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El taxi no debe esperar

Carlos Navarro Antolín | 26 de octubre de 2014 a las 5:00

Adolfo Arenas 2
EL movimiento se demuestra en taxi. No hay que viajar a ningún sitio donde no hayan estado antes los romanos, ni a ningún rincón a cuya puerta no pueda llegar un taxi. El taxi es la vara de medir el estado de ánimo de muchos ilustres sevillanos que se mueven por la vida sin carné, en el sentido literal de la expresión: sin carnet de conducir. En un taxi llegó a su casa don Manuel Clavero después de presentar su dimisión como ministro. Yen un taxi se desplazó Juan Ignacio Zoido la mañana siguiente a sacar 20 concejales en las municipales de 2011. El ya estoy yo en mi casa tan socorrido es sustituido en clave local por el ya me está usted pidiendo un taxi si es tan amable. Y eso dijo Adolfo Arenas Castillo una tarde de otoño, cuando mandó el sillón de presidente del Consejo a la furgoneta del tapicero. A partir de ese día convivió con el silencio con que le obsequiaron los adorables compañeros de la institución. En el taxi cabían al menos tres más, justos los tres cargos que lo eran gracias a su dedo, pero ninguno se subió. Yeso que un taxi entre cuatro sale siempre más económico y es una fórmula de viaje mucho más ecológica. Se montó a solas, llegó a su casa y le dieron razón de varias llamadas telefónicas:
–Adolfo han llamado unos señores muy pesados de la Universidad de Pennsylvania porque quieren estudiar tu caso. Te pagan el viaje, la estancia y un abrigo Dustin para el frío. Se han empeñado en comprobar si hay vida más allá de la presidencia del Consejo. Quieren monitorizarte a partir de ahora, evaluar tus constantes vitales y comprobar si respiras bien a pesar del enorme vacío.
El hombre que viaja en taxi se convirtió entonces en el Adolfo Suárez de las cofradías, con un equipo de gobierno que aún perdura y cuya estabilidad recuerda a la UCD de los últimos días. ¿A qué se debió la única dimisión hasta ahora de un presidente del Consejo de Cofradías? A las filtraciones a la prensa de decisiones y planes de la institución y a que sólo aceptó las tutelas justas y precisas de la autoridad, eclesiástica por supuesto. Por no ser títere se cayó del escenario. Una de las tardes previas a la dimisión se presentó en su despacho el canónigo Manuel Soria, indignado con la publicación de las votaciones del pregonero de la Semana Santa, que dejaban entrever vetos soterrados y una apuesta clara por un perfil ortodoxo. “¡Adolfo, Adolfo, tienen que rodar cabezas!” Y Adolfo le dijo, esta vez sin perífrasis: “Pues aquí tienes la mía”.
La del Consejo no ha sido más que otra tribulación en la dilatada trayectoria de este abogado cuya boda presidió nada menos que el cardenal Bueno Monreal. Arenas es un zorro viejo de las cofradías, capaz de estar hablando horas y horas con un discurso trufado de citas bíblicas y mitológicas. Generoso en la oratoria y en las convidás, que algunos del Consejo no han vuelto a comer en Becerrita desde que él dejó la presidencia. Su despacho está en la Campana, agujero de la tormenta en que se ha convertido la Semana Santa. Sus balcones están a tanta altura que representan la metáfora perfecta de su relación con la actual clase cofradiera. Demasiada perífrasis entre tanto adobo.
Llegó unos años tarde a la presidencia del Consejo, cuando la mesocracia de lenguaje políticamente correcto, de las declaraciones de carril y del doblar el espinazo ante la jerarquía política y eclesiástica, se había extendido como una mancha de cera caliente imposible de quitar con papel de estraza. Quería hacer cosas en la ciudad más estática por excelencia. Quería agitar un mundillo cofradiero disipado como una gaseosa abierta. Invitó a Möet-Chandon a quien no merecía más que un tinto Las Meninas.
Hijo de prioste del Gran Poder, fue criado en unos tiempos en los que los principales puestos eran ocupados por personalidades con currículum. En su juventud vivió la Sevilla nocturna en el café Duque, acompañado por un amigo llamado Juan Salas Tornero. Allí alternaba con los músicos de la Banda Municipal que tocaban en el Patio Sevillano, con el limpiabotas y con el lotero que ingería calorías a base de copas de coñac. En la actividad profesional se inició con apenas veinte años años probando fortuna con dos negocios en apariencia contrapuestos: la chatarra y el marisco. Alguna lengua socarrona dice que la chatarra no fue mal, pero que el marisco, más que venderlo, se lo comían. Dejó los hierros viejos y los langostinos cocidos y abrazó por completo la abogacía, incluso con despacho en Marbella en los años de expansión urbanística.
Su bufete está adornado con frases en Latín. Verba volant, scripta manent. Y sus perífrasis lo embadurnan todo mientras habla por teléfono, con sus elevaciones de tono, con un timbre de voz potente, de operadora antigua de teléfono, con el barroquismo verbal de un locutor de Radio Nacional de antes de 1975, con pausas estratégicas para no perder saliva y con rodeos y más rodeos, circunloquios y más circunloquios, pero bien adornados, recreándose en la suerte antes de llegar hasta el final del relato, que para eso el recorrido lo elige el cliente y no el taxista. Adolfo Arenas es tan amante de la solemnidad y de las formas que bien podría haber sido ceremoniero en el Vaticano, para abrir las puertas de la Capilla Sixtina antes del cónclave y mandar salir a todos los que no son cardenales con la clásica exhortación: “¡Extra omnes!”
Galante con las señoras, de la escuela antigua. Por supuesto, siempre de traje y corbata, aunque sea agosto y se encuentre en Sevilla para no faltar en la Capilla de los Negritos a la misa por la festividad de la Virgen de los Ángeles. ¿A la playa? Si hay que ir se va en tren. Si está en la barra con Juan Salas o Balbino de Bernardo y ve a unos amigos sentados en el comedor, comunica al maitre su deseo de pagar el vino de aquellos señores que están allí sentados. Ysi es Protos, mucho mejor.
La verdad es que a cierta edad, con el Café Duque y el despacho de Marbella ya cerrados, con la comodidad de tener cerca el menú de lentejas de La Reja y una parada de taxis bien poblada en Martín Villa, no estaba ya para soportar muchas directrices de curas cuyo único objetivo era apaciguar al pastor. A cierta edad, uno no acepta que le digan quién puede y, sobre todo, quién no puede pronunciar un pregón, menos aún si para eso lo citan a primera hora de la mañana, que eso es una faena para quienes la gráfica del biorritmo se viene arriba a partir del Ángelus. A cierta edad uno puede ser condescendiente con el taxista que fuma o que lleva la radio a toda potencia, pero que le digan que corte cabezas… Ahí fue como Curro Romero, que soltaba cuanto antes las orejas de los toros para no mancharse las manos de sangre.
Ninguno de los suyos se subió en el taxi el día que dimitió. Ni siquiera le preguntaron desde la puerta del Consejo un clásico, un cumplido, mientras se acomodaba en el asiento de atrás sin arrugar en exceso el faldón de la chaqueta:“Adolfo, ¿quieres dinero?” Ni siquiera pudo responderles con la mirada limpia, huérfana de enojo y sin acritud: “No lo quiero yo, lo querrá el taxista…”
Al llegar a casa y bajarse del vehículo se ajustó el abrigo. Para no sentir el frío de Sevilla. Era otoño. Los árboles estaban pelados. A lo lejos se oía el eco del motor de un taxi a la búsqueda de nuevos destinos. Lástima que el Café Duque ya no despache. Los científicos de Pennsylvania pueden por fin confirmar que sí hay vida más allá del Consejo de Cofradías. Un gran paso para la humanidad.
Dicen que cuando arrecian nuevas polémicas cofradieras, se oyen unas risas socarronas, sostenidas y monocordes. ¿Tal vez una psicofonía? Yque se intuye la redondez perfecta de un emoticono feliz.

La hiperactividad hispalense

Carlos Navarro Antolín | 19 de octubre de 2014 a las 18:08

FRANCISCO HERRERO
Agosto bajo. Hotel recoleto de Vistahermosa, en el Puerto de Santa María. Aún no son las diez de la mañana. En el salón del desayuno hay un par de familias, una camarera reponiendo el zumo y un tío soñoliento esperando que el tostador le devuelva la rebanada. Los atuendos son los propios del verano. Al momento irrumpen unos señores bien vestidos, no son huéspedes del hotel. Buscan una mesa para un desayuno de trabajo. La consiguen en el jardín, separados de las familias que apuran plácidamente los días de sol y playa y de los guiris que embadurnan de grasa la primera ingesta del día. A los pocos minutos llegan más personas. Son asesores, se sientan todos juntos y comienza la sesión. La camarera los surte de café y tostadas. Las viandas se acaban, el trabajo sigue hasta casi la hora del aperitivo. Francisco Herrero León (Sevilla, 1942) ha hecho venir a su equipo hasta su lugar de vacaciones para que cuando sea el primero de septiembre todo el mundo conozca ya las coordenadas de trabajo. El objetivo es que el primer día no se pierda más tiempo que el que se tarda en el encendido de los ordenadores.

La clave está en un continuo movimiento, en tirar siempre hacia adelante, en el frenético ajetreo del ¡vamos, vamos, vamos!En no pararse, en mantener siempre la tensión, el zigzagueo del futbolista que espera rematar el córner. Todo lo demás puede ser hasta accesorio, secundario, prescindible. Pero el movimiento es fundamental. La acción es lo primero. ¿Hacia dónde se anda? ¿Hacia dónde se camina? Eso ya se analizará después. El fin es el movimiento. Dicen que Herrero es hiperactivo, capaz de acudir a cinco actos en un día, aunque después se le quede una idea difusa de cada uno de los sitios a los que le ha guiado su frenesí.

Es un fijo de las galerías gráficas hispalenses. Los observadores de la avifauna local nos sabemos todos sus trajes, su esmoquin en la noche de la cena de gala del club de enganches, las gafas de sol para los toros en localidad preferente y los tirantes que exhibe en ocasiones al echarse una mano al bolsillo. Herrero es muy de las Penas de San Vicente, lleva la cofradía en los genes y es nazareno de ruán que mantiene la antigua costumbre de saludar con una leve inclinación de cabeza. Pero también pertenece a la Congregación de los Eternos Invitados a una Boda, que son esos sevillanos que siempre están en perfectas condiciones de asistir a un enlace matrimonial. Ustedes se fijan bien en Paco Herrero, en Javier Arenas o en Antonio Pulido y dan ganas de darles la enhorabuena, con esos trajes, esa camisas monolocolores y esas corbatas ortodoxamente cañetianas, de Cañete, que están listos para hacer el paseíllo como padrinos. Lo mismo da que sea la firma de un convenio, un funeral o una entrega de premios: siempre como recién salidos de los Salones Osiris o del Salón de las Bodas que se organiza anualmente en Fibes. Dan ganas de preguntarles:

–¿Le han tirado mucho arroz a la novia, oiga?

Pues si ustedes ven en tantas fotos a Herrero es por esa envidiada hiperactividad y porque también tiene muy clara la importancia de conjugar el verbo estar al hispalense modo. Parece muy fácil, pero hay gente que no ha entendido esta clave en su vida. ¿Pues no que hubo un arquitecto que contrató a una consultora para que le facilitara eso de entrar en Sevilla? La consultora cobró y el tío aún anda probando las llaves en la cerradura. Herrero tal vez no tenga claro hacia dónde hay que moverse, pero sí dónde hay que estar. Y él está siempre dentro de esa Sevilla por la que muchos se pirran y que otros muchos denuestan. Para Herrero, ser es estar. Y lo hace a la perfección en esos ámbitos de la ciudad tan difíciles como complicados, donde lo importante no es brillar, sino estar; no es hacer cosas sustanciales, sino estar; no son los méritos, ni el currículum, ni la trayectoria profesional, sino estar. El fin es estar. En el palco, en la presidencia de la mesa, en la barrera, en la pomada, en el machito, en la foto, en la cofradía…

Para seguir estando tanto años es fundamental no tener grandes enemigos. Para no tener grandes enemigos conviene molestar lo justo. Si es posible, nada. No pelearse con nadie. Y, por encima de todo, cumplir la regla de oro del código del estar: pasar desapercibido en el terreno corto y lucir de la forma más notable a lo lejos. Que se vea quién está sentado en la presidencia, quién ocupa la localidad más importante, quién en definitiva está donde hay que estar, con esa precisión del buen administrador que siempre ha sido como consignatario de buques.

El entorno puede cambiar, los personajes se pueden jubilar, caer en desgracia o pedir manigueta en La Canina, pero Herrero siempre está, como decían del genio del toreo: unos vienen y otros van, Paco Ojeda (Herrero) siempre está. ¿Y por qué? Por su capacidad de adaptación al hábitat como buen personaje sevillano que ha llegado a ser. Cuentan que esta ciudad está hecha a su medida como un traje de O´Kean. Herrero maneja el santoral con precisión de bordador de oro fino. No se le va un detalle. Un poner:el día de San Carlos Borromeo, correo electrónico breve y cálido a todos los Carlos.

Lo peor que a uno puede ocurrirle con Herrero no es que se olvide de felicitarte la onomástica, sino que tras empezar a contarle una historia te interrumpa y te pida muy cortesmente que la película con la que estás machacándole los oídos se la mandes en un papelito. Es lo que se llama la larga cambiada al herreriano modo. ¡Óle! Es un equivalente a la respuesta del obispo cuando el párroco de pueblo le pide reformas en el tejado del templo porque se llueve, una paguita para el sacristán y permiso para una procesión extraordinaria porque le hace mucha ilusión a los feligreses. “Se estudiará”, dice el prelado rematando con toses de indiferencia. Pues en vez de estudiar, Herrero pega la media verónica que es marca de la casa: el papelito.

Lo mejor que puede ocurrirle con este personaje es disfrutar de su sentido del humor, de su carácter vivo y de sus ocurrencias. No han sido pocos los actos en los que ha intervenido en público y ha comenzado dando las gracias a su hermano Santiago y a Juan Salas Tornero por todo lo aprendido de ellos. A ambos se ha referido en esas ocasiones como sus “hermanos mayores”, cuando Herrero es el mayor de los tres.

Preside la Cámara de Comercio y se ha hecho con el control de Antares, por cuyo foro han pasado muchos empresarios, dirigentes políticos y vendedores de crecepelo de los que hoy ya no quedan más que las cenizas sociales. Es quizás el último mohicano de aquella sociedad emergente de los años de ladrillo y champán. Se mantiene vivo, bien conservado, con ese pelo armoniosamente encanecido. A Herrero le ponen una toga blanca, lo sueltan por Itálica y habría cola de turistas para hacerse una foto con la recreación perfecta del cuñado de Trajano. Es un patricio del siglo XXI al que cualquier día nos lo nombran presidente de la Asociación de Amigos de la Cuchipanda, porque aquel acto al que no acude Paco Herrero es una cita venida a menos, decadente, de medio pelo. Por mucho que usted presuma de tener en su acto al presidente de los empresarios andaluces, la CEA, eso ya no puntúa, porque al señor de Málaga que ahora preside la patronal lo conoce menos gente que a un tal Moreno Bonilla, otro de Málaga que es presidente del PP de toda Andalucía, menos de Sevilla, que se le resiste como la aldea de Astérix y Obélix se resistía a los romanos, por aquello de no salirnos del Imperio. Hoy una cuchipanda que se precie tiene que tener a Paco Herrero, con su ¡vamos, vamos, vamos!, sus saludos a todo quisqui y su cuarto y mitad de largas cambiadas para que los pesados de turno le manden un correíto.