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El taller de la elegancia

Carlos Navarro Antolín | 4 de marzo de 2018 a las 5:00

Fernando Rodriėguez Avila

A las personas se las conoce cuando dicen que no. De grandes noes han surgido más largas relaciones que de esos abrazos fáciles de alcalde paseante por la Feria. La negativa genera un respeto que muchas veces desemboca en admiración. El no echa raíces, el sí se olvida. El no es la mejor tarjeta de presentación. El no está revestido de verdad, de riesgo, de la valentía de quien asume los efectos secundarios. El sí es como los pregones “hamburguesa”, que te hartas de aplaudir, te llenan, pero a los veinte minutos se te han olvidado… Y tienes hambre. El no es la prueba del algodón que revela la ausencia de ojana, el estar dispuesto a asumir el coste de la antipatía, la determinación firme de quedar como un malage. El no bien administrado es auténtico, el sí a todo es pura debilidad, es ganar cada día las oposiciones a una plaza fija de agradaor. Dos sevillanos se presentaron un día en el taller de Fernando Rodríguez Ávila (Sevilla, 1936), maestro sastre al que siempre oirán hablar de su “oficio”, nunca de su “trabajo”. Los dos visitantes irrumpieron en la paz del taller (telas, catálogos, tijeras, probador, mostrador, metro, fotografías…) para pedirle que hiciera un traje de servidor de una antigua cofradía. El encargo era un engorro desde el minuto número uno: por las medidas especiales, por los detalles del terno, por las fechas en que tenía que estar terminado el terno… Al maestro Ávila se le puso la cara del escultor Sebastián Santos cuando le encargaron el Señor de la Cena… con el regalito de los doce apóstoles. Con una serie de preguntas que reflejaban las dificultades de la encomienda, dejó entrever las cargas del pedido, evidenció que el sastre no tenía ningún interés ni siquiera en iniciar el dibujo. Macheteó el incómodo toro del encargo para quitarle las embestidas de la ilusión de aquellos dos incautos. Hasta que en un momento dado, sin acritud pero directo, sentenció en voz baja y mirando fijamente a uno de los visitantes: “Yo lo voy a hacer, pero ese traje es un latazo”. Los dos señores se fueron con el sí, pero al rato se sinceraron entre ellos: “A este señor lo llamamos mañana y le liberamos del encargo. Un encargo que para nosotros es tan bonito no puede generar incomodidad a nadie”.

Sevilla tiene en pleno centro a uno de los 30 mejores sastres de toda España, un club al que se accede por la unanimidad de los compañeros de oficio. Basta una bola negra para no ser admitido. Se trata de un señor de 81 años que sigue fiel a su concepto del oficio: todo hecho a mano y expresamente para la persona que lo encarga. Sin confección, sin patrones previos, sin un escaparate donde vender otras prendas. Sastrería pura y dura. Ávila se sigue echando al suelo para cortar una capa española, se agacha para tomar las medidas, enseña el muestrario de más de 700 telas, acepta realizar los uniformes militares de mayor dificultad, los trajes especiales para el cuerpo diplomático, el uniforme de gala de los maestrantes, y sigue cultivando la sastrería específica para sacerdotes.

Ávila es la quinta generación de maestros sastres. La primera sastrería de la familia ancla sus orígenes en Avilés (Asturias) en 1865. Posteriormente en La Habana (Cuba), donde aparece Ofelia Ávila Aróstegui, descendiente de vascos que contrajo matrimonio con el padre del actual maestro Ávila. Aún se conserva el baúl de madera que usó doña Ofelia en su viaje definitivo a España para estar junto a su marido.

La vida es una infancia en las aulas de los Escolapios y en la collación de San Pedro, una pelota de trapo para las tardes de fútbol, el recuerdo de la zapatería del capataz Manolo Santiago. La vida es dejar los estudios en el San Francisco de Paula con 16 años para aprender el oficio en el taller de su padre, en los tiempos en que se cortaban entre 25 y 40 trajes a la semana. Aprende el oficio de la mano de su primer maestro, Antonio Burgos, donde era el único varón en un taller de 16 costureras. Su segundo maestro, quien le enseñó la sastrería militar, fue José Barreiros, y el tercero fue Juan Rivera en el taller de General Polavieja. La vida es ser un taurino fiel, como es fiel a su pequeña copa de tinto al día, sin excesos ni alharacas, siempre como un pincel, siempre elegante cualquier día del año, siempre llevando en su interior cierta procesión con un estilo de discreción desgraciadamente en desuso.

Ávila es el sastre de la Universidad de Sevilla para cortar esas togas y mucetas que lucen catedráticos y profesores en las grandes solemnidades del paraninfo. Hussein de Jordania fue recibido como doctor honoris causa en 1985. Compareció en Sevilla con la reina Noor. Ávila fue invitado al acto, le quisieron dar una acreditación como profesor para que asistiera en una localidad destacada. Se negó. O la acreditación rezaba su oficio real o no aceptaba: “Yo soy sastre y a mucha honra”. Y así fue. Acudió a ayudar a vestirse al rey Hussein y después, efectivamente, al acto académico. Y en la identificación de solapa ponía lo que tenía que poner: “Sastre”. La vida es cortar como nadie el chaqué gris perla con sombrero de copa que lo elevó a las cotas de prestigio más altas del gremio. La vida es huir de la jubilación porque el trabajo tiene un sentido cristiano: es fuente de bienestar. La vida es oír el elogio público de Felipe González a su trayectoria como alfayate.

Es un gran especialista en el corte del chaqué, prenda que se hereda y se reutiliza no siempre con acierto. Y es toda una experiencia ver a su lado ciertas procesiones de esta ciudad, como la del Corpus. Una vez le oyeron decir en voz baja tras ver pasar a decenas y decenas de señores de tiros largos: “La de muertos que han salido hoy en el Corpus”. Diga usted que sí, don Fernando, que en Sevilla hay muertos que viven en los chaqués, como reviven en las túnicas de nazareno. Y casi siempre al muerto le quedaban bastante mejor las prendas.

En su casa de la Palmera ha realizado la toga de don Javier Benjumea Puigcerver. En silencio. Sin preguntar nada que no debe, sabiendo que el sastre es a veces un confesor y que el probador es su confesionario. Hay noches que se acuesta conociendo los secretos de una obra de ingeniería civil o los de una operación a la desesperada para extirpar los órganos para un trasplante. Morante luce sus trajes azules. Y El Cid, Javier Conde, Espartaco… Castella toreó en México con un terno suyo. Fue una estampa insólita. La chaqueta era cruzada y muy ceñida. Ese traje de paisano se quedó en un museo de ultramar.

Su gran empeño es que no se pierda el oficio. Su sueño sería montar una escuela de formación de sastres, poder enseñar la habilidad de ver al cliente entrar por la puerta y estar viéndole ya con el traje puesto. Enseñar a vender, medir y cortar. Instruir también en el arte de tratar a las personas hasta el mínimo detalle. Con la distinción propia de un maestro sastre. José María O’Kean era, por ejemplo, de los que enseñaba a dar el cambio en monedas en la mano del cliente: “No se tira en el mostrador”. Hoy se necesitan buenos oficiales de sastrería, pero no se enseña el oficio.

El maestro Ávila lleva a gala ser adorador nocturno con distintivo de veterano ejemplar por su constancia de más de 500 vigilias junto al Santísimo Sacramento. Hermano de número bajísimo en San Pedro. Y hermano de Santa Marta de los tiempos del padre de Otero Luna. A la Soledad de San Lorenzo, ay, siempre le es fiel. En el probador de su taller hay una réplica de la Gloria que luce en su palio de tumbilla la Virgen de los Reyes de la Hermandad de los Sastres de San Ildefonso. Ávila lleva cincuenta años de forma ininterrumpida en la junta de gobierno de esta hermandad .

Un traje es como un cuadro. No se cambia después de ser terminado. Si el cliente engorda no hay compostura que valga. Que pierda peso. Hay grandes pintores que le han pagado un traje con un cuadro. El pintor se evade cuando pinta, se deja llevar por las callejuelas de su mundo interior. El sastre se olvida de todo cuando está en el santuario de su sastrería de la calle Sauceda, la que se reconoce por la reja de estilo racionalista.

Su concepto de sastrería es la que realza la figura del varón con independencia de su resultado en la báscula o de sus hechuras. Hay gente que adelgaza al ponerse uno de sus ternos, porque descubre su cuerpo tras períodos de chaquetas grandes donde casi cabían dos personas. Detesta los logotipos de las marcas en las prendas. Cuida con primor los forros y las botonaduras. Ysabe que lo más complicado es cortar la caja del pecho. Por eso es un sastre que sufre al comprobar lo malamente que se viste hoy. “El hombre se ha desvestido”, le han oído decir en alguna de esas tertulias que se improvisan en su taller. Las tradiciones son una suerte de rompeolas del mal gusto que se extiende a la velocidad del aceite derramado y que tiene su período culmen y antihigiénico en el verano, cuando el calor todo lo justifica: incluso hacer el indio, e ir como un indio. Fue él quien en los años ochenta (terribles para la estética) alzó la voz contra los caballistas de la Feria que montaban en vaqueros y camisa abierta por el real. Admira cuando una familia se arregla para el Domingo de Ramos con lo que consideran sus mejores galas. Cada cual con lo que pueda. Como el que saca una colcha sencilla, humilde y de bajo coste para engalanar su balcón al paso de Su Divina Majestad. La clave no está en la calidad, sino en la buena intención. Lo importante, como en el ejemplo del Domingo de Ramos, es que se ha sacado su mejor colcha para honrar a Jesús Sacramentado.

Más allá de los varones, este Ávila es también un especialista en el corte de trajes de chaqueta para señoras. En reformar y transformar prendas especiales. De la capa pluvial de Bueno Monreal sacó la insignia del cardenal Spínola de la Soledad de San Lorenzo.

A la sastrería, como a misa o a los toros, hay que ir sin prisas. Como un ritual cotidiano, con la tranquilidad personal de quien siempre ha huido de las hipotecas. Con la seguridad de quien rechazó en su día nada menos que ser el sastre de El Corte Inglés, con sueldo fijo y clientela garantizada. Esa misma seguridad es la que le permite llamar al orden al cónyuge impertinente durante una prueba, cuando la paciencia queda colmada y el manual de Psicología aconseja pegar el corte: “Señora, el sastre soy yo”. Concibe el oficio como un sacerdocio en el que se cumple un doble horario: el de atención al público y el de trabajo interno. Por eso suele ser el ausente de muchos momentos familiares, lo que contrarresta con unos días de agosto en la Antilla, al sol limpio y claro que baña el Terrón.

Ibáñez, Cañete, O´Kean, Sierra, Ávila… Los apellidos vivos de una cofradía de románticos, de tijera y metro, acericos y catálogos, elegantes pañuelos en la chaqueta de quien se viste de media etiqueta para su oficio cotidiano, de guardianes de formas perdidas de atender al público, incluso de preguntas que ya no se oyen, ni mucho menos se saben responder. “¿Hacia dónde carga?”, preguntaba el recordado maestro sastre al cliente sonrojado al medir la zona de la cremallera… Hoy no se percibe tanta elegancia auténtica como sí mucha altanería cuando un comerciante se quiere dar importancia. Ávila es un símbolo de esta ciudad, un señor que busca alguien que quiera aprender el oficio con la humildad que él tuvo a los 16 años para empaparse de las enseñanzas de aquel maestro Burgos al que siempre está agradecido.

Sus trajes se reconocen de lejos, como los buenos palios. Un día entró un cliente con el objetivo firme de tener un Ávila. Don Fernando le mostró los catálogos durante largo rato. Y el señor, dubitativo, ya no sabía cómo romper hasta que exclamó: “Mire usted, yo lo que quiero es que el traje me quede como los que usted le corta a Joaquín Moeckel”.

La Real Maestranza de Caballería de Sevilla quiso regalarle a Don Juan Carlos el traje de gala de caballero maestrante. Sólo Ávila podía cortar ese traje. Pero la Reina Sofía quiso que lo realizara el sastre habitual del monarca en Madrid. El encargo se fue para la capital del reino. Pero desde cierto taller tuvieron que telefonear a la calle Sauceda para saber cómo se corta un traje de esas características. Y alguien en Madrid dijo hace muy pocos días: “¿Ávila? De los poquitos sastres que enseñan”. Está en Sevilla. Y sabe decir no.

El máster en habilidad

Carlos Navarro Antolín | 14 de febrero de 2015 a las 5:00

ANTONIO PULIDO
El cura Chamizo cria la fama de ejercer la pastoral de El Cairo y se echa a dormir en los veladores de su terraza. Y otros cardan la lana dejando que el cura parezca el único cliente de ese bar que dicen que a la hora de pagar es cairo, pero muy cairo. En esa terraza se deja ver muchísima gente: aficionados a los toros, turistas cocidos con piel de salmonetes, madrileños con ínfulas, constructores con palillo en la comisura de los labios, señoronas de copa de vino blanco Marqués de Villalúa y señorones con puro que dejan caer sobre la incipiente barriga un reguero de ceniza. Y entre esos personajes se avista con frecuencia un pájaro que vuelta alto y al que media Sevilla dispara perdigonazos porque no perdona sus éxitos, mientras la otra media lo disculpa con la condescendencia del que se siente superior al enjuiciar a la gente de pueblo. Como dice un veterano notario, nunca se debe infravalorar a la gente de pueblo, porque el de la boina y el bastón suele estar más puesto en temas de legislación, sobre todo si es sucesoria, que mucho cateto de la capital, porque aunque no se sepa los artículos del Código Civil, tiene un sentido de la intuición que le lleva a la solución lógica.

Antonio Pulido (Castro del Río, 1965) fuma puros en la terraza de El Cairo como un rico faraón que todo se lo debe al PSOE y a su innegable habilidad para estar en el sitio adecuado y en el momento preciso. Paracaidista cordobés en la sociedad sevillana, sería el perfecto titular de la Cátedra de la Habilidad para impartir los cursos del I+D del culebreo. Pulido sabe moverse, nadie puede dudarlo. Es presumido, le gusta interrumpir una reunión o una conversación encendiendo la luz del escaparate de sus relaciones con el poder:“Perdonad, pero me llama la presidenta”. En eso se parece a Javier Arenas, cuando en cualquier reunión refiere que hace pocos minutos ha estado hablando con Rajoy, o hace dos días con Soraya Saénz de Santamaría. Si usted ha hablado con Pulido en los últimos dos años y no le ha comentado la de veces que Susana Díaz le consulta los temas, es que usted no es absolutamente nadie para Pulido, hágaselo mirar en el médico del seguro. A Pulido le pirran los puros y ronear de ser el introductor de la presidenta en esa sociedad sevillana en la que ni él mismo se mueve con toda la destreza que le gustaría. ¿Se han fijado alguna vez en que cuando Pulido llega a un acto es como esos conductores de coches de lujo que no saben dónde aparcar y que acaban siendo el foco de atención de todas las miradas por la de ruido que hace con los pisotones al acelerador?

Pulido tiene arte. Los responsables de La Caixa le endilgan el marrón de alquilar las oficinas de la Torre Pelli y él lo cuenta como un éxito más en su carrera. Dice que lo han nombrado nada menos que presidente de la sociedad que gestionará los alquileres de un rascacielos en la ciudad de los mil y un locales vacíos.
–Vamos, que lo han puesto de API…
–Eso mismo.

El gran mérito de Pulido es haber hecho piña juvenil con un secretario de las Juventudes Socialistas de Andalucía llamado Rafael Velasco; una secretaria de organización de las Juventudes Socialistas de Sevilla que atendía por Susana Díaz y un subdirector del Instituto Andaluz de la Juventud de nombre Mario y de apellido Jiménez. Aquella terna (Córdoba, Huelva y Sevilla) maquinó el asalto al poder del PSOE andaluz. El mismo Pulido lo ha contado alguna vez en una tertulia. Sólo faltaba la figura del financiero, por así decirlo. Y ahí estaba Pulido, que primero fue asesor del consejero Antonio Pascual y después director general de Inturjoven.

Un cúmulo de circunstancias, entre las que no se puede olvidar el factor de la suerte, llevó a Pulido hasta la presidencia de una caja de ahorros. A río revuelto, ganancia de Pulido. Desde la carroza de Cajasol fue dadivoso. Le encantaba que le pidieran favores, porque los favores generan hipotecas con intereses que fluctúan en función de los tipos. Y Pulido es un tipo de interés. Ver a Pulido en el coche oficial de todopoderoso presidente de una caja de ahorros era toda una experiencia. A veces mandaba parar el coche para saludar a alguien, sobre todo si se trataba de un catedrático de Economía como José María O´Kean.

Primero puso velas en el altar de Luis Pizarro. Después en el de José Antonio Viera. Y hoy las pone en el de Susana Díaz. Militante de la agrupación del PSOE en Nervión-San Pablo, cuentan que una vez lo saludaron a la voz de “compañero Pulido”, a lo que espetó:“Compañero no, presidente”. Y, claro, ésas son de las que se guardan. Como las guarda el que le pidió trabajo y fue tratado con desdén. La gente –suele ocurrir– tiene paciencia de escribano al ir rellenando las notas marginales del registro de la memoria.
Pulido tiene también afición por el alto clero. A su casa del centro de Sevilla invitó a almorzar a la presidenta con el arzobispo hispalense, en aquellos primeros días de Susana Díaz en el principal despacho de San Telmo. Tanto se alargó aquel mediodía que hubo que encender las lámparas. Yuna persona que telefoneaba no daba crédito: “¿Pero todavía estáis ahí?”

Pulido es rico. Eso dicen en el PSOE. También dicen que es débil con los fuertes (los de La Caixa) y fuerte con los débiles (el Bazar Victoria). También dicen en el PSOE que ahora está en horas bajas, pero no le dan la consideración del pato cojo, que es como los norteamericanos llaman al presidente que ya está en la puerta de salida de la Casa Blanca para dejar de censurar sus decisiones. A Pulido no le conceden esa misericordia porque tiene vitola de rico, procede de un pueblo y pertenece a un partido obrero. Tal vez no se ha hecho perdonar suficientemente los éxitos en la ciudad de la envidia, quizás no puso a tiempo el silenciador en algunas de sus actuaciones.

Hizo la Torre Pelli, vista por sus críticos como su mausoleo como financiero. Yen el pecado lleva la penitencia de buscar no sólo inquilinos para ella, sino inquilinos que sean fiables. Pulido podría escribir un libro gordo con la de peticiones de ayuda y de favores que ha recibido en ese despacho de presidente de caja de ahorros con más humo (de puro) que la delantera de un paso de palio. Ha disfrutado de barrera de postín en la plaza de toros y ha apoyado los brazos en el burladero de la empresa del callejón. Cuanto más cerca del presidente de Unicaja, Braulio Medel, mucho más contento, ¿verdad, Antonio?

La Fundación Cajasol no tiene la fuerza de una caja de ahorros. Es una carroza más pequeña y con muchos menos caramelos para repartir. Pero al menos sirve para estar incluido en el mailing de los actos sociales, es la plataforma para seguir codeándose con políticos, profesionales liberales y arzobispos. Si la torre es el mausoleo, la Fundación Cajasol es la FAES de Pulido, hecha a su medida como una de sus camisas blancas, como uno de sus trajes concebidos para disimular los kilos de más que a todos nos incomodan.

Nadie podrá negarle su habilidad. Es un superviviente nato al que a veces se le percibe desbordado en ciertas alturas. Tiene la costumbre de elevarse las gafas por encima de la frente para ver mejor de cerca mientras toma alguna nota, una práctica que el gobierno de Zoido quiere prohibir a los policías locales en el proyecto de reglamento que se negocia con los sindicatos por considerarla poco decorosa para los agentes de la autoridad. Pero Pulido puede seguir subiéndose las gafas. Él no es policía local.

Muchos de quienes lo azotan quisieran haber estado en aquella piña juvenil de jóvenes socialistas y quisieran haber tenido la oportunidad de presidir una caja de ahorros. Sevilla no perdona los éxitos y guarda las muestras de desdén en los altillos de la memoria para sacarlas en el momento preciso, cuando el pato cojea o el pavo real pierde brillo en la cola. Un día lo veremos investido como doctor honoris causa por cualquier universidad que haya tenido la valentía, por fin, de impartir el Máster en Habilidad como enseñanza de posgrado. Porque Pulido tiene mucho que enseñar. Y que agradecerle a Sevilla, esa ciudad que te da ventaja para que te creas alguien y el día menos pensado pulsa el f5 y apareces en la papelera de reciclaje.