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El arquitecto sin chaqué

Carlos Navarro Antolín | 30 de noviembre de 2014 a las 18:05

Alfonso Jiménez
El martes de Feria de 1997 subió hasta el Giraldillo acompañado por José María Cabeza y Juan Luis Barón, arquitectos técnicos, y por el vicario general de la Diócesis, Antonio Domínguez Valverde, de rigurosa sotana. En lo más alto esperaba una cuadrilla de operarios dispuestos a seguir las indicaciones para desmontar el Giraldillo y dejarlo depositado en la azotea de las azucenas. La Giganta fue literalmente bajada a brazos mientras don Antonio rezaba el rosario. Todos sintieron miedo. La operación era de alto riesgo. Ignoraban si la veleta saldría con facilidad o si tendría algún tipo de freno en el vástago. Ni siquiera sabían cuánto medía el vástago. O si el grado de oxidación del interior era elevado y podía dificultar la extracción. Se aprovechó a conciencia que media ciudad dormía tras la noche de la prueba del alumbrao y la otra media estaba trabajando. Al mediodía, la Giralda se quedaba sin Giraldillo y cesaban los bisbiseos de las oraciones de don Antonio. La ciudad indolente no se había enterado de nada. Ningún medio de comunicación, ningún avispado viandante. Estos hombres llegaron, subieron y bajaron la veleta. En tierra todo seguía igual, como cuando las tropas alemanas entraron en París y los parisinos seguían haciendo su vida. Una breve nota de prensa comunicó los hechos. Alfonso Jiménez Martín (Sevilla, 1946) es el maestro mayor de la Catedral que osó llevar al quirófano al principal símbolo de la ciudad tras años de observación y, sobre todo, tras leer que el catedrático José Luis Comellas afirmaba en uno de sus libros que la veleta pasaba demasiado tiempo en la misma posición. Un buen observador saca partido de lo que dicen otros finos observadores. La lectura de aquella aseveración provocó la reacción propia del hombre inquieto, el impulso necesario para cometer la locura. Si está documentado en castellano antiguo que “doce moros” trasladaron la veleta recién fundida desde San Bernardo hasta la Catedral, una cuadrilla de operarios podría bastar para bajarla. Y así fue.

Lleva enamorado de la Catedral desde 1979, cuando en un paseo vio (siempre observando) que una azucena de la Giralda estaba a punto de desprenderse. Lo denunció ante la Delegación de Cultura, donde le pidieron si él mismo podía hacerse cargo de la restauración urgente, valorada en 25.000 pesetas. Y aquello, como la teja desprendida de la casa de Ben-Hur, fue el comienzo de una larga película. Casi 40 años de relación con el monumento más importante de la ciudad. Un arquitecto que hasta entonces no había tenido más contacto con la Iglesia que la que mantenía con su párroco de la Ciudad Jardín, donde fue criado en valores en un bloque de las denominadas viviendas colectivas, que son una suerte de corrales de vecinos.
Se llevó casi un mes viviendo en la Catedral con motivo de los preparativos de la boda de la infanta Elena en 1995. Consiguió que se aceptara su advertencia para que un retén de bomberos se situara discretamente durante la ceremonia a los pies del altar mayor. Convenció a la reina Sofía de que era inútil colocar ramos altos de flores, pues la gran montaña hueca que es la Catedral lo engulle todo. Y tal fue su labor y dedicación que la Casa Real le envió a última hora una invitación al enlace, cuando ya no había tiempo para encargar un chaqué. Consultó a su inseparable Francisco Navarro, el canónigo que revolucionó el modelo de gestión del templo, cómo debía proceder ante al tarjetón recibido.
–Paco, ¿qué hago?
–Ponte el traje oscuro y colócate la pegatina de un sindicato. Verás como nadie te dice nada.
Y allá que se fue a la boda en traje oscuro. El único invitado sin chaqué. Navarro iba ese día con sotana y fajín, indumentaria propia del diplomático del Vaticano que había sido con destino en África. Jamás se volvió a ver a este cura de esa guisa. Jiménez le pidió un favor al arzobispo: acceder juntos al Real Alcázar. Y así fue. Don Carlos entró acompañado por Isabel, la mujer de Alfonso Jiménez. “¿Quién será ella?”, se preguntaba el público curiosón detrás de las vallas. Y el maestro mayor de la Catedral entró junto al hermano Pablo.

Alfonso Jiménez se revuelve cuando ignora algo sobre la Catedral. Este catedrático impulsivo, inquieto, sin concesiones al tópico hispalense y con cierto aire para algunos a lo Sean Connery, nunca olvidará el día de Santiago de 2006. Los sensores colocados para la auscultación perenne de los pilares agrietados del trascoro detectaron movimientos de hasta tres centímetros en la piedra de la Catedral. Otra vez el temor a lo desconocido. El miedo. La alerta. Planteó al deán la conveniencia de desalojar el templo de turistas. Pasó la noche en la Catedral junto a Juan Luis Barón. La observación, esa suprema fuente de conocimiento, reveló que la dilatación se producía cada mañana. Y que la piedra volvía a su ubicación original por la noche. Se supo entonces que este gran templo respira hondo al amanecer y expira al anochecer. Se infla y se desinfla. No se trataba de nuevas grietas ni de nuevos riesgos.

Su relación con algunos de los grandes sacerdotes del pontificado de monseñor Amigo es absolutamente clave. Sobre todo con Francisco Navarro, aquel cura que sobrevivió como tal pese al revoltijo provocado por el Concilio Vaticano II, que hizo que la mayoría de sus compañeros de promoción colgaran los hábitos. Navarro, Garrido, García Vázquez… Sacerdotes que eran tildados de rojos por la Sevilla más conservadora y que siempre demostraron un amor, una capacidad de servicio y una lealtad a la Iglesia más allá de postureos de clergyman. Con Navarro se entendía con la mirada, con una socarronería deliciosa para los amantes de la ironía y de las cargas de profundidad. Navarro y Jiménez tal vez no sean para algunos los compañeros más idóneos para una tarde de Feria, de vino y jarana, pero nadie podía negar que entre ellos había un sentido del humor fino, para paladares exquisitos, que no pocas veces era el carril de desaceleración de las broncas que provocaba el día a día entre quienes trabajaban juntos con tanto presupuesto y tan alta responsabilidad.
En esa capacidad de observación innata al personaje figuran los turistas, los amos y señores de la Catedral. Nadie como el maestro mayor sabe cuál es el sitio en el que los visitantes se quedan boquiabiertos al comprobar la colosal grandiosidad del interior del templo. Se trata justo del momento en el que abandonan el pabellón de entrada y terminan de recorrer –un poco agachados los de mayor altura– el túnel de los vestuarios de los canónigos. En ese instante es usual oír una exclamación:“Oh, my God!”. En el caso del turismo nacional, la expresión es algo más prosaica: “¡Coñoooo!”.
En la Catedral fue testigo del interés de monseñor Amigo por comunicar en qué capilla quiere recibir sepultura. El vicario Domínguez Valverde, tal vez tensionado por el tema de conversación, zanjó el asunto: “Usted preocúpese de morirse que nosotros ya nos preocuparemos de enterrarle”.
Navarro murió. Jiménez dejará su puesto en la Catedral el 31 de diciembre. La película de Ben-Hur tiene un final feliz. Hace pocos días le preguntaron mientras disfrutaba de la comodidad de un mullido sofá.
–¿Usted cree más en Dios tras llevar casi cuatro décadas mimando a la Catedral?
La respuesta fue un silencio, después una sonrisa a medias y, de remate, una mirada a las alturas. Seguro que el mismísimo Francisco Navarro hubiera reaccionado igual. Tal vez la fe, como el movimiento, se demuestra observando. Y en la Catedral caben todos. Hasta los cables que siempre se preocupa en ocultar.