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Las 10.000 cartillas

Carlos Navarro Antolín | 2 de octubre de 2016 a las 5:00

Dolores López Cansimo
HUBO un tiempo en que un profesor era tratado como una autoridad. Una autoridad de auctoritas, no de potestas. Una autoridad anclada en los cimientos del prestigio, la sabiduría y el ejemplo. Hoy un profesor tiene los pies de barro porque la Administración lo echa al fuego de la ira de los padres a la mínima queja del alumno. Al estudiante se le presume la veracidad de su testimonio, al profesor se le cuestiona y tiene que probar sus calificaciones y decisiones. No hay presunción de inocencia para el docente. Los padres son el ariete ante el que la Administración abre las puertas para evitar el mínimo desgaste. El aprobado que el profesor no da, la Junta lo bendice. Con los médicos pasa tres cuartos de lo mismo. El paciente es el gran exigente ante el que las autoridades sanitarias se pliegan y, postradas de hinojos, entregan las llaves de la dignidad y la autoridad de los galenos. Por eso existe cada vez más una medicina defensiva como existe una enseñanza defensiva. Y hasta un periodismo defensivo, oiga. Los profesores y los médicos de hoy tienen los pies de barro. Son maltratados desde el tuteo irrespetuoso hasta la amenaza con ser puestos delante de ese primo de Zumosol que es el político de turno, el mismo que sólo busca el titular del aumento de aprobados (la sopa boba, la engañifa, el humo provocado) o de la reducción de las listas de espera. Ser médico o ejercer la docencia hoy supone estar expuesto a un alto riesgo de conflictividad que a quien más perjudica al final es al paciente y al alumno, respectivamente. La autoridad es hoy un concepto mancillado, el prestigio está devaluado y la sabiduría sencillamente no se valora. Los médicos y los profesores han quedado reducidos en muchos casos a meros proveedores, suministradores de servicios necesarios. Poco más.

El mundo es de los que tienen ideas. Y las ideas fijas condicionan la conducta de la gente por el mundo. Hay quien sólo viaja a lugares donde hayan estado antes los romanos y quien sólo veranea donde lo haga el pediatra de sus hijos. Que le pregunten a don Manuel Clavero, que acudía en tiempos a la playa donde fuera Manuel Laffón, el célebre pediatra sevillano, padre de la pintora que representa una de las grandes marcas de la mejor Sevilla. Donde está el pediatra está la tranquilidad.

María Dolores López Cansino (Sevilla, 1938) es mucho más que una pediatra. Es un estilo a la hora de templar los nervios de los padres, un rostro escrutador de los dolores de los infantes y, llegado el caso, un tono firme a la hora de reprender alguna negligencia paterna, importándole muy poco si el apercibimiento puede causar alguna molestia, porque tiene claro que el supremo interés del menor está siempre por encima de cualquier susceptibilidad. Esa autoridad, en su acepción más hermosa, la llevó a tener una gran demanda de padres hasta que la Junta de Andalucía decretó en 2004 un plan de jubilaciones exprés que segó del sistema sanitario a los médicos con más experiencia. De la noche a la mañana. Si se dice que Dios llama siempre a los mejores, la Junta se libra siempre de los mejores. Hay que dar paso a la juventud que suele ser más dócil. El sistema siempre los prefiere blandos.

La doctora López Cansino soportó un día las exigencias de una madre para que su hijo de cuatro años fuera derivado a un especialista. La señora era el claro ejemplo de Doña Erre que Erre demandando el tratamiento que ella consideraba idóneo para su hijo y no el que la experta planteaba como adecuado y necesario. La pediatra acabó por aceptar y tramitar la solicitud de derivación ante las reiteradas quejas de la madre por los dolores de vientre del niño. Esa jornada, ya de noche, se topó con la misma madre y con su hijo en Casa Diego, en Triana. El supuesto enfermito estaba hartándose de beber vasos de caldo de caracoles. La criatura disfrutaba con las reiteradas ingestas, que la pediatra contempló largo rato en silencio. Un médico del montón de los de hoy, amenazado por el sistema, no hubiera dicho ni pío. La doctora López Cansino se acercó a la familia: “Buenas noches, pues ya sabemos de qué son los dolores abdominales del niño. No hace falta que vengan más a la consulta mientras siga bebiendo tanto caldo de caracoles. Mañana mismo anulo la petición de derivación, no se preocupen”.

Tener un estilo ágil, eficaz y pedagógico durante más de cinco décadas tiene sus consecuencias. La fuerza de la vocación conlleva unas cargas. El precio de la fama, dicen. El orgullo de todo profesional, apuntan. Las consultas sufren de superpoblación de pacientes en esos casos. Los cupos de pacientes de los antiguos ambulatorios se organizaban mediante cartillas. Cada cartilla equivalía a una unidad familiar. En el caso de los pediatras, cada cartilla solía incluir una media de entre dos y cuatro niños. La popularidad y eficacia que combinaba esta pediatra en el ambulatorio de Amante Laffón, por ejemplo, la llevó a acumular más de 10.000 cartillas, cuando lo habitual era que un pediatra tuviera asignadas entre dos y tres mil.

La vida son recuerdos en sepia de las aulas de la Facultad de Medicina de Sevilla, donde tenía a su hermana Antonia de compañera de promoción. Ambas fueron de las primeras mujeres en cursar la carrera, en aquellas clases impartidas por el doctor Suárez Perdiguero, el catedrático que siendo rector presidió de nazareno la cofradía de la Buena Muerte y todo el mundo lo identificaba por su pronunciada cojera. La vida es hacer el rodaje como pediatra en Villanueva del Río y Minas junto a su marido, que ejercía entonces de médico general. Ellos eran la única asistencia médica del pueblo minero en años difíciles en los que, además, atendían gratis a los niños acogidos en el Convento de la Hermanas de la Cruz. Las monjas agradecían siempre las atenciones con ropitas y paños bordados para sus primeros hijos. La vida es el debut en la capital, en el ambulatorio del Juncal, el retorno a la provincia en plaza de primera: Alcalá de Guadaíra. Y otra vez la capital es una plaza dura, pero gratificante: Torreblanca. Allí aprendió que la gente más humilde suele ser la más sencilla y agradecida. Marqués de Paradas, en pleno centro, y Amante Laffón, en San Gonzalo, jalonan una dilatada carrera. La vida es atender en la consulta privada de Triana a los nietos de quienes fueron sus pacientes décadas antes en el sistema sanitario público. La vida es que los vendedores ambulantes de un mercadillo la paren para saludarla porque aún recuerdan cuándo atendió a sus hijos. La vida son veranos en un chalé de Matalascañas, Villa Loli, donde cientos de padres han acudido con hijos doloridos a deshoras cuando las infraestructuras sanitarias de aquella playa eran más propias de Nairobi.

La última asignatura que aprobó en la facultad sevillana fue la de Quirúrgica, que en aquella época impartía el doctor Zarapico. En el tramo final de la carrera, López Cansino ya tenía novio, un compañero de clase, Francisco Jiménez Pérez, que con los años sería su marido. El día del examen final se citaba a los alumnos por orden alfabético, pero se saltaron ese orden y llamaron a Francisco y a María Dolores al mismo tiempo. Se trataba de un examen oral en el que uno exponía tres temas y el compañero completaba lo que le faltara al primero. Francisco defendió sus tres temas y María Dolores, tras cada exposición, alegó que estaban perfectos, que no tenía nada que añadir. El doctor Zarapico aprobó a ambos y le comentó a Francisco: “Ruego a Dios que siempre te de la razón como lo ha hecho hoy”.

En el Tardón soportó alguna madre desahogada. “¿Le importa que le coloque aquí las bolsas de la compra?”, mientras el olor a pescado inundaba la consulta. “Me importa menos que a usted la hora de la cita, ha llegado usted tarde y lo primero es el niño, no el mercado”. Otro día atendió a una niña llamada Penélope a la que su madre no paraba de llamar “Pene” con una abreviatura poco afortunada. La doctora López Cansino, ¡siempre el supremo interés del menor!, ya no pudo más: “Mire, o la llama Pe o Penélope con todas sus letras, pero pare ya porque le va a causar un trauma a la pobre criatura”.

Un pediatra es mucho más que un proveedor de Dalsy o Apiretal. O debe serlo. Una vocación tan pronunciada y un estilo de ejercicio de la profesión tan romántico han robustecido un tronco del que ha salido la rama continuadora en un hijo que estudió Medicina en la habitación contigua a la consulta privada. Allí aprendió Eduardo que la medicina es un sacerdocio. El médico debe ser, además, ejemplo de orden, limpieza, responsabilidad y educación. Todo eso reporta una auctoritas que no hay decreto de la Junta que la pueda laminar. Lo enseñan los que saben: sólo se viaja donde hayan estado los romanos. Y donde haya una buena pediatra como la doctora López Cansino. El valor de las ideas fijas. El supremo interés del menor.

El balcón de los pasos perdidos

Carlos Navarro Antolín | 20 de marzo de 2016 a las 5:50

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DESDE el balcón se ve la Sevilla del 29, regionalismo que se mantiene en pie porque no hay mejor forma de mantener el patrimonio que garantizando su uso. Se admira el río y se aprecia la cuadrícula urbanística de Los Remedios, barrio de escuadra y cartabón que en muchos casos se ha quedado varado en los tiempos de Lauren Postigo, que no suena a Baratillo sino a Andaluz, éste no es tu referéndum. Gabriel Rojas acertó cuando apostó por construir en Los Remedios cuando allí sólo estaba el convento. Pensó que si desde la explanada de República Argentina se otea a la perfección la Puerta de Jerez, por qué no querría la gente vivir al otro lado del río. En el mismo balcón se pueden dar hasta 21 pasos y formar tres filas de público, más que en muchas capillitas, tabernas y despachos profesionales de la ciudad. Un buen balcón con unas buenas vistas dan para pensar mucho. La expresión del Estado es el vacío. Clavar la vista en el cielo infinito desde tu propia casa es la expresión de la libertad. Es como disfrutar de la lluvia sin mojarse. A Juan Pablo II le encantaba oír la lluvia desde la basílica de San Pedro. “La lluvia es una bendición de Dios”, proclamaba con el baldaquino de fondo. Hay vistas que también son una bendición. Dar 21 pasos al aire libre sin salir de casa y respirando el aire de la calle tiene que ser como ciertos sacramentos: imprime carácter. El 21 es un número bonito. Rima con el 151, el de la autonomía andaluza. Manuel Clavero Arévalo (Sevilla, 1926) se inventó el artículo 151 de la Constitución en su casa con Herrero de Miñón, aquel político que estaba llamado a ser el líder de la derecha del tardofranquismo. A Dios por la belleza. A la autonomía por el 151. El Congreso tiene su salón de los pasos perdidos. Y la casa sevillana de Clavero tiene un balcón de los pasos perdidos.

La casa está trufada de libros. Por los libros los conoceréis. Sevilla vista por Atín Aya. El boletín de la Hermandad de los Estudiantes. El tomo granate de las personalidades de la Universidad de Sevilla. Las revistas de Abengoa. Vocabulario andaluz. Historia de la Universidad de Valladolid. Una biografía de Adolfo Suárez, el presidente al que Clavero provocó fuertes dolores de cabeza. Rumbo a lo desconocido. Una obra en homenaje a José Luis Prats, alma máter de Emasesa. La Celestina. El Ideal Andaluz. El habla andaluza. Delfines y tiburones. Juan XXIII. Córdoba y su Cabildo Catedralicio. Mirando las dos orillas. José Bono, les voy contar. Mitos del pensamiento dominante. La Inquisición. Rusia no es culpable. 1934: el movimiento revolucionario de octubre. La ladrona de libros. Mis amigos muertos. Andalucía: cambio y encuentro con el nuevo milenio. Los lomos de los libros hablan, son voces. Cantan las pasiones, los cambios de régimen político, las aficiones, los regalos… Los libros hablan como hablan las ausencias de libros. Una casa hiperpoblada de libros es un jardín botánico, donde todo está por estudiar. Y cada planta, cada libro, tiene su valor.

Clavero es la Transición, el 23-F, la alta política, la dimisión por antonomasia, una idea de Andalucía, un símbolo, una leyenda viva. Clavero es la visita a la Zarzuela para despedirse del Rey: “Señor, vengo a comunicarle que hago una cosa que usted no puede: dimitir”. Y se fue a Barajas a coger un avión. Y llegó el avión y había una multitud esperándole cuando ya no era nada. Los pelotas de cámara del PSOE sevillana esperaban a Guerra cada viernes en San Pablo para hacerle la corte porque Guerra era el capataz del gobierno de Felipe. Pero Clavero se bajó del avión como ex ministro cuando en España no dimitía nadie. Y a pesar de que ya no portaba la cartera ministerial de Loewe, estaba también al pie de la escalerilla un gobernardor civil para anunciarle que sí tendría la condecoración propia de los ex ministros para acallar ciertos rumores que apuntaban a una supuesta cicatería de honores. Clavero llegó, vio y cogió un taxi. Se plantó en su casa, donde estaba el balcón de los 21 pasos, los libros y las raquetas de tenis.

Siempre ha jugado al tenis de blanco, pero sin sofisticaciones. Aún se recuerdan sus sencillas zapatillas blancas en las que pegaba unos cortes para que el pie estuviera más holgado. Jugaba con Pepe García de Tejada, que usaba alpargatas de costalero. Fueron campeones de Andalucía. Y en Valencia se quedaron sin ser campeones de España. Nunca dejó el tenis, ni siquiera siendo ministro, cuando tenía derecho a usar las pistas del club Puerta de Hierro de Madrid. Clavero, el del café para todos, ha jugado al tenis por casi toda España. Y en Sevilla, además, con el sastre José María O´Kean y el radiólogo Ángel Rodríguez de Quesada. De los 18 a los 82 años, siempre jugando al tenis. Dos dígitos más para una vida simbolizada en los números. Andar 21 pasos da para mucho: para evocar la Constitución de 1931 que sólo daba autonomía directa a Cataluña y el País Vasco, para evocar a Ortega y Gasset, precursor de la teoría del café; para añorar Punta Umbría, para rememorar los días agrios en los que tuvo que irse al grupo mixto de los diputados, orillado por voluntad propia ante la actitud cerril de la UCD con Andalucía, e incluso para recordar con afecto ciertos viajes junto a Sus Majestades los Reyes en el 77. “Menos mal que ganó el Betis la copa, si no se llena Madrid de banderas vascas”, le comentó Doña Sofía en Valencia algunos días después de aquel histórico partido en el Calderón: Iríbar, Esnaola, penaltis y la locura verdiblanca.

Desde el balcón se ve el río, sí. Y el restaurante Río Grande, donde Clavero se dirigió a Escuredo en el enésimo intento por desbloquear el proceso autonómico andaluz tras un referéndum que se quedó encasquillado en Almería: “Rafael, esto no puede quedar así”. Y Escuredo le propuso almorzar con Felipe y Guerra para iniciar el desbloqueo ante el gobierno de la UCD. La historia es conocida. Hoy, un paseo por ese balcón sirve para comprobar cómo Andalucía marcaba un debate nacional de altura, lejos aún de corruptelas de café y de largas listas de imputados por los ERE. El proceso quedó desbloqueado sin necesidad de repetir el referéndum en Almería. Para el acto donde quedó sellado el acuerdo político, el presidente Suárez hizo una petición a Felipe: “Que no esté Clavero”. La UCD hocicó, pero no quería tener delante a quien había sido clave. El niño criado en la Puerta Osario, junto a la fábrica de harinas de su padre, estaba ya en la historia. Y al pasar los años nunca miró con rencor a Suárez, todo lo contrario. Se hubiera mirado a sí mismo con rencor de no haber dado el paso que tenía claro que debía dar: levantarse del mullido sillón y coger un taxi antes de tragarse el sapo antiandaluz de la UCD, ese sapo que aún tiene atragantada a la derecha en Andalucía como una maldición.

La infancia son recuerdos de la Semana Santa en las sillas de Sierpes oyendo las saetas de Antonio Mairena y Fosforito. La juventud, de salir de nazareno junto a su padre en el Gran Poder, siempre a pie desde la casa familiar de la Plaza Padre Jerónimo de Córdoba hasta la vieja parroquia de San Lorenzo por el camino más corto.

La vida es un balcón. 21 pasos. Una devoción al Señor reflejada en un número muy bajo en la nómina de hermanos. Una vara de rector en la presidencia de la cofradía de la Universidad junto a un hermano mayor llamado Ricardo Mena-Bernal. Un cuadro de la Virgen de Guadalupe en la entrada de una casa acogedora. Una Universidad con crucifijos en las aulas. Un tono de voz estilizado, de los que no se da ninguna importancia. Un forma de ser tan natural como el público a pie de calle cuando se dirige al periodista de alcachofa: “Antolín, ¿esto cuándo sale?”