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El último traje de mil rayas

Carlos Navarro Antolín | 31 de mayo de 2015 a las 5:00

Otto  Moeckel
El verano es la coartada perfecta para relajar las buenas maneras, los usos sociales que son el lubricante de la convivencia. El verano en Sevilla empieza mucho antes que el día de San Luis. Comienza prácticamente en abril con los primeros sofocos que derriten la cera, inauguran prematuramente la venta de helados y pueblan las casetas feriales de armatostes de refrigeración con zumbido de bombarderos de la Segunda Guerra Mundial. Hasta hay curas que recortan las homilías en días de calor para no ahuyentar a la feligresía. Existen las misas light al igual que los programas de redifusión en la parrilla de televisión. La Semana Santa de la intimidad de muchos sevillanos comienza con el primer nazareno. Yel verano de un tiempo a esta parte arranca cuando se ven las primeras chanclas. El símbolo del verano hace mucho que no son las bicicletas, son las chanclas por las que asoman uñas largas y negruzcas, como son los pantalones de pirata en sus diversas modalidades:ceñidos con elástico a la pantorrilla, con tirillas sueltas, con bolsillos exteriores, con un único bolsillo trasero, etcétera. La chancla y el pantalón son los símbolos de la heráldica de los meses tórridos en una ciudad con la sombra tan en retirada como un ejército vencido.

Hay una minoría de sevillanos que resisten, como los galos de la aldea de Astérix, a la invasión de camisetas de tirantas y pelambreras al viento que se ven, por ejemplo, en la cola de turistas de la Catedral, subidos en la segunda planta del autobús panorámico, o sentados en una terraza del barrio de Santa Cruz tomando paellas recalentadas en el microondas. Y muchísimas veces son los sevillanos quienes han hecho suya la estética del turista desharrapado en riesgo de deshidratación. Entre los sevillanos que resisten la oleada del desaliño figura Otto Moeckel von Friess (Sevilla, 1929), siempre trajeado llueve, ventee o nieve; siempre con el cuello cerrado con corbata, siempre en perfecto de estado de revista. Quizás sea de los últimos sevillanos en tener trajes de invierno y de verano, ternos gruesos para el frío y el mil rayas para la canícula. Es un fin de raza de la estética elegante del verano, como en tantas otras cosas. Ver a un señor con un traje de mil rayas por la Avenida de la Constitución es más difícil que toparse con un turista en pantalones de pinza, con un cura con sotana o con un concejal de Podemos entrando en O´Kean. Don Otto es probablemente el último traje de mil rayas que se puede admirar por esa jurisdicción en la que hace su vida:el barrio del Arenal y sus zonas de influencia.

Desciende de los alemanes que vinieron a electrificar la ciudad y muchísimos pueblos de la provincia. Hágase la luz en Sevilla, dijo Dios. Y llegaron los Moeckel para quedarse en la ciudad para siempre. Hijo único, su familia paterna era de Sajonia y la materna de Baviera. Criado en los valores del esfuerzo, el orden y la disciplina. En caso de que el niño Otto cometiera las trastadas propias de la edad, su madre era el juzgado de primera instancia y su padre el Tribunal Supremo. Los abuelos encarnaban una suerte de Defensor del Pueblo.

Mucho antes de que Felipe González inventara el “mire usted” como arma letal en un debate, don Otto ya había puesto firme a más de un desahogado con el “mire usted” en la ciudad del compadreo. Lo ha sido todo en el Baratillo, donde fue inscrito en 1938. Personajes muy conocidos le han pedido ayuda para ser hermano mayor, pero siempre ha distinguido el carril de los afectos del carril de la responsabilidad de un cargo. Por mucha influencia que el pretendiente de la vara dorada tuviera sobre don Otto, si este sevillano con sangre teutona creía que no valía, se lo decía con toda contundencia. Y estaba dispuesto a pagar el coste del no. Para pasteleos ya están Los Angelitos de la calle Adriano.

Un agradaor le comentó un día lo orgulloso que debía estar al trascender que su hijo se presentaba a hermano mayor de la cofradía familiar. Encogió los hombros, marcó distancia y respondió:“Mire usted, si lo hace bien, doble alegría por mi hermandad y porque es mi hijo. Si lo hace mal, pues doble disgusto”. Años hubo que el Domingo de Resurrección aún le asomaban las hebillas en el calzado:“Me las quitaré cuando visite el último templo de las cofradías que no he podido ver en la calle”.

Al Baratillo se lo ha dado todo. Nadie ha mandado como él en esa cofradía. Su autoridad no sólo estaba basada en el sinfín de ayudas económicas que ha prestado, sino en la auctoritas ganada a pulso con las horas invertidas. Ni el mayor cicatero puede negar que la vida de este sevillano es un derroche de generosidad sin límites con una cofradía que ama como a su familia. Tiene la medalla de oro de la hermandad, la de plata de la Real Maestranza y la Pro Ecclessia et Pontífice concedida por Benedicto XVI a petición del cardenal Amigo, además de otros numerosos reconocimientos y homenajes. Nunca habla mal de nadie. Se sabe escurrir con elegancia cuando le ponen en el aprieto de ofrecer una opinión comprometida. Un circunloquio de don Otto agota a cualquiera que pretenda ponerle en un renuncio. Es imposible que diga lo que no quiere decir.

Nunca lleva tabaco encima, pero siempre se las arregla para tener un cigarrillo cuando apetece. En su opinión, los curas deben vestir de curas y no alargar su presencia en los ágapes de la casa de hermandad. ¿Cómo se le dice al sacerdote que su presencia ya es inconveniente? Muy fácil. Don Otto se acerca al corrillo y espeta:
–Don […]. Le voy pidiendo el taxi si le parece. Y yo mismo le acompaño a cogerlo.

Las hermandades son asociaciones privadas de la Iglesia Católica por mucho que la normativa diocesana de 1997 dijera lo contrario. No le insistan porque no admite cesiones en este debate, donde coincide con la corriente de opinión de eminentes juristas de la ciudad.

Para don Otto no existe el cansancio. Ni la jubilación tiene el significado etimológico de júbilo. Es hiperactivo al moeckeliano modo. El trabajo, la actividad cotidiana y las idas y venidas del barrio del Arenal son la combinación que mantienen con vitalidad a este vecino único, de exquisitas formas y costumbres arraigadas y, sobre todo, de una oratoria antigua y ordenada que pareciera que está escribiendo cuando está hablando. Sus discursos pueden ser editados directamente en papel.

El primer año que no pudo salir en el Baratillo estaba viendo la cofradía desde un palco de la plaza. De pie desde que llegó la cruz hasta que se fue el palio, como hacía don Antonio Delgado Roig con el Silencio en las sillas del Laredo. Llegaba la Santa Cruz y se levantaba, como esos cofrades que se levantan al paso de la Bandera Pontificia. En una Semana Santa de roedores de pipas a la espera de los pasos, de sillas plegables o de un público echado directamente sobre las aceras, queda aún el testimonio de quienes se forjaron en un respeto que no se explica más que desde el conocimiento profundo de la hermandad. Porque sólo lo que se conoce puede ser valorado.

Siempre ha hecho gala de un concepto de orden que distingue con precisión de tiralíneas la familia, la hermandad, los vecinos y los trabajadores. Llegó a tener 70 empleados. Si uno le invitaba a la primera comunión de un hijo, don Otto no faltaba, pero de su asistencia jamás se podría deducir ninguna suerte de favoritismo posterior sobre ese empleado. A la hora de marcar las distancias, no ha hecho excepciones. Su propio hijo, siendo hermano mayor, ha visto cómo su padre se pronunciaba en contra de algunas de sus decisiones. La objetividad en los planteamientos es uno de los estandartes de su vida.

Sufrió las interpretaciones interesadas que algunos hicieron de las directrices del Concilio Vaticano II. Siempre ha defendido que aquel concilio fue el de la renovación, pero desde la conservación de lo que había, no de la supresión. Un cura de aquellos años le exigió que quitara la mesa de altar que formaba parte del retablo y que pusiera unos taburetes con unas tablas encima como nuevo altar. “¿Pero usted comprende que yo me puedo cargar un retablo artístico de esa manera?”. Suya es una frase que pide mármol: “Ser cofrade es la forma de ser católico en Sevilla”.

Un día pidió a unos amigos que lo acercaran en coche a un barrio alejado del centro de la ciudad. Al llegar al destino, antes de bajarse, consultó al conductor: “¿Me puedes esperar cinco minutos?”. Ylos cinco minutos de un alemán son cinco minutos de reloj, no los cinco minutos del sevillano que te hace esperar veinte en la Plaza Nueva, te llama por la calle San Fernando para decirte que va por la Avenida y te endiña al final una demora de treinta. A los cinco minutos de reloj, se montó en el vehículo y ordenó rumbo al Arenal. Se sintió obligado a dar una explicación que ningún ocupante del coche le había pedido: “Muchas gracias, era necesaria mi intervención para poner orden. A los nietos hay que enseñarles el valor de la disciplina”.

La vida es aquello que ocurre en el Arenal, aquello que sucede en la institución de la familia. Es el cariño de hijos y nietos que adoran una conducta recta y ejemplar.La vida es el cumplimiento de las obligaciones antes que las devociones; es ayudar al cura en la misa de esos domingos de mirada baja de la Piedad y de sillas de enea apretadas; es hincharse los pulmones de ese olor a Baratillo que vuela por la cúpula, es visitar cualquier día la tienda de Trifón, los viernes del Silencio o los lunes del Santo Entierro. La vida es un café con doble azucarillo, una charla interminable en tantas noches de cuaresma, una gesticulación que es marca de la casa y un porte señorial donde el bastón contribuye a realzar ese señorío.

La rama del tronco

Carlos Navarro Antolín | 7 de diciembre de 2014 a las 5:00

JOAQUIN MOECKEL
EN los despachos hay sillas para sentarse. O no. Depende del despacho. Hay un bufete de abogados en cuyo despacho principal sólo está libre el sillón del titular. El resto de las sillas de la estancia tienen pilas de libros encima, sobre todo las dos que están mirando hacia la mesa principal. No se trata de un criterio de decoración moderna, del último grito en el interiorismo de vanguardia que mezcla grandes bolas y otros cachivaches con enciclopedias huérfanas de lectores. Los libros encima de los asientos son eminentemente funcionales en este caso. Están para impedir que nadie se siente. No hay otro objetivo. En el despacho de Joaquín Moeckel (Sevilla, 1966) sólo se sienta, de entrada, su titular. Es la forma de ahuyentar a los apalancados: tenerlos de pie. Hasta que se marchan por agotamiento. Moeckel nunca se ofrece a acompañarle a la puerta para instarle a salir. Simplemente no quita los libros de la sillas, que resulta menos tenso. Si usted quiere manejar los verdaderos criterios de valoración de este abogado –el algodón que no engaña–compruebe si quita los libros de la sillas o no. Como no los quite, coja la puerta ligero.

El médico evalúa en sus análisis el colesterol y los triglicéridos, pero en su caso vigila también el índice de moeckelina. En este personaje son tan claves los trajes de Rodríguez Ávila, cuya caída de pantalón acaricia levemente el calzado, como los niveles de moeckelina en sangre, que informan del espíritu combativo, del instinto de réplica a todo bicho viviente y del grado de aceleración al narrar cualquier suceso. El mundo es de los inteligentes y de los que tienen ideas, se dice. A más moeckelina, mayor es la envidia que provoca. Alguien escribió una vez que todos los que critican a Moeckel, en el fondo quieren ser como él. Porque tal vez lo que escuece de su forma de ser sea su libertad de acción y de movimiento. Esta ciudad tiende a destruir todo lo que se mueve. Es una suerte de miseria de los pobres, resignados todos a no comer. Cuando uno de los pobres se levantó un día a buscar pan, el resto de los pobres reaccionaron poniéndole zancadillas para que no pudiera comer. Aquí, todos pobres.

No salir en las fotos genera desconfianza. Salir muchas veces genera notoriedad y su prima hermana: envidia. Y hay que pagar el precio de las fotos, que es como la tarjeta VISA: se sigue pagando varios meses después del gasto. La fama en Sevilla sale bastante cara. Un sabio le dijo una vez que su mejor defensa contra la envidia era la calvicie: “Si encima llegas a tener melena, te pasan por la pira en la Plaza de San Francisco”.

Y la notoriedad también genera leyendas. Como el sevillano tiene la mala costumbre de hablar tan alto, a veces con vozarrones pasados de tinto, el otro día pudimos oír una charla entre varios profesionales reconocidos de la ciudad. Uno aseguraba que el mismísimo Gobierno de España estaba presionando a los inspectores de Hacienda para que ni rozaran a Moeckel, porque se temían sus críticas en las tertulias y programas de televisión de ámbito nacional.
El rasgo principal que define su carácter lo describió a la perfección el canónigo Juan Garrido, al que asistió en la gran restauración del Salvador: “Joaquín, hijo, necesitas constantemente reivindicar tu libertad y tu independencia”. Por eso será muy difícil verle algún día encorsetado en la estructura de un partido político. No vemos a Moeckel aceptando estrategias de comunicación, argumentarios procedentes de Madrid o imposiciones de compromisos en una lista. Cuando el cardenal lo honró con la medalla Pro Ecclesia et Pontifice, dejó claro en su discurso de agradecimiento que seguiría discrepando de la Iglesia cada vez que fuera necesario. “No se vaya a pensar don Carlos que yo me callo por una medalla”.

Un día le telefoneó un letrado de Madrid. De voz engolada, nombre compuesto y con apellidos de varios vagones. El bufete, cómo no, lucía rótulo comercial en inglés, similar al que reproducimos:

–Buenos días, soy Borja Manuel López de Tejada, de Lawyers Company and Trade, ¿con quién hablo, por favor?
–Con Joaquín Moeckel, de Moeckel.
–[…]
–Dime, compañero, dime. Que no hay más títulos, que soy Moeckel, de Moeckel. Dime.

La generación de sevillanos que peor digiere la forma de ser de Moeckel es la que, como él, ya se acerca a los cincuenta años. Una generación que en muchos casos sigue vistiendo como si tuviera todavía 25, con los mismos hábitos de ocio que cuando los 25 y dedicando las tardes libres a las conspiraciones cofradieras, que es lo que hacía con 25. Cuando los servicios jurídicos del Arzobispado mandaron una carta al Baratillo, nada menos que a finales de julio de 2001, imponiendo cambios en las reglas de la cofradía, muchos creyeron ver el final de este personaje, que era entonces el hermano mayor. Y la ciudad de la guasa, representada en esa generación que describíamos, dejó asomar la patita del gato que maulla en sus entrañas:

–Ea, Moeckel… ¡Con la Iglesia has topado!
–¡O la Iglesia ha topado con Moeckel! Ya veremos.

Desde una piscina de Benidorm y con un teléfono móvil articuló toda la defensa jurídica y mediática de la cofradía. La Iglesia de Sevilla, por primera vez, tuvo que nombrar a un interlocutor para negociar de tú a tú. El cardenal confió la causa nada menos que a Manuel Benigno García Vázquez, quien en los años ochenta había pilotado la operación de venta del Palacio de San Telmo a la Junta de Andalucía, el conocido como capellán del PSOE. Y lejos de producirse un choque de egos, nació una bonita amistad. Después vino lo del Salvador y la medalla. El inteligente Juan Garrido le rogó el máximo cuidado con la figura del cardenal, al que jamás se podía evidenciar como una “figura vulnerable”. Quizás por eso la solución para contentar a ambas partes fue convertir las imposiciones en un exhorto pastoral firmado por monseñor Amigo donde se instaba –que no obligaba– a ciertos cambios normativos. El texto del exhorto se fraguó en un velador de la calle Adriano.

Jamás le oirán hablar del arzobispo como el “pastor”, denominación que considera propia de cofrade blandengue y cortito con sifón. No soporta a los “padrejones” que le dan consejos sin haberlos pedido, especialmente uno que le saca de sus casillas del Arenal:“No vayas tan rápido que eres muy joven”. La camisa por fuera es síntoma de relajación de fin de semana. Los pantalones verdes, señal de que hay barbacoa en algún lugar de la sierra. El uso reiterado del dedo índice en la conversación, con el rostro más pegado al del interlocutor que dos camiones subiendo Despeñaperros, es señal de tensión en una conversación, de moeckelina disparada, de loco muy cuerdo.

Un mediocre le dijo una vez que no daba el “perfil” para ser delegado de la Madrugada en el Consejo de Cofradías. El eco de las risas aún se oye. Otro día le recomendaron que no saliera tanto en los periódicos ni en la televisión, que sería víctima de una “sobreexposición” con graves perjuicios. “Cuando a ti te llamen, no salgas tú. No te preocupes tanto por mi, que veo que eres tú muy buena persona”. También lo acusaron de aparecer tanto en los medios para ganar clientela en el despacho. “También me quita clientes el salir tanto y también pago el precio de las críticas y las fobias por aparecer”. Yhasta le cuestionan cuándo saca tiempo de trabajo para el despacho con tanta tertulia de televisión: “No juego al golf, ni al pádel. Llego a todos los sitios porque voy en moto”.

Por fortuna ya se ha enterado de que a ciertos bares cofradieros no se debe ir de madrugada porque es cuando se produce una exposición peligrosa. El hombre en manada actúa diferente a cuando está en soledad. Este ciudadano libre sufrió una vez a la manada de lengua engordada por los gin tonics.

El PP andaluz de Javier Arenas lo incluyó hace bastantes años en una encuesta sobre posibles candidatos a la Alcaldía. Nunca será presidente del Consejo de Cofradías ni decano del Colegio de Abogados, salvo que liderara la única lista. Su forma de ser chirría por incontrolable, por la energía de su carácter y por la carencia de complejos. Es el hijo de su padre, una rama dichosa del tronco de don Otto. No hay más misterio.

Tal vez no daba el perfil por la calvicie. O por los pantalones verdes. Quién sabe. O quizás no quitó los libros de la silla en aquella reunión. Y alguien no le perdonó estar de pie, que es malo para la espalda.