Archivos para el tag ‘José Antonio García de Tejada’

Un animal social

Carlos Navarro Antolín | 6 de septiembre de 2015 a las 5:00

Jose Antonio Garcia de Tejada Ricart
LOS políticos se hartan de proclamar que no hay nada más gratificante que el contacto con los ciudadanos. El típico tío que en veinte años ha sido ministro, presidente de la Diputación Provincial, concejal de la oposición y alcalde de un municipio de menos de cien mil habitantes, suele decir en las entrevistas de homenaje que lo más enriquecedor de toda su carrera pública ha sido la actividad municipal por la oportunidad que concede de estar junto a los vecinos. Tururú. Para oportunidades, las del Corte Inglés. Como otro tururú, con un tequiyá añadido, se merecen los famosos que en los suplementos dominicales dicen la pamplina de que leen poesía por la mañana. Que le digan a Juan Espadas, alcalde de Sevilla con las muletas de IU y Participa Sevilla, lo enriquecedor que resulta estar tomando una cerveza en un bar y que irrumpa el vecino de turno en la charla familiar de barra: “Perdone, alcalde, sé que no es el momento, pero necesito saber de la bolsa de empleo de Lipasam…” Y ese alcalde al que se le enfría la pavía pensando que, evidentemente, no es el momento, claro que no es el momento… Marchando cuarto y mitad de participación ciudadana a pie de barra. Con lo poco que ya le gustaban a Espadas los bares antes de ser alcalde, ya hay casas de apuestas que pagan la foto del alcalde de Sevilla en el Tremendo. Lo mismo le pasa al Kichi en Cádiz, al que paran más que un pasopalio de su casa del barrio de la Viña al Ayuntamiento. A quien le pasa a diario y está encantado es a José Antonio García de Tejada Ricart (Sevilla, 1962), presidente del Real Club Pineda de Sevilla, que se para con el jardinero del club que ha estado de baja, con el cura que le solicita por enésima vez un pase de favor para un amigo aristócrata que desea usar la piscina para paliar los dolores de espalda, con el socio antiguo que se queja de la estrechez de los vestuarios de hípica, con la marquesona que protesta por la intensidad del nuevo aire acondicionado de la caseta y con las señoras que claman para que la reforma del bar no se lleve por delante la pintura mural de Santiago del Campo que adorna el chalé. Los diez mil socios de Pineda lo llaman Nono, nadie le dice José Antonio. Nono sólo saca el capote para mantear a los francotiradores de las asambleas generales, los que empiezan con el yo quisiera saber y terminan con el propongo o insto al presidente a pedir más presupuestos para esa obra que requiere de nuevas derramas. El capote de Nono es como el de los hermanos mayores zorrones: “Se estudiará, muchas gracias”. Y pasa el turno de palabra.

Este ingeniero de chaquetas ajustadas al estilo del Círculo Lebrero de Jerez –primo hermano del Aero hispalense– es directorazo de una empresa de semillas y, sobre todo y por encima de todo, capataz de la Quinta Angustia. Criado en los verdes jardines del club, ejerció de adolescente de Pineda con chaqueta azul de botones dorados y pantalón gris, haciendo guardia a las puertas de la caseta para entrar en cuanto acabara el horario de cena de los adultos. Ser capataz de la Quinta (dicho así, a secas, que es como se dice) es el título más importante de su vida. El testimonio probatorio lo ofrece su propia madre, que no duda en subrayar de forma espontánea cuál es el mérito más importante de su hijo. El 15 de agosto iban juntos a una de las misas que se celebran al alba ante el paso de la Virgen de los Reyes cuando unas turistas les preguntaron cómo llegar a la Basílica de la Macarena. Nono se deshizo en explicaciones y hasta les sugirió que de camino visitaran antes el Gran Poder. Cuando las turistas se marchaban la mar de agradecidas, la madre de Nono terció con sano orgullo: “Mi hijo es capataz en Sevilla”. Y una de ellas, respondió:“Y yo peluquera de Castellón”. “Son profesiones parecidas”, se despidió Nono sonriente. Ni jefazo en la empresa, ni presidente de Pineda. Un hijo capataz de la Semana Santa. Pararse ahí.

Este Nono es lo que hoy se conoce como un friki del martillo. Aun cuentan los vídeos de cofradías que puso una tarde al novio árabe de una amiga, que todavía está el árabe suplicando que ni una mecida más, ni una explicación más del cimbreo del Señor del Descendimiento, que el hombre hubiera preferido una tortura menor, como los vídeos de la boda y la luna de miel, o los de la primera comunión de las niñas.

Junto con Alejandro Ollero, del que aprendió el oficio de capataz en los años del inolvidable Luis Rodríguez-Caso como hermano mayor, se dedicó a pesar los pasos de la Semana Santa con las básculas de la empresa agrícola, gracias a lo cual se sabe con precisión cuántos kilos debe soportar cada costalero.

En la ciudad de los malajes por vocación, este sevillano vive en una continua jornada de puertas abiertas. Tan abiertas que tiene que asistir casi a tantas bodas como a funerales acude un presidente del Consejo de Cofradías. Su apuesta por el aperturismo reformista no ha generado siempre críticas positivas en Pineda. A la célebre caseta del club le pegó un cambio radical cuando habilitó una zona de mesas altas y raciones al estilo genuino de Feria, pegándole un tijeretazo al plúmbeo comedor de menú cerrado a base de cosas tan feriantes (por las que hilan) como la crema de espárragos, el salmón al eneldo y la milanesa.

Otra reforma que emprendió fue la de modificar las condiciones de los socios de honor, distinción reservada para aquellos que han obtenido notables éxitos deportivos. Los que se nombran a partir de su mandato gozan de cena de homenaje, pero no de gratuidad de cuota.

En Semana Santa es habitual verle a la búsqueda de los pasos en soledad, como los viejos cofrades que tienen claro que dos son bulla y tres son una verdadera masificación. En los canapés nunca está más de cinco minutos en el mismo corrillo. De oca a oca, Nono culebrea con una habilidad magistral sin ser un hartible de las galerías gráficas. “Este hombre es un animal social”, dijo una dama al comprobar cómo alternaba con unos y con otros.

El mes de julio es para el Puerto de Santa María. Cuentan que los badenes de la urbanización de Vistahermosa se pusieron para que Nono conduzca tan despacio y con tanta parsimonia que pueda saludar desde el coche a todos los peatones conocidos: el que hace footing, el que pasea el perro de raza y el que espera en la parada de la línea 3 (que dicen que se habilitó para el desplazamiento de las tatas sudamericanas que trabajan en los casoplones). Siempre aficionado a la caza, al tenis y al pádel, hace ahora sus pinitos en el golf con más voluntad que técnica, con más corazón animoso que elasticidad. Participar en un campeonato de golf es una experiencia que ahora mismo le aterra. Tal vez ocurra como con la Infanta Elena en los torneos de Hípica, que el telediario se limitaba a destacar su participación, pero los españoles nunca sabían en qué puesto quedaba. Está feo que el presidente de Pineda quede de la mitad de la tabla para abajo. Cuando concluyó su primer mandato al frente del club, la junta directiva recaudó cien euros por barba para regalarle una bolsa de golf y unos cotizadísimos zapatos ingleses de elegante cordonería. Tan caros eran que Nono soltó una perla: “Muchas gracias, de verdad, porque yo en mi vida me hubiera comprado estos zapatos”.

Austero, que no rácano. Este vecino de Bami es gran aficionado a seguir los pasos de Pantagruel. Uno de sus santuarios preferidos de la hostelería local es el bar Uruguay, en la calle del mismo nombre, de cocina casera, con una lista de tapas donde no se admiten gollerías de nuevo cuño ni platos adornados con artísticas pinceladas de vinagre de Módena. Y también es mucho del Cardenal, pero no porque se lleve mal con Asenjo, ni mucho menos, sino del Bar Cardenal de la calle Cardenal Bueno Monreal, donde trabaja los caracoles en temporada.

Se preocupa por encontrar el establecimiento donde mejor preparan los bocadillos para los costaleros. Al más veterano de la cuadrilla, Manolín Mercado, le regaló el día de su retirada un zanco del antiguo paso, debidamente pulido, con una peana de madera hecha para la ocasión y un marco.

La infancia son recuerdos del Portaceli. La vida es un jueves en la casa de hermandad de la Quinta comiendo paté bolado con picos y rematando en la barra del Donald o en una tertulia nocturna en el antiguo Museíto. La ilusión es elaborar sándwichs para ese encuentro capillita de cada Semana de Pasión: “Horror, me he equivocado de táper. Me he traído el de los macarrones de mis niñas”.

Es un presidente pejiguera que se empeña en que un club privado se abra a la ciudad, para lo que utilizará el 75 aniversario fundacional para el fomento de obras sociales en las vecinas Tres Mil Viviendas. El animal social tiene en Sevilla su hábitat idóneo. Y en los vídeos de Semana Santa, la particular metadona de todo el año. Paren a Nono por la calle, siempre sonreirá, pero no le pidan un pase de favor para Pineda, ni le cuenten milongas de dolores en la espalda.