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A la medida del Betis

Carlos Navarro Antolín | 9 de septiembre de 2018 a las 5:00

SERRA FERRER

LOS pies son una parte del cuerpo que conviene tener protegida. Por seguridad. Por higiene. También por ese concepto de decoro que no está precisamente al alza. En una sociedad de padres débiles por hiperprotectores y con profesores con pies de barro, muchos niños tienen la mala costumbre de quitarse los zapatos en cuanto llegan a una casa. Los pies desnudos simbolizaban la divinidad en tiempos muy antiguos. Muchos famosos se retratan en sus paradisíacos jardines con prendas blancas y los pinreles al aire… La ausencia de calzado se asocia a la comodidad, a cierta saludable transgresión de las normas y, por supuesto, a esa estación del año donde se impone hacer el indio: el verano. Había un entrenador de fútbol que obligaba a sus jugadores a acudir al comedor del hotel de concentración perfectamente calzados y con calcetines. Nada de chanclas. Explicaba que se podían lesionar en cualquier momento por efecto de un golpe. Daba la orden sin complejos, con esa energía propia de los caracteres exigentes, puntillosos y controladores que muchos profesionales proyectan en sus horas de trabajo. ¡Todos bien calzados! Y obedecían.

Lorenzo Serra Ferrer (Sa Pobla, Mallorca, 1953), hoy vicepresidente deportivo del Betis con funciones ejecutivas como director deportivo, era aquel entrenador que se negaba a permitir las chanclas en los restaurantes. Es curioso cómo la disciplina, un valor muy a la baja en la sociedad de hoy, se mantiene vigente en el Ejército y en el fútbol, dos oasis en el desierto de autoridad que lastra muchos ámbitos. Se dice que Serra Ferrer es de los que emite calambre en su trabajo. Su nivel de autoexigencia le lleva a ejercitarse en la bicicleta estática –con 65 años sigue haciendo una hora cada día– o a coordinar la labor hasta de las limpiadoras de acuerdo con el equipo de fútbol. Así lo ha demostrado en dos fases como entrenador del club verdiblanco.

Está obsesionado con la felicidad de los béticos. Se quedó impresionado de la reacción de la afición por el ascenso a Primera División alcanzado en Burgos en 1994. El Betis lo ha convertido en personaje por mucho que haya sido entrenador y director deportivo de F. C. Barcelona, entrenador del AEK de Atenas y hasta dueño del Mallorca, donde contrató como técnico al muy sevillista Caparrós. Todo lo importante se lo debe al Betis, sí. Pero es irrebatible también que el mallorquín le ha dado al club sus días de mayor gloria contemporánea.Lo suyo con el Betis es un matrimonio perfecto, tan perfecto que ha superado períodos de separación.

En Sevilla es también un personaje más allá del fútbol, una ciudad tildada de cerrada. Caminar a su lado es pararse continuamente para que el personal se haga fotos a su lado con el teléfono móvil, o para agradecer los saludos y vítores de los albañiles de una obra de la Gavidia cuando se dirige a la Plaza de San Lorenzo para ver al Gran Poder. Antes o después de la visita al Señor, siempre para en la bodeguita Dos de Mayo. Lorenzo tiene un perfil numismático, de calva brillante. Cuando lucía bigote parecía sacado de una de aquellas monedas en las que se podía leer: “Por la gracia de Dios”.

Se ha hecho con el tiempo, de forma natural, con un círculo de amistades fijo, ha cultivado la relación con grandes como Curro Romero, el cardenal Amigo o Carlos Herrera. Muy habituales han sido y son sus encuentros con Pepote Rodríguez de la Borbolla, Luis Carlos Peris, Manolo Rodríguez, Juan Salas Tornero y su hijo Juan Salas Rubio, Julio Jiménez Heras, los Cuéllar… Hace todo lo posible por evitar a los sevillistas en su tiempo de ocio para sentirse libre al emitir sus opiniones. Serra es un forofo bético (muy “talibán” del beticismo, en expresión de algunos). Es persona que combina la educación con un fuerte carácter. Todos recuerdan cuando un policía local muy sevillista y especialmente celoso en su tarea lo detuvo el Sábado Santo de 1996 en el aeropuerto de San Pablo cuando iba a recoger a su mujer por no retirar el coche de donde lo había estacionado un instante. La narración de aquel suceso ha sido magistralmente repetida más veces que Verano azul por el entonces concejal de Seguridad Ciudadana, Luis Miguel Martín Rubio. El trato lamentable que recibió en las dependencias policiales del Pabellón de México le provocaron ganas de dejar la ciudad.

Y también se recuerda la patada que le dio al delegado del Sevilla, Cristóbal Soria, en el año 2005 tras soportar insultos graves durante un derby. “Al finalizar el encuentro el entrenador del Real Betis propinó una patada al delegado de campo a la altura del tobillo, haciéndole caer. El entrenador fue retirado por las Fuerzas de Seguridad del Estado para evitar males mayores”.

Nunca olvidará el momento en que conoció a Curro Romero. El matador estaba liado con el capote de paseo antes de un paseíllo en la plaza de toros de Sevilla. Curro iba vestido con un terno negro azabache. En esos momentos de tensión fue presentado a Serra Ferrer, que acertó a preguntarle: “Maestro, me han dicho que es usted bético”. Y Romero respondió: “¿Yquién no?”. Y cómo no recordar su primer encuentro con uno de sus grandes amigos, el periodista Luis Carlos Peris, en una rueda de prensa posterior a un partido en el lejano septiembre de 1989. Era tardísimo, las preguntas no cesaban y había que enviar la crónica, cuando a Serra le plantearon una cuestión en mallorquín, lo que generó que el entrenador respondiera en la misma lengua. “¡La hemos jodido con la hora que es!”, exclamó un Peris disgustado por una nueva demora provocada por la necesidad de recurrir a un intérprete.

La vida son recuerdos de una familia de cinco hermanos donde el primero que metía el trozo de pan en la fuente se llevaba la salsa. Es sentir el orgullo de ser mallorquín, hablar el mallorquín en familia, pero pronunciando los nombres propios en castellano. La vida es estar arraigado en Sevilla. Amante de la Semana Santa, apasionado de los toros y feriante comedido. No le gusta nada el Rocío. Dicen que lo pasó mal cuando Lopera lo invitó a una jornada en la aldea. La vida es tener plena confianza en su gente, sobre todo en Alexis, principal referencia de su núcleo duro. La vida son momentos sentado a la mesa en La Isla o Bajo de Guía, donde siempre guarda una dieta frugal, pero selecta. La vida es vivir cerca del club para el que trabaja y soñar con una casa en la calle… Betis. La vida es coleccionar grandes obras de arte, como lienzos de Miró o Barceló. La vida es ejercer de empresario hotelero de éxito con dos establecimientos en las Islas Baleares.

Aseguran que es currelante como pocos y desconfiado como casi todos los entrenadores de fútbol. Los entrenadores son gente acostumbrada al equilibrismo, a vivir con la certeza de que la felicidad siempre es efímera, acaso dura una semana cuando se está al frente de un equipo.

En sus dos primeras etapas en el Betis, ambas como entrenador y con Manuel Ruiz de Lopera en la cúspide del club, fue víctima de los celos, que son la antesala de la envidia. Como dicen los psiquiatras, hay muchas ocasiones en que no se puede hacer absolutamente nada para no generar ni celos ni envidia. La afición del Betis reconoció pronto los éxitos del equipo en la figura de Serra Ferrer y no en el dueño del club. A Serra se debieron el mítico ascenso del 94 tras conseguir 22 de 24 puntos posibles, dos finales de copa del Rey,de las que ganó una en 2005; dos clasifiaciones para la UEFA y una para la Champions. Tras ganar la Copa del Rey y ofrecer el título al Gran Poder, Serra vivió una auténtica procesión de gloria desde la basílica hasta el autobús. Aquello no gustó nada a don Manuel. Serra pidió refuerzos de nivel tras clasificar al Betis en la Champions. No se los dieron, bien por cicatería del presidente, bien porque Lopera ya sentía el aliento de Hacienda en la nunca, bien porque no quería encumbrar más a Serra. El caso es que el entrenador, con manejo de la sutileza, pronunció una frase demoledora en una entrevista concedida a Peris en Diario de Sevilla: “El Betis será lo que quiera don Manuel”. Los focos iluminaron al dueño con claridad.

Es cierto que Lopera ha sido una circunstancia en su vida. Serra está hoy feliz en el club como director deportivo, sin los corsés y condicionantes de antaño. Tiene un Betis a su medida, el que muchas veces soñó, rodeado de profesionales de la gestión, sin personalismos, con un estilo de trabajo moderno donde no caben las alharacas. Serra sigue siempre con los pies protegidos. Las chanclas no paran ningún golpe. Y no son decorosas para el trabajo. La comodidad se paga. El decoro, en el fondo, es una suerte de blindaje.