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Un icono de la radio

Carlos Navarro Antolín | 10 de julio de 2016 a las 5:00

Charo Padilla (1)
LA imagen de un pueblo la construyen sus narradores, la enaltecen los poetas, la distorsionan sus tópicos y la destrozan los resentidos. Se puede usted quedar con la Sevilla de postal, como iba a hacer hoy Obama, o recrear la que relatan los viajeros franceses del XIX. Con las fiestas del pueblo, con sus señas de identidad, ocurre exactamente lo mismo. Se puede usted limitar a la Semana Santa chabacanizada, fagocitada por los movimientos del neocostalerismo, donde Dios es la coartada y hasta se graban los ensayos de pasos sin vírgenes, o dejarse llevar por los momentos de emoción interior y de autenticidad a prueba de esnobismos. La elección es libre. La Semana Santa tiene manos que la cuidan y hacen posible, como las de Manuel Palomino. Tiene escritores que la acariciaron en el pasado, como Peyré. O incluso que la desnudaron como Núñez de Herrera.

La Semana Santa tiene hoy sevillanos que la retratan con amor como Martín Cartaya, el último mohicano de la Leica, fogonazo, abrigo azul, cuello cerrado y siempre en la posición idónea para mirar sin ser visto, para disparar sin ser oído. Y tiene reporteros capitalinos de tres minutos de telediario que equivocan los rótulos y sacan con la alcachofa estereotipos ceceantes para ahondar en la vieja e injusta vinculación de la religiosidad popular con el bajo nivel cultural. La Semana Santa, quizás como el periodismo en general, está necesitada de profesionales que la sepa tratar a pie de calle sin edulcorantes, que hagan crónicas en vez de pláticas, que sepan emplear el bisturí imprescindible para diseccionar lo cutre de lo auténtico, lo nuevo y pasajero de lo que siempre permanece, lo popular de lo chabacano, la elegancia que conocieron varias generaciones de lo fabricado hace un cuarto de hora.

Si la Semana Santa, la ciudad misma, tiene manos, fotógrafos y escritores, también tiene voces. Se llama Rosario Padilla de la Hoyuela (Sevilla, 1962) y es conocida como Charopadilla, dicho todo junto, de una sola chicotá y pararse ahí. Para muchos, muchísimos, es la voz de la Semana Santa, la profesional que tiene ese bisturí tan necesario en tiempos de cochambre y misticismo. Muchos, muchísimos, no entendemos la retransmisión de la salida del Cerro sin su trabajo, por esa capacidad para escrutar el público de las primeras filas, el de las vecinas de toda la vida que esperan a la Virgen de los Dolores, y tener claro en unos instantes quién es la que da juego por antena, cuál es la que tendrá capacidad para expresar con su testimonio la vida, el torrente de emociones, la alegría de terciopelo burdeos, que brota en esa calle Afán de Ribera cada mañana de Martes Santo, alicatados de las casas, comercios de toda la vida mezclados con los chinos de nueva hornada, júbilo en la barra de Los Balcones, eco de tambores que se pierden en el océano de asfalto de Ramón y Cajal, Paquili hecho un puro nervio, Adolfo el ginecólogo ajustándose la capa…

Oficio se llama el saber escoger el testimonio adecuado sin incurrir en el papafritismo, sin dejar jamás en evidencia a la entrevistada, sino, muy al contrario, convertirla en ejemplo de esa popularidad elegante sin la cual no se entiende la fiesta más hermosa de la ciudad, el día más bonito del barrio… Charo no entrevista los Martes Santos. Confiesa a las vecinas cada Martes Santo, que no es lo mismo. Y ellas le cuentan a toda Andalucía, por la celosía de confesionario que es su micrófono, cómo ha sido el año vivido. La nieta que se estrena, el hermano que falta, la deuda que por fin se tapó, la tristeza de las Navidades, la playa que pudieron disfrutar gracias a las excursiones de la parroquia, la manita que tiene que echar de nuevo la Virgen por un problemilla de salud que tiene un ahijado, el empleo que falta a un sobrino… Periodismo, reporterismo. Llámenlo como quieran. Su voz está ligada a la mejor Semana Santa, a la más auténtica por más popular, alejada de la oficialidad, el compadreo, el frikismo, las modas con caducidad, el almíbar y el elitismo de cabildo.

Carlos Herrera la llamaba ‘Sharon’ Padilla cuando trabajaban juntos a principios de los noventa, cuando la Stone estaba en pleno apogeo por Instinto básico. A Herrera se le pregunta por ella en un café en la barra del Candelaria, mientras Carmen Laffón sueña paisajes sanluqueños en el velador de al lado, y responde con la brevedad y contundencia casi de un tuit: “Charo es seria, pero no aburrida. Metódica, pero no cuadriculada. Cariñosa, pero no empalagosa. Y tiene un sentido de la fidelidad a prueba de bombas”. Pues por eso a veces no parece sevillana, querido Carlos. Pues por eso no responde al estereotipo de andaluz. Y de andaluza, que diría el tonto del género. Pues por eso dice las verdades mechadas tal vez de cierta brusquedad. Pero no gasta en agrados estériles.

Siempre el usted por delante en cualquier entrevista. Lo tiene como una máxima, ya sea al dirigirse al cardenal en la salida del Cerro o al tío de la pértiga en la entrada de la Redención, al alcalde tras presentar un proyecto urbanístico o al portavoz de un colectivo que se manifiesta en la Plaza Nueva. Tiene aversión por ese tuteo de la falsa confianza que no sólo no relaja el ambiente, sino que degrada al periodismo. Charo Padilla es mucho más que una periodista con capacidad para narrar la Semana Santa verdadera, que suele estar detrás de las vallas. En su currículum hay muchos años de trasteo en los pasillos del Ayuntamiento. Los concejales se cuentan entre ellos si han merecido o no el saludo de la reportera de Canal Sur Radio. “¿Te ha saludado la Padilla? Pues eso es que le caes bien”. A ciertas alturas de la carrera profesional, Padilla no está para hacer concesiones al niñaterío de nuevo cuño que invade la política.

Ostenta el privilegio, tal vez poco conocido, de haber realizado la última entrevista a Miguel de Molina (1908-1993), uno de los exponentes de la copla durante la República y los primeros años del franquismo, aunque hay quien le resta mérito como cantante y atribuye parte de su fama a sus dolorosas vicisitudes. Molina atendió a Charo por teléfono desde Argentina, donde vivía en el exilio desde que se tuvo que ir de España tras haber recibido una paliza de manos de falangistas por ser rojo y homosexual.

La vida es retransmitir sus tribulaciones cotidianas a Manuel Marvizón, el afamado músico que fue a por su corazón. Marvizón, entonces en condición de pretendiente, hizo una noche de Semana Santa de ayudante de la reportera con tal de ganarse su favor. Aguantaba la bobina y se agachaba para soltar más cable cada que vez Charo lo pedía: “¡Tira cable, Manolo!”. Una señora, extrañada ante la escena, lo reconoció en plenas labores ajenas a las corcheas: “¿Pero usted no es Marvizón, el músico?”. Y Marvizón respondió un tanto apurado, mientras se peleaba con la bobina para desenredar el cable y complacer a su pretendida: “Sí, señora, lo soy, pero ahora estoy tirando cable, ¿no me ve?”.

La vida es obsesión por cuidar un cuerpo estilizado, de farola fernandina, exento de grasa y curtido en el gimnasio, pese a la afición por el queso y la cocina. La vida es un vestidor muy variado, de donde sale un estilo personal de formas simples y originales, carente de barroquismos. La vida es rechazar prácticamente todas las invitaciones en horario extralaboral. Ni pregones, ni mesas redondas, ni cuchipandas para profesionales de la captura de la pavía a partir de las ocho y media. La vida es recordar los comienzos en Antena Médica, donde la jornada laboral duraba lo que la estación de penitencia de Santa Genoveva. Es reñir con Sánchez Araujo porque su voz tronante para los oyentes de la SER se cuela por el micrófono de Canal Sur Radio durante la retransmisión de la Macarena. La vida son caracoles y cabrillas de la Alfalfa, un rato de distensión con Pepa, Arancha y Carmela, un arroz con Herrera el domingo de Feria.

Cuarta de nueve hermanos, nieta del fundador de la sombrerería Padilla Crespo, hija de un empresario inquieto cuyo último negocio fue un exquisito restaurante en Benahavís donde Herrera dio cuenta de selectas carnes asturianas y gallegas. Padilla devora literatura gastronómica con la perseverancia y el metodismo que imprime a todas sus acciones. Orden y limpieza. Método y disciplina. Duerme lo que dura el Silencio en la calle. La cama le quema. Arriba el corazón cada día a las 04:30, cuando aún suena el eco de los manguerazos de Lipasam por las calles del centro. La Padilla es un icono de la radio pública andaluza que no vive de la marca. Confiesa cada Martes Santo a las mejores vecinas del Cerro, que le abren su corazón porque se sienten bien tratadas, porque les da el mismo respeto que si fuera Don Carlos con la vara o el alcalde con el chaqué. Esa voz es patrimonio inmaterial de la Semana Santa de las últimas décadas. Tira cable, Manolo, más cable, mucho más, que en aquel balcón he visto un rostro que tiene que tener toda una vida que contar.

Piano, piano

Carlos Navarro Antolín | 31 de enero de 2016 a las 5:00

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AQUEL 2 de abril de 2009 estaba el Teatro Lope de Vega de punta en blanco, con bulla de autoridades socialistas a la búsqueda de foto y un ceremonial marcado por una cuidada liturgia civil. Sevilla estrenaba Metro en el tardío, siempre tardío, Domingo de Ramos de las infraestructuras pendientes. El presidente Manuel Chaves, la ministra Magdalena Álvarez y el alcalde Monteseirín formaban aquel cartel, hoy imposible por imputaciones judiciales o cortes de coleta política. Los políticos pasan, el Metro permanece. El presidente de la Junta ordenó desde el escenario del teatro que el primer convoy saliera de la estación de San Bernardo. Todos los asistentes pudieron presenciar la puesta en marcha de aquel tren en dirección al Aljarafe. Un vídeo explicaba el proceso de construcción mientras doce percusionistas recreaban el sonido de la tuneladora. El Metro nacía con una sintonía fresca, con la chispa necesaria para despertar a la ciudad del letargo que es marca heráldica de la urbe, una suerte de sevillanos levantaos… de la siesta. Cuando el periodista Carlos Herrera oyó aquella música se quedó enganchado. Esa música que simbolizaba el despertar de la ciudad en un proyecto que arrancó con Franco, pasó por la vergonzosa campaña municipal El Metro, un túnel sin salida, y terminó con Chaves activando el botón de la línea uno, que en realidad es la línea única, esa melodía –decíamos– debía servir también para levantar a millones de oyentes. Por eso Herrera la pidió para hacerla suya en las horas punta de su programa radiofónico, entonces en Onda Cero y hoy en la Cope, la emisora de los obispos a los que hay que pedir oraciones para que nuestros nietos, algún día, se monten en la línea dos. La melodía del Metro de Sevilla suena a las seis, siete y ocho de la mañana en toda España. Herrera pegó el mangazo de las corcheas.“Me gusta esa música. ¿Me la puedo quedar, Manolo?”. Y Manolo, vicario de la iglesia herreriana en la tierra, hizo las gestiones con la Sociedad Metro de Sevilla para obtener el plácet. Ese influyente Manolo no era Manolo Chaves, sino Manuel Marvizón Carvallo (Sevilla, 1956), músico de profesión, empresario, productor y un etcétera cargado de siete revueltas en el callejero de una prolífica vida.

Las sintonías de Marvizón son como las buenas coplas: se las queda el pueblo. Baste un ejemplo: el anuncio del queso Vega e Hijos, un clásico de la radio, tan natural y tan rico como siempre, salió de la cabeza de este músico que casi acaba en médico, de este músico que fue testigo de cómo su maestro, Álvaro Nieto, creaba el anuncio del Almendro que marca la Navidad española con la fuerza de un villancico. Melodías, sintonías, anuncios, marchas de Semana Santa, sevillanas. De su mente salió la melodía de Navidad en Canal Sur. Estudio, grabaciones, piano, auriculares, más piano, vista perdida en el horizonte de forma repentina para tararear una composición. Una vida ligada al pentagrama hasta en lo alto de una moto ajada, que los duendes nunca están liberados.

La sintonía es a la música lo que el trincherazo a una faena taurina. Menos es más. Reflejar un estado anímico (España despertándose) en diez segundos de música es un don al alcance de pocos, al igual que componer la banda sonora del Jardín Botánico de Córdoba. Poner música a momentos de la vida cotidiana, he ahí la clave. Músico se nace, quizás por eso abandonó las aulas de Medicina cuando estaba al final de la carrera. Su padre quería que fuese galeno, pero el niño estaba enamorado del piano. Ganó el niño, pero este músico es hoy un vademécum farmacéutico. Una de sus grandes aficiones es estar el día de todos los medicamentos. Tiene cuenta abierta en una botica, adonde acude cada día como el que va a por el pan. En Sevilla hay gente que colecciona serpientes o soldaditos de plomo. Y otros están encantados con genéricos, fórmulas magistrales y todo tipo de pomadas. Manolo no es sólo el vecino que te echa el capote en una obra y te aporta el teléfono de unos carpinteros la mar de serios, un electricista formal y unos pintores que cobran por horas pero no ralentizan la tarea con tal de trincar más, sino que se conoce la pastilla perfecta para la tos quintosa, la cefalea primaveral y la dureza de pies tras un día de cofradías.

Es un sevillano de los que aman su ciudad en agosto, odian la arena de la playa y pasan los días de Feria sin beber ni bailar. Marvizón abandona el real cargado de aire como un globo de la cantidad de refrescos que ingiere.

Es un perfecto diplomático en las relaciones sociales. Hace lo imposible por evitar la confrontación en una sociedad cada día más crispada y tobillera. Quizás su problema sea que nunca quiere decir que no y que ha sacado adelante a muchos jóvenes talentos que en algunos casos, la vida misma, se han comportado como cuervos. Cuando se pregunta por su carrera como músico a algunos directores de orquesta, hay unanimidad: “Manolo no copia, tiene un lenguaje propio y reconocible”. Por eso tal vez sea envidiado y por eso, también, ha ayudado a mucha gente que después, España pura, no quiere reconocer quién les tendió la mano para levantarse.

El músico se mete en charcos, es un vecino activo de la ciudad. Dicen que le ha quedado una conclusión muy clara de su contacto fugaz con la clase política a cuenta del negocio de la recogida de aceites usados de bares y restaurantes: el aceite es mejor dejarlo para las tostadas.

La vida es la búsqueda de la música alegre, colorista, que anuncia un futuro con la luz de la Alfalfa, la música que ayuda a los palios a exhibir la gracia azul y plata. Es ayudar al guitarrista alemán que desembarca en Sevilla pidiendo una oportunidad, es pedirle el teléfono a un músico callejero, o buscarle un profesor de piano a un chaval del Polígono Sur. La vida son cuestas arriba y pendientes hacia abajo que se alternan como la calle Muñoz y Pabón. Según se suba, o se baje.

Segundo de cinco hermanos, siempre ha sido un poco despistado con un leve barniz de hombre desastre. De soltero tenía, además de una legión de yogures caducados, una colección de lubinas en el congelador y una pila de paquetes de sal en la despensa que ríanse de las salinas de San Fernando, porque cada día que iba al pescadero echaba en la cesta un paquete de sal. Lleva a gala presumir en círculos privados de su pericia al cocinar la lubina a la sal, cuyo ingrediente clave guarda con el mismo celo que las monjas de San Leandro mantienen en secreto la receta de las célebres yemas.

A Carlos Herrera lo conoció nada menos que en el palquillo de la Campana una Semana Santa de finales de los setenta. Cuentan que cuando el comunicador habla de Marvizón una tarde cualquiera de café en el Candelaria, escondido en unas gafas de sol y con un atuendo no apto para el palco de la Maestranza en tarde de farolillos, lo tiene claro. “Manolo es un renacentista, un hombre que brilla en la música, pero que podía haber brillado en otros ámbitos. ¿Demasiado buena persona? Nunca se es demasiado buena persona”.

Pudo ser hermano mayor de una santa cofradía, la Hiniesta, pero no quiso. Cada día está más implicado en la Sociedad General de Autores, lo que contribuye a desvincular esta entidad de los trincones de telediario, que para eso Marvizón es un obsesionado de la higiene. ¿Cuántas veces se lava las manos al día este compositor? Será porque el ritual de tocar el piano requiere de manos limpias, que aquí no suena a sindicato, sino a cura que celebra el sacramento de la eucaristía.

El músico que sale con vara en Santa Cruz pasea por el centro y tiene que lidiar con el cofraderío que le pide que escriba una marcha para su Virgen. De balde, por supuesto. O le ruegan que medie para que Herrera escriba en el boletín, presente una gala o recoja un premio. Sin dar las gracias, por supuesto. O le piden que arregle una marcha antigua en sus estudios de grabación. Con el mero agradecimiento de un cuadrito con marco dorado, por supuesto.

Inventó el pregón multimedia en la Hiniesta hace muchos años. Ha vivido experiencias próximas al más allá, como oír cantar al cura Lanzafame en su estudio de grabación. Se quitó el bigote que había lucido durante 30 años porque una tierna voz infantil se quejó de que el rostro pinchaba. Como luce calva desde que era muy joven, su imagen es la de la eterna juventud. Los relojes, mejor de esfera grande. El deporte, ¿para qué? La moto, como los zapatos, cuanto más usada mejor se adapta. Disfruta comiendo pan. Si los médicos lo someten a pruebas que incluyan técnicas de última generación, su tendencia a la hipocondria se rebaja.

La música es el celofán que envuelve el mejor regalo, el lazo de un día perfecto. La música es como una vida templada: piano, piano. En la música hay una combinación de reposo, meditación, sacrificio, horas de oído y ejercicio mental. Si tres personas hablan y hay una radio de fondo, tengan por seguro que Marvizón está oyendo la radio. Érase una vez un hombre pegado a unos auriculares que luchó por ser músico sin olvidar la vocación humanista del médico que vio su padre. Serán cosas del Renacimiento, palabra de Herrera. ¡Dentro sintonía!

Un café a las 18:47

Carlos Navarro Antolín | 23 de noviembre de 2014 a las 5:00

CARLOS HERRERA
TODOS los días hacía sonar el claxon de la moto al pasar por la calle Feria, justo a la altura de la casa de Charo Padilla, una de las grandes redactoras de Canal Sur Radio. Cada día, a las seis de la mañana, sonaba aquel estruendo que ponía de los nervios a los vecinos. El motorista iba cargado de fuerzas para presentar el matinal de aquellos años noventa, aquel programa en el que inventó la sección del tema del día para explotar el gracejo andaluz de los oyentes que narraban situaciones tan cotidianas como esperpénticas. El secreto mejor guardado por la Padilla era la identidad de aquel motorista un punto faltón que debía andar en busca y captura por el vecindario de Ancha la Feria.

–Charo, ¿tú te has dado cuenta de que hay un cabrón en moto que pita todos los días sobre las seis? Porque hay que ser cabrón… ¡Es que el tío no falla ni una mañana!

Y Charo estuvo años sin revelar que su despertador de lujo era el mismísimo Carlos Herrera (Cuevas de Almanzora, Almería, 1956), poseedor de una virtud de la que pocos pueden presumir, pues no habiendo nacido en Sevilla ha conseguido que esta ciudad le perdone sus osadías, le consienta los cuellos abiertos cuando todo el mundo los lleva cerrados y le permita acudir en vaqueros cuando se impone el consabido pantalón de pinza. Herrera puede hacerlo, otros no. Herrera puede presumir de la belleza de su mujer en el Pregón de Semana Santa, pero a todos los demás los hubieran corrido a gorrazos a la salida del teatro por el Paseo de Colón y hasta el Alamillo, y hubieran sido achicharrados en la hoguera de la ortodoxia más plúmbea. Tal vez Sevilla se haya dado cuenta de que Herrera nunca le ha tenido temor a pesar de la merecida fama de la ciudad en cerrar puertas y generar recelos. Nacido en Almería y criado en Cataluña, no le teme a la Sevilla Eterna ni ha guardado nunca la distancia mínima de seguridad con las cofradías. Se mete en todo tipo de bullas. Tan pronto está tapeando con el presidente de La Caixa como charlando con el capiller de San Nicolás. Sabe que la mejor forma de no marearse entre las nubes es tener los pies bien clavados en la tierra, sin perder el cultivo, la referencia y el seguro carril de las amistades de hace treinta o cuarenta años.

A Herrera le gusta Sevilla desde que hizo el servicio militar con los ferroviarios de la Plaza de Armas y se enamoró de una sevillana que le enseñó a pasear por la ciudad. Quizás por eso sigue caminando a diario, sobre todo para eliminar la grasa del jamón y las morcillas que se jama, y en especial los domingos por la tarde, que es cuando aprovecha para despachar asuntos varios con su amigo Manuel Marvizón, que es una especie de Hermano Pablo sin consagrar. Marvizón es su alter ego y forma parte del núcleo duro de los herrerianos, donde están por supuesto sus principales colaboradores de la radio y compañeros de los gañotes en restaurantes varios de la península ibérica, antiguas colonias y resto del planeta. El teléfono de Marvizón suena cada día una docena de veces para requerir la presencia de Herrera en algún acto. Y Marvizón, camarlengo de la curia herreriana, se encarga de ir dando los lances oportunos. El Instituto Nacional de Estadística (INE) ya publicó un informe preciso: el 90% de las peticiones son denegadas, un 5% sometidas a estudio y otro 5% atendidas. La gran clave es burlar a los comedores de tiempo. Existen personas que transmiten energías positivas como existen las que hacen perder el tiempo. Esas guadañas de reloj ponen de los nervios al locutor de ustedes, que tiene el tiempo obsesivamente medido. Hace poco le pidieron cita y respondió por sms: “A las 18:47 en el bar La Candelaria”. Todo está tasado una vez que acaba el programa nacional a las 12:30: el aperitivo de sardinas marinadas, la pequeña cabezada, el tiempo del paseo vespertino, las paradas en las iglesias, la duración del café y el regreso a la casa por la que entra el mismo torrente de luz que baña el Guadalquivir. El timing de la radio lo exporta al resto de la jornada. Todo está tasado con precisión ferroviaria para quien tiene que estar en la cama a las 21:30 y en planta a las 04:30. Vive cada día en el sufrido horario del Calvario en la Madrugada. El orden es la seguridad. No lo llamen por teléfono a las once de la noche. El último que lo hizo aún sufre temblores y ha tenido que ir al psicólogo.

Quien sí lo llamó una vez estando en la ducha fue el Rey de España. El locutor vio en la pantalla de su móvil las iniciales S.M. Se salió chorreando, se lió la toalla como un capote de paseo y respondió con el debido respeto a la llamada (“Señor, dígame”), pero no se oía bien en el cuarto de baño ni en el resto de la casa. Tuvo que salirse al balcón. Cuando se dio cuenta estaba semidesnudo y hablando por teléfono con Don Juan Carlos a la vista de los viandantes. La verdad es que ahí fue un precursor, porque eso ocurrió muchos años antes de que el central Puyol recibiera a la Reina en toalla en el vestuario de un estadio de Sudáfrica. Al fin y al cabo, con el Rey y el jefe de su Casa ha cenado muchas veces, libando (o tumbando) un par de botellas de tinto en Oriza en una de las ocasiones más recientes. Y de Príncipes de la Iglesia tiene especial predilección y afecto personal por monseñor Amigo, al que propuso ser tertuliano habitual en las mañanas de Onda Cero.

Herrera da los primeros buenos días a España en pijama de cuadros y zapatillas de franela. Lo mismo está en Sevilla, Madrid o Nueva York. Las zapatillas de franela son muy importantes, incluso hasta para lucirlas en Nochevieja en una cena con amigos de punta en blanco. Herrera es así. Las zapatillas, modelo babuchas, son casi tan importantes como el bigote, que hasta lo usó postizo alguna vez en ciertos programas de televisión para no decepcionar a la audiencia. Esa televisión que no le gusta nada, porque no permite salir como uno es, con la barba de varios días ni, por supuesto, ir en zapatillas de andar por casa, como sí consiente su gran admirada y mimada:la radio.

Su concepto de libertad lo lleva hasta el límite. “Charo está embarazada, no se lo digas a nadie”, le comentó su amigo Marvizón en 2001. Y Herrera lo contó nada menos que en el Pregón de Semana Santa. Charo se quitó el auricular y miró a su marido:“¿Yo he oído lo que he oído?” Fue un embarazo literalmente pregonado del que nació un precioso hijo llamado Manuel. Herrera, por cierto, estaría encantado de poder dar otra vez el Pregón. De aquella experiencia quedó marcado. Disfrutó tanto que no le importó el ceremonial de besos y abrazos que se organiza después en los camerinos, que no hay en la ciudad una liturgia más falsa que esa. Sentados en un velador del barrio de Santa Cruz, le preguntamos en las vísperas del Pregón si era consciente de la gran hipocresía que se avecinaba.

–No me importa, quiero vivirlo. Forma parte del rito.

Tiene costumbres muy peculiares. Valgan varios ejemplos. Nunca falta un 22 de diciembre a su cita con Barcelona, que le gusta recorrer en moto. No se pierde un Corpus en las sillas de la Plaza de San Francisco o una Nochevieja en el Rocío con su madre, doña Blanca, con canelones cocinados al estilo Mataró. Ylos Domingos de Resurrección, tras ver el Resucitado en la Campana y desayunar calentitos, se da el primer paseo por la Feria, una fiesta por la que se compró una suerte de guarida cerca del real para tener una alcoba propia próxima a su caseta.

Tiene un punto de supersticioso que se acentuó en un viaje a Nueva York. Yendo por Madrid cargado con las maletas se encontró a un famoso cantante que es tenido por cenizo: “Un abrazo, Carlos. ¡Verás lo bien que lo vais a pasar en Nueva York!” Se le cambió la cara. El viaje fue, como se dice ahora, brutal: faltaban pasaportes al llegar a Barajas, el cajero automático se tragó varias tarjetas, una tormenta descomunal provocó la inundación de varias calles de Manhattan y perdieron el avión de vuelta.
Nunca olvidará el día que se montó en el ascensor de la sede de RNE portando una caja de puros que le había dado el vigilante de seguridad. Cuando la abrió y vio aquella masa plastificada rodeada de cables, el viaje se hizo eterno. ETA se lo quiso despachar. Aquel mediodía se fue a comer a Casa Rufino, en Umbrete, con varios inspectores de la Policía Nacional, entre ellos el ex edil Demetrio Cabello. El artefacto falló porque alguien había tirado previamente la caja con desdén y los cables habían quedado desconectados. Pero estando en el ascensor con la cajita en la mano, Herrera ignoraba si aquello era de explosión retardada. Para el hombre obsesivo por el timing, su hora aún no había llegado. Todavía tiene que dar el Pregón por segunda vez. Y seguir despertando a vecinos con el claxon.