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El taller de la elegancia

Carlos Navarro Antolín | 4 de marzo de 2018 a las 5:00

Fernando Rodriėguez Avila

A las personas se las conoce cuando dicen que no. De grandes noes han surgido más largas relaciones que de esos abrazos fáciles de alcalde paseante por la Feria. La negativa genera un respeto que muchas veces desemboca en admiración. El no echa raíces, el sí se olvida. El no es la mejor tarjeta de presentación. El no está revestido de verdad, de riesgo, de la valentía de quien asume los efectos secundarios. El sí es como los pregones “hamburguesa”, que te hartas de aplaudir, te llenan, pero a los veinte minutos se te han olvidado… Y tienes hambre. El no es la prueba del algodón que revela la ausencia de ojana, el estar dispuesto a asumir el coste de la antipatía, la determinación firme de quedar como un malage. El no bien administrado es auténtico, el sí a todo es pura debilidad, es ganar cada día las oposiciones a una plaza fija de agradaor. Dos sevillanos se presentaron un día en el taller de Fernando Rodríguez Ávila (Sevilla, 1936), maestro sastre al que siempre oirán hablar de su “oficio”, nunca de su “trabajo”. Los dos visitantes irrumpieron en la paz del taller (telas, catálogos, tijeras, probador, mostrador, metro, fotografías…) para pedirle que hiciera un traje de servidor de una antigua cofradía. El encargo era un engorro desde el minuto número uno: por las medidas especiales, por los detalles del terno, por las fechas en que tenía que estar terminado el terno… Al maestro Ávila se le puso la cara del escultor Sebastián Santos cuando le encargaron el Señor de la Cena… con el regalito de los doce apóstoles. Con una serie de preguntas que reflejaban las dificultades de la encomienda, dejó entrever las cargas del pedido, evidenció que el sastre no tenía ningún interés ni siquiera en iniciar el dibujo. Macheteó el incómodo toro del encargo para quitarle las embestidas de la ilusión de aquellos dos incautos. Hasta que en un momento dado, sin acritud pero directo, sentenció en voz baja y mirando fijamente a uno de los visitantes: “Yo lo voy a hacer, pero ese traje es un latazo”. Los dos señores se fueron con el sí, pero al rato se sinceraron entre ellos: “A este señor lo llamamos mañana y le liberamos del encargo. Un encargo que para nosotros es tan bonito no puede generar incomodidad a nadie”.

Sevilla tiene en pleno centro a uno de los 30 mejores sastres de toda España, un club al que se accede por la unanimidad de los compañeros de oficio. Basta una bola negra para no ser admitido. Se trata de un señor de 81 años que sigue fiel a su concepto del oficio: todo hecho a mano y expresamente para la persona que lo encarga. Sin confección, sin patrones previos, sin un escaparate donde vender otras prendas. Sastrería pura y dura. Ávila se sigue echando al suelo para cortar una capa española, se agacha para tomar las medidas, enseña el muestrario de más de 700 telas, acepta realizar los uniformes militares de mayor dificultad, los trajes especiales para el cuerpo diplomático, el uniforme de gala de los maestrantes, y sigue cultivando la sastrería específica para sacerdotes.

Ávila es la quinta generación de maestros sastres. La primera sastrería de la familia ancla sus orígenes en Avilés (Asturias) en 1865. Posteriormente en La Habana (Cuba), donde aparece Ofelia Ávila Aróstegui, descendiente de vascos que contrajo matrimonio con el padre del actual maestro Ávila. Aún se conserva el baúl de madera que usó doña Ofelia en su viaje definitivo a España para estar junto a su marido.

La vida es una infancia en las aulas de los Escolapios y en la collación de San Pedro, una pelota de trapo para las tardes de fútbol, el recuerdo de la zapatería del capataz Manolo Santiago. La vida es dejar los estudios en el San Francisco de Paula con 16 años para aprender el oficio en el taller de su padre, en los tiempos en que se cortaban entre 25 y 40 trajes a la semana. Aprende el oficio de la mano de su primer maestro, Antonio Burgos, donde era el único varón en un taller de 16 costureras. Su segundo maestro, quien le enseñó la sastrería militar, fue José Barreiros, y el tercero fue Juan Rivera en el taller de General Polavieja. La vida es ser un taurino fiel, como es fiel a su pequeña copa de tinto al día, sin excesos ni alharacas, siempre como un pincel, siempre elegante cualquier día del año, siempre llevando en su interior cierta procesión con un estilo de discreción desgraciadamente en desuso.

Ávila es el sastre de la Universidad de Sevilla para cortar esas togas y mucetas que lucen catedráticos y profesores en las grandes solemnidades del paraninfo. Hussein de Jordania fue recibido como doctor honoris causa en 1985. Compareció en Sevilla con la reina Noor. Ávila fue invitado al acto, le quisieron dar una acreditación como profesor para que asistiera en una localidad destacada. Se negó. O la acreditación rezaba su oficio real o no aceptaba: “Yo soy sastre y a mucha honra”. Y así fue. Acudió a ayudar a vestirse al rey Hussein y después, efectivamente, al acto académico. Y en la identificación de solapa ponía lo que tenía que poner: “Sastre”. La vida es cortar como nadie el chaqué gris perla con sombrero de copa que lo elevó a las cotas de prestigio más altas del gremio. La vida es huir de la jubilación porque el trabajo tiene un sentido cristiano: es fuente de bienestar. La vida es oír el elogio público de Felipe González a su trayectoria como alfayate.

Es un gran especialista en el corte del chaqué, prenda que se hereda y se reutiliza no siempre con acierto. Y es toda una experiencia ver a su lado ciertas procesiones de esta ciudad, como la del Corpus. Una vez le oyeron decir en voz baja tras ver pasar a decenas y decenas de señores de tiros largos: “La de muertos que han salido hoy en el Corpus”. Diga usted que sí, don Fernando, que en Sevilla hay muertos que viven en los chaqués, como reviven en las túnicas de nazareno. Y casi siempre al muerto le quedaban bastante mejor las prendas.

En su casa de la Palmera ha realizado la toga de don Javier Benjumea Puigcerver. En silencio. Sin preguntar nada que no debe, sabiendo que el sastre es a veces un confesor y que el probador es su confesionario. Hay noches que se acuesta conociendo los secretos de una obra de ingeniería civil o los de una operación a la desesperada para extirpar los órganos para un trasplante. Morante luce sus trajes azules. Y El Cid, Javier Conde, Espartaco… Castella toreó en México con un terno suyo. Fue una estampa insólita. La chaqueta era cruzada y muy ceñida. Ese traje de paisano se quedó en un museo de ultramar.

Su gran empeño es que no se pierda el oficio. Su sueño sería montar una escuela de formación de sastres, poder enseñar la habilidad de ver al cliente entrar por la puerta y estar viéndole ya con el traje puesto. Enseñar a vender, medir y cortar. Instruir también en el arte de tratar a las personas hasta el mínimo detalle. Con la distinción propia de un maestro sastre. José María O’Kean era, por ejemplo, de los que enseñaba a dar el cambio en monedas en la mano del cliente: “No se tira en el mostrador”. Hoy se necesitan buenos oficiales de sastrería, pero no se enseña el oficio.

El maestro Ávila lleva a gala ser adorador nocturno con distintivo de veterano ejemplar por su constancia de más de 500 vigilias junto al Santísimo Sacramento. Hermano de número bajísimo en San Pedro. Y hermano de Santa Marta de los tiempos del padre de Otero Luna. A la Soledad de San Lorenzo, ay, siempre le es fiel. En el probador de su taller hay una réplica de la Gloria que luce en su palio de tumbilla la Virgen de los Reyes de la Hermandad de los Sastres de San Ildefonso. Ávila lleva cincuenta años de forma ininterrumpida en la junta de gobierno de esta hermandad .

Un traje es como un cuadro. No se cambia después de ser terminado. Si el cliente engorda no hay compostura que valga. Que pierda peso. Hay grandes pintores que le han pagado un traje con un cuadro. El pintor se evade cuando pinta, se deja llevar por las callejuelas de su mundo interior. El sastre se olvida de todo cuando está en el santuario de su sastrería de la calle Sauceda, la que se reconoce por la reja de estilo racionalista.

Su concepto de sastrería es la que realza la figura del varón con independencia de su resultado en la báscula o de sus hechuras. Hay gente que adelgaza al ponerse uno de sus ternos, porque descubre su cuerpo tras períodos de chaquetas grandes donde casi cabían dos personas. Detesta los logotipos de las marcas en las prendas. Cuida con primor los forros y las botonaduras. Ysabe que lo más complicado es cortar la caja del pecho. Por eso es un sastre que sufre al comprobar lo malamente que se viste hoy. “El hombre se ha desvestido”, le han oído decir en alguna de esas tertulias que se improvisan en su taller. Las tradiciones son una suerte de rompeolas del mal gusto que se extiende a la velocidad del aceite derramado y que tiene su período culmen y antihigiénico en el verano, cuando el calor todo lo justifica: incluso hacer el indio, e ir como un indio. Fue él quien en los años ochenta (terribles para la estética) alzó la voz contra los caballistas de la Feria que montaban en vaqueros y camisa abierta por el real. Admira cuando una familia se arregla para el Domingo de Ramos con lo que consideran sus mejores galas. Cada cual con lo que pueda. Como el que saca una colcha sencilla, humilde y de bajo coste para engalanar su balcón al paso de Su Divina Majestad. La clave no está en la calidad, sino en la buena intención. Lo importante, como en el ejemplo del Domingo de Ramos, es que se ha sacado su mejor colcha para honrar a Jesús Sacramentado.

Más allá de los varones, este Ávila es también un especialista en el corte de trajes de chaqueta para señoras. En reformar y transformar prendas especiales. De la capa pluvial de Bueno Monreal sacó la insignia del cardenal Spínola de la Soledad de San Lorenzo.

A la sastrería, como a misa o a los toros, hay que ir sin prisas. Como un ritual cotidiano, con la tranquilidad personal de quien siempre ha huido de las hipotecas. Con la seguridad de quien rechazó en su día nada menos que ser el sastre de El Corte Inglés, con sueldo fijo y clientela garantizada. Esa misma seguridad es la que le permite llamar al orden al cónyuge impertinente durante una prueba, cuando la paciencia queda colmada y el manual de Psicología aconseja pegar el corte: “Señora, el sastre soy yo”. Concibe el oficio como un sacerdocio en el que se cumple un doble horario: el de atención al público y el de trabajo interno. Por eso suele ser el ausente de muchos momentos familiares, lo que contrarresta con unos días de agosto en la Antilla, al sol limpio y claro que baña el Terrón.

Ibáñez, Cañete, O´Kean, Sierra, Ávila… Los apellidos vivos de una cofradía de románticos, de tijera y metro, acericos y catálogos, elegantes pañuelos en la chaqueta de quien se viste de media etiqueta para su oficio cotidiano, de guardianes de formas perdidas de atender al público, incluso de preguntas que ya no se oyen, ni mucho menos se saben responder. “¿Hacia dónde carga?”, preguntaba el recordado maestro sastre al cliente sonrojado al medir la zona de la cremallera… Hoy no se percibe tanta elegancia auténtica como sí mucha altanería cuando un comerciante se quiere dar importancia. Ávila es un símbolo de esta ciudad, un señor que busca alguien que quiera aprender el oficio con la humildad que él tuvo a los 16 años para empaparse de las enseñanzas de aquel maestro Burgos al que siempre está agradecido.

Sus trajes se reconocen de lejos, como los buenos palios. Un día entró un cliente con el objetivo firme de tener un Ávila. Don Fernando le mostró los catálogos durante largo rato. Y el señor, dubitativo, ya no sabía cómo romper hasta que exclamó: “Mire usted, yo lo que quiero es que el traje me quede como los que usted le corta a Joaquín Moeckel”.

La Real Maestranza de Caballería de Sevilla quiso regalarle a Don Juan Carlos el traje de gala de caballero maestrante. Sólo Ávila podía cortar ese traje. Pero la Reina Sofía quiso que lo realizara el sastre habitual del monarca en Madrid. El encargo se fue para la capital del reino. Pero desde cierto taller tuvieron que telefonear a la calle Sauceda para saber cómo se corta un traje de esas características. Y alguien en Madrid dijo hace muy pocos días: “¿Ávila? De los poquitos sastres que enseñan”. Está en Sevilla. Y sabe decir no.

Una dama a contraquerencia

Carlos Navarro Antolín | 21 de mayo de 2017 a las 5:00

ANABEL MORENO

EN Sevilla hay gente que conoció los años en los que una mujer no podía entrar sola en los bares. Estaba mal visto. Si acudían a los toros era para ejercer de florero. Y, por supuesto, sin lucir la minifalda que censura la letra de las sevillanas. En Sevilla aún queda gente que conoció los caballos de picar sin petos, vísceras por el ruedo y agujas gordas de coser sobre la marcha de las que necesita el PSOE de hoy. En Sevilla hay gente que se estrenó viendo la primera máquina de asar pollos en la calle Azofaifo, o que acudían a subir y bajar una y otra vez por las escaleras mecánicas de El Corte Inglés recién estrenado en la Plaza del Duque en 1968. En Sevilla hay listos, charlatanes e inteligentes. Los mejores, habitualmente, suelen ser los que se callan, se quedan con la música y son capaces después de dirigir la orquesta. Éstos últimos son los brillantes, capaces de abrir camino, con fuerza para soportar las presiones, hombros anchos donde resbalan los balazos del que dirán y un desparpajo encauzado con racionalidad. En Sevilla hay muchas mujeres que han demostrado que el feminismo verdadero, no el de escaparate, pancarta y convertido no pocas veces en negocio o usado como coartada para las venganzas, se demuestra andando, trabajando, asumiendo y liderando.

Anabel Moreno (Las Palmas, 1959), funcionaria de la Junta de Andalucía y actual directora general en el Ayuntamiento de Sevilla, no milita en ningún partido político. No tiene carné. Forma parte de esa izquierda ilustrada, viajada y carente de prejuicios que es capaz de defender valores progresistas al mismo tiempo que disfrutar con sus hermandades del Valle, la Carretería y los Sastres.

Tuvo que haber un día en que una mujer entró por primera vez en un bar o se atrevió a vestirse de nazareno, como hubo un día en que esta mujer se decidió a aceptar el reto de presidir una corrida de toros en la plaza de Sevilla. Y hacerlo con el criterio propio de una aficionada de reconocido prestigio, tal como dicta el reglamento. En lugar de instalarte en la queja o en vez de aludir a los techos de cristal para justificar supuestas metas nunca logradas, esta funcionaria de cabeza bien amueblada aprovechó la primera oportunidad, se subió al primer tren y dio el paso al frente en un sector marcado por con fuerza por una suerte de machismo especialmente recalcitrante. Siempre le atrajeron los toros como rito, nunca como espectáculo. Si los toros se convierten en un mero espectáculo les ocurre como a la Semana Santa: están condenados al fracaso por un virus interno sin necesidad de que actúen enemigos exteriores. No fue nada fácil la primera experiencia en unos tendidos donde clamaban el “mujer tenías que ser” o el “vete a tu casa a limpiar”. Esta vecina del centro traía como defensa su formación académica, sus años en la facultad de Derecho, la mejor de España según Clavero y Olivencia, su sólido criterio taurino forjado en plazas de España y Francia.

Hizo la tesina sobre la eutanasia cuando el tema resultaba especialmente delicado, un trabajo dirigido por Jimmy Sainz-Pardo, quien muchos años después negoció como alto cargo de la Junta de Andalucía el traspaso de competencias del Estado en materia de Justicia. El interlocutor de Jimmy en el Ministerio de Justicia, por cierto, fue Juan Ignacio Zoido como director general.

Anabel era una joven estudiante que siempre acudía a clase con un ejemplar de El País bajo el brazo. Inteligente, culta, curiosa, cabezona hasta decir basta. Con mucho carácter. Nada amiga de acudir al real de la Feria. Lo suyo son los toros, los viajes previos a las dehesas para evaluar las reses elegidas por la empresa, asistir a los sorteos matinales los días de festejo, unos días en los que come poco, acude a pie hasta la plaza, se bebe un refresco sin azúcar y viste con la corrección propia que merece la responsabilidad. Siempre accede al coso por la puerta de cuadrillas y desea suerte a los matadores y a sus cuadrillas. Con Finito de Triana, su asesor artístico, se entiende con la mirada. Si la tarde ha sido de bronca al palco presidencial, cuando el festejo acaba y los matadores ya han abandonado el ruedo, aguanta de pie unos minutos para recibir todos los reproches que el respetable considere oportunos. Sabe como nadie que escrito está que la auténtica fiera ruge en los tendidos. ¡Y cómo ruge a veces, señora presidenta! Tras firmar todos los papeles que hay que despachar cuando termina un festejo, que pareciera que está uno en una notaría cerrando una fusión bancaria, la presidenta se refugia en el bar Taquilla con su gente, con ese círculo de confort que necesita todo ser humano expuesto al juicio del público. Es curioso cómo los aficionados, según el perfil, se reparten por las tabernas del entorno de la plaza en cuanto acaba la corrida. Los intelectuales acuden a la bodega San José, más conocida como El Punto. Los aficionados más entendidos, a la bodeguita Romero. Los más habituales de la vida cotidiana del Arenal, al recoleto Ventura. Y los conductores, areneros, los músicos de Tejera y otros personajes secundarios, prefieren el Taquilla de la calle Adriano. Al Taquilla se va la presidenta, donde ya la coca-cola adquiere el sabor de algún aliño propio de las horas de la relajación. Allí, alguna vez, ha recibido llamadas gratificantes en tardes especialmente duras: “He vuelto a ver la faena en la televisión y has acertado no concediendo la segunda oreja. Tenías razón”.

La vida son recuerdos de la promoción 1976-81 de Derecho, donde compartía noches de estudio con Rosamar Prieto-Castro. La vida es decir sí cuando Demetrio Pérez le ofreció entrar en el equipo de presidentes de la plaza de Sevilla en la temporada 2006. Ella, una aficionada autodidacta, no lo dudó en ningún momento. Como no dudó en hacer oposiciones y como no duda en viajar a lo destinos más alejados cada vez que puede. La han visto por Turquía, Siria, Egipto, Uzbekistán… Dicen que se busca a alguien que tenga una foto suya en Matalascañas. Le gustan un museo y unas ruinas históricas casi lo mismo que la embestida brava de un vitorino. Apasionada de la novela negra tanto como del barco de la Carretería. La vida es eso que ocurre cuando no se está en la grada 3 junto a su inseparable Manuel Grosso, un aficionado culto que los días que ella preside se ve obligado a guardar disciplina de nazareno del Silencio cuando hay reproches al palco. Y esa disciplina no hay estampida que la altere. La vida son recuerdos de un mano a mano entre Romero y Ojeda en la plaza de Málaga a la que esta incombustible Anabel acudió embarazada de ocho meses.

Le gusta ver los toros desde el callejón, disfrutar del embarque del ganado y cultivar las relaciones personales con toreros y ganaderos. Pero como el torero mate mal no hay segunda oreja. Como debe ser. Ya lo dijo un portero del teatro La Scala de Milán: “Todos los días de función no pueden acabar con aplausos de 45 minutos”. Tiene claro que la plaza de toros de Sevilla no es una ONG, que los momentos previos y posteriores a la corrida forman parte del rito. La pueden ver dando una conferencia en un club taurino de París o en los palcos de Semana Santa de la Plaza de San Francisco, con un velo en cualquiera de esos países árabes a los que se escapa, o en los veladores de la Plaza del Pan dándole cadencia a un trago largo. Dicen que es de izquierdas. En realidad es más bien de la hermandad del sentido común, del partido de la naturalidad, del colectivo de los que no están dispuestos a renunciar a todo lo auténtico que tiene su ciudad, de los que se niegan a vivir en el frentismo, rechazan el cultivo de esas visiones excluyentes que no admiten que se pueden hacer cambios sin necesidad de bochinches, que se puede ser devota de la Virgen del Valle, entender de música israelí, no pisar la Feria y perderse con insistencia por los rincones de Turquía menos conocidos. Que la lucha por la igualdad no es una estética de arrobas, del todos y todas, del sevillanos y sevillanas, sino de hechos, apuestas, esfuerzo y decisión y de ocupación de espacios con tanta naturalidad como determinación. La suya es una vida a contraquerencia. En contra de las inercias casposas y en contra de postureos que no admitirían alguna de sus combinaciones por no encajar en las etiquetas que pretenden una reducción al blanco o negro, al rojo o al azul.

La clave quizás ha sido tener arrojo y, como siempre, una buena cuadrilla. Un día una mujer entró sola en un bar y le importaron muy poco las miradas. Lo hizo sin ira. Un día una mujer aprobó las oposiciones de notarías y ejerció entre hombres mayores escapados del NO-DO. Lo hizo con naturalidad. Un día otra mujer se matriculó en la vieja facultad de Derecho de Laraña. Y después, poco a poco, llegó otra, luego otra y después muchas más. El caso es quedarse de pie cuando arrecian las críticas. Y, por supuesto, no irse a casa a limpiar. Se va una al Taquilla, que es mucho mejor. Y a esas horas las fieras han dejado de rugir y la categoría de la plaza ha quedado protegida: una plaza de primera gracias a la dama del palco.

La pastoral de la jet

Carlos Navarro Antolín | 15 de noviembre de 2015 a las 5:00

Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp
COMO una relación precisa entre la causa y el efecto, muchos sevillanos tienen dentro no sólo gatos en la barriga como para montar una cofradía, sino un pedazo de perro de Paulov que ante determinados estímulos generan una rápida respuesta. Un poner. Cada vez que en los telediarios de la España de los años ochenta y noventa daban cuenta de un suceso bañado en sangre, de una buena cuchillada rebanando un cuello, de unas jóvenes perdidas en la noche oscura y aparecidas años después entre maleza, o de cualquier reyerta a lo Puerto Urraco, el sevillano generaba ya una inquietud interior, una curiosidad fatal propia de quien no encuentra la última pieza del puzzle. Buscaba, sin darse cuenta, la coletilla de rigor que siempre debía rematar esas informaciones: “El doctor Frontela ha sido requerido de inmediato para examinar los restos hallados”. “Desde Sevilla se desplaza ya el doctor Frontela, cuya aportación será clave para esclarecer el caso y dar las primeras pistas a la Policía”. “La familia de las asesinadas ha pedido un dictamen particular al doctor Frontela”. No había muerto sin esquela, ni crimen sin Frontela.

Otro poner. Ninguna corrida de toros de relumbrón debía carecer del Lele Colunga con los brazos descansados sobre la barrera. ¿Hay mayor símbolo de estatus social que posar los codos en la barrera del Coso del Baratillo, a ser posible con el vaso del café traído del bar Taquilla por el arenero a cambio de una generosa propina? Eso que hoy llaman postureo lo ejerció Colunga hace muchos años con toda naturalidad. Con tanta que alcanzaba pactos con los fotógrafos de la Puerta del Príncipe. Al Lele se le sacaba en los cromos del colorín cuando había escasez de famoseo. Era el comodín local a falta de rostros de la jet madrileña.

–Lele, hoy te hago la foto pero no creo que la saque mañana. Mejor el sábado, cuando ya nada más que haya catetos de los pueblos para ver al Litri y al Cordobés.

Y el Lele, con la almohadilla en una mano y la otra sobre el hombro del fotógrafo, daba todas las facilidades del mundo.

–Como tú quieras, tú sabes que yo no falto. Y cuento contigo para este año en mi casa del Rocío, como siempre, ¿eh?.

La ratio de apariciones del Lele en la galería de la Puerta del Príncipe de aquellos felices años era de una foto por cada 2,7 días, que diría el tonto de la estadística. Y sus apariciones o ausencias, motivo de charla y reprimenda familiar de mediodía.

–Pepe, esta mañana vi el periódico y no salía el Lele en los toros, ¿estará malo? Y en cambio salen otra vez retratados ese tal Luismi, el empresario de los aceites que da un potaje en su caseta al que, por cierto, nunca te invita, y ese señor madrileño tan espléndido, ¿Enrique Fernández se llama?, que aparecía junto a un jefazo de la Guardia Civil.

El perro de Paulov que muchos sevillanos llevan dentro comienza a segregar saliva cuando lee el reportaje de una boda entre famosos en la capilla de la Maestranza, en las Adoratrices, o en esa Caridad donde nadie acierta a leer el in ictu oculi. El sevillano sabe que para ser de verdad una ceremonia de tronío tiene que estar presidida por el sacerdote Ignacio Jiménez-Sánchez Dalp (Sevilla, 1973). Ni antiguas mantillas de madrina, ni trajes de Roberto Diz, ni flores de Búcaro hasta en la puerta del templo, ni haciendas del Aljarafe, ni camareros con guantes, ni sirvientes vestidos a la federica, ni canapés de diseño, ni merceditas para aliviar los pies de ellas en la barra libre con baile, ni puros traídos de Cuba para que ellos hagan la chimenea… La saliva se segrega y se sigue segregando hasta que no aparece citado el cura Ignacio.

Que se casa la hija de un maestrante, la oficia el cura Ignacio. Que se casa el hijo de la duquesa de Alba, lo casa el cura Ignacio. Que se casa la mismísima duquesa de Alba, preside la ceremonia el cura Ignacio. Que se casa el torero famoso con la presentadora de televisión, los casa el cura Ignacio. Que se casa el hijo del alcalde, en el altar está concelebrando el cura Ignacio junto al prelado. Que se casa Rafael Medina en el palacio toledano de Tavera, hasta allí se va el cura Ignacio con sus oropeles.

Se leen los ecos de sociedad de los bodorrios de tronío y no se queda uno espiritualmente en paz hasta que confirma que el cura es el que debe ser. Porque no puede ser otro. ¿No hay pastoral gitana, pastoral obrera, pastoral del turismo, pastoral de la enseñanza, pastoral de la salud, pastoral juvenil y pastorales de no sé cuántas cosas más? ¿No es Sevilla la capital del famoseo con sucursales coyunturales en Jerez y Ronda? Pues si Dios está en todos los lados, sus ministros hacen bien en servir a toda la población. Las ovejas azules tienen su pastor, la gente guapa tiene su capellán, la jet tiene su director espiritual.

El cura Ignacio también se vuelca con la gente sencilla de los pueblos donde ha ejercido su ministerio como párroco. Ay, cuánto hizo en Alcalá del Río y qué poco se lo reconocieron algunos… A cuántas puertas de casas palaciegas ha llamado para sacar perras con las que pagar la restauraciones de cubiertas, torres y campanarios. Gracias a la destreza con el sable, a lo Robin Hood con clériman y sin carcaj, ha sacado euros de los ricos para promover buenas obras en beneficio de los pobres.

Su oratoria es tan fluida y brillante, jugando con la gesticulación, los tonos y la mirada, que hay quien tiene claro que este cura risueño es una suerte de monseñor Camilo Olivares del siglo XXI, quien ejerció de capellán de Doña María de las Mercedes y cena los Sábados Santos en el Eslava con el actual duque de Alba, para irse después a ver la entrada de la Soledad de San Lorenzo.

Al cura Ignacio lo hemos visto toreando en una plaza de tientas, en el palco de convite de la Real Maestranza en tarde de farolillos, con derecho a prismático, almohadilla y horchata o destilado al doblar el tercero;entrando en el Pazo de Meirás, donde los Franco siguen celebrando sus fiestorros, y hasta oficiando el mismo día el funeral de Javier Medina Liniers y la boda de Cayetano Martínez de Irujo.

En Semana Santa es veloz gracias a la moto con la que se desplaza de los barrios al centro, y del centro a los barrios. Es usuario del clériman en los días de pasión e incienso, porque ya se sabe que da derecho a cangrejear con comodidad delante de los pasos de palio. Y en caso de bulla, el policía procedente de Soria no aprieta al cura.

Cuidadoso en el vestir y con la báscula, cuando dio el pregón de la Semana Santa se encargó en Ibáñez un precioso chalequillo eclesiástico, una prenda poco habitual en el clero sevillano. Se para por la calle más que un paso de palio. “Niño, ¿todavía no tienes hijos? Pero si llevas casado ya más de un año… Anda, date prisa”. “¿Que tu niño no da religión en condiciones? Eso te pasa por llevarlo a un colegio tan laico”.

Pocos saben que el cura Ignacio no hizo todos los estudios en el seminario de Sevilla. Los primeros años de su formación eclesiástica los cursó en el de Toledo, mucho más conservador que el hispalense. Toledo tenía estética de sotana y alzacuellos cuando Sevilla se movía en un ambiente más acorde con las enseñanzas del concilio. Dicen que de sus años toledanos queda la estética con la que reviste a los acólitos de la parroquia de las Flores:de sotana y con roquetes.

El cura Ignacio es muy envidiado por algunos de sus compañeros. El don de gentes, la oratoria y la agenda de contactos son innegables. Y eso a veces genera recelos. La notoriedad del pregón de Semana Santa resultó incómoda en algunas instancias. Su carácter desenfadado no es a veces bien digerido por sectores conservadores que tildan de histriónicas algunas muestras de naturalidad y que lo encajarían en el perfil del padre Estudillo, aquel cura currista, muy sevillista y de tapita en Trifón y en La Isla. Tiene hasta imitadores que han querido cogerle la vez, pero sin mucho éxito hasta ahora. Yhasta hay quienes presumen mucho de conocerlo, como Paloma Gómez Borrero, que lo citó malamente para reforzar una información. El día que murió la duquesa de Alba, afirmó la periodista en una televisión: “Conozco al capellán de la familia, el padre Sánchez Cal [sic]”.

La vida es presentarse a comer como uno más de la familia en la casa de los Siguero, en la Avenida de República Argentina. Es una misa del Gallo en el amplio y poblado salón familiar. La infancia es una foto de un niño con casulla jugando con toda inocencia a decir misa. Es recibir con humildad de oveja ciertas indicaciones del pastor. Es pronunciar un muy buen pregón de Semana Santa, porque el éxito de un pregón es hacer vibrar al público. Yel público vibró con el pregón de quien no podía ser otra cosa en la vida que cura.

Cuando hay una boda de famosos o una torre de campanario recién curada de las grietas y a la que por fin ha vuelto la cigüeña, segreguen saliva: ha sido el cura Ignacio, el de la moto.