Archivos para el tag ‘Medicina’

El vaivén de las células

Carlos Navarro Antolín | 4 de febrero de 2018 a las 5:00

HUGO GALERA

HAY gente que se sabe guapa, con la fuerza de la energía y, sobre todo, con la capacidad de presumir y exhibir sin complejos los dones que la naturaleza le ha concedido. Este tipo de gente no pasa nunca desapercibida. Como las cosas parecen según el cristal con que se miran y se interpretan en función de los gatos que maúllan en el vientre de cada uno, hay quienes ven en estos tipos la arrogancia personificada, mientras otros afirman que se trata simplemente de personas seguras de sí mismas. La seguridad es una virtud propia de personas brillantes. Los destellos de ese brillo pueden fruncir ceños y generar juicios recelosos. Los ciudadanos brillantes son, muchas veces, diamantes tallados en las aulas del esfuerzo, forjados en las coyunturas nada favorables, curtidos en la adversidad de hacerse un hueco en una ciudad muy alejada de la que nacieron. Los guapos pagan el precio de serlo. Los guapos y brillantes no tiene derecho a casi nada, simbolizan el triunfo. Y a Sevilla le encanta ver subir a alguien a la cima del éxito para dejarlo caer mientras desparrama la vista hacia otro lado.

Hugo Galera Davidson (Tenerife, 1938) recaló en Sevilla con poco más de 30 años con los riñones cubiertos y el título de catedrático de Anatomía Patológica bajo el brazo. Llegó siendo ya catedrático en los tiempos en que las cátedras todavía estaban revestidas del velo del prestigio. Sus primeras señas de identidad eran los ojos claros, el acento melifluamente canario, un pelazo y un segundo apellido que al personal le evocaba, con razón, a los fabricantes de las legendarias motos. Rico de Cuna (esquina Laraña), este médico responde al perfil del trabajador nato, del que se pone en planta a las cinco de la mañana y termina por agotar a sus colaboradores. Se le atribuyen leyendas propias de Petronio, árbitro de la elegancia; anécdotas para un libro y algunas frases lapidarias con las que él mismo apunta, también con razón, a sus fuentes de ingresos propias y no heredadas: “Vivo exclusivamente de mi trabajo”. E incluso a su éxito como médico y empresario: “Tengo el mejor hospital privado de Despeñaperros hacia abajo”.

Su especialidad médica no genera proyección social. Se trata de una actividad basada en mucho de trabajo en laboratorio, mucho microscopio y horas de estudio e identificación de las células y la observación de su comportamiento. La Anatomía Patológica, fundamental para los diagnósticos médicos, no es una rampa de lanzamiento para quien necesita dar salida a la fuerza de su ego. Aquí radica quizás una de las claves de este personaje: la capacidad de elevar el grado de conocimiento de una especialidad o incluso de una institución por medio del tirón de su fuerza personal, ese valor añadido por el que, por ejemplo, la Academia de Medicina disparó su actividad en los años en que fue presidida por este catedrático. Nunca esta antigua institución había tenido secretaria y jefa de prensa hasta que Galera, aseguran que de su bolsillo, pagó los gastos de ambos trabajadores. Tampoco había tenido músicos para solemnizar las aperturas de curso y las ceremonias de ingreso de nuevos miembros, siendo presidente, además, la Academia perdió el convenio con la Junta de Andalucía por el que se solicitaban a la institución los dictámenes médicos que necesitaba el SAS para los litigios judiciales. Cada informe estaba valorado en 1.500 euros. ¿La causa de la ruptura de esta línea de colaboración? Cuentan que el comité de admisión de nuevos miembros de la Academia se negó a aceptar por falta de méritos el ingreso de la pareja sentimental de una importante dirigente política. Y aseguran que Galera respetó escrupulosamente la decisión de sus colaboradores. Criterio se llama.

Es innegable su espíritu de empresario, esa voluntad perenne de emprender, de asumir riesgo. En esta faceta ha sido fundamental su relación con Rafael Álvarez Colunga y el doctor Jesús Loscertales. Galera compró la clínica trianera de la Cruz Roja, invirtió una ingente cantidad de dinero en su modernización y terminó por venderla. Hoy mantiene el hospital de San Agustín de Dos Hermanas. Presume de que sus servicios médicos tienen más encargos al año (biopsias, citologías, etcétera) que el Hospital Virgen del Rocío. Lo suyo siempre ha sido la gestión más que el trato directo con el paciente. Necesita vivir con intensidad las horas, no tiene tal vez la paciencia suficiente para dar malas noticias a los enfermos. En la facultad, donde dejó el grupo de Anatomía Patológica hecho una piña, aún se recuerda cuando se negó a dar una clase porque los bedeles, que estaban de huelga, no habían transportado el carrito con el proyector de las diapositivas hasta el aula. Galera exclamó: “¡Esto es inadmisible!”. Y se marchó sin dar la clase sobre el tiroides con el rosco de las diapositivas en la mano. Otro día le rayaron el coche, un Mercedes, hasta dejarlo impresentable. Tardó muy poco en comprarse uno nuevo y anunciarlo a los alumnos al inicio de una clase: “Muchas gracias a los autores de la broma, porque así tengo coche nuevo”. Y no le rayaron el coche por segunda vez.

El Betis, todo el mundo lo sabe, es su pasión personal. Cuando quiso buscar la relevancia social, eligió el mundo del fútbol y no la presidencia del Colegio de Médicos. Hoy sigue comprando acciones del club del que fue presidente, de cuya junta directiva salió huyendo ante los modos y el estilo personal del entonces ya inquietante y emergente Manuel Ruiz de Lopera. Es notorio que por el vecino del Fontanal no siente el más mínimo aprecio. El odio que se profesan tiene un indudable color negro africano. Galera dio una fiesta en su chalé de Bormujos en el verano de 2013 para, supuestamente, celebrar la clasificación del Betis para la Liga Europa. Pero, en realidad, era para festejar que el poder judicial tenía acorralado a Lopera. Galera nunca ha disimulado ante nadie el placer que le produce ver a don Manuel arrinconado por las togas y gastándose una fortuna en recursos.

Vecino de la Avenida República Argentina, tuvo un contencioso muy singular hace muchísimos años, allá por los ochenta, con Luis Cuervas porque el empresario del juguete se quejó de que el hijo de Galera había provocado desperfectos en su Mercedes color mostaza. El pleito llegó hasta el juzgado de Menores. Los dos vecinos se retiraron los embajadores, continuaron viviendo en el mismo bloque de la acera impar de la gran avenida de Los Remedios y, con el tiempo, se enfrentaron también siendo presidentes de los dos principales clubes de la ciudad.

La vida es perderse en un barco por la mar, renunciar a seguir siendo presidente de la Academia de Medicina por considerar cumplidos los objetivos, entre ellos el de rejuvenecer la edad media de los académicos e incorporar a la primera mujer: Salud Borrego, experta en Genética. Es disfrutar de los momentos de diversión personal junto a Jesús Loscertales, tan distintos y tan afines ambos. La vida es pagar un café en el Oriza de los años noventa sacando (exhibiendo) un fajo de billetes del bolsillo. La vida es la gestión de terrenos de su propiedad en las Islas Canarias, algunos destinados a construcciones inmobiliarias, otros acabarían en playas para turistas. La vida es disponer de la asistencia de un conductor fiel y discreto, seguir dedicando horas al estudio de la Medicina, lucir camisas de manga corta bajo la chaqueta en los meses de verano, participar en monterías. Y, por supuesto, la vida es cuidarse, comer poco, estar siempre delgado. Y así se puede presumir de porte y de lo que se quiera, como de haber impulsado la fundación de la facultad de Medicina de la Universidad de la Laguna. Mantiene el acento canario tanto como el uso del pisacorbatas y el color moreno de piel todo el año, propio de los presumidos. Se ha hartado de viajar con motivo de los (divertidos) congresos médicos, hasta el punto de que un día le dijeron: “Hugo, tienes más congresos que el PSOE”.

La vida son los almuerzos en los reservados de Oriza para las conspiraciones béticas, o los recuerdos de las cervezas en el bar Duero de la calle San Jacinto en los tiempos en que estaba al frente de la clínica Infanta Luisa. Una de sus penas es no haber podido contar con un aparcamiento subterráneo en la plaza de San Martín de Porres, un equipamiento vital para el centro sanitario. La vida es criticar la ostentación y los comportamientos horteras, en especial del personaje que toda Sevilla sabe que está en el centro de la diana de Galera y del que dicen que le puso “Hugo” a uno de sus perros.

Un día de la florida primavera hispalense se celebraba un acto social multitudinario en Triana al que asistía el periodista Luis Carlos Peris, quien en un momento concreto anunció al doctor Galera que debía marcharse porque tenía que asistir a una corrida de toros en la Maestranza. Galera le pidió que aguardara, que le aseguraba que llegaría a tiempo la plaza. Peris se quedó. Al rato apareció el coche del médico de guardia de la clínica Infanta Luisa, un vehículo con su rótulo oficial y dotado de gálibo, y se llevó a Peris para dejarlo en la Puerta del Príncipe antes del comienzo del paseíllo.

Exquisito para unos, altivo para otros. El precio del éxito es la división de opiniones. La pura verdad es que Galera no vino a Sevilla a llevárselo calentito, como tantos otros que aparecen prometiendo crecepelos o usándonos como tablao de sus juergas. Teniendo los riñones a buen recaudo y, además, el blindaje de una nómina del Estado por enseñar cómo se miran las células, este canario se metió en la aventura de ser empresario en Andalucía. Ambición productiva se llama. Necesidad de proyección social se crítica. Todo depende del microscopio con el que se observa. Las células se mueven, se empujan unas a otras, cambian de forma. Como Galera. Catedrático, académico, bético, empresario.

Las 10.000 cartillas

Carlos Navarro Antolín | 2 de octubre de 2016 a las 5:00

Dolores López Cansimo
HUBO un tiempo en que un profesor era tratado como una autoridad. Una autoridad de auctoritas, no de potestas. Una autoridad anclada en los cimientos del prestigio, la sabiduría y el ejemplo. Hoy un profesor tiene los pies de barro porque la Administración lo echa al fuego de la ira de los padres a la mínima queja del alumno. Al estudiante se le presume la veracidad de su testimonio, al profesor se le cuestiona y tiene que probar sus calificaciones y decisiones. No hay presunción de inocencia para el docente. Los padres son el ariete ante el que la Administración abre las puertas para evitar el mínimo desgaste. El aprobado que el profesor no da, la Junta lo bendice. Con los médicos pasa tres cuartos de lo mismo. El paciente es el gran exigente ante el que las autoridades sanitarias se pliegan y, postradas de hinojos, entregan las llaves de la dignidad y la autoridad de los galenos. Por eso existe cada vez más una medicina defensiva como existe una enseñanza defensiva. Y hasta un periodismo defensivo, oiga. Los profesores y los médicos de hoy tienen los pies de barro. Son maltratados desde el tuteo irrespetuoso hasta la amenaza con ser puestos delante de ese primo de Zumosol que es el político de turno, el mismo que sólo busca el titular del aumento de aprobados (la sopa boba, la engañifa, el humo provocado) o de la reducción de las listas de espera. Ser médico o ejercer la docencia hoy supone estar expuesto a un alto riesgo de conflictividad que a quien más perjudica al final es al paciente y al alumno, respectivamente. La autoridad es hoy un concepto mancillado, el prestigio está devaluado y la sabiduría sencillamente no se valora. Los médicos y los profesores han quedado reducidos en muchos casos a meros proveedores, suministradores de servicios necesarios. Poco más.

El mundo es de los que tienen ideas. Y las ideas fijas condicionan la conducta de la gente por el mundo. Hay quien sólo viaja a lugares donde hayan estado antes los romanos y quien sólo veranea donde lo haga el pediatra de sus hijos. Que le pregunten a don Manuel Clavero, que acudía en tiempos a la playa donde fuera Manuel Laffón, el célebre pediatra sevillano, padre de la pintora que representa una de las grandes marcas de la mejor Sevilla. Donde está el pediatra está la tranquilidad.

María Dolores López Cansino (Sevilla, 1938) es mucho más que una pediatra. Es un estilo a la hora de templar los nervios de los padres, un rostro escrutador de los dolores de los infantes y, llegado el caso, un tono firme a la hora de reprender alguna negligencia paterna, importándole muy poco si el apercibimiento puede causar alguna molestia, porque tiene claro que el supremo interés del menor está siempre por encima de cualquier susceptibilidad. Esa autoridad, en su acepción más hermosa, la llevó a tener una gran demanda de padres hasta que la Junta de Andalucía decretó en 2004 un plan de jubilaciones exprés que segó del sistema sanitario a los médicos con más experiencia. De la noche a la mañana. Si se dice que Dios llama siempre a los mejores, la Junta se libra siempre de los mejores. Hay que dar paso a la juventud que suele ser más dócil. El sistema siempre los prefiere blandos.

La doctora López Cansino soportó un día las exigencias de una madre para que su hijo de cuatro años fuera derivado a un especialista. La señora era el claro ejemplo de Doña Erre que Erre demandando el tratamiento que ella consideraba idóneo para su hijo y no el que la experta planteaba como adecuado y necesario. La pediatra acabó por aceptar y tramitar la solicitud de derivación ante las reiteradas quejas de la madre por los dolores de vientre del niño. Esa jornada, ya de noche, se topó con la misma madre y con su hijo en Casa Diego, en Triana. El supuesto enfermito estaba hartándose de beber vasos de caldo de caracoles. La criatura disfrutaba con las reiteradas ingestas, que la pediatra contempló largo rato en silencio. Un médico del montón de los de hoy, amenazado por el sistema, no hubiera dicho ni pío. La doctora López Cansino se acercó a la familia: “Buenas noches, pues ya sabemos de qué son los dolores abdominales del niño. No hace falta que vengan más a la consulta mientras siga bebiendo tanto caldo de caracoles. Mañana mismo anulo la petición de derivación, no se preocupen”.

Tener un estilo ágil, eficaz y pedagógico durante más de cinco décadas tiene sus consecuencias. La fuerza de la vocación conlleva unas cargas. El precio de la fama, dicen. El orgullo de todo profesional, apuntan. Las consultas sufren de superpoblación de pacientes en esos casos. Los cupos de pacientes de los antiguos ambulatorios se organizaban mediante cartillas. Cada cartilla equivalía a una unidad familiar. En el caso de los pediatras, cada cartilla solía incluir una media de entre dos y cuatro niños. La popularidad y eficacia que combinaba esta pediatra en el ambulatorio de Amante Laffón, por ejemplo, la llevó a acumular más de 10.000 cartillas, cuando lo habitual era que un pediatra tuviera asignadas entre dos y tres mil.

La vida son recuerdos en sepia de las aulas de la Facultad de Medicina de Sevilla, donde tenía a su hermana Antonia de compañera de promoción. Ambas fueron de las primeras mujeres en cursar la carrera, en aquellas clases impartidas por el doctor Suárez Perdiguero, el catedrático que siendo rector presidió de nazareno la cofradía de la Buena Muerte y todo el mundo lo identificaba por su pronunciada cojera. La vida es hacer el rodaje como pediatra en Villanueva del Río y Minas junto a su marido, que ejercía entonces de médico general. Ellos eran la única asistencia médica del pueblo minero en años difíciles en los que, además, atendían gratis a los niños acogidos en el Convento de la Hermanas de la Cruz. Las monjas agradecían siempre las atenciones con ropitas y paños bordados para sus primeros hijos. La vida es el debut en la capital, en el ambulatorio del Juncal, el retorno a la provincia en plaza de primera: Alcalá de Guadaíra. Y otra vez la capital es una plaza dura, pero gratificante: Torreblanca. Allí aprendió que la gente más humilde suele ser la más sencilla y agradecida. Marqués de Paradas, en pleno centro, y Amante Laffón, en San Gonzalo, jalonan una dilatada carrera. La vida es atender en la consulta privada de Triana a los nietos de quienes fueron sus pacientes décadas antes en el sistema sanitario público. La vida es que los vendedores ambulantes de un mercadillo la paren para saludarla porque aún recuerdan cuándo atendió a sus hijos. La vida son veranos en un chalé de Matalascañas, Villa Loli, donde cientos de padres han acudido con hijos doloridos a deshoras cuando las infraestructuras sanitarias de aquella playa eran más propias de Nairobi.

La última asignatura que aprobó en la facultad sevillana fue la de Quirúrgica, que en aquella época impartía el doctor Zarapico. En el tramo final de la carrera, López Cansino ya tenía novio, un compañero de clase, Francisco Jiménez Pérez, que con los años sería su marido. El día del examen final se citaba a los alumnos por orden alfabético, pero se saltaron ese orden y llamaron a Francisco y a María Dolores al mismo tiempo. Se trataba de un examen oral en el que uno exponía tres temas y el compañero completaba lo que le faltara al primero. Francisco defendió sus tres temas y María Dolores, tras cada exposición, alegó que estaban perfectos, que no tenía nada que añadir. El doctor Zarapico aprobó a ambos y le comentó a Francisco: “Ruego a Dios que siempre te de la razón como lo ha hecho hoy”.

En el Tardón soportó alguna madre desahogada. “¿Le importa que le coloque aquí las bolsas de la compra?”, mientras el olor a pescado inundaba la consulta. “Me importa menos que a usted la hora de la cita, ha llegado usted tarde y lo primero es el niño, no el mercado”. Otro día atendió a una niña llamada Penélope a la que su madre no paraba de llamar “Pene” con una abreviatura poco afortunada. La doctora López Cansino, ¡siempre el supremo interés del menor!, ya no pudo más: “Mire, o la llama Pe o Penélope con todas sus letras, pero pare ya porque le va a causar un trauma a la pobre criatura”.

Un pediatra es mucho más que un proveedor de Dalsy o Apiretal. O debe serlo. Una vocación tan pronunciada y un estilo de ejercicio de la profesión tan romántico han robustecido un tronco del que ha salido la rama continuadora en un hijo que estudió Medicina en la habitación contigua a la consulta privada. Allí aprendió Eduardo que la medicina es un sacerdocio. El médico debe ser, además, ejemplo de orden, limpieza, responsabilidad y educación. Todo eso reporta una auctoritas que no hay decreto de la Junta que la pueda laminar. Lo enseñan los que saben: sólo se viaja donde hayan estado los romanos. Y donde haya una buena pediatra como la doctora López Cansino. El valor de las ideas fijas. El supremo interés del menor.