mayor. El topógrafo llegó a alto directivo de Mapfre, con despachazo en la torre que la compañía tiene en Triana.

De timidez anda corto… con sifón. Se arranca a cantar flamenco en una reunión, a encender un puro, a pronunciar una meditación improvisada ante la Virgen, a intervenir en una tertulia de toros. La gastronomía, los toros, el flamenco y la Macarena son sus cuatro pasiones. No hace muchos días se arrancó con una soleá delante de varios matadores de toros. “¿Qué te ha parecido la soleá, Pepe Luis?” Y el hijo del Sócrates de San Bernardo respondió: “Muy cántabra, muy cántabra”.

Tiene mucho de torbellino con una estética, además, reconocible a lo lejos. Es tan atrevido para ser de Santander y presentarse a hermano mayor de la Macarena como a la hora de vestir. Usa pañuelos de fantasía para alegrar las chaquetas, es capaz de calzar zapatos coloraos como los del Papa y gasta camisas a medida en las que combina el amarillo liso con los cuellos y puños cuadriculados en otros colores.

Dicen que algunas de sus mejores decisiones como alto directivo de Mapfre fueron acelerar el pago de las indemnizaciones en dos casos muy dolorosos. Uno fue en el caso de la muerte de una niña de tres años por la caída de una verja metálica en un comercio de Aljaraque (Huelva). La compañía pagó rápido y, al hacerlo, le estaba enviando un mensaje a la madre: ella no era la culpable del siniestro mortal. De haberlo sido, no hubiera procedido la indemnización. Con aquel pago no solo se efectuaba una transferencia de dinero, sino se descargaba del sentimiento de culpa a una madre. El segundo caso fue el del atropello de una joven –con un elevado grado de minusvalía– por un camión de la obra de construcción de las setas en la Plaza de la Encarnación. La chica perdió la pierna, pero no las ganas de vivir. Casualidades de la vida, la joven es hija de un poeta muy macareno: Joaquín Caro Romero.

Cabrero se presentó a las últimas elecciones de la cofradía y ganó. Quiso presentarse muchos años antes, en los comicios de 2009, pero el abogado Joaquín Moeckel fue determinante para quitarle las ganas en aquella ocasión. Cabrero siguió el consejo y dejó pasar la oportunidad. El día de aquellas elecciones se fue a almorzar al Cenachero, quizás para olvidar, tal vez para pensar en el futuro. En aquella mesa se descorcharon varias botellas de Imperial, un caldo de La Rioja para exquisitos. La factura dejó a los comensales temblando y sin perras para un taxi. “¿Cuántos carros de la compra del MAS de la Cuesta del Rosario puedo llenar con lo que me ha costado esta comida?”, se preguntó uno. “¿Pero por qué habéis dejado pedir a Cabrero?”, le replicó el otro.

Ocho años después, este cántabro con un punto histriónico se tiró por fin al ruedo electoral y venció contra todo pronóstico. Sin ser empresario, ni ganadero, ni tener apellidos de honda raigambre macarena.

Una de sus grandes aficiones es subir a las visitas ilustres y a los amigos al camarín de la Virgen, donde se pueden ver los presentes que tiene la Macarena prendidos en la saya: una medalla con la foto diminuta de un difunto, un tricornio de oro de un guardia civil… La gente se queda en silencio, absorta ante el perfil de sonrisa o de pena, hasta que la voz de Cabrero inicia la oración:

–El Ángel del Señor anunció a María…

Cabrero es la voz de muchos actos de bajada de la Virgen de la Esperanza, como es el rostro de la acción social para muchos macarenos. Es listo. Muy listo. De mozo quiso conocer Cantillana y acabó casado con una pastoreña. Quiso ver la Macarena y acabó de hermano mayor. Quiso organizar un festival taurino a beneficio de la hermandad y ya está el cartel de relumbrón para el 12 de octubre en Sevilla.

La vida es un candelero encendido en la mesa de trabajo de hermano mayor y son libros subrayados sobre espiritualidad loyoliana y otros sobre autoayuda con los que obsequia a los amigos de vez en cuando, algunos con títulos tan sugerentes como Por qué decimos sí cuando queremos decir no. La vida son recuerdos de un mini con el que viajó a Sevilla, una bici de la marca Macario. La vida es recordar cuando fue retenido por la Policía Armada en la frontera por contrabando de radiocassetes procedentes de Andorra. Por fortuna se topó con un agente andaluz que le dio de cenar codornices con ali-oli y pan payés. La vida es sentarse en el sillón de tendido número 44 de la plaza de toros de Sevilla. Es un abonado que cuando le invitan a un festejo con derecho a acompañante, entrega su solitario abono a quien le ha convidado para que disponga del sillón.

La vida es haber buscado trabajo y varas de presidencia para mucha gente que luego, ay… Ya se sabe que hay quienes tienen la misma memoria que poca vergüenza. La vida es pasión por la coral de la Macarena y por la nueva escolanía que ha impulsado. La vida es recibir la felicitación pública del presidente Revilla tras ganar las elecciones en la Macarena. Y, cómo no, la vida es recordar continuamente a Paco Cossío hasta que la emoción le deja sin habla y arranca de nuevo con la cadencia de una levantá a pulso.

Sabe que un cargo como el suyo está expuesto periódicamente a la polémica. A este cántabro le gusta abrazar y besar a sus críticos. Lo de los besos debe ser el recuerdo de sus tiempos pretéritos como costalero. También le gusta rezar a última hora ante la Virgen, en el banco de la primera fila, incluso cuando el personal de la hermandad acaba de echar el telón de seguridad que protege a la imagen por la noche.

–Hermano mayor, ¿se lo dejo un poco abierto para que la vea?
–No, no. Prefiero adivinarla. Muchas gracias.

Tiene una frase muy recurrente: “Esto es más antiguo que mear de noche”. Y otra que esconde guasa: “Yo soy de Santander, digo las cosas muy directas”. Y uno piensa, en el fondo, que al decir eso nos está arreando a los sevillanos… los mismos que pagamos los recibos de la caseta de Feria durante todo el año.

Sin derecho al perdón

Carlos Navarro Antolín | 18 de septiembre de 2016 a las 5:00

FRANCISCO RIVERA ORDOÑEZ
EN Sevilla el perdón del éxito se cotiza muy alto. Triunfar genera patentes de corso para ser tiroteado. Lograr ciertos objetivos equivale a someterse al pimpampún de las barras (bravas) y al juicio sumarísimo de los veredictos del desahogo. El que está arriba nunca tiene derecho a indulgencias. ¿Cuándo se considera en Sevilla que alguien está en la cima? Depende. ¿Cuándo merece el que ha triunfado una caricia de lomo, un gesto de condescendencia, un guiño de afecto? Cuando se queda calvo o tiene una enfermedad. Una vez había dos pájaros de la avifauna local pasando revista con el codo en una barra de aluminio, postura del pensador de Rodin en clave sevillana. Uno de ellos espetó: “A tu amigo sí que le van a perdonar ahora los éxitos de su imparable carrera, porque el médico le ha encontrado un bichito y se ha puesto regular… Con lo que largó la gente de él cuando se fotografió junto al Rey, fue hermano mayor y apoyó los antebrazos en la barrera de la plaza de toros….¿Recuerdas?”.

Francisco Rivera Ordóñez (Madrid, 1974) es un vecino de Sevilla con una trayectoria personal en la que se combinan las luces y la sombras en igual medida, las puertas grandes y la enfermería, las reseñas que dudan de su concepto del toreo en el Aplausos y las referencias almibaradas del Hola, el blanco y negro de las desgracias que le han sobrevenido y el color de los días de rosas que quedan en el álbum de la intimidad familiar, las chisteras de relumbrón y los torniquetes de emergencia, las palmadas de los agradaores y las puntillas de los envidiosos.

Rivera Ordóñez pertenece al selecto club de los que nunca han merecido el perdón, ni parece que se lo vayan a conceder. Si se hubiera presentado en solitario a hermano mayor de la Esperanza de Triana, hubiera arrasado en las urnas por esa afición de Sevilla a acudir en auxilio del claro vencedor, pero como tuvo un rival en liza, perdió las elecciones como era previsible. Si hay dos opciones, Sevilla ejerce ese morbo indescriptible de votar contra el triunfador oficial, contra el guapo oficial, contra el rico oficial. Leña al pijo aunque sus 42 años de existencia estén lastrados por desgracias que a otros los mandarían al diván del psiquiatra, o los dejarían acostados para el resto de sus vidas.

Una marca de la casa civil de este torero es hacerse acompañar siempre por el séquito, la pandilla, el grupo de amigos de toda la vida, herencia quizás de haberse criado en una casa de puertas abiertas. Dicen que en eso se nota que es Ordóñez y Dominguín, en que necesita el ruido de la compañía y en que mantiene las mismas relaciones de la infancia, cuando era Picúo para su abuelo, un niño con cuerpo de alambre que ponía pegas para comer y era perseguido por una tata que llevaba la croqueta pinchada en el tenedor. El niño creció y también desarrolló la afición familiar por colocar apodos y motes a la gente con gran destreza. Carlos Telmo, criado junto a los Ordóñez, es y será siempre el cateto.

Este matador de toros es friolero de temporada larga, aficionado al blindaje de los jerseys, brazos cubiertos nueve meses al año, combinados con esos plumíferos sin mangas que otorgan ese aire de gallito de corral que Sevilla castiga cada vez que puede con las sentencias de las tabernas, que son la primer instancia de los tribunales condenatorios de la ciudad. Tal vez de forma inconsciente esté buscando el efecto del chaleco antibalas, un mecanismo de defensa frente a quienes no disculpan que sea hijo y nieto de famosos, quienes no perdonan el orgullo de los Ordóñez de sentirse una casta superior. Este cuarentón al que media España ha visto crecer se ha hecho distante a la fuerza, por instinto de supervivencia, siempre pendiente del pitón rosa, aunque en ese complejo mundillo, cargado de cristales rotos y cables pelados, tenga amistades íntimas y poderosas como Álvaro García Pelayo.

Tan listo para los negocios como ortodoxo a la hora de vestir. Estilo sevillita, lo llaman. Compra el negocio, lo hace rentable y dicen que pega el pase mucho mejor que en la plaza de toros. Por eso aseguran que se parece más a su abuelo en la sagacidad para hacer dinero que como matador de toros. Cuentan que de la madre tiene la espontaneidad, reservada ya para los círculos privados, el manejo de los idiomas y la finura en las relaciones sociales. Del padre, la capacidad de sacrificio y entrenamiento.

Es un torero al que no oirán dar la barrila con el campo. Es más bien un urbanita. No tiene ninguna predilección por Marruecos, todo lo contrario que su madre, gran aficionada al exilio más allá del Estrecho. Rivera Ordóñez no quiere ver más turbantes que los de los beduinos de la cabalgata.

La vida es la finca El Recreo, la casa de Ronda donde las noches de goyesca hay fiesta tras el cóctel oficial que ofrece la Real Maestranza que preside Rafael Atienza. La vida son días en un piso privilegiado de Sevilla, a la vera de los Jardines de Murillo, donde tras el almuerzo en la mesa grande del comedor hay tiempo para ver grabaciones de Semana Santa, cual friki de bulla todo el año. La vida es portar las cruces del destino, madrugar poco y preferir la horizontalidad de la cama antes que la del sofá. La vida es templar al toro, tanto como la tendencia a coger kilos, ser desconfiando de los rostros nuevos y un punto caprichoso con los relojes. La vida son los recuerdos de los días de corrida en los que las Ordóñez, madre y tía, cosas del destino y de las supersticiones, no se tocaban nunca las uñas.

Dejar entrever cierta vehemencia en el carácter tiene sus consecuencias. El presidente de la plaza de La Coruña le negó la segunda oreja una tarde de faena importante. Francisco se hizo el remolón a la hora de recibir el único trofeo concedido, que acabó tirando con evidente desprecio, por lo que la Xunta de Galicia abrió un expediente con propuesta de sanción de 60.000 euros y seis meses de inhabilitación. Al final, con la ayuda de un perito convenció al juez instructor de que se deshizo de la oreja porque contenía garrapatas… De verdadera vuelta al ruedo.

El Domingo de Pasión de 2015 debutó como asistente a un pregón de la Semana Santa.El orador, el poeta Lutgardo García, se hizo acompañar por la banda Sinfónica Municipal en el tramo final del pregón. Alguien le comentó a Rivera Ordóñez a la salida, con el tradicional desdén con que la mayoría habla de los pregoneros una vez terminado el acto: “Maestro, este pregonero ha terminado ayudado por la música, como los ayudados por alto en las faenas”. Y el diestro zanjó: “Oiga, hay ayudados que son muy difíciles de dar, se lo digo yo. Los ayudados tienen su mérito”.

Quiso ser hermano mayor de la Esperanza de Triana, como su abuelo Antonio, quien, por cierto, fue fiscal de la Soledad de San Lorenzo. Quiso ser anunciado como Paquirri en los carteles, pero nadie lo conoce como Paquirri, sino como simplemente Fran o Riveraordóñez, dicho así todo junto. Quiso aupar a su hija mientras toreaba en un tentadero, pero se topó con que los tiempos han virado hacia lo absurdo, hay fiscalías que son torretas para disparar contra lo políticamente incorrecto, y también hay defensores del pueblo alejados de los púlpitos que carecen del más mínimo sentido del ridículo.

El torero con barniz altivo goza de cuadrilla que lo defiende más allá de los ruedos, como tiene esa legión que no perdona sus éxitos. O lo que consideran sus éxitos. Y ya se sabe que en Sevilla hay que ganarse ciertos perdones cada día. Quedarse calvo o estar postrado en el lecho del dolor. Quizás sea porque aún no se ha desprendido del cliché del más ligón de la pandilla (“Niña, con tu cuerpo y mis ganas, la que íbamos a liar”) pese a haber matado más de mil corridas y haber tomado decisiones complejas como un cambio de apoderado.

Ordóñez fue fiscal de la Soledad. Su nieto nunca está solo. Y eso es virtud o riesgo, según se mire. Lo importante es que el mirón nunca sea el toro. Aunque haya miradas de humanos tan aviesas como las de un burel.

De café y oro

Carlos Navarro Antolín | 19 de abril de 2015 a las 5:00

JOAQUÍN SAINZ DE LA MAZA
De Despeñaperros para arriba hay costumbre de estereotipar la forma en que ciertos sevillanos se emperifollan en Semana Santa, Feria y otras fiestas de guardar. Basta ver una boda en Zaragoza, Vitoria o Salamanca para ver las diferencias abismales, con trajes sacados de los escaparates antiguos de Puente y Pellón, sin prestancia alguna y, por supuesto, sin camisas de doble puño ni pasadores con gracia. La verdad es que cierto personal de estos lares se cuida a la hora de elegir el terno y de usar ciertos complementos como florituras, desde los cinturones hasta los pasadores. El sevillano se viste, por eso se habla del estilo “sevillanito” con cierto desdén. Y por ahí arriba, más que vestirse, se lo cuelgan todo cual árbol de Navidad cuando se trata de ir a una de esas bodas donde el sable corta la tarta. ¿Se han fijado en los pasadores que se gastan muchos sevillanos? Chaquetillas de toreros, toros de Osborne en oro, catavinos, tamboriles, nazarenos, las iniciales del usuario, estribos… Hay un sevillano que usa granos de café para cerrarse el puño doble de la camisa. Granos de café en oro en recuerdo de una empresa familiar que forma parte del imaginario colectivo de la ciudad, una empresa con rótulo cerámico elegante a la espalda de la Anunciación. Joaquín Sainz de la Maza (Sevilla, 1950) cuida ciertos detalles como buen sevillanito. Su nombre huele a café, evoca verdes de Esperanza y recuerda aquellas tardes de penitente en Los Estudiantes en compañía de su amigo José León-Castro a finales de los sesenta. Entonces tenía 17 años. Era un joven osado que prometió que siempre llevaría una cruz más que su amigo. El problema es que León-Castro decidió llevar tres. Y Sainz de la Maza no tuvo más remedio aquel año que portar cuatro. Aquella noche del Martes Santo se vio a dos penitentes tirados en el patio de una facultad. Estaban destrozados. La promesa quedó rota aquel mismo día.

El joven se hizo adulto y habitó en el atrio. Sainz de la Maza es un hombre de Iglesia. Pero en el mejor sentido de la expresión, sin la guasa con la que se usa esta definición para etiquetar al cofrade o a una de sus subespecies:el pregonero. Sabido es que la forma más certera de meterle un navajazo a un pregonero de la Semana Santa es decir que ha pronunciado el pregón propio de un hombre de Iglesia. Pues no. Sainz de la Maza es un hombre de Iglesia al mismo tiempo que es un hombre de la calle, de su tiempo, de sus homenajes culinarios. No está encerrado en una sacristía aludiendo al “pastor” cada dos minutos. No es un beato en la ciudad del beaterío, que sustituye pasos por crucifijos en la tómbola de las excentricidades. De esos tíos abonados al “pastor” conviene huir como de las torrijas apergaminadas en la semana de Pascua. Esos tíos son otra subespecie del cofrade: los pastoreños, pero no de autenticidad y gloria cantillanera, sino de ojana barata de la capital.

A Sainz de la Maza lo llama el cardenal, o el actual arzobispo, y está en dos minutos con su traje y sus pasadores cafeteros plantado ante Su Eminencia o ante Su Excelencia. Que hay que poner orden en una hermandad de gloria, allí está Sainz de la Maza. Que hay que presidir Manos Unidas necesitada de un impulso, allí está Sainz de la Maza. Que hay que meter a las nazarenas en la Macarena, allí está Sainz de la Maza reformando las reglas, guiado por la sabia mano de Juan Garrido Mesa, y saliendo en los telediarios nacionales el mediodía de aquel domingo.

Hombre de Iglesia leal, que no pelota ni místico. Porque el místico es otra subespecie. El místico suele ser jurista. Jurista es el término que iguala a abogados con magistrados, sean éstos por oposición (pata negra) o sin oposición (salami). Estos juristas se revisten de borregos cuando en realidad llevan verdaderos halcones en su interior y un tropel de gatos comiendo pijotas en el vientre. Cuestión de saber cogerles el perfil. Estos juristas han olido que Sainz de la Maza podría ser candidato a la Presidencia del Consejo de Cofradías, ese objeto del deseo del cofraderío de tiradora que ya se ha quedado sin cargos y anda revoloteando por San Gregorio a la espera de la caída de Bourrellier, el hombre que prefiere ir a la inauguración de un hotel antes que a la recepción del pregonero de las Glorias. Pues los místicos cortejan ahora a Joaquín Sainz de la Maza repitiendo la palabra “Quino”, para ganar en proximidad con el personaje. Y dicen “Quino” casi las mismas veces que dicen “pastor”. La gente de buena fe que le pregunta por la calle a Sainz de la Maza si será presidente recibe siempre la misma respuesta:“Mire usted, señora, si me presentara, tenga claro que antes hablaría con el señor arzobispo”. Ysigue su camino hacia el despachito de Manos Unidas, asido a la carpeta de turno y con el abrigo cerrado hasta arriba si hace frío de enero. Ir por la calle con Joaquín Sainz de la Maza conlleva pararse más que un vía crucis. Se para con un cura barbudo sin clériman, con un empresario, con un tabernero…

Chapado a la antigua, es hombre de palabra más que de documento firmado. Si hace falta, sabe sacar un punto de vehemencia en la tertulia. Dicen que tiene trajes de todas las tallas, porque es aficionado a hacer el acordeón con la báscula por efecto de su condición de tragón. Los trajes van cambiado en función de la silueta, los granos de café permanecen. Si refresca, se coloca la chaqueta simplemente sobre los hombros a modo de capa. Si aprieta mucho el calor, se sube al barco de Javier Criado a hacer Las Marbellas. Y allí resuelven el mundo de las cofradías entre chapuzones, botellines y empanaditos envasados, recordando Madrugadas de los años ochenta y noventa, evocando antiguos hermanos mayores y reviviendo bullas imposibles.

Un día cedió el manto camaronero para una exposición privada, sin importarle las posibles críticas. Cuando era hernano mayor tenía fama de mandón. Y eso es bueno. Porque ahora hay hermanos mayores que no mandan, como hay fiscales de paso a los que se les hace menos caso que a una tajada de coco en un puesto ambulante. Ahora mandan los capataces y ciertos grupos de costaleros. Pero Sainz de la Maza gobernaba. Ypor eso soportó los pañuelos verdes del Tendido 7. Su pequeño remanso de paz en los años de hermano mayor de la Macarena era el patio del Hotel Alfonso XIII, una vez aparcado el coche en el mismo hotel. Una cerveza sin alcohol, unas patatas fritas y un buen interlocutor. En ese lugar coincidía alguna vez con Javier Arenas, que cuando quería discreción para hacer las listas electorales se reunía allí con los afectados o con los beneficados, según los casos. Los beneficiados salían del hotel hablando de un Javier “encantador”, ese adjetivo tan devaluado. Los orillados de la lista no llegaban a la Puerta de Jerez cuando ya estaban largando de que encima les había costado el café porque Arenas había vuelto sacar el billete grande: “Lo que siempre hace para no pagar”.

Sainz de la Maza está muy por encima de la media de la clase dirigente cofradiera actual. Oveja fiel del rebaño con independencia del pastor, forma parte de ese selecto grupo de diocesanos que se llevaba bien con Don Carlos y se llevan bien con Don Juan José. Tiene derecho a llevar un palermo en la Macarena, que en la procesión de gloria del pasado mayo soltó en la Lonja de la Universidad para concederse una pausa con pitillo. Tiene palermo porque ha sido de todo en la hermandad, no de los que llevan tres años pagando cuotas (si las pagan) y trincan una vara delante de la Virgen de la Esperanza. Que haberlos los ha habido. Nadie podrá negarle ni el ejercicio de la autoridad sin complejos, ni una labia utilísima para la resolución de conflictos. Cuídense de darle la palabra, porque Sainz de la Maza no la suelta yse le nota tanto su afición por la política como su vasta cultura litúrgica y religiosa en general, rara avis en un mundo de las cofradías que ignora las partes de la misa, pero se harta de decir amén. Y de tanto decir amén, la misa no sale bien.