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El tesorero de Dios

Carlos Navarro Antolín | 21 de septiembre de 2014 a las 5:00

CURA MIGUEL CASTILLEJO
DE tanto decir amén la misa no sale bien. Lo ha tenido muy claro este sacerdote que siempre ha ido más allá del altar y el coro, ajeno al qué dirán por las amistades peligrosas y que ha navegado con soltura por las aguas del poder económico y su pariente más próximo: el poder político. Miguel Castillejo Gorráiz (Fuente Obejuna, 1930) se ha hartado de dar créditos como presidente de Cajasur, se ha hartado de colocar en plantilla a familiares de curas y amigos y se ha hartado de poner dinero para causas sociales, benéficas y de conservación del patrimonio, pero también para la revitalización del sector industrial en Córdoba (la naranja, los cárnicos, el cobre, el mueble). Su problema, quizás, fue verse superado por los tiempos. La sociedad, y con ella la Iglesia, pasaron página en muchos usos y costumbres que dejaron al cura Castillejo convertido en una silueta en blanco y negro. Su estilo como presbítero estaba más ligado a Pío XII que a Juan Pablo II, con formas majestuosas de celebración y con homilías en un tono más propio de tribunal de tesis doctoral que de púlpito para llegar a todas las capas de la grey. Sus obsequios a políticos y grandes clientes de la entidad dibujaban un perfil dadivoso que no encajaba en la condición de clérigo. Hoy ni siquiera encajaría en la de presidente de una entidad financiera en una España en la que toda familia tiene uno o más miembros en el paro. Aplicaba a la perfección el viejo dicho:Al amigo, todo. Al enemigo, nada. Y al indiferente, la legislación vigente. Si el amigo le pedía veinte libros, aparecía un mensajero con dos cajas de veinte cada una.
“Espero no perder aquí la fe”, susurró un alto directivo a los pocos meses de estar en los despachos de Cajasur. Don Miguel cultivaba el buen yantar. En una primera etapa, si el cliente que había sido recibido sobre la hora del Ángelus era un VIP, el mismo don Miguel lo invitaba a almorzar a la recoleta sucursal de El Caballo Rojo. Si no era VIP, lo hacía un directivo. En una etapa posterior, las comidas fueron casi siempre en su despacho, en una mesa noble que sólo era cubierta parcialmente con manteles individuales. El camarero, de batín blanco, servía aperitivos de chacinas y un menú de tres platos: crema de verduras, un pescado y una carne. Todo rematado con postres y café. Y al término de cualquier reunión con don Miguel, se podía salir por donde se había entrado o por una puerta trasera. Ironía del destino, presagio de la arquitectura, la presidencia siempre tenía conexión directa con la calle.
Este tesorero de Dios vio a los indios cercando el fuerte de Cajasur cuando el atentado del 11-M desalojó al PP de la Moncloa. En su despacho le preguntaron: “¿Qué va a ser de Cajasur, don Miguel? Tenemos a Magdalena [Álvarez] cada día más encima y ahora…”Y Castillejo comenzó una larga respuesta que empezaba en 1864 con la narración de la fundación de aquel Monte de Piedad donde Cajasur tenía sus raíces. Y siempre, siempre, hablaba en primera persona del plural, aun refiriéndose a tiempos en los que él ni siquiera había nacido. Lo mejor fue el final, con don Miguel de visionario: “…Yen el año 2235 habrá un canónigo de Córdoba que estudiará nuestros legajos. La Junta de Andalucía no existirá. Pero la Iglesia, sí. Yla Caja será otra vez de la Iglesia”.
En los peores tiempos de confrontación con la Junta de Andalucía, don Miguel siempre encontró consuelo en el hombro del cardenal Amigo. Poca gente sabía que el presidente de Cajasur pasaba temporadas hospedado en el Palacio Arzobispal de Sevilla, en una suerte de retiro lejos de los focos. El cardenal siempre lo tuvo en alta estima. El dadivoso don Miguel pagó la millonaria restauración de una veintena de campanas de la Giralda que hubo que trasladar a un taller especializado en Alemania, como pagaba no pocas obras para la conservación de bienes inmuebles de la diócesis hispalense. Fue distinguido por el Cabildo hispalense, cómo no, con el título de canónigo honorario. Días antes de las grandes celebraciones, alguien se encargaba de telefonear a la Catedral de Sevilla para rogar que don Miguel fuera sentado “junto a los obispos”. Y siempre se le explicaba al intermediario que si don Miguel quería destacar, era mucho mejor que fuera sentado como canónigo honorario, porque entre las decenas de obispos con mitra quedaría eclipsado. Este canónigo penitenciario de la Catedral de Córdoba –un puesto que ganó con todo mérito por oposición– siempre se ha quedado con la pena de no ser obispo, pese a que ha mandado mucho más que la gran mayoría de obispos y hasta envió a paseo a cierto prelado de Córdoba con el aval de Roma. En la Ciudad Eterna se solía hospedar con su estado mayor en la distinguida Hostería del Sol. En octubre de 2003, en la celebración del cardenalato de monseñor Amigo en el Colegio Español de Roma, se pensó dos veces si concelebrar o no la eucaristía dada la gran cantidad de presbíteros. La bulla nunca fue de su agrado. En ellla se destaca menos.
Acostumbrado a mandar, a saltarse las comisiones de evaluación de riesgo para dar créditos a quien consideraba oportuno, a la tapicería de los Audi y a la fría compañía de los escoltas, no faltaba a la cena de inauguración de la caseta de Cajasur en la Feria de Córdoba, una caseta con las dimensiones de un estadio. Un año se produjo una situación esperpéntica. El concesionario de la caseta, al que se le había pedido algún espectáculo especial para esa primera noche, contrató a bailarinas para animar los postres. Un cañón de niebla fría se activó para anunciar la salida de las señoritas, ataviadas como gogós, de las que se adivinaban entre el humo los destellos de las lentejuelas de los bikinis. Don Miguel y los canónigos del consejo de administración pusieron cara de circunstancias, algunos se levantaron, pero todos aguantaron con templanza ante la rápida intervención de algunos directivos con ganas de correr a gorrazos al concesionario en presencia de cientos de trabajadores con sus familias.
–¡Por favor, sáquelas de aquí! ¡Y mientras eche más niebla, más niebla, que se vean lo menos posible! ¡Déle, déle al cañón!
Cómo no recordar las largas colas el día de San Miguel para felicitar al presidente en una ceremonia propia del salón del trono. Ola cena de cada verano en Marbella con decenas de profesionales de la caja. Don Miguel lucía igual el bonete en las celebraciones litúrgicas que el traje y la corbata para entenderse con socialistas y comunistas la mar de bien en ese estilo que alguien bautizó como la “hipocresía institucional”.
Se hizo con el precioso Palacio de Viana para el patrimonio de la caja de ahorros, convertido en un Castelgandolfo particular, donde recibir a las visitas más especiales entre los destellos de suntuosas vajillas envitrinadas. En los reposabrazos de aquellos sillones descansaban unas manos con dedos tan gruesos como morcones. “¡Don Carlos es un cardenal propio del Renacimiento!”, le dijo al periodista sevillano en una entrevista. A su término, llamó a solas al responsable de prensa de Cajasur, al que cuchicheó instrucciones.
–Don Miguel quiere que te dé un paseo en coche por Córdoba y te invite a merendar antes de que cojas el AVE de regreso.
Hoy preside la fundación que lleva su nombre. Se comunica por correo electrónico con viejas amistades y antiguos colaboradores, sobre todo para felicitarles la onomástica con puntualidad y enviar algunos libros de regalo con dedicatoria: “Espero que te guste”.
Don Miguel ha salido limpio de las desagradables cuitas que dejó la muerte de la caja, cuyo cadáver envolvió cual José de Arimatea un cura que hoy es obispo auxiliar de Sevilla: Santiago Gómez Sierra. Don Miguel no ha sufrido ni un roce. Y algunos de sus enemigos entran y salen hoy de los juzgados entre alcachofas de la prensa. Su mayor problema fue que no supo irse a tiempo, que no aceptó la llegada de la jubilación. Pero nadie puede discutirle que recibió una caja de zapatos que convirtió en una de las grandes cajas de ahorro de España. Al final, técnicamente, lo echó la Iglesia al reformar el estatuto del Cabildo. Y no el PSOE. Siempre te echan los tuyos. Los adorables compañeros de canonjía. De altar y coro. Y ahora es el tesorero emérito de Dios, viendo en el telediario cómo se sientan en el banquillo algunos de sus viejos conocidos.