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Todo por el partido

Carlos Navarro Antolín | 15 de julio de 2018 a las 5:00

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SEGURO que muchas veces ha hecho usted de Paco Lobatón con personajes de la sociedad sevillana o andaluza a los que un buen día dejó de ver y de pronto se pregunta qué habrá sido de ellos. Alguna vez habrá entonado ese quién sabe dónde para preguntarse como aquel célebre programa de televisión, una interrogante que es como un certificado de defunción expedido por adelantado. “Habrá fallecido y se me pasó la esquela”, pensamos sin saber que a lo mejor nuestro personaje anda simplemente retirado. Tal decía el compositor Manolo Garrido: “Ya no me llaman, creerán que me he muerto”.

Dice el tabernero Jesús Becerra que no hay mejor publicidad que darse varios paseos por el centro a media mañana para que la gente se acuerde de que el negocio existe. Ese recurso es mucho más eficaz que cualquier cuña de radio de las que emiten sobre su restaurante cuando está uno en pleno afeitado y anuncian los menús especiales, esos anuncios que terminan con un señor hablando muy rápido –a lo Antonio Ozores– para precisar que las consumiciones en barra no están incluidas. Por cierto, después de esos anuncios matinales siempre ponen la cuña publicitara del Opel Divisa con un señor que tiene toda la voz de Javier Arenas, ¿se han fijado? ¡Cómo nos vende el coche! Sobre Arenas, por cierto, no hay que entonar ese quién sabe dónde. Todos sabemos dónde está Javié: moviendo los peones andaluces en el tablero del nuevo PP que saldrá del congreso extraordinario del próximo fin de semana.

Pero, por ejemplo, dónde están sus predecesores Gabino Puche y Hernández Mancha. ¡Quién sabe dónde! ¿Y qué fue de socialistas como Escuredo? ¿Dónde está, por cierto, uno de los grandes fontaneros del PSOE sevillano, Curro Rodríguez?

Curro Rodríguez (Sevilla, 1946) no estuvo en la histórica foto de la tortilla. Especulan con que estaría detenido por la Policía en aquellos años del No&Do. Sí aparece su mujer, Mari Martín, la única impar en la instantánea de aquellos jóvenes que hicieron la Transición y a los que Manuel del Valle inmortalizó en un pinar de La Puebla del Río a mediados de los años 60. Él está en otra foto histórica, la de la primera corporación democrática del Ayuntamiento de Sevilla, donde con ilusión y la experiencia adquirida en la empresa privada pilotó la modernización de la institución, esos retos que ahora se hacen con planes estratégicos y entonces se hacían casi con las manos y pagando algunos materiales del bolsillo particular, ¿verdad Javier Queraltó?

Curro es la fidelidad al PSOE por encima de todo, el partido al que llega de la mano de Alfonso Guerra. Es de esa vieja guardia que dice “el partido” a secas. Y no hacen falta más precisiones. Esa identificación absoluta con el partido ha sido fundamental para sobrevivir a los diferentes dirigentes. Hay quien dice que tiene las propiedades del corcho, como hay quien sostiene que su caso es simple y llanamente el de alguien que es fiel a las siglas por encima de secretarios generales circunstanciales. Si el PSOE cambia de dirección, Curro adapta el rumbo. Y punto.

Ha tenido diferentes trabajos en Madrid, desde en una imprenta hasta en una empresa distribuidora de bebidas espirituosas. En este segundo empleo se comenzó a forjar el perfil del Curro más exquisito. Un día alguien, viendo cómo este socialista dominaba el catálogo de licores escoceses, le espetó con sorna: “A los sociatas os gusta los buenos whiskys, ¿eh?”. Y Rodríguez sentenció en clave gaditana: “Yo soy rojo, no carajote”.

Su mujer es junto al PSOE su otra gran clave. Cuando Mari comenzó a tratar con los políticos de derecha en la primera corporación municipal, se le oyó afirmar: “Pues son buena gente”. En el Ayuntamiento fue concejal de 1977 a 1991 En una primera etapa fue delegado de Gobierno Interior y Escuelas. Muchos recuerdan que entonces confió en José Moya Sanabria las labores de director de área, una suerte de jefe de personal en un Ayuntamiento donde estaba casi todo por hacer. Moya no era un hombre precisamente del partido, sino un bético de derechas y hermano de la Esperanza de Triana. Y Curro era y es un sevillista, agnóstico y, al mismo tiempo, macareno. Cada cual tiene derecho a sus contradicciones.

En los años de la clandestinidad vivió junto a Alfonso Guerra un episodio de los que no olvida jamás. Estaban los dos una noche de invierno en los alrededores de Madrid manipulando una multicopista para preparar un reparto de propaganda política cuando la tinta de la máquina literalmente se congeló por el frío. El grajo volaba bajo en la capital.

En ese tramo final del franquismo, precisamente, fue detenido varias veces. En una una ocasión recibió una bofetada de un policía que le dejó afectado un oído para el resto de su vida. Curro siempre ha dicho que aquellos años veía que en las comisarías siempre le zurraban a los obreros y nunca a los “niños universitarios”. Ironías del destino, el mismo agente que le agredió terminó siendo su escolta en una procesión de la Virgen de los Reyes en la que participó como concejal. No sólo se negó a ir acompañado por aquel señor, sino que admitió que así fuera alegando su carácter democrático.

También en esos años complejos guardó discreción de los amores de un sacerdote con una feligresa en una barriada periférica. Incluso hizo de emisario entre las partes. El cura acabó colgando los hábitos. Mari le preguntó uin día a Curro: “Hijo, ¿tú sabías algo?”. Y cuentan que su mujer se llevó las manos a la cabeza cuando se fue enterando de los detalles: su marido había sido clave para que aquella relación de alto riesgo acabara cuajando. Esa capacidad de discreción ha sido clave para ser el fontanero de larga trayectoria que ha sido en el PSOE.

De Curro dicen que era un rojo que esos años se entendía muy bien con los concejales de la derecha, sobre todo con Manuel García y Javier Arenas. Siendo concejal de Policía y Tráfico (que así se denominaban las áreas), García hizo una pregunta por escrito al gobierno de Manuel del Valle. Era la corporación de 1987 a 1991. El correoso edil de la oposición se interesó por el número de patrulleros que cubrían la seguridad nocturna de la ciudad. Era obligatorio responder esas preguntas por escrito y leer las contestaciones en el Pleno. Rodríguez fue un día antes de la sesión plenaria a ver a García para avanzarle el contenido de la respuesta. Se llevó una sorpresa: ¡sólo dos patrulleros cubrían el servicio nocturno en una gran capital! El concejal del PP entendió que aquello provocaría una gran alarma. Cuando el alcalde Manuel del Valle pidió en el Pleno que se leyera la pregunta, García declinó la propuesta y alegó que su solicitud de información ya había sido atendida satisfactoriamente. Ahí quedó el asunto. El talante de estos dos concejales, uno del PSOE y otro del PP, se ve hoy como una reliquia en el mundo de la política de hoy.

Tras la etapa municipal asumió los planes de seguridad de la Exposición Universal. Este veterano del PSOE ha ido y vuelto tanto de la política como de la empresa privada con bastante facilidad. Rafael Vera, secretario de Estado de Seguridad, le confió la fundación de un sindicato de izquierdas dentro del cuerpo de la Policía Nacional. Fruto de aquella tarea, culminada con éxito, Curro controlaba el quién es quién de la Policía. Cuentan que llegó a hacer prácticas de tiro. Y que aquel período le generó posteriormente un empleo en una empresa del ramo. Ha sido tanto senador de relumbrón por Sevilla como asesor discreto y leal del alcalde Monteseirín. Se ha sabido llevar siempre muy bien con el empresariado, sobre todo con Ramón Contreras.

La vida es disfrutar del menú degustación de tapas en Casa Yebra, donde le guardan la mesa del rincón, la que está al fondo a la derecha. Come de todo menos garbanzos, porque dicen que estas legumbres le recuerdan un episodio trágico. Y para regar las viandas, siempre tinto. La vida es ser siempre ese señor de aspecto apacible, bajito como casi todos los de su generación y con la barba propia de un socialista moderado. Tan apacible que casi nadie se lleva mal con él. La vida son recuerdos de la conocida todavía como banda de los cuatro, la que elevó a Pepote Rodríguez de la Borbolla a su cima política: Pepe Caballos, Guillermo Gutiérrez, Miguel Ángel de Pino y el propio Curro Rodríguez. La vida es ilusión por una casa en Higuera de la Sierra, concebida como el retiro del guerrero, el lugar de recreo, tertulias, excursiones y lecturas de Jonh Le Carré. Este Curro tiene una notable inquietud cultural sin necesidad de haber pasado por las aulas universitarias. Se le nota su formación en las juventudes obreras católicas, donde se convirtió en lector de la obra de Santa Teresa y, a partir de ahí, incluso comenzó estudios en Teología. De las cosas divinas a las terrenales, tiene también afición por la cocina. Sólo los muy amigos de Curro han sido distinguidos con un plato de su receta de fabes.

Hoy es vicepresidente de la Fundación Persán, la compañía que preside José Moya Sanabria, aquel señor en el que confió para que la estructura del Ayuntamiento pasara del blanco y negro a la versión en color. Por supuesto, es el hombre de máxima confianza del PSOE en el consejo de la RTVA. Y para muchos sigue siendo Curro, el fontanero por excelencia de un partido que él conoció como defensor de la socialdemocracia y que hoy no es reconocido ya ni por la madre que lo parió. A veces, precisamente, se podría preguntar quién sabe dónde quedó aquel PSOE de Felipe y Guerra, aquel partido que se entendía con los curas y con los sectores conservadores de la sociedad. Como este Curro.

Sin techo de cristal

Carlos Navarro Antolín | 25 de septiembre de 2016 a las 5:00

Carmen Moya
HAY médicos que tienden al bisturí, policías que son raudos para la acción y abogados de gatillo fácil a la hora de provocar un pleito. Y también los hay que intentan que un tratamiento sustituya a la intervención quirúrgica, una amonestación verbal a la sanción económica y una mediación bien calculada evite el litigio. Tras la trágica muerte de Francisco Rivera Paquirri, las partes con intereses en la herencia (griegos y troyanos, perros y gatos) constituían un peligroso campo de minas, como recuerda media España que se lo ha contado a la otra media. El guiso tenía todos los ingredientes y los tiempos de cocción tan pasados como para salir quemado. Todo conducía cuesta abajo y sin frenos hacia un pleito desgarrado con retransmisión incluida de la emergente prensa rosa. Sólo la intervención decisiva de una joven letrada, de ojos claros y cuerpo menudo, logró inesperadamente poner de acuerdo a todos. Aquella chica, vecina del centro, amiga personal de Paquirri y que acudía a la misa dominical de la Capilla Real, supo hallar puntos de concordia donde todos esparcían cristales rotos por los caminos ajenos.

La mediación, todo por la mediación, ha sido el lema de su casa civil desde que se dio de alta en el Colegio de Abogados en 1972, cuando las mujeres que ejercían el oficio cabían en un tranvía. Carmen Moya Sanabria (Sevilla, 1948) es una de las dichosas ramas de un tronco bien conocido en la ciudad de intramuros. Sí, es la hija de don Juan, el “humilde alcalareño” que hizo de su pujante despacho una escuela de prácticas de Derecho. El nombre de esta Carmen, polvorilla de carácter, va unido a la precocidad en todos los sentidos. El carácter pionero ha coloreado su vida de luces y ciertas desgracias la han oscurecido con las sombras que el avieso destino tenía reservadas para ella. Se ha hecho un hueco allí donde ha llegado. Sin tutelas, sin ayudas añadidas, sin cuotas, sin reivindicar tratos de favor. Tal vez sea porque ha sabido entrar por primera vez en los sitios como el torero que debuta en la plaza, que hace el paseíllo desmonterado en señal de respeto. No ha conocido más cuotas que las que paga como hermana de Los Estudiantes. Su currículum demuestra que nunca ha tenido techo de cristal en ninguno de los colectivos donde ha ejercido por mucho que estuvieran tradicionalmente reservados a hombres.

Está curtida en la mediación, en la cultura del entendimiento, en el acercamiento de las partes. El pleito es la última vía, todo antes que escenificar el enfrentamiento. Le repele un pleito tanto como a Curro el tacto de las orejas cortadas al toro. De hecho, veteranos juristas recuerdan que a don Juan no le gustaba que su hija fuera a los juzgados. Está forjada en la capacidad negociadora, en el arbitraje, en el escrutinio de los posibles puntos de acuerdo. Fue de las primeras mujeres en estudiar Derecho en la sede de la Fábrica de Tabacos y aprender después el oficio en un despacho de abogados, la primera en ingresar en la Academia de Legislación y Jurisprudencia, la primera en ser vicedecana del Colegio de Abogados y la primera en formar parte de la Corte de Arbitraje. De familia conservadora y tradicional, recibió una educación moderna, basada en la inculcación de valores reales y no en igualitarismos de escaparate, lo que es notorio que le ha facilitado una rápida adaptación a todos los ambientes. Es una mujer de carácter y fortaleza, acostumbrada a abrirse camino ante adversidades tales como una precoz viudedad que la dejó sola con dos críos que sacar adelante. Suele conseguir su objetivo en todas las situaciones, pues en la conducción de las relaciones sociales sabe adaptar la velocidad a las condiciones de la calzada. Emplea apelativos cariñosos para ganarse el favor de una azafata de un avión si es preciso, con el tono melífluo que es marca de la casa. “Princesa, ¿podemos sentarnos en un sitio más cómodo?”. O para hablar de ella misma y de su familia: “Tú sabes cuánto te queremos los Moyitas”. Maneja los diminutivos con suma facilidad. Huguito es el catedrático de Medicina y muy bético Hugo Galera Davidson. Joselito es su hermano Pepe, de fuerza arrolladora y presidente de Persán. Juanito o Bosquito son dos de sus sobrinos. Hay excepciones, como la del notario Antonio Ojeda, al que llama directamente por su apellido: “Ojeda, vamos a tomarnos una cerveza y unas anchoas con leche condensada en Trifón”. Y a veces nunca llegan a casa de Rogelio porque ambos se paran más a corresponder saludos que un paso de palio: “¿Sabes algo del cardenal? En casa lo queremos mucho”.

Como abogada es como en el resto de las parcelas de la vida: aspira al control absoluto. Todo, absolutamente todo lo relacionado con sus expedientes queda guardado en carpetas. Si el expediente acaba con alguna intervención notarial, solicita una copia para su inclusión. Dicen que obra así porque su padre le dejó enseñado que para ser buen profesional hay que sentir como propios los problemas jurídicos y personales de los clientes. Cuenta alguna lengua afilada que no repitió como vicedecana del Colegio de Abogados porque José Joaquín Gallardo, el eterno decano, tenía celillos de que Carmen fuera más conocida. Eran los tiempos, por ejemplo, de Soledad Becerril como alcaldesa. En muchos actos, Soledad se iba directamente a saludarla repitiendo siempre cada expresión: “¡Carmen, Carmen! ¿Qué tal? ¿Qué tal?”. Y José Joaquín debía aguardar al segundo turno para recibir el saludo de la primera autoridad municipal. Otras lenguas menos precisas pero más afiladas dicen que lo que José Joaquín envidiaba realmente era cómo le quedaba la toga a Carmen en las fotos de juras de nuevos letrados que aparecían periódicamente en la prensa.

La vida es soportar las impertinencias autoritarias y de corte machista de aquel célebre catedrático de Derecho Romano que fue Pelsmaeker. Y disfrutar de las enseñanzas de los catedráticos Cossío, Clavero y Olivencia en las aulas de la Facultad y de Ángel Olavarría en su notaría. La vida son canciones de Serrat, láminas de Murillo y Antonio López, viajes con la abogada María Pérez Galván y otras compañeras de profesión, y aperitivos sabatinos con Carmen Diz. La vida es creer con firmeza en la igualdad de oportunidades y no en ideologías feministas. La vida son recuerdos de los hermanos prematuramente perdidos, como el inolvidable Juan en tantas tardes de toros en los abonos de Antonio Ojeda en el balconcillo del tendido 5, o en tantos Martes Santos en la casa de la Contratación. La vida es vestir en la intimidad a la Virgen de la Angustia, la de los Estudiantes. La vida es disfrutar de una copa del glamuroso Möet Chandon tanto como de la sencillez de un guiso de alcauciles rellenos de carne. La vida es genio, sobreactuar en cierta manera cuando la ocasión lo requiere, y usar las notas marginales en el bloc imaginario para dejar constancia de cuándo alguien ha hecho una trastada. Esta Carmen tiene memoria defensiva, digámoslo así. La vida es hacer reír al Rey Felipe con un piropo y dos comentarios espontáneos cuando visitó la fábrica de Persán. La vida es colocar cada día flores frescas en el altar de la memoria de Juan padre y Juan hijo. La vida son los ladridos de Roque, guau, y los paseos por el centro.

En su trayectoria más notoria hay intervenciones como letrada en pleitos muy conocidos, como el de la Basílica del Gran Poder, las impugnaciones de acuerdos sociales del hoy extinto Banco de Huelva, o la compra de empresas como el Horno de San Buenaventura y el Hospital Infanta Luisa. A sus clientes ha contado siempre una máxima: “Las personas y sus sentimientos deben tener cabida en el Derecho”. Dicen que el día que ingresó en la Academia de Legislación y Jurisprudencia llevaba un chaqué de mujer, con un lazo en vez de corbata, al que se le rascaba y aparecía la túnica de ruan de su padre, del que siempre repite un elogio en tiempos nada boyantes para la abogacía: “Gracias por dignificar la profesión”. La hija honra al padre. La discípula homenajea al maestro. La fuerza, el carácter, la memoria defensiva, el tono melífluo, la feminidad acicalada. Si hay que llorar, se llora. Si hay que reír, se ríe. Si hay que beber, se bebe. Y si hay que comer alcauciles, se comen. Pero lo último es litigar.

La fe y las milhojas

Carlos Navarro Antolín | 20 de diciembre de 2015 a las 5:00

ANTONIO OJEDA
HAY obispos y cardenales que no pueden ocultar el cura de pueblo que llevan dentro por muchos oropeles que luzcan y por muchos secretarios y gentileshombres que revoloteen a su alrededor. En muchos momentos hasta se entristecen en la fría soledad del mando y buscan el calor del hogar de ese feligrés que siempre tiene un cubierto disponible para el sacerdote. Hay altos directivos de empresas a los que se rasca el Dustin multiusos y siempre aparece el espíritu del currelante que fueron en sus inicios, siempre dejando la mesa ordenada cada viernes por la tarde, con todo el material a punto para arrancar la jornada del lunes con la mayor diligencia y oficio. Hay gerentes de hospitales que, consagrados a la política sanitaria, política al fin y al cabo, echan de menos mirar a los ojos del paciente, ejercer la técnica del diagnóstico y vivir la satisfacción que proporciona la sanación del enfermo. Hay directivos de emisoras de radio que un día fueron reporteros y que hoy estudian ajustes de plantilla mientras añoran el micrófono, hay altos mandos militares encadenados a la melancolía de un despacho a los que el gusanillo de las maniobras en Cerro Muriano o Montejaque siempre provoca inquietud, el movimiento de ese gusanillo del que hablan los toreros de coleta cortada. Hay un momento en toda vida profesional que el ascenso en el escalafón supone el alejamiento de ese oficio vocacional por el que el profesional se siente realizado, alcanza la dignidad y consigue ser lo más importante: persona. La subida, ironía del destino, aleja de la vocación y supone, siempre, una aproximación a la política.
Antonio Ojeda Escobar (Escacena del Campo, Huelva, 1941) es notario de profesión, socialista de carnet por la provincia de Jaén, pues ejerció de fedatario en Villacarrillo, donde coincidió con un joven juez llamado Baltasar Garzón; y entre sus pasiones, además de la vida pública en los años más intensos y románticos de la política contemporánea española, figuran dos por notoriedad, nunca mejor dicho: la lectura y los dulces.
Un día sonó el teléfono de un importante abogado sevillano.
–Te llamo porque tú eres buen amigo de Ojeda, el notario. Es que estaba esperando un taxi en la Magdalena y me he quedado muy extrañado. He visto cómo tu amigo se ha pasado un rato largo mirando un escaparate con mucho interés, muy concentrado.
–¿Antonio? Estaría viendo si hay trencas nuevas en Derby.
–No, no… Se ha pasado veinte minutos contemplando los dulces de la confitería de al lado.
Antonio Ojeda ama los libros, el recorrido pausado por las estanterías de ensayos, tanto como las milhojas de cubierta rosa de Ochoa. Se sigue concentrando ante las páginas de un tomo sobre filosofía o pensamiento con la paciencia de un opositor. Y disecciona las milhojas con precisión de cirujano: la capita rosa para un lado, el hojaldre para otro.
El PSOE ha tenido su capellán, que era el inolvidable Manuel Benigno García Vázquez, como tiene su tabernero, Juan Robles, y como tiene su notario de referencia, que es este don Antonio que nunca ha cobrado aranceles ni a los partidos políticos, ni a hermandades, ni a congregaciones religiosas de cualquier tipo. Probablemente sea el último socialista con trenca y pantalón de pana en los días de invierno, de invierno en el calendario y de invierno para un partido que se va poco a poco calentando como el planeta, sin cumbre posible que busque acuerdos para enfriar algunos ánimos desesperados. Ojeda ha formado parte de la jet del PSOE de los años de la Transición, gente que sigue siendo leal a las siglas del partido cuando son requeridos para alguna consulta, pero que difícilmente encontrarían hoy encaje en una política controlada por los aparatos, con jovenzuelos trepando con cuchillo en boca, brincando de machito en machito, acabando la carrera de Derecho a golpe de recomendaciones, y con mucha militancia de escaso nivel cultural y de excesiva beligerancia en las redes sociales. Expresado en un brochazo: Ojeda no es hombre de esas cosas.
La política no es hoy el lugar para los hombres cultos, de espíritu inquieto, ni por supuesto para los deseosos de ganar dinero. Dijo Rajoy en el cara a cara tabernario, de serrín y colillas en el suelo, que cuando más dinero ha ganado en su vida fue en el ejercicio de su profesión: registrador de la Propiedad. El gallego ha estado siempre corto de guita, como todo político. Que le cuenten a Ojeda el coste que supuso dejar la notaría varios lustros para ser desde viceconsejero a presidente del Parlamento de Andalucía –sesión constituyente en el Alcázar incluida– pasando por senador y muchos otros cargos. Hasta que se fue para no volver. Se marchó de la política para volcarse en su profesión. No había puerta giratoria, sino un puesto de trabajo ganado en años de estudio a la luz de un flexo en la pensión. Olvidó la vida de partido.
Dicen que en los años del boom inmobiliario había que pedir la vez en una notaría con más colas que una tienda de capirotes de Alcaicería en cuaresma.
–A este hombre tiene que irle muy bien. Aquí tienen que entrar tela de jurdeles.
–Pero de donde de verdad saca es de la reventa de los paraguas olvidados…
La vida es un cinco de enero en la cola de Ochoa para recoger el roscón de reyes. Son tres abonos en el balconcillo de sombra de la plaza de toros, desde cuya baranda casi se sale por culpa de los pies clavados en el albero de José Tomás ante un torrealta. La vida es un consejo a los alumnos que prepara sin cobrar un euro: “La vida de opositor es una vida de cabrón, hay que salir de ella cuanto antes”. La vida es la admiración discreta de la belleza:en la serenidad del rostro de una mujer, en el dibujo de un cuadro hiperrealista, en el tiempo detenido de la faena a un toro. La vida es un paseo por la calle Velázquez camino de La Casa del Libro. Una larga charla con Pepote Rodríguez de la Borbolla, que para eso Ojeda es una suerte de presidente de la apócrifa Asociación de Amigos de Pepote, donde hay gente de pelaje ideológico tan variado como un encierro de Prieto de la Cal. Y la vida, ay, son tardes de Semana Santa con Juan Moya Sanabria, su director espiritual en la sombra de la amistad, como son caminos del Rocío, siempre a pie, con Pepe Moya, Jaime Artillo y El Triana.
Por muchos altos vuelos que haya dado este veterano del Derecho, compañero de aula de Felipe González y Gerardo Martínez Retamero. Por muchos despachos de ministros que haya frecuentado como máxima autoridad del notariado español, negociando nuevas leyes y ganando competencias para el gremio. Por muchas ceremonias académicas con frac que haya vivido, por muchas audiencias con pontífices romanos en las que haya estado, por muchos cargos que haya desempeñado, incluso en su amado Real Betis Balompié, y por muchas últimas voluntades de grandes personajes que haya recogido en testamento, este maestro de notarios será siempre un hombre de pueblo que se pierde por un guiso, sobre todo de garbanzos de Escacena; por la cola de toro desmenuzada, por los tacos de ibérico que sólo cortan para él en casa de Enrique Becerra, cuando la pata es casi todo hueso, que es justo cuando sale el jamón más sabroso, y por los ferrero rocher de postre de Trifón. El hombre de pueblo con trenca y gorra, con la bolsa de la Casa del Libro en una mano y la de Ochoa en la otra. El hombre de pueblo que sigue teniendo cuenta abierta en Cañete, modalidad de pago en desuso. El hombre de pueblo que abre el despacho el sábado y el domingo, como un tendero de confianza, para firmar las escrituras de urgencia, o para tomarle temas a un opositor.
La infancia son recuerdos salesianos. La juventud es la forja del opositor en la austeridad de una pensión. La madurez son las luces y sombras de la política. El libro, la fe pública, la milhoja. El PSOE, el Betis y la trenca. Oír, firmar y callar.
Ama tanto los libros, que literalmente les puso un piso. Tiene una vivienda exclusivamente dedicada a la guarda y custodia de libros. Rajoy pierde dinero en política. Ojeda nunca revendió los paraguas. El hombre camina con un leve balanceo y a la velocidad marcada de un paso de palio de cofradía seria. Por detrás, un currículum de estudio, exento de intrigas. Por delante, libros que seguir leyendo. Y en una bolsa, una bandejita de milhojas para endulzar una tarde de fútbol o, simplemente, la existencia.

El albacea de Abengoa

Carlos Navarro Antolín | 4 de octubre de 2015 a las 5:00

José Domínguez Abascal
EN Sevilla se mantiene que el uso del “don” para dirigirse al interlocutor es propio de quien va a pedir ese favor que se obtiene del cajero automático, o a base de saber usar el sable con destreza. La versión actualizada del don como herramienta que allana el camino para suplicar un favor es el apodo cariñoso que sustituye al nombre de pila (del pato). Por esta regla no escrita, todo el que quiere hacerle la rosca a Joaquín Sainz de la Maza, futuro presidente del Consejo de Cofradías, le dice ahora Quino. La de gente que tenía tantísima confianza con Sainz de la Maza. Cuantísima gente habla de este macareno como si lo conociera del pupitre de la escuela.

–¿Cómo va lo del Quino Sainz de la Maza para el Consejo? ¿De verdad que va a ser el único candidato?

Lo mismo ocurre con otro Joaquín, Moeckel, que tiene dos apodos, el de Quino o el de Quinete, según la ojana que gaste el que quiera pedirle los abonos de sombra, la defensa jurídica en un pleito gordo (Santa Bárbara bendita del Arenal) o cómo salir de un entuerto jurídico cofradiero. Pese a que algunos lo conocemos desde hace décadas, tenemos la mala costumbre de llamarle Joaquín, pero gente que lo ha tratado quince minutos habla de este abogado como si desayunaran juntos picatostes en el Aero todos los días. Ocurre con abogados de postín como sucede con jueces pregoneros como Francisco Berjano, quien también es rebautizado en las tertulias como Kiko. Revístase Su Señoría de toga con puñetas para que alguien te ponga apodo de marca de tratamientos estéticos, o de hijo desocupado de tonadillera soberbia entre rejas.

–A mí me encantó el pregón del Kiko. Qué cosa más bonita. Hay que ver cómo disfrutó don Juan José, qué cara de felicidad.

¿Y qué me dicen del concejal Gregorio Serrano? Ahora que no ejerce tantísimas delegaciones como le endilgó Zoido –para después ponerlo en la lista electoral en un puesto más atrasado que las partes nobles de un galgo– ya no se oye tanto que si Gori para arriba, que si Gori para abajo, que si Gori viene a la cruz de mayo, que si Gori va a la entrega de premios que me lo ha garantizado Rafa Rivas. La de hermanos mayores que tenían tantísima confianza con Serrano y que de pronto la tienen con el socialista Cabrera, en una transformación que constituye todo un verdadero acelerador de partículas en versión local, que eso sí que es un acelerador y no lo que quisieron poner en la Cartuja de cara al 92. Y de culo al 93, que se decía aquellos años.

Con los llamados como el patriarca bendito ocurre tres cuartos de lo mismo. En Sevilla están Los Pepes, que no es restaurante de Matalascañas ni suena a hotel marbellí, como están los Pepines, Álvarez (del Amor) o Tristán (de la Banda de Tejera). Tenemos también un Pepote, presidente motero que fue de la Junta, y un Pepón, que ahora es presidente de Abengoa, al que las malas lenguas –envidiosas y maliciosas como son siempre las lenguas en Sevilla– llaman el cuchara de Palmatraz, porque ni pincha ni corta al ser su presidencia en Palmas Altas un cargo no ejecutivo.

José Domínguez Abascal (Sevilla, 1953) es Pepón para los amigos, compañeros de escuela universitaria, correligionarios de academia y desahogados que no lo conocen de nada pero que se dan importancia estos días. Y las señoras le meten el dedo en el ojo a los maridos.

–A Pepón lo han ascendido en Abengoa. Este hombre es imparable. Y tú no pasas de asociado en la escuela…

Domínguez Abascal es ese señor que parece pintado por Ibáñez, a lo Doctor Bacterio, cuando cruza la Plaza de la Alfalfa con una bolsa de supermercado en cada mano. La juventud son recuerdos de la Hermandad del Valle, de una casa de la calle Águilas donde una veintena de jóvenes (donde se integraba uno llamado José Moya Sanabria) invertían muchas noches en el estudio, de una mesa de ping-pong y de un beticismo que, al imprimir carácter, hoy conserva. Muy jovencito hizo las Canarias para llegar a Sevilla en pocos años como todo un catedrático. Dicen que es un buen tipo, niño predilecto del catedrático Javier Aracil. También cuentan que es como José Luis Manzanares pero por cuenta ajena. Nos explicamos: Manzanares fundó su propia empresa (Ayesa, por cuenta propia) y Domínguez Abascal se buscó una ya fundada (Abengoa, por cuenta ajena).

Casi nadie recuerda que este catedrático de Estructura asesoró la restauración del Giraldillo, de cuyo estado el primero en dar la voz de alarma fue el maestro mayor de la Catedral, Alfonso Jiménez. Una mañana de 1995, el presidente Chaves subió al Patio de las Azucenas para comprobar el estado de la Giganta, que estaba allí depositada para un primer estudio a fondo. Chaves iba acompañado por los canónigos Manuel Benigno García Vázquez y Francisco Navarro Ruiz, componentes junto a Juan Garrido Mesa del tridente rojo de la curia, dicho así por la evidente proximidad al PSOE que exhibían los tres clérigos. Quince días después de aquella visita, apareció en la Catedral el director del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH), Román Fernández Vaca. La Junta decidió hacerse con la restauración del Giraldillo, capitalizarla si cabe, siendo consejera de Cultura la muy frívola Carmen Calvo, la que, entre otras lindezas, se refería al Archivo de Indias como simplemente “Indias”. Y la Junta lo logró. Se constituyeron las comisiones de trabajo, aparecieron sesudos italianos y expertos varios en restauración y otras disciplinas conexas, entre los que se incluyó a Pepón, que los canónigos recuerdan hoy como un tipo educado, con encanto y cierta gracia. Con el paso de los años, la Calvo llegó a ministra de Cultura de ZP como se llega a los sitios según la escuela belmontina: degenerando. Y el Ministerio de Cultura, qué casualidad, concedió el Premio Nacional de Restauración a los trabajos efectuados en el Giraldillo, una especie de Premio Juan Palomo retroactivo. Por este motivo, a Domínguez Abascal le correspondieron unas cuantas hojas de la corona de laureles.

Manzanares metió a Domínguez Abascal en la Real Academia Sevillana de Ciencias, donde ingresó con un discurso en el que aparecía citado el arquitecto Marco Vitruvio Polión, una ceremonia celebrada en ese feísimo salón de actos de la Escuela de Ingenieros donde hay sillones de sky más propios de la sala de espera de un dentista de Los Remedios en los años ochenta.

Domínguez Abascal, pese a tener un currículum brillante en investigaciones y publicaciones, picó en el cebo de la política. Durante cuatro años fue secretario general de Universidades en la Junta de Andalucía, de donde al final salió regular, pues no está hecha la política, un mundo volátil, donde reina la improvisación y donde se viaja constantemente subido en una noria, para quienes conciben la vida como trabajo, método y disciplina. Lo mejor de este señor es que nunca se ha desvinculado de la Universidad, ni por estar en la Junta, ni por ser alto cargo de Abengoa. Nunca ha dejado la maravillosa tarea de dirigir tesis doctorales, ese contacto enriquecedor con los alumnos que apuestan por la investigación. Y eso dice mucho y bueno de su condición de catedrático, cuando otros, con sus posibilidades y sus relaciones sociales, hace tiempo que hubieran mirado con desdén la pizarra y se habrían sacudido el polvo de la tiza.

Pasó por el despacho de Alaya, donde se abonó a la ley del silencio, por estar sentado en el consejo rector de la Agencia Idea. Que ahora lo hayan nombrado presidente no ejecutivo de la multinacional Abengoa lo constituye en una suerte de albacea de los Benjumea, el buen administrador de la cuota sevillana que queda tras el desembarco de los bancos en el capital de la empresa. Pocos como Domínguez Abascal conocen en Abengoa eso que los americanos llaman el know how. Abascal es la garantía de que no habrá disparates, el hombre que inspira confianza a los que siempre han estado y a los que acaban de llegar. Y, por supuesto, la garantía de que la Universidad Loyola, que tanto debe a Abengoa, mantendrá cierto equilibrio a corto plazo, pues Pepón no deja de ser un rector en la sombra, el alto y severo ciprés que los Benjumea plantaron en el campus ignaciano donde muchos investigadores encuentran más opciones de progresar que en las endogámicas universidades públicas. Justo es reconocer que gracias a su perseverancia hay ya dos disciplinas de ingenierías en la Loyola. Y más que habrá.

Mano derecha de Felipe Benjumea, en Abengoa no se tomaba una decisión técnica sin su conocimiento. Ahora que es presidente, se hartará (aún más) de recibir las peticiones de trabajo de los hijos de todos esos amigos que a uno le salen de pronto en Sevilla cuando las circunstancias lo colocan en el machito y el acelerador de partículas convierte a Pepón en Don José.