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El aparato ilustrado

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2014 a las 5:00

ALFONSO GUERRA
DECÍA Javier Arenas que la falta o carencia de poder se nota en el número de ramos de flores que llegan al hospital al nacer un hijo. Él supo bien lo difícil que era encontrar jarrones para más de treinta ramos y lo cómodo que resultó bastantes años después hacer sitio a simplemente dos en lo alto del televisor. A Alfonso Guerra (Sevilla, 1940) hace tiempo que no acude la cuadrilla a recogerlo los viernes por la tarde al aeropuerto de San Pablo. La cuadrilla es otra vara de medición del poder. El poder nunca va en soledad, por mucho que quien lo ostente se encuentre muchas veces solo. Aquellos maravillosos años de vicepresidente del Gobierno solían estar a pie de pista, como canónigos a la espera del obispo en la puerta de la Catedral, su inseparable hermano Juan, el alcalde Manuel del Valle, Miguel Ángel del Pino, el gobernador civil Alfonso Garrido y Jaime Montaner. Guerra se bajaba de aquellos aviones de Iberia con la corona en la marca de la compañía, era recibido por su particular curia socialista y comenzaba el despacho real de los asuntos de Sevilla y Andalucía. Un popular quiosquero del centro de la ciudad, con una ubicación privilegiada, se jactaba de que para mover su puesto había que pedirle permiso nada menos que a Alfonso Guerra. O tratar el asunto en el despacho que utilizaba su hermano Juan en la Delegación del Gobierno de Andalucía. Con el escándalo de Mienmano empezó para muchos a escribirse la historia del tráfico de influencias y la corrupción en España. El hermano de Guerra era tan popular en los ochenta como el uso de las hombreras o los capítulos de Falcon Crest.
Aquellos años era Guerra quien marcaba la raya de lo que estaba bien o mal en el PSOE. Aquello sí que era un aparato en toda regla. Un aparato ilustrado, que para eso Guerra venía de dirigir compañías teatrales y de atender directamente al público en su librería a principios de los años setenta, que aún hay clientes que recuerdan que, si se le dejaba, Guerra pretendía dar lecciones hasta de estructuralismo.
A los suyos daba un confuso manual de instrucciones: la raya no era estática. Se movía. Todos debían estar pendientes de la localización de la raya como hay que estar al loro de la directriz del portavoz para saber el sentido del voto. Que le pregunten por la raya a José Rodríguez de la Borbolla, presidente de la Junta de Andalucía de 1984 a 1990. En las memorias de Pepe Bono se detalla cuando ciertos socialistas le preguntaron a Guerra a qué lado quedaban ellos de la raya en plena operación de derrocamiento de Borbolla. “Eso lo digo yo en cada momento”. Incautos e insistentes ellos, preguntaron directamente dónde estaba entonces la raya: “Eso lo digo yo también en cada momento”.
Quienes lo han tratado mucho y de cerca aseguran que es el político español cuya imagen pública se ajusta menos a la real. Gana en la distancia corta, como suele ocurrir. ¿Por qué? Probablemente por la timidez que padecen una mayoría absoluta de humanos. En el tú a tú resulta educado, cordial, correcto, con chispa y cierto ingenio. Ni empalagoso, ni cortesano. Pero, ojo, esta regla se viene abajo cuando toca relacionarse con colaboradores y subordinados. Entonces la experiencia puede ser verdaderamente insoportable: “Guerra apabulla, acongoja y acojona”.
En público, en cambio, se torna ácido, desmesurado en los gestos y la palabra. Tras la aplastante victoria de 1982: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió cuando nos vayamos”. O la explicación del triunfo de la marca PSOE en las sucesivas mayorías absolutas en casi todas las citas electorales: “Presentamos a una cabra de candidato y gana la cabra”. Y en los mítines, hasta hiriente para no dejar decepcionados a quienes entonaban una petición, un grito de guerra que se convirtió en un clásico: “¡Alfonso, dales caña!” Y Guerra la daba. Basten tres ejemplos. Comparó a Soledad Becerril con Carlos IIvestido de Mariquita Pérez, conectando con esa generación de españolas que se quedó sin tener la deseada y cotizada muñeca. Trató de ridiculizar a Jaime Raynaud, candidato a la Alcaldía de Sevilla por el PP en 2003, haciendo una gracieta sobre la dificultad de pronunciar su apellido:“Suena a Renault. Ydebe ser maestrante”. Y se burló de Cristóbal Montoro, el jiennense que fue número uno por Sevilla en las generales de 2011, por no controlar el callejero de la ciudad. “Le preguntan dónde está Cabeza del Rey don Pedro y responde que en el cementerio”.
Guerra se fiaba de poca gente en sus años de mayor poder (1982-1991). A sus más allegados procuraba tenerlos bien amarrados y condicionados. La historia de siempre: el poder concede un favor de cualquier tipo y espera algo a cambio, normalmente sumisión a las directrices cotidianas, una sumisión habitualmente revestida de conceptos tan blancos como la lealtad o fidelidad, términos siempre manoseados en los partidos políticos de todo signo. Y la gente, claro, es leal hasta que deja de tener el plato lleno por mucho que aquel Guerra, vicepresidente ilustrado, tuviera gracia y diera caña.
Con los diputados del poblado grupo socialista del Congreso de aquellos años ochenta era muy cercano. Algunos aseguran hoy que los conocía a todos: “Felipe no tenía ni idea de quiénes éramos”.
Siempre ha presumido de haber leído mucho, aunque hay antiguos colaboradores que aseguran que no digería ni asimilaba bien el contenido de tanta lectura. “Felipe es mucho más esponja, absorbe lo que lee, aunque presuma menos de lectura, y es mucho más capaz de analizar la realidad en su globalidad. Guerra es poco creativo”.
Es de la extensa cofradía de sevillanos que no encaja en el estereotipo del sevillano. Coincide conArenas en tener un temor reverencial por el sevillano, quizás porque conozca bien la ciudad desde sus años de juventud tras el mostrador de su céntrica librería. En varias ocasiones se le ha visto en los toros (ay, aquel desplazamiento en el Mystere) y viendo cofradías de la Semana Santa, aunque en lugares poco recomendables como la Puerta de Jerez. Con la jerarquía eclesiástica siempre se entendió. Coincidía con Felipe en que la Iglesia proveía a la sociedad de un orden en valores, una estabilidad anhelada por cualquier gobierno. En algunos de sus viajes en AVE se le oyó criticar en privado la “manía” de Zapatero de enrabietar a los obispos y de apostar “obsesivamente” todo el progresismo de aquel primer ejecutivo del político leonés a la legalización del matrimonio homosexual.
No se le conoce una afición tan descarada y notoriamente mayor que la política, por mucho que se hayan cantado sus pinitos en teatro o sus películas, músicas o libros favoritos, ni tampoco se conocen muchos políticos capaces de sostener una conversación larga y con cierta sustancia sobre muchos temas. Tampoco se le reconocen tabernas favoritas, más allá de algún café sabatino con vistas a la Catedral, ni muchos más compañeros de paseo que Francisco Moreno.
¿Deja Guerra la vida política cuando al actual PSOE no lo conoce ni la madre que lo parió? “Algunos estamos convencidos de que muchos de los males de hoy son el efecto de las prácticas de Guerra, que creó escuela”.
No conoce más que el blanco o el negro, el conmigo o contra mí, cuando el mundo es siempre un corolario de grises y en la política de hoy sólo se perpetúan los grises. Tal vez Guerra sea el último radical del blanco o del negro en el socialismo español cuya larga trayectoria pública pueda casi pasar por un pontificado. Su retirada deja una lápida: Alfonso Guerra, dio caña y deja enemigos.