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El devoto de las 22:05

Carlos Navarro Antolín | 19 de agosto de 2018 a las 5:00

henares

HAY quien tiene muy claro que a las personas se las conoce de verdad por las noches. Según este criterio es conveniente manejarse en la vida con cierta nocturnidad, a esas horas en que el personal pierde el maquillaje de la ducha matutina, cuando el cansancio de las horas obliga a bajar la guardia y el nudo de la corbata pierde prestancia y se viene abajo como un cascote glacial. Para los defensores de esta tesis, todos los gatos no son precisamente pardos por la noche, sino más auténticos. La noche es aliada de la relajación a la que obliga la fatiga y de la pérdida del protocolo que provoca una copa. Bien manejadas estas claves, en esta ciudad hay quienes disfrutan con templanza de contemplar el paisanaje fuera del contexto laboral y sin el corsé de la compostura a la que obliga la luz del día.

El abogado laboralista Enrique Henares Ortega (Sevilla, 1952) es una figura principal de la película que se rueda cada día en el centro de la ciudad. De costumbres arraigadas, de ritos definidos y de rutas preestablecidas. El centro histórico es el plató de su vida, con alguna licencia para ir en el tranvía a la sede judicial del edificio Noga, o para montarse en el 34 de Tussam para llegar al Centro de Mediación, Arbitraje y Conciliación en Los Bermejales. Cuando las críticas arreciaban a Monteseirín por la construcción del tranvía más corto del mundo, hay quienes aseguraban que el alcalde socialista había pensado en los vecinos de la derecha sociológica del Prado de San Sebastián para que pudieran llegar a la barra de La Barbiana, y en este veterano abogado, con despacho en la Plaza de San Francisco, gran beneficiario de este medio de transporte que le deja a las puertas del Noga.

A Henares se le reconoce como un cofrade de prestigio que pronunció un pregón muy largo donde por primera vez y con toda justicia fueron homenajeadas las tabernas, y en el que hubo polémica porque incluyó una amonestación al nuevo arzobispo que –por circunstancias– adquirió un eco exagerado. Pero, en realidad, más que un cofrade al uso, Henares es un costalero de enorme trayectoria, de los que formó parte de la primera cuadrilla de hermanos –la de Los Estudiantes– y que se formó con El Penitente y convivió y aprendió de los históricos del martillo. Llevar ha llevado casi todos los pasos, menos los de cebra. Y, por encima de todo , es un apasionado taurino con plaza en el jurado de los premios de la Real Maestranza de Caballería. Nada más entrar en su despacho aparece la cabeza de Zandunguero, del hierro de Torrestrella, el toro de la confirmación de alternativa de su amigo Emilio Muñoz, lidiado el 19 de mayo de 1980 en la Monumental de las Ventas. Hace años que no pisa el real de la Feria al considerar que sus horarios ya no son compatibles con la asistencia a las corridas del abono de abril.

La vida son recuerdos de la casa familiar de la calle Santa Ana, donde se crió en el ambiente tranquilo del barrio de San Lorenzo y, cómo no, en la devoción al Señor. Son evocaciones de las tres sedes del colegio Los Maristas: Jesús del Gran Poder, San Pablo y Los Remedios. Su padre, oriundo de Maracena (Granada) se afincó pronto en Sevilla, donde ejerció de taxista en uno de aquellos elegantes vehículos negros con la franja amarilla. Su enorme sentido de la responsabilidad le llevaba a salir a a trabajar después de cenar hasta en Nochebuena. Su abuelo era Enrique Ortega El Almendro, banderillero de grandes figuras del toreo como su primo Joselito El Gallo, y cantaor. La vida son evocaciones de las aulas de la Facultad de Derecho, donde estudió becado en los tiempos en que no había masificación. Fue un tuno que literalmente portaba la bandurria, porque tocarla, lo que se dice tocarla, es otra cosa. La vida son recuerdos de su momento cumbre como costalero. Fue en el paso de misterio de la Amargura, donde calzaba en la última trabajadera, justo bajo el trono de Herodes. Ahora lo acompaña de regreso cada Domingo de Ramos con tremenda nostalgia. La vida, cómo no, son evocaciones de su maestro en la abogacía, don Juan Moya García. La vida son misas de domingo en la recoleta capilla de la Carretería, o escasos días de asueto estival en la Costa del Sol. La vida, en el fondo, es la mirada de un niño clavada en los costaleros de Rafael Franco (los ratones) cuando sacaban la de Montesión en años en blanco y negro, la hermandad familiar de los Ortega. La vida es estar sentado en la grada 4 de la plaza. Yla vida es buscar el acuerdo antes que recurrir al magistrado, la concordia entre las partes hasta en la barra del Rinconcillo si es necesario antes que entrar en el juicio.

El abogado rinde más cuando cae la tarde, en la tranquilidad del despacho huérfano ya de colaboradores, de las visitas de los clientes y del sonido de los teléfonos, a esas horas en que se estudian mejor los casos, cuando se estiran tanto las jornadas laborales que la luz de su despacho es la última en apagarse de la Plaza de San Francisco. De recogida a su casa, próxima a la Alfalfa, los manguerazos de los operarios de Lipasam parecen rendirle honores a esta leyenda viva del costal.

Fiel a la cita semanal con el Gran Poder, los viernes es conocido en San Lorenzo por ser de los que apuran la hora y llegan minutos después del cierre, fijado a las diez de la noche. Enrique Henares es devoto de los viernes, pero de los de las 22:05, cuando ya están cerrando las puertas, suenan los últimos balonazos de los niños en la plaza, y el capiller le deja entrar para que el Señor reciba esa última plegaria a deshoras. De noche, siempre de noche. Cuando las personas son más reales y cuando el Señor, quizás también cansado de todo un día de peticiones, recibe a este abogado templado. A Henares no le verán alzar los brazos por una sentencia a favor de su cliente, ni caer en depresión por un fallo en contra. Sus compañeros de toga, los mismos que lo definen como uno de los mejores abogados laboralistas de Sevilla, dicen que su mayor cualidad es la templanza, la moderación, esa misma serenidad que exhibe cuando está en la barra del Rinconcillo los domingos a mediodía ante un coronel de tinto y, si acaso, el empapante de una tapa de salchichón de Casa Riera. Los Ortega siempre han sido muy partidarios del tinto y poco dados a comer. Cuando Henares se enfrenta en las conciliaciones previas a un juicio o ya en pleno litigio a pretensiones exageradas de la parte contraria, se limita a exhibir la sonrisa socarrona del que sabe que el rival está metiendo la pata. Pero nunca se enciende. Es largo, tan largo como los procesos de lo social en los que interviene como abogado.

Hay quien lo define como un hippie con chaqueta y corbata por ese punto de bohemio altruista y por el perfil de personaje solitario que se gasta , un tipo sin miedo a la soledad porque, probablemente, está harto de oír a gente todo el día. A Henares no le hace falta citarse con nadie para disfrutar de un tinto en Casa Morales. Ni para darse esos paseos cardiosaludables. Es de los auténticos que no tienen coche por mucho que tengan carnet, como es de los que nunca tienen tiempo para ir al médico o de meter a los pintores en el despacho.

Tiene claro que el movimiento se demuestra andando. Nunca esperen verlo en las sillas de Semana Santa que tiene en La Campana. Las paga religiosamente para que las disfruten otros mientras él se harta de ver pasos con su amigo Fernando Moreno El Tato. Sí, “ese señor con barba” con el que siempre vemos a Henares buscando las cofradías las tardes de Semana Santa.
Es de los que se transforman en su despacho, se crecen, porque es el hábitat donde se siente más a gusto, la selva donde este león de la toga reconoce su particular reino, ese lugar al que tardó en llegar la conexión a Internet, porque ya se sabe que las mentes de ideas fijas tardan en aceptar ciertos cambios. Lo mismo que le cuesta digerir que los costaleros de hoy hiperflexionen el cuello para poder ver porque tienen ceñida la ropa a los ojos, luzcan tatuajes, se salgan del paso por el faldón delantero, o se exhiban hablando por el teléfono móvil o del brazo de la novia. Todos esos comportamientos que Henares, en alguna conversación privada, define como la conducta propia de un “papafrita”. En alguna ocasión, en una de esas charlas le oyeron dar una clase magistral sobre la materia: “Yo me salía del paso de la forma más discreta, por el faldón trasero o por el final de los laterales, pero jamás por delante del paso. Y al salirme, desaparecía rápido de la cofradía. ¿Qué es eso de exhibir sudores, tatuajes, costales deshechos y teléfonos por medio del cortejo? Yo me salía y me iba rápido a una taberna. ¡Sí, a una taberna con toda discreción y dignidad! Y no aparecía más hasta la hora en que me tocaba entrar de nuevo. Pero por las calles estaba el tiempo justito. Y se quejaban del olor de los del muelle y de las blasfemias que decían debajo del paso… Ni un papafrita había entre ellos. ¡Ni uno haciendo el indio! Eran gente sufrida, que vivía en condiciones muy lamentables en algunos casos, pero no hacían el indio. Cumplían el oficio con dignidad, llevaban un dinero extra a casa y en muchísimos casos se les veía rezar en privado al encerrarse la cofradía, no formando tertulias con las novias ni exhibiendo tatuajes, musculitos o telas de saco con el lema del SAS. Hombre, por Dios…”.

Henares representa hoy a una minoría de sevillanos a los que no les importa pagar el precio de ser como son: sevillanos discretos y a contracorriente (ni bebe cerveza ni acude a la Feria), sevillanos de guardia en agosto que saben disfrutar de momentos de soledad o de tertulia en las noches de tabernas, esos pocos santuarios muy escogidos donde este letrado es tratado como un parroquiano más que como un cliente. Gran admirador del cardenal Amigo, íntimo de la familia Villanueva, habitual y aficionado a ver las cofradías en segunda o tercera fila para no provocar el saludo de los miembros del cortejo. Nunca se le pasa un plazo en los litigios por ese sentido de la responsabilidad heredado de su padre. Acaso, como se ha dicho, se le pasa la hora de cierre de la basílica algunos viernes por esa costumbre de apurar el tiempo en el despacho, pero dicen que Miguel Martín, el capiller, aguanta abierta la hoja de una puerta todo lo que puede hasta que Félix Ríos, el hermano mayor, le recuerda que son ya las diez. “Es que todavía falta Enrique”. Y Henares llega a paso de mudá, con ese andar recto y de brazos caídos que es marca de la casa, para ser el último de los Viernes del Señor, el devoto de las 22:05, cuando la noche hace que Enrique vea al Señor más auténtico, más persona, más humano.