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El andaluz inglés

Carlos Navarro Antolín | 8 de mayo de 2016 a las 5:00

LUIS URUÑUELA
EN Sevilla hay gente que sabe hablar sin voz tronante y que sabe ir vestida en tiempos de calores sin necesidad de hacer el indio, enseñar las uñas de los pies o emitir olores de autobús en hora punta. Sí, las hay. Son de una cofradía civil selecta por minoritaria. A este tipo de gente los llaman señores hasta los que tienen pinta zarrapastrosa. Es curioso. Es un ejemplo de autoexclusión inconsciente. Estos señores, como así los llama la gente, han estado incluso en la política, que hoy es un cultivo idóneo para los sin oficio, los de pensamiento epidérmico y los cautivos del titular del periódico digital que cambia cada dos minutos a golpe de f5. En Sevilla hay sevillanos que no lo parecen porque no pegan voces, no anidan en la crispación cotidiana, no tratan de colarse al subir al tranvía, no exhiben los sobacos en agosto, no descansan los pies en lo alto de un velador, dejan pasar al público en una bulla de Semana Santa y no tratan de aparentar ser catedráticos de todas las materias. Los sevillanos que no parecen serlo pueden ser quizás los mejores sevillanos, estirpe de la mejor estirpe, que diría el pregonero cursi, una especie de aristocracia que habría que proteger como linces de Doñana. Aman la ciudad, viven la ciudad, están dentro de la ciudad a todos los efectos, pero no te dan la vara cada cinco minutos, ni su intenso grado de integración impide una visión más allá de los límites del tranvía más corto del mundo.

Luis Uruñuela (Sevilla, 1937) es uno de esos sevillanos que no lo parecen. Encaja más bien en el perfil de un andaluz inglés. Un inglés andaluz en meses de abrigo y en tiempos de mercurio alto. Fue alcalde de 1979 a 1983, cuando el Ayuntamiento pagaba nóminas a gente que literalmente no aparecía nunca por su puesto de trabajo. Un Ayuntamiento en bancarrota en una ciudad por revitalizar, donde todo estaba por hacer y donde existían dos fuerzas descaradas que presionaban en sentidos opuestos. Unos no querían que nada cambiara, veían rojos peligrosos con tridentes y cuernos en cada esquina, y otros apostaban directamente por irrumpir en las instituciones, destrozar todo lo anterior, incluido lo que de bueno pudiera haber. Uruñuela fue la moderación necesaria en tiempos convulsos, en una ciudad de casitas bajas, sin instalaciones deportivas, con una Carretera de Carmona colapsada por el tráfico de Huelva y Madrid, un parque móvil donde el Seat 127 era el reyezuelo de la selva entre autobuses azules y blancos con franja roja, y todavía elegantes taxis negros con franja amarilla. Resulta curioso hoy que aquel alcalde señor fuera visto como una amenaza por los sectores conservadores, que tuviera que soportar que algunas cofradías no hicieran la parada de respeto a que están obligadas ante la presidencia de la ciudad en la Plaza de San Francisco. Pero aquella ciudad no comprendía entonces que Uruñuela, procedente de los movimientos de Acción Católica, se hubiera entendido con los comunistas, como pocos años después no entendió que monseñor Amigo vendiera San Telmo al rojerío del PSOE.

Stefan Zweig dejó escrito en Momentos estelares de la humanidad que hay instantes que tienen una trascendencia irrevocable. Un “sí”, un “no”, un “demasiado pronto” o un “demasiado tarde” pueden cambiar de forma definitiva la vida de una persona, la de una sociedad e, incluso, la de la historia. Corría el año 1979 cuando el resultado de las elecciones municipales dejó abierta la posibilidad técnica de un acuerdo entre las fuerzas de izquierda para hacerse con el control de los ayuntamientos de las capitales andaluzas. El PSOE de José Rodríguez de la Borbolla, en adelante Pepote, el PSA de Ladislao Lara y Alejandro Rojas-Marcos, y el PCE de Fernando Soto negociaban para dejar fuera de los sillones a los candidatos de la UCD de Suárez. O todo o nada. O puerta grande o enfermería. El PSOE estaba dispuesto a garantizarse la Alcaldía de todas las capitales menos la de Sevilla, la cual cedía a los andalucistas a cambio de que éstos permitieran al PSOE coger el bastón de alcalde de Granada. Un cambio de estampas en blanco y negro que hoy pasaría por un juego de tronos a todo color. Pepote andaba una tarde de negociaciones con los comunistas en la sede de la calle Teodosio cuando decidió telefonear al secretario general de su partido, Felipe González, para reclamar la bendición superior a los pactos de izquierda. Felipe dio el visto bueno a todo. No puso un pero. El socialista Rodríguez Almodóvar, cabeza de lista municipal, se tendría que conformar con la primera tenencia de Alcaldía y ceder la vara de mando al andalucista Uruñuela. Pepote tenía claro que Sevilla acabaría cayendo bajo el control del PSOE más pronto que tarde, como así ocurrió. Felipe remató aquella conversación sin ningún atisbo de pena por perder la plaza de Sevilla: “Además, Uruñuela será un buen alcalde”, sentenció. Minutos después, Alfonso Guerra, vicesecretario general del PSOE, trató de localizar a Pepote para deshacer el acuerdo. Pero Pepote no se puso al teléfono. Guerra insistió, buscó intermediarios en tiempos en los que no existía la telefonía móvil.

–Pepe, que es Alfonso, que quiere hablar contigo, que te pongas por favor.
–No me voy a poner. Ya sé lo que quiere y yo ya he hablado con Felipe.

En la trayectoria de Sevilla, de Uruñuela, del PSOE y del PSA, aquel fue un momento estelar. Si Pepote se hubiera puesto al teléfono, la probabilidad del vuelco se hubiera disparado, los acuerdos políticos podrían haberse deshecho, la historia, en fin, podría haber sido otra muy distinta. Pero dejó a Guerra esperando. Y Uruñuela comenzó una etapa de cuatro años en los que sufrió. Vivió el gran momento de recibir al Papa Juan Pablo II; pero también las zancadillas de su primer teniente de alcalde, que dicen que aprovechaba para sentarse en el sillón principal del Pleno tan pronto como Uruñuela se ausentaba por el menor motivo. A Uruñuela le dieron por todos lados: sus supuestos aliados políticos, la ciudad que no quería modificaciones sustanciales ni en su vida cultural (que era un páramo en los estertores del franquismo) ni en sus fiestas mayores. Soportó el bochorno de una caseta municipal abierta a todo el público, un público que interpretó a su particular manera el todos somos iguales de la democracia recién estrenada, y tuvo que remangarse y poner orden al año siguiente para impedir ciertos espectáculos poco edificantes bajo las lonas. El modelo de Feria actual procede en buena parte de los cambios impulsados en aquellos años.

Una decisión que refleja con nitidez el talante de este alcalde es que siguió vistiendo el frac en el cortejo de la Hiniesta, como habían hecho sus predecesores. No quiso romper con la etiqueta de mayor gala usada por los alcaldes en ciertos actos. Siempre tuvo claro que la institución estaba por encima de cualquier coyuntura y que los cambios debían ser con sosiego. Tenía quizás una visión utópica del poder. Se encontró arañas en la tesorería, por lo que no pudo pagar las subvenciones a las cofradías. Se inventó entonces el modelo que sigue hoy en uso. El Ayuntamiento no paga de forma directa, pero cede el espacio público para que las cofradías lo exploten mediante la instalación de sillas y palcos. El Ayuntamiento se libró del mochuelo y las cofradías quedaron contentas.

La infancia son recuerdos de una casa familiar donde la Semana Santa estaba ligada a San Roque y Los Negritos con cortejos de menos de 300 nazarenos. La juventud son recuerdos de una sólida amistad con Felipe González. Sus respectivos padres ya se conocían. Uruñuela tramitó los papeles para la boda de Felipe con Carmen Romero, pero no intervino como apoderado en la ceremonia, tal como aseveran algunos tratando de crear leyenda. La vida son recuerdos del SEU en la Facultad de Derecho, de un activismo dentro del régimen, nunca desde fuera. Son años de colaboración con el cardenal Bueno Monreal promoviendo foros de pensamiento donde quedó frustrado el intento de traer como invitado al discutido filósofo José Luis Aranguren. La vida es creer en una Andalucía dentro de España, un nacionalismo no excluyente y, por tanto, nunca asimilable al separatismo catalán o el vasco. La vida son recuerdos de un concejal de Cultura y Fiestas Mayores, José Luis Ortiz Nuevo, de aspecto desaliñado y que solía llegar tarde a los actos para enojo del alcalde. La vida es tener claro que en tiempos convulsos lo que se precisa, sobre todo, es que el edificio del sistema no se caiga y, en definitiva, evitar la acción de los bochincheros y alborotadores. La vida hoy es seguir al frente de la escuela universitaria que creó como centro de nuevas profesiones tras dejar la política. Si cada político en retirada fundara una empresa como la que levantaron Uruñuela y Nicolás Valero, el paro en España no abriría los teledarios. Qué poquito tiene que ver Uruñuela con el niñateo zarraspastroso de la política de hoy, las fotos de mariscadas pantagruélicas, los paseíllos por los juzgados, los papagayos del argumentario y los gabinetes que diseñan cómo hay que repartir los abrazos. La vida hoy es un palco en primera fila en la Plaza de San Francisco, único legado que le queda como alcalde, donde este inglés andaluz se mantiene de pie al paso de una cofradía de la vida donde no han faltado las cruces más dolorosas ni los cirineos más fieles.

El motor del ego

Carlos Navarro Antolín | 2 de noviembre de 2014 a las 5:00

ALEJANDRO ROJAS MARCOS
AQUELLA tarde de Feria, a la sombra de la calle Gitanillo de Triana, la única que goza de albero umbrío gracias a los plátanos de Indias, Monteseirín pasó entre el público con ese séquito que es el predicado de todo sujeto con poder. Un dirigente del PP contempló la escena desde la puerta de su caseta: “Nada que ver con aquellas Ferias de Alejandro como alcalde. Nadie como Alejandro ha vestido el cargo. La gente lo paraba cada dos pasos. Su figura tenía un destello especial. La verdad es que el tío tenía carisma y mucha fuerza como alcalde”. Y tanto. En la Feria de 1994 se enfrentó en solitario a un centenar de trabajadores de Lipasam que habían convertido en un estercolero el acceso a la caseta municipal por una protesta laboral. “¡Esto no se le hace a Sevilla!” Logró todas las portadas, algunas hasta de fuera de la ciudad. En la Feria de 1995 se produjo un incendio, tres fotógrafos que trataban de cubrir el siniestro resultaron agredidos por policías. El andalucista se abrió paso entre la multitud: “¡Si le pegan a un fotógrafo que me peguen también a mi”. Un genio, una figura.
Alejandro Rojas-Marcos (Sevilla, 1940) anduvo en política siempre pisando las brasas. Apostó por quemarse, desde el histrionismo de aquellos sucesos de la Feria a los delirios de grandeza de construir un estadio con pretensiones de acoger unos Juegos Olímpicos. En su día, mucho tiempo ha, intentó ser un virrey del PSOE, pero Guerra lo vetó. Al final fue el rey del PA. Ido el rey, se deshizo el reino.
Su constancia rozaba la obsesión. Su capacidad de trabajo tenía la fuerza de un tren imparable. El motor era su ego, con un empuje que en no pocas ocasiones conducía a enfoques radicalizados de los asuntos o a llevarle a ejercer de defensor de las causas perdidas. Ahora yo, luego yo y después yo. Ese estilo tan personalista fue la cima y la sima del Partido Andalucista, una formación política que hoy no es más que un cadáver en avanzado estado de pudrición.

Monotemático y megalómano. En un vídeo de la campaña de las municipales de 1999 se subió a una de las columnas de la Alameda para hablar sobre Sevilla nada menos que con Julio César. Se puso a la altura del emperador.

Como todo político con larga trayectoria, ha exprimido a la gente y ha dejado heridos en el camino. Y los heridos consumen agua y alimentos. Preparan su venganza como toda realidad que es ignorada. No le ha importado estar rodeado de profesionales más brillantes que él. La clave estaba en que no le robaran protagonismo, en que el motor de su ego no perdiera nunca la capacidad de avasallar. Y nunca la perdía.

La disciplina era patente en la dieta. Alejandro –sólo su nombre basta– se alimentaba fundamentalmente de nueces y galletas macrobióticas, una especie de sultanas de coco de extrema dureza y evidente sequedad. La disciplina no era rota ni en las cenas oficiales en el Real Alcázar, donde sólo ingería las guarniciones de verdura, mandando la carne de vuelta a los corrales de la cocina. Las excepciones se dejaban para las jornadas calificadas como “días en off”, cuando asomaba el Pantagruel que lleva dentro y yantaba huevos fritos y manitas de cerdo.

Amante de la verdura y aficionado a la medicina alternativa, a los consejos de la homeopatía. Tan cierto como que después cultivaba el sibaritismo a la hora del trago largo. Por ejemplo, un buen ron solo con hielo. O la manzanilla especialmente escogida para su caseta. Tenía en su casa, al menos en aquellos tiempos del Amo a Sevilla, todos los artilugios posibles para disfrutar de esos momentos con tan selectos destilados cubanos o tan exquisito caldo de Sanlúcar. Poco dado a la cocina, salvo para hacer platos sencillos como la ensalada de aguacate con langostinos. Toda la habilidad y la destreza que exhibía para el culebreo propio de la política, se tornaba en reconocida torpeza para las labores de bricolaje. Si había que hacer un agujero en la pared, cogía el trompo por la broca para hacer ostentación de incapacidad.

En las relaciones con su cohorte de asesores y aduladores, nunca fue un déspota, sí un radical exquisito, que es una modalidad particular de soberbia. Siempre tuvo memoria para lo bueno y para lo malo. Presumía de un marcado sentido institucional, como todo político con el ego disparado. En una ocasión dio órdenes a los servicios de protocolo para que fueran retiradas las medallas de los concejales al término de la procesión de la Patrona. Los ediles terminaron por rebelarse y llevárselas a su casa. Hay que reconocer que nunca fue aficionado a colocar su nombre en las lápidas de las inauguraciones. Se negó a recoger la medalla de la ciudad concedida por el Pleno en 2009.

Su estilo personalista elevó a su partido a las mayores cotas de poder, pero también lo hundió, entre otras razones, al impedir crecer políticamente a las generaciones posteriores. Los que vinieron a trabajar después de Alejandro sabían que en la calle Castelar estaba una de las sedes oficiales del partido, pero también estaba la otra: la propia casa de Alejandro, convertida en santuario de peregrinación en los años de Alcaldía y en acudidero para quienes aspiraban a hacerse un hueco amparados por la tutela del padre.

Los principales colaboradores han trabajado, comido y hasta jugado al pin pon en su casa, como Antonio Ortega. ¿No recurría Aznar al pádel en la Moncloa? Pues Alejandro fue en eso un precursor con las terapias del pin pon. Sólo los elegidos subían al soberao, la última planta reservada para los encuentros de élite. No pocos santos y cumpleaños se han celebrado en esa casa. Eso sí, jamás hubo excentricidades propias del cateto con posibles. El estilo alejandrino siempre fue discreto. Selecto. De una elegancia austera. Todo lo más, algunas licencias en la vestimenta, en ocasiones con ese aire de lord inglés venido a menos, pero lord al fin y al cabo; con esas corbatas floreadas de principios de los 90, esos zapatos de suela gorda de goma, idóneos para la columna; o esos cuellos altos para estilizar aún más su enjuta figura. ¿Y el chaqué? Dicen que se encargó uno sin forro. Yque los sevillanos siempre le han perdonado estas pequeñas licencias. La sociedad inglesa es permisiva con la nobleza como lo es la sociedad sevillana con quienes considera de la ‘clase’. Cuentan que para Alejandro un moro con dinero es un árabe… Y que es mejor tener entrenador personal (que lo ha tenido) que relacionarse en el gimnasio. Al fin y al cabo fue criado en una familia con todas las comodidades y salía de España cuando pocos se lo podían permitir. ¿Arranca tal vez de ahí su concepto quiritario de la política, ese enfoque patrimonialista de lo público? En su morada de Castelar recordaba a veces a esos hermanos mayores de antes que mangoneaban la cofradía a su antojo y se llevaban los libros, los archivos y hasta las joyas de la virgen a su casa.

Muy atrás queda aquel estudiante de Derecho que vestía como Kennedy, se peinaba como Kennedy y que fue concejal por el tercio familiar. Ya entonces se perfilaba como un liberal, convencido de la necesidad de activar políticas sociales con el dinero de las clases medias. Nunca fue un intelectual, ni falta que le ha hecho. Sus críticos lo tildan de insoportablemente soberbio, hosco y sin sentido del humor, pero le reconocen que luchó por las libertades y contra la dictadura. Quizás sea el producto perfecto de una ciudad como Sevilla, donde a los balcones se le llaman cierros. Ahora suele estar en esa nube que surca los vientos por encima del bien y del mal.

Con Soledad Becerril acabó muy mal en lo personal tras ocho años de convivencia en el gobierno. Testigos hay de que ni se saludan, ni siquiera en el ambiente distendido bajo las lonas de una caseta. Amó tanto a Sevilla que creyó que era suya. Y Sevilla no se casa con nadie. Va de mano en mano. Como la falsa moneda.

El arte de la distancia

Carlos Navarro Antolín | 12 de octubre de 2014 a las 5:00

SOLEDAD BECERRIL
AQUEL día de la primavera baja de 1999 aguardaba nerviosa en el Alcázar a todo un zorro de la política como Alejandro Rojas-Marcos. Entretenía la espera sacudiendo el polvo de las cortinas del despacho reservado para la Alcaldía en los palacios almohades. En cuanto el andalucista llegó afloraron las tensiones:”¿No irás a pactar con Monteseirín con lo que suda?” Soledad Becerril (Madrid, 1944) creía entonces que repetiría cuatro años más como alcaldesa. Veía muy improbable que los andalucistas se echaran en los brazos del PSOE. “A ver cómo explica Alejandro un pacto con los socialistas cuando vaya por Trifón o Casa Moreno”. Olvidó que en política se tarda un minuto en fabricar un buen argumentario. Con Rojas-Marcos se llevaba muy mal. Hasta dejaron de hablarse. Soledad barajó incluso la posibilidad de gobernar en minoría. Pero Rojas-Marcos recibió a Chaves en su casa aquel mismo día. Exigió la construcción de la Línea 1 del Metro y la Gerencia de Urbanismo a cambio de la Alcaldía. El presidente de la Junta llamó al consejero Vallejo delante del andalucista y le marcó la prioridad del Metropolitano. El pacto estaba sellado. El alcalde sería el hombre que suda, el que había ganado las primarias a Rodríguez de la Borbolla. Becerril reaccionó con un artículo en prensa que algunos interpretaron como un tardío cheque en blanco entregado al PA. El entonces secretario general, Javier Arenas, entró en juego muy tarde: “Hombre, Alejandro, cómo no vamos a hablar tú y yo y tomarnos una cerveza”. Y el andalucista zanjó: “Cerveza cuando quieras, del pacto no hay más que hablar”. A la alcaldesa saliente no le quedó otra que apelar a la honra para justificar el que, cuando menos, fue un error estratégico que privaría al PP de la Alcaldía durante doce años. El día de la toma de posesión en el Salón Colón, recurrió nada menos que al alcalde de Zalamea para salir del paso: “Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor… Es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”. La ambición de Alejandro por el control de las caracolas de la Gerencia generaba en ella temores difíciles de paliar. No quería verse haciendo el paseíllo en los juzgados.

Siempre se ha caracterizado por ser fiel seguidora de las directrices de la Dirección General de Tráfico: la seguridad está en guardar las distancias. Y ella siempre las impone de tal forma que un halo de elitismo envuelve su figura, sellada además muchos años con el celofán del poder. No da nunca excesivas confianzas, como tampoco da besos, menos aún si se trata de un señor con barba. Se limita a acercar la cara. Está en las antípodas del político abrazafarolas. Tanto escrúpulo también lo ha aplicado en la gestión. Jamás se ha venteado una factura a su nombre por comidas o viajes frívolos. Y conocida era su costumbre de ir apagando las luces de las estancias del Ayuntamiento, tanto como el escozor que le producía que las velás de los barrios fueran subvencionadas. No lo entendía, pero tampoco se atrevió a cortar el grifo.

Culta, políglota y rigurosa. Dicen que su elitismo (para algunos puro clasismo) se cultiva en hondas relaciones con destacados miembros de la izquierda ilustrada, hasta el punto de que algún caballero maestrante la conoce por la marquesa roja. Amante de las tertulias con grandes literatos y filósofos, más aún si son en Ronda. Basta un ejemplo:ella fue quien hizo posible que el mexicano Carlos Fuentes pronunciara el pregón taurino de 2003, que el propio escritor nos lo contó por teléfono desde su residencia de Londres. Y conocidas son sus relaciones con pintores de primera fila como Juan Lacomba, Carmen Laffón y Teresa Duclós.

Ese elitismo, ese manejo perfecto de las distancias con un leve barniz de timidez, nunca le ha impedido ser reconocida y hasta vitoreada por la gente de a pie que la sigue reconociendo como alcaldesa, no sólo en Sevilla, sino en Dos Hermanas, Utrera o Marchena. Tal vez en muchos casos sea por la afición del marujerío hispalense por desenrollar la alfombra roja ante personajes con cierto halo aristocrático. En un acto en Fibes la recibieron con alabanzas a su belleza, lo que encendió a una conocida concejal andalucista:“Lo que me faltaba por oír. Que a Soledad la jalearan también por guapa”.

Monteseirín le quitó la Alcaldía en 1999. Cuando en 2000 murió su admirado Jaime García Añoveros, Soledad fue a casa del ex ministro de la UCD a darle el pésame a su familia. Justo cuando salía de aquel portal del barrio de Los Remedios, entraba Monteseirín. Dos señoras comentaron:“Mira, la alcaldesa. Y el que entra… Creo que es Monteseirín”.

Le encantan la música, la ópera, los escritores y, por supuesto, los arquitectos, por los que tiene especial predilección. El edificio de Moneo en el Prado debió ser su gran obra material, pero se quedó en los planos al ser orillada de la Alcaldía. Consiguió, al menos, que Rojas-Marcos no se saliera con la suya y convirtiera todo el Prado en una gran explanada. “Este hombre quiere hacer aquí una gran Plaza de Tiennamen, qué horror, qué horror”. Y gracias a la perseverancia de Soledad se plantaron muchos árboles y se obró el milagro de la sombra.

Nunca fue semanasantera y mucho menos feriante. En sus oídos chirriaban los estrenos que le contaban los hermanos mayores en las visitas matutinas a los templos, pero sí le encantó eso de agasajar a Plácido Domingo y a su mujer en los palcos municipales. Una aficionada al té tiene poco que hacer en la Feria. Las fiestas mayores consumen demasiado tiempo para quien está obsesionada con la formación. Conocidas son sus opiniones sobre el exceso de bares que hay en Sevilla y el riesgo de que España, y en especial Andalucía, quede relegada a ejercer el papel de camarera de Europa.

La vitola de la UCD siempre la ha acompañado. Dicen que ha sabido vender a la perfección su condición de primera ministra de la Democracia, aunque sólo ejerciera como tal un año. Quizás por su orgulloso pasado centrista ha sentido siempre recelo por el sector franquista del PP. Nunca se le ha encuadrado en ninguna familia del partido. Nunca ha perdido su individualidad en una organización tan encorsetada como es un partido político. Por el ‘aparato’ no sentía precisamente simpatía. Si siendo alcaldesa recibió algunas orientaciones estratégicas fueron del exterior, acaso de algún articulista de opinión o de algún escritor, siempre procedentes del progresismo intelectual capaz de relacionarse con los sectores conservadores.

Arenas y ella se han entendido lo justo, nunca se han perdido de vista. Y con Aznar se ha comunicado sin intermediarios. Se le reconoce su decisión de abandonar su acta de diputada cuando logró hacerse con la Alcaldía, sin necesidad de que una ley obligara a no acumular cargos.

No le gustaba nada que sus ediles acudieran a la copa de Navidad que Rojas-marcos ofrecía en su casa de Castelar, santuario de peregrinación del andalucismo en aquellos felices años. Alguno del PP siempre rompía la disciplina y acudía al besamanos alejandrino por las pascuas, al igual que uno la rompió años antes (Manolo García), cuando Fidel Castro acudió al Ayuntamiento el Día de Cuba en la Expo’92. Tal era la tensión en el gobierno de coalición que cuando había que comunicar algo a los socios del PA, encomendaba esta función a alguno de sus jóvenes concejales.

Su sueño incumplido es haber sido la primera reina maga de la Cabalgata. No conocía horarios a la hora de trabajar en el Ayuntamiento, en tiempos aún sin teléfonos móviles, pero con aquellos buscas que pitaban reclamando la atención de concejales a las horas más intempestivas. Su amor por los árboles le llevó a impedir la tala de los Laureles de Indias que hay delante del Banco de España, como el Consejo de Cofradías pedía para ganar terreno para más palcos. No quería a políticos en las empresas, sino a técnicos. Cortaba a las doce las cenas de compromiso. “Señores, nos vamos a ir, ¿verdad?” Las horas de sueño son sagradas, casi tanto como la regla por la que todo caballero debe tener un abrigo azul de cashmere. Y si el asiento del AVE es individual, mucho mejor. Salvo que el viaje sea con Albendea, uno de sus grandes partidarios.