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El albacea de Abengoa

Carlos Navarro Antolín | 4 de octubre de 2015 a las 5:00

José Domínguez Abascal
EN Sevilla se mantiene que el uso del “don” para dirigirse al interlocutor es propio de quien va a pedir ese favor que se obtiene del cajero automático, o a base de saber usar el sable con destreza. La versión actualizada del don como herramienta que allana el camino para suplicar un favor es el apodo cariñoso que sustituye al nombre de pila (del pato). Por esta regla no escrita, todo el que quiere hacerle la rosca a Joaquín Sainz de la Maza, futuro presidente del Consejo de Cofradías, le dice ahora Quino. La de gente que tenía tantísima confianza con Sainz de la Maza. Cuantísima gente habla de este macareno como si lo conociera del pupitre de la escuela.

–¿Cómo va lo del Quino Sainz de la Maza para el Consejo? ¿De verdad que va a ser el único candidato?

Lo mismo ocurre con otro Joaquín, Moeckel, que tiene dos apodos, el de Quino o el de Quinete, según la ojana que gaste el que quiera pedirle los abonos de sombra, la defensa jurídica en un pleito gordo (Santa Bárbara bendita del Arenal) o cómo salir de un entuerto jurídico cofradiero. Pese a que algunos lo conocemos desde hace décadas, tenemos la mala costumbre de llamarle Joaquín, pero gente que lo ha tratado quince minutos habla de este abogado como si desayunaran juntos picatostes en el Aero todos los días. Ocurre con abogados de postín como sucede con jueces pregoneros como Francisco Berjano, quien también es rebautizado en las tertulias como Kiko. Revístase Su Señoría de toga con puñetas para que alguien te ponga apodo de marca de tratamientos estéticos, o de hijo desocupado de tonadillera soberbia entre rejas.

–A mí me encantó el pregón del Kiko. Qué cosa más bonita. Hay que ver cómo disfrutó don Juan José, qué cara de felicidad.

¿Y qué me dicen del concejal Gregorio Serrano? Ahora que no ejerce tantísimas delegaciones como le endilgó Zoido –para después ponerlo en la lista electoral en un puesto más atrasado que las partes nobles de un galgo– ya no se oye tanto que si Gori para arriba, que si Gori para abajo, que si Gori viene a la cruz de mayo, que si Gori va a la entrega de premios que me lo ha garantizado Rafa Rivas. La de hermanos mayores que tenían tantísima confianza con Serrano y que de pronto la tienen con el socialista Cabrera, en una transformación que constituye todo un verdadero acelerador de partículas en versión local, que eso sí que es un acelerador y no lo que quisieron poner en la Cartuja de cara al 92. Y de culo al 93, que se decía aquellos años.

Con los llamados como el patriarca bendito ocurre tres cuartos de lo mismo. En Sevilla están Los Pepes, que no es restaurante de Matalascañas ni suena a hotel marbellí, como están los Pepines, Álvarez (del Amor) o Tristán (de la Banda de Tejera). Tenemos también un Pepote, presidente motero que fue de la Junta, y un Pepón, que ahora es presidente de Abengoa, al que las malas lenguas –envidiosas y maliciosas como son siempre las lenguas en Sevilla– llaman el cuchara de Palmatraz, porque ni pincha ni corta al ser su presidencia en Palmas Altas un cargo no ejecutivo.

José Domínguez Abascal (Sevilla, 1953) es Pepón para los amigos, compañeros de escuela universitaria, correligionarios de academia y desahogados que no lo conocen de nada pero que se dan importancia estos días. Y las señoras le meten el dedo en el ojo a los maridos.

–A Pepón lo han ascendido en Abengoa. Este hombre es imparable. Y tú no pasas de asociado en la escuela…

Domínguez Abascal es ese señor que parece pintado por Ibáñez, a lo Doctor Bacterio, cuando cruza la Plaza de la Alfalfa con una bolsa de supermercado en cada mano. La juventud son recuerdos de la Hermandad del Valle, de una casa de la calle Águilas donde una veintena de jóvenes (donde se integraba uno llamado José Moya Sanabria) invertían muchas noches en el estudio, de una mesa de ping-pong y de un beticismo que, al imprimir carácter, hoy conserva. Muy jovencito hizo las Canarias para llegar a Sevilla en pocos años como todo un catedrático. Dicen que es un buen tipo, niño predilecto del catedrático Javier Aracil. También cuentan que es como José Luis Manzanares pero por cuenta ajena. Nos explicamos: Manzanares fundó su propia empresa (Ayesa, por cuenta propia) y Domínguez Abascal se buscó una ya fundada (Abengoa, por cuenta ajena).

Casi nadie recuerda que este catedrático de Estructura asesoró la restauración del Giraldillo, de cuyo estado el primero en dar la voz de alarma fue el maestro mayor de la Catedral, Alfonso Jiménez. Una mañana de 1995, el presidente Chaves subió al Patio de las Azucenas para comprobar el estado de la Giganta, que estaba allí depositada para un primer estudio a fondo. Chaves iba acompañado por los canónigos Manuel Benigno García Vázquez y Francisco Navarro Ruiz, componentes junto a Juan Garrido Mesa del tridente rojo de la curia, dicho así por la evidente proximidad al PSOE que exhibían los tres clérigos. Quince días después de aquella visita, apareció en la Catedral el director del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH), Román Fernández Vaca. La Junta decidió hacerse con la restauración del Giraldillo, capitalizarla si cabe, siendo consejera de Cultura la muy frívola Carmen Calvo, la que, entre otras lindezas, se refería al Archivo de Indias como simplemente “Indias”. Y la Junta lo logró. Se constituyeron las comisiones de trabajo, aparecieron sesudos italianos y expertos varios en restauración y otras disciplinas conexas, entre los que se incluyó a Pepón, que los canónigos recuerdan hoy como un tipo educado, con encanto y cierta gracia. Con el paso de los años, la Calvo llegó a ministra de Cultura de ZP como se llega a los sitios según la escuela belmontina: degenerando. Y el Ministerio de Cultura, qué casualidad, concedió el Premio Nacional de Restauración a los trabajos efectuados en el Giraldillo, una especie de Premio Juan Palomo retroactivo. Por este motivo, a Domínguez Abascal le correspondieron unas cuantas hojas de la corona de laureles.

Manzanares metió a Domínguez Abascal en la Real Academia Sevillana de Ciencias, donde ingresó con un discurso en el que aparecía citado el arquitecto Marco Vitruvio Polión, una ceremonia celebrada en ese feísimo salón de actos de la Escuela de Ingenieros donde hay sillones de sky más propios de la sala de espera de un dentista de Los Remedios en los años ochenta.

Domínguez Abascal, pese a tener un currículum brillante en investigaciones y publicaciones, picó en el cebo de la política. Durante cuatro años fue secretario general de Universidades en la Junta de Andalucía, de donde al final salió regular, pues no está hecha la política, un mundo volátil, donde reina la improvisación y donde se viaja constantemente subido en una noria, para quienes conciben la vida como trabajo, método y disciplina. Lo mejor de este señor es que nunca se ha desvinculado de la Universidad, ni por estar en la Junta, ni por ser alto cargo de Abengoa. Nunca ha dejado la maravillosa tarea de dirigir tesis doctorales, ese contacto enriquecedor con los alumnos que apuestan por la investigación. Y eso dice mucho y bueno de su condición de catedrático, cuando otros, con sus posibilidades y sus relaciones sociales, hace tiempo que hubieran mirado con desdén la pizarra y se habrían sacudido el polvo de la tiza.

Pasó por el despacho de Alaya, donde se abonó a la ley del silencio, por estar sentado en el consejo rector de la Agencia Idea. Que ahora lo hayan nombrado presidente no ejecutivo de la multinacional Abengoa lo constituye en una suerte de albacea de los Benjumea, el buen administrador de la cuota sevillana que queda tras el desembarco de los bancos en el capital de la empresa. Pocos como Domínguez Abascal conocen en Abengoa eso que los americanos llaman el know how. Abascal es la garantía de que no habrá disparates, el hombre que inspira confianza a los que siempre han estado y a los que acaban de llegar. Y, por supuesto, la garantía de que la Universidad Loyola, que tanto debe a Abengoa, mantendrá cierto equilibrio a corto plazo, pues Pepón no deja de ser un rector en la sombra, el alto y severo ciprés que los Benjumea plantaron en el campus ignaciano donde muchos investigadores encuentran más opciones de progresar que en las endogámicas universidades públicas. Justo es reconocer que gracias a su perseverancia hay ya dos disciplinas de ingenierías en la Loyola. Y más que habrá.

Mano derecha de Felipe Benjumea, en Abengoa no se tomaba una decisión técnica sin su conocimiento. Ahora que es presidente, se hartará (aún más) de recibir las peticiones de trabajo de los hijos de todos esos amigos que a uno le salen de pronto en Sevilla cuando las circunstancias lo colocan en el machito y el acelerador de partículas convierte a Pepón en Don José.

El retorno a los orígenes

Carlos Navarro Antolín | 12 de julio de 2015 a las 5:00

José Moya Sanabrioa
OCURRIÓ el pasado Martes Santo. Los primeros tramos de la cofradía de Los Estudiantes estaban formados, encendidos los cirios y puestos los antifaces. Por megafonía se dirigía una oración. Y de fondo sonaba un runrún muy lejano de nazarenos que respondían a la lectura de la lista por parte de los diputados. La cruz de guía miraba hacia la puerta aún cerrada de la vieja fábrica de tabacos, escoltada por cuatro nazarenos rectos, dispuestos ya para recibir el fuego de la tarde. Un nazareno aún descubierto se acerca a uno de esos hiératicos y silenciosos nazarenos escoltas.

–¿Eres Pepe, verdad? El nuevo Rey visitó ayer tu empresa, vaya pelotazo. Hace poco te vi de cena en la misma mesa que Felipe González, protagonizas foros de opinión y los resultados económicos de tu compañía salen en el papel salmón… ¿Qué te falta ya en Sevilla, Pepe?
Y aquel nazareno mudo, que no movía la cabeza, que no desviaba la mirada del frente y que mantenía esa figura recta que es sello de toda silueta de negro, acertó a musitar:

–Me falta que me embista un toro en la Maestranza.

José Moya Sanabria (Sevilla, 1953) es presidente de Persán y ganadero de vocación tardía. De chico le debieron preguntar qué quería hacer con su vida:“Montar un imperio para volver a ser un niño”. Y Persán es hoy ese imperio que creó de la ceniza. La inmensa mayoría de sevillanos ignora la proeza empresarial de Pepe Moya, que antes de reflotar la compañía fue jefe de personal del Ayuntamiento del socialista Manuel del Valle. Tenía que montar el imperio para cumplir su sueño. El camino era largo, pero todo buen sevillano sabe que en las bullas de la vida, como en las de Semana Santa, se tarda menos cogiendo la curva que tratando de tomar la recta.

Tiene la habilidad de no darse nunca un martillazo en los dedos, ni de pegarse un tiro en el pie. Calculador y organizado, no gasta ojana. De voz tronante, capaz de escrutar a todos los asistentes a un acto con un barrido de mirada, y con un punto de vehemencia, sobre todo si toca hablar de los problemas del Betis. Tiene una fuerza de voluntad certera a la hora de controlar la ansiedad que lleva en el ADN. A Pepe Moya le gusta comer desde que era niño. Es de la Cofradía del Acordeón, que pierde y gana peso según períodos, por lo que debe tener dos armarios en función de si el cuerpo tiende a ser de picador o de banderillero.

Criado en la disciplina y la austeridad, con un físico más corpulento que espigado por ser más Sanabria que Moya, se colocaba enfrente de la despensa de la casa familiar al término del almuerzo para forzar que su madre –que jamás revelaba su edad– le diera más de comer. Al ver un día que su demanda no era satisfecha, el niño José se hizo con el DNI de su madre, que tuvo que ceder para que no revelara el dato más celosamente guardado.

Levantó un imperio a base de tesón y de convertir la ansiedad en fuerza productiva. Cada vez que un español pone el lavavajillas o conecta la lavadora, usa un producto fabricado en sus dominios en un 90% de los casos. Si otros sevillanos hubieran hecho la mitad que Pepe Moya, estarían en la cola del Palacio de San Telmo y de la Plaza Nueva reclamando una calle en el nomenclátor, medallas y homenajes, andarían subidos en los enganches de la vanidad y estarían mirando por encima del hombro al resto de los mortales.

El verdadero lujo que se permite quien ha triunfado en la vida es la crianza de toros bravos en El Parralejo (Zufre), donde hay un ventanal privilegiado desde el que se otea media Sierra de Huelva. Los toros son su lujo, porque los toros al fin y al cabo comen en la dehesa, pero también se comen parte de los beneficios de los detergentes y suavizantes. Los toros se llevan ahora los mimos de un empresario que ha dado un paso atrás en Persán para retornar poco a poco a los orígenes, para retomar sin decirlo la senda de su padre, don Juan Moya García, maestro de abogados y persona de máxima confianza y prestigio en la curia y en las cofradías. Ahora, este sevillano de ojos claros y gesticulación elocuente, deja asomar el perfil más intimista, desprovisto ya de la coraza de acero de la que se revistió para crear un imperio empresarial del sector químico. Ha logrado vivir en la casa donde nació, donde ha habilitado su despacho en el mismo sitio que lo tenía su padre. Se ha hecho hermano de la Caridad, donde cumple con sus obligaciones asistenciales con los acogidos de Miguel Mañara, como hacía su padre. Vuelve a citarse con la memoria cada Martes Santo como nazareno en la Lonja de la Universidad, la cofradía a la que tantas horas de trabajo entregó su padre. Y hasta buscó en Portugal la tela apropiada para hacerse un traje de mil rayas en O´Kean, como el que tenía su padre.

Uno de sus lemas es que Sevilla debe cultivar sus valores tradicionales, adaptados a la modernidad, la innovación y el progreso. No tiene complejos en defender la Semana Santa en reuniones hostiles donde se emiten jucios desde la frivolidad y el prejuicio. Se rebela muchas veces contra la indolencia de los sevillanos, incapaces de organizar un homenaje al Cardenal Amigo, cuyo pontificado duró casi treinta años.

Hubo un tiempo en que los cantos de sirena de la presidencia del Betis sonaron fuertes en los oídos de este empresario. Muy fuertes. Fue elevado a la condición de esperanza blanca de un club que entonces sufría los estertores del loperismo. Era el hombre de consenso. Pero cuentan que quien bien lo quiere se opuso con firmeza a la aventura.

Puede vivir en palacios, pero prefiere el dormitorio de la infancia. Presume mucho menos de lo que podría hacerlo. Dicen que si pidiera una nota simple de todos sus inmuebles, habría que cambiar el tóner de la impresora del Registro de la Propiedad.

Cuentan que ante una mesa cargada del mejor marisco, trufada con cestillas de patatas fritas y cuencos con aceitunas, se tira hacia las patatas con pasión indisimulada. Son su perdición, el punto débil de quien es capaz de frenar la ansiedad de fumar hasta dejarlo, y de reprimirse al comerse las uñas, pero que pierde los estribos ante un buen paquete de patatas fritas.

Fabrica suavizantes pero no tiene nada de suavón. Cuando España se metía en el túnel de la crisis económica y pisaba la raya del rescate, Persán seguía recogiendo los frutos de la cosecha de años de trabajo de quien entiende la condición de empresario como un sacerdocio.

La vida es disfrutar de un aperitivo en el entorno de la Puerta Jerez, de un almuerzo en una sociedad gastronómica de Bilbao con un menú a base de cabrito, cocochas, merluza, pimientos del piquillo sin relleno y chipirones; de una tertulia bética con Gerardo Martínez Retamero; de una carroza de Gaspar desde la que lanzar caramelos a su hermano Juan, y de la melodía de una canción de Serrat.

Ahora hay que criar toros que embistan en la Maestranza y hay que cumplir con los ritos de la memoria. Ahora hay que disfrutar del azul Contratación que tiene el cielo de la plaza cada noche de Martes Santo para hacer el fondo de lienzo perfecto del Cristo menos divino por más humano. Ahora hay que clavar cada día los lirios morados en el monte del recuerdo de una fotografía sepia donde aparece un simpático monaguillo regordete junto a un nazareno adulto. Ahora que el imperio tiene cimientos fuertes, los clarineros de la vida cambian el tercio y disponen disfrutar de todas esas cosas pequeñas que suponen el retorno a los felices orígenes. Y quién sabe si un día hasta hay un toro que mete la cara en la Maestranza y este sevillano tenaz forma otro lío gordo.