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Piano, piano

Carlos Navarro Antolín | 31 de enero de 2016 a las 5:00

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AQUEL 2 de abril de 2009 estaba el Teatro Lope de Vega de punta en blanco, con bulla de autoridades socialistas a la búsqueda de foto y un ceremonial marcado por una cuidada liturgia civil. Sevilla estrenaba Metro en el tardío, siempre tardío, Domingo de Ramos de las infraestructuras pendientes. El presidente Manuel Chaves, la ministra Magdalena Álvarez y el alcalde Monteseirín formaban aquel cartel, hoy imposible por imputaciones judiciales o cortes de coleta política. Los políticos pasan, el Metro permanece. El presidente de la Junta ordenó desde el escenario del teatro que el primer convoy saliera de la estación de San Bernardo. Todos los asistentes pudieron presenciar la puesta en marcha de aquel tren en dirección al Aljarafe. Un vídeo explicaba el proceso de construcción mientras doce percusionistas recreaban el sonido de la tuneladora. El Metro nacía con una sintonía fresca, con la chispa necesaria para despertar a la ciudad del letargo que es marca heráldica de la urbe, una suerte de sevillanos levantaos… de la siesta. Cuando el periodista Carlos Herrera oyó aquella música se quedó enganchado. Esa música que simbolizaba el despertar de la ciudad en un proyecto que arrancó con Franco, pasó por la vergonzosa campaña municipal El Metro, un túnel sin salida, y terminó con Chaves activando el botón de la línea uno, que en realidad es la línea única, esa melodía –decíamos– debía servir también para levantar a millones de oyentes. Por eso Herrera la pidió para hacerla suya en las horas punta de su programa radiofónico, entonces en Onda Cero y hoy en la Cope, la emisora de los obispos a los que hay que pedir oraciones para que nuestros nietos, algún día, se monten en la línea dos. La melodía del Metro de Sevilla suena a las seis, siete y ocho de la mañana en toda España. Herrera pegó el mangazo de las corcheas.“Me gusta esa música. ¿Me la puedo quedar, Manolo?”. Y Manolo, vicario de la iglesia herreriana en la tierra, hizo las gestiones con la Sociedad Metro de Sevilla para obtener el plácet. Ese influyente Manolo no era Manolo Chaves, sino Manuel Marvizón Carvallo (Sevilla, 1956), músico de profesión, empresario, productor y un etcétera cargado de siete revueltas en el callejero de una prolífica vida.

Las sintonías de Marvizón son como las buenas coplas: se las queda el pueblo. Baste un ejemplo: el anuncio del queso Vega e Hijos, un clásico de la radio, tan natural y tan rico como siempre, salió de la cabeza de este músico que casi acaba en médico, de este músico que fue testigo de cómo su maestro, Álvaro Nieto, creaba el anuncio del Almendro que marca la Navidad española con la fuerza de un villancico. Melodías, sintonías, anuncios, marchas de Semana Santa, sevillanas. De su mente salió la melodía de Navidad en Canal Sur. Estudio, grabaciones, piano, auriculares, más piano, vista perdida en el horizonte de forma repentina para tararear una composición. Una vida ligada al pentagrama hasta en lo alto de una moto ajada, que los duendes nunca están liberados.

La sintonía es a la música lo que el trincherazo a una faena taurina. Menos es más. Reflejar un estado anímico (España despertándose) en diez segundos de música es un don al alcance de pocos, al igual que componer la banda sonora del Jardín Botánico de Córdoba. Poner música a momentos de la vida cotidiana, he ahí la clave. Músico se nace, quizás por eso abandonó las aulas de Medicina cuando estaba al final de la carrera. Su padre quería que fuese galeno, pero el niño estaba enamorado del piano. Ganó el niño, pero este músico es hoy un vademécum farmacéutico. Una de sus grandes aficiones es estar el día de todos los medicamentos. Tiene cuenta abierta en una botica, adonde acude cada día como el que va a por el pan. En Sevilla hay gente que colecciona serpientes o soldaditos de plomo. Y otros están encantados con genéricos, fórmulas magistrales y todo tipo de pomadas. Manolo no es sólo el vecino que te echa el capote en una obra y te aporta el teléfono de unos carpinteros la mar de serios, un electricista formal y unos pintores que cobran por horas pero no ralentizan la tarea con tal de trincar más, sino que se conoce la pastilla perfecta para la tos quintosa, la cefalea primaveral y la dureza de pies tras un día de cofradías.

Es un sevillano de los que aman su ciudad en agosto, odian la arena de la playa y pasan los días de Feria sin beber ni bailar. Marvizón abandona el real cargado de aire como un globo de la cantidad de refrescos que ingiere.

Es un perfecto diplomático en las relaciones sociales. Hace lo imposible por evitar la confrontación en una sociedad cada día más crispada y tobillera. Quizás su problema sea que nunca quiere decir que no y que ha sacado adelante a muchos jóvenes talentos que en algunos casos, la vida misma, se han comportado como cuervos. Cuando se pregunta por su carrera como músico a algunos directores de orquesta, hay unanimidad: “Manolo no copia, tiene un lenguaje propio y reconocible”. Por eso tal vez sea envidiado y por eso, también, ha ayudado a mucha gente que después, España pura, no quiere reconocer quién les tendió la mano para levantarse.

El músico se mete en charcos, es un vecino activo de la ciudad. Dicen que le ha quedado una conclusión muy clara de su contacto fugaz con la clase política a cuenta del negocio de la recogida de aceites usados de bares y restaurantes: el aceite es mejor dejarlo para las tostadas.

La vida es la búsqueda de la música alegre, colorista, que anuncia un futuro con la luz de la Alfalfa, la música que ayuda a los palios a exhibir la gracia azul y plata. Es ayudar al guitarrista alemán que desembarca en Sevilla pidiendo una oportunidad, es pedirle el teléfono a un músico callejero, o buscarle un profesor de piano a un chaval del Polígono Sur. La vida son cuestas arriba y pendientes hacia abajo que se alternan como la calle Muñoz y Pabón. Según se suba, o se baje.

Segundo de cinco hermanos, siempre ha sido un poco despistado con un leve barniz de hombre desastre. De soltero tenía, además de una legión de yogures caducados, una colección de lubinas en el congelador y una pila de paquetes de sal en la despensa que ríanse de las salinas de San Fernando, porque cada día que iba al pescadero echaba en la cesta un paquete de sal. Lleva a gala presumir en círculos privados de su pericia al cocinar la lubina a la sal, cuyo ingrediente clave guarda con el mismo celo que las monjas de San Leandro mantienen en secreto la receta de las célebres yemas.

A Carlos Herrera lo conoció nada menos que en el palquillo de la Campana una Semana Santa de finales de los setenta. Cuentan que cuando el comunicador habla de Marvizón una tarde cualquiera de café en el Candelaria, escondido en unas gafas de sol y con un atuendo no apto para el palco de la Maestranza en tarde de farolillos, lo tiene claro. “Manolo es un renacentista, un hombre que brilla en la música, pero que podía haber brillado en otros ámbitos. ¿Demasiado buena persona? Nunca se es demasiado buena persona”.

Pudo ser hermano mayor de una santa cofradía, la Hiniesta, pero no quiso. Cada día está más implicado en la Sociedad General de Autores, lo que contribuye a desvincular esta entidad de los trincones de telediario, que para eso Marvizón es un obsesionado de la higiene. ¿Cuántas veces se lava las manos al día este compositor? Será porque el ritual de tocar el piano requiere de manos limpias, que aquí no suena a sindicato, sino a cura que celebra el sacramento de la eucaristía.

El músico que sale con vara en Santa Cruz pasea por el centro y tiene que lidiar con el cofraderío que le pide que escriba una marcha para su Virgen. De balde, por supuesto. O le ruegan que medie para que Herrera escriba en el boletín, presente una gala o recoja un premio. Sin dar las gracias, por supuesto. O le piden que arregle una marcha antigua en sus estudios de grabación. Con el mero agradecimiento de un cuadrito con marco dorado, por supuesto.

Inventó el pregón multimedia en la Hiniesta hace muchos años. Ha vivido experiencias próximas al más allá, como oír cantar al cura Lanzafame en su estudio de grabación. Se quitó el bigote que había lucido durante 30 años porque una tierna voz infantil se quejó de que el rostro pinchaba. Como luce calva desde que era muy joven, su imagen es la de la eterna juventud. Los relojes, mejor de esfera grande. El deporte, ¿para qué? La moto, como los zapatos, cuanto más usada mejor se adapta. Disfruta comiendo pan. Si los médicos lo someten a pruebas que incluyan técnicas de última generación, su tendencia a la hipocondria se rebaja.

La música es el celofán que envuelve el mejor regalo, el lazo de un día perfecto. La música es como una vida templada: piano, piano. En la música hay una combinación de reposo, meditación, sacrificio, horas de oído y ejercicio mental. Si tres personas hablan y hay una radio de fondo, tengan por seguro que Marvizón está oyendo la radio. Érase una vez un hombre pegado a unos auriculares que luchó por ser músico sin olvidar la vocación humanista del médico que vio su padre. Serán cosas del Renacimiento, palabra de Herrera. ¡Dentro sintonía!