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El culto al dios Dinero

Carlos Navarro Antolín | 10 de mayo de 2015 a las 5:00

MANUEL RUIZ DE LOPERA
LA gente acude a misa a encontrarse con Dios, a los toros a dejarse ver, a la Feria a evadirse, a la hermandad para quitarse de su casa a media tarde, y a las marisquerías a comer marisco. Nunca se pondera el bien que le hacen muchas hermandades a muchas familias, ¿verdad? Eso sí que es de premio Demófilo. Un buen cargo de mayordomo de los que obligan a estar cuatro añitos encadenado a un despacho es lo mejor para arreglar muchos matrimonios. En Sevilla no los hay que se van a por tabaco y no vuelven. En Sevilla los hay que se van de mayordomo y no hay quien les ve el pelo en su casa. Y algunos hasta empalman después como hermano mayor y, hala, otros cuatro años quitados de la salita de estar. Porque los mayordomos se presentan a hermano mayor, como se presentan también las camareras de la Virgen, que esto es el mundo al revés. Como el mundo al revés se ha visto muchísimos domingos en una marisquería de Sevilla, donde uno de sus clientes no acudía a comer marisco, sino simplemente el guiso del día.

Manuel Ruiz de Lopera (Sevilla, 1944) es un sevillano de menú cerrado. Dispendios y gollerías, los justos. Sorpresas, las mínimas. Cuando tocaba almuerzo oficial con la directiva del equipo visitante, todo aquello que se consumiera fuera del cubierto pactado corría a cargo del osado comensal. Los bichos con patas decoraban el expositor de esa marisquería del Arenal. Cigalas, centollos, gambas, langostinos, nécoras… Cuando llegaba el maitre a tomar nota, se oía una voz, esa voz inconfundible: “Vamos a tomar las papas con chocos que aquí son muy buenas”. Y después, esa letanía de diminutivos tan característica de la oratoria del personaje: “Y un poquito de queso, un poquito de pan, un poquito…”. De vino, un rioja de nivel medio a compartir. ¿Un puro?, preguntó en una ocasión Nicolás Casaus, aquel vicepresidente del Barcelona de abrigos cruzados. “Aquí no hay puros”, oyó de respuesta. Sólo papas con chocos. Que los guisos son cardiosaludables.

Ruiz de Lopera no gasta. La primera regla para ahorrar es no gastar. Y después ganar dinero. No baja la guardia, siempre las orejas altas. Tiene una habilidad innata para el negocio desde los tiempos en que compraba piezas de pan para su reventa a los vecinos del Fontanal, creando singulares plusvalías. Ocuando amasó fortuna con la venta de electrodomésticos a plazos. Compraba frigoríficos “de los que daban calambre”, o televisores defectuosos (“Marconis con orejas”), los llevaba a un taller y los revendía ya reparados. Siempre lo decían sus colaboradores: “Ve el billete detrás del tabique”. No le hizo falta pasar por la Universidad:“Te gana al ajedrez sin saber mover las piezas”.

Cuando los demás se consagran al destilado en vaso largo, Lopera consume zumos de naranja con espumita. Si es con las pipas mucho mejor: “No me lo cuele. Y la naranja que sea del tiempo”. Siempre sobrio, siempre fresco. Un joven abogado quiso agradarle sacando conversación en la cola de espera de la notaría:

–Don Manuel, ¿Tegasa significa Técnicas Ganaderas, verdad? Se ve que es usted aficionado a los toros.
–No, niño. Técnicas ga-na-de-ras, pero de ganar dinero.

En los almuerzos se paga a escote. Y la factura para Lopera. Que siempre viene bien ante Hacienda. Lopera siempre tiene en su interior un escrutador del gasto, de potenciales agujeros negros por los que se puede ir el dinero, un tasador perpetuo del coste de la vida cotidiana. Volvía el Real Betis de Burgos a Madrid. El ambiente era de fiesta. El retorno a Primera División estaba logrado. Pepe León invitó a José Rodríguez de la Borbolla, ex presidente de la Junta, a subirse al autobus del club. Pepote se durmió apoyado en una ventanilla desde la que se admiraba el paisaje de la estepa castellana. Un testigo de la escena recuerda cómo Don Manuel se dirigió entonces a León: “¿Y el billete de autobús de Pepote quién lo paga?”.

Todo tiene un precio y hay que pagarlo. Como las consumiciones del balcón semanasantero de Sierpes, en el Catunambú. Dos cofrades que estaban en las sillas fueron invitados a subir a contemplar la Macarena desde tan privilegiada posición. Entre paso y paso fueron agasajados con cerveza y viandas. Cuando se marchó la Virgen de la Esperanza camino de la Catedral, los dos conocidísimos cofrades se despidieron y dieron las gracias. Cuando bajaban por la escalera, un propio les dijo que tenían que pagar las consumiciones. Pagaron y se fueron musitando: “Esto no me ha pasado en la vida”.

Los propios o peones de brega son utilísimos, lo mismo sirven para reclamar el pago de lo que se considera debido que para coger sitio en la función principal de instituto del Gran Poder en la pesada tarde del 6 de enero. Cuando llega Don Manuel, le da dos golpecitos en la espalda al propio y éste se levanta y le cede el asiento.

Tenía lugar en Madrid la multitudinaria cena de gala de celebración de la Copa del Rey de 2005, cuando Lopera –pese al ambiente de cava descorchado– estaba pendiente de que no se colara en el restaurante ningún personaje ajeno a la fiesta. Dejó fuera a un conocido caballero rejoneador con gran cartel en la ciudad.

Don Manuel tuvo mucho predicamento en la Hermandad del Gran Poder en los años de Antonio Ríos como hermano mayor. Ejercía esa forma de poder en la sombra a la que se llama influencia. Yeran precisamente los años en que la leyenda de un Lopera todopoderoso e implacable se engrandecía. Lopera ha disfrutado más mandando en la Plaza de San Lorenzo, teniendo a favor de querencia desde el hermano mayor hasta al capiller, que en los palcos de Anfield, de Stamford Bridge o del Luis II, a los que por cierto no acudía. En eso ha sido siempre muy aldeano. Omuy aficionado al cultivo de la micropolítica, que diría un analista cursi. El placer de lo local está antes que las grandes relaciones exteriores. Prefiere controlar la acción de un reventa de entradas que codearse con el presidente del Chelsea. Está en una negociación de millones de euros por un contrato de televisión, pero no se le olvida que un futbolista se llevó un balón a su casa el domingo anterior e interrumpe la conversación mirando a un tercero: “¿Ha pagado Pier el balón?”. Acude a recibir el avión del equipo recién clasificado para la Champions y el primer comentario que hace es para interesarse por quién pagará el asiento que ha dejado vacío el padre de un jugador.

En el Gran Poder regaló mantos, tuvo sitio de privilegio en la Madrugada y acceso libre a la basílica a deshoras. Es sabido que ha presumido incluso de tener una camisa del Señor en su casa. Hasta que el abogado Miguel Muruve llegó a hermano mayor y le paró los pies. Se acabó lo que se daba. Como en el Betis. Cuando se acabaron los triunfos, cesaron los vítores. Los mismos que lo recibieron con palmas, lo despidieron con insultos. Sevilla es así. La condición humana es así. Lo endiosaron para después tirarlo como un clínex. Lopera es el juguete roto del beticismo.

Hasta algunos de sus más críticos reconocen que pocas cosas hay más divertidas que una cena con Lopera, cuando se coloca la servilleta al cuello para no mancharse esas inconfundibles chaquetas con un pin dorado en cada solapa: el del Gran Poder y el del Betis. Lopera tiene un humorista en su interior. Tiene el don de la gracia. Quizás algunos le han reído las gracias demasiado. Y tiene también un máster en habilidad. Cuando quería salirse con la suya en una reunión en sus oficinas de la calle Jabugo, nada como no ofrecer bebidas ni viandas. A palo seco. No deja de ser una vieja técnica vaticana para forzar la elección de pontífice: reducir los alimentos a los cardenales, obligarles a tomar una decisión. Y una vez arrimada el ascua a su sardina, don Manuel pedía ya que trajeran unos montaditos de Hermanos Gómez para acallar el croar de los estómagos.

El culto al ego es clave en este personaje. No sólo encargó un famoso busto para su exhibición en el antepalco, como un César victorioso. Para atender las masivas peticiones de autógrafos, mandó hacer unas estampas en las que se veía la panorámica de la maqueta del estadio y su cara coronando la imagen.

A Lopera lo que más le gusta después del Betis son los perros. Siente predilección por los canes. Ha recogido a muchos perros callejeros. Y ha tenido grandes enojos cuando el conductor del coche en que viajaba no se ha querido parar a recoger un perro abandonado. Tuvo uno llamado Beethoven.

–¡El perro se llama como el músico! Qué curioso, don Manuel.
–No, no. El perro se llama como su padre.

Forma parte de la apócrifa cofradía del pésame. Es de los sevillanos a los que no se le van un sepelio, un acompañar en el sentimiento, una visita al tanatorio. Dicen que los perros y los funerales son dos de sus grandes aficiones.

El joven que tenía un Mercedes descapotable en la Sevilla de los 60 vive hoy pendiente de la Justicia, de las llamadas del prestigioso bufete de abogados que dirige su defensa jurídica. Ya no manda cajas por Navidad en cuyo interior se mezclan en desorden las latas de melva y carne de membrillo con los paquetes de lentejas. Seguirá teniendo en su casa esa “copia auténtica” del Gran Poder, sublime contradicción que sólo se entiende en el código loperiano. Como comer papas con chocos en un santuario del marisco. Como el mayordomo que llega a hermano mayor, como el que es presidente pero sigue pensando como un prioste.

–¿Y usted no va a comprar más acciones del Betis?
–¿Para qué? Tengo el 51%.