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El maletín imprime carácter

Carlos Navarro Antolín | 22 de marzo de 2015 a las 5:00

MARCELINO MANZANO 3
DICE el pontífice argentino que le ganó las votaciones al italiano Scola en un cónclave de cuaresma que los curas tienen que ser alegres y oler a oveja. Dice también que la lepra está en la curia. Cuando preside bautizos en la Capilla Sixtina, insta a las madres a darles el pecho a los bebés en caso de que rompan a llorar. A muchos curas les ha cogido este Papa con el paso cambiado. Los monárquicos aseguran que el rey que es del gusto de los republicanos no es un buen rey. Y los católicos ortodoxos tienen claro que el Papa que contenta a los no creyentes no es un buen Papa. Este Papa que vino del fin del mundo no gusta a muchos presbíteros de la archidiócesis hispalense. Lo reconocen en privado, jamás en público. Este Papa no gusta a los que carecen de currículum pastoral, o a los que el poco que tienen equivale a un curso de formación de la CEA en los años del boom inmobiliario. No gusta a los burócratas de cuello duro, a los de mirada gélida y actitud altiva, a los que tienen como libro de cabecera el Código de Derecho Canónico, a los que están más a gusto en el despacho que yendo de pueblo en pueblo en un cuatro latas a decir misas con un cuarto de entrada. A los curas, sean del rango que sean, se les conoce rápido en el aterrizaje en una nueva responsabilidad, en esos primeros cien días, que se diría en clave política; en el sonido del motor al arrancar, que se diría en mecánica.

Al cura Marcelino Manzano Vílches (Sevilla, 1972) le tocó el gordo de ir destinado a la Parroquia de San Vicente, con el premio a la serie de la Delegación Diocesana de Hermandades. De Lora del Río al corazón del casco antiguo. De los miuras pasó a los cofrades por el camino más corto. Han cantado bingo, oiga. El buen hombre, todo un gentilhombre de la diócesis, llegó a la parroquia, vio el tono de las maderas del cancel y otras reformas, y no sabía si preguntar por el sacristán o por el precio de la habitación simple con desayuno continental, porque a San Vicente lo dejaron como un hotel NH tras aquellas restauraciones que promovió la socialdemocracia de la Junta de Andalucía, a. S. (antes de Susana).

Llegó Marcelino y se le vio desde el arranque. Lejos de estirarse ante las hermandades de la feligresía, de dejar claro quien manda al estilo de los inseguros que meten los paneles en el Palacio Arzobispal para hacerse despachos propios, este orondo sacerdote de sonrisa perenne optó por repartir copias de la llave de las dependencias parroquiales entre las hermandades. Colocó un cartel bien visible: “El último que se vaya que eche la llave de arriba”.

Marcelino está haciendo méritos para ser el Estudillo del siglo XXI, aquel capellán real de rigurosa sotana que se tomaba el aperitivo de anchoas con leche condensada en la barra de Trifón. Marcelino es la sonrisa de la diócesis (hay quien dice que la sonrisa del régimen), el cura que va siempre agarrado a un maletín como va la juez Alaya con su trolley de telediario. Ese maletín es en realidad la cruz de Marcelino, la cruz a la que se abraza cada día. En el maletín van los papeles de los mil y un problemas de los que recibe notificación procedentes de las más de seiscientas hermandades que tiene la diócesis. El maletín imprime carácter. En el maletín viaja la información reservada: el sacristán trincón de un pueblo de la Sierra Sur al que no se puede despedir porque no está dado de alta en la Seguridad Social, el hermano mayor al que acusan de vida licenciosa, el divorciado al que han elegido pregonero y tiene al beaterío sublevado, la hermandad del Aljarafe que lleva años sin director espiritual, la junta de gobierno que pide una coronación a cambio de ayudas sociales, etcétera. El cura Marcelino va lidiando las presiones, ora con la seda de su sonrisa, ora con el percal del latiguillo que el obispo ordenante parece que entrega a cada cura el día de su ordenación para que se defiendan de los hartibles:“Estamos en ello, estamos en ello”. Y cuando arremeten por el teléfono móvil con algún microescándalo de supuesta urgencia, el cura echa agua en la muleta para templarla de los azotes del viento desapacible: “Bueno, bueno… Eso tiene que tener arreglo, tiene que tenerlo”.

Marcelino, camino de San Vicente, se para más por Tetuán que el camión de Lipasam que baldea cada noche el centro en chicotás marcadas por los silbidos del operario. En Sevilla sabemos cuánto dura la eternidad como sabemos apreciar eso que se ha dado en llamar patrimonio inmaterial. La eternidad es el tiempo que tarda el cura Marcelino en recorrer la distancia que hay entre el Palacio Arzobispal y la Parroquia de San Vicente, con más interrupciones que el peliculón de Antena 3 y dos estaciones fijas: San Onofre y la Cope. Se paran los relojes, se detiene el tiempo, se vuelve cadencioso el piar de los pájaros y hasta en los naranjos se percibe el florecimiento del azahar como en una grabación en cámara superlenta. Marcelino es la prueba cotidiana de la existencia de la eternidad. Hay quien dice que lo paran aún más por la calle porque confunden su silueta con la de Zoido, quizás porque, dicho sea en clave juanramoniana, Marcelino es de lejos el alcalde de Sevilla visto de cerca.

La elección del Papa argentino le sentó a Marcelino como un traje a medida. Cuando Francisco mandó a los curas meterse en los rebaños para oler a oveja, él venía ya de pasar jornadas de campo entre borregos con un amigo en La Puebla de los Infantes. Estudió en San Telmo en los años de la concordia entre los últimos seminaristas y los primeros socialistas, cuando nadie en el PSOE se planteaba denunciar los Acuerdos del Estado con la Santa Sede como medida para evitar el hundimiento del voto de izquierda. Marcelino conoció los enchufes de 125 watios del viejo palacio que fue escuela de mareantes. Y aquella experiencia en un edificio desvencijado y con las letrinas antiguas, debió agrandar la huella de la humildad en el personaje. Antes de despedir a los seminaristas, el presidente Chaves invitó a cenar a todos los formadores y alumnos. Por eso Marcelino tiene el privilegio de haber sido uno de los comensales de la última cena… en San Telmo. Dicen que el único cura que ha vuelto a vivaquear desde entonces por el edificio ha sido Pepe Chamizo en sus años de Defensor del Pueblo Andaluz. Pero con pashmima en lugar de sotana.

Altar y coro. Pastor de pueblo para ovejas de capital. Hay que sonreír y escandalizarse lo justo. El mensaje de estado de WhatssApp lo dice todo:“Copeando”. Copeando de ir a la Cope, so malpensados que son algunos. La mejor pastoral es la de la calle. El cura es uno más, pero es el cura. No es que sufra el riesgo de mimetizarse con las cofradías por ser su delegado diocesano, es que fue cofrade antes que cura. Es una variante del dinosaurio de Monterroso. Cuando lo nombraron, él ya estaba allí.

Mucha gente cree que Marcelino es ya canónigo. La verdad es que tiene hechuras de maitines. Tiene parroquia de tronío, despacho en la curia pero le falta la canonjía para hacer el hat-trick de la diócesis. Yo creo que no le conviene ser canónigo, más que nada porque últimamente al Cabildo le pasa como a los partidos políticos: que no ascienden los mejores, sino los que están todo el día trabajándose el favor del aparato. Marcelino quizás sea más bien una suerte de camarlengo al sevillano modo. Eso de pedir en un cartel que el último eche la llave tiene mucho de camarlengo, de velar por los servicios mínimos, para que no falten bendiciones ni se deje de pagar el recibo de la luz y el agua en períodos de interinidad.

El cura es la sonrisa. El maletín es la cruz. La eternidad es un paseo. Y la gloria… La gloria es presidir como sacerdote el paso de misterio de San Benito, la mejor canonjía para un cura feliz. El Papa argentino vino del fin del mundo. Y el cura pilatero de Lora del Río.