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El guardián de San Onofre

Carlos Navarro Antolín | 18 de enero de 2015 a las 5:00

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SENTADO sin apoyar la espalda. La mirada baja para responder, y de frente para oír las preguntas. Un cañón de luz tamizada por las cortinas blancas baña generosamente la estancia. Habla despacio y muy bajo, como si estuviera en confidencias con su interlocutor y temiera que media ciudad estuviera con la oreja puesta. Acabada la cita, se levanta. Abre las puertas de las dependencias más próximas: la capilla, la alcoba, el despacho de trabajo… Puertas abiertas para que la luz siga envolviéndolo todo. La intención es sana. La agenda de un arzobispo de Sevilla cansa. Confidencia en sentido figurado: “Sevilla mata a los obispos”. Por algo esta ciudad tiene hasta un viento propio: el matacanónigos. Ya estamos con las leyendas que requieren un mínimo sentido del humor… Hay ciudades a las que no se las puede tomar al pie de la letra. A veces no conviene ni tomárselas en serio, como se hace con los niños. Sevilla es muy niña. Y los niños son crueles cuando proclaman verdades y clavan agujas sin algodón previo.

Juan José Asenjo (Sigüenza, 1945) lleva cinco años al frente de la Iglesia de Sevilla, junto con Toledo una de las dos diócesis de España que histórica y tradicionalmente son sedes cardenalicias. Llegó a Sevilla, se enojó con algunos lances menores y no le faltaron ganas de marcharse en más de una ocasión, aunque su sentido de la obediencia lo lleva tan a rajatabla como su vocación pastoral. Se tomó demasiado a pecho algunos detalles, como el comentario de un pregonero de la Semana Santa sobre su supuesto desdén a la hora de recibir una estampa de la Virgen de la Esperanza. Quizás sea porque se teme lo que se desconoce. Y se teme casi todo si no se tiene sentido del humor. Y este concepto de humor no se puede simplificar en la capacidad de hacer gracietas o reírse de ellas, ni consiste en la exhibición de un espíritu jaranero, ni en dar rienda suelta al tópico festivo y despreocupado con el que suele ser estigmatizado el sur de España. El humor es algo muy serio. Es una actitud de la vida que empieza por reírse de uno mismo, que consiste en tener la flexibilidad de una caña de pescar: capaz de combarse al máximo sin perder nunca el punto fijo de apoyo.

Dice el Papa Francisco que la lepra está en la curia. La curia trata de apropiarse de los Papas, de controlarlos, de marcarles la agenda, de filtrar las cartas, las visitas y las compañías. La curia termina engullendo, capitalizando y, si puede, utilizando la figura del Papa. Cuestión de inercia. La curia procura que el Papa conozca cuanto ocurre en el exterior por sus únicos comentarios y por sus únicas recopilaciones de artículos de prensa. El Papa tiene que tratar de romper ese intento de apropiación, como el Rey que debe abrirse a todos y no limitarse a dejarse acompañar por la corte. Asenjo debutó en Sevilla como coadjutor con derecho a sucesión, un tiempo en que tuvo que convivir con la curia designada por el cardenal Amigo. Algunos no se lo pusieron fácil. Poco a poco ha ido renovando los cargos, ha ido tratando de ejercer el legítimo gobierno de la diócesis y de implantar su concepto de orden en el seminario metropolitano. La quinta del cardenal prácticamente ha sido laminada. Asenjo manda en la Iglesia de Sevilla con la sola incomodidad de tener que convivir con la sombra de la enorme figura del cardenal. Y, por supuesto, manda con el inconveniente de una curia liderada por un vicario general que, ironías del destino, no deja de romperle puentes al pontífice. Y el significado etimológico de pontífice, precisamente, alude a alguien especializado en construir puentes, en unir, en no abusar de las notas marginales que son el rencor archivado.

Asenjo es trabajador, capaz y está siempre dispuesto a ejercer de pastor. Así lo avala su currículum: desde la organización de la última visita del Papa Juan Pablo II a España, a la secretaría general de la Conferencia Episcopal. Desde el impulso de la gran concentración de jóvenes en El Rocío con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, a interesarse por un sacerdote en apuros.

Carece de destreza con los medios de comunicación en una sociedad condicionada por los medios. Le duelen las filtraciones porque detrás de cada una de ellas sospecha la traición de un colaborador. Sufre con las críticas porque entiende que no ha hecho mal a nadie como para recibirlas, sin caer en la cuenta de que todo el que se mueve en una faceta pública se desenvuelve en un escenario donde se combinan las luces con las sombras, la risa y el llanto, el destello y el apagón, el elogio y el desprecio. Monseñor Asenjo dice lo que piensa, muchas veces con la inocencia temeraria de un niño. Es un arzobispo transparente, como cuando declaró que tras aquel primer pregón de Semana Santa tuvo ganas de volverse a Córdoba andando, o como cuando confesó a la Cope la noche de fumata blanca de 2013 que Bergoglio no estaba en sus “quinielas”. No hay dobleces. Es así. Incluso si considera que un periodista no le ha tratado bien, lo pone en cuarentena, aplica una suerte de retirada de embajadores, de cautela máxima, de poner tierra de por medio, de pequeña condena si cabe.

No necesita séquito. Se le ha visto entrar y salir solo de una iglesia y de un restaurante con toda naturalidad. Una vez se le olvidó el anillo pastoral y regresó con celeridad al Palacio Arzobispal. Su fuerte no son ni la oratoria ni las relaciones públicas, sino la oración, el pastoreo de las almas, el sacramento de la confesión, la adoración al Santísimo… Es puntilloso cuando advierte de algún detalle indebido o llama la atención sobre algún aspecto fuera de la liturgia, lo que genera recelos que podría ahorrarse para no dar pie al anecdotario de leyendas.

Gana muchísimo en el terreno corto, cuando se relaja y aparece el gran capellán de San Onofre que lleva dentro, porque en San Onofre, templo de adoración perpetua de Jesús Sacramentado, es donde se aprecia la mejor cara de este arzobispo, como cuando se ofrece a presidir enlaces matrimoniales y bautizos. Con Zoido se lleva la mar de bien. Y Zoido le ayuda en casi todo lo que le pide. En el PP, además, no hay especial simpatía por el cardenal, al que se considera más bien rojo que púrpura.

Asenjo tal vez no eligió al mejor obispo auxiliar para sus intereses, el simpático Santiago Gómez Sierra al que multó la Audiencia Nacional por la gestión en CajaSur, pero al menos no lo dejó tirado en la cuneta tras los servicios prestados en Córdoba, y logró que se le premiara con la mitra.

Sevilla no mata a los obispos, pero es cierto que se lo pone difícil. En la misa de despedida al cardenal en la Catedral, la cola para recibir la comunión de manos del purpurado era kilométrica. La cola de Asenjo era tan corta que desapareció en pocos minutos. Fue un frío elocuente, como el silencio de los tendidos de la Real Maestranza. Sevilla maneja muy bien los excesos de frío y los derroches de calor. La guasa es el término medio, el terreno fronterizo donde naufraga la rigidez. Asenjo fue recibido con desconfianza, tal vez por ser vinculado a una figura para muchos antipática como la de Rouco, pese a que expertos en la materia aseguran que al prelado hispalense no se le conocen afinidades en el episcopado español; quizás también porque sobre su figura se descargaron las culpas por la salida exprés del cardenal, cuando a los cardenales se les suele permitir una prórroga.

Sus posibles salidas de Sevilla han quedado cegadas. Cañizares ha venido devuelto de Roma al refugio valenciano. A Barcelona ya se sabe que no va nadie nacido en Sigüenza, ni en Lugo, ni en Almería. A Osoro lo han enviado a Madrid sin que aún haya recibido la birreta púrpura. Blázquez sigue en Valladolid y al frente de la Conferencia Episcopal. Sólo si el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez, fuera reclamado para alguna responsabilidad en Roma, quedaría libre una sede digna de un prelado hispalense. No sería el primer arzobispo en dejar Sevilla para ser primado de España, ya lo fue Almaraz a principios del siglo XX. Pero todo indica que Asenjo se queda en la ciudad que le hace volver de su tierra los 6 de enero para estar en San Lorenzo, o retornar de sus vacaciones de agosto para estar en la novena de la Patrona; la ciudad de la bulla con un arzobispo apasionado por la ortodoxia de altar, coro y clergyman; la ciudad de la guasa con un arzobispo sin dobles sentidos. La guasa está en la ciudad, la lepra está en la curia y el arzobispo está en San Onofre. Y en San Onofre caben pocos sevillanos, aunque nunca falten los más fieles guardianes de Dios. Pero la grey es mucho más amplia. Y las notas marginales pueden ser tan nefastas como la curia.