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El ojo que todo lo ve… en el altar

Carlos Navarro Antolín | 12 de agosto de 2018 a las 5:00

LUIS RUEDA

LOS institutos de opinión le preguntan periódicamente a los niños qué quieren ser de mayor. Se trata de un sondeo realmente útil, utilísimo, porque sirve para elaborar informaciones con las que rellenar los telediarios del verano. Las respuestas más comunes son las habituales: médico, maestro, astronauta, futbolista o estrella del rock. A corta edad no hay metas inalcanzables. Ya se sabe que después el río de la vida tiene sus meandros y va marcando el destino de cada uno. Una encuesta similar revela con el paso de los años que la mayoría de los niños ya tienen claro que quieren ser… funcionarios. Tenemos el mismo carácter emprendedor que emanaba de la lista de tapas del antiguo Laredo. Queso o anchoa. Anchoa o queso.

A Luis Rueda (Algámitas, Sevilla, 1965) no debieron hacerle la encuesta en las aulas del colegio. Porque entre las profesiones citadas en los estudios de entonces nunca aparecía la de sacerdote. Y eso que este canónigo de la Catedral tuvo clara desde muy niño su vocación. Cuentan que su primera travesura fue sisar una moneda de cinco duros del bolso de su madre para comprarse una Biblia. Hoy es el prefecto de Liturgia de la Catedral de Sevilla. La liturgia enseña los gestos, signos y palabras que conducen a Dios, una suerte de coreografía sacra que se desarrolla en el altar y fuera del altar: cómo se mueve el cura, dónde tienen que estar colocados los acólitos, qué hay que decir y cuándo hay que decirlo, qué significado tiene el color de la ropa del oficiante, por qué se inciensa la mesa de celebración, etcétera. De lo visible, la liturgia, a lo invisible, que es Dios. Luis Rueda es el ojo que todo lo ve en las grandes ceremonias catedralicias y allí donde acuda el arzobispo o sea requerido por el prelado. El prefecto de Liturgia era antiguamente una suerte de jefe de protocolo del arzobispo.

Cuentan que los aires de su pueblo natal, el de mayor altitud de la provincia, lo mantienen siempre en forma porque sale con éxito de todas las revisiones médicas, pese a los puritos finos que se fuma en los alrededores del templo metropolitano o en el Patio de los Naranjos tras decir misa en la Parroquia del Sagrario.

Como todo cura que se precie, disfrutó de una etapa de formación en Roma, ciudad de la que no sólo se trajo conocimientos sólidos en materia litúrgica, sino un escogido núcleo de amigos y compañeros que ejercen el ministerio pastoral en Madrid, Toledo, Málaga… En San Anselmo, el Pontificio Instituto de Liturgia de Roma, tuvo que someterse a exámenes de enorme complejidad. Un día le pusieron la frase extraída de una plegaria y ocho o diez libros de diferentes rituales. El examen consistía en encontrar el libro al que correspondía ese fragmento de oración. Desde hace ya varios años, los foros internacionales de expertos en liturgia, donde Rueda está considerado al más alto nivel, son una oportunidad para el reencuentro con aquellos compañeros con los que estudió desde los rituales sirios ortodoxos a los emanados del Concilio Vaticano II.

Rueda es ante todo una persona pacífica, pragmática y que evita los enfrentamientos sin renunciar a la defensa de sus criterios. Un día, dos minutos antes del comienzo de una ceremonia presidida por el cardenal Amigo, le plantearon en voz baja que sólo estaban previstos hombres para realizar las sagradas lecturas: “¿A última hora te vas a preocupar por la paridad?”. Le molestan, con razón, los inventos litúrgicos de nuevo cuño, los que no están en los rituales o en el misal, los que, sobre todo, la gente reproduce tras ver tantas películas o series norteamericanas. Se multiplican esos papás fantásticos subidos a los presbiterios para tomar la palabra en las bodas, o esos padrinos que consumen su minuto de gloria con el micrófono en la mano junto a la pila de agua bendita. Existe una litúrgica de Netflix como existe una decoración de Ikea o una guía de viajes de Booking. Ya se sabe que la masa, carente de criterio, prefiere no pensar y que se lo den todo hecho. Rueda es de los que tiene claro que la redacción de los rituales y del misal es fruto de un trabajo intelectual muy notable: “No tenga la soberbia de considerarse mejor que todos los que han trabajado en esos textos”, dicen que explicó una vez a quienes pretendían una especie de liturgia a la carta.

La vida son recuerdos de una estancia de seis años en Roma. Con la tesis doctoral casi terminada se volvió a Sevilla, reclamado por el cardenal Amigo para hacerse cargo de la liturgia de la Catedral tras la muerte de Miguel Artillo. La vida es sustituir la Cruzcampo por la Fanta de naranja, que dicen con guasa que no hay naranjos suficientes en Sevilla para responder a la demanda de refresco de don Luis. La vida es quedarse ojiplático cuando le cuentan de aquella ceremonia de primera comunión a la que el cura acudió vestido de payaso, o aquella otra en la que se tunearon las oraciones, o de esas bodas donde se pronuncian loas cargadas de almíbar hacia los novios, o esos funerales con exagerados panegíricos del difunto. La vida es seguir al día todas las publicaciones sobre liturgia. Y ejercer siempre en las ceremonias con un estilo discreto, sereno y rápido.

Una buena prueba ocurrió el día en que se fue la luz en la Catedral, justo cuando el arzobispo –que sufría una afonía– presidía en el Altar del Jubileo una ceremonia de confirmación con cuatro mil asistentes. El prelado hizo un sobreesfuerzo para suplir la carencia de megafonía, pero Rueda se dio cuenta muy rápido de que los fieles no oían las palabras de don Juan José. Fue entonces cuando este prefecto de Liturgia puso la mano en el micrófono con toda naturalidad para indicarle así al arzobispo que no se fatigara más y fue él mismo quien tomó la palabra y continuó los rezos.

Este canónigo es el responsable de todas las procesiones organizadas por el Cabildo Catedral, fundamentalmente la del Corpus y la de la Virgen de los Reyes, junto con el maestro de ceremonias, el canónigo Geraldino Pérez. En los días previos se puede contemplar a Rueda en los preparativos de todos los detalles con tres de sus grandes colaboradores: los cofrades Joaquín de la Peña, Paco Cuéllar y Paco Yoldi. Es difícil verle sin una ocupación. Muy probablemente, Rueda es de los canónigos con mayor carga de trabajo. Es todavía joven y asume las labores de la Catedral, la vicaría parroquial en el Sagrario, la delegación diocesana de Liturgia y del catecumenado bautismal, y todos los encargos directos que recibe del arzobispo. También atiende las consultas de las cofradías, como el asesoramiento que prestó para la célebre misa de la Macarena en la Plaza de España.

Quizás uno de sus placeres menos conocidos –orillada ya la Cruzcampo en el bar Las Columnas– sean las aceitunas. Sale poco, cena menos y estudia mucho. Cuentan que es desprendido con el dinero. Se molesta con ciertas críticas muy habituales hacia la Catedral, como cuando los cofrades largan del supuesto coste que el uso del templo metropolitano supone para las hermandades. Está harto de repetir que la Catedral no cobra a ninguna hermandad por darle cobijo en caso de lluvia. Sólo se abonan los gastos extraordinarios, como la seguridad. Oen caso de grandes ceremonias, los gastos derivados de estructuras o tarimas. Anda que si las cofradías tuvieran que pagar los gastos de luz de las horas que permanecen en la Catedral… Todas tiesas.

Caballero boticario

Carlos Navarro Antolín | 16 de agosto de 2015 a las 5:00

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HAY sevillanos que llevan siempre la mañana de Viernes Santo en la cara, pálidos, blancos y metidos en malaje; como si fueran continuamente detrás de un camión de Lipasam, con la nariz olfateando el entorno en una calle estrecha a la espera del sube y baja del contenedor de carga lateral; con el rostro como si acabaran de ver la factura del Jaylu, o montados en un taxi en plena ola de calor con el aire acondicionado puesto a la mitad de potencia, esa velocidad de refrigeración que sólo alcanza al conductor y casi ni acaricia al viajero. Al estado continuo y natural de enfado del sevillano se le conoce como malaje. El malajismo es una actitud ante la vida que no implica ni mucho menos falta de diligencia en el trabajo, más bien al contrario, pues hay grandes defensores de los camareros malajes como profesionales eficaces en la atención al cliente, con quien saben guardar la distancia y que no admiten esas gracietas que en Sevilla se conocen como guasa mala. El malajismo es disciplina que tiene doctores, como el fino observador Eusebio León, que los tiene localizados en el centro, vestidos del negro sucio que está de moda, y en los barrios, donde se conserva la higiénica camisa blanca. En contraposición al sevillano malaje hay una especie reducida, casi en extinción, que es el sevillano fino, agradable de trato, exquisito y que emplea el genio como último recurso, tanto que casi necesita la declaración del estado de excepción de su particular forma de ser para dejar de ser como realmente es.

Manuel Román Silva (Sevilla, 1951) es un sevillano fino y cálido. No pontifica, no grita, no busca la victoria dialéctica, todo lo más el empate. Es como Induráin, si puede ganar, gana; pero deja que los demás se lleven trofeos a la combatividad, la montaña y las metas volantes. Farmacéutico de profesión. Cofrade que por tradición familiar arraigada en San Esteban llegó nada menos que a presidente del Consejo de Hermandades, pero el cofraderío ignoraba (e ignora) que antes presidió la Fundación Farmacéutica Avenzoar.

–¿Eso qué es? ¿Qué día de la Semana Santa sale?

Manolo Román no llegó a presidente del Consejo degenerando, pero sí estando. El verbo estar, en su gerundio, es la gran clave para alcanzar ciertas cotas en Sevilla. ¿Cómo ha llegado Fulanito a concejal? Estando todo el día en la puerta de la sede del partido, de modo que hicieron la lista electoral y como Fulanito estaba allí… Pues lo metieron. ¿Cómo ha llegado Mengano a maniguetero? Se puso malo Don José, que es el número siete de la nómina, y como Mengano se ha pasado todos los días de cuaresma estando a disposición del hermano mayor, pues se le ha premiado. ¿Cómo ha llegado Zutano a consejero de la Junta? Estando en la pandilla de la presidenta desde joven.

Pues Manuel Román ha estado nada menos que 16 años en la institución cofradiera, donde su gran colaborador ha sido siempre el historiador Joaquín de la Peña. Primero fue delegado de Gloria, después tesorero y finalmente presidente. Dicen que ha sido un Rey Midas en versión local. De consejero de Gloria a presidente. De beduino a Rey Melchor. Y de boticario en el Polígono de San Pablo a farmacia de relumbrón en la Puerta Carmona.

Román ha sido el presidente del Consejo menos capillita en la historia de un organismo reducido (casi caricaturizado) a su facultad de organizar las sillas de la carrera oficial e intentar cuadrar los horarios de las cofradías, tareas ambas en las que hay destacados ingenieros trabajando (estando) todo el año. Muchos estamos convencidos de que Manuel Román no es capillita y eso, lejos de ser una carencia, es un valor añadido. Es uno de sus grandes valores. No siendo capillita, pero estando, se ha visto en determinados puestos, pues la mediocridad de la jerarquía cofradiera ha valorado siempre su talla social sin percibirlo como una amenaza. Y en esta última cualidad radica una de sus grandes habilidades, pues Manolo es lo contrario a un malaje. Hasta cuida el tono de voz (melifluo muchas veces) para no molestar al interlocutor en una ciudad donde a la mínima oportunidad sale a relucir el sargento enojado que todo sevillano lleva dentro, ese conductor irritado en la carretera entre El Rocío y Matalascañas. La voz suave, en tono bajo y carente de beligerancia de Manolo debería ser patrimonio inmaterial de la ciudad de los gritos, del aquí estoy yo y usted me va a oír. Pertenece a la cofradía del buen gusto, minoritaria y al borde de la extinción, de los que llaman al camarero para que simplemente se lleve los vasos y platos sucios de la mesa.

Ha sido un presidente del Consejo atípico, con excelentes relaciones con los medios de comunicación, la jerarquía eclesiástica y los políticos, no así con los hermanos mayores. Monteseirín lo llamaba como consejero para llorar en su hombro por los dardos que recibía de la prensa y de algunos ultracofrades. Román lo mismo compartía horas con los mineros en huelga encerrados en la Catedral una víspera de Semana Santa, que mantenía una tensa discusión con el Cardenal Amigo, que alguna tuvo. Quizás por este atípico y saludable carácter no llegó a convencer a los hermanos mayores de tres proyectos claves: una acción social conjunta que no fuera sólo el soltar dinero sino basada en el compromiso, convertir el Consejo en un foro de discusión sobre los problemas del hombre y de la Iglesia en el mundo actual (Foro Santa María de Jesús), y conseguir que el Consejo fuera una institución con verdadera auctoritas ante las propias hermandades.

En Roma, adonde fue a acompañar a Don Carlos en su designación como cardenal en 2003, se levantaba a medianoche para velar el sueño de Antonio Ríos. Fue el hombre que arrumbó las puntillas mohosas y las maderas podridas de los palcos, modernizó la gestión de la carrera oficial, abrió las puertas del pregón a escritores políticamente incorrectos, colocó a las hermandades de Gloria en igualdad de condiciones que las de penitencia y organizó un Congreso Internacional de Hermandades absolutamente desaprovechado. Demasiadas margaritas para tanto… cofrade.

Siempre se ha caracterizado por la mesura, por creer que las cofradías tienen su importancia, pero no son tan importantes ni tan trascedentes en la ciudad; por tener claro que el Boletín del Consejo no es el BOE y por defender que la Semana Santa no dura todo el año. No lleva música cofradiera en el Volvo, sino los palos de jugar al golf en los verdes campos de Pineda, que le relajan tanto como las pinturas ribereñas de Ricardo Suárez. Cuando este periódico reveló que un agente de la Agencia Tributaria estaba tocándole los costados al Consejo con el levantamiento de actas fiscales por el IVA impagado de sillas y palcos, el tesorero del Consejo era Román, al que telefoneamos aquella tarde de febrero de 2000:

–¡Qué me dices! Estoy jugando al golf en Pineda, voy para el Consejo.

Aquel tesorero salió de aquella polémica sin un rasguño. Llegó a presidente y se empeñó en acabar con una leyenda de la ciudad, no sin polémicas internas de vetos y dossieres. Tenía claro que al escritor Antonio Burgos había que ofrecerle oficialmente –al menos una vez– el pregón de la Semana Santa, pues nadie como él ha creado escuela periodística y literaria sobre la fiesta más importante de la ciudad. Cuando lo cómodo para encargar el pregón hubiera sido tirar de la lista de abogados, de alguno de esos pro-hombres de Iglesia que ayudan al cura a colocarse la casulla, Román acudió junto a Julio Cuesta (la fuerza del tirador) a casa de Burgos a convencerle de que aceptara la designación. El día del Pregón ocurrieron dos anécdotas nunca reveladas. Como era costumbre, el presidente acudió a casa del pregonero a recogerlo en un coche del Ayuntamiento, todos ya de chaqué camino del teatro a hacer la prueba de sonido. Burgos quiso hacer también la de imagen, pidió que se colocara alguien en el atril para ver cómo resultaba. Pusieron a alguien del Consejo mientras el pregonero y el presidente se fueron a la unidad móvil de retransmisión para ver cómo quedaba la cosa en el monitor. Parques y Jardines había colocado unas quencias que daban justo detrás de la chorla del pregonero. Hacían el efecto de una selva. Y Burgos le dijo al presidente:

–Manolo, por favor, que quiten esas quencias, que va a parecer que estoy dando el pregón de la Semana Santa de San Juan de Puerto Rico y no el de Sevilla…

E inmediatamente mandó quitar las puñeteras quencias.

Luego Burgos se fue al atril, a hacer la prueba de sonido. Y en vez del “uno, dos, uno, dos, ¿me se oye?”, se le ocurrió soltar el trabalenguas del estribillo de Los Lilas del Tío de la Tiza (1903), y dijo muy solemnne y de corrido: “Piriquitúliqui, metúliqui, patúliqui, saca la paútica, patúliqui, mulática, piriquitúliqui, metúliqui, patúliqui, saca la pin, saca la pun, saca la pon…”. Las caras de los tíos del Consejo eran para verlas, de extrañas y de largas. Menos la de Manolo Román, que terminada la prueba preguntó:

–Antonio, ¿de qué agrupación es ese trabaluengas?

El Sábado de Pasión que se desconvocó la huelga de mineros, siempre agradeceremos que nos didera la primicia. Nos despertó con sobresalto: “¡Ya se van los mineros, Paco, ya se van! ¡Todo arreglado!”. Román creía estar hablando con Paco Navarro, canónigo y mayordomo de la Catedral. “Buenos días, Manolo, soy Navarro, pero Carlos. Muchas gracias, lo avanzo en la edición digital”.

La perspectiva demuestra que con los farmacéuticos tuvo más suerte que con los hermanos mayores. En su estilo fue más Sánchez Dubé que Antonio Ríos, más Luis Rodríguez-Caso que Adolfo Arenas. Manuel Román pertenece a un club que es mucho más exclusivo que Pineda, muchísimo más. Porque en ese club no entran ni los que tienen los cerca de 60.000 euros que cuesta hoy entrar en Pineda. Manuel Román forma parte del club de los escasos señores de Sevilla, que además nunca llevan cara de mañana de Viernes Santo. Y les gustan las mesas sin platos sucios.