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El buen vasallo

Carlos Navarro Antolín | 1 de marzo de 2015 a las 5:00

Carlos Bourrellier
EN Sevilla hay gafes, gente ceniza que trae la desgracia con su sola presencia, como hay gente con la cara estreñida desde que los padres eran novios, que hasta existe una clasificación de los señores y señoras con el rostro todo el día oliendo a letrina. También hay gente con suerte, que son la versión hispalense del lotero de La Bruja de Sort, gente a la que habría que pasarle el décimo por la espalda, al igual que se pasan por las vestimentas de santos, gente a la que habría que parar por la Avenida, entre velador y velador, y entregarle papelitos con los deseos escritos para que los lleven en el bolsillo de la americana de Vilima.
Carlos Bourrellier (Sevilla, 1951) es el presidente del Consejo de Cofradías que nos ha obligado a todos los periodistas a agregar su apellido al corrector ortográfico y que resulta un ejemplo sólido de cómo lo interino muta en permanente en esta ciudad. Bourrellier, un hombre con suerte, llegó a la presidencia como Susana Díaz. Se fue Adolfo Arenas y se puso él. Se fue Griñán y se puso ella. Ninguno de los dos goza por ahora de la legitimidad directa de las urnas. Bourrellier, un tipo sin enemigos, el vecino idóneo para echar una charla sobre el clima en el ascensor, estaba allí cuando se produjo el hueco. Él lo tapó como el albañil de urgencia que sella una gotera, y ahí sigue para escozor de los cobardones que largan por detrás pero que no se atreven a salir del burladero y discutirle el puesto.

Fue hermano mayor de una cofradía, la franciscana del Buen Fin, un período en el que vivió una coronación canónica y la salida de su Cristo en el vía crucis de las cofradías. Y ha sido Rey Melchor de la Cabalgata. ¿Se puede ser más en el cursus honorum hispalense? Lo tiene todo para generar la envidia de esos señores (y señoras)estreñidos. Es el compañero del colegio tocado con la gracia de la potra.

Nacido en la calle Azafrán, desciende de maestros tintoreros: bisnieto, nieto e hijo de emprendedores en el sector. Se formó en el Colegio Alfonso X El Sabio y en las aulas del Santo Tomás de Aquino, donde dicen que iban los regulares, pero no precisamente los de Ceuta. Poca gente sabe que fue un pelotero de cierto nivel en sus años mozos, aunque hoy ya no practica ni fútbol ni ningún deporte, tan sólo el palquing, cuando salta de palco en palco del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección, asegurando siempre la pax romana al emperador en caso de revueltas en las tropas cofradieras. Ha ejercido de mercader de éxito en su vida profesional sin sufrir la expulsión de ningún templo, sino todo lo contrario. Sin estar doctorado en Derecho Canónico y sin haber peloteado previamente al alto clero calentando el asiento en cursos vespertinos de formación, su gran mérito es ser el niño bonito de la actual autoridad eclesiástica, el ejemplo de hombre de Iglesia, el modelo preclaro de superávit de eclesialidad. Bourrellier no se cansa de decir “pastor” como el ministro Piqué no se cansaba de inclinar el espinazo ante Bush. Y eso a los curas les encanta. Sabe tratar a los ministros de Dios como nadie, desde aquellos maravillosos veranos en que los invitaba a comer en El Paraíso, en El Portil. El Paraíso vive hoy un auténtico infierno, precintado por las deudas, mientras la oveja más destacada del rebaño cofradiero de la archidiócesis bala con fuerza y alegría. Dimitió el presidente y él estaba allí. Se quiso ir, pero, ay, el arzobispo le pidió que se quedara y él se quedó haciendo bueno el lema de los cofrades con cargos sacrificados:Nolebat, sed petiverunt. Yo no quería, pero me lo pidieron… Bourrellier es la solución provisional, interina, recurrente; la fórmula perfecta para salir del paso que tantas veces se busca en Sevilla. Por eso erigirse en provisional es abonarse al triunfo en esta ciudad. Todo lo provisional tiene vocación de perpetuidad. Ytodo lo oficialmente permanente puede durar menos que un cardenal presentando la renuncia a los 75 años. Ojú, qué poco duró…

No se le conocen más aficiones cultivadas que las cofradías y el buen yantar, que no es mala combinación. El recorrido –corto recorrido– de la sede del Consejo al Palacio Arzobispal no sirve para reducir el colesterol de las manitas de cerdo y otras exquisitas viandas caracterizadas por la pringue, por muchos saltos que haya que dar para sortear las cacas de los caballos que perfuman tan cotizada senda, cuyo aroma forma parte del patrimonio inmaterial de Sevilla, anda que no.

La mejor virtud de Bourrellier es quizás su ausencia de complejos. Habla con devoción del arzobispo, que parece su particular primo de Zumosol. Y el arzobispo le premia con susurros al oído, con la mano apretándole con afecto el antebrazo, con mensajes de voz meliflua y muestras de admiración pública. Ahí ha surgido una UTE de las buenas, de las que duran porque ambos se sostienen, ambos se ayudan y a ambos les viene de dulce llevarse bonito. Distinto será si esta UTE hace alguna gran obra. El tiempo, supremo juez contra el que no cabe recurso, lo dirá.

Bourrellier es genial cuando hace declaraciones a los medios o emplea el lenguaje coloquial en algunas reuniones a puerta cerrada. Tiene la espontaneidad y la frescura de quien no está contaminado por asesores a sueldo. Le meten la alcachofa tras la homilía del señor arzobispo en la Plaza de España ante el paso de la Virgen de la Esperanza y suelta una de las mejores perlas que se han soltado en la historia de la diócesis: “El arzobispo ha estado muy bien, pero que muy bien. ¡Ha hablado a calzón quitado!”. Nada de sotana, sino directamente calzón… Qué cosas dice este Bourrellier. Otro día habló de los “pistoleros” del Consejo en referencia a los consejeros que él cree que le hacen la pajarraca. Y otro más de la necesidad de dar un “puñetazo” en la mesa para arreglar los problemas, ¡oh problemas!, de los horarios de la Madrugada, donde sólo cabe decir sobre el cofraderío lo que aquel cubano trincón de fama fácil: “La noche me confunde”.

La suerte del alto clero que hoy puebla los despachos del Palacio Arzobispal es que Bourrellier habla con el corazón, está orgulloso de cumplir con el sacrificio que le pidió su dilecto pastor en aquellos minutos de zozobra, una encomienda que lo convierte en legionario de la diócesis, con el pecho al descubierto y el valor por bandera, con el arcabuz dispuesto siempre a defender a su mentor. La verdad es que a un mundillo cargado de pestiños, con tanto cuello duro de camisa y tantos demonios removiendo la cola en tardes de ocio, este presidente del Consejo trae una bocanada de aire fresco en no pocos momentos, por lo sencillo y natural que resulta, por lo poco artificial, por lo exento de eso que ahora llaman postureo. Habla como es, como un vecino simpático de la Alfalfa, de riguroso traje oscuro y bigote perfectamente cortado, amigo de la concordia y de la buena ensaladilla, cuyos problemas quizás son querer quedar bien con todo el mundo, y que está dispuesto a pedir perdón si sus palabras han podido ofender. Pídanle unas entradas para el pregón que hará lo imposible por conseguirlas. Pero después le mandan como agradecimiento un táper de arroz con perdiz, que le gusta más que la Amargura por Cuna a uno que yo me sé. O lo invitan a una cerveza en El Tremendo, del que su señor padre era un cliente distinguido.

Pásenle el décimo de lotería por la espalda. Este hombre tiene estrella, además de sentido del humor, que es el lubricante de la vida cotidiana. Hay veces que uno ve a Bourrellier con esa fidelidad en grado supino al pastor, con esa conducta que es modelo preclaro de eclesialidad, con su asistencia a funerales hasta en el tórrido agosto, con esa disponibilidad absoluta a subir la escalera palaciega de Leonardo de Figueroa cada vez que es llamado por el secretario de Su Excelencia, con esas doce horas al día que le dedica a la presidencia, y tiene que recordar aquellos versos del Cantar de Mio Cid que se estudiaban en el extinto COU: “Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor”.