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El penitente sin cirineo

Carlos Navarro Antolín | 3 de julio de 2016 a las 5:00

JUAN IGNACIO ZOIDO
TODO político tiene dos objetivos: llegar al poder y perpetuarse. Los cuentos chinos sobre la posibilidad de cambiar la sociedad, ayudar a los más débiles y otras hermosas teorías son justificaciones, argumentarios, envoltorios, celofanes con los que sustentar y adornar la carrera por el cetro. Los administrados tenemos que creernos esas razones idílicas por aquello de que la sociedad debe funcionar con un orden en valores. Hay que mantener en pie el edificio del sistema. Y en ese concepto de orden se incluye la necesidad de confiar en la buena fe de los que nos dirigen al mismo tiempo que se debe evitar poner la nariz cerca de las cloacas de cualquier gobierno. Por todo esto, los políticos están obsesionados con su imagen, encomiendan el aumento de su notoriedad a sus asesores, se vinculan en fotografías a deportistas laureados o a tiernos niños para vampirizar su prestigio y su inocencia. El objetivo de todos los políticos, jamás se olvide, es perpetuarse en el sillón cada cuatro años. Para ese fin hay que gestionar con réditos un presupuesto. Y también hay que mantener la imagen más solvente, angelical o ingenua que se pueda en función del perfil de cada uno. Cada cuál trata de potenciar sus fuertes y obviar sus debilidades. Hablemos, por ejemplo, de los alcaldes de Sevilla. Uruñuela era la imagen del político señorial propio de la Transición. Rojas-Marcos proyectaba un perfil enérgico, decidido y rocoso. El ego disparado. Soledad, de dama altiva, selectiva, ahorradora, la buena administradora. Monteseirín, de inventarse cada mañana un charco que pisar.

¿Y Zoido? El alcalde más votado y con más poder de toda la historia de la democracia ha sido muy probablemente el de un balance material más escaso. Juan Ignacio Zoido (Montellano, Sevilla, 1957) ha proyectado siempre una imagen campechana, próxima y risueña, pero nunca se ha guardado las espaldas. Ningún alcalde como él ha carecido tanto de un número dos, de un vicealcalde, de un hombre fuerte que fuera ejecutando proyectos mientras él repartía abrazos y besos; de un edil de Presidencia que se fajara con los concejales para apremiarles, para fiscalizar su trabajo, para ponerle fecha a las terminaciones de las obras, para vertebrar toda la acción del inmenso aparato del gobierno y canalizarla en beneficio del número uno. Zoido se negó siempre a delegar. Reinó pero no gobernó. No quiso. Redujo Sevilla a su paraíso particular en no pocas ocasiones. Y el paraíso era bello, pero efímero si no se cuidaba. En demasiadas ocasiones se le notaba que le escocían los problemas, se evadía ante una narración larga o miraba el reloj cuando un concejal trataba de explicarle las novedades de una ordenanza polémica. Como acaparaba todo el poder, también concentraba todos los problemas. Al no desatascar entuertos y prometer soluciones que nunca se traducían a la práctica, comenzó a generar la frustración entre muchos electores.

No han conocido las corporaciones municipales un líder de la oposición más tenaz y vehemente que este Zoido, como tampoco han visto un alcalde que dilapide en menos tiempo el mayor crédito concedido en Sevilla a un político municipal. La crisis económica restó su capacidad de maniobra, eso es cierto. Pero pudo hacer más. Los criterios –tan legítimos como severos– de la concejal de Hacienda también influyeron. A este alcalde risueño, que tiene la gran habilidad de saber esconder el aguijón, le faltó tener un Manolo Marchena, un brazo ejecutor, alguien que se la jugara para sacar adelante los proyectos, como tuvo Monteseirín durante los doce años de Alcaldía socialista. Cada vez que Alfredo tenía detrás a un empresario con exigencias, lo resolvía con una frase: “Háblalo con Marchena”. Y Marchena se partía la cara por su señorito y se exponía a las cornadas mediáticas. A lo más que llegaba Zoido para salir del paso de peticiones de dinero, colocaciones de allegados o proyectos de cierto peso era a una sentencia habitual: “Que se encargue Jesús”. Y Jesús Maza, consejero delegado de Emasesa y vicepresidente de las empresas municipales, buscaba fondos para la final de la Davis, pero poco más de aquello que de verdad le da proyección a un alcalde, que es cortar cintas e inaugurar infraestructuras. O no había dinero en la caja, se argüía, o estaba todo el funcionariado y los altos cargos en posición de defensa para no firmar un papel que les pusiera en riesgo de pasar por el juzgado. Demasiado miedo. En la Corporación de Zoido imperaba la inacción de los funcionarios, la flojera de muchos gerentes y el criterio técnico del secretario y del interventor, dos personajes poderosos con los que nadie se atrevía a discutir. Nadie se remangaba, tal vez porque todos daban por hecho que se repetiría, al menos, cuatro años más en el gobierno.

El ejecutivo de Zoido lo basó todo en la economía, un objetivo inmaterial, y en la Zona Franca, de la que, como todo el mundo sabe, están todos los vecinos hablando en el desayuno mientras untan la mantequilla en la tostada. Sólo un par de asesores se movieron para dar un brillo especial a este alcalde del PP que no parecía del PP: Antonio Castaño, en Turismo, y Benito Navarrete, en Cultura. Cuantísimos no sestearon durante cuatro años, cuantísimos no se embriagaron en la primera taberna del poder de los 20 concejales, cuantísimos no aconsejaron mal al jefe dejándole cultivar la Sevilla de los Morancos, las bodas de chistera y otros saraos de la ciudad más frívola… Para que, al final, José Manuel Soto, premiado por Zoido con el oro de la ciudad, opine en Twitter que Juan Espadas merece un notable alto en su primer año de gestión. Ay, el fuego amigo.

Zoido llegó al gobierno pero no se perpetuó. Como un Papa sin curia. Como un rey sin corte. Como un penitente sin cirineo. No quiso tener un segundo. Durante los años de la oposición se hartó de hablar con los vecinos, limpiar el Vacie, colocar bancos, empujar carritos de la compra, dar abrazos, sonreír, hacer gimnasia con las señoras en los centros cívicos, visitar ensayos de costaleros, estar en las cabalgatas de los barrios más alejados del centro… Pero se desentendió a la hora de gestionar una ciudad y lo dejó todo en manos de funcionarios sin criterio y carentes de nociones de la política real. Y, tal vez lo peor, su círculo de confort fue reduciéndole su perspectiva y haciéndole ver enemigos gigantes en los molinos de la crítica. Zoido sabe de sobra que su lepra estaba en la curia. Todo lo que se abrió en los años de oposición –captando votos de sevillanos que estaban en sus antípodas ideológicas– se cerró en cuatro años de gobierno. O se lo cerraron. O él se lo dejó cerrar.

La vida es el reencuentro periódico con Fregenal de la Sierra, que siempre sabe a dulce de la infancia. La vida es un innegable espíritu de superación a prueba de las mayores desgracias. La vida es un armario de la Alcaldía con unos cuantos botellines de Cruzcampo entre las tazas de café de la Cartuja con la flor de Lys. La vida son unos trajes perfectos de Javier Sobrino, que son la envidia de Juan Espadas, y una condición pública de católico sin complejos. La vida es retener la mirada al periodista que ha contado algo incómodo. Es usar una frase recurrente ante los problemas: “Hay que dar la patada para adelante”. La vida es juntar los labios y emitir un sonido bilabial característico. Es pedirle a un funcionario de la Plaza de España que corrija con fotoshop algún detalle de una foto en la que posa con el Rey. La vida es recorrer en vehículo la orilla de las playas del Coto de Doñana en sus últimos días como delegado del Gobierno. La vida es no plantearle nunca a Rajoy en corto y por derecho que José Luis Sanz debía ser su sustituto en la presidencia regional del partido. La vida es cualquier actividad menos la de ser juez. Porque los jueces toman decisiones y hay personas que prefieren dar abrazos antes que firmar condenas. Ya lo decía Curro Romero: mejor torear que matar. Mejor reinar que gobernar. Pero sin matar no se cortan orejas. Y sin gobernar no se mantienen los reinados.

El fajín de la felicidad

Carlos Navarro Antolín | 21 de febrero de 2016 a las 5:00

GREGORIO SERRANO
HAY gente que paga con el único objeto de tener buena prensa. Gente que se rodea de asesores de imagen, que busca cómo llegar a ciertas instancias que sirvan de trampolín de su figura. Gente dispuesta a comprar el prestigio con la firma de un talón, o a adquirir el chaleco antibalas que amortigua un titular en contra poniendo por delante la “pastora” (divina) que sea menester. Hay gente para la que el desayuno es el peor momento del día, magdalena atragantada al ver sus cuitas publicadas. Y gente que es feliz en su cotidianeidad porque ha caído de pie en el ruedo de la ciudad, adonde llega la luz de los focos que están en la arquería del graderío de sol… Y del graderío de sombra. ¿Cuánto pagarían algunos por ser marcas blancas, por estar limpios de notas marginales en la ficha registral de su vida, por emprender cualquier acción que encuentre eco en los medios por el mero hecho de ser su autor, por tener la capacidad de congeniar con el nuevo jefe de turno en poco tiempo y, sobre todo, por caer bien a la mayoría de los periodistas? Algunos entregarían no ya la vida, sino algo mucho más importante:el palco de Semana Santa.

Gregorio Serrano (Sevilla, 1967)es probablemente el concejal que tiene mejor prensa de entre los que tienen el peor concepto de la prensa. Yeso tiene mérito, oiga.

–Y tanto.

Para este niño grande en el mundo de la política, todos los periodistas son prácticamente iguales. Dicho así, tal como él lo dice a sus íntimos, mientras navega a vela por la costa de Huelva. Dicho con un desencanto barnizado con el desdén de quien un día descubrió que los malos existen y que el caballo del bueno sólo es el más veloz… en las películas. Su condición de niño grande se basa en un estado de felicidad evidente. Hay quien para ser feliz necesita un camión. Yotros que lo son ciñéndose el fajín de concejal el 15 de agosto. Serrano lleva más de una década siendo lo que quería ser de niño: concejal del Ayuntamiento de Sevilla.

Este veterano de los despachos municipales, por los que vivaquea desde 2003, es una suerte de república independiente en el Partido Popular por mucho que haya ostentado algún que otro carguillo orgánico en el pasado. Forma parte ya por cuarta vez de la corporación municipal, pese a no ser un político de aparato ni tener alguno de los tradicionales padrinos de la trinidad pepera hispalense:ni Tarno, a pesar de compartir con él algunos periplos cántabros entre humos de vegueros;ni Bueno, ni Sanz. Ninguno de los tres lo ha amparado nunca. Serrano ha volado sólo gracias a su amistad con Jaime Raynaud, y gracias a que supo salir del ostracismo al que quedó relegado cuando Arenas (Javié) decidió la tarde de Corpus de 2006 apartar al hoy diputado autonómico y colocar a Zoido como candidato a la Alcaldía en 2007. Yeso que Arenas se había pasado meses confirmando a Raynaud como cabeza de lista del PP al Ayuntamiento, pero siempre acotaba la confirmación mientras arqueaba la ceja: “Hoy por hoy”.

–¿Cuánto dura un “hoy por hoy” en boca de Arenas?
–Lo mismo que un salivazo en una tabla de planchar.

Aquel Jueves de Corpus, al término de la procesión, los inseparables Raynaud y Serrano subieron juntos al palomar del Ayuntamiento. Ambos comentaron en la intimidad del ascensor que era la última procesión en la que habían participado como ediles de la oposición. La siguiente sería ya como alcalde y teniente de alcalde, respectivamente. Pero en torno a las cinco de la tarde, el teletipo de una agencia de noticias que citaba “fuentes del PP” pinchaba las cuatro ruedas del coche municipal de Raynaud y dejaba el de Serrano varado en la cuneta y a la espera de la grúa. Comenzaba un período muy duro para este edil feliz, donde pudo comprobar cuántos se alegraban de su orillamiento repentino y qué volatil es el mundo de la política. Se acabaron los días de ir con Jaime a las asociaciones de vecinos, donde él mismo servía las migas de confraternización: “Las mejores migas que he probado en mi vida, Jaime; las mejores”. Y Jaime sonreía. Siempre sonreía a su amigo Gregorio, con el que compartía jornadas de mar en cruceros de relax donde aliviar las tensiones.

Zoido aterrizó en el Ayuntamiento y, de entrada, no quiso saber mucho de Serrano, cuya familia conocía desde hacía mucho tiempo. De hecho, cuando Arenas telefoneó a Zoido en 2000 para hacerlo delegado del Gobierno en Castilla la Mancha, Zoido estaba paseando por la Feria en un coche de caballos con familiares de Serrano. Pero ni por esas fue suave el camino para el animoso concejal. Cuando todos lo daban por perdido, cuando todos se jactaban de que jamás volvería a tener ese grado de proximidad y confianza con un líder municipal, Gregorio se levantó, se ganó la confianza del nuevo candidato (un Zoido desconfiado en sus inicios, pero muy lejos aún de ser víctima de su propio círculo de confort) y poco a poco, paso a paso y barra a barra, Serrano logró ser en 2011 el concejal con más delegaciones en el poder.

Y tras el descalabro de Zoido en las pasadas municipales, hoy es el portavoz adjunto de un desdibujado grupo municipal. Dicen que se ha convertido en el Arias Navarro del zoidismo. Tal vez su gran reto sea intentar ser más bien el Suárez que pilote la transición del PPen el palomar en unos tiempos irreconocibles para el partido:Arenas está escondido en un burladero de Génova, Moreno Bonilla tiene ansias por controlar de una vez el PP sevillano, que aún se le resiste como la aldea de los galos locos; y Zoido trata de estirar su presencia en el Ayuntamiento para no perder ese asidero con Sevilla por lo que pueda pasar en el panorama político español, donde su condición de presidente de comisión en el Congreso de los Diputados puede tener la consistencia de la mantequilla junto al horno.

Serrano está obligado a ser portavoz adjunto. Y no un adjunto al portavoz, que no es lo mismo, como no es lo mismo Trifón que Moreno. Estará perdido si cuando Zoido se va a Madrid, se limita a hacer como Borja, el secretario de monseñor Asenjo, cuando el arzobispo sale de Palacio:“Guarda la viña, Borja. Adiós, adiós”.

Zoido jamás podrá pagarle a Serrano los servicios prestados en los años de gobierno. A Serrano, que quiso quedarse con la secretaria de su antecesor socialista en el Ayuntamiento, le tocó cerrar la televisión local y el colocadero de amigos que era Sevilla Global, dejar diezmada Mercasevilla (lo que le costó pintadas de amenazas en los muros de su casa) y soportar la losa de Fibes. Nunca un concejal tan campechano y cercano bailó con tantas tan feas durante tanto tiempo. Hubo días que era la viva imagen de la tensión en sus paseos cotidianos por Méndez Núñez. El niño feliz se tragó varios cálices amargos pese a que en la lista electoral había sido adelantado por esos marineros de la política que abandonan el barco a la primera vía de agua. Ni pisar la alfombra palaciega de las Fiestas Mayores debió compensar una zozobra aderezada, además, con la insulsa –por descafeinada– delegación de Empleo. Serrano hizo el trabajo más ingrato del zoidismo. Dios, qué buen vasallo… Al menos siempre le quedará el recuerdo de la senda ascendente que tomó el turismo en años de crisis gordas, un turismo cuyo consorcio confió a Antonio Castaño, que junto con Benito Navarrete fue uno de los escasos asesores eficaces del zoidismo, un período cargado de pantuflos sin oficio ni beneficio en el organigrama municipal.

Hoy es portavoz adjunto en tiempos de incertidumbre. No renuncia al móvil analógico, que consulta mientras eleva las gafas que despejan su miopía. Es un apasionado de los documentales de historia, sobre todo si son de la Segunda Guerra Mundial. También ha hecho su crucero con Zoido, como ya hizo con Raynaud. No pierde el vínculo con la Universidad, donde da clases para desintoxicarse, como se desintoxica los viernes por la tarde por el tabernerío de su feligresía como un vecino más.

El confidente de Zoido, el introductor del político de Fregenal en la Sevilla más eterna y esquiva, ha sido investido como adjunto para mantenerlo todo atado y bien atado, un encargo envenenado de quien todo lo perdió por su incapacidad para tomar decisiones. Serrano es un viejo sacerdote de la política municipal que conoce a la perfección los peligros de la curia de la Plaza Nueva. Ha visto caer al que hubiera sido el mejor alcalde de la ciudad (Raynaud) y años después ha presenciado la cruel defenestración en las urnas del alcalde más votado de la historia de la democracia (Zoido). Nunca ha tenido apoyos del partido, siempre se ha reído de sí mismo (incluso de no poder usar camisas entalladas) y hasta sus críticos reconocen su capacidad de trabajo. Nunca dice que le gusta que le llamen por su nombre de pila completo, no por un diminutivo que debiera estar reservado para familiares e íntimos. Pero se calla por no ser descortés.

La vida es comprar una camisa barata y que, una vez puesta, parezca cara. La vida es una copa de vino, un viernes sin Pleno, el olor próximo a Quizás, de Loewe; practicar ciclismo con una equipación a la última, bisbisear los discursos antes de pronunciarlos, aprender idiomas a base de esfuerzo y método, y ser un nazareno del Calvario curtido en el sacrificio de unos horarios que rompen el cuerpo. Serrano es el caballero de la buena prensa al que, en el fondo, no le gusta nada la prensa. La vida son unas migas a fuego lento y bien machacadas. “Las mejores, Jaime, las mejores”. Los niños dicen la verdad. Hasta cuando hablan mal de la prensa, ese gremio.

El renglón torcido de Dios

Carlos Navarro Antolín | 9 de noviembre de 2014 a las 5:00

JOSÉ CHAMIZO
EL teléfono sonó en agosto de 2007. El periódico preguntaba a varias personalidades de la ciudad por el impacto de las recién estrenadas catenarias del tranvía en la procesión de la Virgen de los Reyes. El Defensor del Pueblo Andaluz aceptó participar en la encuesta y se mostró esperanzado en que el paso del tiempo fuera reduciendo la contaminación visual de aquella infraestructura que acababa de irrumpir en parte del paisaje urbano más tradicional de la ciudad. Antes de terminar la conversación, en un formato ya off the record, espetó al periodista:
–Oye, niño, sabéis que yo os atiendo con mucho gusto siempre, pero eso de llamarme para preguntarme por las catenarias… ¡Que tengo a la gente llegando en patera por el Estrecho!
José Chamizo de la Rubia (Los Barrios, Cádiz, 1949) nació el mismo día que Soledad Becerril pero algunos años después. Tan cierto es que trabaja a destajo (“Ojú, hijo qué pechá”) como que se mueve siempre en los dominios que forman su particular Triángulo de las Bermudas: los restaurantes El Cairo y el Copo y el italiano Portarrosa, éste último muy frecuentado por la clase política andaluza. Tanto se deja ver en la terraza de El Cairo que es el otro Faraón de Sevilla. Aunque, siempre, es un cliente moderado en la mesa.
Mucha gente cree que no, pero Chamizo sigue siendo cura. Aunque sea un cura que no vista de cura, aunque la Sevilla más conservadora ponga la cara estreñida cuando lo ve en vaqueros, luciendo pañuelos y sentado en un velador. Tras unos años de inquieto estudiante en el Seminario de San Telmo en los años de la Transición, fue ordenado en 1978 por el obispo Dorado Soto. La cuestión sobre su condición de clérigo está incluida en las eternas preguntas de la ciudad. ¿Por qué está sentada la Virgen de los Reyes? ¿Por qué hay una curva justo en el tramo soterrado de la calle Arjona? ¿Por qué siempre llueve los Viernes Santos? ¿Sigue siendo sacerdote el cura Chamizo o se dio de baja? Pues lo sigue siendo, aunque la publicación de una foto suya celebrando la eucaristía en una parroquia de la Pañoleta le hizo ser más discreto a la hora de revestirse. No le gusta que lo saquen de cura en los papeles. No es un cura de couché. Ni por supuesto de cuello duro de clergyman. Su estilo como presbítero es más del cardenal Amigo y del difunto Diamantino que del actual arzobispo de Sevilla, monseñor Asenjo. Nunca lo ha ocultado. Los temas sociales son su pasión. Su obsesión. En las reuniones con los defensores del pueblo de toda España, no soportaba los enfoques jurídicos de la mayoría de sus colegas. Su vida está dedicada, casi consagrada, a la vertiente social de todos los temas de actualidad.
Hace tiempo que dejó de ser párroco, aunque sus maneras como tal siempre se notaron en la sede del Defensor del Pueblo Andaluz. A Chamizo le encantaba controlarlo todo, no delegar en nadie y le enervaba que los funcionarios fueran a tomar café todos juntos, dejando despobladas las mesas de trabajo. Chillidos ha habido. Cuando retornaba aquel al que había citado sin éxito, se asomaba a la barandilla interior para saludarlo públicamente:
–¡Vamos, que llevas media hora tomando café!
Es cierto que no se ha casado con nadie. Ni le ha importado enfrentarse a los que manejaban grandes presupuestos públicos con sonadas broncas telefónicas, como la que tuvo con la entonces todopoderosa consejera de Hacienda, Magdalena Álvarez. A Chamizo hay que reconocerle que elevó el prestigio, la notoriedad y la utilidad pública de la institución, que no han sido pocos los fines de semana que se ha pasado trabajando a solas en su despacho, incluso devolviendo las llamadas de particulares que dejaban razón en el contestador telefónico, y que ha recibido a todos los que se lo han pedido.
Quienes han trabajado muy de cerca con este cura, que parece un sayón de paso de misterio de cofradía de vísperas, trazan el perfil de un ciudadano maniático, inflexible en muchos momentos, puntilloso, quisquilloso, ególatra e hipocondríaco. Cuentan que es tan cesarista como Pablo Iglesias. En la presentación de su primer informe ante el Parlamento, no dudó en llamar la atención de los diputados parlanchines y desconsiderados que no guardaban una concentración absoluta en su discurso.
El aire informal que se gasta no excluye ni mucho menos una notoria afición por las marcas. A Chamizo le encantan los trajes de Armani y de Hugo Boss. Los zapatos son su gran pasión, tanto como escaparse en verano a las playas del Algarve o viajar periódicamente a Italia, más a Florencia que Roma, donde se pirra por adquirir nuevos modelos de calzado. Chamizo no luce botines, sino zapatos abotinados, que no es lo mismo. Si le piden la hora, se la dará con un reloj de marca.
Es un cura que pone las velas a Dios y no olvida la ofrenda debida al diablo, capaz de dar leña al PP cuando habita en la Moncloa y de arremeter contra el PSOE en la dilatada hegemonía de la Junta. No se doblega. Todo el mundo sabe que está escorado a la izquierda, muy a la izquierda, pero como buen cura en puestos de responsabilidad pública sabe poner el intermitente a la derecha al mismo tiempo que no deja de pegar el volantazo a esa izquierda soñada. Tiene amistades en el PSOE y en el PP, como también tiene enemigos en el PSOE y en el PP. Con el actual líder de IU, Antonio Maíllo, conserva una amistad personal.
Por mucho que sea cura, muchos dudan de que haya perdonado a Susana Díaz y al PP andaluz cuando hace un par de años pactaron su salida exprés de la Defensoría. Chamizo se encolerizó cuando culpó de su marcha a la hoy presidenta andaluza, “esa chica de Presidencia”, y a uno de los adjuntos del PP en la Oficina del Defensor, al que tildó de “paranoico” sin decir su nombre y del que ya había pedido por escrito su destitución a Javier Arenas. Todos apuntaron a Francisco Gutiérrez, hoy miembro del Consejo Consultivo de Andalucía. La verdad es que en aquella operación de derribo del cura Chamizo fueron conniventes necesarios su antiguo amigo Diego Valderas y el PP regional liderado entonces por un Zoido que dejó hacer al gobierno andaluz sin poner mayores pegas, tal vez sin valorar que se podía estar dando pie a un nuevo personaje electoral en las próximas municipales dentro de la candidatura de Ganemos.
Este renglón torcido de Dios, al que jamás se ha visto con sotana y que se formó en el Vaticano en los tiempos de las Brigadas Rojas, del secuestro y asesinato de Aldo Moro, se ha hecho ya más de Sevilla que del Campo de Gibraltar con el paso de los años. Tiene coche, pero no le gusta nada conducir. Una vez le aconsejaron saludar con cordialidad a ciertos periodistas críticos con su persona, recomendación que cumple a rajatabla.
En una de sus últimas intervenciones en el Parlamento en 2012, Chamizo volvió a reñir a sus señorías, pero esta vez no por parlanchines, sino para afearles la conducta alejada de los problemas reales de la calle:“La gente está muy cabreada con ustedes, no sé si lo saben. Están muy enfadados porque los ven todo el día en la peleíta. La gente está hasta el gorro de todos ustedes. No sé si puedo decirlo con todo el cariño del mundo. Por favor, por favor. Un ejercicio de buena voluntad y avanzad para resolver los problemas del personal”.
Hoy hay quien ve en aquella intervención a un muñidor preclaro de Podemos. Después de aquello, el cura Chamizo se quedó sin púlpito público. Mantiene una web propia de contacto con los ciudadanos. Su vida, sus tribulaciones y sus andanzas, tienen un libro. Lo quitaron los partidos políticos que lo pusieron. Se recorrió la mayoría de los pueblos andaluces porque nunca fue un ratón de despacho. Ni un cura de sacristía.