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Las 10.000 cartillas

Carlos Navarro Antolín | 2 de octubre de 2016 a las 5:00

Dolores López Cansimo
HUBO un tiempo en que un profesor era tratado como una autoridad. Una autoridad de auctoritas, no de potestas. Una autoridad anclada en los cimientos del prestigio, la sabiduría y el ejemplo. Hoy un profesor tiene los pies de barro porque la Administración lo echa al fuego de la ira de los padres a la mínima queja del alumno. Al estudiante se le presume la veracidad de su testimonio, al profesor se le cuestiona y tiene que probar sus calificaciones y decisiones. No hay presunción de inocencia para el docente. Los padres son el ariete ante el que la Administración abre las puertas para evitar el mínimo desgaste. El aprobado que el profesor no da, la Junta lo bendice. Con los médicos pasa tres cuartos de lo mismo. El paciente es el gran exigente ante el que las autoridades sanitarias se pliegan y, postradas de hinojos, entregan las llaves de la dignidad y la autoridad de los galenos. Por eso existe cada vez más una medicina defensiva como existe una enseñanza defensiva. Y hasta un periodismo defensivo, oiga. Los profesores y los médicos de hoy tienen los pies de barro. Son maltratados desde el tuteo irrespetuoso hasta la amenaza con ser puestos delante de ese primo de Zumosol que es el político de turno, el mismo que sólo busca el titular del aumento de aprobados (la sopa boba, la engañifa, el humo provocado) o de la reducción de las listas de espera. Ser médico o ejercer la docencia hoy supone estar expuesto a un alto riesgo de conflictividad que a quien más perjudica al final es al paciente y al alumno, respectivamente. La autoridad es hoy un concepto mancillado, el prestigio está devaluado y la sabiduría sencillamente no se valora. Los médicos y los profesores han quedado reducidos en muchos casos a meros proveedores, suministradores de servicios necesarios. Poco más.

El mundo es de los que tienen ideas. Y las ideas fijas condicionan la conducta de la gente por el mundo. Hay quien sólo viaja a lugares donde hayan estado antes los romanos y quien sólo veranea donde lo haga el pediatra de sus hijos. Que le pregunten a don Manuel Clavero, que acudía en tiempos a la playa donde fuera Manuel Laffón, el célebre pediatra sevillano, padre de la pintora que representa una de las grandes marcas de la mejor Sevilla. Donde está el pediatra está la tranquilidad.

María Dolores López Cansino (Sevilla, 1938) es mucho más que una pediatra. Es un estilo a la hora de templar los nervios de los padres, un rostro escrutador de los dolores de los infantes y, llegado el caso, un tono firme a la hora de reprender alguna negligencia paterna, importándole muy poco si el apercibimiento puede causar alguna molestia, porque tiene claro que el supremo interés del menor está siempre por encima de cualquier susceptibilidad. Esa autoridad, en su acepción más hermosa, la llevó a tener una gran demanda de padres hasta que la Junta de Andalucía decretó en 2004 un plan de jubilaciones exprés que segó del sistema sanitario a los médicos con más experiencia. De la noche a la mañana. Si se dice que Dios llama siempre a los mejores, la Junta se libra siempre de los mejores. Hay que dar paso a la juventud que suele ser más dócil. El sistema siempre los prefiere blandos.

La doctora López Cansino soportó un día las exigencias de una madre para que su hijo de cuatro años fuera derivado a un especialista. La señora era el claro ejemplo de Doña Erre que Erre demandando el tratamiento que ella consideraba idóneo para su hijo y no el que la experta planteaba como adecuado y necesario. La pediatra acabó por aceptar y tramitar la solicitud de derivación ante las reiteradas quejas de la madre por los dolores de vientre del niño. Esa jornada, ya de noche, se topó con la misma madre y con su hijo en Casa Diego, en Triana. El supuesto enfermito estaba hartándose de beber vasos de caldo de caracoles. La criatura disfrutaba con las reiteradas ingestas, que la pediatra contempló largo rato en silencio. Un médico del montón de los de hoy, amenazado por el sistema, no hubiera dicho ni pío. La doctora López Cansino se acercó a la familia: “Buenas noches, pues ya sabemos de qué son los dolores abdominales del niño. No hace falta que vengan más a la consulta mientras siga bebiendo tanto caldo de caracoles. Mañana mismo anulo la petición de derivación, no se preocupen”.

Tener un estilo ágil, eficaz y pedagógico durante más de cinco décadas tiene sus consecuencias. La fuerza de la vocación conlleva unas cargas. El precio de la fama, dicen. El orgullo de todo profesional, apuntan. Las consultas sufren de superpoblación de pacientes en esos casos. Los cupos de pacientes de los antiguos ambulatorios se organizaban mediante cartillas. Cada cartilla equivalía a una unidad familiar. En el caso de los pediatras, cada cartilla solía incluir una media de entre dos y cuatro niños. La popularidad y eficacia que combinaba esta pediatra en el ambulatorio de Amante Laffón, por ejemplo, la llevó a acumular más de 10.000 cartillas, cuando lo habitual era que un pediatra tuviera asignadas entre dos y tres mil.

La vida son recuerdos en sepia de las aulas de la Facultad de Medicina de Sevilla, donde tenía a su hermana Antonia de compañera de promoción. Ambas fueron de las primeras mujeres en cursar la carrera, en aquellas clases impartidas por el doctor Suárez Perdiguero, el catedrático que siendo rector presidió de nazareno la cofradía de la Buena Muerte y todo el mundo lo identificaba por su pronunciada cojera. La vida es hacer el rodaje como pediatra en Villanueva del Río y Minas junto a su marido, que ejercía entonces de médico general. Ellos eran la única asistencia médica del pueblo minero en años difíciles en los que, además, atendían gratis a los niños acogidos en el Convento de la Hermanas de la Cruz. Las monjas agradecían siempre las atenciones con ropitas y paños bordados para sus primeros hijos. La vida es el debut en la capital, en el ambulatorio del Juncal, el retorno a la provincia en plaza de primera: Alcalá de Guadaíra. Y otra vez la capital es una plaza dura, pero gratificante: Torreblanca. Allí aprendió que la gente más humilde suele ser la más sencilla y agradecida. Marqués de Paradas, en pleno centro, y Amante Laffón, en San Gonzalo, jalonan una dilatada carrera. La vida es atender en la consulta privada de Triana a los nietos de quienes fueron sus pacientes décadas antes en el sistema sanitario público. La vida es que los vendedores ambulantes de un mercadillo la paren para saludarla porque aún recuerdan cuándo atendió a sus hijos. La vida son veranos en un chalé de Matalascañas, Villa Loli, donde cientos de padres han acudido con hijos doloridos a deshoras cuando las infraestructuras sanitarias de aquella playa eran más propias de Nairobi.

La última asignatura que aprobó en la facultad sevillana fue la de Quirúrgica, que en aquella época impartía el doctor Zarapico. En el tramo final de la carrera, López Cansino ya tenía novio, un compañero de clase, Francisco Jiménez Pérez, que con los años sería su marido. El día del examen final se citaba a los alumnos por orden alfabético, pero se saltaron ese orden y llamaron a Francisco y a María Dolores al mismo tiempo. Se trataba de un examen oral en el que uno exponía tres temas y el compañero completaba lo que le faltara al primero. Francisco defendió sus tres temas y María Dolores, tras cada exposición, alegó que estaban perfectos, que no tenía nada que añadir. El doctor Zarapico aprobó a ambos y le comentó a Francisco: “Ruego a Dios que siempre te de la razón como lo ha hecho hoy”.

En el Tardón soportó alguna madre desahogada. “¿Le importa que le coloque aquí las bolsas de la compra?”, mientras el olor a pescado inundaba la consulta. “Me importa menos que a usted la hora de la cita, ha llegado usted tarde y lo primero es el niño, no el mercado”. Otro día atendió a una niña llamada Penélope a la que su madre no paraba de llamar “Pene” con una abreviatura poco afortunada. La doctora López Cansino, ¡siempre el supremo interés del menor!, ya no pudo más: “Mire, o la llama Pe o Penélope con todas sus letras, pero pare ya porque le va a causar un trauma a la pobre criatura”.

Un pediatra es mucho más que un proveedor de Dalsy o Apiretal. O debe serlo. Una vocación tan pronunciada y un estilo de ejercicio de la profesión tan romántico han robustecido un tronco del que ha salido la rama continuadora en un hijo que estudió Medicina en la habitación contigua a la consulta privada. Allí aprendió Eduardo que la medicina es un sacerdocio. El médico debe ser, además, ejemplo de orden, limpieza, responsabilidad y educación. Todo eso reporta una auctoritas que no hay decreto de la Junta que la pueda laminar. Lo enseñan los que saben: sólo se viaja donde hayan estado los romanos. Y donde haya una buena pediatra como la doctora López Cansino. El valor de las ideas fijas. El supremo interés del menor.

Una vida al galope

Carlos Navarro Antolín | 6 de diciembre de 2015 a las 5:00

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ES la cantinela que sigue a la desgracia, la coletilla que confirma el grado elevado de la tragedia. A cada siniestro con un número considerable de víctimas, a cada atentado terrorista o catástrofe natural, siempre sigue la referencia al equipo de psicólogos que acuden a la zona cero para atender a los familiares, para prestar los primeros auxilios y amortiguar los fatales sopitipandos, para ayudar a digerir la mala nueva. Hay gente en cuyo currículum se combinan las mayores alegrías y las peores desgracias con especial intensidad. Será verdad lo que dice el cura Perico Ybarra cuando reza la Salve, que mete una hermosa morcilla cuando alude a que la vida es un valle de lágrimas. Es justo entonces cuando don Pedro irrumpe en los bisbiseos de los fieles: “…Y de alegrías”. Llanto y risa. El cura rebelde se niega a reconocer que sólo hay lágrimas.

María Luisa Guardiola Domínguez (Sevilla, 1940) es una de esas sevillanas que siempre ha llevado dentro un nazareno de ruan. No por el hieratismo ni por la seriedad, porque precisamente se caracteriza por la vitalidad y por tener siempre la sonrisa esculpida en el rostro, sino por mirar al frente en clara expresión de futuro. La vida le ha obligado a tomar curvas tan cerradas que hubieran sido la coartada perfecta para bajarse del vehículo, marcharse a casa y parasitar delante de la televisión. Nadie le hubiera podido reprochar nada. Décima de quince hermanos, responde al perfil de haber estado criada en la alegría y el encanto del ruido cotidiano de una familia numerosa. Dicen que a mayor población, mayores riesgos. Y bien que ella lo sabe. Muy joven sufrió la pérdida de tres hermanos: Joaquín, que murió en presencia de su padre durante un atraco; Ángela, en un accidente doméstico, y Salvador, el célebre rejoneador que perdió la vida en la plaza de toros de Palma de Mallorca. Tal vez estos tres sucesos, sumados a la fuerza que genera una crianza en el cariño de una familia estructurada, convirtieron a la niña María Luisa en una ciudadana marcada por una inusual fortaleza ante la adversidad. Y el destino aún la aguardaba a la vuelta de la esquina con la daga más afilada: el fallecimiento de una hija. La pequeña María Luisa murió de cáncer en 1975, en una Sevilla sin planta oncológica infantil, sin infraestructuras proyectadas para estos pequeños, sin subvenciones específicas para la investigación de estos males. Aquel viejo García Morato aún no recibía armaos de la Macarena la tarde del Jueves Santo para generar una sonrisa en esos ángeles pelones que son querubines que Dios coloca en las canastillas del dolor de sus padres. Esos mismos armaos se derrumban como torres de ajedrez ante la tierna mirada de alfil de estos santos inocentes de los hospitales. Nada había entonces, más que la tenacidad de una doctora y el coraje de unos padres dispuestos a todo.

De la enfermedad surgió la fuerza productiva que caracteriza a los verdaderos aristócratas, a los mejores ciudadanos. María Luisa Guardiola llevó a la doctora Álvarez Silván a París para que se pusiera al día en las técnicas de vanguardia en el tratamiento del cáncer infantil, que entonces se practicaban en el hospital francés Villa de los Judíos. Aquellos días estaba poniendo los cimientos de Andex, una de las grandes marcas blancas de la ciudad, uno de los estandartes que mayor prestigio y crédito tienen entre los ciudadanos, una prueba palmaria, quizás, de que es posible un mundo mejor. Andex, Cáritas y las Hermanas de la Cruz constituyen probablemente la tríada de la mejor Sevilla.

Al empuje de María Luisa Guardiola, a su perfecta conexión con aquella profesional de la Medicina, se debe el nacimiento de la ONG en 1987, de la planta oncológica infantil y del hospital de día del Virgen del Rocío, ambos servicios en el mismo edificio y gracias a un convenio modélico de una entidad privada con el Servicio Andaluz de Salud. Si Sor Ángela pedía para sus pobres pisándose el propio yo, esta aristócrata coraje pide para sus niños con cáncer, llama a las puertas de la Casa Real, a las de las administraciones, empresas y particulares que haga falta para que sus ángeles pelones tengan curación. Habilita sótanos, contrata maestros y resiste sinsabores. Transforma el dolor de su propia experiencia en una fuente de energía positiva que produce beneficios para los demás.

Andex es su vida. Su obsesión. Su afán. No hay día sin Andex. No hay día sin estar al día de los empleados, de los niños, de los voluntarios. Su amor propio le conduce a la búsqueda de la perfección. A la exigencia. Los niños son lo primero aunque haya que tragarse el recuerdo de estar a diario en el mismo hospital en el que vivió las peores horas de su vida, aunque haya que tropezar con dirigentes de la sanidad pública más preocupados por su propia proyección personal, por no perder un palmo de notoriedad, que por el objetivo fundamental:la curación y el bienestar de los pequeños pacientes.

Esta sevillana, que siempre luce un peinado perfecto, reliquia estética en las fotografías de ecos de sociedad, jamás ha ocultado su fe, pues probablemente sea el mástil firme al que se ha agarrado en tiempos de zozobras y rumbo incierto. Junto a su marido, Luis Manuel Halcón de la Lastra, conde de Peñaflor, constituyen la reserva espiritual de la sangre azul hispalense.

En la bendición de unas nuevas instalaciones de Andex, presenció cómo ciertos políticos socialistas tomaron las de Villadiego justo antes de que el sacerdote sacara el hisopo del acetre con el agua bendita. Ya eran los tiempos en que el PSOE, perdido el centro político de los años grandes de Felipe González, sacaba de la chistera el conejo del laicismo y proclamaba urbi et orbi la majadería de amagar con romper el concordato con la Santa Sede. Los dirigentes socialistas debían cuidarse de aparecer rezando en público. Aunque luego agarren las varas doradas de hermano mayor a la mínima oportunidad.

La vida es una medalla al pecho de Mater Admirabilis, que evoca a la Virgen del Colegio del Valle donde la niña María Luisa se formó en sus primeros años de vida. Después vinieron los años de estudios superiores para ser perito mercantil. La infancia es una casa de Guzmán el Bueno y, cómo no, de una casa catalogada de la Puerta Jerez donde hoy sigue presente la familia. La vida son labores de jardinería, de macetas cuidadas con primor en la casa familiar de la Palmera. La vida son recuerdos de una timidez superada en la primera ocasión que tuvo que aparecer en la Real Maestranza ataviada con la clásica mantilla blanca. Los veranos en El Puerto de Santa María se apuran hasta el 12 de septiembre, onomástica de esta sevillana que ha estado dos veces en la India y por naciones de medio mundo.
Mucha gente se arrastra por una condecoración. O la pide directamente. Incluso por escrito: por mí y para mí. Sin pudor. El alcalde Monteseirín quiso reconocer la labor de María Luisa Guardiola al frente de Andex con la medalla de oro de la ciudad. Decidido, Alfredo cogió el teléfono, la llamó y le anunció que la distinción sería aprobada con toda solemnidad en el siguiente Pleno. La sorpresa del socialista fue que María Luisa Guardiola dijo que no. “¡Me ha dicho que no! ¿Me oyes? ¡Que me ha dicho que no!”, le dijo a un asesor. Hubo que recurrir a mediadores para que la presidenta de Andex accediera finalmente a recibir el reconocimiento de la ciudad. Aquel 30 de mayo de 2010, cuando coincidió antes del acto con otros premiados en las dependencias del Teatro Lope de Vega, se le oyó decir:“Ustedes sí que merecen la medalla, yo no”. El teatro la premió con una ovación cerrada.

Cuando el tiempo lo permite, elimina el estrés a caballo. María Luisa Guardiola galopa por los campos de Carmona. Amante de la velocidad, le gusta ir rápido tanto a lomos de un jaco como en un coche. Es un rayo. Esta mujer pisa fuerte en todos los sentidos: para conducir, para sacar dinero para Andex, para negociar todo tipo de atenciones para sus niños enfermos, que incluso ha conseguido que camareros del Alfonso XIII sirvan la merienda a los niños en el hospital vestidos a la federica.

Como suele ocurrir con las buenas reposteras, mantiene la figura pese a su demostrada habilidad en la elaboración del tocino de cielo y de especialidades varias de chocolate. Son otros los que cogen los kilos. Su gran satisfacción es que Andex alcanza un 80% de curaciones en los niños que son atendidos en sus instalaciones. Es el mejor homenaje que cada día hace esta madre coraje a a aquella pequeña de seis años, cuya memoria ha servido para levantar una de las marcas que verdaderamente hacen mejor la sociedad y convierten una ciudad en un lugar mucho más habitable. Cuando todo se conjura para quedarse acostado y meter la cabeza debajo de la manta, cuando la vida hiere realmente con zarpa de fiera, hay quienes se levantan como legionarios y hasta galopan. Sin necesidad de equipos psicológicos, con la sola fuerza que nace del interior de quien ha sido forjada como una ciudadana coraje que sólo mira hacia atrás para seguir contribuyendo a la cura de más y más ángeles pelones. Muchos son hoy adultos, profesionales solventes que al reconocerla y saludarla le están concediendo el oro de la mejor medalla. Y en el cielo, las nubes esbozan una sonrisa de algodón.

El docto sablista

Carlos Navarro Antolín | 28 de junio de 2015 a las 5:00

Alberto Máximo Pérez Calero
Si el saludo constituye esa primera impresión con vocación de permanencia y base sólida para establecer juicios sobre la persona, Sevilla es una ciudad con superpoblación de agradaores. No lo han dicho los últimos análisis sobre demografia, pero lo sabemos por el Observatorio para el Estudio y Análisis de la Ojana Hispalense en las Cofradías y Zonas de Especial Laicidad. Habremos bajado del listón de los 700.000 habitantes (¡ay, Rojas-Marcos!), lo que nos ha menguado la corporación de 33 a 31 concejales, pero agradaores hemos perdido muy pocos. Los mismos que danzaban cuando Zoido tocaba la flauta, danzan ahora cuando es Espadas quien la sopla mientras los de Participa Sevilla, Podemos, Ganemos o como se hagan llamar, están pendientes de pasar el platillo. En Sevilla hay un sinfín de gente agradable, como hay un sinfín de agradaores, que no es lo mismo agradar que ser un agradaor. Se nota, decíamos, en los saludos, en esas frases que se dicen a modo de hastag en las redes sociales, con todas las palabras juntas, sin pausa, en un aparente sin sentido. Me alegro de verte (#mealegrodeverte). Mentira, el tío no se alegra, pero funciona. El único momento en que el sevillano dice la verdad, pero la verdad de la buena, es cuando suelta una frase en negativo a la hora de saludar: “No me paro porque tengo prisa”. Ahí clava el sevillano la banderilla corta en todo lo alto. Anda que si tuviera interés (Andrés) no se iba a parar…

Alberto Máximo Pérez Calero (Écija, Sevilla, 1952) es el presidente del Ateneo, lo cual está encantado de que se diga cuantas más veces mejor. ¿Qué quieres ser de mayor?, le preguntaron en las aulas de los Padres Blancos. Y este alumno aplicado fue rotundo: “Quiero ser médico de familia, pero sobre todo quiero ser presidente del Ateneo”. Su saludo es marca de la casa, tiene estilo propio. Hay sevillanos que van por la calle, enseñándole el casco antiguo a los parientes de fuera, y lo incluyen como patrimonio inmaterial digno de exhibición: “Mira, por ahí va Pérez Calero, vamos a saludarlo para que veas cómo saluda un sevillano original, es algo inusual”. Pérez Calero pone una sonrisa profidén, levanta la mano derecha, inicia con ella una curva creciente hasta la altura del pecho (casi como el torero cuando se perfila para la suerte suprema, pero sin colocarse de perfil) y la desciende hasta el apretón final con la mano del interlocutor. Finos observadores locales dicen que se trata de un saludo con “mano stuka”, por la rapidez, decisión e intensidad de la maniobra que suele ser rematada con un acelerado “holacomoestásmealegromuchodeverte”, todo junto a modo de hastag. El saludo de Pérez Calero es tan clásico como su afición por repartir escuditos de la docta casa:

–El día que vengas con chaqueta y corbata te pongo uno.

Quien no tiene el emblema del Ateneo es como el que no tiene el pin del Curso de Temas Sevillanos, como quien no ha recibido nunca una foto de Martín Cartaya en un sobrecito marrón, o una instantánea de Salazar y Bajuelo por correo electrónico. Un sevillano sin el escudito del Ateneo es un sevillano vacío, soso, con tendencia a la exclusión. A Pérez Calero le encanta repartir escuditos del Ateneo y participar en todos los actos del mailing de la ciudad. Su pasión es estar, representar al Ateneo hasta en mitad del océano, con ese figuroneo sonriente que es digno de agradecer, porque hay que ver la de figurones con cara de mañana de Viernes Santo que pululan por la ciudad. Tanto ellos como ellas. Qué caras de estreñimiento, de enojo perpetuo, de vinagre derramado… Nada que ver con la docta sonrisa del presidente de la docta casa. Alberto Máximo Pérez Calero, que parece nombre de gladiador triunfante con apellidos de marca de sacarina, es la sonrisa del establishment hispalense. Y eso se agradece. En la ciudad que siempre cuestiona al que se estrena en un canapé (“¿Y éste qué busca ahora aquí?”), Pérez Calero siempre está dispuesto a sonreir y a integrar con el único objetivo de ganar adeptos para esas presentaciones de libro con un cuarto de entrada, o esos recitales donde no se llena ni el abono de sombra de los viejos ateneístas.

Sólo han de temer la visita de este sevillano quienes tengan cifras con algunos ceros en la cuenta corriente. O quienes simplemente tengan apariencia de poder tenerlas, porque en Sevilla basta con la presunción de tener dinero para que te lo pidan. Todo presidente del Ateneo que se precie debe emplearse en el arte de manejar el sable, modalidad de esgrima local que consiste en buscar a los reyes magos soltadores y a otros personajes secundarios que conforman ese cortejo llamado cabalgata que cuesta poner en la calle algo más de 200.000 euros. Con la Cabalgata se financia el Ateneo todo el año, como con la carrera oficial se financian las cofradías.

Estos días hay empresarios, médicos, abogados y altos ejecutivos de los que frecuentan esos desayunos a base de pastas y zumo de bote (que deja poso en la copa) que tiemblan cuando la secretaria anuncia la visita de Pérez Calero.

–Don Luis, le telefonea de nuevo el señor Pérez Calero, pide cita para verle. Insiste en que es un asunto personal, nada grave ni preocupante. Dice que le ha dado su teléfono el señor Martín Rubio… Ha llamado ya cinco veces.
–Mira Luismi, qué listo… Dígale que venga. Lo recibiremos.

Y allí que va Pérez Calero con el sable en la mano, con la camisa y el traje que le quedan bailones por ser sevillano enjuto. Yallí que llega con el objetivo de envolver al elegido para ser Melchor, Gran Visir o lo que se tercie, que Pérez Calero es como el negro de la playa que se coloca junto a la sombrilla y exhibe el panel de collares, gafas, pulseras y otros abalorios, pero en versión carroza de Gaspar, carroza de empresa municipal o carroza de personaje secundario. “¿Gusta? ¿Gusta la gafa? ¿Tú cuánto dar?”, dice el negro postrado de hinojos. Pues Pérez Calero sonríe mientras exhibe su tablón con todas las carrozas.

–El récord está en 130.000 euros. Pero si usted nos garantiza 40.000, podemos cerrar el trato. Le aseguro que será una experiencia inolvidable.

Y el elegido se va a su casa la mar de contento, viéndose aupado a la carroza, hasta que la otra parte de la sociedad de gananciales le dice que nanay, que si está en sus cabales o si le va pidiendo cita para el diván de Javier Criado. Y así se le caen decenas de reyes al Ateneo, que nadie sabe las fatigas que ha pasado este hombre en los años que el Cinzano sustituyó al Mumm en las cuchipandas de los constructores pretenciosos.

El Ateneo es muchas veces el acudidero perfecto de los sevillanos con las tardes libres. En la práctica es como una gran casa de hermandad, pero sin imágenes titulares. El presidente trabaja por las mañanas y dedica las tardes a calentar el sillón. Tiene el hábito cardiosaludable de ir de casa al trabajo andando, por ese eje urbano que comunica la Puerta Osario con el ambulatorio de Marqués de Paradas. En su día sufrió graves problemas internos. Primero, cuando trascendió que uno de los componentes de la directiva ateneísta mandaba jamones al presidente del Consejo de Hermandades para ser pregonero de la Semana Santa, el más claro ejemplo del cohecho morado. Ydespués, cuando tuvo que nombrar tres reyes Melchor en menos de un mes. El tercer elegido fue el hermano mayor de la cofradía vecina de Los Panaderos, al que menos mal que no le sacaron un trapo sucio, porque ya no quedaba más que ofrecerle la corona al tío del Rápido Americano que repara los zapatos y hace las copias de las llaves. A Pérez Calero le pidieron con fuerza la dimisión en la crisis de Melchor, pero el hombre aguantó más que un conductor nocturno detrás de un camión de Lipasam por la judería. Y ahí sigue. Como Arenas en el PP.

El momento de mayor emoción del año es cuando dirige la charla en el autobús que conduce a los reyes magos al hospital de turno la noche del 5 de enero. “Como médico de familia os digo…”. Es la coletilla con la que introduce cada frase, cada orientación, hasta que asoman las lágrimas en los oyentes: “Como médico de familia os pido que no preguntéis a los niños qué regalo quieren, pues muchos os dirán que quieren ponerse buenos. Y entonces os váis a derrumbar”.

La vida es el Ateneo, los consejos sabios de Ana, las idas y venidas al ambulatorio con el veloz caminar por San Eloy, el manejo del sable en cuanto acaba la Semana Santa, el chaqué en las procesiones oficiales, las referencias del doctor Hermosilla y de García Díaz, el bolsillo lleno de escuditos. La vida es alzar la mano en cada saludo con la sonrisa de quien cada cinco de enero echa la sacarina de su apellido en el café de una ciudad necesitada de edulcorante a falta de azúcar.