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La hiperactividad hispalense

Carlos Navarro Antolín | 19 de octubre de 2014 a las 18:08

FRANCISCO HERRERO
Agosto bajo. Hotel recoleto de Vistahermosa, en el Puerto de Santa María. Aún no son las diez de la mañana. En el salón del desayuno hay un par de familias, una camarera reponiendo el zumo y un tío soñoliento esperando que el tostador le devuelva la rebanada. Los atuendos son los propios del verano. Al momento irrumpen unos señores bien vestidos, no son huéspedes del hotel. Buscan una mesa para un desayuno de trabajo. La consiguen en el jardín, separados de las familias que apuran plácidamente los días de sol y playa y de los guiris que embadurnan de grasa la primera ingesta del día. A los pocos minutos llegan más personas. Son asesores, se sientan todos juntos y comienza la sesión. La camarera los surte de café y tostadas. Las viandas se acaban, el trabajo sigue hasta casi la hora del aperitivo. Francisco Herrero León (Sevilla, 1942) ha hecho venir a su equipo hasta su lugar de vacaciones para que cuando sea el primero de septiembre todo el mundo conozca ya las coordenadas de trabajo. El objetivo es que el primer día no se pierda más tiempo que el que se tarda en el encendido de los ordenadores.

La clave está en un continuo movimiento, en tirar siempre hacia adelante, en el frenético ajetreo del ¡vamos, vamos, vamos!En no pararse, en mantener siempre la tensión, el zigzagueo del futbolista que espera rematar el córner. Todo lo demás puede ser hasta accesorio, secundario, prescindible. Pero el movimiento es fundamental. La acción es lo primero. ¿Hacia dónde se anda? ¿Hacia dónde se camina? Eso ya se analizará después. El fin es el movimiento. Dicen que Herrero es hiperactivo, capaz de acudir a cinco actos en un día, aunque después se le quede una idea difusa de cada uno de los sitios a los que le ha guiado su frenesí.

Es un fijo de las galerías gráficas hispalenses. Los observadores de la avifauna local nos sabemos todos sus trajes, su esmoquin en la noche de la cena de gala del club de enganches, las gafas de sol para los toros en localidad preferente y los tirantes que exhibe en ocasiones al echarse una mano al bolsillo. Herrero es muy de las Penas de San Vicente, lleva la cofradía en los genes y es nazareno de ruán que mantiene la antigua costumbre de saludar con una leve inclinación de cabeza. Pero también pertenece a la Congregación de los Eternos Invitados a una Boda, que son esos sevillanos que siempre están en perfectas condiciones de asistir a un enlace matrimonial. Ustedes se fijan bien en Paco Herrero, en Javier Arenas o en Antonio Pulido y dan ganas de darles la enhorabuena, con esos trajes, esa camisas monolocolores y esas corbatas ortodoxamente cañetianas, de Cañete, que están listos para hacer el paseíllo como padrinos. Lo mismo da que sea la firma de un convenio, un funeral o una entrega de premios: siempre como recién salidos de los Salones Osiris o del Salón de las Bodas que se organiza anualmente en Fibes. Dan ganas de preguntarles:

–¿Le han tirado mucho arroz a la novia, oiga?

Pues si ustedes ven en tantas fotos a Herrero es por esa envidiada hiperactividad y porque también tiene muy clara la importancia de conjugar el verbo estar al hispalense modo. Parece muy fácil, pero hay gente que no ha entendido esta clave en su vida. ¿Pues no que hubo un arquitecto que contrató a una consultora para que le facilitara eso de entrar en Sevilla? La consultora cobró y el tío aún anda probando las llaves en la cerradura. Herrero tal vez no tenga claro hacia dónde hay que moverse, pero sí dónde hay que estar. Y él está siempre dentro de esa Sevilla por la que muchos se pirran y que otros muchos denuestan. Para Herrero, ser es estar. Y lo hace a la perfección en esos ámbitos de la ciudad tan difíciles como complicados, donde lo importante no es brillar, sino estar; no es hacer cosas sustanciales, sino estar; no son los méritos, ni el currículum, ni la trayectoria profesional, sino estar. El fin es estar. En el palco, en la presidencia de la mesa, en la barrera, en la pomada, en el machito, en la foto, en la cofradía…

Para seguir estando tanto años es fundamental no tener grandes enemigos. Para no tener grandes enemigos conviene molestar lo justo. Si es posible, nada. No pelearse con nadie. Y, por encima de todo, cumplir la regla de oro del código del estar: pasar desapercibido en el terreno corto y lucir de la forma más notable a lo lejos. Que se vea quién está sentado en la presidencia, quién ocupa la localidad más importante, quién en definitiva está donde hay que estar, con esa precisión del buen administrador que siempre ha sido como consignatario de buques.

El entorno puede cambiar, los personajes se pueden jubilar, caer en desgracia o pedir manigueta en La Canina, pero Herrero siempre está, como decían del genio del toreo: unos vienen y otros van, Paco Ojeda (Herrero) siempre está. ¿Y por qué? Por su capacidad de adaptación al hábitat como buen personaje sevillano que ha llegado a ser. Cuentan que esta ciudad está hecha a su medida como un traje de O´Kean. Herrero maneja el santoral con precisión de bordador de oro fino. No se le va un detalle. Un poner:el día de San Carlos Borromeo, correo electrónico breve y cálido a todos los Carlos.

Lo peor que a uno puede ocurrirle con Herrero no es que se olvide de felicitarte la onomástica, sino que tras empezar a contarle una historia te interrumpa y te pida muy cortesmente que la película con la que estás machacándole los oídos se la mandes en un papelito. Es lo que se llama la larga cambiada al herreriano modo. ¡Óle! Es un equivalente a la respuesta del obispo cuando el párroco de pueblo le pide reformas en el tejado del templo porque se llueve, una paguita para el sacristán y permiso para una procesión extraordinaria porque le hace mucha ilusión a los feligreses. “Se estudiará”, dice el prelado rematando con toses de indiferencia. Pues en vez de estudiar, Herrero pega la media verónica que es marca de la casa: el papelito.

Lo mejor que puede ocurrirle con este personaje es disfrutar de su sentido del humor, de su carácter vivo y de sus ocurrencias. No han sido pocos los actos en los que ha intervenido en público y ha comenzado dando las gracias a su hermano Santiago y a Juan Salas Tornero por todo lo aprendido de ellos. A ambos se ha referido en esas ocasiones como sus “hermanos mayores”, cuando Herrero es el mayor de los tres.

Preside la Cámara de Comercio y se ha hecho con el control de Antares, por cuyo foro han pasado muchos empresarios, dirigentes políticos y vendedores de crecepelo de los que hoy ya no quedan más que las cenizas sociales. Es quizás el último mohicano de aquella sociedad emergente de los años de ladrillo y champán. Se mantiene vivo, bien conservado, con ese pelo armoniosamente encanecido. A Herrero le ponen una toga blanca, lo sueltan por Itálica y habría cola de turistas para hacerse una foto con la recreación perfecta del cuñado de Trajano. Es un patricio del siglo XXI al que cualquier día nos lo nombran presidente de la Asociación de Amigos de la Cuchipanda, porque aquel acto al que no acude Paco Herrero es una cita venida a menos, decadente, de medio pelo. Por mucho que usted presuma de tener en su acto al presidente de los empresarios andaluces, la CEA, eso ya no puntúa, porque al señor de Málaga que ahora preside la patronal lo conoce menos gente que a un tal Moreno Bonilla, otro de Málaga que es presidente del PP de toda Andalucía, menos de Sevilla, que se le resiste como la aldea de Astérix y Obélix se resistía a los romanos, por aquello de no salirnos del Imperio. Hoy una cuchipanda que se precie tiene que tener a Paco Herrero, con su ¡vamos, vamos, vamos!, sus saludos a todo quisqui y su cuarto y mitad de largas cambiadas para que los pesados de turno le manden un correíto.