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Con licencia para largar

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2016 a las 5:00

EMILIO DE LLERA 2
MANOLO García se fue del Ayuntamiento en 1999, donde había sido concejal del Partido Popular desde 1983. Ejerció de edil en la oposición y de teniente alcalde con funciones de gobierno. Hizo casi de todo, desde saludar al Papa Juan Pablo IIy a Fidel Castro hasta montarse en el patrullero de la Policía Local para cerrar bares de la movida o gestionar las reparaciones de los pavimentos del casco antiguo. Pero al dejar la Casa Grande después de tantos años de contienda política y alguna que otra polémica de las que roban el sueño, reconoció públicamente una espinita clavada: “Mi pena es no haber sido concejal de Fiestas Mayores”. Años después, gracias a que el PP decidió aquel año renovar a sus representantes en el Ayuntamiento, tuvimos a uno de los hermanos mayores de la Macarena más grandes de la era contemporánea. De haber seguido en política, el destino de Manolo hubiera sido otro bien distinto. Aquella pena se esfumó, aquella espinita de las fiestas mayores se sacó sin apenas dejar herida. La vara de las capillas ha sido, de hecho, la responsabilidad más elevada que ha podido desempeñar este hombre curtido en las madrugadas del negocio de frutas de la Encarnación.

Emilio de Llera Suárez-Bárcena (Badajoz, 1951), consejero de Justicia e Interior de la Junta de Andalucía, quiso ser fiscal jefe de la Audiencia de Sevilla. La verdad es que estaba llamado a ser el sucesor de una leyenda viva del Ministerio Público en la ciudad: el salmantino Alfredo Flores, el que llegó a ser hermano mayor de una cofradía y pregonero de la Semana Santa. Llera echó los papeles para hacerse con esa jefatura, pero le sacaron bolas negras. García se quedó sin apretar el botón del alumbrao y Llera sin dar la rueda de prensa anual de la memoria de la Fiscalía. Su gozo cayó en el pozo una y otra vez. Y bien que lo sentimos muchos partidarios de este fiscal con nombre de marisquería de selecta ensaladilla junto a la Plaza de Cuba, porque desde los despachos de Madrid apostaron por una fiscal jefe que es modelo de neutralidad, equilibrio y ponderación por las que hilan…

Emilio no fue fiscal jefe, pero con el paso del tiempo le cayó del bombo de la política el premio gordo de la Consejería de Justicia e Interior. Franco no se metió en política, pero Llera sí. Y ahí anda, desde el burladero de su despacho de la Gavidia, orientando al Ejecutivo andaluz por las arenas minadas de esos asuntos que están sub iudice. “Emilio no es del PSOE, Emilio lo que quiere es terminar su carrera de consejero, aunque pierda dinero”, dicen los compañeros de oficio. De vez en cuando saca el mandoble y se despacha a gusto contra los jueces, hace juicios sobre la magistrada Alaya trufados de cierta frivolidad e incluso arrea a los medios de comunicación por el tratamiento de algunos temas. Emilio va por libre. Tiene licencia para largar. Pocos recuerdan que es el único consejero reprobado por el Parlamento. Debe ser porque en el fondo sigue siendo un fiscal. Ya se sabe que los fiscales se pueden permitir casi todos los juicios, son casi infalibles, pues un juez, un letrado de la Administración de Justicia o un cargo público pueden incurrir en prevaricación, pero un fiscal nunca. No existe ese tipo penal para los representantes del Ministerio Público. ¿Por qué? Misterios. Si resulta que el protagonista, además, forma parte de las filas de la progresía oficial, disfruta de las ventajas de la superioridad moral de la izquierda. Así que miel sobre hojuelas. Emilio sabe que siempre hay agua en ciertas piscinas. Si Arenas o Zoido sueltan la mitad de las perlas que Llera en los últimos años, los están corriendo a gorrazos desde la calle San Fernando hasta la puerta de Antares, donde los dejan sueltos para que se reconcilien jugando al pádel. Emilio puede decir que Alaya sigue estando muy “guapa” pese a la carga de trabajo que asume, porque él está en un gobierno del PSOE. Susana jamás le va a dar un tirón de orejas. Y Amparo Rubiales tampoco le va a dedicar un artículo crítico cargado de arrobas.

Pero Emilio cae bien. Es simpático y un poco pillo. Sabe clavar dardos al enemigo con sutileza. No se suele quedar un gato en la barriga. Jamás muerde la mano que mece la cuna del PSOE en España, que es la que lo mantiene en el cargo. En política, ay Emilio, no hay plazas en propiedad. Su oficio de fiscal sí se parece al del político en que en ambos rige el principio jerárquico. Este Llera prepara a conciencia cada aparición pública con un latiguillo que evoca sus años de opositor: “Os dejo, tengo que estudiarme el tema”.

Siempre lleva encima dos o tres paquetes de tabaco rubio de diferentes marcas. A sus colaboradores más directos los sitúa a su mismo nivel, no fuerza esa estética del séquito que gusta tanto a otros consejeros. Tiene un despacho oficial en la Gavidia y una mesita alta en la terraza del Oriza, donde sigue tomando la copita de manzanilla, marca Solear, muchos mediodías de clima apacible (¿Lo de siempre, don Emilio?). Los dueños de los bares, por cierto, llaman a esas mesas altas los quitamiedos de la hostelería, porque la gente cree que la consumición es más económica que en un velador tradicional con asientos. No es el caso de este pacense, que se nota que no es de Sevilla en que suele desenfundar el primero a la hora de pagar en un bar. Es de la vieja escuela, de los que no deja nunca que sus acompañantes abonen la cuenta.

Con Zoido se lleva muy bien. Coinciden en tener el mismo dentista, en cortar trajes en privado y en saber rematar las reuniones oficiales con la confraternidad debida. Una de las muchas veces que el entonces alcalde Zoido reclamó la Ciudad de la Justicia en una visita al consejero Llera, éste, tras los cinco minutos de rigor en privado donde para decirle que no es posible porque no hay un duro, le espetó: “Bueno, Juan Ignacio, ahora ya podemos irnos a tomar una cerveza que se hace tarde, no?”. Y allá que bajaron al bar de la esquina a comentar los últimos chascarrillos judiciales…

Lo mejor de Llera es que nunca da la brasa con el fútbol ni con las cofradías. No gasta ni en un tema ni en el otro. Y siempre te cede el taburete, porque prefiere la verticalidad. Este vecino de Los Remedios es un gran admirador de la belleza femenina, usa los retrovisores con sutil y discreta habilidad. No va de místico ni de bendito, lo cual se agradece en la ciudad de los misticones.

La vida son recuerdos de la Extremadura donde nació. Su madre vivía en una pequeña localidad de Badajoz de apenas dos mil habitantes,un pueblo fundado por Felipe II con un precioso nombre: La Granja de Torrehermosa. Son recuerdos de sus primeros años como fiscal en Bilbao, una plaza dura en los años ochenta, en los que el País Vasco salía en los telediarios con tañidos de luto y banderas a media asta. La vida son recuerdos de sesiones preparando opositores de judicatura y fiscalía junto sus amigos Julio Márquez de Prado, hoy presidente del Tribunal Superior Justicia de Extremadura, y Luis Fernández Arévalo, experto en vigilancia penitenciaria y actual fiscal jefe de Huelva. La vida son refugios estivales en algún hotel de la Costa del Sol.

Si tiene que cenar en algún lugar perdido de Andalucía, fuera ya del protocolo de los actos oficiales, le pide al camarero que le hagan una tortilla francesa. Así duerme mejor y le cuesta algo menos madrugar, porque Llera no es precisamente de los aficionados a levantarse al alba por gusto.
El fiscal no fue jefe pero gestiona todas las competencias de Justicia de Andalucía. El fiscal es doctor en Derecho, con una tesis dirigida por Víctor Moreno Catena, pero se metió en política. La vida es ver pasar la ciudad desde una mesa quitamiedos. Y en Sevilla, al final, somos pocos y todos vamos desfilando. Somos casi los mismos que en La Granja de Torrehermosa. Pero sin desenfundar los primeros al pagar.

El hermetismo defensivo

Carlos Navarro Antolín | 29 de marzo de 2015 a las 5:00

MERCEDES ALAYA 2
EL Rey no puede tener amigos. El Príncipe tampoco. El cardenal es un príncipe de la Iglesia, luego tampoco debe tener amigos. Yel juez es un poder del Estado. La amistad, el poder y el Estado casan mal. Es una cuestión de estética. De prevención a largo plazo. De cautela. El juez debe ser cuidadoso. El que hoy está a su lado puede estar mañana enfrente. El juez decide sobre la libertad, el honor y la hacienda. Decidir continuamente sobre tres pilares fundamentales para una persona es estar en continuo ejercicio del oficio, es limitar el círculo de amistades a aquellos que estaban en la reunión antes de revestirse por primera vez con la toga. Ocurre como con el sacerdocio. Una vez ordenado, nadie ve al cura sin sotana. Una vez aprobada la oposición, todos la ven con toga, puñetas y trolley.

Mercedes Alaya (Écija, Sevilla, 1963) es de esa cofradía de personajes públicos herméticos sobre los que se crea una leyenda. Nadie conoce su voz, salvo que haya tenido que comparecer ante su mayestática figura. Alaya es una gran tímida, como Soledad Becerril, como Curro Romero. El hieratismo es una forma de ser. La timidez es una defensa. Y el hermetismo es una barrera. Si se funden el hermetismo, la timidez y el hieratismo sale porcelana cara.

La vida ha golpeado con dureza a esta magistrada. Es hija de un directivo de la empresa privada con sede en un parque industrial de la provincia y de un ama de casa que ha demostrado sobradamente su inteligencia y capacidad de sacrificio en los momentos más complicados.

Alaya, a la que algunos guardias civiles en privado llaman la muñequita, estudió en la Escuela Francesa sevillana en una breve primera etapa, para pasar a la educación pública: el colegio Cervantes y posteriormente el Instituto Cristóbal de Monroy, ambos de Alcalá de Guadaíra. Criada en los Pinares de Oromana, en un cómodo chalé con piscina, fue siempre una alumna brillante, la clásica empollona seriota, pero accesible. No contaba chistes, pero se reía con ellos. Entonces era ya celosa de su imagen. Su belleza fue reconocida en el pueblo con el título de dama de honor de la Reina Dulcinea. Una dama de honor que se enojaba con las trampas en los exámenes y en los juegos de mesa. Alguna vez se enfrentó a la salida de las clases a algún compañero aficionado a la carne de chuleta.

En la etapa final del bachilleratorecibió la primera cornada grave de su vida: el fallecimiento de su padre. Suele pasar que cuando el cabeza de familia desaparece, también lo hace la llave de la despensa. Alaya se hace mayor por imperativo de la vida. Se endurece por exigencias del guión. A la Facultad de Derecho llega conociendo ya a su actual marido, un joven procedente entonces de las aulas del San Francisco de Paula. Atrás quedan ya los años de residencia alcalareña. En la Fábrica de Tabacos es la borrega de su promoción. No quiso serlo, pero aquella chica de 17 años procedente del pueblo y recién aterrizada en la Universidad no supo oponerse.

Era una alumna que marcaba la cintura, lucía minifaldas y se solía sentar en primera fila con el mismo interés en las asignaturas de Derecho que tuvo en las enseñanzas medias. A mitad de la carrera se produce un hito que marca su vida: se queda embarazada. Los planes de estudio siguen adelante. La hoja de ruta se mantiene. Su madre asume la intendencia diaria con el bebé para que ella pueda seguir estudiando. Ni un paso atrás. Perdida la figura del padre, no queda otra que exprimir el tiempo y los recursos. Gana las oposiciones a juez –la vocación que siempre tuvo clara– en un tiempo récord:menos de dos años. Y como suele ocurrir: las oposiciones se ganan cuando el opositor tiene raza y las circunstancias de la vida son adversas. Yella tenía raza y una vida cuesta arriba.
El segundo gran golpe de su vida fue la muerte de su único hermano en accidente de tráfico. Dos muertes prematuras que marcan su carácter. Muchos de los problemas son relativizados a partir de entonces. Las previsiones de futuro para Alaya no van más allá de unos días.

Siempre ha ejercido la judicatura en destinos andaluces. Dicen que nunca ha buscado el protagonismo, pero tampoco lo ha rehuido cuando le ha venido dado por la resonancia de los casos. Esos grandes casos la han obligado a enclaustrarse más en sí misma, a fomentar la leyenda, a encapsularse como defensa ante los que le piden fotos, autógrafos, o la paran por la calle para darle ánimos. Los encausados refieren con amargura su impuntualidad en el comienzo de los interrogatorios, su pose altiva, sus preguntas tenidas por capciosas, sus formas poco delicadas y su pasión por condenar en lugar de limitarse a instruir. Incluso se quejan de que no mira a la cara y de que se sitúa física y cómodamente por encima de una pléyade habitualmente apretada de abogados y procesados. Sus admiradores aseguran que no deja nada al arbitrio, que no se guía jamás por el capricho, que es un modelo de honestidad profesional y que es celosa a la hora de fundamentarlo todo en Derecho. Si cree que alguien debe tener habitación en el hotel Don Reja, no duda en hacerle la reserva.

En privado selecciona las compañías, los lugares y el menú. La intolerancia a muchos alimentos restringe sus opciones al salir de casa. Los alimentos, mejor suaves y a la plancha. En la Feria, mucho mejor en la trastienda de las casetas, nunca en la puerta, para no exponerse en esas horas en que al personal se le aprieta una fosa nasal y sale vino por la otra. Las noches de fines de semana, con esos amigos de siempre que sí conocen su tono de voz. Ysi es por los alrededores de la Catedral, mucho mejor. También tiene la opción de disfrutar de la paz de una finca en El Castillo de las Guardas, o de alguno de los viajes al extranjero que tanto le apasionan, cuando los teléfonos móviles escupen fotos de sus largas esperas en los aeropuertos. Si las condiciones lo permiten, los papeles del juzgado pasan con ella el fin de semana.

Alaya es una magistrada de ruán porque es una persona de ruán. Un ruán con rebuscado glamour. Habla poco. Ni siquiera se caracteriza por tener muchas relaciones entre sus compañeros de profesión. Alguno fuerza desde lejos su saludo (“¡Adiós, Mercedes!”) porque sabe que le escuece tener que saludar. En eso se le nota cierta sevillanía malaje. Es crítica con la politización de la Justicia, con el Consejo General del Poder Judicial y con la pusilanimidad de muchos de sus compañeros. No soporta a los jueces con las siglas de los partidos debajo de la toga, a los que parece que deciden en función de intereses políticos. No se la ve tomar café por los alrededores de los juzgados. Alguna vez sí se le ha oído hablar en las juntas de jueces cuando alguna cuestión afecta a la organización de su trabajo.
Es capaz de estar en la barra libre de una celebración durante varias horas sin beber nada. Si acaso, en el mejor de los supuestos, pide una copa de champán. Pero la bebe con tanta parsimonia que el carbónico acaba por coger temperatura. Es entonces cuando ya no bebe más, pero se queda con la copa en la mano dándole coba. En ocasiones muy escogidas pide un cigarrillo. Pero los momentos de aparente relajación están muy calculados.

Disfruta de una preciosa casa en Nervión. El reportaje del Vanity Fayr fue un despropósito que frivolizó su imagen más aún que hacer coincidir ciertos autos con fechas clave del calendario político. A la celebración de la famosa reboda acudió el presidente del PP de Sevilla, Juan Bueno, uno de esos amigos anteriores a su condición de magistrada.

La infancia son recuerdos de Alcalá. El hieratismo es el envoltorio de la porcelana. La trolley es la sinécdoque. La vida ofrece momentos para un pitillo mientras el champán se calienta.