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El andaluz inglés

Carlos Navarro Antolín | 8 de mayo de 2016 a las 5:00

LUIS URUÑUELA
EN Sevilla hay gente que sabe hablar sin voz tronante y que sabe ir vestida en tiempos de calores sin necesidad de hacer el indio, enseñar las uñas de los pies o emitir olores de autobús en hora punta. Sí, las hay. Son de una cofradía civil selecta por minoritaria. A este tipo de gente los llaman señores hasta los que tienen pinta zarrapastrosa. Es curioso. Es un ejemplo de autoexclusión inconsciente. Estos señores, como así los llama la gente, han estado incluso en la política, que hoy es un cultivo idóneo para los sin oficio, los de pensamiento epidérmico y los cautivos del titular del periódico digital que cambia cada dos minutos a golpe de f5. En Sevilla hay sevillanos que no lo parecen porque no pegan voces, no anidan en la crispación cotidiana, no tratan de colarse al subir al tranvía, no exhiben los sobacos en agosto, no descansan los pies en lo alto de un velador, dejan pasar al público en una bulla de Semana Santa y no tratan de aparentar ser catedráticos de todas las materias. Los sevillanos que no parecen serlo pueden ser quizás los mejores sevillanos, estirpe de la mejor estirpe, que diría el pregonero cursi, una especie de aristocracia que habría que proteger como linces de Doñana. Aman la ciudad, viven la ciudad, están dentro de la ciudad a todos los efectos, pero no te dan la vara cada cinco minutos, ni su intenso grado de integración impide una visión más allá de los límites del tranvía más corto del mundo.

Luis Uruñuela (Sevilla, 1937) es uno de esos sevillanos que no lo parecen. Encaja más bien en el perfil de un andaluz inglés. Un inglés andaluz en meses de abrigo y en tiempos de mercurio alto. Fue alcalde de 1979 a 1983, cuando el Ayuntamiento pagaba nóminas a gente que literalmente no aparecía nunca por su puesto de trabajo. Un Ayuntamiento en bancarrota en una ciudad por revitalizar, donde todo estaba por hacer y donde existían dos fuerzas descaradas que presionaban en sentidos opuestos. Unos no querían que nada cambiara, veían rojos peligrosos con tridentes y cuernos en cada esquina, y otros apostaban directamente por irrumpir en las instituciones, destrozar todo lo anterior, incluido lo que de bueno pudiera haber. Uruñuela fue la moderación necesaria en tiempos convulsos, en una ciudad de casitas bajas, sin instalaciones deportivas, con una Carretera de Carmona colapsada por el tráfico de Huelva y Madrid, un parque móvil donde el Seat 127 era el reyezuelo de la selva entre autobuses azules y blancos con franja roja, y todavía elegantes taxis negros con franja amarilla. Resulta curioso hoy que aquel alcalde señor fuera visto como una amenaza por los sectores conservadores, que tuviera que soportar que algunas cofradías no hicieran la parada de respeto a que están obligadas ante la presidencia de la ciudad en la Plaza de San Francisco. Pero aquella ciudad no comprendía entonces que Uruñuela, procedente de los movimientos de Acción Católica, se hubiera entendido con los comunistas, como pocos años después no entendió que monseñor Amigo vendiera San Telmo al rojerío del PSOE.

Stefan Zweig dejó escrito en Momentos estelares de la humanidad que hay instantes que tienen una trascendencia irrevocable. Un “sí”, un “no”, un “demasiado pronto” o un “demasiado tarde” pueden cambiar de forma definitiva la vida de una persona, la de una sociedad e, incluso, la de la historia. Corría el año 1979 cuando el resultado de las elecciones municipales dejó abierta la posibilidad técnica de un acuerdo entre las fuerzas de izquierda para hacerse con el control de los ayuntamientos de las capitales andaluzas. El PSOE de José Rodríguez de la Borbolla, en adelante Pepote, el PSA de Ladislao Lara y Alejandro Rojas-Marcos, y el PCE de Fernando Soto negociaban para dejar fuera de los sillones a los candidatos de la UCD de Suárez. O todo o nada. O puerta grande o enfermería. El PSOE estaba dispuesto a garantizarse la Alcaldía de todas las capitales menos la de Sevilla, la cual cedía a los andalucistas a cambio de que éstos permitieran al PSOE coger el bastón de alcalde de Granada. Un cambio de estampas en blanco y negro que hoy pasaría por un juego de tronos a todo color. Pepote andaba una tarde de negociaciones con los comunistas en la sede de la calle Teodosio cuando decidió telefonear al secretario general de su partido, Felipe González, para reclamar la bendición superior a los pactos de izquierda. Felipe dio el visto bueno a todo. No puso un pero. El socialista Rodríguez Almodóvar, cabeza de lista municipal, se tendría que conformar con la primera tenencia de Alcaldía y ceder la vara de mando al andalucista Uruñuela. Pepote tenía claro que Sevilla acabaría cayendo bajo el control del PSOE más pronto que tarde, como así ocurrió. Felipe remató aquella conversación sin ningún atisbo de pena por perder la plaza de Sevilla: “Además, Uruñuela será un buen alcalde”, sentenció. Minutos después, Alfonso Guerra, vicesecretario general del PSOE, trató de localizar a Pepote para deshacer el acuerdo. Pero Pepote no se puso al teléfono. Guerra insistió, buscó intermediarios en tiempos en los que no existía la telefonía móvil.

–Pepe, que es Alfonso, que quiere hablar contigo, que te pongas por favor.
–No me voy a poner. Ya sé lo que quiere y yo ya he hablado con Felipe.

En la trayectoria de Sevilla, de Uruñuela, del PSOE y del PSA, aquel fue un momento estelar. Si Pepote se hubiera puesto al teléfono, la probabilidad del vuelco se hubiera disparado, los acuerdos políticos podrían haberse deshecho, la historia, en fin, podría haber sido otra muy distinta. Pero dejó a Guerra esperando. Y Uruñuela comenzó una etapa de cuatro años en los que sufrió. Vivió el gran momento de recibir al Papa Juan Pablo II; pero también las zancadillas de su primer teniente de alcalde, que dicen que aprovechaba para sentarse en el sillón principal del Pleno tan pronto como Uruñuela se ausentaba por el menor motivo. A Uruñuela le dieron por todos lados: sus supuestos aliados políticos, la ciudad que no quería modificaciones sustanciales ni en su vida cultural (que era un páramo en los estertores del franquismo) ni en sus fiestas mayores. Soportó el bochorno de una caseta municipal abierta a todo el público, un público que interpretó a su particular manera el todos somos iguales de la democracia recién estrenada, y tuvo que remangarse y poner orden al año siguiente para impedir ciertos espectáculos poco edificantes bajo las lonas. El modelo de Feria actual procede en buena parte de los cambios impulsados en aquellos años.

Una decisión que refleja con nitidez el talante de este alcalde es que siguió vistiendo el frac en el cortejo de la Hiniesta, como habían hecho sus predecesores. No quiso romper con la etiqueta de mayor gala usada por los alcaldes en ciertos actos. Siempre tuvo claro que la institución estaba por encima de cualquier coyuntura y que los cambios debían ser con sosiego. Tenía quizás una visión utópica del poder. Se encontró arañas en la tesorería, por lo que no pudo pagar las subvenciones a las cofradías. Se inventó entonces el modelo que sigue hoy en uso. El Ayuntamiento no paga de forma directa, pero cede el espacio público para que las cofradías lo exploten mediante la instalación de sillas y palcos. El Ayuntamiento se libró del mochuelo y las cofradías quedaron contentas.

La infancia son recuerdos de una casa familiar donde la Semana Santa estaba ligada a San Roque y Los Negritos con cortejos de menos de 300 nazarenos. La juventud son recuerdos de una sólida amistad con Felipe González. Sus respectivos padres ya se conocían. Uruñuela tramitó los papeles para la boda de Felipe con Carmen Romero, pero no intervino como apoderado en la ceremonia, tal como aseveran algunos tratando de crear leyenda. La vida son recuerdos del SEU en la Facultad de Derecho, de un activismo dentro del régimen, nunca desde fuera. Son años de colaboración con el cardenal Bueno Monreal promoviendo foros de pensamiento donde quedó frustrado el intento de traer como invitado al discutido filósofo José Luis Aranguren. La vida es creer en una Andalucía dentro de España, un nacionalismo no excluyente y, por tanto, nunca asimilable al separatismo catalán o el vasco. La vida son recuerdos de un concejal de Cultura y Fiestas Mayores, José Luis Ortiz Nuevo, de aspecto desaliñado y que solía llegar tarde a los actos para enojo del alcalde. La vida es tener claro que en tiempos convulsos lo que se precisa, sobre todo, es que el edificio del sistema no se caiga y, en definitiva, evitar la acción de los bochincheros y alborotadores. La vida hoy es seguir al frente de la escuela universitaria que creó como centro de nuevas profesiones tras dejar la política. Si cada político en retirada fundara una empresa como la que levantaron Uruñuela y Nicolás Valero, el paro en España no abriría los teledarios. Qué poquito tiene que ver Uruñuela con el niñateo zarraspastroso de la política de hoy, las fotos de mariscadas pantagruélicas, los paseíllos por los juzgados, los papagayos del argumentario y los gabinetes que diseñan cómo hay que repartir los abrazos. La vida hoy es un palco en primera fila en la Plaza de San Francisco, único legado que le queda como alcalde, donde este inglés andaluz se mantiene de pie al paso de una cofradía de la vida donde no han faltado las cruces más dolorosas ni los cirineos más fieles.

La fe y las milhojas

Carlos Navarro Antolín | 20 de diciembre de 2015 a las 5:00

ANTONIO OJEDA
HAY obispos y cardenales que no pueden ocultar el cura de pueblo que llevan dentro por muchos oropeles que luzcan y por muchos secretarios y gentileshombres que revoloteen a su alrededor. En muchos momentos hasta se entristecen en la fría soledad del mando y buscan el calor del hogar de ese feligrés que siempre tiene un cubierto disponible para el sacerdote. Hay altos directivos de empresas a los que se rasca el Dustin multiusos y siempre aparece el espíritu del currelante que fueron en sus inicios, siempre dejando la mesa ordenada cada viernes por la tarde, con todo el material a punto para arrancar la jornada del lunes con la mayor diligencia y oficio. Hay gerentes de hospitales que, consagrados a la política sanitaria, política al fin y al cabo, echan de menos mirar a los ojos del paciente, ejercer la técnica del diagnóstico y vivir la satisfacción que proporciona la sanación del enfermo. Hay directivos de emisoras de radio que un día fueron reporteros y que hoy estudian ajustes de plantilla mientras añoran el micrófono, hay altos mandos militares encadenados a la melancolía de un despacho a los que el gusanillo de las maniobras en Cerro Muriano o Montejaque siempre provoca inquietud, el movimiento de ese gusanillo del que hablan los toreros de coleta cortada. Hay un momento en toda vida profesional que el ascenso en el escalafón supone el alejamiento de ese oficio vocacional por el que el profesional se siente realizado, alcanza la dignidad y consigue ser lo más importante: persona. La subida, ironía del destino, aleja de la vocación y supone, siempre, una aproximación a la política.
Antonio Ojeda Escobar (Escacena del Campo, Huelva, 1941) es notario de profesión, socialista de carnet por la provincia de Jaén, pues ejerció de fedatario en Villacarrillo, donde coincidió con un joven juez llamado Baltasar Garzón; y entre sus pasiones, además de la vida pública en los años más intensos y románticos de la política contemporánea española, figuran dos por notoriedad, nunca mejor dicho: la lectura y los dulces.
Un día sonó el teléfono de un importante abogado sevillano.
–Te llamo porque tú eres buen amigo de Ojeda, el notario. Es que estaba esperando un taxi en la Magdalena y me he quedado muy extrañado. He visto cómo tu amigo se ha pasado un rato largo mirando un escaparate con mucho interés, muy concentrado.
–¿Antonio? Estaría viendo si hay trencas nuevas en Derby.
–No, no… Se ha pasado veinte minutos contemplando los dulces de la confitería de al lado.
Antonio Ojeda ama los libros, el recorrido pausado por las estanterías de ensayos, tanto como las milhojas de cubierta rosa de Ochoa. Se sigue concentrando ante las páginas de un tomo sobre filosofía o pensamiento con la paciencia de un opositor. Y disecciona las milhojas con precisión de cirujano: la capita rosa para un lado, el hojaldre para otro.
El PSOE ha tenido su capellán, que era el inolvidable Manuel Benigno García Vázquez, como tiene su tabernero, Juan Robles, y como tiene su notario de referencia, que es este don Antonio que nunca ha cobrado aranceles ni a los partidos políticos, ni a hermandades, ni a congregaciones religiosas de cualquier tipo. Probablemente sea el último socialista con trenca y pantalón de pana en los días de invierno, de invierno en el calendario y de invierno para un partido que se va poco a poco calentando como el planeta, sin cumbre posible que busque acuerdos para enfriar algunos ánimos desesperados. Ojeda ha formado parte de la jet del PSOE de los años de la Transición, gente que sigue siendo leal a las siglas del partido cuando son requeridos para alguna consulta, pero que difícilmente encontrarían hoy encaje en una política controlada por los aparatos, con jovenzuelos trepando con cuchillo en boca, brincando de machito en machito, acabando la carrera de Derecho a golpe de recomendaciones, y con mucha militancia de escaso nivel cultural y de excesiva beligerancia en las redes sociales. Expresado en un brochazo: Ojeda no es hombre de esas cosas.
La política no es hoy el lugar para los hombres cultos, de espíritu inquieto, ni por supuesto para los deseosos de ganar dinero. Dijo Rajoy en el cara a cara tabernario, de serrín y colillas en el suelo, que cuando más dinero ha ganado en su vida fue en el ejercicio de su profesión: registrador de la Propiedad. El gallego ha estado siempre corto de guita, como todo político. Que le cuenten a Ojeda el coste que supuso dejar la notaría varios lustros para ser desde viceconsejero a presidente del Parlamento de Andalucía –sesión constituyente en el Alcázar incluida– pasando por senador y muchos otros cargos. Hasta que se fue para no volver. Se marchó de la política para volcarse en su profesión. No había puerta giratoria, sino un puesto de trabajo ganado en años de estudio a la luz de un flexo en la pensión. Olvidó la vida de partido.
Dicen que en los años del boom inmobiliario había que pedir la vez en una notaría con más colas que una tienda de capirotes de Alcaicería en cuaresma.
–A este hombre tiene que irle muy bien. Aquí tienen que entrar tela de jurdeles.
–Pero de donde de verdad saca es de la reventa de los paraguas olvidados…
La vida es un cinco de enero en la cola de Ochoa para recoger el roscón de reyes. Son tres abonos en el balconcillo de sombra de la plaza de toros, desde cuya baranda casi se sale por culpa de los pies clavados en el albero de José Tomás ante un torrealta. La vida es un consejo a los alumnos que prepara sin cobrar un euro: “La vida de opositor es una vida de cabrón, hay que salir de ella cuanto antes”. La vida es la admiración discreta de la belleza:en la serenidad del rostro de una mujer, en el dibujo de un cuadro hiperrealista, en el tiempo detenido de la faena a un toro. La vida es un paseo por la calle Velázquez camino de La Casa del Libro. Una larga charla con Pepote Rodríguez de la Borbolla, que para eso Ojeda es una suerte de presidente de la apócrifa Asociación de Amigos de Pepote, donde hay gente de pelaje ideológico tan variado como un encierro de Prieto de la Cal. Y la vida, ay, son tardes de Semana Santa con Juan Moya Sanabria, su director espiritual en la sombra de la amistad, como son caminos del Rocío, siempre a pie, con Pepe Moya, Jaime Artillo y El Triana.
Por muchos altos vuelos que haya dado este veterano del Derecho, compañero de aula de Felipe González y Gerardo Martínez Retamero. Por muchos despachos de ministros que haya frecuentado como máxima autoridad del notariado español, negociando nuevas leyes y ganando competencias para el gremio. Por muchas ceremonias académicas con frac que haya vivido, por muchas audiencias con pontífices romanos en las que haya estado, por muchos cargos que haya desempeñado, incluso en su amado Real Betis Balompié, y por muchas últimas voluntades de grandes personajes que haya recogido en testamento, este maestro de notarios será siempre un hombre de pueblo que se pierde por un guiso, sobre todo de garbanzos de Escacena; por la cola de toro desmenuzada, por los tacos de ibérico que sólo cortan para él en casa de Enrique Becerra, cuando la pata es casi todo hueso, que es justo cuando sale el jamón más sabroso, y por los ferrero rocher de postre de Trifón. El hombre de pueblo con trenca y gorra, con la bolsa de la Casa del Libro en una mano y la de Ochoa en la otra. El hombre de pueblo que sigue teniendo cuenta abierta en Cañete, modalidad de pago en desuso. El hombre de pueblo que abre el despacho el sábado y el domingo, como un tendero de confianza, para firmar las escrituras de urgencia, o para tomarle temas a un opositor.
La infancia son recuerdos salesianos. La juventud es la forja del opositor en la austeridad de una pensión. La madurez son las luces y sombras de la política. El libro, la fe pública, la milhoja. El PSOE, el Betis y la trenca. Oír, firmar y callar.
Ama tanto los libros, que literalmente les puso un piso. Tiene una vivienda exclusivamente dedicada a la guarda y custodia de libros. Rajoy pierde dinero en política. Ojeda nunca revendió los paraguas. El hombre camina con un leve balanceo y a la velocidad marcada de un paso de palio de cofradía seria. Por detrás, un currículum de estudio, exento de intrigas. Por delante, libros que seguir leyendo. Y en una bolsa, una bandejita de milhojas para endulzar una tarde de fútbol o, simplemente, la existencia.

El cardenal libre

Carlos Navarro Antolín | 9 de agosto de 2015 a las 5:00

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AQUEL mediodía del 25 de noviembre de 2009 el guardia de seguridad del palacio abrió la verja para que saliera por última vez el coche de carrocería metalizada que por seguridad tenía asignado monseñor Amigo (Medina de Ríoseco, Valladolid, 1934) desde hacía años, desde los tiempos en que los encapuchados de la serpiente, escocidos por su valiente homilía en el funeral de Jiménez Becerril en 1998, le dejaron en el buzón una amenaza con los gráficos de sus recorridos habituales. Al volante iba el fiel y eficaz secretario personal, Pablo Noguera, que tiró por Mateos Gago para salir del casco antiguo y tomar la salida hacia Madrid. Al dejar la circunvalación de Écija, el cardenal mandó parar el vehículo. Una breve pausa sirvió para telefonear a un amigo personal, de los escogidos que participaban en el almuerzo privado de cada festividad de San Carlos Borromeo: “Sólo para anunciarte que en este justo momento salimos del término de la diócesis de Sevilla”.

El cardenal se fue demasiado pronto. Una cosa es que todos los prelados están obligados a presentar su renuncia al Papa al cumplir los 75 años, y otra muy distinta es que se le acepte en menos tiempo que se hace un café expreso. La Iglesia de España estaba hipercontrolada entonces por un personaje que despierta escasas simpatías hasta entre muchos católicos: el cardenal Rouco Varela. El cardenal Amigo siempre ha sido un verso libre en sus casi 30 años de titular de la archidiócesis hispalense. No se alineó nunca con sectores específicos de la Conferencia Episcopal, menos aún con la línea dura que combatió contra Zapatero alternando las pancartas contra sus leyes sobre el matrimonio homosexual y el aborto, con las tazas de caldito en la Nunciatura para limar asperezas. Baste un detalle: Don Carlos no fue a concelebrar una misa por la familia convocada en Madrid como acto masivo contra las políticas del gobierno socialista en los años de las cejas. Tampoco acudieron destacados sacerdotes de la diócesis, que incluso no ocultaron sus opiniones críticas con el proceder de Rouco.

Tan libre se ha sentido que siendo obispo de Tánger, el gobierno de Franco le indicó que no era conveniente que recibiera con mucho boato a Don Juan de Borbón. No hizo caso de la directriz. Muchos años después, dicen quienes saben que Don Juan le advirtió a su hijo, el ya Rey Don Juan Carlos, que no debía quedar en el olvido el trato afectuoso que Don Carlos Amigo siempre dio a la“familia” en tiempos de turbulencias. La Casa Real fue clave para un ascenso insólito: de Tánger a Sevilla.

Esa libertad de acción –que le llevó a “comprender” las huelgas generales y a solicitar leyes justas para los transexuales– pasó factura a este fraile que llegó a Sevilla procedente de Tánger recién terminado el Mundial de Naranjito. Su primer secretario fue el hoy canónigo Ángel Gómez Guillén, en cuyo Seat 127 de color amarillo sin aire acondicionado se recorrió aquel verano los pueblos de la diócesis. Tan libre se ha sentido siempre que en Tánger presidió el funeral por Francisco Franco y en su primera etapa en Sevilla quiso ir a conocer personalmente al cura Diamantino, líder jornalero, fundador del SOC y encasillado en las antípodas de la ortodoxia católica. Monseñor Amigo y Diamantino entablaron amistad, cultivada en almuerzos preparados por la madre del conocido como “cura de los pobres”. Diamantino murió con 51 años. Don Carlos presidió un funeral masivo en la Parroquia del Cerro, con los bancos repletos de jornaleros de Martín de La Jara y Los Corrales, dirigentes y militantes de Izquierda Unida y del PSOE, y con Soledad Becerril entre ellos. En la homilía defendió su forma de entender el ejercicio de su ministerio pastoral: “Las opciones de Diamantino permanecerán vivas como opciones a imitar”.

Nunca dejó de ser fraile en sus años en Sevilla. Se levantaba a las 05:30 y acudía al comedor entonando oraciones que recreaban el ambiente de un refectorio monacal en un palacio barroco.

Mandar ha mandado mucho. Con energía y cuota de genio. Cuando se enojaba, siempre se le pasaba rápido y se refería con humor a que tenía una “tarde vallisoletana” en contraposición al carácter “trianero” del interlocutor con el que hubiera tenido la discusión. Con el poder socialista se ha entendido siempre con armonía, hasta el punto de provocar ceños fruncidos en la Sevilla más conservadora. Otra muestra de su libertad de criterio fue sentarse a negociar la venta del Palacio de San Telmo, una operación que se bautizó como cesión institucional del Palacio a la Junta de Andalucía, pero que destacados expertos en Derecho siguen considerando que se trató de un negocio de “difícil calificación jurídica”, pues, entre otras singularidades, hubo que saltarse la voluntad de la Infanta María Luisa de Orleans –expresada en su testamento– que cedió San Telmo a la Iglesia de Sevilla en 1896 siempre y cuando sirviera como centro de formación para los futuros sacerdotes. La Junta y el Arzobispado protagonizaron unas negociaciones complejas. A un lado de la mesa, Javier Torres Vela, por la Administración autonómica. Al otro, el canónigo Manuel Benigno García Vázquez, miembro del “tridente rojo” de la Diócesis (junto a los inolvidables Juan Garrido y Francisco Navarro). El Vaticano tardó en emitir un dictamen favorable a la enajenación del palacio. El Cabildo Catedral, para colmo, se pronunció en contra de la venta (19 votos en contra, siete a favor y uno en blanco, más un precioso voto particular de Gil Delgado , un texto considerado como una joya de la fundamentación jurídica). El clero local vivía su particular cisma. Quizás ha sido la última vez que el Cabildo –históricamente celoso de su autonomía– se ha opuesto a los planes de un arzobispo. El presidente andaluz, José Rodríguez de la Borbolla, comenzó a impacientarse. La negociación se atascaba. Cada día aparecía una piedra nueva en la travesía. Cogió el coche oficial y se plantó en el Palacio Arzobispal. Don Carlos lo recibió con toda amabilidad y le dijo que sí, que la cosa iría hacia adelante, que ya se irían moviendo los papeles. Pero Pepote no se reprimió:

–Verá usted, Don Carlos. Ocurre que usted gobierna para la eternidad y yo para cuatro años. Y ocurre que detrás de usted vendrá otro como usted que los domingos seguirá leyendo las mismas circulares que usted. Pero detrás de mí no sé yo quién vendrá ni lo que leerá o dirá, así que o cerramos nosotros la operación, o…

Y en 1989, un año antes de que Pepote dejara la Presidencia, se firmó una venta maquillada como cesión. La Sevilla Eterna se echó las manos a la cabeza. ¡Un arzobispo entregando el Palacio de San Telmo a los rojos! Entre las contraprestaciones hubo mil millones de pesetas como dotación inicial de la Fundación Infanta María Luisa. Los patronos de esta entidad eclesiástica pusieron a rentar el dinero en un fondo de inversión de alta volatilidad gestionado por el BBVA privanza. Una pequeña parte de los fondos se fueron a cierta isla conocida por ventajas fiscales de las que conducen a otro tipo de paraíso. Cuando trascendió la información, monseñor Amigo, lejos de enojarse, aludió a la parábola de los talentos. La verdad es que pocas veces se ha molestado con la prensa por delicadas que fueras las informaciones. Sigue teniendo buena prensa y ha sabido siempre hacer uso del tremendo eco que genera haber sido titular de la Sede de San Isidoro.

Con los años, por cierto, el cardenal se ofreció a presidir la boda de Pepote con Gracia ante el Cristo del Calvario, en la intimidad de una Magdalena a solas, sin invitados ajenos a la familia. “Así deberían ser todas las bodas”, le dijo al ex-presidente.

En las vitrinas de su largo pontificado hay imágenes de dos estancias del Papa en su casa (1982 y 1993), una boda real (1995), la venta de otros bienes inmuebles como la Escuela Francesa, una designación como cardenal (2003), una homilía en al altar mayor de la Catedral, con el Ejecutivo de Aznar en primera fila, que por su contundencia dejó en evidencia al entonces ambiguo y pusilánime clero vasco; la participación nada menos que en dos cónclaves en la Sixtina; un puñado de libros, decenas de premios, reconocimientos y coronaciones…

La vida es mantener a toda costa la hiperactividad que es marca de la casa. Por la mañana, confirmando jóvenes en una parroquia de barrio, a mediodía en un almuerzo en una casa particular y por la tarde saliendo a la provincia a presidir una función principal. Cuando se fue de Sevilla, se llevó el especial cariño de dos colectivos: los presos a los que visitaba con frecuencia, y el reconocimiento público de colectivos de gays y lesbianas que le concedieron el premio Arco Iris en 2006 . Hasta Carla Antonelli, que no es precisamente de altar y coro, lo despidió agradeciendo públicamente sus opiniones favorables a un trato serio –“sin frivolidades”– hacia las personas de distinta condición sexual.

Si el Papa Francisco se hubiera revestido con sotana blanca unos años antes, muy probablemente no se hubiera producido un relevo exprés como el que se vivió en la diócesis de Sevilla, pues todo cardenal disfruta de tres, cinco y hasta siete años de prórroga al frente de la diócesis.

Un día le preguntaron en la intimidad de un despacho qué pasaría si al cerrar para siempre los ojos resulta que no sólo no aparece Dios, sino que no hay nada.

–Pues que me quiten lo bailado. ¡Y menudo baile es vivir con el gozo de la fe!

El aparato ilustrado

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2014 a las 5:00

ALFONSO GUERRA
DECÍA Javier Arenas que la falta o carencia de poder se nota en el número de ramos de flores que llegan al hospital al nacer un hijo. Él supo bien lo difícil que era encontrar jarrones para más de treinta ramos y lo cómodo que resultó bastantes años después hacer sitio a simplemente dos en lo alto del televisor. A Alfonso Guerra (Sevilla, 1940) hace tiempo que no acude la cuadrilla a recogerlo los viernes por la tarde al aeropuerto de San Pablo. La cuadrilla es otra vara de medición del poder. El poder nunca va en soledad, por mucho que quien lo ostente se encuentre muchas veces solo. Aquellos maravillosos años de vicepresidente del Gobierno solían estar a pie de pista, como canónigos a la espera del obispo en la puerta de la Catedral, su inseparable hermano Juan, el alcalde Manuel del Valle, Miguel Ángel del Pino, el gobernador civil Alfonso Garrido y Jaime Montaner. Guerra se bajaba de aquellos aviones de Iberia con la corona en la marca de la compañía, era recibido por su particular curia socialista y comenzaba el despacho real de los asuntos de Sevilla y Andalucía. Un popular quiosquero del centro de la ciudad, con una ubicación privilegiada, se jactaba de que para mover su puesto había que pedirle permiso nada menos que a Alfonso Guerra. O tratar el asunto en el despacho que utilizaba su hermano Juan en la Delegación del Gobierno de Andalucía. Con el escándalo de Mienmano empezó para muchos a escribirse la historia del tráfico de influencias y la corrupción en España. El hermano de Guerra era tan popular en los ochenta como el uso de las hombreras o los capítulos de Falcon Crest.
Aquellos años era Guerra quien marcaba la raya de lo que estaba bien o mal en el PSOE. Aquello sí que era un aparato en toda regla. Un aparato ilustrado, que para eso Guerra venía de dirigir compañías teatrales y de atender directamente al público en su librería a principios de los años setenta, que aún hay clientes que recuerdan que, si se le dejaba, Guerra pretendía dar lecciones hasta de estructuralismo.
A los suyos daba un confuso manual de instrucciones: la raya no era estática. Se movía. Todos debían estar pendientes de la localización de la raya como hay que estar al loro de la directriz del portavoz para saber el sentido del voto. Que le pregunten por la raya a José Rodríguez de la Borbolla, presidente de la Junta de Andalucía de 1984 a 1990. En las memorias de Pepe Bono se detalla cuando ciertos socialistas le preguntaron a Guerra a qué lado quedaban ellos de la raya en plena operación de derrocamiento de Borbolla. “Eso lo digo yo en cada momento”. Incautos e insistentes ellos, preguntaron directamente dónde estaba entonces la raya: “Eso lo digo yo también en cada momento”.
Quienes lo han tratado mucho y de cerca aseguran que es el político español cuya imagen pública se ajusta menos a la real. Gana en la distancia corta, como suele ocurrir. ¿Por qué? Probablemente por la timidez que padecen una mayoría absoluta de humanos. En el tú a tú resulta educado, cordial, correcto, con chispa y cierto ingenio. Ni empalagoso, ni cortesano. Pero, ojo, esta regla se viene abajo cuando toca relacionarse con colaboradores y subordinados. Entonces la experiencia puede ser verdaderamente insoportable: “Guerra apabulla, acongoja y acojona”.
En público, en cambio, se torna ácido, desmesurado en los gestos y la palabra. Tras la aplastante victoria de 1982: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió cuando nos vayamos”. O la explicación del triunfo de la marca PSOE en las sucesivas mayorías absolutas en casi todas las citas electorales: “Presentamos a una cabra de candidato y gana la cabra”. Y en los mítines, hasta hiriente para no dejar decepcionados a quienes entonaban una petición, un grito de guerra que se convirtió en un clásico: “¡Alfonso, dales caña!” Y Guerra la daba. Basten tres ejemplos. Comparó a Soledad Becerril con Carlos IIvestido de Mariquita Pérez, conectando con esa generación de españolas que se quedó sin tener la deseada y cotizada muñeca. Trató de ridiculizar a Jaime Raynaud, candidato a la Alcaldía de Sevilla por el PP en 2003, haciendo una gracieta sobre la dificultad de pronunciar su apellido:“Suena a Renault. Ydebe ser maestrante”. Y se burló de Cristóbal Montoro, el jiennense que fue número uno por Sevilla en las generales de 2011, por no controlar el callejero de la ciudad. “Le preguntan dónde está Cabeza del Rey don Pedro y responde que en el cementerio”.
Guerra se fiaba de poca gente en sus años de mayor poder (1982-1991). A sus más allegados procuraba tenerlos bien amarrados y condicionados. La historia de siempre: el poder concede un favor de cualquier tipo y espera algo a cambio, normalmente sumisión a las directrices cotidianas, una sumisión habitualmente revestida de conceptos tan blancos como la lealtad o fidelidad, términos siempre manoseados en los partidos políticos de todo signo. Y la gente, claro, es leal hasta que deja de tener el plato lleno por mucho que aquel Guerra, vicepresidente ilustrado, tuviera gracia y diera caña.
Con los diputados del poblado grupo socialista del Congreso de aquellos años ochenta era muy cercano. Algunos aseguran hoy que los conocía a todos: “Felipe no tenía ni idea de quiénes éramos”.
Siempre ha presumido de haber leído mucho, aunque hay antiguos colaboradores que aseguran que no digería ni asimilaba bien el contenido de tanta lectura. “Felipe es mucho más esponja, absorbe lo que lee, aunque presuma menos de lectura, y es mucho más capaz de analizar la realidad en su globalidad. Guerra es poco creativo”.
Es de la extensa cofradía de sevillanos que no encaja en el estereotipo del sevillano. Coincide conArenas en tener un temor reverencial por el sevillano, quizás porque conozca bien la ciudad desde sus años de juventud tras el mostrador de su céntrica librería. En varias ocasiones se le ha visto en los toros (ay, aquel desplazamiento en el Mystere) y viendo cofradías de la Semana Santa, aunque en lugares poco recomendables como la Puerta de Jerez. Con la jerarquía eclesiástica siempre se entendió. Coincidía con Felipe en que la Iglesia proveía a la sociedad de un orden en valores, una estabilidad anhelada por cualquier gobierno. En algunos de sus viajes en AVE se le oyó criticar en privado la “manía” de Zapatero de enrabietar a los obispos y de apostar “obsesivamente” todo el progresismo de aquel primer ejecutivo del político leonés a la legalización del matrimonio homosexual.
No se le conoce una afición tan descarada y notoriamente mayor que la política, por mucho que se hayan cantado sus pinitos en teatro o sus películas, músicas o libros favoritos, ni tampoco se conocen muchos políticos capaces de sostener una conversación larga y con cierta sustancia sobre muchos temas. Tampoco se le reconocen tabernas favoritas, más allá de algún café sabatino con vistas a la Catedral, ni muchos más compañeros de paseo que Francisco Moreno.
¿Deja Guerra la vida política cuando al actual PSOE no lo conoce ni la madre que lo parió? “Algunos estamos convencidos de que muchos de los males de hoy son el efecto de las prácticas de Guerra, que creó escuela”.
No conoce más que el blanco o el negro, el conmigo o contra mí, cuando el mundo es siempre un corolario de grises y en la política de hoy sólo se perpetúan los grises. Tal vez Guerra sea el último radical del blanco o del negro en el socialismo español cuya larga trayectoria pública pueda casi pasar por un pontificado. Su retirada deja una lápida: Alfonso Guerra, dio caña y deja enemigos.